El Comercio
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Fecha: mayo, 2016
Malditos en prácticas
Alejandro Carantoña 29-05-2016 | 4:00 | 0

Una habitación preñada de humo, altas horas de la madrugada, un cuaderno en blanco, riadas de desesperación y todo eso. Malditos, malditos somos y en el camino nos encontraremos: los juntaletras siempre hemos tenido en los autores en problemas la coartada perfecta para no dar palo al agua. El bloqueo creativo, etcétera. Bukowski escribía sobre la marcha, así que ya me pondré el mes que viene. A la máquina de escribir de Kerouac se le rompió el salto de línea: puntuar es de cobardes. Malditos seductores para los jóvenes deslumbrados por la bruma que los envuelve —que resulta ser un poquito de mentira—, pero que, con los años, se van arrinconando en la estantería de lecturas hasta quedarse en pasatiempos divertidos. Luego, se olvidan.

Esta semana han entrevistado a un maldito local que se quiere morir. Las reacciones de los lectores son, en su inmensa mayoría, furibundas: uno decía que se levantaba por las mañanas a producir y nadie le daba las gracias. La mayoría, que el maldito en cuestión solo buscaba notoriedad: por si acaso, ni diremos de quién se trata.

Con algo más de templanza, resulta que el tipo —en realidad no hace falta identificarlo, porque el ejemplo vale para demasiados colegas— no ha hecho mucho más que soltar una boutade en una conocida red social. A partir de ahí, un periodista cultural le hace una entrevista que transita entre la complacencia y la fascinación y, finalmente, sale un peloteo pregunta-respuesta que provoca las iras de los (no) lectores del maldito.

Más allá de la opinión que merezca él, su obra o su muy destructiva manera de entender la vida, conviene preguntarse por qué resulta tan llamativo para el gran público. El escritor y colaborador de este diario Manuel Astur, que caminaba la senda del malditismo adormilado, amarrado a su zurrón de libros por escribir, se salió por la tangente hace unos años. Cambió la penumbra por la luz y se atrevió a orillar el perpetuo discurso de que el público no está preparado y los medios lo silencian —argumento en que insiste el maldito en cuestión—. Le costó mucho más de lo que sospechaba, pero a resultas de sus abluciones de sol y prao, y de cierta necesidad de contrición pública, acabó escribiendo el ensayo Seré un anciano hermoso en un gran país.

Ahí, donde procura que abunde algo más la luz que el misterio, se entremezcla la lucidez con, eso sí, grandes dosis de valor. No tanto por lo que orea, sino por haber ejecutado la más contracultural de las acrobacias en los días que corren: no estar en contra, sino a favor; no lamentar, sino exaltar; encontrar, en fin, la madurez oportuna para equilibrar la queja necesaria con los motivos de alegría.

La producción del uno y del otro vienen a ser irrelevantes, a efectos de lo que aquí tratamos. Puede que escriban mejor o peor, que gusten más o menos o incluso que sus propias biografías acaben engullendo su obra. Da igual, para eso hemos venido a este mundo, para escribir como si no nos fuese a leer nadie más nunca. Lo interesante, en cambio, es que al maldito se le buscan las vergüenzas con tantas ganas como al luminoso. Igual que al autor de éxito se le reprocha la ligereza y que al mediático se le considera un vendido, a cualquiera que haya optado por consagrarse a las artes —y no sufra, se entiende— parece que hay que encontrarle la trampa, el castigo por no tener un oficio «de verdad». Al final resulta que poco importa lo que reivindiquemos los unos, los otros, o José Luis García Martín aquí al lado —¿es maldito o luminoso?—: queda el poso en algunos lectores que quizás hayan disfrutado, cambiado o, sencillamente, se hayan fascinado con la maldición ajena.

Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del domingo 29 de mayo de 2016.

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[Un fallo lo tiene cualquiera: Premio Princesa de Ciencias Sociales 2016] Más que Roma
Alejandro Carantoña 26-05-2016 | 4:00 | 0

 

Este artículo, que apareció en la edición impresa de El Comercio del 26 de mayo de 2016, pertenece a la serie Un fallo lo tiene cualquiera, que gira en torno a los fallos de los respectivos Premios Princesa de Asturias 2016.


Alguien debería aprovechar la visita de Mary Beard a Asturias, cuando recoja su Premio Princesa de Ciencias Sociales, para llevarla a la villa romana Veranes. Quizás le saque los colores a algún munícipe o escriba una de sus cáusticas entradas en su bitácora en el suplemento literario del Times, que tan pronto abordan la cocina romana como el estado de las farolas de su calle. O quizás, para entonces, todo el patrimonio romano de la región esté en perfecto estado de revista. Esperemos que así sea: y que sea gracias a ella y a su flamante premio.

Una lectura apresurada del fallo del jurado podría llevarnos a creer que todo será complacencia y sonrisas: se elogia su capacidad histórica, reflexiva y divulgativa. Pero Mary Beard es bastante más que eso. Es un modelo en su país y en su cultura por muchas cosas. La primera y quizás más conocida, ligada de refilón a su trabajo académico, es un desparpajo antológico para tratar con «actitudes que durante mucho tiempo han estado recluidas en vestuarios y bares»: Beard es famosa en Reino Unido por no obviar las críticas furibundas, sino por atacarlas de frente. Como relataba Rebecca Mead en un perfil para el New Yorker, por ejemplo, un estudiante de veinte años la llamó de todo por Twitter. Beard, lejos de obviar el episodio, lo amplificó, hasta el punto de que llegó a oídos de la madre del joven lo que había hecho. La bronca y repercusión del incidente acabaron haciendo que Beard le tuviese que escribir cartas de recomendación al insensato, incapaz de encontrar un empleo después de que su nombre y sus palabras fuesen reproducidas en periódicos de todo el mundo.

Beard ha sido capaz de publicar obras de referencia sobre la antigua Roma y Pompeya —la última, SPQR, este mismo año— o investigaciones sobre el aliento de nuestros ancestros, a la vez que se dejaba caer por colaboraciones radiofónicas y series televisivas —terminó la emisión de la última la semana pasada—. Es una de las investigadoras señeras de la Universidad de Cambridge, pero no ha dejado de escribir su exitosa bitácora, e incluso se ha prodigado por ese sumidero informativo que es el Daily Mail: es consciente de que es el segundo periódico más leído de su país, y no lo obvia.

Además de su refrescante visión de la Historia, Beard se ha convertido en todo un referente para mujeres de todas las edades por su actitud natural para con el paso de los años y su coraje a la hora de abordar lo más abyecto: ya en el año 2000 narró en el Guardian con precisión y serenidad la violación que sufrió siendo una estudiante. Una joven poetisa escribió en 2013 De mayor quiero ser Mary Beard en su honor.

Es, en fin, mucho más que Roma. Mucho más que academia; humanismo puro. Ojalá nos deslumbre. Ojalá, en Veranes.

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Un desastre en el cine
Alejandro Carantoña 22-05-2016 | 9:00 | 0

Esta semana se ha presentado el Anuario del Cine Español del segundo mejor año en taquilla de la historia, 2015. Los datos, con todo, no dejan de ser demoledores: se han estrenado 188 películas, que han recaudado en total unos 110 millones de euros. Es una media de 1.709.000 de euros por estreno, que no está nada mal. Lo que pasa es que, si tomamos los datos previamente facilitados por el Ministerio de Cultura y empezamos a cruzarlos, salta a la palestra la catástrofe audiovisual por antonomasia: efectivamente, solo catorce estrenos españoles lograron superar el umbral del millón de euros. Entre todos ellos, y en un cálculo informal, suman casi 93 millones de recaudación (de los cuales un tercio corresponde a Ocho apellidos catalanes, pero esa esa otra historia). Es decir, que entre las 174 películas restantes se recaudaron 17 millones de euros. Ahora, la media es de unos 97 mil euros por película.

Podríamos seguir hasta naufragar. Hay estrenos que no han recaudado más de 30 euros en todo el año. Cinco espectadores. Es de suponer que la manía con que el cine está hipersubvencionado ya está superada, y que esa perogrullada que es sostener que el sector no merece apoyos públicos, también. Sin embargo, cada vez que aterrizan como jarros de agua fría datos como estos se obvia una reflexión algo más serena: solo se aplaude la pujanza de algunos títulos y se realiza una media interesada, que maquilla la auténtica situación del cine español.

La realidad es que una película como Truman, que arrasó en los Goya (ganó cinco estatuillas) y se supone que es, por tanto, el producto de más calidad que ha producido el cine español en 2015, no ha sido rentable. Ha combinado a la perfección lo mediático y lo popular con los más altos estándares. Ha contado con dos caras conocidas, un guión multipremiado, prestigio y críticas sabrosísimas. La productora Marta Esteban ha reconocido un presupuesto de 3,8 millones de euros: ni con todo lo dicho de cara, Truman  ha ganado dinero aún.

Y todo parece indicar que cuando lo haga arrojará algún pequeño pellizco, pero no multiplicará por dos o por tres su presupuesto dejando pingües reinversiones para sus creadores. El cine español que se mueve en esa franja, entonces, solo aspira a empatar y a que Ocho apellidos barra, se entiende. O que los fichen de allende los mares.

Por eso lo más inquietante es que el cine, grosso modo, con sus inagotables posibilidades de distribución y presupuestos ajustados, sea (casi) menos rentable que el teatro o que la ópera, que en nuestro país rondan unos ingresos propios de entre el 50% y el 70%, cuando no del 100% obligados por la «sensata» política fiscal y cultural de la Administración.

Podríamos seguir felicitándonos por la «estupendez» de las películas que se hacen —aplíquese lo mismo a discos, etcétera–, alimentando esta burbuja, reestrenándolas en cadenas de televisión privadas hasta que los muy poco fiables datos de audiencia las conviertan en líderes. Podríamos hacer todo eso y seguir evitando preguntarnos cómo demonios es posible que tengamos el talento, los profesionales, los recursos, la calidad, el prestigio y los mimbres necesarios para hacer un cine tan bueno como rentable y, sin embargo, las salas languidezcan vacías y den ingresos insuficientes. Podríamos seguir diciendo que todo se hace de maravilla, sin consultar a los profesionales del ramo. Podríamos hacer todo eso, seguimos sin hacerlo. ¿Por qué? Vaya usted a saber.

Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del domingo 22 de mayo de 2016.

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[Un fallo lo tiene cualquiera: Premio Princesa de Comunicación y Humanidades 2016] El impertinente necesario
Alejandro Carantoña 20-05-2016 | 4:00 | 0

Este artículo, que apareció en la edición impresa de El Comercio del 20 de mayo de 2016, pertenece a la serie Un fallo lo tiene cualquiera, que gira en torno a los fallos de los respectivos Premios Princesa de Asturias 2016.

Cuando la gente termina de estudiar Periodismo suele querer hacer tres cosas: presentar los deportes, firmar reportajes memorables o cubrir una guerra. Lo primero requiere cierta paciencia; lo segundo requiere bastante esfuerzo y lo tercero requiere paciencia, esfuerzo y algo de olfato para que no te maten.

El perfil impecable—bien afeitado en mitad de un genocidio—, sereno e impertinente de James Nachtwey viene a ser un faro imprescindible para cualquiera que se asome al oficio periodístico (probablemente sea uno de los más periodistas de cuantos han sido premiados con el Princesa de Comunicación y Humanidades), y también para iluminar los tiempos que corren.

Nachtwey, fotógrafo autodidacta (un detalle importantísimo entre tanta trayectoria trillada de antemano) y rodado por medio mundo, se ha definido a menudo con la misma contundencia que exhiben sus fotografías: «Hago imágenes a nivel del suelo para humanizar aquello que de otro modo no serían sino abstracciones o estadísticas», declaró en 1997. «En cierto sentido», relataba en el documental sobre su figura nominado al Oscar en 2002, «si una persona asume el riesgo de colocarse en mitad de una guerra para comunicar al mundo lo que ocurre, está tratando de negociar la paz».

Sin alharacas, define con esa sencillez la esencia de un oficio en horas bajas. La institucionalización del sensacionalismo; el hambre de vísceras sin deontología ni sentido; la carga ideológica de los conflictos globales: todos son males que aquejan a una profesión peligrosa y amenazada —los conflictos llaman hoy a nuestras puertas: ya no son guerras ajenas, hay que enfangarse en ellas—. Hacerlo desde esa perspectiva serena es un acto de valor en sí mismo.

Sin embargo, el discurso de Nachtwey encarnaría, en otras coordenadas (incluyendo las españolas) una insportable blancura, un no mojarse que no es en absoluto cierto. Ocurre, con estos gigantes, que no libran las batallas desde el partidismo, sino desde un humanismo que bien merece ser recompensado, reivindicado y, esperemos, desarrollado y patrocinado a raíz de este Premio.

El jurado le reconoce «compromiso», «lucidez» y «magisterio» en una trayectoria de tres décadas largas, revistiendo el Premio del consabido prestigio del que tanto gustan los jurados. Sin embargo en este caso, igual que en el del Princesa de las Artes de la semana pasada —otorgado a Núria Espert—, se le añaden al galardón algunas notas novedosas y de cierto riesgo: Nachtwey tendrá mucho que decir, con ocasión del Premio, sobre las diversas crisis actuales que atañen a su negociado (refugiados, terrorismo, libertad de expresión). Lo hará con una autoridad y un discurso que no son en absoluto previsibles, sino fraguados en la historia viva del mundo de los últimos cuarenta años, y que a buen seguro le aportarán altura y frescura a la mera corrección institucional. A veces, el simple chasquido de un obturador o la contundencia de una palabra certera son el mejor bálsamo entre el ruido, el humo y la convulsión.

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Doble festival
Alejandro Carantoña 15-05-2016 | 4:00 | 0

Cada vez que alguien de fuera intenta entender Asturias, cómo lo hacemos aquí, se le puede llevar a la avenida de Portugal, en Gijón. Es una de las historias más sencillas e ilustrativas: Corría el año 2011 cuando surgió una plataforma de vecinos del barrio de Laviada, que reclamaba que la famosa avenida volviese a ser de doble sentido —había dejado de ser de sentido único unos años antes—. Recogieron firmas, más de mil, y en poco tiempo lograron que el recién llegado equipo de gobierno de Foro Asturias cumpliese sus deseos.

Al cabo de diez minutos, surgió otra plataforma que exigía el retorno de la avenida de Portugal al sentido único. Recogieron firmas, más de mil, pero esta vez el Ayuntamiento se limitó a dejarlo como estaba. Le echaría humo la cabeza.

Este viene a ser el tenor de prácticamente cualquier decisión importante —o no— que se tome en esta región: primero se condensan apoyos en un sentido; luego se suman en el opuesto y al final todo sigue como estaba, pero con un desgaste de energía suficiente para agotar los debates fructíferos. Como complemento, varios vecinos pueden haber dejado de hablarse y se insultan por la calle.

Es exactamente lo que está ocurriendo, en la última de las muchas refriegas entre Principado y ayuntamientos, con el caso de la Cineteca de Laboral y con el Festival Internacional de Cine de Gijón. Tras el maremoto que provocó la semana pasada el anuncio del nacimiento de la Cineteca, el nada casual director del nuevo ciclo, José Luis Cienfuegos (defenestrado ex director del Festival de Cine de Gijón) declaraba, cándidamente, que no veía «qué tiene de malo» el proyecto.

De malo no tiene nada, ni el Festival tampoco. Tampoco estaría de más que Frank Gehry le pegase una vuelta al Autocine, ya puestos: completaría esta recién nacida y entusiasta fijación de todos los partidos, organismos, instituciones, confiterías, tiendas de animales, librerías, clubes de aeromodelismo, teatros, equipos de fútbol, baños turcos y fruterías varias por tener su propio ciclo de cine (y su media maratón).

Podría argüirse que toda esta situación se remonta a la aparatosa llegada de Foro al Ayuntamiento de Gijón, que conllevó la fulminación de Cienfuegos y de todo su equipo. Entonces empezó cierto trasvase desnortado, de tintes indudablemente políticos, que ha acabado por desembocar en una competición abierta, encarnizada y totalmente estéril entre partidarios y detractores no de escuelas cinematográficas (eso sí que sería espectacular), sino de partidos políticos, maneras de hacer e incluso afinidades personales. El rodillo forista, encarnado en la personal manera de entender la Cultura de sus responsables, provocó una atomización cultural que cinco años después ha acabado por convertirse en una carrera ensimismada, violenta y prescindible por imponer un modelo sobre otro.

Eso se escondía detrás del descabezamiento de Cienfuegos y eso se encontraba, asimismo, detrás de todos los devaneos posteriores con el séptimo arte, hasta recalar en este. Lo peor es que, en efecto, un proyecto como la Cineteca —que puede aportar valor a raudales con el mínimo esfuerzo— es buena idea y va a dejar de serlo rápidamente. En el momento en que se convierta en un caballo de batalla política, para ser exactos. Esas cosas no solo casan mal siempre, sino que opacan el talento y convierten algo tan fructífero como comprar una entrada de cine en un acto político. Si hasta para eso va a haber que leerse un programa electoral, vamos mal.

Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del domingo 15 de mayo de 2016.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.