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Fecha: julio, 2016
Buscando a Buñuel
Alejandro Carantoña 31-07-2016 | 4:00 | 0

El pasado jueves ocurrió algo, algo que en España no ha pasado de la anécdota: el festival de verano de Salzburgo ha acogido el estreno absoluto de El ángel exterminador, la ópera de Thomas Adès basada en la película homónima de Luis Buñuel. La ópera fue encargada por la Royal Opera House de Londres, que a su vez recibirá la producción, dirigida escénicamente por Tom Cairns y musicalmente por el propio Adès, la próxima primavera.

Por poner las cosas en su contexto, Thomas Adès es probablemente el compositor más relevante de su generación (ha muñido títulos tan relevantes como The tempest o la hiperrepresentada, porque ya es un clásico, Powder her face); y Cairns, en su terreno, también. Adès ha revelado, como recogían varios medios en las entrevistas que han precedido el estreno, que lleva más de diez años trabajando en este proyecto.

El equipo, por tanto, es enteramente extranjero; los comisionarios, también; y en el reparto no hay atisbo de un solo español. Tampoco se ha anunciado, de momento, que esta producción vaya a viajar a nuestro país (aunque es de suponer que las grandes casas la acojan en algún momento). ¿Qué pasa, entonces, con Buñuel? Pasa que murió hizo el viernes 33 años, en México. Que su casa de allá está desatendida, sumida en un guirigay administrativo. Que, por increíble que parezca, no existe una monografía o una biografía solvente sobre él. Pasa, también, que quizás el ejercicio más próximo a retratarlo haya sido el de Fermín Solís, que en una de esas estupendas obras gráficas editadas por Astiberri contó cómo había sido el rodaje de Las Hurdes, tierra sin pan. Y hasta aquí, los laureles.

Todo lo demás es de un silencio clamoroso e inexplicable: no se entiende que el que probablemente sea el festival de verano más prestigioso del circuito lírico, y la primera casa de ópera del Reino Unido, se unan para emprender uno de los mayores productos de la temporada (si no de la década) sin que en España nos despeinemos. Buñuel, igual que Dalí, o igual que Lorca, son tan nuestros como Cervantes, y sin embargo no se nos ha pasado por la cabeza celebrarlos como sería preceptivo: nos los están arrebatando.

Algo similar ha estado ocurriendo con el compositor Enrique Granados, de cuya muerte se cumplen cien años este 2016. Granados, que en su época llegó a triunfar en Barcelona, compuso su primera ópera con tan mala suerte el estreno en Europa se vio atropellado por la Primera Guerra Mundial. Sumidos en la contienda, el Metropolitan de Nueva York (ahí es nada) se movilizó de inmediato para llevar el estreno al otro lado del Atlántico, donde Goyescas fue un éxito arrollador. Tanto así, que Granados tuvo que postergar su retorno para tocar en la Casa Blanca. A su vuelta, por un error militar, su barco se hundió y murió antes de poder disfrutar de las mieles del éxito.

Este año, con todo, los fastos en su recuerdo están siendo de lo más discretos, por no decir que han quedado circunscritos a reservarle un hueco en la programación de teatros, auditorios y festivales. (Casi) nadie sabe de la triste historia de Granados, sepultado en los trompicones del año Cervantes y Shakespeare.

Si un siglo después de esta gesta aún no hemos podido celebrarlo, se antoja que el caso de Buñuel puede llegar a ser igual de sangrante: la incapacidad para reivindicar el patrimonio cercano, y la falta de comunicación y medios, nos abocan a vergüenzas como que sea el festival mozartiano por excelencia quien lo festeje por nosotros.

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La Reina y la tortuga
Alejandro Carantoña 24-07-2016 | 4:00 | 0

No hay noticia de si el centenar de personas que se topó la Reina cazaban monarcas o pokémons: su Majestad, a la salida de la inauguración de los cursos de verano de la Fundación que preside con el Rey, en Oviedo, este viernes, tuvo que saludar a decenas «a pesar de la lluvia», narraba la crónica. Como si la lluvia fuese ya un impedimento para nada.

Dentro, habían hablado ella y el violonchelista Asier Polo, en una defensa encendida pero algo derrotista de la música (mal llamada) clásica ante el reguetón que barre el verano. Así, a la salida, se hacía difícil saber qué género consumían esencialmente los viandantes: ¿querían la foto o celebrar su monarquía?

Lo que propusieron, entonces, viene siendo una reivindicación casi atávica en el mundo de la lírica y de la cosa sinfónica, barroca, añeja: llegar a toda esa gente que paga 100 euros por asistir un concierto de Coldplay o de U2 para grabarlo con su teléfono inteligente, pero que encuentra prohibitivo dejarse 50 en ver un buen Verdi. Para colgarlo en Instagram, para relatarlo en Facebook o para ironizar al respecto en Twitter, pero no forzosamente para gozar del espectáculo como se concibió originalmente.

Hace diez días, el Teatro Real se lió la manta a la cabeza y propuso una función de Puritani, con Javier Camarena y Diana Damrau en los roles principales, a través de pantallas gigantes y, por primera vez, de Facebook. Las fotos eran elocuentes: de Viena a Madrid y de Sevilla a México los auditorios rebosaban espectadores quizás temerosos, quizás empobrecidos que no se atrevieron o no pudieron pagarse la butaca.

La iniciativa fue un éxito, sin duda, pero un éxito con matices. Un éxito en la medida en que, como reivindicaba Polo e imploraba la Reina, gente que vive con la cabeza metida en la inmediatez de su teléfono, enamorada del brillo de su pantalla, se detuvo durante tres largas horas a saborear las melodías de Bellini.

Puritani, con todo, es la ópera más anti 2.0 que se pueda concebir: la acción que contiene cabría en un cortometraje de 3 minutos y la parsimonia de sus arias y coros, que parecen interminables, se antoja la pesadilla de cualquier experto en redes sociales. Sin embargo, pasada la pausa, sorbido el vino, se obra el milagro de la ralentización: el cantar atento de Camarena y la teatralidad exacerbada de Damrau se apoderan del escenario, agarran por la solapa y hacen olvidar que estamos incomunicados durante horas, mecidos por partituras inmortales y seducidos por el prodigio de la voz humana.

Se oficia el elogio de lo lento, del «tortuguismo» que tanto parece amenazar a instituciones de rancio abolengo —como la propia Casa del Rey, como la institución del violonchelo— pero que en el fondo las hace imperecederas. Vivimos un tiempo en que el éxito repentino (el de los pokémons, que ha sido más instantáneo que un café soluble) hace, a veces, perder el norte a quien siempre se empeñó en tenerlo: la Reina insistía en que a los jóvenes se llega por los ojos; Polo, en que hay que buscar fórmulas para seducirlos; fuera, los móviles y cámaras enhiestas solo buscaban su souvenir. No hacía falta más: ambos parecían haber olvidado qué han defendido hasta este momento y cuáles han sido sus activos. Quizás por no creer lo suficiente en sus instituciones; quizás por sentirse amenazados por un mundo que corre hasta tropezarse consigo mismo. Quizás, porque no haya que hablar tanto de lo que no tienen como de lo que sí, de lo tangible, de lo mundano. Quizás, porque lo lento también merezca su altar.

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In absentia
Alejandro Carantoña 17-07-2016 | 4:00 | 0

Como ahora ya no tocan setas, la gente sale a por Pokémons. La gente se ha vuelto absolutamente loca, de Sydney a Los Ángeles y de Sevilla a Estocolmo, en apenas una semana.

Resulta que hace unos días la compañía de videojuegos Nintendo ha lanzado un nuevo juego, llamado ‘Pokémon Go’ que traslada al mundo real aquel universo de bichitos entrañables (Pikachu, y eso) que vivían en las consolas portátiles a principios de siglo. El invento consiste en que, mediante el servicio de geolocalización de Google —ay— y la cámara del teléfono inteligente, es posible recorrer la ciudad buscando a las criaturas, capturándolas e interactuando con otros usuarios. Por las redes corren imágenes de hordas y hordas de gente mirando el mundo a través de sus terminales, hasta que la batería se agote, a la caza de nuevos y valiosos especímenes.

En estos días, el valor de las acciones de Nintendo se ha multiplicado por dos y la aplicación ha rebasado cualquier expectativa: parece ser que ya tiene más usuarios que Twitter. El éxito, como ya viene siendo habitual, está por tanto en su capacidad de abducción: el asunto es adictivo, el asunto está de moda y ha brindado una nueva y masiva excusa para hiperconectarse, para mirar este mundo desde una perspectiva filtrada y cómoda.

Los teléfonos inteligentes, que iban a servir para estar mejor comunicados y para seguir, sobre la marcha, un atentado terrorista en Niza sin que cundiese el pánico por el país entero o para mitigar los efectos de un potencial golpe de Estado en Turquía, se han convertido en herramientas sedantes, narcóticas.

Porque detrás de la espectacular revalorización de la compañía se encuentra una apostilla clave: «De momento». «De momento» es gratis. «De momento», y solo «de momento», es un entusiasmante y altruista proyecto para que el mundo interactúe y pase un buen rato. Una vez constituida la plataforma —cuyo potencial reconocen los mercados— vendrán las andanadas publicitarias, el ordeñamiento de la base de fieles. La monetización, que dicen los expertos en estas lides.

Pero el precio, en esta huida hacia lo fácil y a lo inmediato, ya es altísimo e irreparable: donde antes se podía encender y apagar, empezar y terminar, ahora se proponen cada vez más experiencias y sistemas inmersivos, sin fin, perpetuos. El teléfono vibra en el bolsillo cuando haya un bicho cerca, y más vale estar atentos para no perder la posibilidad de capturarlo. O sea, que donde antes se entregaban horas a la concentración, a lo lento, cada vez más nos dejamos seducir por la ambrosía de lo veloz, de lo que no requiera especial esfuerzo: por algo lo llaman «realidad aumentada».

Realidad dopada, en cambio, por poderes no necesariamente oscuros, pero sí interesados que la inmensa mayoría de usuarios no se ha parado a ponderar. No hay compañía que no busque crear una masa del tamaño de una religión, para luego exprimirla y obtener los mayores beneficios posibles de ella. Que las nuevas adicciones aún no tengan coto, que no estén del todo diagnosticadas ni claras, no significa que no lo sean: suena casi reaccionario proponer sentarse a palpar un libro, a dejarse mecer por una ópera, a asistir a un concierto y charlar con los asistentes. Los espacios van siendo invadidos y no es motivo de entusiasmo, ni de alegría: es un acto de adocenamiento.

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Francisco Primero
Alejandro Carantoña 10-07-2016 | 4:00 | 0

Un año más, y ya van tres, Gijón organiza puntualmente su simposio anual sobre libertad de expresión, declaraciones desafortunadas y cancelaciones en el último segundo. La primera edición, en julio de 2014, se fue de las manos y acabó en los tribunales: en una pirueta arriesgada, los gestores del Teatro Jovellanos decidieron abrir los encuentros con el grupo israelí Sheketak. Churruca y Enrique López acabaron en el banquillo de los acusados, tras la protesta frente al teatro, carga policial incluida, etcétera.

En el año 2015, para la segunda entrega, el Teatro prefirió un formato algo más sencillo y cercano, menos ampuloso: fue entonces cuando nació la modalidad del telesimposio, que tuvo el honor de inaugurar Albert Pla. Consiste en decir algo en algún lugar que no sea Gijón y que a ser posible no guarde relación con la ciudad y, a continuación, y muy airadamente, el consistorio decida rescindir el contrato. La parte de llegar a las manos ha sido suprimida hasta nuevo aviso: ahora, basta con una entrevista en EL COMERCIO.

Este año, el simposio se ha dado cuenta de que aún tiene un nicho por explotar: la canción melódica, las grandes estrellas de la tonada patria. De ahí que el excepcional invitado haya sido Francisco —que uno, personalmente, no sabía que siguiese cantando ni que fuese a actuar en Gijón: la publicidad está hecha, en cualquier caso—. Francisco publicó unas cuantas barbaridades en una red social sobre Mónica Oltra, la lideresa de Compromís y vicepresidenta de la Generalitat Valenciana. Y con esto y un bizcocho ha habido suficiente para evitar que actúe. El simposio en pleno apogeo.

Como nota de color adicional, para esta edición de 2016 se han traído nuevas atracciones: en concreto, el Ayuntamiento de Gijón ha prometido «altercados» de llegar a celebrarse el concierto. Es, según el informe jurídico que sustenta la rescisión del contrato, lo que podría llegar a pasar de dejar a Francisco cantar en el Jovellanos: sillas volando, contenedores ardiendo y trozos de suelo arrancados de cuajo por hordas encendidas por el son de ‘Violetas imperiales’.

Lo curioso del asunto es que Francisco se levantó caliente, un día de estos, tecleó sus cosas y a continuación ha visto cómo la polémica cruzaba el mapa de punta a punta: en su tierra, al parecer, nadie lee su Facebook. En Gijón, en cambio, ha logrado provocar una reunión urgente del consejo de administración de Divertia.

Allí, en el encuentro excitado para organizar el simposio de este año, fue donde los consejeros descubrieron quién era Francisco y a qué se dedica. ¿Quién decidió programar su actuación? Ahora el Ayuntamiento torna en damisela desmayada por unas declaraciones de hace dos semanas, cuando el ínclito, allá por enero, ya le aconsejaba al alcalde de Valencia que no confundiese «ir de Reyes con ir de putas».

Abierta, así, la caja de las esencias, el listón ha quedado altísimo para la edición de 2017: una vez hemos transitado por el conflicto israelí-palestino, hemos tratado con mimo la cuestión catalana y la identidad española y, ahora, hemos entrado de lleno en el territorio del machismo y el insulto, ¿qué nos pueden ofrecer después? ¿Acaso hay algo, más allá? ¿Quizás calentarse entre grupos municipales e intentar censurar todo lo del color opuesto? ¿O puede que prohibir el reguetón en las orquestas de prao? ¿Quizás desterrar las despedidas de soltero? ¿O desmangar las whiskerías que proliferan por toda la ciudad? No, eso seguro que no: eso no ocurre en el escenario del Teatro Jovellanos.

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Realidad o ficción
Alejandro Carantoña 03-07-2016 | 4:00 | 0

Se dice de Gay Talese que, a sus 84 años, sigue escribiendo reportajes en los cartones que le meten dentro de los trajes en la tintorería. Los recorta con cuidado y toma nota de todo lo que le acontece para escribir alguna cosa, como contaban con admiración, celo y orgullo quienes le entrevistaron en su última visita a España.

Fue antes de publicar su nuevo libro, que se edita la semana que viene y del que ya ha dicho que no piensa hacer promoción. Ha sido culpa de una revelación ocurrida esta semana: el libro, en el que Talese acompaña y narra las andanzas de un propietario de motel que se dedicaba a espiar a sus huéspedes, corre el riesgo de ser absolutamente falso.

Tras haber aparecido un extenso fragmento en el New Yorker, el escrutinio del libro completo ha revelado —a resultas de una investigación propia del Washington Post— que el propietario en cuestión mintió a Talese en bastantes extremos de los que aparecen relatados. Talese ha dicho, al respecto, que no debería haber creído una palabra de lo que le contó. Se apoyó en su credibilidad y, al parecer, el hombre le engañó con no se sabe qué fines. Así, toda la obra ha quedado teñida de duda.

Igual que la política ha estado tan de moda en los últimos tiempos, el periodismo y la no ficción también han gozado de salud de hierro. Es más, no son pocos los autores que han decidido abandonar por completo la creación literaria para pasarse a «lo de verdad», con resultados desiguales pero tan brillantes, a veces, como los de Javier Cercas.

Hace seis años ya que el periodista polaco Artur Domoslawski saltó a la fama por algo parecido, quizás inaugurando esta tendencia que anega las estanterías de novedades: en su biografía del eminente Ryszard Kapuscisnki demostraba que el reportero entre reporteros se había inventado diálogos enteros, en pos de una mayor eficacia narrativa pero orillando, así, el compromiso con la verdad factual que tiene la profesión. «Solo digo que hay que cambiarlo de estantería, de la no ficción a la ficción», repetía.

Al parecer Talese, la penúltima vaca sagrada del oficio de trascender las meras invenciones, acaba de ingresar en el mismo club —muy a su pesar—. Quedan huérfanos, así, los fanáticos de la exactitud de lo concreto y enemigos, o condescendientes al menos, para con el imperio del relato que transmite y transpira humanidad.

Ahora que Ramón J. Sender ha vuelto a la palestra, con la reciente reedición de La aldea del crimen, la discusión puede volver al interior de nuestras fronteras: es imposible que todo lo allí contado sea exacto, faltan fuentes y, al igual que le ocurre al no menos famoso Manuel Chaves Nogales, se intuyen ciertas licencias incompatibles con el periodismo quirúrgico, documental.

Con todo, la obra de estos cinco autores —y de otros muchísimos— tiene el valor de la verosimilitud y el poso del reflejo acerado, de la buena literatura, aunque hayan perdido la guerra de los datos. Posiblemente, esa veracidad de la que tanto se precian allende los mares y que obsesiona a cada vez más jóvenes sea sencillamente imposible: porque eso implicaría objetividad y porque la objetividad, amén de imposible, ni siquiera es sana. Anula las pulsiones, pervierte las pasiones y agua las ambiciones cuando de dar cuenta del espíritu humano se trata. Talese no pretendía más que eso con su nuevo libro, pero cometió el error de envolverlo en la fe que tenía en su fuente: ahora, que ya no queda nada —y eso que el libro ni siquiera está en las librerías— una historia insuperable ha quedado derruida.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.