El Comercio
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Fecha: agosto, 2016
Hammett y un vermú
Alejandro Carantoña 28-08-2016 | 4:00 | 0

Aunque solo queden tres días para septiembre, sí queda tiempo para cumplir con algunos rituales veraniegos, si es que no se ha hecho ya: por ejemplo, volver a leer a Dashiell Hammett, volver, siempre, sobre El halcón maltés o sobre El agente de la continental en pequeñas y deliciosas dosis. No es muy recomendable para la salud salir del verano sin una buena lectura así, negra, liviana y fresca.

Puede ocurrir, sin embargo, que llevados por el hambre de misterios y aventuras nos atrevamos con los misterios de nuevo cuño. Nacionales, incluso: si te gustó La isla mínima como a mí me entusiasmó, ¿por qué no seguir explorando la producción patria? Nuevos relatos, alabados personajes y aplaudidos largometrajes. Sea Magical girl, de Carlos Vermut, por ejemplo. Dejarse mecer por ella y esperar a ver qué sucede una tarde de tormenta eléctrica de agosto.

Sin perder la compostura ni demasiado espacio en la película, baste decir que probablemente hayan sido los 127 minutos peor desperdiciados de los últimos tiempos, en una cosa aburrida, insulsa, vacía, llena de personajes sin fundamento y, lo que es peor, pretenciosa a más no poder. Pero es una opinión personal: tan personal, que tras entrar en un debate urgente sobre si la película de marras es buena o mala uno acaba viéndose obligado a consultar las críticas especializadas en busca de alguna explicación al entusiasmo de sus interlocutores.

La primera crítica, en un medio digital, trae una frase marcada en negritas, como si su autor estuviese especialmente orgulloso de ella, que reza: «Vermut planea sobre el horror cotidiano sublimando el patetismo afín a todo ser humano de forma tan certera que parece un cruce eléctrico entre Daniel Clowes y Charles Burns.» Más o menos igual que estaba, me arrastro hasta la siguiente, publicada en un diario de tirada nacional: «Con una mirada aséptica, de frialdad casi kubrickiana, Vermut dispone un laberinto, sin centro, en cuyo interior podemos observar la vulnerabilidad y la caída de sus personajes.» Definitivamente, empieza a parecer que muchas cosas se han escapado durante el visionado, por otra parte atento y meticuloso: probablemente, las sutiles referencias a Kubrick, a Kafka, a Fernán Gómez, a esos dos ilustradores antes citados y a la cultura oriental, a los juegos de referencia interiores y a todas esas cosas que los críticos han visto pero que a uno, quizás en trance por culpa del calor de agosto, se le han escapado sin remedio.

Perdidos en ese laberinto sin centro en cuyo interior observamos la vulnerabilidad de sus personajes, y todo mientras planeamos sobre el horror cotidiano sublimando nosequé, volvemos a Hammett. Sam Spade, que inevitablemente tiene cara de Bogart, acaba de recibir un guantazo, ha seducido a una mujer en apuros y se dispone a seguir atiborrándose de cócteles prefabricados, cigarrillos, y café que nunca está rico.

Aquí, en esta acción prosaica, seca y casi banal, hay algo que impide que el libro se caiga de las manos y que las películas de siempre (tampoco es mal plan recuperar a Hitchcock estos días) caduquen, por muchas décadas que hayan pasado. No hay mucho más aparataje crítico detrás que el formulado por el propio Spade minutos antes de llevarse a la muchacha al catre para poder registrar su apartamento a gusto, cuando habla de «arrojar una barra de hierro en medio de la maquinaria». Todo lo demás son golpes, enredos y gente siguiendo a otra gente. Sencillo en su encarnación, pero insuperable. Y todo, incluso, sin laberintos sin centro.

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Monólogo iraquí
Alejandro Carantoña 21-08-2016 | 4:00 | 0

Desde 1947 desafiando «lo normal», esto es, casi 70 años. Son los que lleva el Festival de Edimburgo, que se celebra anualmente durante tres semanas de agosto, recogiendo y abrochando cientos o miles de actividades culturales de toda clase. En la edición de este año hay una, que comenzó el viernes de la semana pasada, y que está previsto concluya mañana, que descolla especialmente. Se trata de una lectura continuada. No es de Shakespeare, aunque procediese, ni del Quijote, ni de nada que se le parezca: un buen puñado de aguerridos cómicos y monologuistas se han propuesto leer de cabo a rabo el informe Chilcot en su integridad.

El documento, aparecido hace poco más de un mes, es un texto oficial y exhaustivo que causó un gran revuelo por su crudeza, ya que en él se censura con datos irrefutables la intervención en Iraq patrocinada por Estados Unidos, y que contó con el conchabeo británico y la colaboración española —aunque Federico Trillo, entonces Ministro de Defensa y hoy embajador en Londres, negase este extremo con una tranquilidad pasmosa en una entrevista radiofónica el día en que se publicó—.

La organización calcula que la lectura, a un ritmo ininterrumpido de 120 palabras por minuto durante las 24 horas del día, llevaría en torno a dos semanas: el tocho contiene 2,6 millones de palabras. «¿Quién se va a leer esto?», se preguntaban: «Nosotros», se autorrespondían en un reportaje publicado por el Guardian en el que se les ve atribulados, anegados en papeles. «Nos ha costado 750 libras solo el texto.» Sirva como referencia que una novela de extensión media consta de entre sesenta mil y cien mil palabras. Moby Dick tiene algo más de doscientas mil.

No pocos comentaristas españoles apluadieron, con envidia sana, la presentación del informe y las explicaciones exigidas a resultas de su publicación. Sin embargo, estos intrépidos lectores en voz alta se han propuesto significar, con esta actuación, que igual de pernicioso es el silencio como el enterramiento de los datos relevantes en un ladrillo infumable, en un estilo administrativo impenetrable y turbio. De hecho, el informe Chilcot ya está olvidado, hasta que alguien con mucha paciencia y valor se tome la molestia de hacer una película, una obra de teatro o un musical y logre comunicarlo al público.

Hasta entonces, todo es ruido, que aunque se vista de transparencia, ruido se queda. Quizás, en España, el ejemplo más cercano sea la transmutación en obra de teatro primero, y en película después, del testimonio de Bárcenas ante el juez Ruz, palabra por palabra. Que, aunque encomiable, es solo una pequeña gota de agua en el océano de comisiones de investigación repartidas entre cámaras parlamentarias de todo el país, escándalos, chanchullos y episodios fascinantes de todo pelaje que, por alguna extraña razón, apenas encuentran acomodo en nuestra parrilla televisiva o cinematográfica. Desde Crematorio, nada más: solo La Embajada, devenida en culebrón, se aproximaba a ese tuétano.

Con motivo de las elecciones pasadas, Anna Tous-Rovirosa se planteaba esta pregunta en una columna aparecida en El País, sin conseguir responderse por qué en España no existía la ficción política. Una frase, tan demoledora como certera, ponía las cartas sobre la mesa: «Desconozco si nos merecemos el Gobierno que tenemos, pero creo que nos mereceríamos la serie». Lanzado queda el guante.

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Poderoso caballero
Alejandro Carantoña 14-08-2016 | 4:00 | 0

Cuando hace unos meses se abrió el debate, en Gijón, sobre qué usos darle al edificio de la Tabacalera, por el barrio de Cimavilla empezó a correr una hoja para que los vecinos anotasen sus sugerencias. Las dos primeras consistían en montar un hotel de cinco estrellas y en poner piscinas y pistas de pádel (?). La primera, porque con ello acudirían hidroaviones privados a dejarse los cuartos en el barrio —¿por qué no hay hoteles de cinco estrellas en Gijón?—; la segunda, por pura comodidad de algunos.

De un tiempo a esta parte, y sobre todo desde que se creó el pionero mercadillo de Laboral Centro de Arte (imitado, fotocopiado y multiplicado en diversas versiones), en la ciudad ha cundido cierta obsesión por la cuestión económica: algo parecido ha venido sucediendo con el Niemeyer y su restaurante; y con Oviedo y su mayúscula cultura, que vive en el difícil equilibrio entre justificar su rentabilidad y ser de utilidad pública.

El último episodio ha sido sonado: el conde de Revillagigedo ha puesto el grito en el cielo por los usos que se le estaban dando al palacio cedido en la Plaza del Marqués, en pleno centro de Gijón, que hace tiempo que dejó de ser estrictamente cultural. El Mercazoco, no celebrado este fin de semana por una cuestión tan administrativa y económica como ciudadana y legal, ha sido la gota que ha colmado el vaso, después de muchísimas otras: ¿según qué criterios se puede ceder un espacio de todos a unos? Nadie ha respondido a esto, ni en un sentido ni en otro.

Con esta pregunta sobre la mesa, ya de forma explícita, amigos y enemigos se cuestionan sin tapujos desde la Semana Negra hasta Metrópoli, desde el mercado de la Plaza Mayor hasta los conciertos de Arte en la Calle, desde los usos de Tabacalera hasta los de Laboral. El batiburrillo es inmenso, sin límites, monstruoso, pero ha acabado por tener un denominador común de lo más pernicioso: el poderoso caballero, don dinero. Con razón, el conde planteaba que el objetivo original de cederle a una caja, ahora banco, ese fantástico enclave no era que nadie se lucrase.

Desde que llegaron las estrecheces económicas y los presupuestos empezaron a escasear, resulta que en Asturias —sin que sea explícito, ni objetivo, ni del todo bien trabado— se aplica un turbio criterio que mezcla la rentabilidad económica con el vaporoso bienestar y cultivo de los ciudadanos. Al final, resulta que o bien se organizan cosas que atraigan, renten o conciten grandes masas o bien se permite (no sin trabas de toda clase y condición) que iniciativas más pequeñas y recoletas se organicen por su cuenta.

El resultado final es una región renqueante en lo cultural (Gijón languidece en invierno; Oviedo, en verano; los demás, hacen lo que pueden) y que termina por contraprogramarse a sí misma. En estos cuatro años hemos visto espectáculos hacer giras por un área de veinte kilómetros cuadrados y conciertos (hasta siete) coincidir en una misma ciudad un mismo día a la misma hora, cuando el público objetivo de todos ellos no supera los pocos miles.

El motivo principal es ese, el dinero y los permisos y la infraestructura deseada, pero también una dejadez absoluta por parte de quien debiera velar por la cultura en la región: se ha pasado de copar la programación a dejarla en manos de quien quiera, pueda o se proponga poner en pie cualquier iniciativa, con resultados tan irregulares como contradictorios. No estaría de más que, en lugar de apresurarse a justificar gestiones y ahogar a presuntos competidores (sean ciudades, partidos o particulares), nos sentásemos y charlásemos un rato.

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Olimpismo y Rio
Alejandro Carantoña 07-08-2016 | 4:00 | 0

Aún con los Juegos Olímpicos recién empezados, cuesta encontrar las buenas noticias, y también las malas (aunque bien contadas). Algo ha ocurrido cuando ni la esperanza ni la fraternidad momentánea, presuntamente encarnada en la cita de Rio, ha podido sobreponerse a las pandemias, chapuzas, corruptelas, amenazas terroristas, boicots y un larguísimo etcétera que ya se antoja insuperable: estamos ante el penúltimo episodio del declive del deporte institucional.

Es difícil imaginar cómo vamos a contarnos Barcelona 92 el año que viene, cuando se cumplan 25 años de la cita Olímpica. No pocos hablaron entonces de una organización dopada en sí misma, turbia, como de burbuja: sin embargo, lo más probable es que el balance acabe siendo positivo, y que primen las consecuencias que el acontecimiento tuvo en la configuración de la actual Barcelona o de la situación de España en el mapamundi. De un tiempo a esta parte, sin embargo, parece imposible que los argumentos de las grandes citas deportivas no sean más de novela negra que de epopeya heroica: desde una UEFA sacudida por los más turbios manejos hasta la inefable sanción en falso a los atletas rusos; desde los vergonzosos problemas de los grandes futbolistas con el fisco hasta el no menos proceloso circo de la Fórmula 1, todo parece estar viciado.

Mirando atrás, lo más probable es que tras años de olimpismo moderno las instituciones hayan acabado por creer que bastaba con poner el carro, y por lógica aparecerían los bueyes. Rio encarna el fracaso de esa idea: algunas de las delegaciones se llevaron sus propios albañiles para atajar los desmanes en la construcción de la Villa Olímpica; y no pocos atletas de deportes de agua han mostrado sus recelos a la hora de meterse en la sopa de contaminación en la que, cuentan, van a disputarse las pruebas.

Quizás todo sea una operación mediática —es díficil saberlo— que tenga sus razones hundidas en la crisis política brasileña y en la escasez de voces culturales para contarla hacia afuera. Esta vez, sea cual sea la explicación, no ha sido bastante con otorgarle a un país tan prometedor como caótico unos Juegos Olímpicos para que brillase en todo su esplendor. Más bien al contrario: todo apunta a que, cuando en 2041 toque acordarse de estos Juegos, el relato sea más bien negativo. En el mejor de los casos, anecdótico.

El viernes, entrevistaban en la radio a un director de cine brasileño que estaba de promoción en España, y el locutor le preguntaba por escritores brasileños. «¿Por qué nos han llegado tan pocos?», decía él. «Bueno, está Paulo Coelho», respondía el director de cine. El locutor soltó una pequeña carcajada, sin saber a ciencia cierta si el director hablaba en serio o en broma. «Ya, ya.»

Precisamente, se supone que unos Juegos Olímpicos sirven para ofrecer del país una imagen más allá de la violencia, los mosquitos asesinos, las favelas y el guirigay político. No ha sido posible: en parte, porque el Deporte parece haber sustituido sus esencias por el mercantilismo extremo; pero en parte, también, porque faltan narradores y periodistas y poetas y contadores que pongan sobre la mesa las miserias, que ensalcen las virtudes y que ayuden a arrojar luz sobre todas estas oscuridades: aquí, falta el mismo acto de contrición del ciclismo, que cuenta desde hace dos años con dos crudísimas y sanadoras películas sobre Lance Armstrong. Que costaron sangre, sudor y lágrimas y casi veinte años de maceración pero que, seguramente, hayan salvado el Tour de su autodestrucción.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.