El Comercio
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Fecha: enero, 2017
Especialinos
Alejandro Carantoña 29-01-2017 | 4:42 | 0

El otro día, Carlos Alsina le preguntó a Mariano Rajoy cuál de las películas españolas nominadas a los Goya era su favorita. Rajoy dudó un instante, quizás tentado de decir un título al azar. Luego, reconoció que no veía cine («para mi desgracia»); que tenía que contentarse, en cambio, con leer novelas. Varios creadores reaccionaron, como era previsible, invitándole a que se aficionase al séptimo arte.

En las antípodas, esta misma semana a Joaquín Sabina le han caído palos a raíz de la publicación de su nuevo sencillo, Lo niego todo, entre otras cosas por su amarga queja por la voracidad del «tiburón de Hacienda». También ha sido la semana en que el editor y periodista Ramón González Férriz se preguntaba, en una columna, si los trabajadores del «mundo de la cultura» (signifique lo que signifique eso) merecen el estatus privilegiado que al parecer reclaman.

Todo ello, regado con las primeras polémicas que rodean a los premios Goya, que se entregan la semana que viene: Mediaset ha anunciado un boicot por el patrocinio de una marca, condenada, que entra en conflicto con uno de sus anunciantes; y el presentador Dani Rovira, a su vez, ha adelantado que no habrá política en la gala.

Bien agitado, el cóctel resultante da una medida precisa de la cada vez más complicada relación de Gobierno e instituciones con eso que Férriz llama «el mundo de la cultura»: Rajoy no tiene que ir a ver cine porque le guste más o menos, porque tenga más o menos tiempo, sino porque es su obligación. Igual que lo es leer libros, acudir al teatro, escuchar conciertos y visitar museos, anunciar infraestructuras o visitar ganaderías. Sí, el «mundo de la cultura» merece un trato especial.

No mejor, sino especial, distinto de todos los demás, porque se trata de un sector distinto de todos los demás, aunque igual de estratégico en la configuración de cualquier cosa. En él residen las respuestas a tantas y tantas cuestiones y, en efecto, está regido por unas normas muy particulares. Es un ámbito nivelado por lo bajo, obviado desde la fiscalidad que trata a las letras, las artes escénicas y las pictóricas exactamente igual que a la fabricación de chorizos o al cultivo de cereales; y ninguneado desde el punto de vista administrativo: se reparten ayudas y se diseñan modelos de inversión mucho más específicos, adecuados y abundantes en cualquier otro campo. ¿Por qué?

La culpa es de Sabina y del cine español, arguyen muchos. De la tribuna política, de la verborrea opinatoria de los más visibles, que han convertido al «mundo de la cultura» en una camarilla de personajes ideologizados, prescindibles, quejicas y ajenos a lo que pasa en el mundo real. Esa costra, que supone un porcentaje ínfimo de quien vive por y para la cultura, ha servido para escamotear una perspectiva total y para ahuyentar el entendimiento para con esta realidad compleja: en cambio, nos vemos sumidos en unos vaivenes insoportables según soplen los vientos políticos.

En eso, el «mundo de la cultura» sí es profundamente especial: especial porque es el único en el que no existe un suelo que ningún gobierno se atreverá a traspasar (se arrasan equipamientos e iniciativas con una alegría pasmosa), ni un techo que otros atraviesan con igual entusiasmo en los tiempos de bonanza. Es el más desorientado, el menos fijado, el más salvaje en sus subidas y bajadas. Ya que es pedir demasiado que el Ministerio de Cultura ejerza como tal, bajo cualquier circunstancia y color, que al menos no lo sea que el presidente vaya al cine. Eso no es tanto pedir.

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Libertad de charla
Alejandro Carantoña 22-01-2017 | 4:00 | 0

Este artículo podría tratar sobre el doble rasero que se aplicó en Gijón a la hora de lamentar el veto a Albert Pla cuando se canceló su actuación en la ciudad por decir que le daba asco ser español, por un lado, y a la hora de celebrar idénticas medidas cuando se evitó la actuación de Jorge Cremades por machista, hace pocas semanas. De denostar alguno de ambos actos de censura, a lo mejor alguien propondría que la violencia machista es una lacra que no se debe fomentar y que Pla, por su lado, se pasó de la raya; a lo peor, que quien esto escribe es un machista sin remedio o un antiespañol, según la opción elegida. No tratará sobre eso: no correré ninguno de los dos riesgos.

También podría poner el grito en el cielo por los peligros para con la libertad de expresión que supone la condena reciente al cantante César Strawberry por bromear con el terrorismo en una red social, o por el contrario, podría lamentar la no menos reciente absolución de los titiriteros madrileños por pasarse de la raya, por jugar con el fuego del terrorismo ahora que parece apagado. En el primer caso unos podrían tildarme de apologeta; en el segundo, de fascista. No tratará sobre eso: no correré ninguno de los dos riesgos.
Hace poco, Lorena Maldonado le preguntó a Darío Adanti, uno de los fundadores de la irreverente revista Mongolia, si haría chistes sobre Mahoma. Claro, dijo. Pero advirtió que nunca lo dibujaría ni, mucho menos, lo pondría en la portada de la revista. ¿Por respeto al islam? No: «No quiero morir». Concretamente, hablaba de «miedo».

El sentimiento que mueve a cada vez más gente a dejar de decir según qué cosas en según qué sitios no es tan extremo, pero el hecho es que los mueve a dejar de hacer cosas. Eso se llama «autocensura». Ni siquiera es importante el fondo o el porqué; es que se ha instalado la cándida idea de que lo no dicho, lo no oído, lo no visto ha dejado de existir. La realidad, sin embargo, es que todo lo callado se enquista, y en lugar de solucionarse, se agrava: ni debería ser un acto de valentía expresar una opinión, un parecer o incluso una secuencia de hechos, ni debería ser un acto de cobardía callarlos. Pero paulatinamente callar es cada vez más cómodo, más recomendable, menos malo.

Uno escribe, compone o sube vídeos a internet con el fin de agradar cierto número de personas. Los opinadores (en especial los agitadores), suelen buscar el respaldo de unos y, como atajo hacia el estrellato, la inquina de otros tantos. Atrás, lejos, quedaron los valores de la serenidad, la persuasión o el debate; en su lugar, se ha convertido este circo en un sitio de etiquetas peligrosas y de bandos necesarios (o conmigo o contra mí).

Los mayores damnificados por esta tendencia no son ni nuestra sufrida Constitución ni quienes sufren censura de cualquier tipo a toro pasado: son todas aquellas voces que se están viendo abocadas a callar por miedo (ahora sí: miedo) a ser linchadas socialmente, a perder su trabajo o incluso a ser condenadas; son todas aquellas voces que creen que las cosas solo se pueden decir con absoluta contundencia, sin sombra de duda, arropadas por una gran masa en previsión de la tormenta que a continuación se desatará.
Si a todo ello se suma la ligereza con que se adjudican carnés o se arrogan verdades, queda un estrechísimo margen para seguir charlando. Y perder eso, la mera charla, sí es un riesgo notable.

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Quienes leen
Alejandro Carantoña 15-01-2017 | 5:35 | 0

Un tercio de los españoles no lee nunca, según datos del CIS de hace apenas una semana. «Como si fuera noticia», comentaba un colega ligado al mundo del libro. Lo que quizás sí lo sea, o lo siga siendo, es que los dos tercios restantes leen una media de en torno a nueve libros al año, frente a los más de doscientos que se publican (diariamente). También son datos del sector editorial de 2015, recién salidos del horno: se concedieron 79.397 códigos ISBN.
En el caso asturiano, solo se otorgaron 648, conque la región no ha producido ni el 1% del total. Con todo, son cifras que tras el bajón generalizado  en lo más álgido de la crisis invitan al optimismo, igual que los datos de la OCDE, aparecidos en diciembre, que indicaban que por primera vez España había superado los estándares globales medios en comprensión lectora.
Esta es la cara. La cruz es que ante el volumen y los esfuerzos por mejorar datos objetivos, la sensación que inunda el panorama habla más bien de un silencio atronador o, a lo peor, de una tendencia generalizada a jugar sobre seguro: esta semana hemos sabido que el escritor Carlos Zanón se va a encargar de resucitar nada más y nada menos que a Pepe Carvalho, el detective de Manuel Vázquez Montalbán, tras un acuerdo alcanzado con los herederos y editorial. Conllevará, en 2017, la reedición de casi todas sus novelas, como ejercicio de asfaltado hacia la nueva entrega. La campaña navideña nos ha dejado continuaciones de series de éxito probado, como son los casos de Ildefonso Falcones y de Carlos Ruiz Zafón. Arturo Pérez Reverte ha iniciado una nueva saga y el legado completo de Roberto Bolaño, que ha cambiado de manos este año, ha sido publicado por Alfaguara y ha sido expandido mediante la aparición de un nuevo inédito, previos esfuerzos por quitar de la circulación los ejemplares de Anagrama, anterior editorial del chileno.
De los ingentes catálogos de novedades que empiezan a conocerse, destaca sobre todo la nueva novela de Paul Auster (en septiembre) e innumerables apuestas de editoriales recoletas pero consagradas, cuya fortuna iremos conociendo con el paso de los meses. Seguro que habrá sorpresas.
Sin embargo, todos estos datos y promesas no hablan tanto de una paulatina recuperación del sector como de un peligroso acercamiento a un modelo elitista en el mejor de los casos y aficionado en el peor. Lorenzo Silva, que compareció ante la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados en noviembre, lo explicaba con mucho tino: el advenimiento de lo digital no ha favorecido, como se sostenía en principio, la multiplicación de voces, sino que ha supuesto un embudo para que las editoriales solo confíen en quien saben que va a encontrarse fácilmente con los lectores.
En 2017 se cumplirá una década desde que Amazon lanzó al mercado su dispositivo de lectura electrónico, el Kindle, que hizo tambalearse los cimientos del sector e hizo vaticinar a muchos el fin del papel. Y a pesar del éxito del cacharro, y su creciente implantación, ha resultado que quienes leen siguen prefiriendo en general el objeto físico a la descarga automática; que el libro sigue sobreviviendo a los avatares de los tiempos; que lejos de ir muriendo, se va arrinconando para recuperar fuerzas.
Todos estos datos nos hablan, entonces, de unas caídas globales y de la urgencia de más esfuerzos, pero también decantan un núcleo de lectores cada vez más fiel y entusiasta. Que 2017 sirva para que sean más.

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No se lo llevará el viento
Alejandro Carantoña 14-01-2017 | 12:04 | 0

Fuera desde Bruselas, Oviedo, Madrid, el centro del mundo solía estar en Gijón. Al otro lado de la línea estaba mi abuela, Cruz, que nos brindaba puntuales crónicas meteorológicas, ambientales de lo que ocurría en la ciudad: «Hace mucho viento», «¡La galerna!», diagnósticos totales del estado de las cosas. Del hogar, en su sentido más amplio, al que volver.

De El Comercio del 7 de septiembre de 1956.

Recuerdo a mi abuelo, Francisco Carantoña, que durante cuatro décadas dirigió El Comercio, bromeando con ella sobre el asunto: se metía piedras en los bolsillos cuando ella estimaba que íbamos «a salir volando». Era su cara socarrona, gallega, única, que quizás para los lectores se trasluciera en su monumental trabajo y que, con las reacciones exageradamente escandalizadas y cómplices de ella, significaron la ternura en su expresión más amplia.

De Gijón se es por naturaleza o por decisión. No es muy atrevido decir que Francisco Carantoña eligió quedarse en esta villa merced a aquella joven, con la que construyó una familia y fijó la mirada que compartiría con tantos gijoneses sobre su propia villa. De la mano de mi abuela, literalmente, viví la historia de su querida Granda, el Gijón cambiante que había conocido desde niña, el valor de mojar los pies por la playa, el acto de quitarse el salitre y la arena de San Lorenzo antes de comer, el sabor de una merluza de pincho, el pan recién hecho, los puestinos del mercado, El Comercio en la puerta de casa, la certeza de que, dondequiera que yo estuviera, había un sitio al que volver.
Elegante, gijonesa, cariñosa, sirvió siempre calladamente para que este fuese nuestro punto de referencia y encuentro, nuestra casa. Aunque muchos de ustedes quizás no lo sepan, también para que sea la suya: a ella es debido un amor por este lugar —celebraba su cumpleaños, en septiembre, junto con el día de Asturias— que está grabado en la piedra y el agua: con el contacto perpetuo con el Muro, adelante y atrás; con el pequeño comercio; con las ventanas abiertas sobre las hordas de estorninos que tanto ocuparon a mi abuelo y las copas de los árboles, mecidas por el nordestín, de Lequerica hasta la Lloca y de la Campa Torres hasta Deva, que tanto la ocuparon a ella. No se lo llevará el viento.

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¿Quién es Gustavo Dudamel?
Alejandro Carantoña 08-01-2017 | 4:00 | 0

Ante esta pregunta, una más que notable cantidad de gente respondería: «ese director de orquesta venezolano» o «el de el Sistema» o «el de los rizos que baila tanto». El que el pasado domingo dirigió el concierto de Año Nuevo en Viena, en fin. No obstante, para la doble sorpresa de quienes lo conocen como músico, muchas revistas y periódicos españoles se refirieron a él como «el novio de la actriz María Valverde»: doble porque no sabíamos que tuviese una relación con la muchacha, por un lado, y por que ese fuera el más notable elemento de su biografía, por otro.

Si algo caracteriza los tiempos que vivimos es el extremo celo ante este tipo de detalles. En Internet, sobre todo, donde una barrabasada dicha a destiempo o una referencia inconsciente y desatinada puede desatar la mayor de las furias contra cualquiera. Si en lugar de esto —lo hemos visto ocurrir mucho últimamente— se hubiese deslizado un «la mujer del director de orquesta Pablo Heras-Casado presenta las campanadas en Televisión Española», por cierto que fuera (y es), la cosa hubiera acabado en demolición colectiva.
Así que supongamos que este problema, traído muy por los rizados pelos de Gustavo Dudamel, entronca con el consabido vestido de Cristina Pedroche en las mismas fechas: el tropiezo es evidente.

Pero supongamos, ahora, que la intención al titular de este modo no era otra que clarificar a los lectores quién ocupaba el podio del más prestigioso concierto del año: el problema que se revela es distinto, pero es problema en cualquier caso. En ese supuesto, lo que ocurre es que en las secciones de Cultura (como ocurrió en todos los grandes diarios, que de hecho enviaron a cronistas ex profeso a cubrir la actuación) era posible referirse al director como «Dudamel», sin más que el apellido, suponiendo que los lectores conocían quién era; mientras que dos páginas más allá, en las de sociedad, o corazón, o vida, o comoquiera que las quieran llamar, se hizo necesario unir un nombre conocido en circuitos culturales al de una cara familiar patria para hacerlo identificable.

Dudamel no es precisamente un oscuro investigador de tendencias compositivas contemporáneas, sino la cabeza visible de un extensísimo sistema de orquestas populares en su país, Venezuela, que le ha granjeado auditorios llenos por todo el mundo: en principio, el caso debería ser de sobra conocido.

Así es como recalamos en la otra cara, que ha dado pie al tercero de los desmanes en torno a la figura de Dudamel y su participación en el concierto: esas orquestas están sustentadas por el gobierno de Venezuela. Huelga decir que también por ahí le han caído pescozones, en un flagrante caso de confusión entre velocidad y tocino, entre política y cultura y, en definitiva, entre partidismos y humanidad pura.

Por si todo esto fuera poco, dicen los que más saben de esto que el concierto no fue especialmente bueno: Dudamel, habitualmente guasón y relajado en su prestación, se vio superado por la magnitud de la cita y de la orquesta que pusieron en sus manos. El resultado fue «superficial» por momentos y carente de la «chispa necesaria», como escribió el crítico Pablo Rodríguez. Así que ahí estaban el resto de lenguas afiladas para unir esto con aquello y lo otro con lo uno. El resultado, mediáticamente hablando, es un engrudo de difícil digestión. Hace suponer que algo se está haciendo rematadamente mal si estas son las fichas en el tablero: de todo menos lo supuestamente relevante. ¡La música!

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.