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Cerrado por silencio
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Alejandro Carantoña | 02-02-2017 | 11:47

Casi más preocupante que el reciente cierre de Laboral Centro de Arte, que lleva un mes clausurado «para ahorrar», es que no haya sido noticia hasta ahora: quizás podríamos habernos plantado en marzo sin que nadie se diera cuenta. Esto, para empezar, evidencia la escasez de visitantes y la aparente falta de interés que suscita el centro. ¿Por qué?

El sábado 17 y el domingo 18 de diciembre de 2016 se celebró el mercadillo de Navidad en el Centro de Arte. El sábado, a última hora, la afluencia de público no era muy alta, pero sorprendía ver el aparcamiento adyacente a rebosar. ¿Dónde estaba toda esa gente? En el concierto de M Clan, que se celebraba en el teatro, a unos metros. Aquel mismo día soleado y hermoso, el Sporting había jugado contra el Villarreal en el Molinón: La Guía estaba llena de aficionados. Había actividad en el Jardín Botánico, y en los campos aledaños. Y un concierto en el también cercano Evaristo Valle, en Somió.

Si algo tenían en común todos estos acontecimientos, concentrados en pocas horas y en un par de kilómetros a la redonda, es que no había forma de saber del resto si se acudía a alguno de ellos. Que instituciones distintas no se hablen es poco deseable, aunque nos vayamos acostumbrando; pero que el Teatro y el Centro de Arte, que comparten paredes y gestores, no sean capaces de coordinar y retroalimentar sus actividades es una explicación elocuente a lo que está ocurriendo. ¿No se hubieran incrementado los visitantes al mercadillo (y por ende al Centro de Arte) de, por ejemplo, haberlo promocionado entre los asistentes al concierto, con la esperanza de que se asomasen un rato antes?

El problema de la contraprogramación institucionalizada y política es endémico en Asturias (afecta a orquestas, conciertos y obras de teatro, y museos por descontado). Llegó a su culmen cuando en Avilés, Oviedo, Gijón y Principado gobernaban fuerzas políticas distintas; y en las instituciones —como Laboral— en cuyo seno están condenadas a entenderse, los resultados son estos: un silencio atronador y un descontrol manifiesto de estrategias y rumbos.

Laboral, tras la traumática salida de Óscar Abril hace dos años y los juicios perdidos con varios trabajadores, se vio abocada a una larga travesía sin una cabeza visible, durante la cual optó por replegarse sobre sí misma y concentrarse en su faceta investigadora y de producción, antes que expositiva. En ese punto se encuentra ahora: con unas cifras de visitantes (que no usuarios) que no llegan a un tercio de las previsiones cuando se inauguró y una asignación presupuestaria muy mermada con respecto a sus inicios, lo preocupante no es que atraviese momentos difíciles, sino que los responsables (políticos) insistan en que todo forma parte de un cuidadoso plan, que todo está bajo control. Que este cierre ni siquiera es noticia.

Cuando se inauguró Laboral Centro de Arte, el 30 de marzo de 2007, los titulares recogían las palabras de Vicente Álvarez-Areces, que se refería al equipamiento como «palanca de la nueva política cultural». Las previsiones eran optimistas; los proyectos, abundantes; el diálogo y coordinación, una promesa cierta y transversal. Hoy, todo ha quedado reducido a una pelea por sobrevivir en el cortísimo plazo sin que se aviste un balance riguroso de esta década o se abra un debate de fondo.

Podrán argumentarse cambios de rumbo y dirección, la adaptación a un entorno económico imposible; sin embargo, esto no es más que el reconocimiento tácito de que Laboral corre el riesgo de desaparecer para siempre. Sería conveniente saber, entonces, si lo que está ocurriendo es en efecto algo medido, algo así como un plan de viabilidad, o si simplemente se están asfaltando culpas por si ocurre lo indeseable, lo irreversible.

Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.