El Comercio
img
Fecha: marzo, 2017
Por un IVA cultural del 35%
Alejandro Carantoña 26-03-2017 | 4:00 | 0

La travesía por el desierto ha terminado: cinco años después de multiplicar el IVA a la Cultura prácticamente por tres (hasta el 21%), el Gobierno ha anunciado este jueves que en 2017 lo bajará otra vez al 10%. En los presupuestos generales que verán la luz en menos de una semana ya vendrá reflejado; así como —esto aún no está confirmado— una subida en la dotación cultural.

En estos cinco años ha dado tiempo a que cayesen multitud de proyectos por la imposibilidad de absorber el pelotazo a cualquier previsión que supuso aquella subida. Los que han sobrevivido salen reforzados, y pueden celebrar, pero lo más probable es que esta reducción no se note en el bolsillo del espectador hasta que hayan recompuesto sus finanzas por completo. Y van a tardar.

La Cultura ha sido, durante estos cinco años, una vaca bastante cómoda a la que ordeñar. Ahora, se le agradecen al sector los servicios prestados con una ventaja fiscal, con algo más de dinero y con la crucial negociación de un Estatuto del Artista —que no costaba dinero, solo esfuerzo—. Cuando nuestros ojos vean todas estas contrapartidas, lo que queda de la Cultura en España estallará de júbilo, y podremos seguir con nuestras apacibles vidas de diletantismo y creación.

Sin embargo, con las ventajas van a volver también las críticas, el sambenito del privilegio y las palabras cargadas contra esta o aquella manifestación artística. En este sentido, igual que en otros muchos, casi sería más deseable que el ministro Méndez de Vigo saliese a saludar con entusiasmo no una bajada, sino una nueva subida que colocase el IVA a la Cultura en el 35%.

Bienvenido fuera el tipo impositivo más alto del mundo si con eso la Cultura se garantizase, por ejemplo, un régimen contributivo a la Seguridad Social y a Hacienda ajustado a los ingresos, respetuoso con los meses valle de cualquier ejercicio creativo, si con ello los escritores pasasen a existir en el repertorio de actividades económicas del Ministerio de Hacienda y si así quedasen cubiertas las bajas laborales del mundo de la danza. Ojalá un IVA del 35% reinvertido en parte en facilitar la educación cultural desde Primaria, y no solo en cosméticas salidas del aula y hueros programas de acercamiento; ojalá, si los conservatorios fueran templos con las ventanas abiertas de par en par y fábricas de excelencia.

Con qué gusto se recibiría el sablazo si eso garantizase, por tanto, que iba a haber público en cantidades industriales y que las artes y oficios afines podrían ser una carrera académica y profesional como cualquier otra. Que subiese el IVA al 40% si con ello se barriera la casa, escampasen las injerencias y el futuro se abriese.

En lugar de todo eso, el IVA vuelve prácticamente a su cauce previo crisis, y la Cultura respira aliviada. Podemos volver a ser quienes éramos antes porque esto no ha sido nada más que un mal sueño, un dardo lanzado por Cristóbal Montoro que ahora alguien nos quita de la espalda. El mundo se equivocaba y nosotros, artistas, teníamos razón: si esta idea cala, corremos el riesgo de volver atrás con todo lo bueno que había; también con todo lo malo. Ojalá no tenga que subir el IVA otra vez, más incluso, para que entendamos la importancia de la lección que nos han dado estos años: que toda prudencia es poca; que toda osadía es riesgo; que no hay en quien confiar; y, sobre todo, que si se quiere que esto no vuelva a ocurrir no se puede esperar al siguiente susto para cambiar.

Ver Post >
Los misterios de Laboral
Alejandro Carantoña 24-03-2017 | 1:28 | 0

Qué tiempos aquellos, no tan lejanos, en los que lo importante no era tener el presupuesto más escaso, sino el equipamiento más enorme. Ahora se estila más bajar en sede parlamentaria a la factura de la luz, como hizo anteayer el viceconsejero de Cultura, Vicente Domínguez, a cuenta del cierre de Laboral durante más de la mitad del año, días en mano. Ya habrá tiempo de poner el foco en estas cosas que tiene la intendencia (qué tiempos aquellos, tampoco tan lejanos, en que era una compañía eléctrica quien pagaba actividades en el centro…), e incluso de ponerla en todos los asuntos que han inquietado al resto de fuerzas políticas: en la comparecencia de Domínguez importaron la luz (a él y a los «amigos de la nave del misterio»), el número de visitantes (a Foro y Ciudadanos), los dineros (Izquierda Unida) o la imagen (PP), con la conclusión casi unánime y nada indisimulada de que estamos a punto de asistir a su cierre definitivo. Quizás, de hecho, lo más elocuente fuese que cada vez que intentaba abrir un libro o elaborar una cita sus señorías se lo impidieran: allí, ya lo sabíamos, no se iba a hablar de Cultura sino de derecho societario y laboral, y acaso de algún poltergeist.
En este sentido, Domínguez espantó algunos espíritus con sus palabras, pero desveló que no habrá celebración por los diez años del centro y nos explicó que la ristra de sentencias en contra de Laboral por el despido de personal han constituido un ahorro. En efecto, los doscientos cincuenta mil euros que habrá de abonar el centro en este concepto son treinta mil menos de lo que hubiese costado contratar a los profesionales despedidos de manera irregular. Y si, dado que sus puestos eran «superfluos» en muchos casos, según dijo, y ellos, unos petulantes por llamarse «coordinadores» (esto solo lo insinuó), las cuentas son claras y el ahorro, un hecho. De otra manera, es un desastre.
Añade dolor a este panorama, tan beligerante como improductivo, que justo ahora se cumplan los diez primeros años de vida del centro: ahora los festejamos soplando austeras velas, redimensionando cosas; entonces, hace nada más que un lustro, rebosaba por exceso o festejaba inconsciente. Hoy llenamos páginas con facturas y balances; hace cinco años, lo hacíamos con lo único que tiene que importar a un centro de arte y creación industrial: cómo ha ocurrido, y a esta velocidad, sí es todo un misterio.

Ver Post >
Larra y los Goya
Alejandro Carantoña 19-03-2017 | 4:00 | 0

Con tanta gana y tan grande se quiere contentar al público que, desesperados en la búsqueda de fórmulas, los artistas empiezan a rendirse a la solución definitiva: que sea el propio público quien haga su trabajo por ellos. Este jueves, la Academia del Cine ha anunciado un concurso de ideas abierto para la próxima gala de entrega de los Goya, el año que viene. En lugar de hacer autocrítica y dejar de leer las redes sociales, han preferido poner en manos del mejor postor la próxima ceremonia. (Y no son los primeros: así nos luce el pelo en Eurovisión.)

Al principio, parecía que lo del concurso de ideas solo era un buzón condescendiente donde los espectadores pudieran descargar sus frustraciones; luego, al ver las bases —en las que se abre la puerta a que cualquier propio se ocupe de la ceremonia entera y verdadera—, se tiene la impresión de que es una salvaguarda para que cuando alguien critique los próximos Goya se le pueda responder: «Y ¿por qué no se presentó al concurso?»; y, finalmente, visto lo arbitrario del asunto, uno concluye que es simplemente una dejación de funciones a la desesperada.

Las bases piden abiertamente una propuesta económica —un talismán para no negociar con empresas privadas, sino para que estas presenten un proyecto de negocio provechoso—, pero no dan otra pista, más allá de «impulsar la promoción nacional e internacional del cine español». A cambio, hay que enviar un título y contenido de la propuesta, subrayar las novedades con respecto a galas anteriores e incluir un plan de financiación. Ah, y hay que tenerlo hecho para el 28 de abril, escenografía, guión y números musicales incluidos (aunque no se hayan estrenado las películas nominadas).

Obviamente, se reservan el derecho de dejar el concurso desierto. Pero, en caso de que alguien gane, se producirá la enorme injusticia de que la Academia quedará relevada de toda responsabilidad sobre los premios si salen mal (y recaerá en quien haya elaborado esa minuciosa propuesta). Si sale bien, por el contrario, la Academia siempre podrá vanagloriarse de haber elegido este sistema de producción.

Total, que lo más probable es que se lo lleve José Luis Moreno. Un absoluto especialista en producir espectáculos de horas y horas a bajo coste: es de suponer que eso es lo que se pide. O que algún telespectador se eche al monte, o que ¡ah, sorpresa! una cadena de televisión privada (¿Telecinco, quizás?) ponga a Risto Mejide a reñir a Almodóvar. Cualquier cosa, con tal de garantizarse que el público ha hablado, que Twitter estará contento.

A vueltas estamos con esa equivocada idea de que lo que diga el público estará bien, como si eso democratizara o hiciera mejor cualquier iniciativa cultural o creativa. No, eso es falso, y ya lo escribió Larra, y sigue siendo verdad: «Concluyo: que no existe un público único, invariable, juez imparcial como se pretende», y «que éste es caprichoso, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que lo componen», y «que prefiere sin razón, y se decide sin motivo fundado; que se deja llevar por impresiones pasajeras», y «que es maligno y mal pensado, y se recrea con la mordacidad; que por lo regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular; que suele ser su favorita la medianía intrigante y charlatana.» Que han pasado nada menos que 185 años desde que escribiese estas palabras: «Con gran sinrazón queremos confundirle con la posteridad» y seguimos erre que erre.

Ver Post >
De mataderos y teatros
Alejandro Carantoña 12-03-2017 | 4:00 | 0

Esta vez, Mateo Feijóo ha tenido la suerte y la desgracia de que Manuela Carmena sea alcaldesa de Madrid: al programador lo ha nombrado director de las naves del Matadero, recién desligado del Teatro Español, una comisión «podemita». Su suerte y su desgracia son que una rueda de prensa como la de esta semana era todo lo necesario para una buena bulla contra él, Carmena y las consabidas Celia Mayer y Rita Maestre, que ahora se encuentran en el brete de reconducir la situación y apagar fuegos por muchos frentes: ellas, y su partido, se están llevando la peor parte. Los principales problemas tienen que ver con las fundaciones de Max Aub y Fernando Arrabal, agraviadas por la propuesta de suprimir sus nombres de un par de salas del recinto; con los gestores culturales, que estiman un error inevitable quebrar el lazo entre el Teatro Español y esta sucursal; y con el sector teatral capitalino y patrio, prácticamente ausente en la propuesta de Feijóo.
No es la primera vez que ocurre algo parecido, y por eso la comunidad creativa madrileña hará bien en ponerse en guardia: Feijóo dirigió durante tres años el Teatro de la Laboral, entre 2007 y 2010. También en Gijón hizo una propuesta rompedora y vanguardista, amplia, que incomodó a la comunidad teatral de la región; también en Gijón contó con el suficiente respaldo político como para llevar a cabo su propuesta; y también en Gijón ha ocurrido que todo su trabajo se lo ha llevado el viento. No se ha aprovechado nada: se piense lo que se piense de su propuesta, un desperdicio a todas luces.
Concretamente, la relectura de la nota de prensa en la que se le despedía en julio de 2010 provoca sonrojo desde nuestro tiempo. Allí se dice de él que había creado «una línea artística que ha sabido complementar la programación de los teatros de nuestra región y posicionar al Teatro [de la Laboral] en los más destacados circuitos de creación escénica contemporánea europea», y también que había sabido «tender un puente que nos conecta con la cultura como centro de experimentación y como plataforma para desarrollar e investigar la cultura de frontera, la que genera avances, cambios, nuevos conceptos y nuevas miras, y la que podrá ser capaz de atraer y crear nuevos espectadores».
Son palabras que suenan (que sonaban) muy bien, pero que con el peso del tiempo encima se presentan vacías, huecas: de aquello no queda absolutamente nada, nada más que un teatro apetecible, poco aprovechado y sin dirección efectiva. Podrían haber quedado rescoldos, haberse aprovechado algo —o no, ese no es el asunto— de haber asumido las palabras sobre Feijóo y transformarlas en un hecho, en un plan a dos, cinco, diez, veinte años vista que nos consolidase como el Avignon de la Cornisa Cantábrica. No ocurrió.
Así que a lo mejor la preocupación de los creadores madrileños no es tan corporativista y ciega como para estar implorando por que les cubran de subvenciones y les cedan un espacio de primer orden gratis, sino una inquietud, verbalizada por Mario Gas entre otros, para con el hecho de que se derruya todo lo construido hasta ahora: Matadero fue un esfuerzo sostenido y para nada exento de dificultades en la construcción de una imagen y un público, que ahora no se puede desdeñar. Pero es que además (esto es lo triste) la experiencia nos ha demostrado que en España no sabemos dar giros de rumbo súbitos. En Asturias lo sabemos bien: ni un asalto, encarnado en el breve gobierno de Foro, aguantó el modelo anterior.

Ver Post >
Estar o no estar
Alejandro Carantoña 05-03-2017 | 4:13 | 0

El Ayuntamiento de Oviedo decidió esta semana, a las pocas horas de que fuese elegido un gerente para su Fundación Municipal de Cultura, que la ciudad «no está» para sueldos de 70.000 euros como el que iba a percibir: por eso se va a ocupar de eliminar la plaza.
Últimamente, se oye mucho en boca de nuestros líderes culturales esa frase: los mismos responsables ovetenses decían hace unos meses que la ciudad «no está» para Premios Líricos (de ahí su eliminación); del cierre de Laboral se desprende que «no está» para permanecer abierto, etcétera.

El «no está para…» conlleva un reverso curioso, que remite a la década dorada de culturas y ladrillazos: si ahora que las estrecheces aprietan «no estamos» para determinadas cosas, ¿significará que cuando la presión fiscal estatal se reduzca a la mitad, los ingresos públicos de multipliquen por siete y el paro sea del 1% abriremos, en proporción, treinta y cinco museos, doce teatros, siete cines y ocho centros de arte?

Esa lógica –la de unir dineros a culturas– es, evidentemente, peligrosa en sí misma. Lo es más en la medida en que abre la puerta a hacer cultura siempre y cuando salga barata o a lo peor rentable, como si este fuera un mérito: así es como paulatinamente se han ido infiltrando patrocinadores privados que han convertido centros de arte en anuncios enormes, cómo la cultura ha ido quedando a merced de los márgenes de beneficio que alimentaban fundaciones, cómo se ha ido asalvajando el mercado del arte. No hay nada de malo en buscar y encontrar apoyos, pero siempre hay que ponerles coto para asegurarse de que la propuesta artística, la que sea, mantiene intacta su independencia y su frescura. Para eso están los gobiernos.

Asturias, con todo, «sí está» para donaciones. Esta semana el Museo de Bellas Artes recibió una importantísima donación del empresario Plácido Arango, digna de celebrar. Bienvenidas sean siempre, para convivir con los fondos que nuestro museo va acumulando: tan bienvenidas fueron, de hecho, que el consejero de Educación y Cultura, Genaro Alonso, quiso participar del acto con el director del Museo, Alfonso Palacio, y el propio Arango.

Esta disposición y sonrisa contrastan con el hieratismo de las «malas rachas», léanse aquellas circunstancias que complican la gestión cultural en estos tiempos. En lugar de limitarnos a dar las gracias a Arango, no habría mejor pago que tener un gran discurso que contarle sobre las iniciativas que se promueven, sobre los artistas a los que se apoya, sobre todas las cosas buenas que están por venir. Pero para eso, por desgracia, no estamos.

Ver Post >
Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.