El Comercio
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Rinocerose en Gijón: Guitarra y cacharro
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Alejandro Carantoña | 29-04-2017 | 09:11

Y ¿por qué no? ¿Por qué no montar un concierto redondo sobre la simbiosis de guitarra y bajo y batería, madera y acero y parches, con los temidos instrumentos de la electrónica? La respuesta es Rinocerose, la banda francesa que el jueves ofreció un contundente y generoso concierto en la gijonesa sala Albéniz.

Los Rinocerose, en cuyo germen están Jean-Philippe Freu y Patou Carrié, inventaron esto hace más de veinte años. Por ahí vienen las tablas, la solidez y un sonido perfecto (con las voces de Freu algo enterradas; no así las de Bnann Watts), amén de un repertorio sólido y muy bien repartido en hora y media larga, con dos bises.

El público, en torno a tres cuartas partes de la sala, era buena muestra de lo que supone este grupo: amplio rango de edades y de expectativas. Había sitio para bailarlo, pero los de Montpellier tampoco iban a dejar con hambre a quienes aprecian, de su sonido, el fundamento «clásico» con el aderezo experimental.

El bajo de Carrié es posiblemente el mejor hallazgo, el engarce entre todas las piezas. Allá donde la mayoría de grupos tienden a sacrificar este instrumento en primer lugar en cuanto se les pone a tiro una base pregrabada o un octavador, Rinocerose apuestan por mantenerlo y potenciarlo, con una ejecución limpia y perfecta. Encima van montadas tres guitarras mimadas y precisas, sin ruido, muy limpias. Y, para rematar la tostada, programaciones equilibradas y una mezcla de percusión y batería que viste y arropa. Todo suma. Pero esto solo para abrir boca en el primer tramo del concierto.

Entonces, con las cartas sobre la mesa y un sonido definido, el recital se convirtió en una sucesión de experimentos: cuatro guitarras, ningún bajo, percusión y voz; guitarra española, dos eléctricas, bajo, batería y programaciones; y así sucesivamente. Al término, quien iba buscando los temas reconocibles o bocados de su último trabajo, Angels and Demons, se fue satisfecho; quien esperaba dejarse llevar y bailarlo sin más, también.

Sorprende que, tanto tiempo después, este grupo con una base de seguidores sólida y fiel siga sin tener el predicamento suficiente (menos aún en su país). Quizás les falten himnos o les sobre osadía a la hora de cruzar fronteras musicales, pero desde luego tienen mucho más que decir que demasiados que han intentado usar su fórmula y se han quedado en la simple sustitución de guitarras por cacharros. Ellos pueden con todo.

Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.