El Comercio
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Fecha: mayo, 2017
El libro cerrado
Alejandro Carantoña 28-05-2017 | 4:00 | 0

Mientras que el Rey y la Reina paseaban por el Retiro, en la inauguración de la Feria del Libro de Madrid, un pequeño gran terremoto sacudía Oviedo: la librería Ojanguren va a cerrar en cuanto pase el verano.

Han corrido muchos literatos y librófagos ovetenses, y asturianos, a mostrar sus condolencias de las dos maneras más frecuentes en estos casos: explicando con emoción sincera todo lo que de allí se llevaron y, además, compitiendo de alguna manera por exhibir su cercanía, su familiaridad con la tienda.

La explicación es la de siempre: la crisis económica y la del libro, si es que existen ambas cosas. Es muy difícil digerir que semejantes amenazas, de patas tan cortas y garras tan romas, hayan podido vencer a más de un siglo de historia. Entonces ¿qué ha pasado? Probablemente que se ha perpetuado el ciclo natural de los negocios que van y los que vienen, los que abren, cierran, y son sustituidos, con la salvedad de que en el caso del libro la tendencia es a la desaparición. No llega sangre nueva, o al menos no la suficiente como para garantizar la salud del sector.

Que el Rey se diese aquel paseo es importante, claro está: pero ha de quedar claro que lo es para un eslabón de la cadena (editoriales, agentes, distribuidores, mercaderes) antes que para los auténticos motores del libro: los autores.

La multiplicación de etapas entre que alguien se sienta a teclear y un librero avezado recomienda la obra a un lector curioso, hasta que se cierra el círculo, es la auténtica losa que va a acabar con los libros tal y como los conocíamos.

Hoy en día, franquicias aparte, es una tarea heroica mantener abierta una librería con unos márgenes de beneficio irrisorios, con la necesidad de vender enormes cantidades en un mundo en el que pagar por la cultura está prácticamente mal visto.

En un encuentro con algunos amigos del ramo, esta misma semana, todos decían lo mismo: nadie escribe si no le gusta lo que hace, porque ni siquiera los pesos pesados levantan el vuelo en librerías. Las cifras de ventas se han desplomado y, con ellas, los ingresos que pueden sostener el riesgo. Como único parche, quedan las subvenciones o las becas, pero es bien sabido que ese remedio solo conlleva una cosa: la corrupción y venta del autor a intereses, como poco, espurios.

El cierre de Ojanguren significa el fin de un tiempo: ir el sábado por la mañana a por una novelita, dar una vuelta por El Fontán y rematar con un vermú y una lectura agradable. ¿En qué momento dejó de ser apetecible este plan?

Quizás cuando perdimos la noción del trabajo que requiere un buen libro, o incluso uno malo. Esta cultura de la gratuidad, teñida de presunta democratización cultural, no es más que un clavo más en el ataúd de nuestras cosas importantes. El enemigo está detrás de las líneas y se llama, por desgracia, Administración Pública.

Toda vez que se instala la idea, desde la más tierna infancia, de que acudir a un museo no cuesta nada o que los conciertos que van a anegar el verano gijonés —por ejemplo— son y deben ser gratis, empieza un proceso imparable y dañino. Consiste en el paulatino recelo a entregarle 20 o 30 euros a un librero, en la progresiva pérdida de conciencia patrimonial y, en último término, en que en cuanto empiecen a aparecer novedades editoriales gratuitas en la Red, saltemos sin complejos sobre ellas. No se lee menos, en absoluto: esa batalla está ganada. Ahora, hay que lograr que además se pague por ello: el Rey se llevó medio centenar de libros… y se los regalaron.

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El fin de los mitos
Alejandro Carantoña 21-05-2017 | 4:00 | 0

El mismo día en que a Karen Armstrong le daban el Premio Princesa de Ciencias Sociales, Donald Trump decidía sacar a los Estados Unidos del Acuerdo de París, Premio Princesa de Cooperación Internacional el año pasado: es, así, la tercera vez en menos de un año que la inefable sombra del presidente estadounidense se cuela en los galardones (o que recibe un aldabonazo por parte de los jurados).

Porque este Premio, que llega en el momento justo y entra derecho al debate candente, viene a activar la figura de Armstrong en España (no tenía página en la Wikipedia española hasta ayer), y así arroja nueva luz sobre la monumental confusión que reina en torno a las religiones y su papel en la configuración del mundo actual.

Armstrong, que forma parte de ese escogido equipo de intelectuales que han transitado el mundo de la religión desde muchos ángulos (fue monja), plantea una visión histórica y comprensiva (y empática), y que en esencia incomoda tanto a los Trump como a laicistas recalcitrantes como Bill Maher, con el que ha mantenido enfrentamientos abiertos y públicos a costa de sus críticas al judaísmo.

Su último libro, que tiene dos años se titula Fields of Blood. A History of Violence (‘Campos de sangre. Una historia de la violencia’). En él, Armstrong reflexiona sobre los puentes que unen religión y violencia desde una mirada histórica y, lo que es más apetecible, sobre el mito occidental de que la una y la otra van necesariamente ligadas.

Igual que el año pasado la concesión del Premio a Mary Beard servía para matizar y enriquecer nuestra visión del imperio (romano, en este caso), el advenimiento de Armstrong y sus ideas están llamados a servir de bálsamo al fanatismo, informar las políticas de un país tan expuesto como el nuestro al choque de civilizaciones y, lo que es más importante, atenuar la sed de venganza que cunde con cada atentado.

Que empiecen a caer los mitos, los unos y los otros; pero, ante todo, que caiga el de Trump: no hay mejor antídoto contra el odio y el griterío.

Fe de errores: En una versión anterior indicaba, erróneamente, que Fields of Blood no está publicado en España, cuando ha sido traducido y publicado por la editorial Paidós.

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Arango, vuelva usted mañana
Alejandro Carantoña 14-05-2017 | 4:00 | 0

Hace poco más de dos meses celebrábamos la donación de Plácido Arango al Museo de Bellas Artes de Asturias: veintinueve obras maestras vaticinadas en diciembre, rubricadas con su firma y celebradas a principios de marzo (foto con los estamentos políticos incluida), y que ahora sabemos que aún tardarán en llegar unos meses. Cinco, por lo pronto.

Lo ha deslizado esta semana el director del Museo, Alfonso Palacio, que en la elegancia que viene exhibiendo desde su nombramiento ha logrado colocar el titular de que podremos verlas a partir de otoño, cuando no ha metido el dedo en la llaga de que no las estemos viendo desde hace semanas.

Palacio, concretamente, ha pintado con el positivo color de la expectativa el hecho de que la Secretaría General Técnica de la consejería del ramo vaya a tardar nueve o diez meses en trasladar las obras desde México hasta Asturias, esgrimiendo para justificar este retraso un procedimiento de concurrencia pública, un enrevesado papeleo administrativo y una complejidad técnica notable.

Probablemente, Plácido Arango ya no esté muy encima del asunto desde que dejó en un titular su alegría por la donación, pero quizás si así fuera se estaría preguntando por qué los cuadros que anunció que donaría al Principado en 2016 y que ratificó en la cesión un par de meses más tarde, de valor incalculable, no van a estar a disposición efectiva de los asturianos hasta que 2018 asome el hocico.

La respuesta oficial y oficiosa es clara: que hay una dificultad manifiesta en el proceso de hacer efectiva la donación. Pero al ciudadano de a pie le va a costar mucho comprender que tal dificultad sea tan insuperable como para tardar nueve lustrosos meses en movilizar una cantidad más bien discreta de papeles, firmas y tiempos, cuando a principios de marzo esta operación se vendía como un hecho consumado. A lo mejor es que el sistema no funciona bien, o a lo mejor se nos dice que su diseño no es óptimo.

En cualquiera de los dos casos, que un magnate se pare a las puertas, deposite un trozo significativo de sus bienes y la Administración no sepa recogerlo a tiempo (manejamos los mismos plazos con la suculenta donación de Amancio Ortega para la Consejería de Sanidad) solo denota una cuestión: ¿qué no estará ocurriendo con lo menos visible, con lo que vuela bajo el radar?

Es decir, que entre un chorro de dinero, de arte o de apoyo por la puerta es un acto que concita rápidamente las atenciones del consejero o del presidente (como fue el caso de Ortega), pero que, una vez sumido en el proceloso mar del procedimiento administrativo, queda enmarañado en una red de informes, burocracias y concursos. Todo revestido de un miedo cerval a las leyes de transparencia, todo con un ojo más puesto en la oposición política que en la consecución de lo que originalmente se pretendía: todo desprestigiado, aguado, diluido en un mar de políticas.
No obstante, la visión era simple. Un hombre llamado Plácido Arango, sospechoso de nada, acude a la región para entregarle un patrimonio que no solo es valioso, sino que por derecho ancestral o natural o atávico es suyo. Entonces, el Gobierno lo abraza, pero la Administración, llegado su turno, le muestra la palma de la mano enhiesta y le propone que antes tenga la paciencia de esperar a que resuelva sus batiburrillos internos. Espere. Vuelva usted mañana.

Por fortuna, ni Arango ni Ortega tienen intención de retractarse, y ambos poseen la generosidad suficiente como para sobreponer a estas minucias el bien superior, el objetivo que desean cumplir. Pero es bastante peligroso poner a prueba su voluntad o su determinación, tanto porque con ello se juguetea con la gasolina política que sería que retirasen sus ofertas como porque con ello se pierde la oportunidad de exhibir músculo, diligencia e interés por los asuntos que a todos nos afectan.

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Dudamel de perfil
Alejandro Carantoña 07-05-2017 | 3:22 | 0

Existe un camino rápido —el de hacer mucho ruido— y otro muy seguro —no hacer ninguno—. El primero pasa por que cada vez que haya ocasión, y siempre escudándose en el compromiso, la claridad de ideas o la conciencia artística, se den titulares potentes. Se genera polémica, se atrae atención, se arma ruido y se acaban vendiendo libros, discos, esculturas, cuadros o poemas por palés, independientemente de su calidad.

El otro extremo abunda en la música clásica, en la ópera, en el cine, y en general en cualquier forma de producción cultural que implique a muchos agentes, muy poderosos, y que exija movilizar recursos (y dinero). Es una odiosa forma de cortesía mal entendida, de ultracorrección, que desemboca en silencios clamorosos y en existencias apacibles: así, sin pisar callos, es como se recorre el camino más seguro hacia cierto tipo de éxito.

A Gustavo Dudamel, el director de orquesta venezolano al frente del programa musical para jóvenes de El Sistema —organización estatal—, que acaba de dirigir el concierto de Año Nuevo en Viena, le ha acabado estallando en las manos la situación en su país. No es que su postura haya variado especialmente: lo han hecho las circunstancias en Venezuela. Pero Dudamel, hasta este mismo jueves, se ha empeñado en mantenerse de perfil. Ha tenido que morir uno de sus músicos para que tomase postura.

Activistas y opositores al régimen chavista lo acusan de equidistante (en el sentido más peyorativo posible) y de haber guardado silencio no por garantizar el funcionamiento de El Sistema y, de algún modo, cambiar las cosas desde dentro, sino con el fin de ordeñar su posición privilegiada mientras que fuese posible. Él siempre se ha defendido con el argumento de que lo importante eran los chavales.

Sin embargo, la situación en Venezuela se ha vuelto tan insostenible que el pasado 25 de abril Dudamel emitió un comunicado en vídeo a través de las redes. Entonces, hacía «un llamado a los líderes políticos a encontrar las vías necesarias para encontrar una salida a esta crisis». Hubo quien lo interpretó como un atrevido toletazo a Nicolás Maduro; pero, en general, ha sido interpretado más bien como un medido recurso para salir del paso.

Esta semana, con la muerte de Armando Cañizares Carrillo, han cambiado muchas cosas. El jueves, Dudamel escribía: «Hago un llamado urgente al Presidente de la República y al gobierno nacional a que se rectifique y escuche la voz del pueblo venezolano. Los tiempos no pueden estar marcados por la sangre de nuestra gente.»

Es la primera vez que se significa de un modo tan contundente. Para algunos sigue sin ser bastante; para otros, la diferencia estriba en que ya no se trata de una opinión política, sino de una crisis humanitaria. Llegados a este punto, la realidad venezolana y la confusión mediática han desplazado los hechos: todo se ha convertido en una opinión. Dudamel, que ya no está de perfil, ya es un héroe para algunos y un traidor para otros.

Algunos (muy pocos) logran recorrer carreras enteras sin verse envueltos en una situación así. Para ellos, es un éxito sortear todos estos peligros, ahorrarse la incomodidad de ser odiados, criticados, aupados, condenados, aplaudidos, examinados o condecorados. No obstante, esto suele conllevar una dejación de funciones palmaria: la crítica (que no el insulto, el odio, la furia) va en el cargo. Bien lo sabe William Kentridge, el flamante Premio Princesa de las Artes y valiosa pieza en la configuración de una Sudáfrica respirable. Sirva de ejemplo él, sirva de ejemplo lo ocurrido: por incómodo que resulte, a veces estar de perfil no es una opción.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.