El Comercio
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Fecha: junio, 2017
Música y delito
Alejandro Carantoña 25-06-2017 | 4:00 | 0

A pocas semanas de que la cuota de autónomos vuelva a subir, reptando paulatinamente hacia los trescientos euros mensuales, y con la vendimia musical veraniega recién abierta, se ha destapado la caja de los truenos: la SGAE y la Agencia Tributaria —cuando no la Audiencia Nacional— tienen mucho que ver en el florecimiento de varios esperpentos empresario-musicales para esta temporada primavera-verano.

La primera historia empieza a escribirse hace dos años, cuando el principal promotor de orquestas de romería en Galicia y Asturias recibió una acusación formal y pública de prácticas fraudulentas en su empresa. Se le acusa de un delito fiscal de proporciones futbolísticas. La instrucción por la primera de las cuatro causas que tiene abiertas se cerró este mismo mes con la petición de doce años de prisión y multas de en torno a cincuenta millones de euros. Aún quedan otras tres.

Casi simultáneamente, y ya en Asturias, Perlora tomaba la decisión de prescindir de su romería a partir del próximo año, puesto que la SGAE le reclama doce mil euros que había dejado de ingresar en concepto de derechos de autor durante los cinco años precedentes. Los responsables, a cuya boca acudió la palabra «mafia» en la amarga despedida, denuncian la asfixia a la que la entidad de gestión los tiene sometidos (aunque no pone en tela de juicio la legitimidad de la demanda, toda vez que todo es prístino y legal).

Como una sociedad de festejos no es una televisión, no contaban con la infraestructura necesaria para paliar «legalmente» la factura de la SGAE: así llegamos a la tercera historia, también de hace pocos días. En este caso, se trata de la Operación Rueda, que desde la Audiencia Nacional ha puesto sobre la mesa las técnicas empleadas en el seno de las televisiones para recaudar derechos de autor a espuertas. Las sospechas de la Policía se centran en la emisión, en las madrugadas televisivas, de refritos musicales trabados sobre piezas libres de derechos y vueltas a registrar por misteriosos personajes, con el único fin de que generasen derechos y así produjesen ingentes cantidades de dinero. Hubo dieciocho detenidos y constancia de que altos ejecutivos de entes públicos estaban al tanto. Dos grandes grupos mediáticos, por su lado, han reconocido que es una manera «legítima» de minorar el mordisco de la Sociedad General de Autores.

Todo esto ha ocurrido en menos de tres semanas, con la campaña recién inaugurada. Nótese que nuestras tres historias no hablan de los músicos ni de los autores; que ninguna versa sobre el advenimiento de nuevas tasas ni sobre el impacto en la forma de vida: que todas giran en torno al vil metal y a la gente (casualmente, ninguno músico) que se lucra o ha lucrado con la música de maneras, ahora sí, originalísimas. Los grandes damnificados en todos los casos son intérpretes; los grandes culpables, gestores o intermediarios o representantes.

A lo mejor todos estos episodios no son sino la constatación de que el modelo musical no funciona, o que está corrompido hasta el tuétano. Ejemplifican que una regulación tan coja como la que existe en España, en cualquier nivel administrativo, solo sirve para que los más avezados busquen la trampa, y para que los menos hábiles (o más preocupados por montar un grupo, una ópera o una romería) se acaben dedicando a cualquier otra cosa.

Qué difícil dar con una receta, revertir lo presente. Qué complicado —es la gran asignatura pendiente de los ministerios implicados— hincarle el diente a las artes que escapan a la cuadrícula acostumbrada. Y qué urgente, a la vez, es darle una buena sacudida.

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Charlie y la fábrica de egos
Alejandro Carantoña 18-06-2017 | 4:00 | 0

Hace una semana que Rafa Nadal ganó Roland Garros. En estos días, como es habitual cuando obtiene un triunfo, se le han elogiado profusamente los méritos deportivos, pero sobre todo se ha repetido un adjetivo que le lleva acompañando desde que inició su carrera, desde que lo auparon al olimpo de la gente buena: es «humilde». Es algo que en el deporte manda: el prepotente, o el chulo, acabará zarandeado por la desgracia. Algo tiene de sospechoso. Y lo mismo ocurre con los autores, cineastas y artistas: ya no solo se les exige ser buenos, sino ser simpáticos.

Viene esto al hilo de un cómic muy reciente, muy bueno y muy conmovedor: acaba de editar en España Impedimenta La levedad, que es el relato de Catherine Meurisse sobre la masacre de Charlie Hebdo.
El éxito que está obteniendo no reside en su simpatía, precisamente (Meurisse, entre otras cosas, se despacha con el buenismo que siguió a la masacre); sino en el hecho de que ella se durmiese aquella mañana de enero y, así, se transformase en una suculenta y heroica figura. Aquí cuenta cómo huyó de los focos, cómo luchó para que ni su nombre ni el de sus colegas fallecidos se convirtiese en un subproducto de consumo masivo. Cómo tuvo que aferrarse, en efecto, a un ego monstruoso para poder seguir adelante y mantenerse fiel a lo que hasta entonces habían sido.

«¿Para qué destrozar?», se pregunta ante una estatua del foro romano. «¿Para qué decapitar si el tiempo ya se encarga de hacerlo de un modo más hermoso?» Le responde el fantasma de Stendhal, con las manos cruzadas en la espalda: «Probablemente el arrojo se relaciona con la vanidad, el deseo de que hablen de uno.»

Precisamente Stendhal, que fue cónsul en Roma, es alguien que legó ingentes cantidades de buena literatura: allí tradujo libérrimamente las Crónicas italianas y produjo los monumentales Paseos por Roma. Dos ejercicios a los que, vistos hoy, se les podrían haber colgado con enorme facilidad los sambenitos de ególatras y narcisistas: el primero, por haber profanado las esencias de unos textos que encontró y remozó con el fin de mejorarlos a su antojo; el segundo, por contener mucho más de él que del entorno. A Meurisse le sucede lo mismo: que no entiende por qué todo el mundo, inmediatamente después del atentado, espera de ella que se sienta de un modo determinado, que diga ciertas cosas, que exhiba emociones que le son completamente ajenas. Que se transforme, en fin, en el personaje simpático en el que toda la sociedad necesita creer: al no hacerlo (como así sucedió), la compasión para con ella y sus colegas se fue diluyendo hasta dejarlos solos de nuevo.

La nómina es larga. A Juan Goytisolo le han hecho un juicio para la historia desde que hace unos días trascendiese cómo vivió y murió sus últimos años, y por tanto se diese bula para dejar de hablar de su obra. Lo mismo a Andrés Trapiello por su trabajo sobre el Quijote, y tantos y tantos otros ejemplos en los que la condena por ego o vanidad ha conllevado el olvido para la obra.

Esta incapacidad para deslindar lo uno de lo otro es evidente en el mundo del deporte, de la política, de la cultura en general: lo bien o lo mal que caen los artistas, amén de las envidias que despiertan, nos están privando de ver el bosque. Ojalá no suceda eso con Meurisse, la última de todos ellos. Quizás ella no merezca el aplauso, pero a fe que su obra es imprescindible.

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Entidad y verso
Alejandro Carantoña 11-06-2017 | 4:00 | 0

Al poeta Adam Zagajewski le preguntaron hace dos años si le daba miedo internet, en mitad de una conversación sobre el silencio, la poesía, la infancia, el recuerdo y el fin del comunismo. Y dijo con cierta delicadeza que no, no, pero que procuraba no prestar atención a los comentarios que siguen a los artículos de los periódicos por lo «primitivos y brutales» que son algunos.

En efecto esta semana, al saberse que le habían concedido el Premio Princesa de las Letras 2017, el diario ABC publicó dos inéditos de Zagajewski: Santiago de Compostela, el primero de ellos, empieza así: «Una fina llovizna, como si el Atlántico/ hiciera examen de conciencia/ Noviembre ya ha dejado de fingir». En el campo de comentarios solo hay uno: «Vaya poeta de m…», un intercambio que viene a sustanciar la afirmación del autor de un solo vistazo.

Tiene, desde que Pre-Textos lo editó en español en 2003, un sitio cada vez más celebrado entre los lectores de poesía y ensayo —gracias sobre todo al gusto y mimo de Acantilado, su editorial habitual en España—, y seguro que el Premio sirve para expandir el número: acaba de aparecer en esa editorial un librito suyo para releer a Rilke, que seguro que sirve de puerta de acceso al poeta como lo hiciera, en su día y en la misma editorial, el de Stefan Zweig sobre los Ensayos de Montaigne.

Pero las voces como la suya son mucho más difíciles de «vender» en los tiempos que corren que las de los novelistas, o a lo mejor de los articulistas de prensa. Por eso los Premios Princesa de las Letras no acostumbran a recaer en poetas, pero también por eso aquel lector o lectriz, quienquiera que dejó el comentario al pie del inédito, encontró a su paso el texto, lo miró por encima y aún buscó tiempo para grabar su opinión en la posteridad.

Ese proceder, exactamente esa prisa y esa necesidad de valorar lo escrito (al margen del contenido, fondo o posición política de Zagajewski) se encuentra en las antípodas de su forma de hacer: los poetas como él, preocupados por la tradición y ocupados en la transparencia conceptual, suponen la última defensa ante la corrupción del lenguaje y el imperio de las prisas. Incluso a pesar de la insalvable distancia que media entre el español y el polaco, no hay verso que no tenga entidad, peso, que no valga la pena volver a leer al menos una vez. Las palabras tienen un nuevo cuerpo, igual que la peregrina ante la piedra de ese Santiago de Compostela.

Zagajewski insiste mucho, más con humildad que con pompa, en que toda esa poesía no surge del trabajo industrioso del que presumen tantos autores contemporáneos, sino de un don que se tiene o no se tiene para mirar alrededor. Añade que lo importante es «hacer algo» con ese don, y no dejarlo quieto, pero a fin de cuentas coloca el foco en una forma de mirar y no en una forma de producir adquirida.

Esto lo acerca mucho a los autores trascendentes, institucionales y «globales»: por algo vivió de niño la muerte de Stalin, el exilio le permitió palpar Europa entera y ahora conquista las Américas. Al tiempo, lo aleja del ruido en el que vivimos inmersos, y propone unas formas de escritura y de lectura de las que casi nadie se preocupa. Está dispuesto, en definitiva, a subvertir al lector y a cambiarlo no desde la posición del ideólogo inflamado que era en su juventud, sino desde una propuesta (tomar la realidad, y la palabra, y detenerse sobre ellas) que no tiene nada que ver con las velocidades y concesiones a las que nos estamos acostumbrando. Darle un Nobel parece fácil; y un Princesa, también.

Aunque hay algo de valiente, de silenciosamente combativo, en todo ello: en apostar por la entidad, el contrapeso necesario a la urgencia.

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Tabacalera, arroz con todo
Alejandro Carantoña 04-06-2017 | 4:00 | 0

Tras mucho deshojar la margarita, el Ayuntamiento de Gijón al fin ha abierto la nevera y ha mostrado, esta semana, qué ingredientes va a echar en el flamante arroz con todo de Tabacalera: algo de la Campa Torres y del Campo Valdés servirá para la base, un centro de interpretación; luego, una extensión del Centro de Cultura Antiguo Instituto dará forma al ambiguo vivero de industrias creativas y culturales; y el resto será un contenedor que sirva para suplir carencias de espacio municipales (un almacén, oficinas) y para dar acomodo al Festival Internacional de Cine (un auditorio, ¡un auditorio! y sus oficinas). Como medida de aproximación al barrio, un centro cultural «de proximidad» de tres plantas. Y una cafetería.

Con esto, por muy parapetado que quede tras el diálogo y la escucha de reclamaciones colectivas, el consistorio no se propone de mano más que aprovechar: no hay ambición ni crecimiento en la propuesta. Tampoco foco, solo parche.

Sobre el papel, no hay mala idea, pero lo cierto es que a la luz de la experiencia el proyecto tiene pocos visos de ir a tener gran recorrido: en cuanto al centro de interpretación (que no museo), viene a sumarse a la vasta colección de equipos explicativos de la ciudad en los que los lugareños pierden el interés al día siguiente de la inauguración, y que al turista le sirven para poder decir que ha visitado Gijón; en lo tocante a las industrias creativas, se vuelve a obviar el secaño del ecosistema en una ciudad y en una región envejecidas: costará llenarlo; en lo tocante al Festival Internacional de Cine, se da con un aforo intermedio, sí, pero se mantiene el problema del número de salas. Además, y dada la cantidad de cosas que se pretenden contener, no hay noticia de que el complejo vaya a contar con un puesto de dirección completo, omnipotente, necesario.

Es decir, se va a dar la circunstancia de que una parte sí se pensará de manera concreta, mientras que el resto (en todos los metros donde no se tiene muy claro qué meter) se va a acudir a la fórmula del multiusos, a posponer hasta la próxima legislatura una decisión de vital importancia.
La oposición, previsiblemente crítica con el proyecto, tampoco ha puesto encima de la mesa otra respuesta más decidida: vuelve la ambigüedad y reina la falta de ideas.

Se echa de menos, en definitiva, el puñetazo sobre la mesa que significaría renunciar a las sobras para ir al mercado y comprarlo fresco: pongamos por caso, que alguien estudiase la Cornisa Cantábrica y se diese cuenta de lo que ninguna otra ciudad del Norte tiene, y apostase todo a transformar Tabacalera en un polo de atracción, en un proyecto ambicioso y de largo alcance con la mirada puesta más allá de los reducidos confines no ya de Asturias, sino del concejo.

Podrá argumentarse que hay carencias urgentes y una falta evidente de fondos, pero no se trata, ni mucho menos, de una cuestión de dinero: hablamos de imaginación, de ambición y de determinación en políticas culturales. La ausencia de todo esto se hace patente en la falta de entusiasmo que ha seguido a la presentación del proyecto: en el mejor de los casos, ha cundido el tímido aplauso; en el peor, un decepcionado «más de lo mismo». Y esto a tres años, como mínimo, de tenerlo entre las manos. ¿Con qué fuste, orgullo y entusiasmo se van a sostener todo este tiempo los esfuerzos que van a ser necesarios para poner Tabacalera a andar?

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.