El Comercio
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Fecha: agosto, 2017
Barridos y vencedores
Alejandro Carantoña 20-08-2017 | 1:09 | 0

Hemos logrado contarlo casi todo, y contarlo bien. Hemos hecho crónicas certeras, fotografías precisas (aunque excesivas) y nos hemos montado un relato aceptable de todo lo que ha ocurrido en esta España post 11M que, no tan casualmente, corre paralela a los Estados Unidos post 11S en muchos aspectos. Lo hemos hecho todo, todo menos imprimirlo en letras de oro y grabarlo en el pequeño gran mausoleo de las tragedias que forjan la Historia.

El viernes, hubo un Enric González taimado y de vuelta, cargado de oficio, que hizo las delicias de los lectores al hablar de su Rambla de un modo personal, fragante y delicioso, pero sin orillar el periodismo notarial por el que en tiempos lo amaron. No hubo mucha más poesía o literatura en los atentados del jueves, en ese puro reducto de horror que fragua héroes y desenmascara a miserables al mismo ritmo.

Hubo un nombre que a González le vino a la pluma de inmediato, que a lo mejor nos ha venido a todos: es ese Vázquez Montalbán tantas veces citado y añorado, y que quizás para diciembre ya tendría una buena novela sobre lo que acaba de ocurrir. Ibáñez, de no prodigarse tan poco, posiblemente nos brindaría un mortadelo más, que nos habría sorprendido o nos hubiera hecho descubrirnos carcajeándonos en mitad de esta molicie. Y Pijoaparte algo tendría que comentar, cigarro en ristre.

A lo mejor esto son ensoñaciones, pero preocupa que el más frío de los fríos jueves de Madrid, trece años y medio después, siga sin su historia. Andamos construyendo el relato a trompicones, sobre la marcha, añadiendo puntualizaciones prescindibles a los hechos según se van conociendo. «Lo condenamos y es horrible, pero…». «Estamos con las víctimas y compartimos su dolor, pero…». Pero, pero, pero, sin afirmación, con afectación, emergencia, trabando el relato sin ton ni son y esperando que esto solo haya sido un mal sueño.

No lo es. Tenemos una estirpe gloriosa y desnortada de autores que ya van siendo capaces de contarnos lo sucedido, pero cunde una impotencia sin nombre al ver que nos faltan ficciones que, dentro de doscientos años, contribuyan a comprender lo que hoy sentimos, vemos, callamos y gritamos a un tiempo. Tenemos todos los hechos ordenados y archivados, claro está, pero sigue sin constar en acta —cuando es lo fundamental— el fresco que habla de las bondades, de las vilezas y de los prismas que ha impreso en el siglo XXI esta nueva encarnación del horror.

Porque esto, todo esto, nos ha ido barriendo y derrotando a medida que nos minaba y nos limitábamos a tuitear una consigna, a guardar un minuto de silencio o a menear la cabeza con resignación al leer las últimas noticias. Todo esto, amén de lo que hayamos crecido o de que el independentismo haya cuajado o de que la avaricia haya derrumbado el mundo o de que ETA ya no exista o de que el arte solo pueda ser político, todo esto, carece de valor sin observaciones pausadas que puedan agitar miradas. Nada va a cambiar, ni a mejorar, ni a empeorar, mientras que sigamos en la convicción de que vivimos en una plácida balsa de aceite que de cuando en cuando se ondula por atentados como el del jueves.

Mientras sigamos librando contiendas más o menos efímeras y tontorronas entre nosotros, a cuenta de cualquier cosa, seguiremos actuando como es natural y esperable. Pero necesitamos —esto es un llamamiento— de una crónica suprema, superior, de una gran historia que dé cuenta del laberinto en el que nos hemos metido y del que no nos quieren ver salir.

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Levy y los líos
Alejandro Carantoña 13-08-2017 | 7:00 | 0

Alguien que sabe de lo que habla dijo una vez con ironía que, en lo respectivo a cultura, prefería mil veces un Gobierno de derechas que uno de izquierdas. Según su razonamiento, era posible que a la derecha le importase menos la Cultura y más las materias «serias», pero que precisamente por eso se entrometía mucho menos en los actos de creación.

A la izquierda le atribuía un mayor interés y más dotación presupuestaria, pero también y por ese motivo un intervencionismo extremo y perjudicial.
Dijo todo esto en voz muy baja y dejó claro que era mejor no repetirlo, seguramente consciente como era de que se trata de una generalización de trazo grueso y consecuencias imprevisibles. Esta conversación se produjo hace años, cuando la cultura ya se estaba convirtiendo en un ring de límites definidos y en un terreno de juego político evidente, claro. Cuando en las secciones de Cultura de los periódicos ya se iba dejando de hablar, paulatinamente, de los lanzamientos y novedades por su calidad y se guardaba la política para la sección del ramo. Cuando se empezaron a preñar de ideología y de cargas de profundidad las reseñas y la música ya necesitaba manual de instrucciones, que es justo en lo que ahora andamos.

La cuestión es que en las últimas dos semanas, en la revista literaria Zenda han aparecido sendas entrevistas a Eduardo Madina, ex socialista desde unos días antes, y a Andrea Levy, del Partido Popular. Hablaban sobre libros y literatura con ese tono distendido que es habitual en los políticos que no sean Mariano Rajoy (envarado e incómodo en estas lides). Madina no decía demasiado, no había revelaciones más allá de que empezó leyendo a Roald Dahl y que Cortázar le gusta mucho. Hasta cierto punto, esa entrevista pasó desapercibida.

Una semana después le tocó el turno a Levy. Aquí se le ocurrió decir que Lorca la había hecho revolucionaria, literalmente, y a partir de ese punto la cosa se desmadró. La llamaron de todo, pero sobre todo caló el mensaje de que alguien del PP no podía leer a Lorca, mucho menos admirarlo y, evidentemente, carecía de la potestad para sentirse así ante sus escritos. Huelga decir que poco se habló del resto de autores, entre los cuales se encontraba John Fante, un tipo fascinante y aún no lo suficientemente leído en España.

Todo esto lo dejó dicho en una finísima columna Alberto Olmos al poco tiempo, mientras que en algún recóndito lugar de las ideologías torcidas se afilaban los cuchillos para contraatacar con otra polémica estival. Esta vez, el titular era que el Instituto Vasco de la Mujer quería prohibir ciertas canciones machistas: en apariencia, un buen chorro de gasolina a la hoguera de las ideologizaciones interesadas.

Al cabo, se descubrió que lo único que había hecho el Instituto era una lista en Spotify de canciones recomendadas: ni rastro de torvas intenciones. Sin embargo, ya había nacido una ocasión demasiado jugosa como para dejarla pasar, para asignarles planes de dominación mundial y así cimentar este ambiente de paranoia cultural.

La cuestión es que aquella frivolidad sobre las izquierdas, las derechas y la cultura ha ido adquiriendo un nuevo sentido: casi seguro que de ser un tuit se tomaría demasiado en serio e incluso le podría servir hoy de base a algún ocioso para una teoría más amplia, a una que explique quiénes somos, qué hacemos, sentimos y pretendemos por el simple y otrora inocente acto de consumir lecturas, películas, discos y obras de teatro. Incluso, qué osadía, por que nos gusten o conmuevan antes de pasarles varios algodones ideológicos. ¿Estamos en guerra?

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Leer en público
Alejandro Carantoña 06-08-2017 | 8:00 | 0

Cuando se vean cabezas cernidas sobre algo, sujeto entre las manos, en una terraza, barra, chiringuito o toalla lo más probable es que sea un móvil. Quizás una tableta, pero rara vez un libro, una revista o un quintal de periódicos, como hace no tanto era frecuente ver.

Hay quien escoge el teléfono para leer, pero este acto no deja de ser el mismo, aproximadamente, que forrar la lectura de turno para no estropear la tapa primero y para que nadie supiese qué se estaba leyendo, después.

En las últimas semanas, en este Gijón invadido y saturado, me propuse observar y contar a personas que estuviesen leyendo un libro en público. Han sido poquísimas, pero lo más llamativo es que todas han sido (creo) extranjeras: los datos señalan que cada vez se lee más, que el sector editorial está recobrando el vuelo y que las ventas de libros electrónicos se han estancado, mientras que las de libros físicos crecen. Entonces ¿dónde están todos esos libros?

Aparentemente, en casa: es más que probable que la lectura se haya convertido en un acto privado y oculto, sin que su prestigio haya retrocedido un ápice pero, después de todo, circunscrito al ámbito doméstico. Ya no paseamos tanto los libros, ya no necesitamos un bocado de buena literatura a la hora de un almuerzo solitario o en los ratos muertos: nos basta con un vistazo al Facebook y un garbeo por la prensa digital para llenar el hueco. Solo en invierno, siguiendo con la observación, se ve el hábito entre quienes tienen que hacer trayectos tediosos a diario, y que llevan integrada la rutina de la lectura en el autobús o en el tren.

Lo ha observado un novelista, Joël Dicker, esta misma semana, aunque paradójicamente fuese a contarlo en forma de carta, en frases cortas, en un texto brevísimo orientado a orientar al lector apresurado. A ese que, a continuación, va a tuitear el artículo con una lamentación rápida de lo incultos que nos estamos volviendo.

Ese no es el caso. De nuevo, no es la lectura o la cultura lo que está en franco retroceso, sino la calma y la paz de antaño para encaramarse a novelones interminables y a textos absorbentes, de esos que si se llevan de paseo por el mundo es porque no apetece dejar de leer. Porque cualquier ocasión es buena para un párrafo, o para un atracón.

Una de las parejas que sí leía en público eran turistas de pelo cano y cena temprana. Durante los días que duraron sus vacaciones asturianas, después de comer algo, ocupaban la misma mesa del mismo sitio a la misma hora y pedían una cerveza gustosa y una copa de vino. Aquellas bebidas les duraban una eternidad, se quedaban tan quietos que nadie parecía reparar en ellos al cabo de unos minutos. Al punto, alguien los miraba con curiosidad o extrañeza, y probablemente también con envidia: «¿Cómo no se me habrá ocurrido a mí?»

El acto de leer en público no tiene nada que ver con montar el bodegón después, retratarlo y compartirlo en Instagram (y quedar más pendiente de las reacciones a la imagen que a la propia lectura), sino con encontrar islotes e incluso suscitar interés en otros. Otro experimento: dejar sobre una mesa o pasear un libro con el título y la tapa hacia afuera, y luego repetir el proceso ocultando el libro. En el primer caso, se observará que los ojos se van sin disimulo a ver qué es eso tan interesante; en el segundo, se pasa de largo. Se pierde una oportunidad, se comparte menos.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.