El Comercio
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Fecha: septiembre, 2017
Dos Marías
Alejandro Carantoña 17-09-2017 | 4:00 | 0

Ya hay suficiente gente que ha leído Berta Isla, la nueva novela de Javier Marías, como para saber que valía la pena comprarla y leerla. Yo lo hice el viernes, después de haber paseado por un extenso artículo, el enésimo quizás, que cargaba contra las posturas que el autor defiende en sus columnas dominicales, de lo más comentado y tumultuoso de los fines de semana.

Al emprender la lectura de Berta Isla, a las pocas páginas, ya se atisba una forma de escribir que poco o nada tiene que ver con los consabidos ritmos del columnismo. Ni siquiera se adivina mucha vocación de ir a explicarnos nada que no sea una historia, un relato.
No obstante, en la ronda de actos de promoción de este libro, Marías no solo no ha procurado hablar más de literatura que de actualidad, sino que ha entrado con todo a la batalla. Con naturalidad, sí, pero es posible que también con unas ganas traviesas de hurgar donde tanto molesta a algunos indignados profesionales.

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La novela tiene un aspecto fantástico, escarpado, arduo y bastante extenso. Pero transpira, desde el primer párrafo, literatura: y como bien señalaba un colega esta misma semana, es un error garrafal confundir las posturas del Marías columnista con las del Marías autor —que no deja de ser su auténtico oficio—. Calculaba este amigo que poca gente de la que le zurra por lo uno le leerá lo otro, y que eso es una lástima porque no deja de ser un escritor monumental. Que la ideología y la opinión lo aparten es, en efecto, una pena.

Sin embargo, en ese barrizal en el que se está convirtiendo la opinión se percibe cada vez más urgencia y menos cuidado: si bien a Marías se le supone altura literaria porque no tiene Internet —y se entiende que se distrae menos en tonterías— y porque tiene muchas tablas, a sus detractores más jóvenes y virulentos (sobre todo a la que me refiero, la del principio, la del artículo interminable) se les nota demasiado la falta de cuidado, de amor por la escritura y de mimo en los textos. Sin entrar a su fondo: no estamos hablando de trufar los artículos de erratas o de carecer de recursos expresivos; estamos hablando de no saber poner las comas en su sitio y de separar, sistemáticamente, sujeto de predicado.

Así se consuma la paradoja de que de un autor innegablemente bueno, como es Marías, se diga que ha escrito un artículo «malo» o «abominable» por su fondo, mientras que de aquellos que le responden sin ton ni son, pero con tino ideológico, se pueda decir que son «fantásticos» y «buenísimos».

Así va muriendo la literatura o la van matando, en la medida en que el rasero para consumir textos tiene cada vez menos que ver con su calidad y más con los postulados de quien esto o aquello firma. Buena parte de la culpa la tienen las prisas, pero no cabe duda de que también cargan con alguna responsabilidad los autores que, como Marías, andan metiéndose en camisas de once varas no sin criterio, pero sí en menoscabo de la pura literatura.

Hay otro amigo escritor, buenísimo, que hace tiempo decidió no dar su opinión si no era en sus novelas. Autocensura, dirá alguno; libertad, contesta él, para que nada le empañe la vista al lector: no tiene ninguna necesidad de hacer proselitismo, de cargar contra nadie, de imponer su visión del mundo. Solo tiene ganas de escribir lo mejor posible. Lo demás, ya está probado, es accesorio. Innecesario, incluso.

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Verano 2017
Alejandro Carantoña 10-09-2017 | 6:42 | 0

De entre todo lo que está ocurriendo, un nombre y un título, el hilo que zurce todo lo bueno entre la tormenta: Carla Simón y su Verano 1993, que esta semana ha sido elegida como la película para representar a España en los Oscar. Es, aparte de una película extraordinaria (según dicen quienes la han visto), una colección de buenas noticias.

La primera cuenta de la ristra completa tiene que ver con Simón: para empezar, tiene 31 años. Es, a primera vista, la directora más joven en representar a España en los galardones de la Academia, y visto el apabullante palmarés que ya atesora la cinta (entre otros seis, tiene el Premio a la Mejor Ópera Prima de la Berlinale) se intuye que es más por méritos propios que por la reivindicación gratuita de viejas glorias o por tratarse de un fenómeno de moda. Su testimonio servirá, por tanto, para promocionar y animar a los nuevos talentos, especialmente en un mundo tan complicado y convulso como es el del cine español.

La segunda buena noticia es que ha servido para desenmascarar algunas vergüenzas: por ejemplo, que a pesar de todo ese palmarés fuese relativamente complicado verla (la distribuye la independiente Avalon). Ahora, por fortuna, las copias se van a multiplicar: en la cartelera asturiana figura como estreno este fin de semana. Quizás, del mismo modo en que con poca suerte boquearon los Cines Centro de Gijón sus últimos estertores, los programadores y distribuidores de gran consumo vean abierta la senda de lo diferente, que vuelvan a poner huevos en esa cesta y, esta vez, cuaje.

Otra buena nueva más, en la misma línea: el flamante director del Festival Internacional de Cine de Gijón, Alejandro Díaz Castaño, ya supo ver antes de que saltase la primicia que Simón era una apuesta segura, y el certamen le dedicará un foco en la próxima edición de noviembre. Es un acierto pleno, por tanto, antes incluso de empezar: un saludo inmejorable.

Cuarta, y no menos importante: la película está rodada en catalán. Una vez más, se trata de una decisión genuina y sincera tanto de la directora como de la Academia del Cine que ahora la respalda: Verano 1993 cuenta una historia personal e íntima, engarzada directamente en la vida de su autora. Es decir, supone un retrato natural de un lugar natural contado con naturalidad. A lo mejor, una hermosa manera de recordar que se puede hacer cine en catalán sin que se acabe el mundo.

Todo esto, sin haberla visto, y por tanto sin entrar a valorar el contenido de la cinta. Tan solo lo que la rodea, las sensaciones que transmite y lo que supone para todo un país: el mismo día que se anunció la candidatura, el secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo, anunciaba una bajada del IVA al cine del 21% al 10%, para jolgorio de los académicos que festejaban a Simón. Al poco, el Ministerio rectificó la noticia y señaló que se trataba más de un «deseo» que de un anuncio, y se acabó la alegría: el cine sigue siendo el único sector con el tipo impositivo más alto.

Por pedir, no estaría de más que Simón pasase el corte hasta Hollywood y que en un gesto de arrojo (que se antoja imposible) ganase un Oscar, y que con todo eso en la mano y en la mente, se abriese un debate serio y profundo y una celebración honda y sincera sobre las posibilidades que tiene nuestro cine.

Esto último ya forma parte de los anhelos evanescentes, casi del cuento de la lechera, pero ¿cómo no albergar esperanzas con tan buenas noticias juntas?

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La hormiga y el cañón
Alejandro Carantoña 03-09-2017 | 4:00 | 0

Hace nueve días, un visitante grabó a una hormiga en la urna de la Dama de Elche, y Compromís no tardó ni una semana en exigir al Gobierno central, Senado mediante, que la devolviese a su lugar de origen. Esta desidia, decían, solo era otro síntoma de la «avaricia y desgana» del Ejecutivo, poco antes de que los conservadores del Museo Arqueológico Nacional recordasen al respetable que la efigie es de piedra caliza, tiene veintiséis siglos y una hormiga no supone una gran amenaza.

Esos mismos días de agosto, una expedición subacuática estaba consiguiendo un hallazgo de los que concitan orgullos y un sinfín de posados para la foto: habían pescado de una profundidad superior a un kilómetro dos cañones del Nuestra Señora de las Mercedes, el pecio hundido en algún lugar de la costa portuguesa. La nave, del siglo XVI, lleva dando que hablar desde hace una década, cuando fue encontrada en secreto por una empresa de cazatesoros estadounidense.

La dama de Elche, a salvo.

La dama de Elche, a salvo.

Estaba llegando el PP a la Moncloa, Wert a Cultura y los ministerios se acababan de refundir tras los años de zapaterismo, conque salvo algún que otro seguimiento exhaustivo y minoritario, pasó bastante desapercibido que el Ministerio estuviese litigando por recuperar la enorme cantidad de monedas que los cazatesoros se habían llevado a Miami.

Esto se logró en 2012. Quizás por los tintes militaristas de la hazaña, o porque tendemos a dar el patrimonio por sentado, o porque simultáneamente se estaba desenmarañando el surrealista robo del Códice Calixtino, la historia fue olvidada.

No obstante, cuando tres años después el robo de Santiago quedó visto para sentencia y aquel electricista fue condenado a diez años de cárcel, todas las miradas se volvieron hacia un hombre que se hizo tremendamente popular: no era el ladrón; era aquel señor de bigote blanco y chaleco reflectante que se hartó a conceder entrevistas tras entregarle el códice al deán de la catedral. Era Antonio Tenorio, el inspector jefe de la Brigada de Patrimonio de la Policía Nacional, que nos enseñó que teníamos semejante cosa. Y no solo eso, sino que en materia de patrimonio, trascendió, somos un país con tanto y tan abundante que tenemos una vastísima red de profesionales consagrada a él.

Todos ellos, igual que los que este mes van a emprender las obras en la Biblioteca Nacional de España o los que han resuelto el misterio de la hormiga en el aledaño Museo Arqueológico, no son políticos. Igual que tampoco lo son los responsables del Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena que acaban de pescar esos tesoros; ni siquiera los moradores del Archivo de Indias de Sevilla que han permitido entender, documentar y localizar el pecio.

Todos ellos dependen de un Ministerio voluble y maltratado por los rigores presupuestarios, de uno que se apresura a sumar tantos y que, según cómo se lleve con el responsable de Hacienda de turno, logra más o menos recursos para ese ejército callado.

Es sorprendente que aún haya dudas sobre el valor de Estado y la estatura de toda esta gente, que sin solución de continuidad da la matraca por el románico o recupera bacons hurtados y a la venta en pleno rastro madrileño. Sea pues la pelea por el arte político, crítico y puntero, pero también el brindis por la profusión de tesoros y los esfuerzos denodados de quienes se mueven por pasión. A todos esos a los que no les vemos las caras muy a menudo y que son las auténticas hormigas: están en la base de todo lo que hoy, en Cultura, es posible.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.