El Comercio
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Autor: alejandro.carantonna
Viva la diferencia
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Alejandro Carantoña | 16-07-2017 | 3:00| 0

Barcelona nunca perderá su mar y Madrid nunca perderá su esencia, pero desde aquella llegan noticias preocupantes y, desde esta, amenazas insospechadas. Cuentan algunos corresponsales de fiar que en Barcelona, estos días, sortear turistas es misión imposible; Madrid, por su lado, recibe con un abrazo que de cálido roza el exceso, además de presentar una uniformidad inquietante en el centro otrora variado. Diferente.

Lo más fácil al mediodía es tomar asiento en algún pequeño local con mesas de madera lijada, platillos multicolores y sillas de metal gastadas. A la noche, tomar una cerveza a la luz de una barra servida por barbas impecables: el esquema se repite por doquier. El Café Comercial ha recuperado la vida, remozado en un «concepto» que recuerda demasiado al de la siguiente esquina, y al de la otra, y al de la otra.

La música se parece cada vez más la una a la otra; los barrios, sin dejar de ser irreductibles, se van nivelando. Se están fraguando dos ciudades monocromas, mecidas por tendencias, movidas por el cosmopolitismo entrepreneur y visionario.

Desde aquí, y desde allá, algunos aportan perspectiva sobre lo mucho que hay que envidiar al lejano Norte. No solo el clima ni la comida, ya se sabe, sino el buen sabor que algunos se han traído de la Semana Negra que hoy termina o de la ristra de festivales y romerías en las que ya llevamos sumidos un mes largo (y a la que le quedan otros dos).

Pasear por un Madrid grande y que no deja de respirar siempre ofrece sorpresas, como que no deje de mutar de aspecto, pero también está sometido a virajes bruscos y unívocos que a los lugareños les incomodan sobremanera. Por eso, en cierto modo, nos envidian el inmovilismo o anclaje en la tradición (según se quiera ver).

Ocurre que les fascina esto de montar una feria bulliciosa con libros en un astillero, incluso a pesar de que el invento vaya a cumplir los treinta con algún que otro achaque; admiran nuestra facilidad para invadir un prao; abrazan la sorprendente variedad de ofertas en un espacio tan reducido. Nosotros, en cambio, nos descubrimos contestando demasiado rápido que sí pero que angosta, o a lo mejor explicando todas esas rencillas que a diario nos mantienen ocupados.

A menudo los asturianos, de natural torpe para exaltar lo propio o excesivos en la celebración, necesitamos de un paseo por otras latitudes para descubrir nuestras ventajas, y también para aprender de las ajenas. De Barcelona bien podríamos importar no pocos teatros, autores, vanguardias y orgullos propios; de Madrid, la mezcla, la autenticidad, la identidad compartida y el crisol de biografías.

Todo esto no significa ni que las grandes urbes sean la meca ni que la tierrina sea la panacea; tan solo que en estas últimas semanas ya hemos asistido en Asturias a un par de conatos de boicot, a no pocas opiniones contundentes sobre una opción de divertimento o la otra o incluso a una larga lista de explicaciones —casi como pidiendo disculpas, anulando futuribles ataques— antes de inaugurar desde un festival de música hasta una corderada en un pueblo perdido.

Pero no solemos hablar de lo bueno. Y si algo bueno tenemos, precisamente, es la diferencia de poder cambiar de ambiente, de plan, de ciudad, de paisaje, ¡de música! o de chigre. Se deba a lo que se deba, es un valor que alimenta bibliotecas y llena cancioneros, y que no solemos subrayar. Así se escribe la historia, el movimiento: con esta tensión nuestra, tan incómoda a veces, tan ruidosa, se mantiene la diferencia.

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Viva el autor novel
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Alejandro Carantoña | 09-07-2017 | 4:00| 0

Esta semana ha corrido como la pólvora un misterioso anuncio: por asistir a la presentación de un libro en Barcelona se ofrecían veinte euros y otros doce para comprarlo. En el paquete se incluía la condición de hacer algunas preguntas en el coloquio posterior y fotografiarse con la autora. Es decir, un trabajo de figuración.

Antes incluso de comprobar su veracidad ya era una buena historia; hechas algunas comprobaciones, es mucho mejor. En primer lugar, en el anuncio solo se indicaba el lugar aproximado, la fecha (anteayer) y la hora. Con esos datos y un mínimo de maña se podía averiguar de qué autora se trataba. No diremos quién es: ni es relevante, ni es necesario, puesto que tirando del hilo se llega a la «editorial», Letrame. En realidad no es sino una empresa que ofrece servicios a escritores noveles, desdichados o directamente malos.

En un vídeo de presentación, su fundador —que proviene, ahora sí, del sector— explica las bondades de su organización: corrigen el libro, lo maquetan y lo imprimen para empezar a hablar y por un precio módico. A este servicio se suman páginas web, entrevistas en vídeo, sesiones de fotos, productos promocionales… y presentaciones. Tanto la autora como la editorial niegan la mayor, y atribuyen el anuncio a un infundio de origen oscurísimo. La librería ha cancelado el acto y también ha puesto el grito en el cielo, aunque no deje de ser su negocio cobrar por ceder el espacio sin hacer muchas más preguntas.

A los autores que han recurrido a Letrame —igual que a tantas otras empresas de este corte— los une, en general, poseer carreras ya hechas y por otros derroteros, y que por algún motivo han encontrado que este es el momento de probar suerte con la escritura. Muchos satisfacen así una vocación tardía por contar su vida, sus ideas o sus historias; otros, los más jóvenes, tratan de abrirse camino después de no haber encontrado encaje para las obras en las que tanto creen. Legítima y libremente acuden a organizaciones como Letrame, que les cuentan todo salvo lo esencial: que es muy difícil que se profesionalicen, y que de todos los servicios que les ofrecen no necesitan ninguno más que una buena revisión, una impresión en condiciones y una palmada de ánimo. Todo lo demás (presentaciones a mansalva y promociones dignas de un best seller) sobra; aunque a algunos, como parece ser el caso de la autora, les brinda sus quince minutos de gloria. Nuestra escritora accidental ha tenido su ilusión y se ha tirado a la piscina sin pararse a pensar mucho si contenía agua (las cifras de ventas en Amazon son elocuentes), pero eso es lo de menos: ha querido publicar un libro y darse un garbeo por la gloria, y lo ha hecho.

Con el anuncio, sea real o no, algunos autores ociosos y no pocos periodistas culturales han mirado por encima del hombro a esta señora amateur que hace cosas amateurs. Con todo, callan cuántas editoriales (estas sí, editoriales) cobran a sus autores por editar sus libros o las exiguas cifras de ventas que muchos de ellos han obtenido. Sirve como excusa que la cultura no está al alcance de todos, que la crisis ha hecho estragos o que hay una conspiración de las grandes editoriales para acallar sus voces. En todo caso, reina el silencio y la condescendencia para con esta nueva forma de ilusión: su mayor delito es reconocer que «nadie» quiere editar sus obras o ir a sus presentaciones, cuando eso, lo saben bien los letraheridos de salón, es lo más frecuente.

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Valor añadido
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Alejandro Carantoña | 02-07-2017 | 4:00| 0

Nadie dejó de aplaudir cuando hace una temporada se presentó el Teatro Kamikaze, una iniciativa enteramente privada que ha resucitado el madrileño teatro Pavón: sus impulsores supieron rodearse, supieron programar, llenar, vender y promocionarse. Han sabido hacerlo todo bien, todo lo bien que se pueda hacer algo así sin ayudas públicas, y por eso esta semana han presentado su nueva temporada.

Esta, sin embargo, solo llega hasta enero. El director de escena Miguel del Arco, uno de los nombres propios tras el proyecto, reconocía que es porque el proyecto «no es sostenible». Luego, añadió un eslogan que explica casi todas las iniciativas culturales racionales y duraderas: «Somos kamikazes, no gilipollas.»

Quiere decirse con esto que están dispuestos a jugar fuerte y al margen, pero que no por ello van a arruinarse ni a dejar de saltar al hueco de lo que el público busca. Es lo que se espera de un proyecto, y lo que la muy economicista y mucho economicista lógica imperante impone: en un mundo ideal, se espera de editoriales, teatros y orquestas que sean rentables, inmaculados, que no cuesten nada al contribuyente. Los kamikazes, que lo tenían todo para encajar en ese perfil, son la prueba de que ese modelo no es ni deseable ni posible: No es deseable porque de alguna forma condiciona su programación (deberán llenar con títulos sobre seguro para subsistir) y no es posible, evidentemente, porque si ellos no ganan dinero con el proyecto es que nadie o casi nadie puede hacerlo.
Al parecer, incluso el Gobierno se ha dado cuenta del problema: también esta semana ha entrado en vigor la increíble (porque nadie lo creía posible) bajada del IVA a la Cultura, del 21% al 10%, excluido el cine. Hay quien ve en el gesto una palmadita condescendiente y poco dolorosa para el orgullo fiscal, pero estos días algunos analistas han apuntado a una explicación más plausible: Montoro se ha dado cuenta de que por ahí poco iba a recaudar.

Conque, desde una perspectiva estrictamente ministerial, la creación allende lo conocido y lo establecido es un apéndice sobrante, fofo: por sí mismo no se sostiene; por la vía fiscal no es rentable para las arcas. Y entonces ¿qué futuro tiene?

No sería complicado argumentar mil y un razones por las que la Cultura es la base de nuestra civilización y el último bastión ante la barbarie, pero estos años de crisis y cuitas ya nos han enseñado que esos argumentos de poco sirven. Una vez enfangados en rescates bancarios y metidos en la harina del fin de la Sanidad, poco hay que decir sobre teatros y museos.
Sin embargo, siempre podremos subrayar algo que kamikazes e impuestos han dejado claro esta semana: que la Cultura tiene un enorme valor añadido, inconmensurable, pero que este solo sale a relucir cuando se ponen medios suficientes y se crea una base de trabajo amplia. Sin eso, limitados a exigir rentabilidad urgente, no hay nada que pueda prosperar.

Se requiere tiempo, formación (de profesionales y de público) para que todo ello aflore. De otro modo, buscando tan solo un puñado de impuestos y sometidos al dictado diario de la audiencia, la mirada se acorta y los horizontes se encogen. Cuando esto sucede, el arte se resiente y el público huye; pero sobre todo ocurre que la sostenibilidad salta por la ventana. Con ella marchan, obviamente, las probabilidades de que en el largo plazo se puedan tener instituciones solventes y profesionales de renombre. También se evapora la posibilidad de contar con grandes volúmenes de público y jugosos impuestos: no seamos gilipollas… Solo un poco kamikazes.

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Música y delito
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Alejandro Carantoña | 25-06-2017 | 4:00| 0

A pocas semanas de que la cuota de autónomos vuelva a subir, reptando paulatinamente hacia los trescientos euros mensuales, y con la vendimia musical veraniega recién abierta, se ha destapado la caja de los truenos: la SGAE y la Agencia Tributaria —cuando no la Audiencia Nacional— tienen mucho que ver en el florecimiento de varios esperpentos empresario-musicales para esta temporada primavera-verano.

La primera historia empieza a escribirse hace dos años, cuando el principal promotor de orquestas de romería en Galicia y Asturias recibió una acusación formal y pública de prácticas fraudulentas en su empresa. Se le acusa de un delito fiscal de proporciones futbolísticas. La instrucción por la primera de las cuatro causas que tiene abiertas se cerró este mismo mes con la petición de doce años de prisión y multas de en torno a cincuenta millones de euros. Aún quedan otras tres.

Casi simultáneamente, y ya en Asturias, Perlora tomaba la decisión de prescindir de su romería a partir del próximo año, puesto que la SGAE le reclama doce mil euros que había dejado de ingresar en concepto de derechos de autor durante los cinco años precedentes. Los responsables, a cuya boca acudió la palabra «mafia» en la amarga despedida, denuncian la asfixia a la que la entidad de gestión los tiene sometidos (aunque no pone en tela de juicio la legitimidad de la demanda, toda vez que todo es prístino y legal).

Como una sociedad de festejos no es una televisión, no contaban con la infraestructura necesaria para paliar «legalmente» la factura de la SGAE: así llegamos a la tercera historia, también de hace pocos días. En este caso, se trata de la Operación Rueda, que desde la Audiencia Nacional ha puesto sobre la mesa las técnicas empleadas en el seno de las televisiones para recaudar derechos de autor a espuertas. Las sospechas de la Policía se centran en la emisión, en las madrugadas televisivas, de refritos musicales trabados sobre piezas libres de derechos y vueltas a registrar por misteriosos personajes, con el único fin de que generasen derechos y así produjesen ingentes cantidades de dinero. Hubo dieciocho detenidos y constancia de que altos ejecutivos de entes públicos estaban al tanto. Dos grandes grupos mediáticos, por su lado, han reconocido que es una manera «legítima» de minorar el mordisco de la Sociedad General de Autores.

Todo esto ha ocurrido en menos de tres semanas, con la campaña recién inaugurada. Nótese que nuestras tres historias no hablan de los músicos ni de los autores; que ninguna versa sobre el advenimiento de nuevas tasas ni sobre el impacto en la forma de vida: que todas giran en torno al vil metal y a la gente (casualmente, ninguno músico) que se lucra o ha lucrado con la música de maneras, ahora sí, originalísimas. Los grandes damnificados en todos los casos son intérpretes; los grandes culpables, gestores o intermediarios o representantes.

A lo mejor todos estos episodios no son sino la constatación de que el modelo musical no funciona, o que está corrompido hasta el tuétano. Ejemplifican que una regulación tan coja como la que existe en España, en cualquier nivel administrativo, solo sirve para que los más avezados busquen la trampa, y para que los menos hábiles (o más preocupados por montar un grupo, una ópera o una romería) se acaben dedicando a cualquier otra cosa.

Qué difícil dar con una receta, revertir lo presente. Qué complicado —es la gran asignatura pendiente de los ministerios implicados— hincarle el diente a las artes que escapan a la cuadrícula acostumbrada. Y qué urgente, a la vez, es darle una buena sacudida.

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Charlie y la fábrica de egos
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Alejandro Carantoña | 18-06-2017 | 4:00| 0

Hace una semana que Rafa Nadal ganó Roland Garros. En estos días, como es habitual cuando obtiene un triunfo, se le han elogiado profusamente los méritos deportivos, pero sobre todo se ha repetido un adjetivo que le lleva acompañando desde que inició su carrera, desde que lo auparon al olimpo de la gente buena: es «humilde». Es algo que en el deporte manda: el prepotente, o el chulo, acabará zarandeado por la desgracia. Algo tiene de sospechoso. Y lo mismo ocurre con los autores, cineastas y artistas: ya no solo se les exige ser buenos, sino ser simpáticos.

Viene esto al hilo de un cómic muy reciente, muy bueno y muy conmovedor: acaba de editar en España Impedimenta La levedad, que es el relato de Catherine Meurisse sobre la masacre de Charlie Hebdo.
El éxito que está obteniendo no reside en su simpatía, precisamente (Meurisse, entre otras cosas, se despacha con el buenismo que siguió a la masacre); sino en el hecho de que ella se durmiese aquella mañana de enero y, así, se transformase en una suculenta y heroica figura. Aquí cuenta cómo huyó de los focos, cómo luchó para que ni su nombre ni el de sus colegas fallecidos se convirtiese en un subproducto de consumo masivo. Cómo tuvo que aferrarse, en efecto, a un ego monstruoso para poder seguir adelante y mantenerse fiel a lo que hasta entonces habían sido.

«¿Para qué destrozar?», se pregunta ante una estatua del foro romano. «¿Para qué decapitar si el tiempo ya se encarga de hacerlo de un modo más hermoso?» Le responde el fantasma de Stendhal, con las manos cruzadas en la espalda: «Probablemente el arrojo se relaciona con la vanidad, el deseo de que hablen de uno.»

Precisamente Stendhal, que fue cónsul en Roma, es alguien que legó ingentes cantidades de buena literatura: allí tradujo libérrimamente las Crónicas italianas y produjo los monumentales Paseos por Roma. Dos ejercicios a los que, vistos hoy, se les podrían haber colgado con enorme facilidad los sambenitos de ególatras y narcisistas: el primero, por haber profanado las esencias de unos textos que encontró y remozó con el fin de mejorarlos a su antojo; el segundo, por contener mucho más de él que del entorno. A Meurisse le sucede lo mismo: que no entiende por qué todo el mundo, inmediatamente después del atentado, espera de ella que se sienta de un modo determinado, que diga ciertas cosas, que exhiba emociones que le son completamente ajenas. Que se transforme, en fin, en el personaje simpático en el que toda la sociedad necesita creer: al no hacerlo (como así sucedió), la compasión para con ella y sus colegas se fue diluyendo hasta dejarlos solos de nuevo.

La nómina es larga. A Juan Goytisolo le han hecho un juicio para la historia desde que hace unos días trascendiese cómo vivió y murió sus últimos años, y por tanto se diese bula para dejar de hablar de su obra. Lo mismo a Andrés Trapiello por su trabajo sobre el Quijote, y tantos y tantos otros ejemplos en los que la condena por ego o vanidad ha conllevado el olvido para la obra.

Esta incapacidad para deslindar lo uno de lo otro es evidente en el mundo del deporte, de la política, de la cultura en general: lo bien o lo mal que caen los artistas, amén de las envidias que despiertan, nos están privando de ver el bosque. Ojalá no suceda eso con Meurisse, la última de todos ellos. Quizás ella no merezca el aplauso, pero a fe que su obra es imprescindible.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.