El Comercio
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Autor: alejandro.carantonna
Si Carantoña levantara la cabeza
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Alejandro Carantoña | 10-12-2016 | 3:48| 0

Rafael Loredo me entrega los cinco últimos folios que mi abuelo escribió en el Dindurra, el pasado 8 de diciembre. Foto: Paloma Ucha

«Si Carantoña levantara la cabeza…». Esta frase, siempre bienintencionada pero seguramente falta de puntería, reúne a la vez las cualidades de la nostalgia, del respeto, de la añoranza y de la memoria viva. Todas encomiables, pero todas, a los 19 años de su muerte, merecedoras de pasar a mejor vida.

Ayer fue un día especial porque, de algún modo, la jubilamos. Repusimos en el Café Dindurra la placa que el Ateneo Jovellanos colocó en su día para recordar su oficina portátil, la mesa en la que sorbía a tragos largos y escribía con letra larga y leía con mirada más larga aún; pero lo más importante fue precisamente que despedimos y desterramos el «Si Carantoña levantara la cabeza…».

En cambio, Rafael Loredo nos entregó simbólicamente los que probablemente fueran los cinco últimos folios que mi abuelo garabateó en aquella mesa; folios que rodaron de mano en mano y que revivieron su efigie alta y taimada, casi como antorcha incandescente que pasa de quienes lo recuerdan a quienes lo descubren ahora. Si Carantoña levantara la cabeza se moriría de la risa por que medio Dindurra estuviese repleto un festivo por la mañana en torno a su mesa, por que cinco hojas escritas con urgencia removiesen tantas cosas y tan seguidas. Pero no lo hizo, no levantó la cabeza. No lo hará.

El regalo de Loredo, tan emocionante como inesperado, adquiere un valor especial en la medida en que era el preludio de su último libro, ‘La estancia de Jovellanos en Muros de Galicia’, que está dedicado casi póstumamente a Cecilia y a mí, los dos nietos que existíamos entonces de los cinco que somos actualmente, para que no nos olvidásemos de nuestras «raíces muradanas».

Es reconfortante saber, lo fue ayer al verlo y vivirlo, que ni Martín, ni Clara, ni María, nacidos los tres cuando el abuelo Carantoña ya había fallecido, han olvidado sus raíces muradanas. Ni las muradanas ni las gijonesas, la dimensión de su mirada, la condición de habitantes de esta ciudad, Gijón, y de esta tierra, Asturias, de hechuras tan personales: nunca hay que olvidar que Francisco Carantoña era un infrecuente especimen de asturiano voluntario. Es nuestra responsabilidad amplificarlo, compartirlo y hacer partícipes a todos los lectores hambrientos y, igual que nosotros huérfanos de abuelo, huérfanos de una pluma acerada.

Ayer, con la generosidad de quienes han hecho posible que esa placa volviese a su sitio, borrándose, confundiéndose en el tumultuoso acto de arrogarse méritos por reivindicar su figura, empezamos a forjar una nueva generación no de seguidores o de «recordadores» de Carantoña. Quiero pensar que ha quedado bautizada una hornada de nuevos lectores capaces de recuperar con emoción su escritura, que no conocían, pero también de exigir a los periodistas presentes y futuros su mismo valor y tino. Quiero pensar que miramos al mañana más que al ayer.

Él mismo lo quiso así, tal y como recogió Loredo en sus vibrantes palabras al entregarme este tesoro íntimo: nuestro abuelo corrió para dejar dicho lo máximo posible; para dejar plantada una mirada que sirviese más como listón alto que como espejo al que volver una y otra vez; para que quedase sembrado aquello que ahora le toca a otra generación regar. Ha sido emocionante que esos lectores ya no pertenezcan al universo de la nostalgia, sino al de quienes, cada 8 de diciembre, nos reunimos con él entre el respeto y el recogimiento y esperamos que impregne a los que vienen detrás. Gracias por eso.

(Este artículo se publicó en la edición impresa de El Comercio del 9 de diciembre de 2016, entre las páginas que cubrían la conmemoración de la muerte de Francisco Carantoña que se celebró la víspera)

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Concursos e idiomas
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Alejandro Carantoña | 04-12-2016 | 4:00| 0

Thierry Frémaux es el director del Festival de Cannes desde hace diez años. Buscando, buscando, no he logrado confirmar un extremo esencial para el buen desempeño del puesto: las certificaciones académicas de Frémaux solo alcanzan un grado en historia social. Ni rastro del certificado B2 de inglés ni del C1 de español, requisitos clave para la dirección del Festival Internacional de Cine de Gijón según las bases del concurso público que estos días dirime quién llevará las riendas del festival.

Con la esperanza de encontrar un perfil suficientemente cualificado, nos vamos un poco más cerca. José Luis Rebordinos, director del Festival Internacional de Cine de San Sebastián: este el C1 en español lo trae de serie, pero tampoco hay constancia de que se haya sacado el B2 en inglés (es licenciado en Pedagogía Especial). Quizás hubiera podido presentarse Piers Handling, al que se le supone un dominio suficiente de la lengua de Shakespeare después de veintidós años comandando el Festival Internacional de Cine de Toronto, pero no así de español. Lástima.

El otro requisito, que todos ellos cumplen, es al menos tres años de experiencia al frente de festivales y certámenes de este ámbito. Así que con un título de inglés que nadie tiene (ni siquiera quien esto escribe, a pesar de ser traductor e intérprete del idioma) y tres años de organización a las espaldas, se puede acceder a un sueldo y a un Festival relevante. Está por ver quién lo logra, previo paso (advierten las bases de la convocatoria) por una posible entrevista en inglés para acreditar los conocimientos.

Tras muchas idas y venidas, se ha tratado de revestir de criterios técnicos una decisión que, tal y como estamos, probablemente debería ser «a dedo». No porque no esté bien convocar concursos públicos y brindar oportunidades, sino por el sencillo problema que plantea que representantes políticos y hosteleros que pueden tener o no amplios conocimientos en cine (nadie se los ha exigido para ocupar el cargo que ostentan) se vean en la tesitura de seleccionar a alguien que, efectivamente, los posea. Tampoco de idiomas: ¿quién de los presentes en el tribunal de selección posee, en efecto, un B2 de inglés?

Tres años de experiencia y un sueldo elevado, pero posiblemente fuera de mercado por lo bajo (un máximo de 44.000 euros brutos), constituyen los puntales de un proceso de selección que si sale bien será por suerte.

El requisito lingüístico suena a elemento de corte destinado a excluir a algún que otro candidato en concreto, o quizás a orientar la decisión final, pero tiene un pobrísimo encaje técnico: puestos a pedir, quizás hubiera sido más importante dominar el francés. Y, desde luego, si quien supere el proceso resulta ser de otro país que no sea España, es como poco llamativo que se le requiera un dominio mayor de inglés que de español, que a fin de cuentas es la lengua oficial del lugar donde se celebra el festival.

Con todo, y siendo bien pensados, si el criterio ha sido puramente técnico también es erróneo. Es de otro tiempo que se pida un dominio acreditado y académico de inglés a la dirección del festival cuando ese no es criterio para ostentar, pongamos por caso, la concejalía de turismo o la dirección del Teatro Jovellanos, que acoge espectáculos en gira provenientes de otros países.

De hecho, a nadie más en la región se le pide que sepa hablar ningún idioma en particular: ni al director de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, ni a la directora de Laboral, ni al del Bellas Artes. ¿A partir ahora será norma?

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Fundido a negro
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Alejandro Carantoña | 27-11-2016 | 4:00| 0

Poco importan las siglas políticas cuando la armonía es total: si bien el lunes pasado se certificaba la defunción de los Premios Líricos Teatro Campoamor de Oviedo, sobre los que ya está todo dicho, este jueves se rubricaba en la otra punta de España otro desmán en la misma línea, aunque peor: el Teatro Villamarta de Jerez de la Frontera echará el cierre definitivo el 31 de diciembre, por mor de la no aprobación del presupuesto municipal. Veintisiete trabajadores a la calle y una temporada (modesta, pero temporada) de ópera menos. En Oviedo, la refrescante y horizontalizante iniciativa que democratizará la cultura local se debe al empeño de Somos y al silencio conveniente de PSOE e Izquierda Unida; allá, han sido los votos en contra de Ganemos y del PP al presupuesto municipal los que han refrendado el cerrojazo: las siglas, de nuevo, no importan. La armonía es total.

Así que, por lo pronto, los vientos de cambio que soplan acá y allá solo están sirviendo para que se multipliquen cierres y mermas, bajo toda clase de pretextos. Y vendrán más, seguro, en cuanto tengan que aprobarse unos Presupuestos Generales del Estado que ya se antojan imposibles: en la variedad está el gusto; en el debate, el enriquecimiento; y en esta cosa que se practica últimamente en el ruedo español, la catástrofe. Estas corporaciones de siete cabezas ya deberían tener claro que nuestras arcas públicas tienen mucha menos resistencia a las tomatinas constantes que a una ópera de Bellini.

Antes del «fin del bipartidismo» al Congreso se iba a quejarse y al Ayuntamiento, a empadronarse. Ahora, que se supone que iban a servir de algo más, se han convertido en núcleos de metapolítica, en los que se habla del quién, del cómo y del porqué, pero no se tratan los asuntos en cuestión. Todo esto desemboca en la inoperancia total a la hora de tomar decisiones, en una parálisis que tiene (mucha) pinta de ir a ser bastante más dolorosa que la peor de las crisis y en daños irreparables por la palmaria falta de agilidad y eficacia.

La epítome de esta deriva se produjo el miércoles. Es sintomático del momento en el que estamos que, nada más conocer la noticia del fallecimiento de Rita Barberá, muchos eligiésemos declarar un «black miércoles» de redes sociales y un periodo de ayuno informativo de al menos 24 horas. En efecto, el brevísimo garbeo por el patio a eso de las ocho de la tarde reveló derroches de odio de lado a lado de la trinchera y un debate, que llega hasta hoy, sobre minutos de silencio y culpables y formas. Sobre el fondo —si es que hay fondo en un infarto fulminante— ni una palabra.

Cualquiera con un mínimo de experiencia puede, llegados a este punto, adivinar por dónde van a ir las reacciones a esta o aquella noticia, que ya sin excepción estará sometida al imperio de lo superficial, de lo inmediato. Lejos de hablar más, gritamos más fuerte, y lo que a priori hubiera podido ser un debate fructífero acaba por producir más y más silencio. El resto, se deshecha: quizás la noticia de este viernes —en las páginas de Cultura al menos— hubiese sido que Paul Auster saca nueva novela el año que viene. En cambio, andamos enmarañados en el legado de Roberto Bolaño y en la construcción de un peloteo improductivo sobre adscripciones, afiliaciones y preferencias del universo juntaletras. Y entonces dejamos de entrar al trapo, nos retiramos con prudencia al ver los debates encenderse, lo dejamos estar. Es o eso o consagrar nuestras vidas a tener opinión sobre todo, a ser actores, a cargar de significado hasta unas rebajas de viernes. Ya no hay refugio para el silencio.

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Comisión de Cultura
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Alejandro Carantoña | 20-11-2016 | 4:00| 0

Esta semana, con el baile de «la otra» comisión en el Congreso, la de Exteriores; y con la de más allá, la de Peticiones, quizás nos haya pasado algo desapercibida otra más: la de Cultura.

Esta semana, han comparecido ante esta Comisión el escritor Lorenzo Silva; el presidente del Teatro Real, Gregorio Marañón; y Belén Herrera, representante de la Plataforma Nuevos Creadores. De los tres, probablemente el testimonio de más peso y más interesante haya sido el de Silva, por la sencilla razón de que era el único que actuaba en su propio nombre y desde la experiencia, y por tanto no estaba sujeto al guión de instituciones, patronatos o asociaciones.

A lo largo de sus veinticinco minutos, Silva se dedicó esencialmente a defender los derechos de propiedad intelectual de quien se dedica a la escritura, pero también puso sobre la mesa, en la primera mitad de su intervención, una semblanza muy valiosa de su oficio y de su situación personal.

No hubo lamentos o quejas, aunque sí dejó claros dos datos que a sus señorías posiblemente les hayan sorprendido o, a lo peor, les hayan entrado por un oído y les hayan salido por el otro: primero, que como escritor profesional lleva abonada a las arcas públicas una suma «de siete cifras» —según él, muy superior a los ahorros que ha atesorado en dos décadas de carrera—. Esto tendría algo menos de importancia de no ser por el segundo detalle: que su profesión no existe. Al menos, fiscalmente hablando.

A efectos de la Agencia Tributaria, todo juntaletras cae dentro de la conocida categoría de «pintores, alfareros y ceramistas», puesto que no existe una de «escritor». No es vaguedad legislativa —hay categorías específicas para todos los niveles de artistas de circo, toreros, actores o realizadores cinematográficos—, sino por pura vagancia del ramo cultural y la protección de las instituciones a los creadores.

Silva no se quejaba especialmente de ser un pobre, sino que ponía el dedo en la llaga por los múltiples errores de salto que hay en la estructura fiscal y tributaria de los artistas y que, anunciaba, tantos disgustos han costado a tanta gente desde que estalló la crisis. Por no hablar de lo que la Agencia Tributaria en parte y la Seguridad Social, sobre todo, dejan de ingresar con impuestos abusivos a ingresos exiguos.

El caso es que esta semana también hemos sabido que el actor Carlos Olalla (un rostro para nada extraño, para nada principiante) lleva una semana pidiendo para comer en el Metro de Madrid. Llega la noticia poco después de aquel estudio que establecía que solo el 8% de los actores profesionales viven de su profesión, y que la mitad del resto no llega a 3.000 euros anuales: es decir, poco peso tributario, poca atención legislativa.

Uniendo las dos historias, el resultado es un panorama de las grandes ciudades rebosantes de escritores en ciernes y de actores ansiosos, pero que, con muchísima probabilidad, acabarán viviendo de otra cosa: el Premio Nacional de Poesía Joven Constantino Molla (se ha fallado esta semana) trabaja en un supermercado.

La gente como Silva aún plantea que esto puede dar más de sí. Han vivido mejores años, en los que los impuestos y cotizaciones eran un mal necesario (incómodo, pero necesario). Otros, los que han venido después, empiezan a dudar que sea posible, y más en la medida en que el Gobierno descuida estos flecos o evita estudiar e informar convenientemente de qué esfuerzos exigirá en cada punto de una carrera. Seguramente, algo así gozaría de más atención en la Comisión de Peticiones…

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En defensa de los Premios Líricos
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Alejandro Carantoña | 17-11-2016 | 2:00| 0

Cierre de los Premios de este año. Foto: Mario Rojas/El Comercio

En el año 2015, la prestigiosa English National Opera perdió el favor del Arts Council, la institución que administra las subvenciones a la cultura en el Reino Unido. La ENO había perdido público a mansalva y se había convertido en una trituradora de dinero, pero el Arts Council no se limitó a cerrar el grifo. En cambio, obligó a la ENO a adoptar medidas que evitasen su cierre. Siempre estuvo claro que el problema no era la ENO, sino cómo funcionaba. Es el principio opuesto al predominante en España en general, en Asturias en particular y, ahora, en Oviedo.

La decisión del gobierno local de acabar con los Premios Líricos Teatro Campoamor, vaticinio de demoliciones de más alcance, tiene una justificación económica (260.000 euros de presupuesto) pero un trasfondo ideológico, en tanto en cuanto la pujanza del teatro lírico en Oviedo está ligada en el imaginario político y social al gabinismo y a la derecha. Son motivos demasiado endebles para arrasarlos: asignarle a la lírica una ideología o pintarla con los colores del elitismo es no tener ni la más remota idea de quiénes la habitamos y la amamos. Y que es un derroche económico por definición es un argumento que no merece siquiera comentario.

Así que, tras progresivos recortes, ha llegado el momento de saltar de 260.000 a 0, con un perjuicio que no empieza por los profesionales que dejarán de trabajar ni por los premiados y jurados: los principales damnificados serán quienes decidan emprender una de las carreras artísticas más difíciles que existen (en cualquiera de sus facetas, que son muchas) y la propia ciudad de Oviedo. Los mimbres estaban ahí: hay toda una hornada de cantantes, directores musicales y escénicos, técnicos, músicos y un interminable etcétera que hemos intentado arrancar carreras aquí poniendo sobre la mesa compromiso, esfuerzo y asumiendo costes notables, pero que al menos tuvimos la ocasión de descubrir lo que es el teatro lírico profesional porque lo teníamos en casa. Así es como nos pegamos un tiro en el pie, abundando en la negación de que Asturias críe, albergue y proyecte a profesionales y creadores como todos los (muchos) que hoy desarrollan carreras internacionales. Por no hablar del suicidio de la posibilidad, que estaba al alcance de la mano, de ser la capital del teatro lírico del cuarto noroeste de la Península todo el año y de Europa puntualmente.

Es posible —no soy gestor— que la lírica haya sufrido errores de gestión, o que haya consumido cantidades excesivas de recursos. Pero incluso aunque fuese así, el hecho es que Oviedo ofrece más de treinta funciones de ópera y zarzuela escenificadas al año y los únicos premios del sector en España, y que tiene una cantera a la que ahora le muestran la salida sin miramientos.

El debate, entonces, puede ser si el modelo de gestión es el adecuado, pero en ningún caso debería ser una opción mermar ese patrimonio. Que no se hayan agotado los esfuerzos por mantener los Premios solo es síntoma de que no existía voluntad de hacerlo (alguno se sorprendería de saber cuántos primeras espadas arrimarían el hombro de habérselo pedido); y que su futuro lo decidan políticos en un salón de plenos, de que el único error ha sido dejar a merced de las ideologías lo que debería estar en manos especializadas.

A nadie se le pasa por la cabeza demoler el Niemeyer, vender como chatarra Laboral Centro de Arte o prenderle fuego a la ampliación del Bellas Artes: no solo por lo absurdo de derruir lo construido, sino porque eso ya no tendrá remedio.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.