El Comercio
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Autor: alejandro.carantonna
Verano 2017
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Alejandro Carantoña | 10-09-2017 | 6:42| 0

De entre todo lo que está ocurriendo, un nombre y un título, el hilo que zurce todo lo bueno entre la tormenta: Carla Simón y su Verano 1993, que esta semana ha sido elegida como la película para representar a España en los Oscar. Es, aparte de una película extraordinaria (según dicen quienes la han visto), una colección de buenas noticias.

La primera cuenta de la ristra completa tiene que ver con Simón: para empezar, tiene 31 años. Es, a primera vista, la directora más joven en representar a España en los galardones de la Academia, y visto el apabullante palmarés que ya atesora la cinta (entre otros seis, tiene el Premio a la Mejor Ópera Prima de la Berlinale) se intuye que es más por méritos propios que por la reivindicación gratuita de viejas glorias o por tratarse de un fenómeno de moda. Su testimonio servirá, por tanto, para promocionar y animar a los nuevos talentos, especialmente en un mundo tan complicado y convulso como es el del cine español.

La segunda buena noticia es que ha servido para desenmascarar algunas vergüenzas: por ejemplo, que a pesar de todo ese palmarés fuese relativamente complicado verla (la distribuye la independiente Avalon). Ahora, por fortuna, las copias se van a multiplicar: en la cartelera asturiana figura como estreno este fin de semana. Quizás, del mismo modo en que con poca suerte boquearon los Cines Centro de Gijón sus últimos estertores, los programadores y distribuidores de gran consumo vean abierta la senda de lo diferente, que vuelvan a poner huevos en esa cesta y, esta vez, cuaje.

Otra buena nueva más, en la misma línea: el flamante director del Festival Internacional de Cine de Gijón, Alejandro Díaz Castaño, ya supo ver antes de que saltase la primicia que Simón era una apuesta segura, y el certamen le dedicará un foco en la próxima edición de noviembre. Es un acierto pleno, por tanto, antes incluso de empezar: un saludo inmejorable.

Cuarta, y no menos importante: la película está rodada en catalán. Una vez más, se trata de una decisión genuina y sincera tanto de la directora como de la Academia del Cine que ahora la respalda: Verano 1993 cuenta una historia personal e íntima, engarzada directamente en la vida de su autora. Es decir, supone un retrato natural de un lugar natural contado con naturalidad. A lo mejor, una hermosa manera de recordar que se puede hacer cine en catalán sin que se acabe el mundo.

Todo esto, sin haberla visto, y por tanto sin entrar a valorar el contenido de la cinta. Tan solo lo que la rodea, las sensaciones que transmite y lo que supone para todo un país: el mismo día que se anunció la candidatura, el secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo, anunciaba una bajada del IVA al cine del 21% al 10%, para jolgorio de los académicos que festejaban a Simón. Al poco, el Ministerio rectificó la noticia y señaló que se trataba más de un «deseo» que de un anuncio, y se acabó la alegría: el cine sigue siendo el único sector con el tipo impositivo más alto.

Por pedir, no estaría de más que Simón pasase el corte hasta Hollywood y que en un gesto de arrojo (que se antoja imposible) ganase un Oscar, y que con todo eso en la mano y en la mente, se abriese un debate serio y profundo y una celebración honda y sincera sobre las posibilidades que tiene nuestro cine.

Esto último ya forma parte de los anhelos evanescentes, casi del cuento de la lechera, pero ¿cómo no albergar esperanzas con tan buenas noticias juntas?

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La hormiga y el cañón
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Alejandro Carantoña | 03-09-2017 | 4:00| 0

Hace nueve días, un visitante grabó a una hormiga en la urna de la Dama de Elche, y Compromís no tardó ni una semana en exigir al Gobierno central, Senado mediante, que la devolviese a su lugar de origen. Esta desidia, decían, solo era otro síntoma de la «avaricia y desgana» del Ejecutivo, poco antes de que los conservadores del Museo Arqueológico Nacional recordasen al respetable que la efigie es de piedra caliza, tiene veintiséis siglos y una hormiga no supone una gran amenaza.

Esos mismos días de agosto, una expedición subacuática estaba consiguiendo un hallazgo de los que concitan orgullos y un sinfín de posados para la foto: habían pescado de una profundidad superior a un kilómetro dos cañones del Nuestra Señora de las Mercedes, el pecio hundido en algún lugar de la costa portuguesa. La nave, del siglo XVI, lleva dando que hablar desde hace una década, cuando fue encontrada en secreto por una empresa de cazatesoros estadounidense.

La dama de Elche, a salvo.

La dama de Elche, a salvo.

Estaba llegando el PP a la Moncloa, Wert a Cultura y los ministerios se acababan de refundir tras los años de zapaterismo, conque salvo algún que otro seguimiento exhaustivo y minoritario, pasó bastante desapercibido que el Ministerio estuviese litigando por recuperar la enorme cantidad de monedas que los cazatesoros se habían llevado a Miami.

Esto se logró en 2012. Quizás por los tintes militaristas de la hazaña, o porque tendemos a dar el patrimonio por sentado, o porque simultáneamente se estaba desenmarañando el surrealista robo del Códice Calixtino, la historia fue olvidada.

No obstante, cuando tres años después el robo de Santiago quedó visto para sentencia y aquel electricista fue condenado a diez años de cárcel, todas las miradas se volvieron hacia un hombre que se hizo tremendamente popular: no era el ladrón; era aquel señor de bigote blanco y chaleco reflectante que se hartó a conceder entrevistas tras entregarle el códice al deán de la catedral. Era Antonio Tenorio, el inspector jefe de la Brigada de Patrimonio de la Policía Nacional, que nos enseñó que teníamos semejante cosa. Y no solo eso, sino que en materia de patrimonio, trascendió, somos un país con tanto y tan abundante que tenemos una vastísima red de profesionales consagrada a él.

Todos ellos, igual que los que este mes van a emprender las obras en la Biblioteca Nacional de España o los que han resuelto el misterio de la hormiga en el aledaño Museo Arqueológico, no son políticos. Igual que tampoco lo son los responsables del Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena que acaban de pescar esos tesoros; ni siquiera los moradores del Archivo de Indias de Sevilla que han permitido entender, documentar y localizar el pecio.

Todos ellos dependen de un Ministerio voluble y maltratado por los rigores presupuestarios, de uno que se apresura a sumar tantos y que, según cómo se lleve con el responsable de Hacienda de turno, logra más o menos recursos para ese ejército callado.

Es sorprendente que aún haya dudas sobre el valor de Estado y la estatura de toda esta gente, que sin solución de continuidad da la matraca por el románico o recupera bacons hurtados y a la venta en pleno rastro madrileño. Sea pues la pelea por el arte político, crítico y puntero, pero también el brindis por la profusión de tesoros y los esfuerzos denodados de quienes se mueven por pasión. A todos esos a los que no les vemos las caras muy a menudo y que son las auténticas hormigas: están en la base de todo lo que hoy, en Cultura, es posible.

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El distinto
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Alejandro Carantoña | 28-08-2017 | 2:24| 0

El En tiempos no muy remotos (hace un mes) esto hubiera sido un fanal de racismo, pero hoy es la celebración de la libertad. Se trata, por supuesto, de la inconmensurable competición desatada por ver quién se ríe más y mejor del yihadista que nos amenaza desde un vídeo, y que ha dado pie a todas las chanzas posibles.

La mayoría tienen bastante gracia. Pero la mayoría, también, se apoya en imitar un acento que en cualquier otro rincón del mundo hubiera supuesto mofa intolerable, y que sin embargo aquí, desenmarañando el terrorismo, goza de carta de la naturaleza.

Es extraordinariamente difícil asimilar cómo un discurso construido solo sobre estos memes y la foto (desgarradora y preciosa) del padre abrazando al imán han bastado para digerir lo ocurrido en Barcelona anteayer, como quien dice: especialmente desconcertante, por ese motivo, es que opiniones y sentires se hayan ramificado hasta el infinito en tan poco tiempo, en un cóctel explosivo de nacionalismo, terror y almas descarriadas.

Hace una semana, cayó en la pantalla un capítulo de la serie de Larry David en el que el protagonista silba el lamento de Siegfried, de Wagner, a las puertas de un cine. «Disculpe», le dice un viandante, «¿es usted judío?» Ante la respuesta (evidentemente) afirmativa, el viandante empieza a recriminar a David que silbe melodías de uno de los «mayores antisemitas de la Historia», amén del compositor favorito de Hitler. El capítulo termina con David contratando a una orquesta para tocarle la melodía de marras bajo el balcón.

La broma es un poco enrevesada, porque a Wagner nos lo ha inscrito en la memoria Woody Allen («Me entran ganas de invadir Polonia»), pero también porque no hay muchos espíritus con hambre de escalar la catorce monstruosas horas del Anillo del Nibelungo o de buscar el grial con Parsifal o de morir de amor a largos tragos del filtro de Isolda, del acorde sin resolver.

En el festival de Bayreuth, que el compositor instauró para sí y en el que cada verano se presenta su repertorio, hay tres óperas que se evitan, excluidas por él mismo de su canon: una es La prohibición de amar y la segunda es Las hadas, por verlas como pecados de juventud; la otra, Rienzi, era la favorita de Hitler. También un pecado juvenil, pero uno que ahora está preñado de connotaciones que harían fibrilar al indignado viandante.

No obstante, bajo toda la prisa y la deslumbrante megalomanía de Wagner, superadas las cinco horas largas que durará la función de Siegfried en Oviedo con sus pausas a partir del día 6, hay unas pocas páginas de música extremadamente lentas, unas que (si sigue todo el mundo despierto) alumbran una reflexión total, conmovedora, sobre lo que es el amor y el prójimo y el otro, una reflexión que no cabe en un envase más pequeño porque ya es, de por sí, incompresible.

Esta vez, el muchacho de barba imposible ha ido a topar con la tropa de la urgencia, y en pocas horas nos había ayudado a olvidar los atentados. Vamos a pasar a otra cosa, o a lo peor algunos de nuestros intelectuales de salón nos van a proponer un ensayo tramposo erigido sobre el eje Occidente-Oriente y todo lo que hemos hecho mal.

Pero lo vamos a sortear rápido, toda vez que el problema se mitigue y septiembre arranque la semana que viene. Lo vamos a hacer sin haber entendido mucho, sin vocación de hacerlo. Wagner seguirá siendo antisemita y el ISIS, una pandilla de frikis con capacidad de grabar vídeos. Tan simple, tan falso y tan prescindible. Tan fatuo, hasta la próxima.

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Barridos y vencedores
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Alejandro Carantoña | 20-08-2017 | 1:09| 0

Hemos logrado contarlo casi todo, y contarlo bien. Hemos hecho crónicas certeras, fotografías precisas (aunque excesivas) y nos hemos montado un relato aceptable de todo lo que ha ocurrido en esta España post 11M que, no tan casualmente, corre paralela a los Estados Unidos post 11S en muchos aspectos. Lo hemos hecho todo, todo menos imprimirlo en letras de oro y grabarlo en el pequeño gran mausoleo de las tragedias que forjan la Historia.

El viernes, hubo un Enric González taimado y de vuelta, cargado de oficio, que hizo las delicias de los lectores al hablar de su Rambla de un modo personal, fragante y delicioso, pero sin orillar el periodismo notarial por el que en tiempos lo amaron. No hubo mucha más poesía o literatura en los atentados del jueves, en ese puro reducto de horror que fragua héroes y desenmascara a miserables al mismo ritmo.

Hubo un nombre que a González le vino a la pluma de inmediato, que a lo mejor nos ha venido a todos: es ese Vázquez Montalbán tantas veces citado y añorado, y que quizás para diciembre ya tendría una buena novela sobre lo que acaba de ocurrir. Ibáñez, de no prodigarse tan poco, posiblemente nos brindaría un mortadelo más, que nos habría sorprendido o nos hubiera hecho descubrirnos carcajeándonos en mitad de esta molicie. Y Pijoaparte algo tendría que comentar, cigarro en ristre.

A lo mejor esto son ensoñaciones, pero preocupa que el más frío de los fríos jueves de Madrid, trece años y medio después, siga sin su historia. Andamos construyendo el relato a trompicones, sobre la marcha, añadiendo puntualizaciones prescindibles a los hechos según se van conociendo. «Lo condenamos y es horrible, pero…». «Estamos con las víctimas y compartimos su dolor, pero…». Pero, pero, pero, sin afirmación, con afectación, emergencia, trabando el relato sin ton ni son y esperando que esto solo haya sido un mal sueño.

No lo es. Tenemos una estirpe gloriosa y desnortada de autores que ya van siendo capaces de contarnos lo sucedido, pero cunde una impotencia sin nombre al ver que nos faltan ficciones que, dentro de doscientos años, contribuyan a comprender lo que hoy sentimos, vemos, callamos y gritamos a un tiempo. Tenemos todos los hechos ordenados y archivados, claro está, pero sigue sin constar en acta —cuando es lo fundamental— el fresco que habla de las bondades, de las vilezas y de los prismas que ha impreso en el siglo XXI esta nueva encarnación del horror.

Porque esto, todo esto, nos ha ido barriendo y derrotando a medida que nos minaba y nos limitábamos a tuitear una consigna, a guardar un minuto de silencio o a menear la cabeza con resignación al leer las últimas noticias. Todo esto, amén de lo que hayamos crecido o de que el independentismo haya cuajado o de que la avaricia haya derrumbado el mundo o de que ETA ya no exista o de que el arte solo pueda ser político, todo esto, carece de valor sin observaciones pausadas que puedan agitar miradas. Nada va a cambiar, ni a mejorar, ni a empeorar, mientras que sigamos en la convicción de que vivimos en una plácida balsa de aceite que de cuando en cuando se ondula por atentados como el del jueves.

Mientras sigamos librando contiendas más o menos efímeras y tontorronas entre nosotros, a cuenta de cualquier cosa, seguiremos actuando como es natural y esperable. Pero necesitamos —esto es un llamamiento— de una crónica suprema, superior, de una gran historia que dé cuenta del laberinto en el que nos hemos metido y del que no nos quieren ver salir.

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Levy y los líos
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Alejandro Carantoña | 13-08-2017 | 7:00| 0

Alguien que sabe de lo que habla dijo una vez con ironía que, en lo respectivo a cultura, prefería mil veces un Gobierno de derechas que uno de izquierdas. Según su razonamiento, era posible que a la derecha le importase menos la Cultura y más las materias «serias», pero que precisamente por eso se entrometía mucho menos en los actos de creación.

A la izquierda le atribuía un mayor interés y más dotación presupuestaria, pero también y por ese motivo un intervencionismo extremo y perjudicial.
Dijo todo esto en voz muy baja y dejó claro que era mejor no repetirlo, seguramente consciente como era de que se trata de una generalización de trazo grueso y consecuencias imprevisibles. Esta conversación se produjo hace años, cuando la cultura ya se estaba convirtiendo en un ring de límites definidos y en un terreno de juego político evidente, claro. Cuando en las secciones de Cultura de los periódicos ya se iba dejando de hablar, paulatinamente, de los lanzamientos y novedades por su calidad y se guardaba la política para la sección del ramo. Cuando se empezaron a preñar de ideología y de cargas de profundidad las reseñas y la música ya necesitaba manual de instrucciones, que es justo en lo que ahora andamos.

La cuestión es que en las últimas dos semanas, en la revista literaria Zenda han aparecido sendas entrevistas a Eduardo Madina, ex socialista desde unos días antes, y a Andrea Levy, del Partido Popular. Hablaban sobre libros y literatura con ese tono distendido que es habitual en los políticos que no sean Mariano Rajoy (envarado e incómodo en estas lides). Madina no decía demasiado, no había revelaciones más allá de que empezó leyendo a Roald Dahl y que Cortázar le gusta mucho. Hasta cierto punto, esa entrevista pasó desapercibida.

Una semana después le tocó el turno a Levy. Aquí se le ocurrió decir que Lorca la había hecho revolucionaria, literalmente, y a partir de ese punto la cosa se desmadró. La llamaron de todo, pero sobre todo caló el mensaje de que alguien del PP no podía leer a Lorca, mucho menos admirarlo y, evidentemente, carecía de la potestad para sentirse así ante sus escritos. Huelga decir que poco se habló del resto de autores, entre los cuales se encontraba John Fante, un tipo fascinante y aún no lo suficientemente leído en España.

Todo esto lo dejó dicho en una finísima columna Alberto Olmos al poco tiempo, mientras que en algún recóndito lugar de las ideologías torcidas se afilaban los cuchillos para contraatacar con otra polémica estival. Esta vez, el titular era que el Instituto Vasco de la Mujer quería prohibir ciertas canciones machistas: en apariencia, un buen chorro de gasolina a la hoguera de las ideologizaciones interesadas.

Al cabo, se descubrió que lo único que había hecho el Instituto era una lista en Spotify de canciones recomendadas: ni rastro de torvas intenciones. Sin embargo, ya había nacido una ocasión demasiado jugosa como para dejarla pasar, para asignarles planes de dominación mundial y así cimentar este ambiente de paranoia cultural.

La cuestión es que aquella frivolidad sobre las izquierdas, las derechas y la cultura ha ido adquiriendo un nuevo sentido: casi seguro que de ser un tuit se tomaría demasiado en serio e incluso le podría servir hoy de base a algún ocioso para una teoría más amplia, a una que explique quiénes somos, qué hacemos, sentimos y pretendemos por el simple y otrora inocente acto de consumir lecturas, películas, discos y obras de teatro. Incluso, qué osadía, por que nos gusten o conmuevan antes de pasarles varios algodones ideológicos. ¿Estamos en guerra?

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.