El Comercio
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Autor: alejandro.carantonna
No mates pitu
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Alejandro Carantoña | 21-03-2016 | 10:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Bajó del coche en zapatillas de andar por casa. Era medianoche pasada, solo alumbrada por el cigarrillo que chupaba sin parar y por una media luna que brillaba como si fuera llena entre nubes rápidas: «No mates pitu pa esti fin de semana», anunció. Al poco, llegaría la Guardia Civil.

Volvíamos a casa desde Oviedo, de fabular primero sobre el arte y la vida, que es lo que debe hacerse en un teatro y a lo que nos hemos dedicado ante los Premios Líricos entregados ayer en el Teatro Campoamor de Oviedo. Luego, como de costumbre, hablamos de cosas algo más terrenas, o comentamos el montaje de turno. Al fin, bajo la media luna que brillaba como si fuera llena entre nubes rápidas, completamos el aterrizaje

comentando los 116 agujeros que laminan la famosa ‘Y’, y que con tanta frecuencia hacen del viaje de vuelta algo bamboleante: Ramón Muñiz los contaba en estas páginas esta semana.

En fin: en nuestro trabajo se pasa de lo más universal, de aquello de la magia del teatro para desayunar al tacto del escenario en la merienda; y luego, ya en el mundo real, se recobra cierto sentido que devuelve el arte, la vida y todo lo que el teatro conlleva a su plano adecuado. Todos estos problemas que asedian, desde los dramas del Egeo hasta los vaivenes del Banco Central Europeo; de las no-rupturas de Podemos al estado de las aceras en Gijón: todo cabe en un teatro y todo cabe en este trayecto.

Esta autopista está hecha una ruina, reflexionamos: un compañero lo explica aludiendo al ensimismamiento al que están sometidos los conductores asturianos, tan raudos y despistados en la querida ‘Y’, y que nos están dejando una inexplicable cantidad de accidentes, incidentes y retenciones en general en lo que llevamos de año.

Al cabo, un golpe seco entre tanta tribulación. O más bien, un golpe mullido, húmedo: una ráfaga de pelaje negro que bajo los faros parece parduzca, que se cruza desde la mediana hacia el carril derecho para luego desaparecer (para siempre). Un goteo veloz de color rojizo sobre el parabrisas y, bajo el chasis, un traquetreo inevitable: Efectivamente, menos de un kilómetro después de comentar lo mal que está esta vía, atropellamos algo.

Al parar, la cosa parece algo más grave: ha hundido la defensa frontal del coche y ha dejado la matrícula doblada como un folio. Los faros se han teñido de un rojo inquietante. Mientras que esperamos a que llegue la asistencia, usamos la misma luz que rompe la negrura del teatro para evaluar los daños, y contemplo la media luna que brilla como si fuera llena entre nubes rápidas: ¡qué buena novela podría escribirse en esta autopista, con este punto de partida! ¡Qué posibilidades para una escenografía, para arrancar una buena dramaturgia!

La Guardia Civil ha seguido el rastro de más de doscientos metros casi hasta aquí y está retirando trozos de jabalí de la calzada de la ‘Y’. Y en las inmediaciones, se detiene el taxi del seguro que ha de ayudarnos a completar el camino hasta casa en esta jornada ya demasiado larga. Se acabaron las fabulaciones, el teatro, las dramaturgias y el Banco Central Europeo. Esto, y que nunca se nos olvide, es Asturias, esa novela en sí misma. «No mates pitu pa esti fin de semana», anuncia muriéndose de risa en zapatillas de andar por casa, chupando el cigarrillo bajo la media luna que brilla como si fuese llena, «porque ahí debes de llevar carne como pa lo que queda de mes». Esto bien merece ser contado: poco después llegaría la Guardia Civil. Y responde: «Por poder, puedes contarlo; pero nadie te va a creer.»

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Denunciados a primera vista
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Alejandro Carantoña | 14-03-2016 | 10:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Cuando el drama por el drama empezó a no ser suficiente, lo mejor fue llevarlo a los tribunales. Así que no contentos con tirarse los trastos a la cabeza, los colaboradores y tertulianos de los programas de Telecinco establecieron un nuevo campamento base en los juzgados de Plaza de Castilla o en el Supremo para aderezar las insulsas tardes de nuestras grises vidas. Solo relacionadas con la cadena de Vasile, y en una búsqueda veloz, encuentro seis sentencias dictadas por alguna de las salas del Tribunal Supremo en el año 2015, todas relacionadas con intromisión en el honor o en la intimidad, injurias, etc.

Porque incluso a la casa de Gran Hermano VIP ha llegado la moda judicial: el pequeño Nicolás, ese picaruelo por excelencia reconvertido a personaje chusco, participaba hace unas semanas en el reality de Telecinco cuando le tocó ir al plató de Plaza de Castilla a declarar por la famosa comida en Ribadeo con Jorge Cosmen. Pues nada, se le saca de la casa, se le transporta, declara y vuelve. Y todo ello, convenientemente radiado por las ondas.

Y antes de entrar en terreno escabroso, una última joya del mestizaje jurídico-popular brindada por Telecinco: aquella cosa llamada De buena ley en la que un señor o una señora vestidos con toga y con un pequeño martillito dirimían, con aires judiciales, los conflictos entre parejas, vecinos o jefes y empleados. El público también intervenía y daba su opinión, y al final el «juez» emitía un veredicto que la bienintencionada audiencia daba por buena. Hasta el punto de creerse que la justicia, en efecto, era eso.

De todos estos polvos llegan los lodos, los lodos más feos posibles: acaba de concluir la emisión del programa Casados a primera vista, que consiste en casar a desconocidos y luego comprobar si se llevan bien. Una de las concursantes ha denunciado a su pareja por violencia de género. Hasta aquí, el titular. Ahora, la verdad impenetrable: el mensaje publicado por esta buena mujer en una red social, a través de la cual lleva semanas dedicándose a insultarse con su ya ex marido, es de todo menos discreto, es de una redacción cuando menos exacerbada y, tanto en su forma como en su fondo, se parece sospechosamente a los guirigáis mediáticos que cada tarde se organizan en Sálvame. Es algo extremadamente delicado como para dirimir, como mezquinamente están haciendo muchos medios de comunicación, si la denuncia es cierta o falsa; si existe o si es otra vuelta de tuerca al drama escenificado. Pero precisamente por eso —porque el tema es lo suficientemente grave como para tomarlo a la ligera— no debería ser algo digno de redes sociales, capturas de pantalla y platós incendiados, sino de juzgado de guardia.

Eso abre la puerta a la mercantilización de los sentimientos, de los miedos y de las causas. Ese meter el dedito y a ver qué pasa, ese bordear la denuncia pero no pero sí pero a ver y todo se arregla en prime time. Ese enseñar a nuestros chavales que los problemas se arreglan así, gritando mucho y organizando un circo, tiene consecuencias nefastas. En concreto, hace ya casi diez años una mujer fue asesinada por su ex pareja, que había acudido a un programa de telerrealidad a pedirle perdón en directo. Ella no lo aceptó (tampoco dijo al programa que había antecedentes judiciales por medio) y, a los cuatro días de la emisión del espacio, la mató. La cadena dijo que lo había controlado todo, que no sabía cómo había podido pasar. El equipo del programa, devastado. Y el debate sobre dónde se puede y no se puede hurgar, hoy, enterrado. Hasta que vuelva a ocurrir algo igual y volvamos a preguntarnos qué ha podido ocurrir.

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Tiempo de documentales
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Alejandro Carantoña | 07-03-2016 | 10:00| 0

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Hacía mucho tiempo que era realmente difícil emocionarse viendo televisión en España. No emocionarse por imaginar, empatizar o por reconocer situaciones. Emocionarse porque habría que estar hecho de hielo para no hacerlo.

Obviamente, los tiros no van por el ridículo atroz del debate de investidura: La Sexta emitió, hace un par de semanas, un documental sobre un grupo de voluntarios españoles que se fueron a Lesbos el año pasado. Se llama ‘To Kyma’ y muestra a personas —por centenares— intentando evitar morir ahogadas en el Egeo, y a aquel puñado de voluntarios voluntariosos intentando no ser arrastrados, ellos mismos, por las olas, mientras que lamentan que Europa dé la espalda a semejante catástrofe. «Para que este mar sea una zona segura para ti, la tierra tiene que ser un infierno.»

Nunca llegamos a ver qué hay al otro lado del mar; tampoco oímos qué tiene Europa, efectivamente, que decir al respecto: el documental es un testimonio necesario de algo que está ocurriendo a nuestras puertas y a nuestras espaldas; y ha servido —si no para hacer una tarea periodística como tal— al menos para que Óscar Camps y sus voluntarios hayan recibido medios y dinero para seguir salvando a gente.

«El documental es el nuevo cine», decía el otro día un colega —que siempre tiene razón—. Nos lanzamos y acabamos hablando de los últimos grandes éxitos, que siempre son series o, más recientemente, documentales. O series documentales, el último pelotazo estadounidense: ‘Making a murderer’, que en diez episodios desmenuza los juicios contra Steve Avery, ha revolucionado el sistema judicial y policial yanqui. Hasta el punto de que Barack Obama se ha visto obligado a pronunciarse sobre el contenido de la serie; pero hasta el punto, también, de que al tratarse de un género que deambula entre realidad y ficción toma partido de manera sutil, sutil pero clara. Por ejemplo, se contaba a posteriori que fue tal indignación que causó en su primera emisión que llegaron riadas de cartas a la oficina de la policía de Manitowoc, cuando los dardos iban dirigidos a la oficina del sheriff de Manitowoc —que nada tiene que ver con el otro cuerpo—.

Por eso allí se ha suscitado cierto debate en torno al poder que atesora la imagen; al poder que tienen estos documentales y sus realizadores. Es el peligro que entraña una presentación cinematográfica: que uno puede ser un Michael Moore, aquel sesgado azote de Bush, y que así todo le tomen por aséptico y justo.

Otros documentales de los últimos diez años se han convertido, allí, en documentos imprescindibles: The Cove ganó un Oscar en 2010 y paró en seco la caza salvaje de delfines en Japón; Blackfish puso el foco sobre las orcas asesinas en cautividad —entre otras, la que mató a un joven en Canarias, en Loro Parque—; The Jinx desveló la mente de un criminal inopinado; Cartel Land nos mostró cómo Peña Nieto financiaba a los cárteles de Michoacán sin contemplaciones; y Seré asesinado nos servía en bandeja el aparataje que rodeó a la muerte del abogado guatemalteco Rodrigo Rosenberg.

Todos ellos descubren temas indignantes, relevantes y que, a veces, dirigen nuestra percepción. A veces, y solo a veces, da un poco de vértigo que un documental pueda movilizar a semejantes masas; pero también es cierto que si experiencias como las de To Kima sirven para algo, se puede pagar el precio. Lo único imprescindible, ahora, es que el único documentalista de prime time de este país no sea Jordi Évole, que atina tanto como pontifica, y que esfuerzos como este, en el Egeo, no dependan solo de los ahorros y la voluntariedad de unos pocos: necesitamos más frescura y más espectáculo. ¡Aire!

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Un chagall en la oficina
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Alejandro Carantoña | 29-02-2016 | 10:00| 0

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Dmitry Ryboloblev era un oligarca ruso, millonario como un estereotipo, que se mudó a Suiza hace veinte años. Cuenta la anécdota, recogida por el New Yorker, que cuando se compró la mansión correspondiente en el mejor barrio de Ginebra descubrió que el anterior propietario la había acondicionado para su colección de arte. Por eso, ya que había unos apliques en la pared, estimó que era el momento de comprar alguna cosita para que le diese la luz y no desperdiciarlos. Como no tenía mucha idea, acudió a la esposa del dentista de su mujer para que le hiciese las gestiones oportunas. Al punto, se decantó no por un póster de alguna película de Tarantino o por una marina de tres al cuarto, no: Aunque no le sonaba ni de oídas, acababa de adquirir Le Cirque, de Chagall, por seis millones de dólares para que hiciese bonito en el salón.

Nadie duda de lo que un chagall puede costar, pero en este caso resulta bastante obvio que gastarse seis millones en él equivale a hacerse una tortilla con caviar y regarla con kétchup. Sobre esto mismo reflexiona un estupendo documental de 2006, Who the fuck is Jackson Pollock? (¿Quién coño es Jackson Pollock?): esa es precisamente la pregunta con la que arranca la historia de una camionera que, por accidente, acaba teniendo lo que quizás sea un pollock en el salón. Por cinco dólares. A partir de ahí, una cruzada por saber si las manchas sobre el lienzo son genuinas o imitaciones, sin método científico que valga para acreditarlo y sin más argumentos que los aportados por expertos en Historia del Arte. A la buena señora, en cualquier caso, le parecía un horror.

Así, el mercado del arte es el mejor para ejemplificar un mal endémico, y uno que últimamente tiene contra las cuerdas judiciales a no pocos políticos españoles: que si aeropuertos, que si loterías, que si obras de arte, que si sobrecostes… El último, ayer mismo, cuando en las páginas de este periódico Ana Moriyón devolvía al primer plano el misterioso caso de la web electoral de Isabel Pérez-Espinosa, del PP, para su campaña de 2011: con motivo de la declaración de Mercedes Fernández en el juicio por el caso Pokémon, recordamos que una empresa de comunicación facturó 25.000 euros por hacer esta página, mientras que off-the-record se reconocía que no valía ni una octava parte.

Aunque en este asunto concreto las sombras de corrupción son evidentes, tenemos otros casos de servicios artísticos, creativos o literarios de dudosa tarificación a mansalva, o, al menos, poco establecidos. Por ejemplo, cuando en 2009 el Principado sacó a concurso la traducción al asturiano y al inglés de su portal informativo, lo hizo con un presupuesto tope de 600.000 euros (IVA excluido), a razón de 200.000 euros al año, a razón de 547 euros al día. (El presupuesto adjudicado para los servicios de traducción jurídica al español para toda la administración de justicia asturiana otorgado en 2015 es casi una cuarta parte.)

El problema de todo este maremágnum poco regulado y sin colegios de ninguna clase (solo los periodistas han hecho un esfuerzo en este sentido) es que resulta en una liberalización desbocada, opaca y sin apenas criterios técnicos que establezcan qué, cómo o por qué contratar a un traductor, comprar un cuadro o subvencionar un concierto de rocanrol, tanto en la esfera pública como en la privada: no sabemos cuánto cuesta nada porque tan pronto una web vale 3.000 como vale 25.000; y traducirla, cinco veces lo que costó hacerla. Y salvo debacle, viaje subvencionado o causa judicial, así seguimos. Y seguiremos.

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Eco en un seto
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Alejandro Carantoña | 22-02-2016 | 10:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Cuando estudiábamos Traducción Literaria, derrochábamos siempre una o dos sesiones en hablar de cómo traducir una frase. Luego llegó la realidad: una hora para traducir aquello en lo que, normalmente, invertíamos días o semanas cuando estábamos estudiando. Pero no corramos tanto; aún vivíamos en el idilio de la traducción ideal: con más o menos ampulosidad, construíamos razonamientos interminables para escoger entre tipos de coche de caballo o respetar la ensoñación de la materia flaubertiana en su volcado al español (y así y todo éramos felices). Y buena parte de aquello lo habíamos aprendido, consciente o inconscientemente, de una figura extraña, espesa y que vivía muy bien de construir ese tipo de razonamientos: se llamaba Umberto Eco.

Eco inspiraba a los estudiantes de Lingüística y de Traducción con insólita facilidad, porque era un superventas pero era, también, un hombre de una sabiduría enciclopédica, teórica, capaz de apisonar al más dispuesto. En Decir casi lo mismo, que es libro de referencia para traductores en ciernes, Eco se entretiene explicándonos hasta qué punto les ha amargado la vida a sus traductores en infinidad de idiomas con un seto que aparece en el Péndulo de Foucault, con un maldito seto que es, en realidad, una referencia a Leopardi de una importancia capital para él. Y que cuando uno está estudiando le resulta fascinante, porque nunca se ha imaginado que un señor capaz de bucear en códices del medievo y urdir tramas semióticas tan complejas pueda sacar, de ahí, un oro de los quilates que tiene El nombre de la rosa y llegar con él a tantos millones de lectores. Infunde esperanzas, en la medida en que hay un mundo inaccesible y remoto en el que a los traductores se los llevan de viaje a conocer al autor; les dan tiempo, medios y referencias para producir obras redondas: existe un mundo desconocido más allá de los barrotes de la traducción para ayer y mal pagada.

En el ámbito estrictamente literario, Eco supuso un terremoto similar e igual de contradictorio: alguien dijo de él que era el hombre que había logrado convertir el aburrimiento en una cualidad literaria. Y razón no le faltaba, se pongan como se pongan los puristas, porque no hay novela de Eco que sea fácil de terminar ni hay estructura literaria que resista un análisis liviano e intuitivo; siempre ha de ser sesudo y concentrado. De esa manera, y solo de esa manera, se le puede disfrutar. Quizás cuando se es joven, que es cuando de más tiempo se dispone, uno puede consagrar dos meses de su vida a penetrar en esos setos laberínticos y eruditos.

Puede ser, entonces, que lo más importante en el legado de Umberto Eco no tenga tanto que ver con sus aportaciones académicas en en ámbito de la semiótica y de la teoría lingüística —cuya solidez ya se ha visto cuestionada—; que no resida tanto en novelas llamadas a ocupar anaqueles esenciales; sino que se encuentre en la manera de estar en el mundo, de afrontar el trabajo intelectual y de interactuar con la sociedad. Hay muchas sombras y rumores que le rodean (relativos sobre todo al trato dispensado a algunos colegas y traductores) y que son más propios de una figura mediática que de un hombre encerrado en su despacho escribiendo sobre el condenado seto leopardiano.

Lo que le hace excepcional, entonces, es no haber perdido su esencia, rigor y densidad mientras que era capaz de generar debate, acudir a fuentes insólitas y a menudo despreciadas por otros y proponer, en definitiva, una manera de acometer el trabajo intelectual que es una aspiración necesaria. Y es una aspiración, una cima, un equilibrio necesario, que se le debe a él.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.