El Comercio
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Autor: alejandro.carantonna
Quien mató a Rambal…
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Alejandro Carantoña | 19-04-2016 | 7:00| 0

Hoy hace cuarenta años que alguien mató a Alberto Alonso Blanco. Es decir, a Rambal. Era domingo de Resurrección y eran las dos de la madrugada del incipiente lunes: en su casa, en lo que hoy es la plaza de Arturo Arias —el Lavaderu, vaya— alguien lo acuchilló hasta matarlo y luego le prendió fuego a la casa.

Los (pocos) datos conocidos ya han sido exprimidos hasta la exasperación sin que haya sido posible dilucidar quién mató a esa institución gijonesa, tal y como recordaba Olaya Suárez en las páginas de El Comercio de este domingo. Quizás la noticia a día de hoy, entonces, sea que nunca lleguemos a saber quién mató a Rambal. Ni por qué: quizás nunca reconstruyamos, pues, ese Gijón subterráneo y sugerente que aún no tiene un relato fraguado. La leyenda se ha visto agrandada por este motivo, aunque muchos jóvenes no hayan oído hablar de ella. Como escribía Luis Miguel Piñera en Raros, disidentes y heterodoxos (KRK):

 

Lo cierto es que la rumorología hablaba desde el primer momento de un asesino homosexual perteneciente a la clase alta de la ciudad, de un joven de unos 25 años «hijo del regidor de una villa asturiana», de un portugués, de un joven forastero que preguntó por Rambal en Cimavilla el día antes…

 

La casa ya no existe. El personaje ya no existe y el barrio, si me apuran, tampoco existe: al recién llegado a Cimavilla no lo recibe el menor atisbo de lo ocurrido y lo vivido en este barrio. A los pocos meses se empieza a percibir la vida que transpira, y su historia y maneras empiezan a calar con el primer invierno. Con la sobriedad jocosa de la cuaresma y la calidez del amagüestu, ya es fácil hacerse una composición de lugar completa. Y surgen las preguntas de fondo: ¿Por qué hay un edificio enorme y abandonado en mitad del casco antiguo? ¿Por qué la casa del chino se llama así? ¿Por qué en lo que era una pescadería brillante ya solo se pueden pagar multas y hacer trámites?

La antigua Tabacalera, derruida. Foto: Luis Sevilla/El Comercio.

A tenor de lo leído, Rambal encarnaba un barrio que envejece y que, cuentan, ya no es el que era: reivindicamos nuestras termas romanas y nuestro mar y nuestra gastronomía presuntamente excelente, pero muy pocos de nuestros visitantes saben de la raigambre del Antroxu, del patrimonio oculto y pasado y, en general, de cierto capital humano que tiene mucho que ver con el carácter norteño, marino, huraño, amable, guasón, rudo, decidido y peleador del barrio y de sus gentes. De sus rambales, por ejemplo.

La no reivindicación de su figura y la escasez de documentos al respecto (¿dónde está la gran película?) explica, en gran medida, las dificultades que seguimos arrastrando para poner en marcha algo tan fácil como sería resucitar la Tabacalera y derribar el muro que separa la ciudad del cerro.

Xixón Sí Puede (marca local de Podemos) quiere crear una comisión para revitalizar el barrio, algunos artistas y músicos tratan de impulsar una plataforma para convertir el edificio de Tabacalera en una contribución viva al barrio, y el PP de Gijón considera, por su lado, que lo mejor que nos podría ocurrir es que Tabacalera se convirtiese en un hotel de cinco estrellas. Los museos son un gasto, dicen, y un hotel sería un buen negocio, dicen. Lo dudo.

En cualquier caso, el debate lleva encallado demasiado tiempo. Y posiblemente sea porque a los «raros o disidentes» como Rambal se los saca de ese debate (no se habla de ellos, no se los ensalza, como si fuesen paseantes en lugar de fuerzas vivas), mientras que los unos y los otros tratan de moldear el carácter de la ciudad.

El inefable carácter playu no es propiedad de nadie. De ningún partido, de ninguna ideología: es propiedad de la ciudad y de quien la construye, que no es más que quien la habita. Esto, que tan a menudo se olvida, ha implicado que el lado más odioso de las convicciones se haya ido apropiando, por turnos, del patrimonio de la ciudad: desde sus calles y sus nombres hasta su patrimonio industrial y su historia; desde sus ilustres (Jovellanos) hasta sus fiestas e hitos (Festival de Cine, Antroxu, Semana Grande…) Embarrancamos demasiado en lo irrelevante y no rascamos en lo sustancial: Que quien mató a Rambal mató bastantes más cosas.

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Alejandro Carantoña | 18-04-2016 | 7:00| 0

A Jessica Valenti le gusta ser la primera. «Cuando descubres que eres la mejor en algo, habitualmente te sientes feliz», escribió en el diario británico Guardian este jueves. «Pero no creo que ese sea el caso», proseguía, «cuando en lo que sobresales es en ser la más odiada».

El periódico se ha embarcado en un ambicioso e interesantísimo proyecto sobre el acoso en Internet. Para ello, ha encargado un estudio estadístico de alrededor de 70 millones de comentarios escritos por los lectores entre los años 1999 y 2016 en su página web, de los cuales un 2% (en torno a 1,4 millones de textos) fueron eliminados o rechazados por los moderadores. Aquí viene lo interesante: al cruzar esos datos con los periodistas o autores a los que iban dirigidos insultos e invectivas, resultó que los diez menos atacados eran hombres. Y que de los diez más odiados, ocho son mujeres. Valenti, que escribe sobre cuestiones de género, la primera. Y todavía hay más: los dos hombres restantes son negros.

Con los datos en la mano, se hace algo complicado afirmar que los dardos son gratuitos o aleatorios: lo que este estudio revela, en cambio, es que la comodidad del anonimato y la distancia que provoca la pantalla sacan lo peor de alguna gente (poca en términos relativos; mucha en términos absolutos). Valenti va más allá: si a esta hoguera se suman las redes sociales, el resultado es extenuante. «Estoy harta de reírme del asunto y hacer caso omiso», dice. No es la única: en su despliegue, el periódico británico recoge otros muchos casos de periodistas, profesionales o sencillamente personas corrientes que por un motivo u otro se convierten en el blanco perfecto para las redes sociales y los comentarios hirientes.

Todo este potaje nació como una herramienta participativa, pero se ha ido deformando hasta convertirse en un instrumento que a menudo resta más valor del que aporta y que pervierte más que ilumina. Como medidas de choque, quizás las del New York Times sean las más eficaces: los hilos para dejar comentarios solo están abiertos durante 24 horas y están controlados por moderadores humanos; los comentarios más valiosos por su contenido se premian y ensalzan; y, por supuesto, el insulto o el ataque no están permitidos. Así, han conseguido dirigir y crear conversaciones.

De esta manera, lo que hace tan solo diez años era coto para algunos ociosos camuflados entre gente más serena ha ido tornando en algo extremadamente más peligroso para los jóvenes: el ciberacoso. Como recuerda el especial, en 2008 se celebró el primer juicio en Estados Unidos; en 2009 un adolescente fue condenado en Reino Unido. Etcétera: quizás no haga falta recordar lo que ocurrió hace justo ahora tres años en Gijón, con una alumna de 14 años que sufría acoso en el colegio.

Concluye Valenti que ella, al menos, tiene la fortuna de escribir sobre lo que le importa y contribuir de un modo u otro a mejorar su sociedad. Que hace tiempo que dejó de leer lo que se decía sobre ella en la sombra porque, como bien recordaba el editorial del Guardian, no hay que olvidar que la inmensa mayoría de lo que se vierte con bilis desde detrás de un teclado nunca ocurre en la vida «real». Pero poco a poco se ha ido infiltrando, se ha ido convirtiendo en moneda de cambio: en Twitter ya solo descollan los «zascas» —respuestas ingeniosas, autosuficientes y ácidas—; en Facebook casi siempre hay algo (alguien) de lo que reírse; y en los comentarios y blogs vale más un buen zurriagazo urgente («Es como hablan los jóvenes») que la calma y la mesura.

Este artículo apareció publicado en la edición impresa de El Comercio del domingo 17 de abril de 2016.

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Paseos y preguntas
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Alejandro Carantoña | 11-04-2016 | 9:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

No hay periodista que se precie que no tenga ganas de un buen Watergate o de irse a una guerra. En cambio, suelen darle más pereza las tareas rutinarias y pesadas, pero que acaban por volverse imprescindibles: por ejemplo, recorrer la calle Uría de Oviedo contando hidrantes. Averiguando si funcionan, cuál es el protocolo de actuación, qué puede salir mal y qué es imposible salvo negligencia palmaria. Parece que la muerte del bombero Eloy Palacio en el incendio del jueves fue perfectamente evitable. Parece, a tenor de las informaciones que van saliendo a la luz, que es muy probable que se produjesen negligencias graves.

El periodismo sirve para plantear dudas y lanzar cuestiones, y también sirve para evitar circunstancias como estas a veces: aparte de todo lo sucedido, alguien dejó de hacerse esas preguntas; el último filtro de control sobre la realidad (que es el que ejerce el periodismo) falló. Nadie dio un paseo por la calle y se hizo la pregunta oportuna en el momento concreto; a nadie, en todos estos años, se le ocurrió plantearse: «¿Y si hubiese un incendio en la calle Uría?»

Sin embargo, en estos tiempos de pactos y ordenadores destruidos, (cierto) periodismo parece estar rabioso por haberse perdido su Watergate, su guerra, su escándalo de la década. Ese periodismo de paseos y preguntas está en horas bajas, ante el mucho más seductor periodismo de datos que empezó con Wikileaks, se hizo mayor con Falciani, maduró con Snowden y ahora envida con los papeles de Panamá, revelados hace una semana tras meses de trabajo.

El equipo ahí inmerso, en la vertiente española, lleva un año encerrado en dos sedes en polígonos industriales a las afueras de Madrid, rebuscando entre datos obtenidos de una fuente anónima y proponiéndonos historias más o menos relevantes (en España, salvo para Montoro, aún no ha aflorado ninguna auténticamente escandalosa).

Tienen el continente, y el contenido, que son datos aportados por una parte interesada (no hay filtración desinteresada) y además los van a filtrar según un criterio de «protección de la fuente» y de la «privacidad de los implicados». Es decir, este nuevo periodismo obtiene once millones de documentos de un bufete de abogados panameño por vía anónima (quizás seleccionados, por tanto); los selecciona y filtra a su vez y nos los presenta como lo último en periodismo y salud democrática.

Obviamente es un trabajo necesario, relevante, y jugoso; pero también lo es que no hay que confundir el periodismo de filtraciones —esto es, que un señor misterioso te abra conversación por Internet y te envié dos terabytes de información—, que se centra en verificar, ordenar, presentar y comunicar un material bruto de proporciones gigantescas con el periodismo, insisto, de paseo y pregunta.

Ese es el periodismo más cansado, trabajoso y por ende caro: ese es el periodismo que implica tener a redactores leyendo los boletines oficiales a diario, preguntando y recontrapreguntando en registros, almacenes y parlamentos hasta hacer saltar la liebre. Es, quizás, el periodismo menos glamuroso y «global» —no es tendencia en Twitter, no derroca gobiernos— pero es una de las formas más nobles y relevantes de información: porque es la que descubre, en un momento dado, que si se produjese un incendio en un edificio de madera de la calle Uría de Oviedo no habría fuentes de agua cerca para sofocarlo. Es un suponer, uno remoto, de eso que «nunca pasa». Que no es noticia. Que no importa. Hasta que importa demasiado.

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Cumplir ochenta
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Alejandro Carantoña | 04-04-2016 | 9:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

El pasado lunes no fue un día cualquiera. No lo fue en Madrid y no lo fue en Arteixo: el pasado lunes, el uno en Galicia y el otro en la capital, dos hombres cumplían ochenta años. Concretamente, el segundo más rico del mundo, Amancio Ortega, y el primer escritor más comentado de España y de América Latina, Mario Vargas Llosa. Los dos lo hicieron en el trabajo. En la oficina. A su manera.

A Amancio Ortega su hija Marta (cuenta el Faro de Vigo) le organizó una sorpresa en forma de montaje digno de los Rolling Stones en Cuba: pantallas gigantes, cámaras por doquier y un paseíllo de empleados que en la más multitudinaria intimidad le dieron un aplauso y una tarta. Los que no pudieron saludarle (no por ganas, dice el periódico, sino porque son 4.000 los empleados de Arteixo) pudieron seguir los fastos en directo. No ha trascendido nada más. Amancio Ortega, recordaba el artículo, es el segundo hombre más rico del mundo y tiene 130.000 empleados en todo el planeta. Silencio y un discreto runrún, eso sí, sobre si se trata de un oscuro personaje de cuernos retorcidos o de un monumento al orgullo empresarial español. Es fácil imaginarlo obviándolo todo, dejándose agasajar y sí, emocionándose. Fin.

Mario Vargas Llosa, en cambio, acuñó una nueva modalidad de cumpleaños, variante del cumpleaños masivo, que podría perfectamente pasar a llamarse «cumpleaños de Estado» a partir de este momento. Un hotel carísimo de Madrid y casi cuatrocientos invitados, especialmente poderosos o famosos: Felipe González, José María Aznar, James Costos, Federico Jiménez Losantos, Albert Rivera, Iñaki Gabilondo, Sebastián Piñera. Etcétera.

En esta ocasión, la fiesta no solo conllevaba la morbosa presencia de Isabel Preysler, sino que se extendió aún un par de días con simposios y conferencias. Con más presidentes (Rajoy también) y más hablar sobre todo y sobre todos. Como broche, el recital acústico «Nobel contra Nobel», un dueto sobre literatura y geoestrategia, aproximadamente, entre Vargas Llosa y Orhan Pamuk que ha hecho las delicias de la prensa cultural.

Decía el escritor peruano que no entendía muy bien la atención mediática que está recibiendo últimamente, como si lo más normal fuera celebrar bautizos y comuniones en el Villa Magna con expresidentes de la mitad del mundo en habla hispana presentes. Insistía en su amor para con Isabel Preysler, dejando entrever que quizás el romance (y haberse dejado hacer un contundente reportaje en ‘¡Hola!’) tuvieran algo que ver en esta circunstancia.

Sea como fuere, la casualidad en fechas viene a traer al primer plano a dos octogenarios célebres. Al uno, al de Arteixo, lo vigila la Comisión Nacional del Mercado de Valores y unos cuantos organismos desperdigados; al otro, solía vigilarlo su mujer Patricia. De él, no obstante, como escritor y voz crítica, se espera que sea capaz a su vez de vigilar a personajes como el primero o como a los mismísimos invitados a su cumpleaños: se puede entender que alguien como Ortega apueste por la discreción, la opacidad incluso, y por cierta flema gallega para llevar sus asuntos; pero se antoja imprescindible que alguien arroje luz, ficcione incluso sobre su perfil. Y nada.

Lo mismo se puede aplicar a políticos, banqueros, embajadores o en general a casi cualquiera invitado por Vargas Llosa a celebrar su 80 cumpleaños: Frivolidades aparte, ¿con qué pulso o autoridad puede diseccionar ahora América Latina, España, el mundo del ayer y el del mañana?

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Bruselas por bandera
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Alejandro Carantoña | 28-03-2016 | 9:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Hace algo más de una semana, el tripartito que gobierna en Oviedo decidió que la bandera europea dejase de ondear en el consistorio. La medida —que quizás hubiese pasado desapercibida de no haberse anunciado: tan solo se enroscó la bandera al mástil— era una forma de responder y de protestar por la europarálisis ante la crisis de refugiados que ya dura demasiado, y que por oleadas acapara nuestra atención y nuestra rabia. En efecto, las cosas se están haciendo lo suficientemente tarde, poco y mal como para sacarnos los colores cada pocos días.

El martes, sin embargo, la protesta acabó igual que había empezado, pero esta vez con un silencio avergonzado. La bandera azul y estrellada volvía a ondear porque, pocas horas antes, Bruselas acababa de sufrir uno de los peores atentados de su historia. Se estaba repitiendo y perpetuando lo que ya nos tocó sufrir en noviembre del año pasado y, más remotamente, cuando se produjeron los atentados de Londres, Madrid y Nueva York.

Desde aquel pique en el balcón del Ayuntamiento de Barcelona por ver quién colocaba la bandera más enorme, en los últimos meses las hemos tenido de todos los colores, a cada cual más oportunista y vacua. Idas y venidas en consistorios de toda España con la bandera española, la preconstitucional, la republicana, la del movimiento LGBT o la del pueblo saharaui se han convertido en acciones tan frecuentes que han empezado a perder su sentido. Solo con algo tan terrible como lo sucedido en Bruselas se recupera mínimamente la cordura (o se pierde del todo, pero ese es otro cantar). El resto del tiempo, a dar vueltas en torno a trozos de tela y mástiles.

Porque a priori, las banderas sirven para poco o para muy poco. Como los himnos. Pero se cargan de sentido en la medida en la que se rellenan y empiezan a representar algo. ¿Puede ser que la europea ya no contenga nada más que olor a moqueta y a administración lejana y distante? ¿Puede ser que se hayan apropiado de la española unos pocos —o la Selección de fútbol, en su defecto—? ¿O que la asturiana haya quedado reservada a los nostálgicos que viven muy lejos de aquí?

Hace pocos días, Calixto Bieito, que se acaba de convertir en el director artístico del Teatro Arriaga de Bilbao, explicaba por enésima vez en una entrevista que no tenía intención de irse a vivir allí porque, entre otras cosas, tiene su vida hecha en el centro exacto de Europa: en Basilea. Allí, contaba, se hablan muchísimas lenguas y todo está cerca; allí, decía, uno puede hacer teatro y pasearlo por Suecia, Reino Unido, Francia, España o Estados Unidos. Y todo, pasando por Bilbao.

Hablaba Bieito, de nuevo, de su pérdida de una identidad muy española, burgalesa o catalana y se colocaba en eso que aún resulta algo exótico: en el hecho de ser europeo. Europeo en un sentido bastante amplio y a menudo incomprendido, en un sentimiento que oyéndole hablar o viéndole trabajar se puede llegar a comprender con cierta facilidad pero que, aún hoy, no tiene bandera. Quizás eso lo haga único, o quizás signifique que en algún momento se torció el proyecto de que fuese esa Cultura y esa argamasa las que rellenasen y pegasen una bandera como la europea. Con sus luces y sus sombras; sus hitos y vergüenzas, pero al menos con la coherencia suficiente como para que supiésemos avergonzarnos de no saber qué hacer con nuestras fronteras sin perder de vista qué somos. Es muy peligroso que no lo recordemos a diario: es muy peligroso que solo nos venga la cabeza algo tan obvio en días como el martes.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.