El Comercio
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Autor: alejandro.carantonna
El patrioturista
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Alejandro Carantoña | 04-05-2015 | 10:00| 0

Los terremotos entierran cosas. Cosas como el equivalente a diez germanwings, a mil charliehebdos, a barbaridades de ese calibre; al tiempo que remueven y sacan a la luz otras. Otras muchas, entre las cuales se cuenta, por ejemplo, un artículo de Arturo Pérez-Reverte firmado en 2010 sabe Dios a santo de qué en el que reprocha a los turistas accidentales o accidentados el «síndrome del coronel tapioca», esto es, irse de safari al último confín planetario para toparse con un barranco, un golpe militar o un tsunami e ir a pedirle a papá Estado, entonces, que desfaga el entuerto.

Este artículo olvidado anda bullendo estos días a cuento del terremoto de Nepal y de la movilización, por parte de familias y afectados españoles, para pedir la intervención de las autoridades y que se ponga a salvo a nuestros nacionales. Esa es la (fea, dicen) prioridad. Después, ya irá la ayuda. Quizás esté demasiado fresca la muerte de dos españoles (uno de ellos por orgullo diplomático) en Marruecos hace pocas semanas.

El caso es que Reverte, aparte de la condescendencia que le caracteriza (él estuvo en la guerra, y usted no), pone el dedo en el egoísmo occidental, ese de regusto colonial y de vergüenza tapada. Básicamente —y es una idea extendida, al parecer—, que desde el momento en que un español estaba allí se hizo acreedor del mismo trato que cualquier nepalí en caso de catástrofe.

El gran escritor es un buen ejemplo con esta reflexión, porque con ella pone sobre la mesa algo más hipócrita y profundo y que nos afecta a todos: sin ir más lejos, dos años más tarde fue uno de los más furibundos atacantes del incremento en el IVA a la cultura hasta el 21%, apelando, entre otras cosas, a la identidad nacional y al sentido de Estado para que no se nos llevasen por delante a los plumillas y pintamonas. Exacto: apelaba al mismo sentimiento para poder seguir publicando alatristes que al que ahora apelan las familias de los desaparecidos para que los salven.

Resulta excesivamente contradictorio, cuando situamos ambos problemas en el mismo plano —en el identitario, nacionalista, estadista, como se quiera llamar—, que un zurriagazo a nuestros bolsillos artísticos adquiera unas dimensiones iguales o mayores que diez mil muertos y la destrucción absoluta de un patrimonio riquísimo: ahora que los muertos están frescos, perdidos y enterrados es cuando nos acordamos de Nepal, y sacamos a pasear con gritos, con gritos que tapen la vergüenza de no saber ni ubicarlo en el mapa, una solidaridad impostada y urgente.

Fueran nuestros patrioturistas responsables o no, conscientes o no de lo que estaban haciendo al poner un solo pie en aquel país arrasado, es muy posible que lo hiciesen con la tranquilidad de que iban a tener un hogar, un país y un Estado al que volver; uno que incluso se iba a ocupar de salvarles a ellos con el IVA recaudado; uno que les garantizaría la estabilidad necesaria para ir a gastar, a ayudar o a contribuir a que la vida de los nepalíes fuese ligeramente más parecida a la nuestra.

Imperfecto, feo, colonial, viciado, turbio, corrupto, pero nuestro: quizás, y solo quizás, debamos tomarnos más como algo tranquilizador que obsceno, algo bueno, que nos inquiete más José Luis Moreno que Kim Jong-Un. O al menos, asumirlo. ¿Podemos vivir con ello? ¿Con el hecho, la condena, de ser patrioturistas?

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 3 de mayo de 2015.]

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Letras de hueso y sangre
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Alejandro Carantoña | 27-04-2015 | 10:00| 0

Tiene cinco segundos para nombrar tres obras de Cervantes. Tic, tac, tic, tac. Ahora, tres de Juan Goytisolo. Tic, tac, tic, tac. Y tres de Lorca, ¡vamos, vamos! Tic, tac, tic, tac. Si el ejercicio ha sido algo complicado no es su culpa, sino de aquellos a los que, mejor que nadie, señaló el pasado jueves el propio Juan Goytisolo en su discurso de recepción del Premio Cervantes. Decía: «En vez de empecinarse en desenterrar los pobres huesos de Cervantes y comercializarlos tal vez de cara al turismo como santas reliquias fabricadas probablemente en China, ¿no sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de su vida tras su rescate laborioso de Argel?»

Es que de los tres nombres elegidos para el ejercicio, protagonistas todos ellos —están de moda—, resulta que se habla más por motivos extraliterarios que puramente artísticos, que es seguramente lo que procedería. Así, a Goytisolo le preguntaron en la rueda de prensa previa a la entrega del Cervantes si se iba a poner chaqué, motivo de sobra para titular buscando el desencuentro con la realeza y anunciando, quizás, una especie de aquelarre violento entre un señor de 84 años con traje de pana y una reina con un peinado importantísimo.

En cuanto a Lorca, nos desayunamos el miércoles con la noticia de que ha aparecido una historia fascinante en torno a él, una delicia: resulta que una autora francesa muy persistente logró que, en 1965, la policía granadina escribiese negro sobre blanco en un informe qué, cómo y por qué habían matado a Lorca. Tuvo que ser muy pesada, pero no lo suficiente, porque nunca le llegaron a hacer entrega de ese papel, del primer reconocimiento oficial del asesinato por parte del régimen y además con nuevos datos sobre el dónde y el quién. A partir de ahí, ya está organizada: Lorca necesita más de un Indiana Jones que de lectores ávidos, porque la obsesión es encontrar sus huesos y filmar el punto exacto donde goteó su sangre, cuando es algo que, en puridad, importa bien poco y a muy pocos. No, importa más su figura y su obra imposible de desentrañar. No importa su cadáver. Él mismo lo sabía, él lo preparó. Como diciendo, igual que decimos los demás: Y ¿qué más da?

Por último Miguel, Cervantes, tan familiar e instalado en nuestras casas desde hace décadas merced a ese Quijote tan comprado como poco leído, aplaudió desde la tumba con las palabras de Goytisolo. Por fin alguien habla al menos de él, alguien le pregunta qué opina de lo que está ocurriendo en las Trinitarias de Madrid: tiene que ser tremendo que solo importasen tus huesos, y dónde hubiesen ido a caer. Que a los de tu ciudad les entrasen las prisas por que te encontrasen, porque «es bueno para el turismo». De la obra y milagros, hablaremos después de la publicidad.

Cada cual en su dimensión y tiempo, cada 23 de abril salen a pasear en una fiesta macabra —porque no habla su obra, sino sus despojos—. Está todo impregnado por la necesaria venta de libros que impone la primavera, y que además invita a recuperar viejos títulos olvidados. Así, venía a decir Goytisolo, para cerrar, que hay dos tipos de autores: los que triunfan mediáticamente y los que «cumplen consigo mismos». Rascando en sus palabras se puede llegar a entender que a él le gustaría situarse en el equipo de los segundos, de los honestos; en el mismo en el que se inscriben Lorca, Cervantes, etc. Y que el destino, en cambio, se preocupe de devolverlos al primero… es muy injusto, solo por un poco de sangre y huesos.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 26 de abril de 2015.]

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Friki come león come gamba
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Alejandro Carantoña | 20-04-2015 | 10:00| 0

Cuando algún remoto día tenga nietos, y pregunten por momentos históricos de nuestra vida, les hablaré de un león comiéndose una gamba. De aquella edición de MasterChef —el concurso de Televisión Española— en la que un chaval lampiño, torpe, entrañable y amanerado decidió, en el primer programa, que la mejor manera de epatar al jurado era cocinar una patata cruda con forma de eso, de león comiéndose a una gamba.

Los diez minutos de televisión que nos regaló Alberto el martes han tenido un eco que ha rivalizado, instantáneamente, con las alegrías de Sabrina o el gol de Iniesta, que ha entrado en la historia televisiva, nacional, absoluta —y, con él, su protagonista— hasta el punto de que dentro de uno, dos, cinco y diez años sus compañeros, el jurado incluso, estarán en otro sitio. Olvidados. Y Alberto no. Alberto estará presentando Saber vivir.

No obstante todo esto, del irrefrenable ataque de risa provocado por el plato en sí y por los montajes fotográficos que siguieron España pasó al día siguiente al más grave y políticamente correcto de los dramas. La columnista Mariola Cubells, por ejemplo, censuraba la crueldad de los creadores del programa para con el chaval: «Sé lo que es estar ante un friki y pensar, uy, va a dar un juego totaaaaaaaaal este chico, y comentarlo en plan ju ju ja ja con tus compañeros.» Y añade: «Lo único que digo es que Alberto no tiene un padre ejecutivo de televisión» —hecho que habría impedido que hiciera semejante ridículo: «Le habrían blindado contra el escarnio»—.

Con Cubells, muchos más que pusieron el grito en el cielo por la cosificación del chico en un valetodo televisivo y, ya de paso, se abalanzaban sobre MasterChef por ser un programa sobre «gente cocinando», en lugar de un programa de cocina.

Pero lo cierto es que al día siguiente de la emisión del episodio —entrañable, glorioso, sobreactuado: ¡un vórtice de adjetivos!— Alberto se plantó en el programa de Mariló Montero y aguantó el tipo, mientras que media España se afanaba por versionar el plato y, vaya, cocinaba. Parecía sanote. No daba la impresión, ni remotamente, de estar pensando en irse a vivir a Madagascar para evitar ese temido escarnio público: más bien al revés.

Alberto ha dado la cara, ha tomado sus decisiones y se ha plantado en un plató de televisión con la intención, se supone, de llegar a cocinar, de salir en la tele y de salir de su zona de confort. Eso, que es lo máximo que le puede dar un programa como MasterChef, ya lo tiene: los cien mil euros, la compra, la vitrocerámica y la palmadita de esos tres impostados personajes que le juzgan palidecen al lado de la ternura infinita que nos ha despertado el chaval, del hueco que, queriendo o sin querer, se ha ganado en la televisión.

Es difícil saber qué ha habido detrás del león come gamba efectivamente, o qué viene ahora. Quizás incluso lo gane todo en una repesca. Da igual. Vayamos al meollo, a lo central, hagamos un ejercicio: cambiar «cocina» por «elecciones municipales y autonómicas» y «concurso» por «campaña». ¿Y qué resulta? Resulta que un chaval lampiño, torpe, entrañable y amanerado ha conseguido en diez minutos lo que miles de candidatos van a intentar —sin éxito— durante un mes. ¿Es malo? Bueno, es león come gamba. Es España. Y hay que quererla, supongo.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 19 de abril de 2015.]

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Un Museo de Bellos Selfis
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Alejandro Carantoña | 13-04-2015 | 11:22| 0

A los numerosos visitantes que ya se han dejado caer en las últimas dos semanas por la flamante y ansiada ampliación del Museo de Bellas Artes de Asturias hay dos cosas que les han llamado poderosamente la atención: una, la lustrosa boca de riego roja que rompe la fachada ideada por el arquitecto Patxi Mangado, del lado de la Plaza de la Catedral; y dos, la prohibición expresa de utilizar los famosos palos para selfis, esos brazos extensibles que sirven para hacerse fotos a uno mismo con el móvil.

Pero hay más, mucho más llamativo y mucho más significativo dentro, que merece de visita y atención: a las doscientas ocho obras de la colección permanente (que cierra hoy, por tiempo indefinido, para ser recolocada) las recubre una precipitación insólita, que desprende el inconfundible aroma de la prisa electoral.

Para empezar, y tal y como señalaba algún artista, choca la instalación de la calefacción a lo largo de los zócalos del suelo, justo debajo de las obras (mirós o valles bien calentinos); para seguir, la evidente urgencia en la museografía —la mitad del espacio de la exposición temporal, dedicada a Navascués, está vacía y clausurada con un cordón; la otra mitad, en penumbra bajo el tríptico de José Ramón Zaragoza—; y, para acabar, la inexplicable yuxtaposición de salidas de emergencia, extintores, regoyos, puertas de ascensor y piñoles. El espacio de Mangado, más propio de un centro comercial que de un museo, tampoco ayuda: si por azar suben a la primera planta, no dejen de recorrer la sala principal hasta el fondo, hasta ese panel explicativo. Giren a la derecha, sorteen la pared de ángulo imposible y ahí, en un rincón, mirando hacia la Plaza de la Catedral, encontrarán el busto de Leopoldo Alas «Clarín» mirando con melancólica soledad a su Regenta.

Las dos visitas se pueden resumir con la desazón, demoledora, que provoca el hecho de que este proyecto tenga dieciséis años y que, así y todo, a la Consejería de Cultura le haya pillado el toro de las elecciones de mayo para su inauguración. Porque lo expuesto está hecho con demasiada prisa, achacable a mucha gente entre la que, con todo, no se encuentra la dirección del centro, que presumiblemente ha asumido tareas que no le corresponden por mandato político.

No, el culpable de todo es, precisamente, el condenado palo para selfis, pero en versión ampliada y extendida: es demasiada casualidad que la ampliación, manifiestamente inacabada —de ahí el cierre que se va a producir hoy—, fuese inaugurada apenas unas horas antes de la convocatoria de las elecciones municipales y autonómicas, hecho que implica la prohibición expresa de celebrar actos de este tipo.

No, no es que esta ampliación, o este museo, no fuesen necesarios ni saludados por artistas, amantes del arte y ciudadanos, que ya nos habíamos acostumbrado a pasar ante la opaca valla que ocultaba las vergüenzas de los tiempos de bonanza: es que ni el patrimonio está explotado; ni los artistas, satisfechos; ni el proyecto, acabado. De todas las posibilidades que esta apertura tenía, está claro que solo se ha aprovechado una: una foto y un titular, ambos flor de un día. O de quince.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 12 de abril de 2015.]

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El efecto Pitingo
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Alejandro Carantoña | 06-04-2015 | 11:03| 0

Las redes sociales somos todos. Unos más descerebrados que otros, pero todos: quienes sabemos quién es Pitingo, quienes no; quienes leemos El Mundo Today, quienes no. Quienes se dedican a insultar en la comodidad de lo cibernético, quienes no.

Al cantante de Huelva (Pitingo) se le ha venido Twitter encima esta santísima semana por una desafortunada cadena de hechos: primero, el diario satírico El Mundo Today publicó una noticia —falsa, como todas— titulada «Björk se retira por miedo a que la versione Pitingo», que en el cuerpo del texto incluía una nutrida sarta de declaraciones —falsas, como todas— en las que ponía a la islandesa a caer de un burro. Tras él, el diluvio: al volver de viaje, Pitingo se lo comunicó a su agencia con la intención de que el semanario aclarara que la cosa era broma. Pero su oficina remitió un escrito en el que poco menos que amenazaba a la publicación con llevarla al tribunal de La Haya por las barbaridades que se estaban diciendo en Internet del cantante. Y, obviamente, lograron todo menos lo pretendido.

En este punto, el diluvio quedó en orbayo al lado del monumental chorreo que le ha caído al onubense, que lejos de cambiar de agente siguió erre que erre: la culpa era de El Mundo Today y había que dejar claro que todo era cashondeo del bueno.

Los cuatro o cuatrocientos imbéciles que se han dedicado a insultarle no lo han hecho por una noticia satírica, sino por la imbecilidad que ya traían de casa. En cambio él, y su agencia, en su afán por ir a por el foco del problema, lo ubicaron en una página web que lleva publicando bromas —sin excepción y sin cuartel— desde que nació, en lugar de atacar la incómoda idea de que quizás la estupidez no viva en un dominio de Internet, sino en las cabezas de muchos de quienes transitan sus conciertos, su barrio o su propia vida.

Es muy violento y desagradable, para quienes han o hemos elegido ser más o menos públicos, que con un teclado y una conexión a Internet se pueda atacar nuestra pasión o simplemente nuestro sustento. Pero es: podemos obviarlo, o intentarlo, pero no se puede pretender convencer a nadie de que lo ocurrido es por culpa de semejante titular. Sería como asumir que la culpa es de Pitingo por existir.

Lo ocurrido es fruto del anonimato buscado, cobarde y que necesita pocas excusas para hacer daño. Y ese no es en absoluto el caso de El Mundo Today: sus autores son de sobra conocidos para quien quiera averiguarlo, responden de cada patochada que han hecho y, encima, tienen la guasa que muchos querrían para sí. Nada más lejos del que tira la piedra y esconde la mano.

Otra cosa es lo que muchos han hecho con lo publicado, desde quienes lo han dado por cierto hasta aquellos que han perdido el norte en sus intentos por que Pitingo pague por los estragos que ha causado en el repertorio popular con sus versiones, que son muchos y muy hondos. No hay como el confortable silencio de las redes, el timbre al que se llama para echar a correr, para que todo adquiera unas dimensiones que ni tiene ni merece.

Lo que ha ocurrido es una broma, una más —hasta que no le oí hablar yo también daba el comunicado y la amenaza por chanza—, pero oculta lo peorcito: la cobardía, la falta de respeto y el odio injustificado. Eso es más profundo, más grave, peor que una página web. Porque mientras que no nos obliguen a escucharlo, Pitingo puede hacer lo que se le ponga y mandar comunicados a quien considere. O debería.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 5 de abril de 2015.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.