El Comercio
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Autor: alejandro.carantonna
El efecto Pitingo
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Alejandro Carantoña | 06-04-2015 | 11:03| 0

Las redes sociales somos todos. Unos más descerebrados que otros, pero todos: quienes sabemos quién es Pitingo, quienes no; quienes leemos El Mundo Today, quienes no. Quienes se dedican a insultar en la comodidad de lo cibernético, quienes no.

Al cantante de Huelva (Pitingo) se le ha venido Twitter encima esta santísima semana por una desafortunada cadena de hechos: primero, el diario satírico El Mundo Today publicó una noticia —falsa, como todas— titulada «Björk se retira por miedo a que la versione Pitingo», que en el cuerpo del texto incluía una nutrida sarta de declaraciones —falsas, como todas— en las que ponía a la islandesa a caer de un burro. Tras él, el diluvio: al volver de viaje, Pitingo se lo comunicó a su agencia con la intención de que el semanario aclarara que la cosa era broma. Pero su oficina remitió un escrito en el que poco menos que amenazaba a la publicación con llevarla al tribunal de La Haya por las barbaridades que se estaban diciendo en Internet del cantante. Y, obviamente, lograron todo menos lo pretendido.

En este punto, el diluvio quedó en orbayo al lado del monumental chorreo que le ha caído al onubense, que lejos de cambiar de agente siguió erre que erre: la culpa era de El Mundo Today y había que dejar claro que todo era cashondeo del bueno.

Los cuatro o cuatrocientos imbéciles que se han dedicado a insultarle no lo han hecho por una noticia satírica, sino por la imbecilidad que ya traían de casa. En cambio él, y su agencia, en su afán por ir a por el foco del problema, lo ubicaron en una página web que lleva publicando bromas —sin excepción y sin cuartel— desde que nació, en lugar de atacar la incómoda idea de que quizás la estupidez no viva en un dominio de Internet, sino en las cabezas de muchos de quienes transitan sus conciertos, su barrio o su propia vida.

Es muy violento y desagradable, para quienes han o hemos elegido ser más o menos públicos, que con un teclado y una conexión a Internet se pueda atacar nuestra pasión o simplemente nuestro sustento. Pero es: podemos obviarlo, o intentarlo, pero no se puede pretender convencer a nadie de que lo ocurrido es por culpa de semejante titular. Sería como asumir que la culpa es de Pitingo por existir.

Lo ocurrido es fruto del anonimato buscado, cobarde y que necesita pocas excusas para hacer daño. Y ese no es en absoluto el caso de El Mundo Today: sus autores son de sobra conocidos para quien quiera averiguarlo, responden de cada patochada que han hecho y, encima, tienen la guasa que muchos querrían para sí. Nada más lejos del que tira la piedra y esconde la mano.

Otra cosa es lo que muchos han hecho con lo publicado, desde quienes lo han dado por cierto hasta aquellos que han perdido el norte en sus intentos por que Pitingo pague por los estragos que ha causado en el repertorio popular con sus versiones, que son muchos y muy hondos. No hay como el confortable silencio de las redes, el timbre al que se llama para echar a correr, para que todo adquiera unas dimensiones que ni tiene ni merece.

Lo que ha ocurrido es una broma, una más —hasta que no le oí hablar yo también daba el comunicado y la amenaza por chanza—, pero oculta lo peorcito: la cobardía, la falta de respeto y el odio injustificado. Eso es más profundo, más grave, peor que una página web. Porque mientras que no nos obliguen a escucharlo, Pitingo puede hacer lo que se le ponga y mandar comunicados a quien considere. O debería.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 5 de abril de 2015.]

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No cambie de canal
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Alejandro Carantoña | 30-03-2015 | 9:00| 0

Qué bonito sería no tener que ver ciertas cosas; que fuese igual de fácil obviarlas que levantar un poco el brazo, presionar un botón y sacarlas del campo de acción, del campo de visión. Pero las hay que no, que asedian y que persiguen —y perseguirán— durante mucho tiempo. Así fue en enero, con la masacre de Charlie Hebdo; y así ha sido con el recientísimo accidente de Germanwings, ese que a partir de ahora intentamos colocar en su justo lugar, en uno que permita al mismo tiempo evitar que vuelva a ocurrir, recordar a las víctimas y que no se nos encojan las tripas al montar en un avión.

Quizás lo más acongojante sea la constatación inmediata de un efecto mariposa de enormes proporciones: un tipo, una sola persona, un hecho aislado es capaz de segar ciento cincuenta vidas, remover millones y movilizar a medio mundo con una sola decisión, con un instante. Con ocho minutos.

Lo que sigue es una suerte de embudo invertido: la tragedia, el material, el combustible está ahí y lo que se haga con él a partir de ese momento va a significar la impronta que deje en el imaginario colectivo.

Comparando los casos de medios de comunicación franceses y españoles, otra vez, igual que hace tres meses, el resultado es desolador y esa impronta, una cicatriz psicótica y enorme: en el momento en el que se produjo el accidente Le Monde, por ejemplo, instaló una línea de información directa en su página web, como es habitual. Entre otras acciones, responde a los lectores, y siempre —igual que con Charlie Hebdo— con mucha menos información de la que efectivamente posee: si entonces se decía «Sí, sabemos quiénes son los terroristas pero no vamos a publicarlo hasta no estar seguros de no entorpecer la investigación», ahora señalaba una y otra vez que «No vamos a compartir hipótesis en esta fase». Igual que el New York Times —que para más inri fue el primer medio del mundo en acceder al contenido de la caja negra—.

En España, en esta España, lo más reseñable es que un periódico se apresurase a poner una dirección de e-mail para que los lectores aportasen los datos disponibles (?); o que el primer foco informativo fuese la terminal de El Prat repleta de familiares desconcertados y rotos. Es decir, la amplificación de, precisamente, aquello que no había que amplificar.

Era imposible cambiar de canal —como percibieron los sufridos espectadores de la basura televisiva de la peor ralea aquella mañana— y por tanto, imposible ver otra cosa, pensar en otra cosa, escribir sobre otra cosa que no fuesen aquellos rostros desencajados y el miedo en su estado más puro.

Con los días las opciones se fueron ampliando, relajando quizás: el advenimiento y fin —aunque no lo sea— de Gran Hermano VIP; y la segunda oportunidad para el chusquísimo programa de José Luis Moreno. Etcétera, lo de siempre: pudimos al fin cambiar de canal, mirar hacia otro lado y, poco a poco, ver cómo la tragedia aérea iba siendo modulada o moldeada hasta ser colocada en ese mismo plano. En el del show por el show, como tantas y tan dolorosas veces hemos visto hacer en el pasado.

El fruto son los codazos poco disimulados en la manifestación posterior, es la banalización de lo tremendo y la deshumanización del horror. Es eso viscoso que lo impregna todo, todos los programas, todos los canales. Así que mejor no, no cambie de canal: solo asómese al mundo, asegúrese de que no pasa nadie por debajo y tire el televisor por la ventana.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 29 de marzo de 2015.]

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Aló subvención
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Alejandro Carantoña | 23-03-2015 | 10:00| 0

Ocurrió, en una ocasión de tantas, que en una empresa se convocó un concurso de acceso con poquísimas plazas disponibles. Uno de los participantes era familiar del director general, que desde su despacho en la planta noble levantó el teléfono y preguntó al responsable del proceso de selección con más bien poco tacto: «¿Va a a pasar las pruebas, verdad?» El examinador le dijo: «Por supuesto.» El director general ya estaba satisfecho, cuando el examinador añadió: «Pero porque es tan brillante que va a hacer las pruebas de diez». Alarma: «Pero ¿las va a pasar, verdad?»

Algo así describe el informe de la Sindicatura de Cuentas de Asturias sobre la fiscalización de subvenciones —concedidas en 2013— hecho público esta semana: el ayuntamiento de Gijón, el de Oviedo y el de Avilés incumplen sistemáticamente la Ley General de Subvenciones. ¿Por obviarla? No, sencillamente porque ninguno de los tres tiene un plan general para controlar esta herramienta. O sea que, aunque todo fuese transparente, legal, prístino y adecuado, ni lo sabemos ni lo llegaremos a saber. Sea cual sea el método elegido, las subvenciones en Asturias no tienen control.

En el de Gijón, todas las subvenciones nominativas (las directas) carecen de un informe adecuado a la ley que recoja su objeto —lo cual las convierte en dedazos a secas—, y la sindicatura denuncia que en el resto, las que salen a concurso, «en la práctica se utilizan subcriterios que no son conocidos para los potenciales beneficiarios». O sea, un examen sin baremo. En el de Oviedo, el porcentaje de subvenciones nominativas que no cumplen la normativa baja al 88%, pero se indica que el 80% del total de subvenciones son concedidas de forma directa y las restantes —a concurso—, sin un baremo claro en la concesión de puntos. En el de Avilés, lo mismo, aunque «solo» el 69 % de las nominativas incumple la normativa. El 18% que salió a concurso público, de nuevo, lo hizo «sin criterios de concesión perfectamente delimitados».

Es decir, que tecnicismos aparte, todas las subvenciones gestionadas por los tres mayores ayuntamientos de la región pasan antes por un despacho, por un telefonazo así, que por un examen. Y, visto que la inmensa mayoría de las subvenciones nominativas se conceden a instituciones o actividades conocidas, arraigadas y «populares», la imprecisión del procedimiento hace suponer que las subvenciones son consideradas en la idiosincrasia política como un bien efectivamente político. Un bien que cada gobierno tiene potestad para conceder a quien estime oportuno y en cuyo camino solo se interpone una molesta ley que genera papeleo, quebraderos de cabeza y que no hay más remedio que circunvalar allá donde sea posible.

Seguro que las intenciones son buenas y las elecciones, adecuadas, en esta región yerma en iniciativas subvencionables: igual que el brillante familiar de nuestro director general. Pero nunca llegaremos a tener la certeza total si tenemos que fiarnos del buen criterio de quien lidera un equipo o área de gobierno, de ese telefonazo: el acervo cultural, la gente conocida y en último término las sensibilidades de la concejalía de turno son, desde luego, criterios muy chatos para ayudar a que otros, los nuevos, los desconocidos, se abran camino o sencillamente para que los que ya estaban no se apoltronen.

Porque aquel chico era realmente brillante, me contaron. E hizo las pruebas muy bien… Pero no tanto como para pasar el proceso. Hoy, ni él ni el director general están en la empresa.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 22 de marzo de 2015.]

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José Luis Moreno de Whiplash
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Alejandro Carantoña | 16-03-2015 | 10:00| 0

En la televisión de hoy en día hay tres cosas aparentemente infalibles: el pasado, la cocina y los niños. Dos de los ingredientes juntos alumbran monstruos como Masterchef Junior, pero por separado pueden funcionar: a TVE le ha salido bien la jugada con Cuéntame y El ministerio del tiempo y con la versión adulta de Masterchef, por ejemplo. Ahora, sumergida en un nuevo ejercicio de arqueología televisiva para ganar audiencia, la casa ha decidido acudir a fórmulas que le permitan competir contra las tertulias políticas y el cine de fin de semana. ¿Con Estudio 1 acaso? ¿Con un refrito de La bola de cristal? No. Con José Luis Moreno y Noche de fiesta. Pura investigación y desarrollo. Seguro que La alfombra roja marca un antes y un después en la vida de los telespectadores.

La vieja excusa de que el exventrílocuo da al público «lo que quiere» ya no vale, porque aunque así fuera —los datos hablarán—, encarna desde el punto de vista cultural y profesional, en cada palo que toca, todo aquello que hay que extirpar con urgencia de nuestra forma de hacer televisión, teatro o incluso variétés. Y eso es tarea de la pública.

Siempre jugando al límite de la profesionalidad de los equipos, siempre megalómano —recordemos los experimentos líricos en Laboral—, Moreno ha obtenido de TVE alrededor de tres millones de euros para producir trece entregas de su espectáculo.
La cifra coincide, casualmente, con el presupuesto de un proyecto especialmente notable de los últimos tiempos: Whiplash, la película independiente estadounidense que logró, en un abrir y cerrar de ojos, cinco nominaciones a los últimos Oscar y llevarse tres de las estatuillas, entre otras la de mejor actor de reparto.

La historia de esta película es de lo más esclarecedora si hablamos de lo que «el público quiere»: su director, Damien Chazelle, había completado el guión hacía años y dormía el sueño de los justos porque nadie lo quería producir. Porque esta historia de un batería de jazz trufada de caras desconocidas y de ritmo extraño no era «lo que el público quiere ver». En 2012, su guión saltó a la fama en la Black List, que es una recopilación de guiones nunca rodados en Hollywood. Con la popularidad adquirida, Chazelle hizo un corto que barrió en el Festival de Sundance, acción que a su vez le brindó los escasos tres millones necesarios para rodar su película (que era la segunda, nada más). De ahí a los Oscar y de ahí, a que una multinacional adquiriese los derechos de distribución mundiales. Quizás, después de todo, sí era «lo que el público quiere ver».

El retorno de Moreno, entonces, bloquea el paso a que se produzca este milagro, que es lo que debería reinar en una cadena de televisión pública. La vanagloria con la que el cómico y productor gusta de decir que es un empresario y que emplea a nosécuántagente con sus éxitos tiene su espacio, por supuesto. Pero fuera de la pública.

La cadena está obligada, casi por imperativo de Estado, a proponer una alternativa en cada franja horaria que agite, que atraiga y que quizás no reviente los audímetros, pero que está llamada a marcar la pauta en el ecosistema televisivo. ¿Tiene sentido la batalla por la audiencia, a cualquier precio, cuando ni siquiera puede ingresar dinero por publicidad? No, no la tiene. La única guerra que TVE tiene que librar, y que ganar, es por que todos los Whiplash que duermen en cajones en este país, que seguro que son muchos, afloren. Moreno ya es de los que se van. Ahora, les toca a los que llegan.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 15 de marzo de 2015.]

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¡Esto no es un lujo!
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Alejandro Carantoña | 09-03-2015 | 10:00| 0

Hay escenas que repugnan en lo inmediato, en la arcada directa e instintiva. Hay otras que, en cambio, provocan una agitación algo más íntima, pero muy estremecedora, como de conciencia. Son los martillos del Estado Islámico acabando con el patrimonio milenario de Mosul, en Irak, que además permiten imaginarse con demasiada vividez la destrucción absoluta de la ciudad de Nimrud esta misma semana, excavadoras mediante.

La barbarie de estos salvajes es tal que no se contentan con apretar donde más duele, sino que se ocupan ahora de borrar todo aquello que nos convierte en humanos: esas estatuas y monumentos, que seguían en pie de casualidad —porque a nadie nos habían importado hasta ahora— simbolizaban el poso de la civilización, el peso del progreso y el paso del tiempo, tres de los pilares que conforman este mundo imperfecto aunque maravilloso.

A esta habitación de hotel, sin embargo, no llega el sonido de los martillos ni el crujir de la piedra: llega el sonido lejano y trabajoso de un violonchelo que estudia Bach a marchas forzadas para el concierto; llegan los gorgoritos de una soprano que intenta vencer al sueño antes de ir al ensayo; y respira todo él —igual que todo Bilbao— el chorreo de Bach y Händel en que se ha convertido este fin de semana, en que se celebra el festival Musika-Música en la ciudad.

Es curioso que el viernes, mientras que aquí empezaba esta celebración festiva de nuestro patrimonio musical, en Sevilla arrancase otro festival de música antigua; y en Oviedo, a su medida, otro más —el de los jóvenes musicólogos de Asturias—. Y los que habrá por el resto del continente justo ahora, justo estos días, empleando a tantos chelos y tantas sopranos y tantos músicos como estos que se afanan en hacer lo suyo, que no es más que mantener vivo lo nuestro. El poso, el peso, y el paso del tiempo.

Aquí la venta de entradas ha sido un éxito y el esfuerzo de todos, ímprobo, para brindar al público una hora, quizás dos, de auténtico disfrute, pero también para blindar eso que nunca nos van a poder arrebatar.

Porque en el silencio que separa a los Concerti grossi, o en algún pianísimo, sí se cuela el martilleo lejano de los bárbaros entre los bárbaros, recordándonos que en este rincón de la galaxia aún podemos entender —¿por cuánto tiempo?— una Oda para el día de Santa Cecilia como un acto de belleza en sí mismo y no como un acto de resistencia, como al parecer se ha convertido en otros lugares mucho menos afortunados.

No sabemos la suerte que tenemos de no tener que sortear las bombas y esperar no ser castigados por contemplar un templo de miles de años; de haber nacido y de vivir en un país, un continente donde un Museo del Prado es algo tan sagrado que algunos se atreven a pensar que es un lujo, ahora que estamos en tiempos de crisis.

Lo erróneo de esa percepción, que es todo, esconde al tiempo la tranquilidad que nos da el sentir que Bach siempre va a estar ahí, y que siempre se colará un chelo por debajo de la puerta. Pero ese martilleo lejano, esa locura enajenada y ensimismada que puede barrer en segundos el poso de una civilización entera se acerca cada vez más, como una amenaza. Y solo nos faltaba abrirle las puertas al enemigo de par en par: ¡esto no es un lujo! Hoy le ha tocado a Irak, pero mañana no puede tocarnos a nosotros. Y que siga sonando la música.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 8 de marzo de 2015.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.