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Autor: alejandro.carantonna
[Un fallo lo tiene cualquiera: Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2016] Poco cambio
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Alejandro Carantoña | 23-06-2016 | 11:21| 0

Este artículo, pertenece a la serie Un fallo lo tiene cualquiera, que gira en torno a los fallos de los respectivos Premios Princesa de Asturias 2016.

Hay que tener en cuenta que cuando se celebró la cumbre de Rio, también se celebraba la Expo en Sevilla y los Juegos Olímpicos en Barcelona. De aquello se van a cumplir 25 años en 2017. En todo este tiempo han ocurrido algunos de los acontecimientos más significativos de todos los tiempos, pero también fracasos palmarios que algunos se han empeñado en vestir de éxitos: la lucha contra el cambio climático es, probablemente, el principal de esos fracasos.

Estados Unidos es el país que más contradicciones internas ha sufrido: la lista de científicos que se han posicionado a favor y en contra de los dictámenes del IPCC (el grupo científico de la ONU de lucha contra el cambio climático) es interminable, y el grado de encarnizamiento en el debate es altísimo. Francia no ha sido menos: el ex ministro Claude Allègre es uno de los mayores azotes que existen contra el IPCC y la bienintencionada lucha contra el cambio climático. Sus argumentos son, como poco, peregrinos (que la subida del nivel de los océanos es una estupidez porque cuando se disuelve un hielo en un vaso de agua el nivel de este no sube, sino que se mantiene, le leí en un librito).

Los Premios Princesa, con todo, han decidido premiar a la ONU por haber logrado parir, a finales del año pasado, un acuerdo vinculante entre naciones para ponerle freno al cambio climático. Este es el motivo de celebración, pero uno de trayectoria excesiva: si se escruta con algo más de detenimiento qué hay detrás de los acuerdos y las biografías, resulta que apenas se ha conseguido cimentar el principio de un camino que debería haberse emprendido hace décadas. Y, sin embargo, es ahora cuando los mecanismos sancionadores y financieros empiezan a dar sus frutos en el caso de las grandes naciones y las buenas intenciones, a transformarse en hechos.

La imposibilidad que todos han exhibido para ponerse de acuerdo en nada, y menos aún en lo importante, convierte a la convención de la ONU y a los acuerdos de París en un motivo de celebración, pero no de orgullo: este es solo el foro de encuentro, el lugar en el que se entrechocan las espadas sin llegar a ninguna parte. Quizás, quien merecía más aplauso y menos cordialidad institucional es alguna de las figuras en la sombra que han posibilitado este paso, y no tanto la recua de naciones y de equipos negociadores que llevan poniéndose la zancadilla tanto tiempo.

No obstante, este Premio podría y debería servir para despojar a la lucha contra el cambio climático de todas sus implicaciones políticas, sociales, culturales e incluso de tendencias —se pone de moda, de cuando en cuando—, para auparla al lugar que siempre debió ocupar.

El debate es global y el reto, magnífico. Por eso no se puede tratar con cargas de ninguna clase. Por eso, también, ha interesado que hasta ahora hubiese poco cambio.

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[Un fallo lo tiene cualquiera: Premio Princesa de Asturias de las Letras 2016] A la americana
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Alejandro Carantoña | 16-06-2016 | 11:14| 0

 

Este artículo, pertenece a la serie Un fallo lo tiene cualquiera, que gira en torno a los fallos de los respectivos Premios Princesa de Asturias 2016.

Más o menos cada cuatro años desde que empezó este siglo, los Premios Princesa de las Letras lo vuelven a intentar: dar con la gran novela americana, con la voz unívoca y única que, desde esa tradición cada vez más arraigada, explica nuestro mundo. Siempre con el mismo patrón, ese que rige el canon narrativo anglosajón desde mediados del siglo pasado y que pretende consolidarlo en el mundo entero: historias pequeñas pero extensas, amplias pero concretas, minuciosas pero grandiosas.

Así empezó todo, con el Premio a Arthur Miller en 2002. Luego, han ido desfilando Susan Sontag (2003), Paul Auster (2006), Margaret Atwood (2008), Philip Roth (2012) y, ahora, Richard Ford. Por el camino, el jurado ha orbitado en torno a cierta manera de mirar: es el caso de Muñoz Molina, de John Banville o de Amin Maalouf, que guardan más parentesco literario del que a priori se podría suponer.

Ford es, por su lado, un heredero del «realismo sucio» que se revuelve como gato panza arriba contra la etiqueta, y hace bien: desde que hace justo ahora cuarenta años debutase como escritor (a los treinta y dos de edad), se ha ido consolidando al otro lado del Atlántico una literatura que bebe, como hizo Ford, del costumbrismo bien entendido, expansivo y grande. Hunde sus raíces en John Fante, al que siempre se le cuelga el sambenito de padre del «realismo sucio» por haber apadrinado literariamente a Charles Bukowski, cuando es, en cambio, un narrador tierno y emotivo y sin querencia alguna por la sordidez gratuita. Ford también puede servir de antecedente a otros autores mucho más pretenciosos y obsesivos, como Jonathan Franzen: su manera de explicar el mundo a través de realidades muy concretas entronca directamente con esta nueva hornada de autores.

Sin embargo, los Premios de las Letras no siempre tuvieron la mirada tan clavada en esta manera de escribir, y de entender la literatura. Hubo un tiempo, desde la institución de los galardones en 1981 hasta el fin de siglo (1999), en que nunca se le otorgó el de las Letras a ningún autor que no escribiese en lengua española. El primero fue Günter Grass, que es a su vez el primero y único de acervo lingüístico y literario netamente alemán que ha recibido el Premio.

Desde entonces, solo algunas concesiones, como Leonardo Padura en la edición anterior, han compensado la preponderancia de una mirada de calidad, precisión y relevancia, pero necesariamente ajena a la tradición latinoamericana que, al parecer, ya apenas se ocupa de premiar el Cervantes.

Richard Ford es un autor monumental, sin duda de lo más premiable, pero cuyo encuadre dentro de literaria universal de nuestro tiempo es mucho más difícil de comprender que en los casos de Philip Roth, de Amin Maalouf, de Miguel Delibes o de Franisco Umbral, por decir solo algunos nombres.

Hay, en España y en Latinoamérica, una necesidad de cimentar las voces para el siglo que entra. Esto es responsabilidad de los lectores, pero también de los premiadores: sin eso, nos vamos a quedar sin clásicos.

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De justicia y venganza
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Alejandro Carantoña | 12-06-2016 | 4:00| 0

Hace diez días que Rafael Fernández perdió un empleo, pero ganó un mordisco de fama: el escritor afincado en Asturias, que ocupaba la contraportada de este periódico el miércoles pasado, acababa de rechazar un trabajo ruinoso en Madrid.

Le habían ofrecido mil euros al mes por escribir para alguien o algo —no ha trascendido con quién mantenía la entrevista— y, siempre según él, se alzó pidiendo cinco veces esa cantidad por renunciar a sus sueños, sus libros, sus entradas en la bitácora que mantiene, etcétera. A partir de ahí, la explosión. La entrada en la que relata el episodio camina con paso firme hacia los 400.000 visionados.

Seguramente venderá algunos libros más a raíz de este relato —Fernández se autoedita—, pero lo más probable es que no tantos como gente ha aupado su historia. Porque, leyendo los comentarios y apostillas de quienes lo han compartido, el aplauso no tiene (casi) nada que ver con lo que Fernández escribe, sino con la realización de ese sueño, tan extendido, de mandar a paseo al impresentable de turno.

Es probable que, como él mismo reconocía, el fenómeno adquiera estas dimensiones precisamente por las dificultades que juntaletras en ciernes e incluso autores consagrados tienen para reunir mil euros de estipendio seguro —pelotazos aparte—. Que alguien pueda rechazarlos, quiera hacerlo y encima lo cuente es un caramelo demasiado apetitoso.

Así es como Fernández se ha convertido en el pequeño héroe del mes, en la mota de esperanza que envalentona o consuela, por turnos, a quien sueña con poder hacer lo mismo que él pero no puede, no quiere o sencillamente no se atreve (o sabe que los escándalos, a la larga, nunca son buena idea).

A Fernández se le va a apagar esta llama en breves instantes, porque la provocación no era calculada. Le ha venido de golpe y no es seguro que vaya a rentabilizarla: de hecho, no tiene mucho que ver con la esencia de su actividad. Sin embargo, también esta semana, se ha producido en el Teatro de la Zarzuela otro escándalo. Pero esta vez, es uno de esos episodios que hacen época: porque, esta vez, sí tenía que ver con el núcleo de la zarzuela a la que envolvía —que es, en sí misma, pura provocación—.

Ha sido en ¡Cómo está Madriz!, el espectáculo dirigido por Miguel del Arco, con Paco León como protagonista, que reúne y recicla La Gran Vía y El año pasado por agua. De carga política obvia (para algunos críticos, excesiva), ya desde su estreno levantó algún revuelo, pero esta semana la tensión llegó al extremo de tener que detener la función. León y Del Arco, que son bien listos, han sabido recoger la actitud matona de los espectadores que organizaron el barullo y transformarla en un impulso publicitario de los que no tienen precio. El concejal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo, que acogerá la producción dentro de unas semanas, ya se frota la manos por el éxito de público que supondrá esta agitación.

En los dos casos está al otro lado un público, el español, que de un modo u otro busca y necesita héroes así, héroes de los que pasean calle arriba y calle abajo y uno se puede encontrar en cualquier momento. Héroes de los que administran justicia por quien no sabe, puede o quiere y, de vez en cuando —y solo de vez en cuando— también un poquito de venganza, que alivia y reconduce los malos sentimientos. Eso contenía ¡Cómo está Madriz! y eso reposa en el relato de Fernández. Al parecer, eso es lo que anhelamos.

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Dientes, dientes
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Alejandro Carantoña | 11-06-2016 | 4:00| 0

Los actos en formato eléctrico —con algarabía de estrellas invitadas— de Unidos Podemos llevan por título La sonrisa de un país: así se titulaba el celebrado ayer en Málaga y el que está previsto para el martes en Canarias. Así en toda España. ¿En toda? No, en una irreductible esquina del mapa —Barcelona— donde hoy se celebra uno de estos actos ha querido la alianza que el acto se llame, en cambio, El somriure dels pobles (La sonrisa de los pueblos), una pequeña y risueña pirueta lingüística destinada a descafeinar y blanquear el discurso para no molestar en exceso a futuribles socios.

La sonrisa de la coalición del ‘sorpasso’, así, adquiere una cantidad de dientes y una amplitud forzada que dan una idea de cuán delicado es el hilo del que pende la estabilidad de esta alianza a muchas bandas. Una sonrisa nacional que se va truncando por frentes, y que en apariencia solo se mantiene por aquella posibilidad, alimentada por el CIS de anteayer, de atropellar (o someter) al PSOE y desalojar al PP.

En Asturias lo saben bien: la escalada de declaraciones, dimisiones, réplicas y contrarréplicas en torno a la ya famosa declaración en defensa del carbón ha tornado en una llaga supurante y silenciosa, sobre la cual ya nadie quiere echar más sal. Al menos de momento, habida cuenta de que Izquierda Unida en Asturias acaba de descubrir que, de cumplirse los últimos vaticinios electorales, quedará de nuevo fuera del Congreso de los Diputados. Todo ello con la papeleta añadida de que, encima, la formación está relegada a un tercer puesto en las listas por la organización podemita. No quedarán muchos motivos para exhibir su contento, entonces: no solo perderán representatividad, sino que habrá que buscarse las vueltas para dar marcha atrás al pacto sin perder la sonrisa.

Los dientes, dientes que van apareciendo por el flanco izquierdo del tablero recuerdan cada vez más a dentelladas. También a los dientes, dientes que por su lado tuvieron que exhibir Isidro Martínez Oblanca y Susana López Ares, socios en la coalición PP-Foro, para opacar los gritos de aquella septuagenaria cabreada de Avilés en el inicio de campaña el jueves.

Era de lo más significativo ver a esos cinco asistentes al acto formar, al borde del área de penalti, y aplaudir muy fuerte para evitar una foto con los dos cabezas de cartel —Oblanca hacía malabares con el corazón que Unidos Podemos lleva por emblema— y con aquella señora de fondo. Era todo una muestra de la facilidad para atacar los escándalos de corrupción, las sentencias europeas y/o el déficit de las comunidades autónomas, pero una incapacidad manifiesta para lidiar con una mujer pegando gritos: todos los populares mantuvieron los dientes cuando, en pleno Parque del Retiro, un activista irrumpió a voces en la foto de familia de los candidatos. No obstante, en el siguiente acto del mismo corte —la presentación de candidatos por Madrid, el martes pasado— no se corrieron riesgos parecidos: se celebró en una azotea convenientemente cerrada al público.

Son sonrisas bien entrenadas. Dientes, dientes, plas, plas, pero sonrisas que empiezan a parecerse en exceso entre sí. Quizás no sea posible hacer política sin usarlas, tan opacas como elocuentes. Quizás sea cierto que estemos abocados a otras elecciones, detrás de estas. O que, simplemente, todos estén tan contentos que no puedan contener la sonrisa.

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El candidato mantequilla
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Alejandro Carantoña | 10-06-2016 | 4:00| 0

Mariano Rajoy ya entendió, avistando los bigotes de los langostinos navideños allá por diciembre de 2015, que hay cosas que nunca cambiarán: consuelos del alma aparte, donde haya una generosa nuez de mantequilla se pueden ir apartando las acelgas al vapor de la austera y sobria nueva política.

Entonces el Partido Popular lo entendió, lo entendió tan bien que no tuvo más que basar su campaña en encaramar a su candidato a bancos (de los de sentarse), en añadir caldo bien caliente al arroz de los pactos para que se socarrase al gusto y, mientras tanto, recostarse con un buen puro y un ribeiro helado.

Funcionó mejor de lo esperado: ahora, ha vuelto a la carga con el puchero recontracocinado, rebosante de manteca y tropezones. Los programas son idénticos; los contendientes, los mismos que hace medio año y la estrategia, calcada: a fin de cuentas, el Partido Popular ganó las elecciones de diciembre de 2015 tras una legislatura bronca, difícil y abonada para terminarla con todo el electorado en contra. Y sin embargo, hoy Rajoy tiene papeletas para quedarse en la Moncloa hasta 2020.

No ha necesitado aludir a ninguna pinza para que calase el mensaje de los peligros de un posible bloqueo —que fue el error que le costó a Foro el gobierno asturiano en 2012—: solo había que proponer identidad, ruralidad y linaje ibérico con unas gotas de flema gallega para vencer a los cantos de cambio que proponían Podemos primero, el PSOE después y, en última instancia, Ciudadanos.

Todos ellos han competido hasta ahora por arrogarse la voluntad de «la gente» desde graves y exaltadas intervenciones televisadas, mientras que Rajoy abría mejillones con Bertín Osborne y dejaba a la tropa el trabajo mediático sucio. Repite jugada y envida a la grande codeándose con entrañables niños (como este miércoles), en próximos mega actos de campaña en Torrevieja, Madrid, Valencia y Málaga —allá donde pueda rascar algún diputado extra— y frente a una competencia a la que mira con condescendencia con ese «ahora más que nunca» que exhibe como mantra infalible.

Es el candidato mantequilla, el que prefiere caminar deprisa que salir a correr: la tradición, la seguridad. La seguridad de que van a subir los impuestos —esto casi nadie lo duda— y que se hará «lo que haga falta» por España. Habrá de todo lo malo, pero no habrá sorpresas.

Así, los electores parecen haber demostrado, ante todo, que prefieren la certeza de ir a ganar veinte kilos con un menú barato y contundente a los cantos de sirena de la última dieta milagro, esa que en cien días se compromete a solucionar el fracking, los problemas de vivienda o el reconocimiento del estado Palestino.

Como única pega a esta tournée de proximidad (de ahí el empeño en afianzar posiciones, no en conquistar otras nuevas), tiene el PP el problema de que con este calor no entran bien ni las gachas ni los torreznos: quizás, y solo quizás, apetezca más ese gazpacho sevillano tan presente en precampaña.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.