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Autor: alejandro.carantonna
Menos es más
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Alejandro Carantoña | 20-02-2017 | 11:18| 0

Entre vientos racheados de desmanes culturales y con riesgo de precipitaciones sobre alguna que otra infraestructura transatlántica, celebremos que escampe un poco: Este viernes terminó la vigésimo sexta edición de FETEN con récord de espectadores, cobertura mediática nacional y —todo sea dicho— una presencia de cartelería por Gijón algo más escasa que en ediciones anteriores. Pero de récord a fin de cuentas, con un nivel que supera con creces el mero divertimento infantil.

Coincide con el fin de semana en que la compañía Cheek by Jowl llenó de Shakespeare Avilés y con unas Golondrinas, de Usandizaga, que han colmado de gran ópera española el Teatro Campoamor de Oviedo. Por seguir con la racha, además, hace un par de semanas el consistorio carabayón presentaba otra envidiable iniciativa: el Teatro Filarmónica servirá, los jueves y domingos, de cine (comercial, incluso), en una oferta que se promete popular y apetecible.

Sin echar aún las campanas al vuelo, conviene aprovechar semanas como esta —en las que todo funciona, la contraprogramación entre ciudades se atenúa y la oferta atrae— para preguntarnos merced a qué milagro se ha conseguido este equilibrio, esta oferta suculenta y suficiente. La primera razón estriba, probablemente, en que estemos en temporada baja. Paradójicamente, con todos los ayuntamientos volcados en los próximos carnavales o con el ojo ya puesto en montar el enésimo festival veraniego, las semanas grises nos brindan programaciones igualmente aseadas, pero asequibles en cuanto a agenda y atractivas, gustosas. Es casi todo lo que se puede pedir. Y aún podría ser mejor: imaginemos que, al término, tuviéramos en las tres grandes ciudades sendas salas de conciertos en las que elegir un grupo, tomarnos una cerveza y comentar lo recién visto con un concierto de fondo. Con una coordinación de ordenanzas municipales, una negociación pausada, una reflexión adecuada y una obsesión algo menos acentuada por las jornadas gastronómicas de todo pelaje y condición se podría hacer. Como hace no tanto. Simplemente, con aflojar la presión y ordenar el tráfico, la oferta cultural privada estallaría por las costuras y nos saldría por las orejas. Ni siquiera tendrían que hacer nada. Solo enunciar, pensar, definir qué tenemos y qué pretendemos tener y dejar a quienes aguardan en toriles que hicieran lo suyo.

Justo en este punto se cruzan las malas noticias: una tendencia nada encubierta de amplificar, de festejar, de recrearse en nuestros presuntos grandes activos (léanse las infraestructuras transatlánticas, lo grandón) orillando la más pura esencia. Esa esencia es la que se decanta en los meses valle: en estos, en semanas parecidas a la que acabamos de dejar atrás, es cuando se nos ofrecen los espectáculos más sorprendentes, los conciertos más inopinados y cuando se descubren más cosas. También con algún que otro atracón puntual, pero mirando hacia afuera, hacia arriba y hacia delante.

Luego (parece que así volverá a ser en 2017) llega el verano, o la Semana Santa, o las Navidades. En ese momento, las miradas se vuelven hacia adentro, hacia abajo y hacia atrás: es cuando, salvo honrosísimas excepciones, se programa como pensando únicamente en señalar las grandezas, en apuntalar que «no hay nada que envidiar» a nadie, en las toneladas de pólvora quemada bajo un manto de niebla.

No se nos olvide que eso arde rápido y quema poco. Lo memorable, normalmente, se esconde en lugares insospechados y en citas indescifrables, a las que alguien con criterio nos invita a acudir. Es justo eso —no hace falta liarse con eventos enormes—, una voz clara y un criterio unívoco, todo lo que hace falta. Menos es más: con escuchar y dejar hacer, a veces, basta.

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Letra y sangre
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Alejandro Carantoña | 12-02-2017 | 4:00| 0

Qué risa y qué jolgorio cuando, hace dos semanas, se publicó que el 60% de aspirantes a bombero de Burgos habían sido eliminados por la cantidad de faltas de ortografía cometidas en un examen: «Menudos zoquetes». Al cabo de unos días, se filtró la prueba y se borraron las sonrisas. Consta de cien palabras. Se pregunta si son correctas o incorrectas (es decir, no es un examen de ortografía, sino de vocabulario) y está diseñado para ser suspendido. Así de sencillo: «Apartheid» aparece como incorrecta porque no está escrita en cursiva; y junto a errores muy obvios, se deslizan otros aparentes pero que no son tales, como «adsorber» (que, por cierto, el propio corrector del ordenador me subraya en rojo).

Podríamos sumirnos en un interminable debate sobre si los bomberos burgaleses deben saber lo que es un bastetano o si existe «bribión» para realizar su tarea pero, en cambio, se antoja más procedente acordarse de los dos catedráticos que se han liado a puñetazos en los pasillos de la Universidad Rey Juan Carlos esta semana. La tensión está a flor de piel tras los casos de plagio que se le descubrieron a su rector, y la universidad está a punto de resolver quién se ocupará de dirigirla. Por debajo de la marejada fluyen viejas rencillas, conflictos académicos, encontronazos ideológicos y complejos de toda clase que, en último término, se resuelven con cuatro caballerosos tortazos o se enquistan y arrollan al sufrido alumnado. Este, poco a poco, se va impregnando de las formas y procederes de la academia: En la Universidad de Oviedo se produce algún tipo de roce cada dos años como máximo. El último, de esta misma semana, relacionado con el calendario de exámenes.

En este ensimismamiento, a veces, la academia adopta caras y hace cosas que a cualquier persona corriente le sonarían extraterrestres: los abnegados estudiantes del MIR que han pasado meses —si no años— preparando un examen que casi con total seguridad van a suspender o no les va a servir para sus propósitos; los de cualquier rama de humanidades, adheridos a la fuerza a una escuela o corriente o autoría porque en su Facultad manda quien manda; la disciplina de la investigación, consagrada a producir volquetes de texto, artículos inflados y, a veces, solo a veces, abultados plagios.

Después, cuando la academia tiene que extender sus tentáculos hacia afuera o hacia abajo y arrastra semejantes vicios, suceden cosas como las de Burgos y sus bomberos. De las que evidencian que, en los peores casos, ya no importa conocer y cultivar, sino superar la más complicada de las posibles pruebas. Mandar, imponer, arrollar, presumir, bañarse entre multitudes dispuestas a paladear la sapiencia de uno (y a aplaudirla sin más crítica o cuestión).

Toda esa inoperancia que a veces germina aquí y allá, y que por fortuna no es generalizada, se limitaría a estorbar el desarrollo de unos cuantos estudiantes desafortunados de no ser porque la academia se infiltra, afecta a toda la sociedad. Y resulta, en ese contexto, que cuando todo lo peor de las rencillas académicas y toda la verticalidad de una doctrina ferviente se vuelcan en la política, la toman al asalto, el ambiente se enrarece y el debate público se corrompe. Es, exactamente, lo que un puñado de líderes con cinco millones de votos a sus espaldas están ofreciendo este fin de semana en Vistalegre. Una exhibición, no se confundan los términos, no de disensión y de planteamientos intelectuales diferentes, sino una enconada lucha de poder por llevar la razón. Por la letra, por la sangre y por orgullo.

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Actor y político
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Alejandro Carantoña | 06-02-2017 | 7:27| 0

A lo mejor el fichaje del actor Pepe Viyuela por parte de Íñigo Errejón, conocido este jueves, era lo suficientemente entretenido como para opacar que el Congreso de los Diputados ha puesto la primera piedra de un futurible Estatuto del Artista. Ese mismo día, aunque apenas haya trascendido, se aprobó la creación de una subcomisión en el seno de la Comisión de Cultura que en el plazo de un año tendrá que elaborar lo que es una necesidad urgente, destinada a reparar la precarización del sector y a facilitar una tributación justa.

En realidad, Viyuela figura el último en la posible lista de cargos dirigentes del partido morado, que se dirimirá (o no) en el Congreso de Vistalegre el próximo fin de semana. Es decir, que su relevancia parlamentaria tiende a cero de momento; no así la mediática, que se antojó divertida y caricaturizable desde que se conoció la noticia.

Lo mismo ocurrió con Toni Cantó en su día y con Felisuco en tiempos más recientes pero, chanzas aparte, estas incorporaciones deberían ser muy buenas noticias. Es evidente que algo de cosmético hay en poner a caras conocidas en primera línea de fuego, pero también que, de ponernos a debatir sobre ciertos asuntos, las voces de profesionales del sector implicados son muy de agradecer.

No es que nadie vaya a aportar soluciones definitivas a ninguno de nuestros problemas; pero sí es un pequeño grano de arena que toda vez que se abra un debate de cualquier tipo unas pocas opiniones sean informadas y conocedoras de una realidad que a sus señorías, por lo demás, les resulta completamente ajena: se pueden escuchar demandas y dormitar durante las comparecencias de personajes destacados, se puede incluso —eso parece— plantearse una rebaja del IVA a la Cultura hasta colocarlo en límites razonables. Se puede flexibilizar la contribución a la Seguridad Social, optimizar el funcionamiento de Hacienda. Se pueden parchear tantos desmanes como se quiera, que a la larga no habrá huella si no se avanza en sistemas y procesos más complejos y peliagudos.

Es el caso de un Estatuto del Artista, que se aspira a que sirva tanto a figurantes de cine a los que se paga en bocadillos hasta productores de alto nivel. Algo así abre la puerta a un reconocimiento de la intermitencia de los oficios culturales que impida prácticas extrañas, a sistemas de formación complejos y completos, a redes y garantías que conlleven la profesionalización efectiva del espectáculo. No nos pongamos nerviosos aún, no echemos las campanas al vuelo: la aprobación de la creación de una subcomisión solo conlleva su posterior tramitación, luego formación, luego trabajo, luego debate y, cuando estemos pensando en las próximas elecciones generales, alguna medida concreta.

Este solo es un paso, recoleto y secreto, en las entrañas de la maquinaria parlamentaria y ministerial. Los efectos aún quedan lejos, pero al menos nos queda que se vaya rompiendo el hielo, que quienes hace diez años se contentaban con decir cuatro cosas en los Premios Goya y desdecirse más tarde —léase «la ceja»— se planteen actuaciones más consecuentes y contundentes.
Su opción no es la única; ni siquiera es la mejor. Pero sí indica una preocupación creciente por ponerle el cascabel al gato por medios propios. Viyuela acabará por salir escaldado, si es que no se ha quemado ya; y coincidiremos en que Cantó puede dar por finiquitada su carrera como actor tal y como se había desarrollado hasta incorporarse a UPyD. Que estos sacrificios sirvan, al menos, para que puedan aportar algo a los nuevos debates, que metan aire fresco, que el Estatuto —por favor, por favor— no quede en manos de oficinistas.

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Cerrado por silencio
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Alejandro Carantoña | 02-02-2017 | 12:47| 0

Casi más preocupante que el reciente cierre de Laboral Centro de Arte, que lleva un mes clausurado «para ahorrar», es que no haya sido noticia hasta ahora: quizás podríamos habernos plantado en marzo sin que nadie se diera cuenta. Esto, para empezar, evidencia la escasez de visitantes y la aparente falta de interés que suscita el centro. ¿Por qué?

El sábado 17 y el domingo 18 de diciembre de 2016 se celebró el mercadillo de Navidad en el Centro de Arte. El sábado, a última hora, la afluencia de público no era muy alta, pero sorprendía ver el aparcamiento adyacente a rebosar. ¿Dónde estaba toda esa gente? En el concierto de M Clan, que se celebraba en el teatro, a unos metros. Aquel mismo día soleado y hermoso, el Sporting había jugado contra el Villarreal en el Molinón: La Guía estaba llena de aficionados. Había actividad en el Jardín Botánico, y en los campos aledaños. Y un concierto en el también cercano Evaristo Valle, en Somió.

Si algo tenían en común todos estos acontecimientos, concentrados en pocas horas y en un par de kilómetros a la redonda, es que no había forma de saber del resto si se acudía a alguno de ellos. Que instituciones distintas no se hablen es poco deseable, aunque nos vayamos acostumbrando; pero que el Teatro y el Centro de Arte, que comparten paredes y gestores, no sean capaces de coordinar y retroalimentar sus actividades es una explicación elocuente a lo que está ocurriendo. ¿No se hubieran incrementado los visitantes al mercadillo (y por ende al Centro de Arte) de, por ejemplo, haberlo promocionado entre los asistentes al concierto, con la esperanza de que se asomasen un rato antes?

El problema de la contraprogramación institucionalizada y política es endémico en Asturias (afecta a orquestas, conciertos y obras de teatro, y museos por descontado). Llegó a su culmen cuando en Avilés, Oviedo, Gijón y Principado gobernaban fuerzas políticas distintas; y en las instituciones —como Laboral— en cuyo seno están condenadas a entenderse, los resultados son estos: un silencio atronador y un descontrol manifiesto de estrategias y rumbos.

Laboral, tras la traumática salida de Óscar Abril hace dos años y los juicios perdidos con varios trabajadores, se vio abocada a una larga travesía sin una cabeza visible, durante la cual optó por replegarse sobre sí misma y concentrarse en su faceta investigadora y de producción, antes que expositiva. En ese punto se encuentra ahora: con unas cifras de visitantes (que no usuarios) que no llegan a un tercio de las previsiones cuando se inauguró y una asignación presupuestaria muy mermada con respecto a sus inicios, lo preocupante no es que atraviese momentos difíciles, sino que los responsables (políticos) insistan en que todo forma parte de un cuidadoso plan, que todo está bajo control. Que este cierre ni siquiera es noticia.

Cuando se inauguró Laboral Centro de Arte, el 30 de marzo de 2007, los titulares recogían las palabras de Vicente Álvarez-Areces, que se refería al equipamiento como «palanca de la nueva política cultural». Las previsiones eran optimistas; los proyectos, abundantes; el diálogo y coordinación, una promesa cierta y transversal. Hoy, todo ha quedado reducido a una pelea por sobrevivir en el cortísimo plazo sin que se aviste un balance riguroso de esta década o se abra un debate de fondo.

Podrán argumentarse cambios de rumbo y dirección, la adaptación a un entorno económico imposible; sin embargo, esto no es más que el reconocimiento tácito de que Laboral corre el riesgo de desaparecer para siempre. Sería conveniente saber, entonces, si lo que está ocurriendo es en efecto algo medido, algo así como un plan de viabilidad, o si simplemente se están asfaltando culpas por si ocurre lo indeseable, lo irreversible.

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Especialinos
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Alejandro Carantoña | 29-01-2017 | 4:42| 0

El otro día, Carlos Alsina le preguntó a Mariano Rajoy cuál de las películas españolas nominadas a los Goya era su favorita. Rajoy dudó un instante, quizás tentado de decir un título al azar. Luego, reconoció que no veía cine («para mi desgracia»); que tenía que contentarse, en cambio, con leer novelas. Varios creadores reaccionaron, como era previsible, invitándole a que se aficionase al séptimo arte.

En las antípodas, esta misma semana a Joaquín Sabina le han caído palos a raíz de la publicación de su nuevo sencillo, Lo niego todo, entre otras cosas por su amarga queja por la voracidad del «tiburón de Hacienda». También ha sido la semana en que el editor y periodista Ramón González Férriz se preguntaba, en una columna, si los trabajadores del «mundo de la cultura» (signifique lo que signifique eso) merecen el estatus privilegiado que al parecer reclaman.

Todo ello, regado con las primeras polémicas que rodean a los premios Goya, que se entregan la semana que viene: Mediaset ha anunciado un boicot por el patrocinio de una marca, condenada, que entra en conflicto con uno de sus anunciantes; y el presentador Dani Rovira, a su vez, ha adelantado que no habrá política en la gala.

Bien agitado, el cóctel resultante da una medida precisa de la cada vez más complicada relación de Gobierno e instituciones con eso que Férriz llama «el mundo de la cultura»: Rajoy no tiene que ir a ver cine porque le guste más o menos, porque tenga más o menos tiempo, sino porque es su obligación. Igual que lo es leer libros, acudir al teatro, escuchar conciertos y visitar museos, anunciar infraestructuras o visitar ganaderías. Sí, el «mundo de la cultura» merece un trato especial.

No mejor, sino especial, distinto de todos los demás, porque se trata de un sector distinto de todos los demás, aunque igual de estratégico en la configuración de cualquier cosa. En él residen las respuestas a tantas y tantas cuestiones y, en efecto, está regido por unas normas muy particulares. Es un ámbito nivelado por lo bajo, obviado desde la fiscalidad que trata a las letras, las artes escénicas y las pictóricas exactamente igual que a la fabricación de chorizos o al cultivo de cereales; y ninguneado desde el punto de vista administrativo: se reparten ayudas y se diseñan modelos de inversión mucho más específicos, adecuados y abundantes en cualquier otro campo. ¿Por qué?

La culpa es de Sabina y del cine español, arguyen muchos. De la tribuna política, de la verborrea opinatoria de los más visibles, que han convertido al «mundo de la cultura» en una camarilla de personajes ideologizados, prescindibles, quejicas y ajenos a lo que pasa en el mundo real. Esa costra, que supone un porcentaje ínfimo de quien vive por y para la cultura, ha servido para escamotear una perspectiva total y para ahuyentar el entendimiento para con esta realidad compleja: en cambio, nos vemos sumidos en unos vaivenes insoportables según soplen los vientos políticos.

En eso, el «mundo de la cultura» sí es profundamente especial: especial porque es el único en el que no existe un suelo que ningún gobierno se atreverá a traspasar (se arrasan equipamientos e iniciativas con una alegría pasmosa), ni un techo que otros atraviesan con igual entusiasmo en los tiempos de bonanza. Es el más desorientado, el menos fijado, el más salvaje en sus subidas y bajadas. Ya que es pedir demasiado que el Ministerio de Cultura ejerza como tal, bajo cualquier circunstancia y color, que al menos no lo sea que el presidente vaya al cine. Eso no es tanto pedir.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.