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Autor: alejandro.carantonna
Tacto
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Alejandro Carantoña | 19-10-2015 | 9:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Un amigo medita sobre un error valiosísimo: «Logré entender que me la di por entrar como un elefante en una cacharrería. Hay que observar primero y reaccionar después, con calma», aprendía.

Una reflexión así valdría para casi cualquier orden de la vida, pero quizás esta semana que empieza, más que nunca, haya que aplicarla a los baños de masas y a los paseíllos multitudinarios, que parecen haberse convertido en la última moda de la batalla institucional. El presunto clamor de un lado y de otro que nos ha ensordecido durante esta última legislatura, para entendernos, se han convertido en la carta blanca que parece justificar cualquier enfrentamiento, ruptura, fractura o postura incluso.

Y no va solo la cosa por el ensimismado trasiego de Artur Mas de camino a declarar ante el juez esta misma semana, sino al revuelo organizado en torno a los Premios Princesa de Asturias, que ya han comenzado y que prometen polémica a raudales —para asombro de los premiados e invitados— a lo largo de la próxima semana.

Es la primera ocasión que el tripartito de izquierdas ovetense ha tenido para tomar postura ante un acontecimiento que se pretende, ante todo, cultural, pero obviamente impregnado de connotaciones políticas, ideológicas e institucionales.

Las últimas declaraciones han sido confusas, o quizás matizadas —es donde cabe más de una interpretación donde cada cual entiende lo que quiere entender—: Ana Taboada, vicealcaldesa de Oviedo (Somos), dijo que ceder espacios a los Premios, sí, pero que entregar dinero, no: que se lo paguen. Así, ha surgido una polémica sustanciosa y se ha caldeado el ya de por sí poblado manifestódromo de La Escandalera para el próximo viernes.

El resultado de estas declaraciones (y la airada reacción de Graciano García, director emérito vitalicio de la Fundación), volviendo a la sabia lección, ha sido ante todo de ruptura, de enfrentamiento. Quizás a medio plazo sea un resultado constructivo, pero por lo pronto se ha puesto en contra a todo un sector de la sociedad que, para empezar, disfruta con los Premios y los apoya; y, para seguir, rechaza frontalmente que lo eduquen o lo reconduzcan.

No se trata aquí de evaluar si a los Premios se les deben otorgar 350.000 euros, 350 o 350 millones de subvención; ni siquiera de plantearse su existencia o su oportunidad en el tiempo en que vivimos. Simplemente, en los albores de esta revisión profunda de lo que es Oviedo y lo que se quiere que sea, toca hablar de los tiempos y del tacto. Del arraigo —o del enquistamiento—, del diagnóstico, del cálculo.

Seguro que ni Taboada ni nadie en la nueva Corporación, que tiene a gala un programa de cambios de calado en la cultura de la ciudad, quieren perder a un solo actor de los que participan de ella, se llame como se llame y sean cuales sean sus preferencias. Seguro que empezar la construcción de su Oviedo prometido no empieza por expulsar o extirpar a nadie ni a nada, sino que tiene como fundamento la conciliación, el diálogo y la toma de decisiones comunes.

Por eso, por muy cargada de razón o muy aclamada que sea una propuesta; por muy democrática y justa que sea, su implantación siempre tiene que comenzar por el principio: por la seducción. Ante todo, tacto.

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¿Quién es Svetlana Alexiévich?
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Alejandro Carantoña | 12-10-2015 | 11:55| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Lunes. Prácticamente nadie en España sabe quién es Svetlana Alexiévich, pero suena fuerte en las apuestas para el Premio Nobel de Literatura 2015. Martes. Alexiévich es bielorrusa y encabeza las quinielas. Miércoles. Ya es Alexiévich, y su apellido debería sernos tan familiar como el de Murakami, el Meryl Streep de las nominaciones al Nobel —Mery Streep ha ganado el Oscar solo tres de las diecinueve veces que ha sido nominada: Murakami es el eterno casi ganador del premio Nobel de Literatura—. Jueves, Alexiévich gana el Nobel de Literatura. Y para entonces ya está consolidada como «Alexiévich» (¿se escribe así?) o, como escribía apresuradamente en Twitter un periodista cultural madrileño, «la Kapuscinski bielorrusa». Muy elocuente.

Dice Wikipedia que solo existe una traducción al español de su obra, la de Voces de Chernóbil, escrito en 1997, editado en España solo después de que recibiese el premio de la crítica en Estados Unidos, casi una década más tarde. A la hora de la concesión del Nobel, ocupaba el puesto 14.015 en el listado de libros más vendidos en Amazon.

Es muy probable, por no decir seguro, que tanto este único libro publicado en español como todo el resto de la obra de Alexiévich hayan marcado un antes y un después en la literatura universal. No en vano, es muy, muy poco habitual que el Nobel de Literatura recaiga en gentes preocupadas por escribir no-ficción antes que novela o poesía, así que algo tiene que haber en la creación de Alexiévich que valga la pena descubrir. Valga el Nobel, así, para hacerlo.

Con todo, y desde el más absoluto desconocimiento de quién es esta autora o en qué consiste su trabajo, me pregunto si hubiéramos oído o sabido de ella de no haber sido localizada y traducida por alguien en Estados Unidos, nuestro proveedor oficial de culturas exóticas. Es más, posiblemente ni siquiera la trayectoria atesorada por Alexiévich en un país tan cercano (¡y lejano!) como Francia hubiese servido para que se convirtiera en un nombre familiar para nosotros.

Hoy, domingo, ya es tarde. Porque desde el jueves es Alexiévich y es una de las cronistas más importantes de la historia del universo mundo, aupada por el jurado de un premio tremendamente prestigioso a los anaqueles del recuerdo. A las 13.03, hora española, quedó prácticamente prohibido reconocer que no se sabía quién era esta mujer y cuáles eran los focos de su trabajo: todos han corrido mucho para escamotear, bajo la alfombra, el hecho de que nadie le hubiese prestado atención hasta este momento.

La prueba fehaciente es la urgencia con la que van a empezar a aparecer traducciones de libros suyos (antes de Navidad, posiblemente, y retraducciones, casi seguro), y esto es algo que debería hacernos reflexionar a quienes hacemos, amamos y consumimos libros todos los días: ¿cómo puede ser que entre las decenas de miles de libros que se publican anualmente en España no haya habido más espacio que ese, raquítico, que ocupa un volumen de poco más de 300 páginas? ¿Cómo puede ser que el periodismo cultural y literario, tan global y cultivado, no haya tenido tiempo u oportunidad de reproducir una de sus crónicas hasta este momento?

Así, que aún hoy nos estemos preguntando quién es Svetlana Alexiévich solo puede significar dos cosas: o bien que a quienes entregan el Nobel se les ha averiado la máquina de razonar, o bien que nuestro sector editorial se ha caído con todo el equipo en su tarea de localizar, traducir y proponer excelencia. Solo lo sabremos cuando hayamos contestado a la pregunta crucial: ¿Quién es Svetlana Alexiévich?

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Ozores, al fin
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Alejandro Carantoña | 05-10-2015 | 9:00| 0

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Quizás haberle dado a Antonio Banderas el Goya de Honor el año pasado lo haya precipitado todo. Y quizás esa decisión —darle el premio a toda una vida a un actor de 55 años— sirviese para hacer inventario de ancianos mucho más ancianos, olvidados en el olimpo del cine español, a los que había que premiar antes de que empezasen a morirse.

Al ponerse a rebuscar, allí, en un rincón, aparece un señor de labios graciosos y característicos, muy, muy mayor: es Mariano Ozores y tiene 88 años. Si en cada año que lleva vivo hubiera rodado una película, aún le faltarían nueve (su filmografía está compuesta por 96 títulos), y por cada año que lleva vivo, un millón de personas ha ido a un cine a comprar una entrada para ver una película dirigida por él. Ahí es nada.

La noticia ha sido de esas que tienen más eco y desatan más entusiasmo entre sus propios colegas de profesión que entre el común del público: esto, este cariño entre los que hacen cine antes que entre quienes dicen ir a verlo, pone sobre el tapete dos realidades tan incómodas como injustas.

Primera, que Ozores era un genio sin cortapisas al que el tiempo no ha sabido premiar en condiciones. Un genio por el reconocimiento que le brinda toda una generación de actores, directores y creadores, y un genio por su grado de productividad, de atractivo para el público que inundaba las salas por y para sus películas.

Segunda, o bien el público no tiene memoria o bien se han vuelto unos estirados sin remedio. La crónica de cualquier periódico al día siguiente de la concesión del premio (o sea, el viernes) está teñida de una condescencia insultante, apresurándose a explicar que todo tiene un trasfondo sociológico y haciendo de menos al valor cinematográfico de la producción de Ozores.

Porque con Alfredo Landa o José Luis López Vázquez, actores ambos que también recibieron sus Goyas de Honor, se podía esgrimir aquello de la versatilidad y del alucinante contraste entre el típico papel dramático crepuscular y las comedias alocadas de juventud. Con Ozores no: Ozores siempre ha sido incómodo por esas dos verdades, porque daba al público lo que quería y nunca ha hecho daño a nadie con ello —esto es importante, porque marca la diferencia con la telebasura que facturan hoy las televisiones—.

Profundizar en las razones de su humor o ponerse a descifrar las películas de Gracita Morales desde una perspectiva histórico-social es lo único que queremos saber hacer, como niños avergonzados tras revolcarse en un charco de barro. Ozores, sencillamente, escogió un camino creativo que casa mal con la intelectualidad a marchas forzadas que venimos tratando de imponernos desde finales del siglo pasado, igual que ha ocurrido con la revista (ahora se llevan los musicales), con la zarzuela o con el entretenimiento más puro y más duro.

De esta quema de lo «popular» se ha salvado, y por los pelos, Lina Morgan; posiblemente porque el esnobismo biempensante sí podía tolerar el perfil de mujer luchadora y trabajadora. Pero Lina —«mi Lina», que dijo aquel— no abrió ni un solo suplemento cultural con su fallecimiento. ¿Cuántos, ahora, merecerá el cine de Mariano Ozores?

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Manolo, el catalán
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Alejandro Carantoña | 28-09-2015 | 9:00| 0

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Bastó con que Pemán escribiese Mis almuerzos con gente importante para que a Manuel Vázquez Montalbán, tiempo después y ya en plena democracia —en los primeros 80—, le diese por crear esa genialidad que es Mis almuerzos con gente inquietante, reverso irónico y mucho más interesante. El libro de Montalbán, que todo periodista debería leer, es un paseo gastronómico razonado por una amplia colección de personajes que le inquietan y un bofetón elegante a la escritura institucionalizada y dócil. Es decir, Bibi Andersen, el duque de Alba, Jesús Quintero, etcétera. Y es, contra todo pronóstico, fascinante. Es una foto fija (y quizás involuntaria) de la Cataluña inmediatamente posterior a la Transición.

Igual que ese libro descolla entre los demás cada cierto tiempo, resulta que también van apareciendo, desperdigadas, novelas de la serie Carvalho oportunamente: El premio, Los mares del sur… Desapercibidos, humildes pero constantes, los libros de Montalbán, como una gota malaya: la foto fija (y de involuntaria no tiene nada) de todas las cataluñas posibles, hasta llegar a esta. La de este domingo.

Cuando era realmente muy pequeño me hice una foto con Manuel Vázquez Montalbán en la Feria del Libro de Madrid. Y lo cuento solo con la reverencia de quien ha podido pasar cerca de un héroe desaparecido, y no con la intención de escribir lo que queda de esta columna refiriéndome a él como «Manolo», que es lo que hacen esos aduladores que alguna vez se lo han cruzado comprando el pan y a los que les ajustaría las cuentas, debidamente, en novelas como ‘El premio’.

El caso es que aquel señor tan grande y que siempre ha escrito tan claro y ha comido tan bien era, en aquellos tiempos y en los inmediatamente siguientes a su muerte (en 2003) el tipo de faro y referente catalán que está en vías de extinción: Josep Pla hace tiempo que calló; las viñetas de Bruguera son, como mucho, un acto de nostalgia; Marsé sigue recluido en su rincón; Vila-Matas ya ha cumplido con su deber; y así se dibuja un largo etcétera de silencios o de relevos generacionales que, puede que simbólicamente, ha culminado esta semana con la defunción de Carmen Balcells.

La colección de personajes variopintos, e inquietantes como diría Montalbán, han dejado su plaza a un paisaje de voces mucho más uniforme y superficial. Los columnistas se han vuelto cortoplacistas y despreocupados; los autores, salvo contadísimas excepciones, nos han dejado huérfanos de opiniones contundentes y transparentes, y han perdido el nervio identitario para sobreponerse al ruido.

Ocurra lo que ocurra hoy en las urnas, la cosa es esperpéntica y el grado de manipulación del discurso se ha vuelto casi insoportable. No desde una perspectiva política, ojo, ni siquiera retórica: simplemente intelectual y literaria. Hace tiempo que cuesta disentir de un punto de vista, de una línea editorial, sin perderle el respeto a quien esté detrás.

Cabía la posibilidad de que esa decencia, esa coherencia casi suicida, fuese recogida por quienes alguna vez, en su juventud, pudieron tener a Montalbán por maestro e incluso hubiesen recibido bula para llamarle Manolo. Que hubiesen sido investidos para tomar las riendas (intelectuales, se entiende) de todo lo que estaba ocurriendo y estaba por ocurrir. Pero no ha sido así: solo de este modo se explica que hayamos llegado a esas bochornosas peleas de banderas y esperpentos varios. Solo se explica por haber perdido (y hay que volver a él) a Manolo, el catalán.

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Humor o naufragio
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Alejandro Carantoña | 21-09-2015 | 9:00| 0

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Mucho se ha escrito —y demasiado se ha dibujado— sobre la fotografía del niño sirio muerto, ese que ya tiene un nombre y un apellido que se repite con demasiada familiaridad. Agotados del niño, a por lo siguiente: el refugiado de la zancadilla y la reportera húngara más famosa de la Historia.

En este juego tan banal, en este paseo de anécdota en anécdota sin entrar en el debate de fondo, no se sabe muy bien qué hace que el respetable se aburra de un tema y pida otro con voracidad. Quizás los temas se agoten cuando la cosa se empieza a complicar, esto es, cuando los periodistas rigurosos empiezan a rascar el trasfondo y toca entrar en matices. Ese es el momento elegido para cambiar de tercio.

Es lo que ocurrió con el niño: que todo estaba tan dicho que solo quedaba desmontar la foto, la foto en sí, o empezar a desbarrar. Esto último es lo que ocurrió en Francia, donde Riss firmó dos bromas utilizándolo como leitmotiv: la primera, muy gráfica, muestra al niño con un cartel de McDondald’s que reza: «Dos menús infantiles por el precio de uno»; la segunda dice: «La prueba de que Europa es cristiana: Los cristianos caminan sobre las aguas; los niños musulmanes, se hunden».

Es muy difícil leer este humor a este lado de los Pirineos, pero en Francia, aparentemente al menos, se estila mucho: Un famosete de medio pelo saludó la celebración de Sergio Ramos de la victoria española en baloncesto del jueves con una fotografía del 11-M. Ja, ja.

Pero volvamos a los dos chistes con el niño muerto. ¿Saben quién los publicó? ¿Dónde? Efectivamente, fue en Charlie Hebdo el pasado 9 de septiembre y Riss, que los firma, es el actual director del semanario tras los atentados de enero. Esta vez, aparte de cundir como reacción una solemne lluvia de amenazas legales, también parece haber prendido el eslogan opuesto al de aquel frío mes de enero: Ahora, «Je ne suis pas Charlie» se lleva más que su contrario.

Sería muy provechoso, aunque ahora no interese y estén más candentes otros temas (Cataluña, el toro de la Vega, las elecciones generales, Podemos, etcétera, ¡qué sueño!), que alguien preguntase a alguno de los millones de líderes y no tan líderes mundiales que se manifestaron en París aquel día: «¿Qué opina de esta viñeta? ¿Volvería a dar su apoyo a Charlie Hebdo

El mandatario, quien fuese, diría que la libertad de expresión es una cosa muy europea, pero a la vez —a menos que tuviese en muy poca estima su trabajo— tendría que escandalizarse un poquito. Luego empezaría a echar humo por las orejas. Finalmente, y casi con toda seguridad, le estallaría la cabeza.

Es difícil asegurar sin más contexto cuál es la intención profunda de esos dos chistes, pero posiblemente incluya, entre otras, la de volver a muchos contra el espejo. A muchos de los que hace tan solo nueve meses, que es muy poco tiempo, eran incapaces de decir bien alto que no eran Charlie pero que eran mucho menos partidarios de los matones asesinos. Posiblemente una de las intenciones —o eso espero, porque si no la cosa tiene difícil explicación—fuese que todos los millones de suscriptores que quisieron mostrar que les encantaba una revista que no conocían en absoluto sientan auténtica repulsión; que quizás asuman que es posible (y necesario) aborrecer lo mismo que se respeta. Pero como tampoco es cuestión de pararse a pensar mucho, ahora solo cambiaremos de tema. Ahora, solo, cambiaremos de canal. Y a otra cosa.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.