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Autor: alejandro.carantonna
Europa, la insensible
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Alejandro Carantoña | 07-09-2015 | 9:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.
Lo peor no es lo que nos remueve, sino que no hayamos podido dejar de sentirnos culpables. La foto, la foto que todos hemos visto esta semana, la foto del niño ahogado en la playa que ha abierto prácticamente toda la prensa y sobre cuya oportunidad hemos hablado más de la cuenta estos días.

La foto de la vergüenza, la foto que ha sacado a relucir lo insolidarios que hemos sido. Con ella, se despierta un sentimiento de culpa inmediato por no haber hecho nada hasta ahora; y también uno mayor ahora que nos movilizamos deprisa y corriendo. Ese sentimiento de culpa crecerá aún más cuando, dentro de un año, hayamos olvidado toda la voluntariedad de occidentales que estamos sacando a relucir ahora.

La pasividad política nos exaspera: cuando ocurren estas cosas, parece que nos damos cuenta de pronto de lo insensibles y cómodos que nos hemos sentido al dejar olvidada en un despacho nuestra solidaridad y, lo que es más grave, nuestra propia sensibilidad de seres humanos.

Aunque en un primer momento el cuerpo nos pida apelar a esas estructuras e instituciones —las políticas— para canalizar la ayuda, desde este rincón de las páginas de Cultura conviene recordar, más allá de todo lo dicho por quienes saben de migraciones y geopolítica, que corren muy malos tiempos para la sensibilidad y las emociones. La frivolidad, la superficialidad y la urgencia nos han sumido en un tiempo oscurísimo, en un tiempo en el que ya ni las novelas ni las sinfonías parecen tener el poder de cambiar el mundo o tener nada que ver con ese niño y con tantos otros miles.

Debería darnos la misma vergüenza, ahora, mirar atrás y ver que en tiempos mucho más lúgubres y primitivos que estos las guerras se libraban en los campos de batalla, pero también que se ganaban —en las conciencias, al menos— mediante aldabonazos que solo podían surgir de una pluma o de un cincel.

Antes, por aquel entonces, esto que hoy llamamos Cultura apenas tenía nombre, y aún estaba muy lejos de ser una cosa institucionalizada y de la que casi parece de mal gusto hablar en tiempos de penuria. Por aquel entonces casi mitológico, se daba por hecho que alguien seguiría escamoteando cuadros a un régimen asesino o seguiría, con terquedad, tratando de poner en pie una Enciclopedia de corte tan científico como intelectual, porque lo que hoy llamamos Cultura era consustancial al ser humano.
Mentar a los poetas solo se convierte en un acto de egoísmo cortoplacista cuando o bien no los tenemos buenos, o bien no sabemos apreciarlos: es lo que está ocurriendo hoy, aquí y ahora, cuando solo sabemos mirar a los periódicos, opiniones, gobiernos y púlpitos para evaluar o sentir una imagen tan estremecedora como la que nos ha encharcado los pulmones de rabia esta semana.

Antes, por aquel entonces mitológico, acudiríamos a algún otro faro, a algún faro alegórico, literario o musical para entender y repudiar la crisis que empieza a lamer nuestras fronteras. Hoy deberíamos poder acudir a esa novela que no habla necesariamente con los datos en la mano, sino que es capaz de verbalizar por nosotros la maraña de sentimientos que nos atenaza. Hoy deberíamos poder mirar un cuadro, escuchar una música que, a través de la más pura e inocente de las bellezas, nos despojase del miedo a plantarle cara lo peor de nosotros mismos. Necesitamos espejos que nos pongan contra las cuerdas: El drama, sin ellos, se hace mayor todavía.

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Aprenda quien pueda
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Alejandro Carantoña | 31-08-2015 | 9:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Aquel viernes de diciembre de 2013, Aarón Zapico, profesor en el conservatorio de Oviedo, tenía permanencia —una jornada laboral sin clases—. Tenía que salir antes de tiempo, un par de horas antes del trabajo, en el último día antes de las vacaciones de Navidad. Se dirigió a la administración para pedir un permiso. Se lo denegaron: si salía antes, debía renunciar a su plaza como profesor de clave. ¿El motivo de los novillos? Cruzar la plaza de la Corrada del Obispo, doblar la esquina a la derecha y entrar en la catedral: Tenía que dirigir a la Orquesta Sinfónica del Principado en el Mesías de Haendel en la catedral.

Este año, Aarón —el mayor de los tres hermanos que integran el núcleo de Forma Antiqva— ni siquiera ha solicitado una plaza a la que sabe que tendrá que renunciar dentro de un mes, o de dos, en cuanto tenga que dar un concierto que interfiera con su labor docente. Y como él, tantos otros: en Asturias, quienes interpretan y enseñan tienen que hacer malabarismos, a menudo meterse en un insondable pozo administrativo y, casi siempre, acabar renunciando a la docencia reglada.

Esta misma semana, él no ha sido el único atropellado por la desidia política en la enseñanza de artes —musicales, en este caso— en el Principado: al filo de los plazos, la Consejería publicaba los destinos de los profesores interinos para este curso, recibiendo diecisiete de ellos, por error, plaza en el conservatorio de Oviedo cuando deberían cubrirse en el de Gijón. Un error lo tiene cualquiera, pero en lugar de arreglarlo con la máxima presteza, lo que ha seguido es un sainete de tintes informático-administrativos y el consiguiente anuncio, por parte de la Consejería, de que no se subsanará hasta mediados de septiembre, en segunda convocatoria. Esto significa que los diecisiete profesores no podrán realizar los exámenes de septiembre. O que el alumnado tendrá diecisiete profesores menos.

Por mucho que este proceso se ajuste punto por punto a la legalidad, el resultado es un desconcierto generalizado entre quienes quieren aprender música; unos mecanismos oxidados, y de dimensiones soviéticas, que escamotean cualquier control de calidad; y, sobre todo, una carrera de obstáculos para quien quiera y pueda enseñar: porque las plazas publicadas in extremis, a diez minutos de empezar el curso, pueden conllevar mudanzas y traslados de ciudad de la noche a la mañana.

En España, la enseñanza musical de todos los niveles es como un preadolescente entusiasta atrapado en el cuerpo de un anciano achacoso, de uno que se mueve con dificultad y que no cuenta con ayuda: no puede ser que se castigue la trayectoria profesional, o la experiencia, o la voluntad, o la juventud, o el entusiasmo, cuando son el mayor de los tesoros para un alumno que empieza: ¿Qué mayor acicate hay, para el que duda de sus capacidades, para el que no quiere practicar, que saber que algún día podrá tocar en salas de conciertos o en orquestas o en televisión? ¿Qué mejor ánimo y ejemplo que el que sale del aula, del propio conservatorio?

Lo más sangrante de todas estas situaciones es que han resultado en toda una generación —y vamos camino de la segunda, o quizás de la tercera— de músicos frustrados, si no mediocres, salvo un puñado de obstinados o afortunados que acaban por sobrevivir a un sistema tan injusto como aparatoso. Y lo más sangrante es que ellos, los que llegan a la otra orilla en una milagrosa alineación de apoyos voluntariosos, figuran en lo más alto de la lista de hitos de una política cultural, y educativa, que ya lleva demasiado sin hacer nada por ellos.

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Metaintolerancia
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Alejandro Carantoña | 24-08-2015 | 9:00| 0

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Lo hemos visto ocurrir infinidad de veces. Es como un efecto mariposa ideológico: alguien dice —o piensa, o ambas cosas— algo y el aleteo de sus neuronas acaba por desencadenar aquello que se vende como desencuentro, pero que no tiene otro nombre más que censura; y censura, encima, de la peor clase: la ideológica.

Le ha ocurrido (y des-ocurrido) al artista estadounidense de origen israelí Matisyahu, cuya participación estaba anunciada para el festival Rototom, que se celebra este fin de semana en Castellón. La fecha se acercaba y empezaba a tomar cuerpo la presión ejercida por el grupo BDS (Boicot, desinversión y sanción a Israel) en la región. Muchas gestiones y cinco cancelaciones de otros artistas después, la organización del Rototom optó por supeditar la participación de Matisyahu a que este emitiese un comunicado condenando las acciones militares israelíes en Gaza y reconociendo el estado palestino. Matisyahu ni siquiera contestó. Fue descartado. A pocos días de empezar el festival, el Rototom se disculpó y dio marcha atrás. Al cierre de esta columna, estaba previsto que actuase en el festival, después de todo.

Lo ocurrido con Matisyahu no es nuevo —más bien frecuente en los últimos tiempos—, y precisamente en un reportaje publicado en The New Yorker esta misma semana le ponían nombre al fenómeno. Kelefa Sanneh, que firmaba la pieza, recogía el término propuesto por Kirsten Powers: quedaba bautizado como «metaintolerancia», un (peligroso) mecanismo lógico según el cual la intolerancia es aceptable cuando está dirigida contra alguna forma de intolerancia.

Es de lo más dañino porque, como relata Sanneh, se trata de un sistema de censura y condena pública que está al margen de las leyes, y que se sirve solo de la publicidad y de la acción (a veces del escarnio) para hacer valer un punto de vista determinado.
Aquí lo hemos visto en tiempos recientes: en octubre de 2013, Albert Pla dijo a ese periódico: «A mí siempre me ha dado asco ser español […]. Me gustaría que los catalanes fuéramos independientes y que en Gijón se estudiase el catalán por cojones.» A renglón seguido, el equipo de gobierno de Foro decidió rescindir el contrato de alquiler del Teatro Jovellanos (cuando Pla, encima, iba a taquilla, conque el consistorio ni siquiera se estaba jugando los dineros en la operación). Intolerancia contra el intolerante.
Pocos meses después, la Policía acabó cargando contra una manifestación convocada a las puertas del mismo teatro para boicotear a la compañía de danza israelí Sheketak. Y protestaban por el mero hecho de que los bailarines fuesen israelíes —o sea, intolerantes—, según reconoció al día siguiente de los altercados el portavoz de Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Gijón, Francisco Santianes: «No tenemos nada en contra de ese grupo, ni sabemos qué pensamientos tiene», reconocía en este periódico el 26 de julio de 2014, antes de justificar el boicot.

En los tres casos, alguien se apropia de la razón, y lo hace sin basarse en ningún precepto recogido en nuestro ordenamiento jurídico, sino en aquellas convicciones que estiman correctas. Actúan en consecuencia, siempre dentro de la legalidad, pero bordeando la frontera de la censura y poniéndole algunos palos en la rueda a la libertad de expresión de los unos, de los otros y, sin saberlo, a la suya propia.

Entre tanto ruido, al final, fue el representante de Pla quien fue a dar el clavo con el diagnóstico más preciso: «Las gentes del teatro», dijo, «tienen derecho a desvariar». Y casi, casi, tienen el deber de hacerlo. Aunque no nos guste.

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Más caléxicos
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Alejandro Carantoña | 17-08-2015 | 9:00| 0

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Aun cuando creíamos haber huido lo suficientemente lejos de la actualidad —hasta los confines de agosto—, nos seguía pisando los talones. Ni siquiera aquí, a orillas de la Costa Verde, hemos logrado sortear durante estos meses de verano la enésima y aburrídisima polémica política: primero fue la Semana Negra; y ahora, como nueva incorporación que va ganando enteros en la clasificación, las declaraciones de Carlos Zúñiga, el empresario de la plaza de toros de El Bibio, de Gijón, que fue a meterse en un berenjenal de órdago por su cuenta y sin ayuda. Muy meritorio: «Las fiestas del Orgullo Gay sí que hacen daño a la vista de los niños», dijo.

Semejante salida de tono provocó un incendio en la planta noble del Ayuntamiento de Gijón, que Zúñiga se ha ido ocupando de apagar con abundante gasolina a lo largo de la semana, hasta darle, así, dimensiones institucionales y políticas de primer orden, manifestaciones, manifiestos y enfrentamientos incluidos.

Este tipo de cosas —los toros, la Semana Negra, la franja azul de la camiseta del Sporting, etc.— parecen ser la sal y la pimienta de los meses de verano, como para no perder la forma polemista en vacaciones. Y, sin embargo, de la arena del debate ha vuelto a quedar excluida, un año más, la cuestión más central y más importante de todas: el modelo de verano que queremos, la forma y diseño que queremos darle, proyectar hacia el exterior y usar como polo de atracción o distracción estival. Nos hemos vuelto a perder en naderías que no merecen mucho más que veinte segundos de atención.

Porque en cambio el concierto de Caléxico del pasado jueves en la Plaza Mayor, abarrotada y quizás insuficiente para la magnitud del evento, dejará un regusto agradabilísimo durante años —sonido redondo, clima clemente, expectativas superadas—. Y todo con un volumen potente y una cerveza en la mano, gravísimos atentados cívicos, ambos dos, permitidos por bula municipal durante las fiestas de la ciudad, como haciendo la vista gorda en honor de la patrona.

Mientras tanto, y a pocos metros, el gobierno municipal ha vuelto a sacar la artillería administrativa para hacer cumplir los horarios de cierre de algunos bares del Centro y de Cimavilla, verificar las licencias de música amplificada y abortar la música en directo espontánea, amén de seguir posponiendo el irresoluble y esquizofrénico problema del consumo callejero de alcohol en esta tierra sidrera.

Así, la forma que adquiere la Semana Grande es la de espacio de libertad o relajación de las normas, como mucho, en el que se polemiza por cuestiones más políticas que culturales. Por lo demás, sigue sin plantearse con claridad y definición qué hacemos con quienes pretenden participar de la Semanona al margen de su programación o plantear alternativas a su oferta. En ningún caso se debe levantar la mano temporalmente con lo diferente; en cambio, está claro que en Asturias en general y en Oviedo, Gijón y Avilés en particular hay una urgencia por hablar de la noche, de los conciertos, de los bares y por llegar a soluciones algo más sutiles que el reparto de denuncias. Es de locos que en un sitio se pueda beber, gritar y corear mientras que a pocos metros y simultáneamente llueven las multas por poner discos o tocar canciones, que las odiosas y nocivas despedidas de soltero puedan campar a sus anchas mientras que la música en directo, y diferente, languidece y perdemos cantera: que los Caléxico —que en mi opinión son ejemplo de proyecto atractivo o, al menos, diferenciador con su presencia en la ciudad—, algún día, también tocaron en un bar.

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Un político en la ópera
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Alejandro Carantoña | 10-08-2015 | 11:05| 0

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Wenceslao López, en calidad de alcalde, eligió llevar traje, disfrutar de la ópera y luego señalar que, así y todo, ese título especial fuera de la temporada regular de ópera carbayona era demasiado caro para la ciudad de Oviedo. Ocupó, junto a Roberto Sánchez Ramos —concejal de Cultura—, el palco municipal del Teatro Campoamor, presidiendo así la primera de las dos funciones de Falstaff, de Verdi, el pasado viernes 31 de julio.

Un espectáculo, dijo a posteriori, impresionante, pero cuyo coste juzgó «excesivo» (se han publicado cifras que superan el medio millón de euros de inversión pública). Aún no se ha hecho público el balance económico definitivo ni la venta de entradas.

El sábado también había algún político en la sala. Aunque en su tiempo libre y, por ello, sin que haya trascendido el gusto (o disgusto) del diputado en cuestión con lo que ocurría sobre el escenario y en el foso, ni tampoco su opinión sobre dineros, políticas, y todo aquello sobre lo que poco o nada hay que decir desde el momento en que Muti alzó su batuta.

Nuestro diputado, vestido de polo y pantalones ligeros, escogió ocupar su asiento —en la zona intermedia del teatro— con una antelación que dejaba entrever una mezcla de ritual y de discreción: ni él ni su acompañante salieron al concurrido y muy sociable vestíbulo del teatro en las dos pausas que incluía la función.

Por eso de querer buscar la discreción, porque era en su tiempo libre y, sobre todo, porque de saber su nombre y siglas quizás el acto se cargaría de connotaciones, no diremos de quién se trataba. Solo que es de izquierdas, que ha acreditado su preocupación por asuntos de índole social y que pagó su entrada. Aplaudió al término y, hasta donde podemos sospechar, disfrutó del espectáculo.

Angela Merkel es conocida en Alemania por haber rechazado, siempre y con un rigor estereotípico, las invitaciones a los teatros de ópera de su país. Siempre paga lo que haya que pagar —es una melómana reconocida— y aguanta estoicamente el tipo en los incómodos asientos del festival de verano de Bayreuth, la meca wagneriana (en la apertura de este año, de hecho, se rompió la silla que ocupaba poco antes del descanso).

Manuela Carmena también salió del armario operístico, al poco de ser elegida alcaldesa de Madrid en las últimas elecciones municipales, tras una reunión con los responsables del Teatro Real de Madrid, en la cual les anunció que el ayuntamiento renunciaba a su palco para que la institución pudiese venderlo e incrementar sus ingresos de taquilla.

Aquí, sin embargo, en este Campoamor que sigue teniendo su palco municipal en una posición que preside más el patio de butacas, la «socialité», que el espectáculo en sí, no son muchos los cargos públicos que se han dejado ver por las lides líricas. Y quienes se han declarado culpables del «guilty pleasure» carbayón por excelencia lo han hecho, casi siempre, por motivos ideológicos o de prestigio social en determinados ámbitos. Pocos por motivos artísticos: otro célebre sindicalista ha sido avistado en butaca de general, en la última planta, entrada pagada y en la mayor de las discreciones, de nuevo.

Sería tremendamente positivo que, por encima del ruido que envuelve a la lírica, algunos de ellos —nuestro diputado, nuestro sindicalista— recogieran el guante y dieran un paso al frente; que lo dijeran, que se significasen. Que quedase claro que la ópera puede acoger a cualquiera. Que dejasen claro que esto es, ante todo, cultura, no política. Música, no ruido. Que se adueñasen de ello.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.