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Autor: alejandro.carantonna
Ahora en serio
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Alejandro Carantoña | 12-01-2015 | 10:00| 0

El terrorismo, como ese que lleva sacudiendo nuestro mundo desde el miércoles (porque no, no se ha acabado), tiene muchas cosas, pero no tiene una definición. En más de setenta años, la ONU no ha conseguido llegar a un consenso, de modo que muchos se han apropiado de él de una forma más o menos aprovechada y torticera. En España —y en Francia es prácticamente igual—, aquello que diferencia a los delitos de terrorismo de los demás es que quienes los cometan tengan como objetivo «subvertir el orden constitucional o perturbar gravemente la paz pública». Así que, ahora en serio, a pesar de lo ambigüo de la definición, el terrorismo no son las cláusulas abusivas de las hipotecas ni las leyes más restrictivas, como hemos leído en demasiadas ocasiones en los últimos dos años. Terrorismo es esto: es arrasar una redacción y sembrar el miedo, el caos y la perturbación en toda una comunidad. Terrorismo eran los GAL, y terrorismo era el de ETA. Terrorismo no es multar, condenar o incluso censurar tuits irresponsables, vídeos o portadas. Eso, por grave que sea, es otra cosa.

Ahora en serio, sin frivolidades de medio pelo: es posible e incluso necesario no estar a favor de las publicaciones de ‘Charlie Hebdo’, y decirlo alto y claro. Hoy más que nunca, hay muchos que no somos Charlie ni lo hemos sido nunca, que no compraremos ni leeremos tantas y tantas publicaciones, escritos supuestamente satíricos u opiniones que ni nos gustan ni nos suscitan la menor de las simpatías y que, a veces, nos parecen perfectamente prescindibles. Eso no justifica en ningún caso lo que ha ocurrido ni debería viciar —en ningún sentido— lo que viene ahora: casi ganaremos más demostrando una posición sana y crítica y contraria a Charlie Hebdo que suscribiéndonos. Porque lo que apoyamos no es ni lo que dice ni deja de decir, sino el hecho de que pueda hacerlo. Y poder decirlo nosotros también.

Alguien comentó con tino que la sola mención de la «provocación» que suponían las caricaturas de Mahoma es el equivalente teológico al «llevaba la falda demasiado corta». Nadie tiene derecho a arrebatar una vida ajena, en ninguna circunstancia y bajo ningún concepto. Ni siquiera aunque todo lo anterior fuera cierto; independientemente de la opinión que nos merezca Charlie: hay que sacar el contenido de sus portadas del debate.

El vídeo de ese ser que remata en el suelo a un agente bien merecería ser cortado —por respeto— pero, en cuanto a deontología periodística, bien merecería ser repetido en bucle y hasta la saciedad para dejar de trazar comparaciones ridículas: es el documento más elocuente de los últimos diez años (más o menos desde las grabaciones de las explosiones de Atocha) para dar su correcta dimensión a las cosas, para no malgastar conceptos peligrosísimos, para entender la irresponsabilidad que supone tanto coquetear con ciertos eslóganes («El miedo va a cambiar de bando») como imponer a los autores de estos penas de prisión que rivalizan con las de terroristas en prácticas.

Es decir, que sirve también y sobre todo para recordar que casi todas las batallitas periodísticas de corto alcance deberían palidecer ante lo ocurrido y sus posibles consecuencias, que repican como aquello que desgraciadamente ya conocemos pero con una escala, ahora, global, terrible y susceptible de despertar posturas más peligrosas si cabe.

Hay que aprender a disentir de nuevo, a discutir, a tomar perspectiva. A reírse, a callarse y a no hacerlo. A darnos cuenta que esta guerra —que ya lo es— es la nuestra. Y que no podemos perderla. Ni perdernos…

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 11 de enero de 2015.]

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Siempre a tiempo
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Alejandro Carantoña | 05-01-2015 | 11:27| 0

Hasta para empezar y acabar los años tenemos hambre de catarsis, hambre de uvas. Se calcula que aproximadamente medio millón de andaluces aún viven, por este motivo, en 2014: esos que trataron de cruzar el año con Canal Sur y se atragantaron, en cambio, con publicidad.

Este incidente, que se añade a los múltiples despropósitos que se han dado en las retransmisiones televisivas de año nuevo, viene a certificar esa costumbre tan española de que todo tenga un momento, uno muy concreto: somos uno de los pocos países en los que tan solo unos cincuenta y cinco segundos y la mano abotargada de un realizador de televisión separan un año del otro.

Solemos desearnos, por estas fechas, salud y dinero —lo segundo para derrochar lo primero, cuentan—, pero no lo que resulta ser lo más importante según este gen tan nuestro: el tiempo.

El tiempo es el enemigo que batir en una San Silvestre, y tiempo es el que le va a faltar al reloj pasado mañana, cuando Sus Majestades se hayan retirado hasta el año que viene y haya que volver a los quehaceres diarios con los regalos a medio disfrutar. Tiempo es el que le van a sobrar a los interminables minutos de espera antes de esa noticia ansiada, de esa entrevista de trabajo tan arduamente preparada para 2015.

Son esos diez minutos de más que, de media, pasamos en la cama cuando suena el despertador, pero también esos años de menos con los que cuenta el calendario cuando se trata de acabar, pongamos por caso, la Autovía del Cantábrico. Ese tiempo legislativo, administrativo e irreal, tan español.

Siempre estamos deseando controlar lo que parece a nuestro alcance: la salud y el dinero, asuntos más o menos tangibles directamente ligados a otras dos facetas, más amplias, e igual de indomables: trabajo y servicios (públicos, se entiende). Así, hace por estas fechas cuatro años que a la catarsis navideña seguía una catarsis política —el nacimiento de Foro Asturias—, en medio de un terremoto (temporal). Y para celebrarlo, ¿qué mejor que otro? ¿Qué mejor que la constitución de un nuevo partido con la novedad por bandera y la catarsis por alimento? ¡Nuevos tiempos!Casi nada de lo que sucede lo hace a tiempo, o al menos al tiempo deseado: mientras que las oportunidades (y los años) suelen llegar mucho antes de lo ansiado, los tragos más difíciles de digerir suelen marcharse con una parsimonia excesiva.

Este año también contaremos con la visita de Marty McFly, en Regreso al futuro II directo desde el año 1989 (¡en el que empezaron las obras de la Autovía!). En un monopatín volador, con unas zapatillas que se atan solas, bebiendo un refresco «automático», comiendo una pizza autohidratada por Black&Decker (!) y la posibilidad de volar sobre el tramo Unquera-Llanes.

Nada de esto ha llegado a tiempo. Tiempo, tiempo, tiempo: siempre tiempo, que es al final lo que, sea en forma de infraestructura o de lista de espera, más alto figura en las listas de promesas de año electoral.

Y todo ello sin que dejemos de ser los líderes en perderlo (los menos productivos y los que más horas pasamos sentados esperando nadie sabe qué). Y todo ello, deseándonos mutuamente ganar mucho más de todo menos de lo fundamental en este año, como en todos los demás. Exacto: ojalá 2015 nos traiga todo el tiempo del mundo. Nos va a hacer falta para saborearlo.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 4 de enero de 2015.]

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Vade retro
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Alejandro Carantoña | 29-12-2014 | 10:00| 0

Hace años, los 28 de diciembre solían traer a estas páginas alguna inocentada. La más notable, un fotomontaje con el puente sobre el río Piles derruido que hizo que no pocos se asomasen con el “ya sabía que era broma” al filo de los labios, pero también cierta inquietud, barrida hoy por el siglo XXI y sus cosas, que le daba sentido a aquella “información”. Conviene ser inocentes –que no ingenuos– toda la vida, para preservar y brindar algo de pureza al mirar las cosas, algo que nos devuelva durante un rato –igual que el puente del Piles– una necesaria capacidad de fascinación, de frescura.

El último proyecto en el que participé –como sobretitulador y con toda la inocencia– antes de empezar a infusionarme en el espíritu navideño fue ‘El barbero de Sevilla’ en la Ópera de Oviedo, que terminó el sábado de la semana pasada. Estaba dirigido escénicamente por Mariame Clément; musicalmente por Ottavio Dantone; sustentado por un amplísimo equipo más o menos oculto a la vista; reído y aplaudido por la inmensa mayoría del respetable y denostado por un pequeño grupo. Este club cuenta con ilustres voces de la región, como el notable escritor, eminente filólogo y ocasional francotirador cultural José Luis García Martín.

Hay una parte del público ovetense que no pudo digerir ese ‘barbero’ por convencionalismos más sociales que otra cosa: en la comentada aria de Rosina, que la soprano canta mientras que se hace la cera, siempre se escuchó un murmullo en el teatro. En la oscuridad, quienes teníamos ocasión de ver las caras a los espectadores detectamos algo muy llamativo: enjoyadísimas señoras de Oviedo que se sonreían con dulzura ante un golpe de efecto en el que se reconocían a la perfección mientras que sus maridos se revolvían en la butaca con nerviosismo.

Otros –los cuatro que montaron una operación abucheo al espectáculo en el estreno, o el propio García Martín– ya conocían de sobra a Mariame y a su trabajo por haberlo visto en el pasado, y no obstante se entregaron en cuerpo y alma a aquello que no estaban dispuestos a disfrutar. García Martín, en concreto, recibía a Clément en estas mismas páginas con un entrañable ‘Vade retro, Mariame’ para luego soltar unos cuantos mandobles, de entre los cuales sobresalía el siguiente: “Era como tratar de escuchar la ópera mientras en el escenario se representa una versión de ‘Sopa de Ganso’, de los hermanos Marx”. Varapalo este que, por otro lado, suena más a elogio que a lo que pretende ser.

Hay cierto conservadurismo inquietante ahí detrás: ¿Debido a un sentimiento de posesión sobre la obra, quizás? ¿A prejuicios? ¿O a lo peor a esperanzas de que el teatro aporte lo esperado, que no sorprenda sino calque una función de hace doscientos años, y que por tanto fracase? Sea como fuere, lo que había, hay y habrá detrás de ese ‘Barbero’, y de la inmensa mayoría de los que se producen en todo el mundo –incluido el del Met que menciona el crítico como estándar de calidad– es rigor y estudio, pero es también y sobre todo cariño, es ternura y es un tipo de sonrisa que quizás solo sea posible en un teatro: es pura inocencia. El cómo es harina de otro costal, y que no corresponde comentar aquí por ser parte “concertante” de la primera parte, que diría el otro. En fin, ¿ha quedado claro que se ha caído el puente sobre el río Piles? ¡Feliz año!

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 28 de diciembre de 2014.]

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Año pícaro
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Alejandro Carantoña | 21-12-2014 | 11:29| 0

Quizás usted desayunaría bogavante. Probablemente, sustituiría la lavadora por una estufa en la que quemar la ropa al acabar el día, y esperar cada mañana la nueva remesa recién confeccionada. Pero, ante todo, repítalo, repítalo otra vez: dejaría de trabajar.

Mañana por la mañana se celebra el sorteo de Lotería de Navidad, que es, quizás, el auténtico y novísimo día de San Nicolás, San Pequeño Nicolás, patrón de la picaresca, amo y señor de la frontera que separa la ambición de la avaricia y emblema de toda una generación de españoles.

Unos pocos –no los que necesitan salir de un apuro o vivir merecidamente mejor– lo sueñan con la mirada clavada en objetivos salvajes y en una catarsis total, como todas esas que hemos ansiado y que han moteado el año: Nicolás tiene mucho más de héroe que de villano; más de maestro que de aprendiz, cuando ha conseguido con su corta edad lo que demasiados fantasean con lograr mientras que la vida se les escapa entre los dedos. Y no tanto por tocar el poder como por el manejo de una vida opulenta: el pasado miércoles era detenido en Oviedo un tipo que doblaba en edad al joven liante por intentar su particular y creativa versión, esto es, fotocopiar billetes en su casa y recortarlos con unas tijeras el domingo por la tarde. E intentar colarle uno, para más poesía, a un vendedor de la ONCE.

Este año ha sido especialmente reseñable en los anales de la ambición porque, en junio, un hombre de Parla ganaba el mayor premio de la Historia en España. 190 millones de euros. La gran pasada. Desapareció. No sabemos qué cara tiene ni qué cara se le quedó al descubrirlo, pero quizás fuese de pavor. Seguro que distinta, en todo caso, de la de Ian Galtress, un británico que un par de meses antes perdió el resguardo de un boleto premiado con un millón de euros. Su fotografía es la definición del abatimiento.

Sí podemos volver a escuchar la voz de un hombre, uno que llamó a la radio hace años al borde del llanto porque le había tocado un premio de los que a cualquiera le solucionan la existencia. Su llanto, no obstante, no era de alegría, sino de angustia: era maestro, disfrutaba con lo que hacía y al ver esa cantidad en su cuenta corriente estuvo seguro de que haberse hecho rico le iba a arruinar la vida. En realidad, decía, el premio le había servido para darse cuenta de que tenía todo lo necesario para vivir. Regaló hasta el último céntimo. Un loco mileurista.

Lo primero que hizo la anterior ganadora de un megabote –126 millones de euros– que cayó en viernes fue acurrucarse en el sofá el fin de semana, pasar una gripe y acudir el lunes a primera hora a un trabajo que temía perder. Tenía 25 años y estaba horrorizada.

Mañana hay mucho que compartir, que es lo importante según la tele; mucho que ganar, dicen los ojillos brillantes de todos los nicolases del mundo, y quizás bastante que perder, cuentan todos estos ganadores inopinados. Porque de ganar 400.000 euros, o 4 millones, o 40 millones… ¿Cuántos dejarían de hacer lo que están haciendo? ¿Qué peso nos quitaría de encima esa cantidad de dinero? ¿Qué frustración quedaría presuntamente remediada? Quizás la catarsis deba ser otra, otra distinta a fotocopiar ilusiones, hacer propósitos en el aire, fantasear con la destrucción que inevitablemente sigue al acopio: lo mismo que nos ha traído, en fin, hasta aquí, a tapar unos agujeros con cava y untar la hipoteca con caviar. Mañana, todo es posible. Y sea lo que sea… suerte.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 14 de diciembre de 2014.]

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Jaimito contra Google
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Alejandro Carantoña | 15-12-2014 | 10:00| 0

Las discusiones de barra sobre el año en que nació Pergolesi ya no dan para nada. Los chistes de Jaimito están de capa caída. Las discusiones –léase apuestas– sobre datos, fechas y otras hierbas se dirimen en pocos segundos con un teléfono móvil. En lugar de contar chistes, se despeja la mesa, se saca el móvil o el ordenador y cada cual aporta el último hallazgo en cuanto a vídeos graciosos. Ni nos miramos ni nos hablamos: solo nos preguntamos ocasionalmente –y por Whatsapp– cómo demonios podía regarse el árbol (¿el bonsái?) de la indignación cuando no existía Twitter.

Esta semana, una empresa privada que se llama Google ha decidido romper relaciones con un buen puñado de empresas privadas que se llaman periódicos, tasa gubernamental mediante. Los medios aducen que el amo de Internet no puede lucrarse con sus contenidos (contenidos: ¿cuándo dejaron de ser informaciones, reportajes y entrevistas?) y el amo de Internet, por su lado, que con impuestos no le interesa mantener esa parte de su negocio. Por el camino, no pocos han alimentado la paranoia cibernética en blogs y redes sociales: en el mejor de los casos, vaticinan una especie de cataclismo de la modernidad, de advenimiento de la naftalina por el portazo a Google. En el peor, que ha triunfado esa misteriosa mano negra llamada manipulación, ese lobby de orondos señores a los que nadie conoce que se encienden puros con billetes de quinientos euros.

Según datos del INE, en España hay tantos usuarios de Internet como gente que acude a votar en unas elecciones (en torno al 70% de la población). Curiosamente, ambos mundos se han sentado juntos a la mesa esta semana en dos ocasiones, y ambos banquetes han resultado de lo más revelador: la primera ocasión fue por el asunto de la tasa Google; la segunda, por el tan anunciado portal cibernético de transparencia gubernamental que nos iba a permitir a los ciudadanos saberlo todo sobre los timoneles de este caos. El primer caso ha puesto de manifiesto que hemos llegado a un punto en el que una guerra entre mercaderes digitales puede alimentar un fabuloso debate sobre la libertad de expresión, certificar aquella erradísima percepción de que todos los medios de comunicación, redes sociales o el propio Google son entes públicos. Y el segundo, que uno de los comensales en esta guerra de los mundos –el Gobierno, muchas de las instituciones– no entiende ni lo que es ni para qué sirven las páginas web.

Al ir a solicitar información al Gobierno por este «novedoso» canal transparente, lo primero que hace el navegador de Internet es advertir al usuario de que el portal es una amenaza –muy tranquilizador–. Una vez metidos en faena, la información es casi igual de accesible que si se sirviera en legajos de papel. Igual que sucede con el portal de transparencia asturiano, en el que hay contratos menores publicados que son directamente copias digitalizadas de los papeles físicos. Pura accesibilidad.

Ha llovido muy poco desde que Internet pasó de ser una herramienta a ser un estilo de vida. No lo suficiente, desde luego, para que sea colocado en la dimensión adecuada por los que lo usamos… ni por los que vamos a votar.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 14 de diciembre de 2014.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.