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Autor: alejandro.carantonna
Quienes leen
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Alejandro Carantoña | 15-01-2017 | 5:35| 0

Un tercio de los españoles no lee nunca, según datos del CIS de hace apenas una semana. «Como si fuera noticia», comentaba un colega ligado al mundo del libro. Lo que quizás sí lo sea, o lo siga siendo, es que los dos tercios restantes leen una media de en torno a nueve libros al año, frente a los más de doscientos que se publican (diariamente). También son datos del sector editorial de 2015, recién salidos del horno: se concedieron 79.397 códigos ISBN.
En el caso asturiano, solo se otorgaron 648, conque la región no ha producido ni el 1% del total. Con todo, son cifras que tras el bajón generalizado  en lo más álgido de la crisis invitan al optimismo, igual que los datos de la OCDE, aparecidos en diciembre, que indicaban que por primera vez España había superado los estándares globales medios en comprensión lectora.
Esta es la cara. La cruz es que ante el volumen y los esfuerzos por mejorar datos objetivos, la sensación que inunda el panorama habla más bien de un silencio atronador o, a lo peor, de una tendencia generalizada a jugar sobre seguro: esta semana hemos sabido que el escritor Carlos Zanón se va a encargar de resucitar nada más y nada menos que a Pepe Carvalho, el detective de Manuel Vázquez Montalbán, tras un acuerdo alcanzado con los herederos y editorial. Conllevará, en 2017, la reedición de casi todas sus novelas, como ejercicio de asfaltado hacia la nueva entrega. La campaña navideña nos ha dejado continuaciones de series de éxito probado, como son los casos de Ildefonso Falcones y de Carlos Ruiz Zafón. Arturo Pérez Reverte ha iniciado una nueva saga y el legado completo de Roberto Bolaño, que ha cambiado de manos este año, ha sido publicado por Alfaguara y ha sido expandido mediante la aparición de un nuevo inédito, previos esfuerzos por quitar de la circulación los ejemplares de Anagrama, anterior editorial del chileno.
De los ingentes catálogos de novedades que empiezan a conocerse, destaca sobre todo la nueva novela de Paul Auster (en septiembre) e innumerables apuestas de editoriales recoletas pero consagradas, cuya fortuna iremos conociendo con el paso de los meses. Seguro que habrá sorpresas.
Sin embargo, todos estos datos y promesas no hablan tanto de una paulatina recuperación del sector como de un peligroso acercamiento a un modelo elitista en el mejor de los casos y aficionado en el peor. Lorenzo Silva, que compareció ante la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados en noviembre, lo explicaba con mucho tino: el advenimiento de lo digital no ha favorecido, como se sostenía en principio, la multiplicación de voces, sino que ha supuesto un embudo para que las editoriales solo confíen en quien saben que va a encontrarse fácilmente con los lectores.
En 2017 se cumplirá una década desde que Amazon lanzó al mercado su dispositivo de lectura electrónico, el Kindle, que hizo tambalearse los cimientos del sector e hizo vaticinar a muchos el fin del papel. Y a pesar del éxito del cacharro, y su creciente implantación, ha resultado que quienes leen siguen prefiriendo en general el objeto físico a la descarga automática; que el libro sigue sobreviviendo a los avatares de los tiempos; que lejos de ir muriendo, se va arrinconando para recuperar fuerzas.
Todos estos datos nos hablan, entonces, de unas caídas globales y de la urgencia de más esfuerzos, pero también decantan un núcleo de lectores cada vez más fiel y entusiasta. Que 2017 sirva para que sean más.

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No se lo llevará el viento
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Alejandro Carantoña | 14-01-2017 | 12:04| 0

Fuera desde Bruselas, Oviedo, Madrid, el centro del mundo solía estar en Gijón. Al otro lado de la línea estaba mi abuela, Cruz, que nos brindaba puntuales crónicas meteorológicas, ambientales de lo que ocurría en la ciudad: «Hace mucho viento», «¡La galerna!», diagnósticos totales del estado de las cosas. Del hogar, en su sentido más amplio, al que volver.

De El Comercio del 7 de septiembre de 1956.

Recuerdo a mi abuelo, Francisco Carantoña, que durante cuatro décadas dirigió El Comercio, bromeando con ella sobre el asunto: se metía piedras en los bolsillos cuando ella estimaba que íbamos «a salir volando». Era su cara socarrona, gallega, única, que quizás para los lectores se trasluciera en su monumental trabajo y que, con las reacciones exageradamente escandalizadas y cómplices de ella, significaron la ternura en su expresión más amplia.

De Gijón se es por naturaleza o por decisión. No es muy atrevido decir que Francisco Carantoña eligió quedarse en esta villa merced a aquella joven, con la que construyó una familia y fijó la mirada que compartiría con tantos gijoneses sobre su propia villa. De la mano de mi abuela, literalmente, viví la historia de su querida Granda, el Gijón cambiante que había conocido desde niña, el valor de mojar los pies por la playa, el acto de quitarse el salitre y la arena de San Lorenzo antes de comer, el sabor de una merluza de pincho, el pan recién hecho, los puestinos del mercado, El Comercio en la puerta de casa, la certeza de que, dondequiera que yo estuviera, había un sitio al que volver.
Elegante, gijonesa, cariñosa, sirvió siempre calladamente para que este fuese nuestro punto de referencia y encuentro, nuestra casa. Aunque muchos de ustedes quizás no lo sepan, también para que sea la suya: a ella es debido un amor por este lugar —celebraba su cumpleaños, en septiembre, junto con el día de Asturias— que está grabado en la piedra y el agua: con el contacto perpetuo con el Muro, adelante y atrás; con el pequeño comercio; con las ventanas abiertas sobre las hordas de estorninos que tanto ocuparon a mi abuelo y las copas de los árboles, mecidas por el nordestín, de Lequerica hasta la Lloca y de la Campa Torres hasta Deva, que tanto la ocuparon a ella. No se lo llevará el viento.

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¿Quién es Gustavo Dudamel?
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Alejandro Carantoña | 08-01-2017 | 4:00| 0

Ante esta pregunta, una más que notable cantidad de gente respondería: «ese director de orquesta venezolano» o «el de el Sistema» o «el de los rizos que baila tanto». El que el pasado domingo dirigió el concierto de Año Nuevo en Viena, en fin. No obstante, para la doble sorpresa de quienes lo conocen como músico, muchas revistas y periódicos españoles se refirieron a él como «el novio de la actriz María Valverde»: doble porque no sabíamos que tuviese una relación con la muchacha, por un lado, y por que ese fuera el más notable elemento de su biografía, por otro.

Si algo caracteriza los tiempos que vivimos es el extremo celo ante este tipo de detalles. En Internet, sobre todo, donde una barrabasada dicha a destiempo o una referencia inconsciente y desatinada puede desatar la mayor de las furias contra cualquiera. Si en lugar de esto —lo hemos visto ocurrir mucho últimamente— se hubiese deslizado un «la mujer del director de orquesta Pablo Heras-Casado presenta las campanadas en Televisión Española», por cierto que fuera (y es), la cosa hubiera acabado en demolición colectiva.
Así que supongamos que este problema, traído muy por los rizados pelos de Gustavo Dudamel, entronca con el consabido vestido de Cristina Pedroche en las mismas fechas: el tropiezo es evidente.

Pero supongamos, ahora, que la intención al titular de este modo no era otra que clarificar a los lectores quién ocupaba el podio del más prestigioso concierto del año: el problema que se revela es distinto, pero es problema en cualquier caso. En ese supuesto, lo que ocurre es que en las secciones de Cultura (como ocurrió en todos los grandes diarios, que de hecho enviaron a cronistas ex profeso a cubrir la actuación) era posible referirse al director como «Dudamel», sin más que el apellido, suponiendo que los lectores conocían quién era; mientras que dos páginas más allá, en las de sociedad, o corazón, o vida, o comoquiera que las quieran llamar, se hizo necesario unir un nombre conocido en circuitos culturales al de una cara familiar patria para hacerlo identificable.

Dudamel no es precisamente un oscuro investigador de tendencias compositivas contemporáneas, sino la cabeza visible de un extensísimo sistema de orquestas populares en su país, Venezuela, que le ha granjeado auditorios llenos por todo el mundo: en principio, el caso debería ser de sobra conocido.

Así es como recalamos en la otra cara, que ha dado pie al tercero de los desmanes en torno a la figura de Dudamel y su participación en el concierto: esas orquestas están sustentadas por el gobierno de Venezuela. Huelga decir que también por ahí le han caído pescozones, en un flagrante caso de confusión entre velocidad y tocino, entre política y cultura y, en definitiva, entre partidismos y humanidad pura.

Por si todo esto fuera poco, dicen los que más saben de esto que el concierto no fue especialmente bueno: Dudamel, habitualmente guasón y relajado en su prestación, se vio superado por la magnitud de la cita y de la orquesta que pusieron en sus manos. El resultado fue «superficial» por momentos y carente de la «chispa necesaria», como escribió el crítico Pablo Rodríguez. Así que ahí estaban el resto de lenguas afiladas para unir esto con aquello y lo otro con lo uno. El resultado, mediáticamente hablando, es un engrudo de difícil digestión. Hace suponer que algo se está haciendo rematadamente mal si estas son las fichas en el tablero: de todo menos lo supuestamente relevante. ¡La música!

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El año del suspense
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Alejandro Carantoña | 02-01-2017 | 4:00| 0

Unos meses antes de que empezase un 2016 alternativo ya habríamos oído tambores lejanos de un posible relevo en la dirección del Festival Internacional de Cine de Gijón, más o menos al término de la edición de 2015. Luego, ya en primavera, se habrían filtrado prudentemente nombres, habrían trascendido negociaciones y se habrían sometido a la opinión pública las candidaturas. Poco a poco, deslizándonos ya hacia el nuevo festival, se habría consolidado una de las posibilidades. Nacho Carballo, el aún director, habría rehusado hacer comentarios al principio; luego, toda vez que hubiese tomado cuerpo el relevo, se habría puesto a disposición del nuevo equipo y se habría publicado una cordial foto en la sede del Festival de la nueva dirección con la anterior, estrechándose la mano, entregándose carteras o rollos de celuloide o lo que quiera que se intercambie en estos casos, deseándose suerte.

Simultáneamente, durante esos meses del 2016 alternativo, en el Ayuntamiento de Oviedo se habría ido instalando la idea de que no habría Premios Líricos Teatro Campoamor en 2017; que quizás los Princesa encontrarían una reducción en su asignación presupuestaria y, al fin, que el pago de las subvenciones del corriente se retrasarían, dados los vaivenes en las arcas municipales. Esto hubiera ocurrido en julio, a pesar del ruido de las elecciones generales, porque Oviedo hubiera sido lo primero, lo más importante.

Por último, y a pesar de los conflictos, Laboral Centro de Arte habría iniciado 2016 con una nueva cabeza visible, transcurridos once meses desde la destitución de su anterior director, Óscar Abril. La paz habría vuelto, hasta el extremo de que quizás (y solo quizás) la institución hubiera desempeñado algún rol relevante, taimado y colaborador en la configuración de un plan para Tabacalera.

Pero esto ocurrió en un 2016 paralelo, no en el año del suspense: ya nos hemos plantado en 2017 y el Festival de Cine de Gijón sigue sin director —aunque ya sabemos, desde hace una semana, que seguro, seguro, seguro hablará inglés a las mil maravillas—; el Ayuntamiento de Oviedo cambió de parecer hasta en tres ocasiones sobre los diversos Premios de la ciudad, y aún esperó al viernes pasado para abonar la subvención a la Fundación Princesa; Laboral no encontró dirección casi hasta verano (año y medio de desgobierno); y Tabacalera ahí sigue, como gigante dormido que da sombra a la plaza del Lavaderu.

Parecía, hace un año, que todo lo ocurrido en consistorios, plazas y urnas iba a conllevar una mejora o al menos un cambio de rumbo. Era lo que sabíamos, el propósito con el que entramos en 2016. En lugar de eso, los últimos doce meses han tornado en algo catártico, apresurado, improvisado y lamentablemente paralizado en casi todos los estamentos. El volumen de ruido desarrollado y la demostración fehaciente de lo que cuesta ponerse de acuerdo se escenificó en una aprobación generalizada de presupuestos in extremis, la vocación de sobrevivir (y nada más que eso) hasta que escampara en 2017 y una movilización voluntariosa aunque deslavazada de plataformas y asociaciones. La Administración, en bloque, no ha movido un dedo: ni por el más cercano de sus equipamientos ni por Cervantes o Buero Vallejo.

Se ha dejado todo al azar y, así, ha quedado demostrado que con las arcas en mejor estado y los gobiernos en mayoría suficiente no es que las cosas se hicieran mejor, sino que era más fácil salvar los trastos y guardar las apariencias. La lección aprendida, el propósito pendiente, es que no se vuelva a repetir este zarandeo. Que 2017 sea un año, al menos, de certezas.

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Descreídos
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Alejandro Carantoña | 27-12-2016 | 4:00| 0

De todos los actos revolucionarios y contraculturales que nos quedaban por ver, esta semana ha nacido uno de lo más sorprendente: lo último es no comprar Lotería de Navidad y, mejor aún, insultar a quienes fían al bombo su destino. Un artículo, que ha gozado de enorme popularidad en las redes sociales estos días, adjudica los siguientes calificativos al acontecimiento del día 22 por la mañana y a los amantes de la azucarada campaña publicitaria de Loterías de este año: los jugadores padecen «anumerismo», honran un «monumento a la ignorancia», son «cuñados españoles» —despectivamente hablando—, sucumben a la «envidia social» e invierten en una «ruina». En fin, los jugadores son tontos, masa adocenada.

Tras esta pasión desatada por detectar, señalar y curar la tontería (que en este caso conlleva evitar contribuir al saqueo fiscal), tan en boga últimamente, parece esconderse una búsqueda infinita por el ser superior, por la pureza moral, científica y racional, tan dieciochesca ella. Y esto casa fatal con el espíritu navideño, que es pura superstición y chamanismo de la peor estofa para ciertos adalides del mal llamado «pensamiento crítico».

El efecto rebote de la crisis económica y sus desmanes ha conllevado una racionalización espartana de todos los aspectos de la vida: desde meticulosos argumentos para no tomar carnes rojas hasta sesudas estrategias de ahorro, pero todo, todo, envuelto con una pátina de condescendencia que por supuesto ha tenido que ir a tocar a la Navidad, la Lotería y los contundentes gastos a crédito para juntarse a chupar cabezas de langostino congelado. Es decir: son tontos, pero el más listo podrá iluminarles para hacer de sus vidas un sitio más habitable.

Este batiburrilo parece haberse propuesto cargar de ideología hasta la bandeja de los turrones. Quizás con razón —lo dice uno que no compra Lotería de Navidad, entre otros ritos personalmente orillados—, pero evidenciando, con ella, una obsesión casi enfermiza por la rectitud, la racionalidad y la pulcritud argumentativa. Resulta muy cansado este empeño por escapar a las pasiones humanas, a los pecadillos festivos, en lugar de tratar de entenderlos, integrarlos o sencillamente dejarlos existir: ¿merece condena quien elija gastarse medio sueldo en un jamón, una paga extra en el azar? Quizás no lo compartamos, pero respetarlo cuesta poco.

Supongo que ya estamos cerca de entrar a saco con los regalos esparcidos bajo el árbol por sorpresa, por constituir una práctica de riesgo para el desarrollo intelectual de los más pequeños de la casa. Que convendrá podar todo lo superfluo, todo lo humano, toda la chicha que le cuelga a diciembre y enero. Que convendrá regular lo privado, lo oculto, como se regula el tráfico, en pos de una sociedad mejor y más blanca, más estandarizada, más homogénea. Superior.

Entre todo el discurso se cuela el más sorprendente de los argumentos: que el despliegue irracional y exorbitante de las Navidades está reñido con la Cultura, la lectura —que sí son prácticas rectas, aceptables— y una correcta alimentación intelectual. Sin embargo, se trata de todo lo contrario. Los pequeños chispazos que dan sentido a la existencia también comprenden el exceso, la reconfortante espumilla de los actos incomprensibles, la locura compartida y momentánea, la enajenación pactada para luego volver al carril.
Estos son días de cerrar unas cosas y de abrir otras, de hacerse propósitos y de evaluar con calma los últimos doce meses. No está de más sucumbir un poco, entre tanta bronca y argumento certero, a un poco de mullida inconsciencia. Que no sea el rosbif, pero al menos sea la salsa: ¿podremos estar una semana sin replicar dedo en alto, barbilla enhiesta, y concedernos un mínimo respiro?

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.