img
Autor: alejandro.carantonna
Comisión de Cultura
img
Alejandro Carantoña | 20-11-2016 | 4:00| 0

Esta semana, con el baile de «la otra» comisión en el Congreso, la de Exteriores; y con la de más allá, la de Peticiones, quizás nos haya pasado algo desapercibida otra más: la de Cultura.

Esta semana, han comparecido ante esta Comisión el escritor Lorenzo Silva; el presidente del Teatro Real, Gregorio Marañón; y Belén Herrera, representante de la Plataforma Nuevos Creadores. De los tres, probablemente el testimonio de más peso y más interesante haya sido el de Silva, por la sencilla razón de que era el único que actuaba en su propio nombre y desde la experiencia, y por tanto no estaba sujeto al guión de instituciones, patronatos o asociaciones.

A lo largo de sus veinticinco minutos, Silva se dedicó esencialmente a defender los derechos de propiedad intelectual de quien se dedica a la escritura, pero también puso sobre la mesa, en la primera mitad de su intervención, una semblanza muy valiosa de su oficio y de su situación personal.

No hubo lamentos o quejas, aunque sí dejó claros dos datos que a sus señorías posiblemente les hayan sorprendido o, a lo peor, les hayan entrado por un oído y les hayan salido por el otro: primero, que como escritor profesional lleva abonada a las arcas públicas una suma «de siete cifras» —según él, muy superior a los ahorros que ha atesorado en dos décadas de carrera—. Esto tendría algo menos de importancia de no ser por el segundo detalle: que su profesión no existe. Al menos, fiscalmente hablando.

A efectos de la Agencia Tributaria, todo juntaletras cae dentro de la conocida categoría de «pintores, alfareros y ceramistas», puesto que no existe una de «escritor». No es vaguedad legislativa —hay categorías específicas para todos los niveles de artistas de circo, toreros, actores o realizadores cinematográficos—, sino por pura vagancia del ramo cultural y la protección de las instituciones a los creadores.

Silva no se quejaba especialmente de ser un pobre, sino que ponía el dedo en la llaga por los múltiples errores de salto que hay en la estructura fiscal y tributaria de los artistas y que, anunciaba, tantos disgustos han costado a tanta gente desde que estalló la crisis. Por no hablar de lo que la Agencia Tributaria en parte y la Seguridad Social, sobre todo, dejan de ingresar con impuestos abusivos a ingresos exiguos.

El caso es que esta semana también hemos sabido que el actor Carlos Olalla (un rostro para nada extraño, para nada principiante) lleva una semana pidiendo para comer en el Metro de Madrid. Llega la noticia poco después de aquel estudio que establecía que solo el 8% de los actores profesionales viven de su profesión, y que la mitad del resto no llega a 3.000 euros anuales: es decir, poco peso tributario, poca atención legislativa.

Uniendo las dos historias, el resultado es un panorama de las grandes ciudades rebosantes de escritores en ciernes y de actores ansiosos, pero que, con muchísima probabilidad, acabarán viviendo de otra cosa: el Premio Nacional de Poesía Joven Constantino Molla (se ha fallado esta semana) trabaja en un supermercado.

La gente como Silva aún plantea que esto puede dar más de sí. Han vivido mejores años, en los que los impuestos y cotizaciones eran un mal necesario (incómodo, pero necesario). Otros, los que han venido después, empiezan a dudar que sea posible, y más en la medida en que el Gobierno descuida estos flecos o evita estudiar e informar convenientemente de qué esfuerzos exigirá en cada punto de una carrera. Seguramente, algo así gozaría de más atención en la Comisión de Peticiones…

Ver Post >
En defensa de los Premios Líricos
img
Alejandro Carantoña | 17-11-2016 | 2:00| 0

Cierre de los Premios de este año. Foto: Mario Rojas/El Comercio

En el año 2015, la prestigiosa English National Opera perdió el favor del Arts Council, la institución que administra las subvenciones a la cultura en el Reino Unido. La ENO había perdido público a mansalva y se había convertido en una trituradora de dinero, pero el Arts Council no se limitó a cerrar el grifo. En cambio, obligó a la ENO a adoptar medidas que evitasen su cierre. Siempre estuvo claro que el problema no era la ENO, sino cómo funcionaba. Es el principio opuesto al predominante en España en general, en Asturias en particular y, ahora, en Oviedo.

La decisión del gobierno local de acabar con los Premios Líricos Teatro Campoamor, vaticinio de demoliciones de más alcance, tiene una justificación económica (260.000 euros de presupuesto) pero un trasfondo ideológico, en tanto en cuanto la pujanza del teatro lírico en Oviedo está ligada en el imaginario político y social al gabinismo y a la derecha. Son motivos demasiado endebles para arrasarlos: asignarle a la lírica una ideología o pintarla con los colores del elitismo es no tener ni la más remota idea de quiénes la habitamos y la amamos. Y que es un derroche económico por definición es un argumento que no merece siquiera comentario.

Así que, tras progresivos recortes, ha llegado el momento de saltar de 260.000 a 0, con un perjuicio que no empieza por los profesionales que dejarán de trabajar ni por los premiados y jurados: los principales damnificados serán quienes decidan emprender una de las carreras artísticas más difíciles que existen (en cualquiera de sus facetas, que son muchas) y la propia ciudad de Oviedo. Los mimbres estaban ahí: hay toda una hornada de cantantes, directores musicales y escénicos, técnicos, músicos y un interminable etcétera que hemos intentado arrancar carreras aquí poniendo sobre la mesa compromiso, esfuerzo y asumiendo costes notables, pero que al menos tuvimos la ocasión de descubrir lo que es el teatro lírico profesional porque lo teníamos en casa. Así es como nos pegamos un tiro en el pie, abundando en la negación de que Asturias críe, albergue y proyecte a profesionales y creadores como todos los (muchos) que hoy desarrollan carreras internacionales. Por no hablar del suicidio de la posibilidad, que estaba al alcance de la mano, de ser la capital del teatro lírico del cuarto noroeste de la Península todo el año y de Europa puntualmente.

Es posible —no soy gestor— que la lírica haya sufrido errores de gestión, o que haya consumido cantidades excesivas de recursos. Pero incluso aunque fuese así, el hecho es que Oviedo ofrece más de treinta funciones de ópera y zarzuela escenificadas al año y los únicos premios del sector en España, y que tiene una cantera a la que ahora le muestran la salida sin miramientos.

El debate, entonces, puede ser si el modelo de gestión es el adecuado, pero en ningún caso debería ser una opción mermar ese patrimonio. Que no se hayan agotado los esfuerzos por mantener los Premios solo es síntoma de que no existía voluntad de hacerlo (alguno se sorprendería de saber cuántos primeras espadas arrimarían el hombro de habérselo pedido); y que su futuro lo decidan políticos en un salón de plenos, de que el único error ha sido dejar a merced de las ideologías lo que debería estar en manos especializadas.

A nadie se le pasa por la cabeza demoler el Niemeyer, vender como chatarra Laboral Centro de Arte o prenderle fuego a la ampliación del Bellas Artes: no solo por lo absurdo de derruir lo construido, sino porque eso ya no tendrá remedio.

Ver Post >
Palabras entre los dedos (en la muerte de Leonard Cohen)
img
Alejandro Carantoña | 13-11-2016 | 4:00| 0

Más allá de la textura (musical, técnica) de sus canciones, lo más prodigioso de la producción de Leonard Cohen es, precisamente, su textura literaria. Igual que ha ocurrido con Dylan, que lleva algo más de andamiaje musical, o con cualquiera de sus coetáneos, el poder reside en la palabra hablada. Es el motor a menudo, pero en otras ocasiones parece que la inercia del texto ha acabado por hacer aflorar nuevas palabras, como si se autocompletase.

La voz grave y la postura monolítica hacían que cada verbo retumbase como si no hubiese otro: exactamente, en la precisión poética y vital de Leonard Cohen hay algo de inquietante, hay una solidez a la que pocos creadores han tenido acceso. Hay un libro espléndido, ‘Conversaciones con un superviviente’, que escribió su traductor al español, Alberto Manzano, y que lo subraya en las charlas que corresponde a los años más misteriosos de Cohen, que al mismo tiempo son los que tienen más luz. La luz del Mediterráneo que alumbró a Lorca y, de rebote, a él mismo; y sobre todo, la luz de la isla griega de Hydra.

En ese contexto, en el año 1988 aparecía una conversación entre Manzano y Cohen en la revista ‘Ajoblanco’. El traductor le pregunta a bocajarro por ‘First we take Manhattan’ —concretamente sobre el verso «me guía la belleza de nuestras armas»—, y Cohen le contesta, sencillamente: «No serviría a los intereses de nuestra estrategia revelar la naturaleza de nuestras armas.»

Ese tipo de sentencia lacónica, bañada por un sentido del humor impenetrable, forman parte de un personaje al que pocos han podido acercarse. Con toda la intención, y lejos de los traumas que el propio Dylan ha exhibido siempre, en este caso Cohen se convierte en esquivo para preservar sus canciones, para «vivir para siempre», como dejó dicho hace apenas dos meses.

En el perfil que hace menos de un mes le dedicó el ‘New Yorker’, firmado por su director, David Remnick, Cohen también hablaba con serenidad (y desgarro) de la muerte de Marianne, sí, esa Marianne. Cuando este verano la musa de Cohen murió, hubo un pequeño intercambio de correos electrónicos que se hicieron inmensamente populares muy deprisa. Remnick no puede dejar de preguntarle por qué permitió que trascendiese algo tan personal: «Porque está unido a una canción», le dijo Cohen. Y por eso, le parecía bonito y necesario.

Todo lo demás es serenidad y un traje impecable: de ese perfil sobresalen dos detalles que confirman todas las intuiciones sobre el cantautor. Primera, que «tenía muy claro qué público quería» antes de tenerlo. Segunda, que ya de muy joven «aprendió a doblar los trajes para que no se arrugasen» en los viajes y giras.

Así es como se erige una figura, y una voz, puestas al servicio de la palabra. No solo con el fin de realzar los versos obsesivos (‘Hallelujah’ le costó cinco años de trabajo), sino de seducir a públicos —y al sexo opuesto en particular— de una manera insólita, pero tan honda que hoy todos le lloran.

No se trata de tristezas y melancolías, sino todo lo contrario: de hecho, él nunca se ha regodeado en la inmensa dificultad de lo escrito, leído y cantado, sino que ha barrido bajo la alfombra de sus canciones, libros y dibujos todo el «desorden» y «suciedad» —palabras suyas, en Oviedo en 2011— que escondían detrás. Eso se lo lleva con él. Quedan, pues, las palabras entre los dedos: tersas y, probablemente, inmortales.

Ver Post >
We are screwed
img
Alejandro Carantoña | 09-11-2016 | 3:03| 0

En diciembre del año pasado, hace unas cincuenta columnas, escribí que estábamos a salvo de Trump; y que nuestros primos hermanos estadounidenses, también. Que me equivocaba lo descubrí y reconocí hace un mes, pero hasta esta madrugada no podía imaginar que me estaba equivocando tanto.

En estado de shock sigo, y en estado de shock seguiré, porque me niego a aceptar el tuiteo impenitente de los politólogos que nos han crecido esta mañana y porque no les otorgo ningún valor a los amplios «así ganó Trump las elecciones» o «por qué ganó Trump las elecciones» a toro pasado: es que esto, sencillamente, no tiene explicación. Es el silencio y la negrura más absoluta: un hortera, un mal tipo, un mentiroso, un matón, un ignorante de la peor ralea (o sea, voluntario, consciente y orgulloso) se acaba de subir a la grupa del mundo para conducirlo al abismo.

Los votantes estadounidenses son los únicos responsables del atolladero en que nos han metido, pero también son los primeros que van a sufrir las consecuencias. Por eso, no sobra algo más de silencio prudente y algo menos del insufrible paternalismo con el que los estamos tratando desde esta mañana. Ya cuando George Bush salió reelegido empezó a propagarse por España la imagen de cincuenta millones de rednecks subidos en tractores, con antorchas y capuchas del Ku-Kulx-Klan, como única explicación a lo inexplicable: que la muy informada y sabia sociedad estadounidense hubiese decidido someterse a cuatro años más de barbarie.

Nosotros deberíamos limitarnos a tomar nota: si hay algo evidente es que tras esta victoria no se esconde una decisión entusiasta, sino un «votémosle a ver qué pasa» que sí se está convirtiendo en universal y que da mucho miedo. Ese sentimiento —no es más que eso— es irracional, es peligroso y somete el rumbo de toda una civilización al primer advenedizo, cortoplacista y marchante de crecepelo al que le pongan un micrófono delante.

No hace ni una semana que Trump se pegó un espaldarazo a sí mismo aludiendo a los oscuros mecanismos del sistema, que se habían alineado para impedirle llegar a la presidencia y salvar a Estados Unidos: ya veo, ya, está clarísimo, el triunfo de la arrolladora máquina del establishment para frenar a este pobre libertario.

Pobres los que van a sufrir las consecuencias.

Pobre Estados Unidos.

No sé de quién es la culpa; no me importa. Solo espero que nos grabemos estos meses con fuego en la memoria para que, al menos, nunca nos permitamos algo similar.

Ver Post >
Leer por deber
img
Alejandro Carantoña | 06-11-2016 | 4:00| 0

Si alguien nos hubiera dicho, en aquellos tiempos de cartabón y mochila, que los deberes llegarían a asunto de Estado no lo hubiéramos creído. Tampoco que esa misma gente encorbatada que aparecía en televisión entre anuncio y anuncio decidía lo que nos contaban frente al pupitre, pero resulta que así era.

Este fin de semana se está celebrando —el verbo no es casual— la primera huelga de deberes en España. Durará todos los fines de semana de noviembre. Una confederación de asociaciones de padres, al parecer numerosa y poderosa, estima que es el último recurso para lograr que el ministerio del ramo estudie regular al respecto. Según se ha dicho esta semana, hay niños de seis años que ya se llevan tarea para el fin de semana.

Como alternativa a esta pronta toma de contacto de nuestra gente menuda con la vida de autónomo o artista liberal (¡o futbolista!) por la tarde —alternada con la vida de oficinista por las mañanas—, los convocantes proponen llevar a los niños a un museo, comentar un asunto de actualidad o incluso, es un suponer, leer un libro.

Lo más interesante es que el asunto se ha revelado como libérrimo de ideologías y cargado, en cambio, de recuerdos personales. Lo que este profesor encomendaba a uno y lo que aquella maestra le descubrió al otro han ocupado la arena de debate: sobre esto, todos tenemos opinión y experiencia. Pero también la certeza de que, entre el monumento al destajo que fueron los años escolares —ay, si cotizaran…— se leyó o poco y mal o demasiado y peor.

También se escuchó poca música, se visitaron pocos museos y se vio insuficiente teatro: no dejan de ser actividades extraescolares. Es decir, lo que se hace en los huecos sobrantes entre importantes fórmulas matemáticas e insoslayables listados de fechas, llamados a formar a los abogados, cirujanos o ingenieros del mañana. Un horror.

En aquellos años, las mañanas eran tiempo tasado. Solo una visita al centro de salud, una salida a una fábrica de rosquillas o alguna excepcional circunstancia permitían contemplar ese hormigueo temprano de la ciudad, de las furgonetas de reparto y de la gente haciendo cosas que ocupaban las aceras, oficinas, cafeterías, almacenes y fábricas de lado a lado. Aquello en lo que nuestros mayores empleaban su tiempo, un tiempo misterioso e impenetrable en el que había que estar haciendo cosas de provecho.

Entre tanto, llovían puntuales dosis de disciplina y conocimiento olvidado a la misma velocidad a la que era memorizado, preludio de otro año igual y más intenso, y de otro igual y más intenso, y así hasta desembocar en el remoto mundo de la formación superior. Todo era, y al parecer sigue siendo, así de gris: ¿cuál era el sentido de dedicar treinta o cuarenta horas a aprender cada semana? Saber, estar preparados.

Pero ¿para qué? Seguramente, y en teoría, para aquello que ocurriría cuando la vida fuese un fin de semana sin fin por voluntad o fuerza, o cuando ya no hubiese ningún horario y repertorio de obligaciones que cumplir. Cuando hubiese que elegir un oficio, profesión o carrera y lograrlo sin que alguien lo calificase. Es decir, cuando nos tocase empezar a crecer y no a ganar un concurso.

Exactamente en ese punto, en el que la incertidumbre que les producirá a estos niños salir al mundo sustituya a la certeza de que el lunes hay cole, no estará de más que alguien les haya enseñado a rellenar sus inquietudes sin la inestimable ayuda de un ministerio. Ese es, seguro, el futuro: que lean. Y que vayan al museo. Y que eso, claro, no sean deberes, sino un placer necesario.

Ver Post >
Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.