El Comercio
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Categoría: Gijón y alrededores
Tabacalera, arroz con todo

Tras mucho deshojar la margarita, el Ayuntamiento de Gijón al fin ha abierto la nevera y ha mostrado, esta semana, qué ingredientes va a echar en el flamante arroz con todo de Tabacalera: algo de la Campa Torres y del Campo Valdés servirá para la base, un centro de interpretación; luego, una extensión del Centro de Cultura Antiguo Instituto dará forma al ambiguo vivero de industrias creativas y culturales; y el resto será un contenedor que sirva para suplir carencias de espacio municipales (un almacén, oficinas) y para dar acomodo al Festival Internacional de Cine (un auditorio, ¡un auditorio! y sus oficinas). Como medida de aproximación al barrio, un centro cultural «de proximidad» de tres plantas. Y una cafetería.

Con esto, por muy parapetado que quede tras el diálogo y la escucha de reclamaciones colectivas, el consistorio no se propone de mano más que aprovechar: no hay ambición ni crecimiento en la propuesta. Tampoco foco, solo parche.

Sobre el papel, no hay mala idea, pero lo cierto es que a la luz de la experiencia el proyecto tiene pocos visos de ir a tener gran recorrido: en cuanto al centro de interpretación (que no museo), viene a sumarse a la vasta colección de equipos explicativos de la ciudad en los que los lugareños pierden el interés al día siguiente de la inauguración, y que al turista le sirven para poder decir que ha visitado Gijón; en lo tocante a las industrias creativas, se vuelve a obviar el secaño del ecosistema en una ciudad y en una región envejecidas: costará llenarlo; en lo tocante al Festival Internacional de Cine, se da con un aforo intermedio, sí, pero se mantiene el problema del número de salas. Además, y dada la cantidad de cosas que se pretenden contener, no hay noticia de que el complejo vaya a contar con un puesto de dirección completo, omnipotente, necesario.

Es decir, se va a dar la circunstancia de que una parte sí se pensará de manera concreta, mientras que el resto (en todos los metros donde no se tiene muy claro qué meter) se va a acudir a la fórmula del multiusos, a posponer hasta la próxima legislatura una decisión de vital importancia.
La oposición, previsiblemente crítica con el proyecto, tampoco ha puesto encima de la mesa otra respuesta más decidida: vuelve la ambigüedad y reina la falta de ideas.

Se echa de menos, en definitiva, el puñetazo sobre la mesa que significaría renunciar a las sobras para ir al mercado y comprarlo fresco: pongamos por caso, que alguien estudiase la Cornisa Cantábrica y se diese cuenta de lo que ninguna otra ciudad del Norte tiene, y apostase todo a transformar Tabacalera en un polo de atracción, en un proyecto ambicioso y de largo alcance con la mirada puesta más allá de los reducidos confines no ya de Asturias, sino del concejo.

Podrá argumentarse que hay carencias urgentes y una falta evidente de fondos, pero no se trata, ni mucho menos, de una cuestión de dinero: hablamos de imaginación, de ambición y de determinación en políticas culturales. La ausencia de todo esto se hace patente en la falta de entusiasmo que ha seguido a la presentación del proyecto: en el mejor de los casos, ha cundido el tímido aplauso; en el peor, un decepcionado «más de lo mismo». Y esto a tres años, como mínimo, de tenerlo entre las manos. ¿Con qué fuste, orgullo y entusiasmo se van a sostener todo este tiempo los esfuerzos que van a ser necesarios para poner Tabacalera a andar?

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No se lo llevará el viento

Fuera desde Bruselas, Oviedo, Madrid, el centro del mundo solía estar en Gijón. Al otro lado de la línea estaba mi abuela, Cruz, que nos brindaba puntuales crónicas meteorológicas, ambientales de lo que ocurría en la ciudad: «Hace mucho viento», «¡La galerna!», diagnósticos totales del estado de las cosas. Del hogar, en su sentido más amplio, al que volver.

De El Comercio del 7 de septiembre de 1956.

Recuerdo a mi abuelo, Francisco Carantoña, que durante cuatro décadas dirigió El Comercio, bromeando con ella sobre el asunto: se metía piedras en los bolsillos cuando ella estimaba que íbamos «a salir volando». Era su cara socarrona, gallega, única, que quizás para los lectores se trasluciera en su monumental trabajo y que, con las reacciones exageradamente escandalizadas y cómplices de ella, significaron la ternura en su expresión más amplia.

De Gijón se es por naturaleza o por decisión. No es muy atrevido decir que Francisco Carantoña eligió quedarse en esta villa merced a aquella joven, con la que construyó una familia y fijó la mirada que compartiría con tantos gijoneses sobre su propia villa. De la mano de mi abuela, literalmente, viví la historia de su querida Granda, el Gijón cambiante que había conocido desde niña, el valor de mojar los pies por la playa, el acto de quitarse el salitre y la arena de San Lorenzo antes de comer, el sabor de una merluza de pincho, el pan recién hecho, los puestinos del mercado, El Comercio en la puerta de casa, la certeza de que, dondequiera que yo estuviera, había un sitio al que volver.
Elegante, gijonesa, cariñosa, sirvió siempre calladamente para que este fuese nuestro punto de referencia y encuentro, nuestra casa. Aunque muchos de ustedes quizás no lo sepan, también para que sea la suya: a ella es debido un amor por este lugar —celebraba su cumpleaños, en septiembre, junto con el día de Asturias— que está grabado en la piedra y el agua: con el contacto perpetuo con el Muro, adelante y atrás; con el pequeño comercio; con las ventanas abiertas sobre las hordas de estorninos que tanto ocuparon a mi abuelo y las copas de los árboles, mecidas por el nordestín, de Lequerica hasta la Lloca y de la Campa Torres hasta Deva, que tanto la ocuparon a ella. No se lo llevará el viento.

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Poderoso caballero

Cuando hace unos meses se abrió el debate, en Gijón, sobre qué usos darle al edificio de la Tabacalera, por el barrio de Cimavilla empezó a correr una hoja para que los vecinos anotasen sus sugerencias. Las dos primeras consistían en montar un hotel de cinco estrellas y en poner piscinas y pistas de pádel (?). La primera, porque con ello acudirían hidroaviones privados a dejarse los cuartos en el barrio —¿por qué no hay hoteles de cinco estrellas en Gijón?—; la segunda, por pura comodidad de algunos.

De un tiempo a esta parte, y sobre todo desde que se creó el pionero mercadillo de Laboral Centro de Arte (imitado, fotocopiado y multiplicado en diversas versiones), en la ciudad ha cundido cierta obsesión por la cuestión económica: algo parecido ha venido sucediendo con el Niemeyer y su restaurante; y con Oviedo y su mayúscula cultura, que vive en el difícil equilibrio entre justificar su rentabilidad y ser de utilidad pública.

El último episodio ha sido sonado: el conde de Revillagigedo ha puesto el grito en el cielo por los usos que se le estaban dando al palacio cedido en la Plaza del Marqués, en pleno centro de Gijón, que hace tiempo que dejó de ser estrictamente cultural. El Mercazoco, no celebrado este fin de semana por una cuestión tan administrativa y económica como ciudadana y legal, ha sido la gota que ha colmado el vaso, después de muchísimas otras: ¿según qué criterios se puede ceder un espacio de todos a unos? Nadie ha respondido a esto, ni en un sentido ni en otro.

Con esta pregunta sobre la mesa, ya de forma explícita, amigos y enemigos se cuestionan sin tapujos desde la Semana Negra hasta Metrópoli, desde el mercado de la Plaza Mayor hasta los conciertos de Arte en la Calle, desde los usos de Tabacalera hasta los de Laboral. El batiburrillo es inmenso, sin límites, monstruoso, pero ha acabado por tener un denominador común de lo más pernicioso: el poderoso caballero, don dinero. Con razón, el conde planteaba que el objetivo original de cederle a una caja, ahora banco, ese fantástico enclave no era que nadie se lucrase.

Desde que llegaron las estrecheces económicas y los presupuestos empezaron a escasear, resulta que en Asturias —sin que sea explícito, ni objetivo, ni del todo bien trabado— se aplica un turbio criterio que mezcla la rentabilidad económica con el vaporoso bienestar y cultivo de los ciudadanos. Al final, resulta que o bien se organizan cosas que atraigan, renten o conciten grandes masas o bien se permite (no sin trabas de toda clase y condición) que iniciativas más pequeñas y recoletas se organicen por su cuenta.

El resultado final es una región renqueante en lo cultural (Gijón languidece en invierno; Oviedo, en verano; los demás, hacen lo que pueden) y que termina por contraprogramarse a sí misma. En estos cuatro años hemos visto espectáculos hacer giras por un área de veinte kilómetros cuadrados y conciertos (hasta siete) coincidir en una misma ciudad un mismo día a la misma hora, cuando el público objetivo de todos ellos no supera los pocos miles.

El motivo principal es ese, el dinero y los permisos y la infraestructura deseada, pero también una dejadez absoluta por parte de quien debiera velar por la cultura en la región: se ha pasado de copar la programación a dejarla en manos de quien quiera, pueda o se proponga poner en pie cualquier iniciativa, con resultados tan irregulares como contradictorios. No estaría de más que, en lugar de apresurarse a justificar gestiones y ahogar a presuntos competidores (sean ciudades, partidos o particulares), nos sentásemos y charlásemos un rato.

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Quien mató a Rambal…

Hoy hace cuarenta años que alguien mató a Alberto Alonso Blanco. Es decir, a Rambal. Era domingo de Resurrección y eran las dos de la madrugada del incipiente lunes: en su casa, en lo que hoy es la plaza de Arturo Arias —el Lavaderu, vaya— alguien lo acuchilló hasta matarlo y luego le prendió fuego a la casa.

Los (pocos) datos conocidos ya han sido exprimidos hasta la exasperación sin que haya sido posible dilucidar quién mató a esa institución gijonesa, tal y como recordaba Olaya Suárez en las páginas de El Comercio de este domingo. Quizás la noticia a día de hoy, entonces, sea que nunca lleguemos a saber quién mató a Rambal. Ni por qué: quizás nunca reconstruyamos, pues, ese Gijón subterráneo y sugerente que aún no tiene un relato fraguado. La leyenda se ha visto agrandada por este motivo, aunque muchos jóvenes no hayan oído hablar de ella. Como escribía Luis Miguel Piñera en Raros, disidentes y heterodoxos (KRK):

 

Lo cierto es que la rumorología hablaba desde el primer momento de un asesino homosexual perteneciente a la clase alta de la ciudad, de un joven de unos 25 años «hijo del regidor de una villa asturiana», de un portugués, de un joven forastero que preguntó por Rambal en Cimavilla el día antes…

 

La casa ya no existe. El personaje ya no existe y el barrio, si me apuran, tampoco existe: al recién llegado a Cimavilla no lo recibe el menor atisbo de lo ocurrido y lo vivido en este barrio. A los pocos meses se empieza a percibir la vida que transpira, y su historia y maneras empiezan a calar con el primer invierno. Con la sobriedad jocosa de la cuaresma y la calidez del amagüestu, ya es fácil hacerse una composición de lugar completa. Y surgen las preguntas de fondo: ¿Por qué hay un edificio enorme y abandonado en mitad del casco antiguo? ¿Por qué la casa del chino se llama así? ¿Por qué en lo que era una pescadería brillante ya solo se pueden pagar multas y hacer trámites?

La antigua Tabacalera, derruida. Foto: Luis Sevilla/El Comercio.

A tenor de lo leído, Rambal encarnaba un barrio que envejece y que, cuentan, ya no es el que era: reivindicamos nuestras termas romanas y nuestro mar y nuestra gastronomía presuntamente excelente, pero muy pocos de nuestros visitantes saben de la raigambre del Antroxu, del patrimonio oculto y pasado y, en general, de cierto capital humano que tiene mucho que ver con el carácter norteño, marino, huraño, amable, guasón, rudo, decidido y peleador del barrio y de sus gentes. De sus rambales, por ejemplo.

La no reivindicación de su figura y la escasez de documentos al respecto (¿dónde está la gran película?) explica, en gran medida, las dificultades que seguimos arrastrando para poner en marcha algo tan fácil como sería resucitar la Tabacalera y derribar el muro que separa la ciudad del cerro.

Xixón Sí Puede (marca local de Podemos) quiere crear una comisión para revitalizar el barrio, algunos artistas y músicos tratan de impulsar una plataforma para convertir el edificio de Tabacalera en una contribución viva al barrio, y el PP de Gijón considera, por su lado, que lo mejor que nos podría ocurrir es que Tabacalera se convirtiese en un hotel de cinco estrellas. Los museos son un gasto, dicen, y un hotel sería un buen negocio, dicen. Lo dudo.

En cualquier caso, el debate lleva encallado demasiado tiempo. Y posiblemente sea porque a los «raros o disidentes» como Rambal se los saca de ese debate (no se habla de ellos, no se los ensalza, como si fuesen paseantes en lugar de fuerzas vivas), mientras que los unos y los otros tratan de moldear el carácter de la ciudad.

El inefable carácter playu no es propiedad de nadie. De ningún partido, de ninguna ideología: es propiedad de la ciudad y de quien la construye, que no es más que quien la habita. Esto, que tan a menudo se olvida, ha implicado que el lado más odioso de las convicciones se haya ido apropiando, por turnos, del patrimonio de la ciudad: desde sus calles y sus nombres hasta su patrimonio industrial y su historia; desde sus ilustres (Jovellanos) hasta sus fiestas e hitos (Festival de Cine, Antroxu, Semana Grande…) Embarrancamos demasiado en lo irrelevante y no rascamos en lo sustancial: Que quien mató a Rambal mató bastantes más cosas.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.