img
Categoría: Publicados en papel
Rinocerose en Gijón: Guitarra y cacharro

Y ¿por qué no? ¿Por qué no montar un concierto redondo sobre la simbiosis de guitarra y bajo y batería, madera y acero y parches, con los temidos instrumentos de la electrónica? La respuesta es Rinocerose, la banda francesa que el jueves ofreció un contundente y generoso concierto en la gijonesa sala Albéniz.

Los Rinocerose, en cuyo germen están Jean-Philippe Freu y Patou Carrié, inventaron esto hace más de veinte años. Por ahí vienen las tablas, la solidez y un sonido perfecto (con las voces de Freu algo enterradas; no así las de Bnann Watts), amén de un repertorio sólido y muy bien repartido en hora y media larga, con dos bises.

El público, en torno a tres cuartas partes de la sala, era buena muestra de lo que supone este grupo: amplio rango de edades y de expectativas. Había sitio para bailarlo, pero los de Montpellier tampoco iban a dejar con hambre a quienes aprecian, de su sonido, el fundamento «clásico» con el aderezo experimental.

El bajo de Carrié es posiblemente el mejor hallazgo, el engarce entre todas las piezas. Allá donde la mayoría de grupos tienden a sacrificar este instrumento en primer lugar en cuanto se les pone a tiro una base pregrabada o un octavador, Rinocerose apuestan por mantenerlo y potenciarlo, con una ejecución limpia y perfecta. Encima van montadas tres guitarras mimadas y precisas, sin ruido, muy limpias. Y, para rematar la tostada, programaciones equilibradas y una mezcla de percusión y batería que viste y arropa. Todo suma. Pero esto solo para abrir boca en el primer tramo del concierto.

Entonces, con las cartas sobre la mesa y un sonido definido, el recital se convirtió en una sucesión de experimentos: cuatro guitarras, ningún bajo, percusión y voz; guitarra española, dos eléctricas, bajo, batería y programaciones; y así sucesivamente. Al término, quien iba buscando los temas reconocibles o bocados de su último trabajo, Angels and Demons, se fue satisfecho; quien esperaba dejarse llevar y bailarlo sin más, también.

Sorprende que, tanto tiempo después, este grupo con una base de seguidores sólida y fiel siga sin tener el predicamento suficiente (menos aún en su país). Quizás les falten himnos o les sobre osadía a la hora de cruzar fronteras musicales, pero desde luego tienen mucho más que decir que demasiados que han intentado usar su fórmula y se han quedado en la simple sustitución de guitarras por cacharros. Ellos pueden con todo.

Ver Post >
Variante tabacalera

Siguen saliendo camiones y camiones cargados, vaciando, excavando, preparando esa obra que nunca termina. Se remueve la maquinaria, cruje la piedra, se «actualizan» plazos y presupuestos y los contratiempos se suceden. Parece que esto nunca va acabar. ¿Hablamos de la Variante de Pajares o del edificio de Tabacalera en Gijón?

De cualquiera de las dos, después de que este jueves el ayuntamiento playo haya reconocido que las obras de consolidación del emblemático edificio no estarán terminadas para este mes de agosto, como se preveía, sino que tienen un nuevo horizonte en principios de 2018. Con el previsible mareo de perdiz en torno a su uso es posible que nos situemos en 2019 y, por tanto, en nuevo año electoral. Salvo que la actual corporación logre un acuerdo sobre el nuevo uso o relleno y lo deje atado —escenario improbable—, volverá a rodar la pelota, y así pasarán otros dos años que sitúen la ansiada apertura en 2021.

Es el mismo año en que estará listo el macrotúnel, siendo optimistas, según se nos contó también esta semana. La cosa está, sin embargo, en que la gran infraestructura y la recoleta fábrica de tabacos llevan sometidas a escrutinios, idas y venidas prácticamente la misma cantidad de tiempo, cuando salta a la vista que la complejidad de darle viabilidad a la primera es enorme y, en el caso de la segunda, puro trámite. Pero ahí seguimos, encallados, y viendo la grúa girar sobre una Cimavilla que languidece.
Probablemente esta sea la primera vez en décadas que el Ayuntamiento de Gijón se enfrenta al reto de erigir un equipamiento cultural en mitad de una crisis económica, y que encima Tabacalera constituya, en el ámbito asturiano, el primer reto de creación completo de los últimos diez años. Todo lo demás han sido actuaciones para tratar de mantener lo heredado de tiempos de bonanza con más o menos éxito (léase Laboral).

La respuesta al reto es una sucesión de dudas sin resolver; un peloteo en el que conviven la opción de la consulta ciudadana, cosmética y no demasiado rigurosa, y la voluntad, expresada por la alcaldesa el pasado jueves, de servirse de Tabacalera como contenedor del Festival de Cine, de un auditorio y de otras carencias de la ciudad. Pero si algo está claro, además de la falta de acuerdo, es que a día de hoy no hay prisa por concluir el equipamiento, visto que en el consistorio nadie acaba de tener clara la senda que debe tomarse.
Entre tanto, el tiempo corre, aunque no lo parezca. El balón de oxígeno que supondría un proyecto así es urgente para la ciudad y el barrio, toda vez que estuviese bien trabado, firmemente asentado en el sector cultural y convenientemente liderado por la administración. Ni siquiera es una cuestión de dinero o de política —los dos grandes males que aquejan al túnel de marras— sino de análisis, de diálogo y de entusiasmo. Lo primero se puede conseguir con profesionales; lo segundo, con calma; pero lo tercero solo puede salir de pulsar las teclas adecuadas y al alimón.

Es lo que más complicado se antoja en estos tiempos de supervivencia, de egoísmo, de falta de altura de miras: igual que una infraestructura como la variante tiene un principio y un fin, una entrada y una salida, conviene empezar a asumir que los lugares como Tabacalera solo pueden ser si son invadidos, tomados, disfrutados y exprimidos por las ciudades enteras. De otro modo, no serán: solo nos quedará, allá por 2030, otro cascarón medio ahogado para los anales del despropósito y la desproporción. Aunque, al menos, habrá un túnel por el que escapar.

Ver Post >
Inédito y original

Mientras que las colas para ver el Guernica, de Picasso, inundaban el centro de Madrid para volver sobre lo infalible o conocer lo esencial, alguien encontraba otro inédito de algún autor fundamental, añadiendo otra tarea cultural a la lista. Cada semana se alternan los aniversarios, centenarios y efemérides para guardar, como la del famoso cuadro, con los hallazgos de supuestos prodigios hasta ahora desconocidos de nuestros primeras espadas: el último del que tenemos noticia, de este mismo jueves, un libro con treinta y seis poemas de Juan Ramón Jiménez que nunca habían visto la luz. Y así, semana sí y semana también: que si un velázquez por acá, que si un disco de los Beatles por allá…

Pura mercadotecnia, después de todo: apenas se han dado casos en que estas oportunas resurrecciones no hayan beneficiado a algún pariente ocioso y hayan dejado el sabor de la indiferencia en los espectadores, lectores o seguidores. Por lo general, si una obra había pasado a mejor vida o había sido olvidada había buenos motivos para ello.

Sin embargo, en todos los ámbitos de la cultura se hace cada vez más frecuente aferrarse a estos clavos ardiendo, a estos caballos de batalla: el fenómeno va desde esta necesidad por contar, recontar y volver a contar otra vez algún acontecimiento histórico sin aportar muchas novedades al respecto hasta la moda por resucitar series de televisión, cine, cómic o novela para arrastrar a sus seguidores originales y forjar nuevas generaciones detrás.

Es más, hace poco se publicitó que Pepe Carvalho, el esencial personaje del desaparecido Manuel Vázquez Montalbán, va a volver a las librerías el próximo año, pero será merced a la pluma de otro autor. Ya ni siquiera habrá un esfuerzo por maquillar el engaño, sino que se prometerá una refundación de la saga, una continuación prescindible, un reconfortante asidero al pasado,  un ejercicio de estilo que a lo mejor interesa a alguien, pero por motivos que poco tienen que ver con lo genuino y necesario.

Hay quien achaca esta corriente a la falta de ideas del tiempo en el que vivimos, pero en realidad no se debe a nada que no se haya producido siempre: a explotar el miedo (lógico y natural) a lo desconocido, a escapar del riesgo comercial y también, por qué no decirlo, a que ya hayamos aupado a la categoría de «clásicos imprescindibles» tantas cosas que casi hay que dedicarse a ellas a tiempo completo.

Si mezclamos estos tres factores, resulta que antes de poder empezar a contemplar nuevos cuadros o descubrir nuevos autores debemos descubrir y aprehender todo lo de los «clásicos», lo cual ya conlleva un trabajo notable. Si, además, la gallina de los huevos de oro sigue poniendo con un goteo de inéditos o de resurrecciones, la tarea se multiplica: ahora hay que leerse otros treinta y seis textos de Juan Ramón antes de poder permitirse olvidar Platero y yo y pasar a algo más interesante.

No se nos ofrece alternativa ni escapatoria: mientras que grandes empresas sigan copando el panorama e Internet siga suponiendo un factor de competencia añadido para las artes, el riesgo seguirá disminuyendo y esta falta de frescura seguirá ganando terreno, hasta que el refrito se instituya y domine el mundo de una vez por todas.

Son tantos defendiendo y reivindicando tantas cosas, tan diversas, y al mismo tiempo, que se nos ha arrebatado el criterio y se ha proscrito quejarse, por ejemplo, del timo que suponen las vueltas de tuerca anuales a Michael Jackson, al fondo beatle o a tantos y tantos subproductos literarios, amén del estropicio de Star Wars.

Ver Post >
Fuera del mundo

Tanta es la distancia con la que vemos a ETA en el retrovisor que en el último barómetro del CIS, publicado esta semana —la de la escenificación del desarme—, la banda terrorista ni siquiera aparece. Últimamente, en el capítulo de preguntas de respuesta espontánea sobre los mayores problemas de España, del primero al tercero, obtenía unas décimas. Ya, ni eso: el sucedáneo más próximo es el terrorismo internacional y los encuestados, entre los que lo han señalado como el primer, segundo o tercer problema más grave, suman apenas el 0,6% de inquietos.

Podemos dar a ETA por derrotada, relato de su defunción incluido, merced a la insistencia de quienes nunca dejaron de contestarla, a quienes nunca perdieron el valor de narrarla y, también, a cierta capacidad adquirida para sacar su discurso de nuestro mundo: para procurarles un destierro.

Mientras, la nueva amenaza a nuestra parcela de civilización —ese yihadismo retorcido y torvo— le asestaba a Europa un nuevo hachazo el viernes, en Estocolmo. De Norte a Sur y de Este a Oeste, entre la preocupación y la furia, se le busca un antídoto a esta nueva manera de ataque, insólita y desconocida en estas dimensiones y hechuras: han cambiado las normas de circulación en el espacio Schengen esta semana, se han multiplicado los recursos policiales y militares, pero sigue faltando el relato con el que aquí se le ha dado la puntilla al terrorismo: la capacidad de sacarlos del mundo, de desterrarlos.

Existe miedo, como vemos en la estrambótica campaña electoral francesa, a dar ese paso, a ejercer ese destierro: los tambores xenófobos que recorren el continente no son sino una concesión al discurso del enemigo, a ese que pretende imponernos. Y en su terreno nunca se puede ganar: hay una diferencia sustancial entre hablar de ellos y hablar en sus mismos términos.

Este es precisamente el motivo por el que la literatura, la música, el arte y el teatro que visten y conforman Europa son tan esenciales en este momento; porque, en el plano del discurso, somos invencibles. Si desplazamos todo eso, si nos lo quitamos de debajo de los pies, nos estamos arrebatando solos el mismo suelo que nos pretenden quitar: no habría que olvidar que ETA solo tuvo atisbos de victoria y solo pudo existir mientras que consiguió que reinase el ruido o acaso imponer su silencio.

Es tan evidente que este nuevo enemigo está intentando lo mismo que por ahí hay que empezar la defensa. Basta de competir por ver quién sufre más, quién tiene una opinión más contundente sobre qué pasa y por qué pasa, basta de tratados de barra de bar sobre lo que son las religiones y la historia de los pueblos: la respuesta a esta encrucijada está en ese libro que tanta pereza nos da leer, en esa película que no vamos a ver o en ese museo que no se nos ocurre pisar si no es para colgarlo en Instagram.

Volver a esos fundamentos, volver a esa idea nuclear y primera —y no tratar de componernos una personalidad por simple oposición a la barbarie— es lo más importante que podemos hacer. No hace falta mucho más que entender qué se está atacando, sin importar el quién o el dónde o el por qué, y tener claro que eso es sagrado, y protegerlo, y abrazarlo, y reivindicarlo.

Ese ataque tiene que ver fundamentalmente —ya lo vimos con Palmira— con las vértebras de un pueblo, que vienen a ser su cultura. Por eso no es ni frívolo ni irresponsable consumirla y celebrarla hoy: es, de hecho, lo más valioso y valiente que podemos hacer.

Ver Post >
Libertad de tuiteo

La guarnición es una sentencia de la Audiencia Nacional contra una tuitera por bromear con el atentado que mató a Carrero Blanco; y el filete, el símbolo que ha nacido: una chica de 21 años a la que, según ha declarado estos días, le han «arruinado la vida» con este proceso. No ha rechazado ninguna petición de entrevistas, no ha escatimado en calificativos para con la sentencia y, así, ha contribuido involuntariamente a alimentar un rifirrafe ya desvirtuado, desnortado y enquistado. Ha completado el plato que unos y otros necesitaban para alimentar el griterío una semana más.

Una condena como esta es de lo peor que le podría haber ocurrido. Ahora bien, a partir del momento en que su nombre saltó a la palestra ha empezado el otro juicio, que casi es peor: en las últimas horas hemos podido leer análisis que van desde el «se lo merecía» hasta una oscurísima conspiración transfóbica en las altas esferas de la judicatura, cuando lo que ocurre es que la libertad de expresión y el Código Penal son asuntos tan complejos y llenos de matices que resulta complicado enfocar el debate e intercambiar opiniones con algún fundamento. (Huelga decir que prácticamente nadie se ha leído la sentencia.)

No obstante, se antoja muy difícil compartir que en España sea posible semejante dureza y semejante condena. A partir de ese punto, y con eso claro, solo cabe intentar que algo así no vuelva a suceder. Y de todos los caminos posibles para lograrlo —se entiende que ese es el objetivo de la tuitera condenada a partir de este momento—, posiblemente el peor de todos sea dejarse retratar con un líder político (sea quien sea: esta vez, el más rápido ha sido Pablo Iglesias) y alimentar la inquina: o bien se sabe muy bien en qué liga y con qué oponentes se está jugando, o bien aceptar el grado de exposición que le han propuesto a Cassandra Vera conduce únicamente a abundar en el daño causado.

El jueves, por ejemplo, a las pocas horas de ser condenada, Carlos Alsina la entrevistaba en la radio. Y, toda vez que había dejado clara su oposición a la sentencia, le preguntó a la tuitera si acostumbraba a desear la muerte de quien no pensaba como ella, al hilo de un supuesto tuit en el que deseaba que a Cristina Cifuentes le clavasen un piolet en la cabeza (dijo que no recordaba haberlo escrito, que seguramente era falso). Terminada la entrevista, Vera presentó en su Twitter la pregunta como afirmación y, por tanto, puso en boca del periodista una afirmación. Este le respondió por el mismo medio, pidiéndole que reconociera que le había hecho una pregunta y no una acusación, ante lo que ella volvió a arremeter con que estaba «fuera de lugar y basada en rumores».

Al cabo de pocas horas, la tuitera en cuestión dejó de negar tan categóricamente que nunca hubiese escrito aquel mensaje, y en su lugar se enzarzó en un duelo dialéctico con Cifuentes acusándola de transfóbica. El tuit sobre la entrevista de Alsina ha desaparecido.
Total, que ninguno de estos dos episodios restan un ápice de injusticia a lo que le ha ocurrido pero, visto y aclarado que el otro juicio se ha desatado ahora, es posible que esta forma de conducirse (a medio camino entre la mentira, el olvido y el desorden) no haga sino brindar argumentos a quienes ya la tienen en su punto de mira; obstaculice una movilización social unánime, firme y clara contra la sentencia y a favor de su indulto; y en último término no sirva sino para agravar la situación.

Ver Post >
Por un IVA cultural del 35%

La travesía por el desierto ha terminado: cinco años después de multiplicar el IVA a la Cultura prácticamente por tres (hasta el 21%), el Gobierno ha anunciado este jueves que en 2017 lo bajará otra vez al 10%. En los presupuestos generales que verán la luz en menos de una semana ya vendrá reflejado; así como —esto aún no está confirmado— una subida en la dotación cultural.

En estos cinco años ha dado tiempo a que cayesen multitud de proyectos por la imposibilidad de absorber el pelotazo a cualquier previsión que supuso aquella subida. Los que han sobrevivido salen reforzados, y pueden celebrar, pero lo más probable es que esta reducción no se note en el bolsillo del espectador hasta que hayan recompuesto sus finanzas por completo. Y van a tardar.

La Cultura ha sido, durante estos cinco años, una vaca bastante cómoda a la que ordeñar. Ahora, se le agradecen al sector los servicios prestados con una ventaja fiscal, con algo más de dinero y con la crucial negociación de un Estatuto del Artista —que no costaba dinero, solo esfuerzo—. Cuando nuestros ojos vean todas estas contrapartidas, lo que queda de la Cultura en España estallará de júbilo, y podremos seguir con nuestras apacibles vidas de diletantismo y creación.

Sin embargo, con las ventajas van a volver también las críticas, el sambenito del privilegio y las palabras cargadas contra esta o aquella manifestación artística. En este sentido, igual que en otros muchos, casi sería más deseable que el ministro Méndez de Vigo saliese a saludar con entusiasmo no una bajada, sino una nueva subida que colocase el IVA a la Cultura en el 35%.

Bienvenido fuera el tipo impositivo más alto del mundo si con eso la Cultura se garantizase, por ejemplo, un régimen contributivo a la Seguridad Social y a Hacienda ajustado a los ingresos, respetuoso con los meses valle de cualquier ejercicio creativo, si con ello los escritores pasasen a existir en el repertorio de actividades económicas del Ministerio de Hacienda y si así quedasen cubiertas las bajas laborales del mundo de la danza. Ojalá un IVA del 35% reinvertido en parte en facilitar la educación cultural desde Primaria, y no solo en cosméticas salidas del aula y hueros programas de acercamiento; ojalá, si los conservatorios fueran templos con las ventanas abiertas de par en par y fábricas de excelencia.

Con qué gusto se recibiría el sablazo si eso garantizase, por tanto, que iba a haber público en cantidades industriales y que las artes y oficios afines podrían ser una carrera académica y profesional como cualquier otra. Que subiese el IVA al 40% si con ello se barriera la casa, escampasen las injerencias y el futuro se abriese.

En lugar de todo eso, el IVA vuelve prácticamente a su cauce previo crisis, y la Cultura respira aliviada. Podemos volver a ser quienes éramos antes porque esto no ha sido nada más que un mal sueño, un dardo lanzado por Cristóbal Montoro que ahora alguien nos quita de la espalda. El mundo se equivocaba y nosotros, artistas, teníamos razón: si esta idea cala, corremos el riesgo de volver atrás con todo lo bueno que había; también con todo lo malo. Ojalá no tenga que subir el IVA otra vez, más incluso, para que entendamos la importancia de la lección que nos han dado estos años: que toda prudencia es poca; que toda osadía es riesgo; que no hay en quien confiar; y, sobre todo, que si se quiere que esto no vuelva a ocurrir no se puede esperar al siguiente susto para cambiar.

Ver Post >
Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.