El Comercio
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Categoría: Publicados en papel
Los públicos notorios

Cuentan que lo vivido este fin de semana en los Teatros del Canal fue irrepetible: el director belga Jan Fabre traía a Madrid su comentado espectáculo Mount Olympus, que entrevera treinta y tres tragedias griegas, dura veinticuatro horas y contiene toda clase de prácticas sexuales, de esas que siguen asustando e incitando titulares ruborizados. Cualquiera de los tres ganchos sería bastante, pero si se le suma lo limitado del aforo (ochocientas plazas agotadas hace meses), lo heroico de la proeza y lo inevitable de la polémica —o de las ganas de encontrarla, en fin— estaba garantizada la talla de acontecimiento desde hacía tiempo.

Mount Olympus, de Jan Fabre

Ahora bien, lo más llamativo ha sido que, desde el sofá de casa y entre la tarde del viernes y la del sábado ha sido posible seguirlo, y no precisamente por que se estuviese retransmitiendo en directo: es que no hubo un solo espectador que no nos deleitase con su llegada, estancia y partida en las redes sociales.

Muy especialmente las celebridades del mundillo actoral y teatral de la villa y corte, que anticipándose a alguna crítica deslizaron, en sus mensajes, no solo elogios sino excusas para abandonar el barco antes de tiempo. Del resto se encargaron los entusiastas cronistas teatrales: allí estaban todos.

El caso es que Fabre —lo había advertido el jueves— pretende con esta pieza llevar al espectador al trance, sumirlo en la duermevela y someterlo, por tanto, a un recorrido similar al de sus actores. Y se pregunta uno qué trance es posible, qué trascendencia absoluta, si existe la total libertad para ir a tomarse un cruasán durante la función o a lo peor contarle por WhatsApp al vecino qué tal va el partido. Al parecer, hubo muy pocos que se dejaran caer en los brazos de Fabre sin miramientos, sin red.

Decían que era una locura presentar un espectáculo de estas proporciones, que Fabre era un loco aventurero; pero lo cierto es que lo rompedor hubiese sido pedir al respetable que prestase atención durante el tiempo que duraba el invento: pedirles que se despojasen de sus teléfonos durante la representación. Eso sí que no se ha atrevido a hacerlo nadie.

Porque este hito ha coincidido con la gira de Daniel Barenboim por España, quien allá a donde ha ido —empezando por Oviedo— no ha tenido empacho en reñir a su público por las continuas y tísicas toses. En Barcelona, incluso, se fue durante un momento a recuperar la concentración.

Esto ha provocado muchas reacciones, muy variadas: el director y clavecinista Aarón Zapico se ha manifestado públicamente en contra de que los intérpretes hagan este tipo de aspavientos; la actriz Clara Sanchís Mira, por su lado, dedicó esta semana en La Vanguardia una carta al espectador del caramelo estruendoso. (No precisamente amable.)

Los ejemplos son interminables y el acuerdo, imposible. Siempre hay alguien en algún sitio que estorba al resto por su estatura, movimientos, ruidos o esfínteres; incluso (y muy especialmente) a los propios intérpretes, que merecen un respeto mínimo, un decoro y etiqueta básicos que se les supone (y casualmente observan sin falta) quienes han pagado una entrada para ver un espectáculo.

Sucede que suelen montar los guirigays los invitados o viandantes o, mejor dicho, quienes montan los guirigays suelen ser invitados y viandantes: es decir, el problema no solo es de educación colectiva, de respeto y de sensibilidad, sino de refalfio y desinterés.

Contaban quienes vieron a Barenboim que había, en el auditorio, un número insólito de gente que no sabía ni a lo que iba; y en Mount Olympus, visto lo visto, a lo mejor el aliciente era, tristemente, otro. Que no era el teatro.

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La séptima puerta

Tenía el sanguinario Barbazul un castillo con siete puertas, que a la joven Judit le fue descubriendo de una en una. Escapa, le decía, vete, pero no te vayas: ella le preguntaba por qué lloraban las paredes, por qué estaba ensangrentado el inmenso tesoro, y por qué escondía un lago de lágrimas. Y qué necesidad tenía de un arsenal, de una cámara de torturas. Al cabo, tras la séptima puerta, el gigante Barbazul le mostró a Judit la verdad: la colección de mujeres que habían pasado por sus manos grandes, enfermas y mortales de necesidad.

Harvey Weinsten. (EFE)

Harvey Weinsten. (EFE)

En las últimas dos semanas, ha salido a la luz algo que todo el mundo sabía: que el productor Harvey Weinstein, uno de los hombres más poderosos de Hollywood, lleva al menos treinta años abusando, de muchos modos y en muy diversos grados, de actrices, colegas y subordinadas. Nadie había dicho nada —especialmente, los medios—, pero era al parecer conocido que la séptima puerta de Weinstein es multitudinaria y aterradora: ahora, que se ha abierto, tiemblan los cimientos de muchas cosas. Quizás de los mismísimos Estados Unidos.

La comparación con el gigante Barbazul no es casual. Así, como un hombre tremendo y apabullante lo han descrito muchas de sus víctimas, como la actriz Asia Argento. Cuentan que al trauma lo siguió la culpa, por haberse «rendido» en un momento dado a la potencia, al poder y a la abyección del monstruo: hay historias terroríficas que quien tenga estómago puede encontrar en el New York Times del 5 de octubre y en el New Yorker del día 10, los dos artículos que han destapado la caja de los truenos.

Cuenta el propio New Yorker que hacía años que querían publicar la historia, pero que nunca habían podido por la falta de testimonios de gente que estuviera dispuesta a dar la batalla abiertamente: tirarse a la piscina contra Weinstein apoyándose solo en fuentes anónimas era suicida. Ahora, como en un efecto dominó, se ha acabado el silencio y se han quebrado las complicidades, y todo Hollywood (y todo el mundo) se ha visto empujado a tomar postura.

Ahora bien, se queda muy corta la explicación de que este silencio era posible por el poder que tenía Weinstein —del mismo modo en que es demasiado rastrero preguntarse por qué las actrices no lo habían denunciado antes—: hay, consideraciones criminales aparte, una constatación terrible de lo que es normal, aceptable o necesario en el ámbito profesional (pero sobre todo en el artístico).

Esta es la cara oscura, turbia a más no poder, de un sector (el cultural, artístico y de entretenimiento) que se enorgullece de su secretismo bien entendido, que celebra que el público no vea las entretelas. El problema es que es justo ahí donde depredadores y villanos como Harvey Weinstein encuentran refugio, acomodo e incluso apoyo.

El pacto de silencio trasciende la excepción —este caso es la prueba— y el mero machismo sistemático —esto roza la psicopatía—: se instala, más bien, en el fascinante pero temible mundo de la máscara, y atañe a la verdad bajo la superficie de las cosas. La máscara, la mentira, el embuste tienen una cara amable y positiva; pero tienen una, negra y sangrienta, que solo se da cuando no se habla lo suficiente, no se escucha (o no se quiere escuchar) y cuando todo falla, cuando el mundo se vuelve un lugar salvaje y descontrolado.
Lo más aterrador de Barbazul no es el personaje en sí, su incapacidad patológica para cambiar: es que su presencia opaca a la de Judit, que termina, por supuesto, perdida tras la séptima puerta.

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Unos premios atípicos

La próxima vez que veamos al Rey hablar, salvo desgracia, imprevisto o cataclismo, va a ser en un escenario, el del Teatro Campoamor. Será lo inmediatamente siguiente a su comparecencia de la semana pasada, dedo enhiesto de reproche y rabia, y por tanto será la primera vez que Felipe VI oficie como entregador de premios en mitad de un huracán.

Quizás alguien hubiera previsto que, como es habitual, los Premios fuesen a efectos políticos una suerte de megacóctel, un cordial y solemne encuentro anual en el que llevarse bien, saludarse, y preguntar qué tal va todo: quizás lo esperable era que en el desfile del jueves pasado el asunto catalán ya hubiese escampado, y que en la fiesta de Oviedo de esta semana pudiesen felicitarse de lo lejos que quedaba la crisis. No parece que vaya a ser así.

Si los Premios se han caracterizado por algo es por una placidez institucional a prueba de manifestaciones, por ejemplo: no hay crítica, crisis o pitada a las puertas del teatro capaz de quebrar la serenidad de la Fundación, para exasperación de sus detractores. Lo mismo ocurre con el Rey y con la Corona. Pero también es cierto que nunca se ha dado —ni siquiera en lo más álgido de la crisis económica— que hubiese una convulsión política e institucional como la presente, que sin duda hace imposible mirar para otro lado.

Esto, que no es inherentemente bueno o malo, sí conlleva que al menos el tradicional discurso del monarca en la ceremonia vaya a tener que tratar sobre el tema preferido de España estas semanas, y que habrá una cantidad extraordinaria de ojos puesta en sus alusiones y mensajes velados. Al mismo tiempo, se dará la circunstancia de que entre los premiados esté la Unión Europea, y de que Adam Zagajewski, un poeta con una o dos cosas que decir sobre el concepto de patria y de nación, recoja el galardón de las Letras.
Conque todo se va a convertir un semillero de titulares jugosos, pero en un contexto que se apetece cultural (y no político o institucional). Es una buena oportunidad, habida cuenta de la abundancia de actividades programadas, para que se abra un espacio de reflexión sobre tantas y tan variadas cosas como las que nos llevan preocupando un mes, si no más, y sobre todo lo que nos queda por delante: esta vez, no hay escapatoria, no hay corrección institucional ni balsa de aceite posible ante lo que sucede, y por lo tanto es de esperar que los Premios crezcan un poco más, que se empapen de actualidad y que, ora de manera excepcional, ora como inauguración de una nueva etapa, asuman un papel más destacado en el debate público.

El primer salto en este sentido se produjo hace pocos años, cuando la Fundación instauró la costumbre de preñar de actividades la región para que todo el mundo pudiese ver, tocar, escuchar a su premiado favorito, y así procurar sacudirse el elitismo. Ahora llega el siguiente, que es gestionar la condición de altavoz de los Premios, y no solo de la Corona, y dotarlos del empaque cultural, de la multiplicación de voces (incluso, o sobre todo, de las discrepantes), para que de Asturias pueda salir algo, un mensaje, una imagen, lo que sea. Algo definido y concreto, que seduzca y ayude a que el debate se mueva en alguna dirección y que esta ceremonia, que adorna la ciudad y entretiene a algunos, funcione también para resolver problemas y moderar las discusiones (y empujarlas, promoverlas). ¿No es eso para lo que sirve la cultura que premian?

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Hable el pueblo

Tiene bastante guasa que esta semana alguien haya organizado una cacerolada a las puertas de Telecinco porque no les gusta que no les dejen seguir esta edición de Gran Hermano veinticuatro horas diarias, con un canal habilitado al efecto. Fue un fracaso, como se apuraron en contar los medios con la candidez suficiente como para enviar a algún juntaletras al lugar de los hechos, y que completaban sus crónicas con un intrigante «pero sigue el boicot en las redes sociales».

Esta expresión tiene mucha miga, porque invita a preguntarse qué cosa es un «boicot en las redes sociales». Se entiende que se trata de mucha gente escribiendo simultáneamente lo en desacuerdo que está con la dirección del programa mientras que lo ve. Por lo tanto a Paolo Vasile, capo de la cadena, le pueden echar encima tantos «boicots» como gusten mientras que ese pozo negro y sin fondo siga siendo tan rentable como hasta ahora.

Alguien en mi vecindario consume a diario, a un volumen suficiente como para que acompañe algunas jornadas de trabajo, una abundante ración de Telecinco por las tardes, de Sálvame y similares. Lo completa con un par de episodios de la telenovela de sobremesa y, si no hay recados por la mañana, con uno de esos informativos de cuatro horas que los presentadores locutan como si estuviese a punto de acabarse el mundo.

Todo, desde esos subproductos noticiosos matutinos (¡qué contentos se ponen cuando, cada tanto, tienen una noticia que dar!) hasta los rituales de Telecinco, esa berrea indescriptible, ha ido entablando una relación cada vez más gomosa, más amplia con lo que dice «la gente»: la prueba, en efecto, la tenemos en lo que ahora se conoce como «boicot», y en la ligereza con la que en televisión se dice haber pulsado la indignación, el entusiasmo o el sentir de cuarenta y siete millones de personas de un solo vistazo.

En el principio de los tiempos tenía incluso gracia aquella Lola Flores dirigiéndose a «toda España». Pero es que así era: se dirigía a la nación para pedir una peseta a cada ciudadano y así saldar sus deudas con el fisco, y nadie en todo el país se quedó sin verla.

Acuñada la expresión «toda España», empezó a cuajar y pasó a los programas del corazón, donde el famoso de turno dirigía su mensaje, de nuevo, a Península, Canarias y Baleares. De ahí saltó a la telerrealidad, donde acostumbran a cantarse las cuarenta para que se entere toda España. Y, por último, a este reciente invento que mezcla el periodismo, el espectáculo y la «comunicación»: discursos institucionales aparte, ya hay un buen montón de gente dirigiéndose a toda España en su rinconcito dominical, en su altar tertuliano, en su entrevista rutinaria.

Es probable que la deformación en cuanto a magnitudes llegase para quedarse en el 15M, cuando una plaza abarrotada bastó a los analistas más avezados para interpretar no ya a España, sino todo el momento entero de El Cairo a Manhattan: ahora, hasta aterrizar en este domingo, se ha librado una batalla sin cuartel por saber quién representa la voz de Cataluña, por explotar el clamor. Por supuesto que, según se nos cuenta, esta voz solo puede ser una, la voluntad de los catalanes es monolítica y mayoritaria (en un sentido u otro: he ahí la cuestión por dilucidar).

Ahora, han sido los líderes los que se han referido a España como «toda España» y a Cataluña como «toda Cataluña», como Lola Flores, como en la bazofia catódica, dándose codazos por ese grial que es el manojo entero de voluntades, la razón definitiva. Y mientras, el dueño de la cadena contempla crecer la audiencia: ahí se las den todas.

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No controles

Era noviembre de 2010 y Borja Cobeaga había desembarcado en el Festival Internacional de Cine de Gijón con No controles, aquella almibarada y estupenda comedia romántica. Entonces no había Ocho apellidos vascos, el panorama era otro (más relajado) y Cobeaga, lo contó en la rueda de prensa final, tenía un proyecto que se temía nunca iba a poder hacer: se llamaba Fe de etarras.

El cartel de la discordia.\EFE

El cartel de la discordia.\EFE

Contaba Cobeaga que poco importaba cuántos espectadores llegase a acumular. En España, reflexionaba, nadie se atrevería a financiar un proyecto como ese por el revuelo que se montaría, y con los muertos de ETA aún demasiado recientes. Puso como ejemplo de la sinrazón española una película que se había estrenado en Reino Unido dos meses antes, Four Lions. Aquella joya se reía abiertamente del terrorismo y de la paranoia post 11 S y de los inmigrantes reconvertidos al islam radical por moda: son torpes, son decididos y no dan una. El final, con todo, es amargo y deja una reflexión valiosa. Es una película recomendable, valiente y, en efecto, impensable por estos lares.

Volviendo a Cobeaga: razonaba por tanto que nadie le iba a pagar su película. Ahora, siete años después, ha encontrado en el portal Netflix su mecenas esperado. Estos, lejos de arredrarse, lo han apostado todo a una campaña publicitaria que de momento solo consta de un cartel: el cántico «Yo soy español» tachado tres veces, en pleno centro de San Sebastián.

Cobeaga está en silencio; Netflix no ha tenido que hacer más: los unos, los otros y los de más allá se han ocupado de cebar la polémica sin más ayuda y, lo que es más gracioso, sin tener ni la más remota idea sobre el argumento o el enfoque de la película. Ha sido leer la palabra «etarras» y se acabó lo que se daba, la guerra total, la fiscalía.

Pues bien, en aquel encuentro, Cobeaga nos lo contó. Había un puñado de periodistas que, al término de la explicación, tenían serias dificultades para escribir recto en sus libretas de la risa: ‘Fe de etarras’ versaba, según él, sobre un comando de ETA destinado en Madrid que tiene que quedarse en un piso franco mientras que preparan un atentado, con tan mala fortuna que les toca en suerte la presidencia de turno de la comunidad de vecinos.

Es abono, con buen gusto y talento, para una comedia negra, negrísima, que a buen seguro no va a ensalzar nada —pregúntenle a los batasunos que aún quedan circulando por ahí la gracia que les hace esta sinopsis— y que a lo mejor incluso sirve para que los más jóvenes del lugar se enteren de lo que aquí ocurrió. A lo mejor ayuda a poner en su contexto las cosas, a reírse y aprender y, de paso, dejar de frivolizar. Veremos.

Harina de otro costal es la estrategia de comunicación de Netflix, que con una mezcla de chulería y desenfado (excesivo, a veces) se ha propuesto molestar, hurgar y suscitar enfados desaforados que ayuden a su expansión. Pero con eso Cobeaga no tiene nada que ver.

Hábil, tras haberse visto expuesto con un par de éxitos inopinados, ha preferido seguir callado hasta que el propio público pueda evaluar su trabajo. A lo mejor, hasta que a más de uno se le caiga la cara de vergüenza por la algarabía que está armando sin haber visto ni un tráiler, ni una escena, ni un tratamiento de guión, nada más que una lona sin importancia. Es mucho más interesante invertir tiempo en desentrañar por qué ha tardado, al menos, siete años en ver la luz. ¿Por qué? Y ¿por qué ahora?

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Dos Marías

Ya hay suficiente gente que ha leído Berta Isla, la nueva novela de Javier Marías, como para saber que valía la pena comprarla y leerla. Yo lo hice el viernes, después de haber paseado por un extenso artículo, el enésimo quizás, que cargaba contra las posturas que el autor defiende en sus columnas dominicales, de lo más comentado y tumultuoso de los fines de semana.

Al emprender la lectura de Berta Isla, a las pocas páginas, ya se atisba una forma de escribir que poco o nada tiene que ver con los consabidos ritmos del columnismo. Ni siquiera se adivina mucha vocación de ir a explicarnos nada que no sea una historia, un relato.
No obstante, en la ronda de actos de promoción de este libro, Marías no solo no ha procurado hablar más de literatura que de actualidad, sino que ha entrado con todo a la batalla. Con naturalidad, sí, pero es posible que también con unas ganas traviesas de hurgar donde tanto molesta a algunos indignados profesionales.

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La novela tiene un aspecto fantástico, escarpado, arduo y bastante extenso. Pero transpira, desde el primer párrafo, literatura: y como bien señalaba un colega esta misma semana, es un error garrafal confundir las posturas del Marías columnista con las del Marías autor —que no deja de ser su auténtico oficio—. Calculaba este amigo que poca gente de la que le zurra por lo uno le leerá lo otro, y que eso es una lástima porque no deja de ser un escritor monumental. Que la ideología y la opinión lo aparten es, en efecto, una pena.

Sin embargo, en ese barrizal en el que se está convirtiendo la opinión se percibe cada vez más urgencia y menos cuidado: si bien a Marías se le supone altura literaria porque no tiene Internet —y se entiende que se distrae menos en tonterías— y porque tiene muchas tablas, a sus detractores más jóvenes y virulentos (sobre todo a la que me refiero, la del principio, la del artículo interminable) se les nota demasiado la falta de cuidado, de amor por la escritura y de mimo en los textos. Sin entrar a su fondo: no estamos hablando de trufar los artículos de erratas o de carecer de recursos expresivos; estamos hablando de no saber poner las comas en su sitio y de separar, sistemáticamente, sujeto de predicado.

Así se consuma la paradoja de que de un autor innegablemente bueno, como es Marías, se diga que ha escrito un artículo «malo» o «abominable» por su fondo, mientras que de aquellos que le responden sin ton ni son, pero con tino ideológico, se pueda decir que son «fantásticos» y «buenísimos».

Así va muriendo la literatura o la van matando, en la medida en que el rasero para consumir textos tiene cada vez menos que ver con su calidad y más con los postulados de quien esto o aquello firma. Buena parte de la culpa la tienen las prisas, pero no cabe duda de que también cargan con alguna responsabilidad los autores que, como Marías, andan metiéndose en camisas de once varas no sin criterio, pero sí en menoscabo de la pura literatura.

Hay otro amigo escritor, buenísimo, que hace tiempo decidió no dar su opinión si no era en sus novelas. Autocensura, dirá alguno; libertad, contesta él, para que nada le empañe la vista al lector: no tiene ninguna necesidad de hacer proselitismo, de cargar contra nadie, de imponer su visión del mundo. Solo tiene ganas de escribir lo mejor posible. Lo demás, ya está probado, es accesorio. Innecesario, incluso.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.