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Categoría: Cultura & Sociedad
Larra y los Goya

Con tanta gana y tan grande se quiere contentar al público que, desesperados en la búsqueda de fórmulas, los artistas empiezan a rendirse a la solución definitiva: que sea el propio público quien haga su trabajo por ellos. Este jueves, la Academia del Cine ha anunciado un concurso de ideas abierto para la próxima gala de entrega de los Goya, el año que viene. En lugar de hacer autocrítica y dejar de leer las redes sociales, han preferido poner en manos del mejor postor la próxima ceremonia. (Y no son los primeros: así nos luce el pelo en Eurovisión.)

Al principio, parecía que lo del concurso de ideas solo era un buzón condescendiente donde los espectadores pudieran descargar sus frustraciones; luego, al ver las bases —en las que se abre la puerta a que cualquier propio se ocupe de la ceremonia entera y verdadera—, se tiene la impresión de que es una salvaguarda para que cuando alguien critique los próximos Goya se le pueda responder: «Y ¿por qué no se presentó al concurso?»; y, finalmente, visto lo arbitrario del asunto, uno concluye que es simplemente una dejación de funciones a la desesperada.

Las bases piden abiertamente una propuesta económica —un talismán para no negociar con empresas privadas, sino para que estas presenten un proyecto de negocio provechoso—, pero no dan otra pista, más allá de «impulsar la promoción nacional e internacional del cine español». A cambio, hay que enviar un título y contenido de la propuesta, subrayar las novedades con respecto a galas anteriores e incluir un plan de financiación. Ah, y hay que tenerlo hecho para el 28 de abril, escenografía, guión y números musicales incluidos (aunque no se hayan estrenado las películas nominadas).

Obviamente, se reservan el derecho de dejar el concurso desierto. Pero, en caso de que alguien gane, se producirá la enorme injusticia de que la Academia quedará relevada de toda responsabilidad sobre los premios si salen mal (y recaerá en quien haya elaborado esa minuciosa propuesta). Si sale bien, por el contrario, la Academia siempre podrá vanagloriarse de haber elegido este sistema de producción.

Total, que lo más probable es que se lo lleve José Luis Moreno. Un absoluto especialista en producir espectáculos de horas y horas a bajo coste: es de suponer que eso es lo que se pide. O que algún telespectador se eche al monte, o que ¡ah, sorpresa! una cadena de televisión privada (¿Telecinco, quizás?) ponga a Risto Mejide a reñir a Almodóvar. Cualquier cosa, con tal de garantizarse que el público ha hablado, que Twitter estará contento.

A vueltas estamos con esa equivocada idea de que lo que diga el público estará bien, como si eso democratizara o hiciera mejor cualquier iniciativa cultural o creativa. No, eso es falso, y ya lo escribió Larra, y sigue siendo verdad: «Concluyo: que no existe un público único, invariable, juez imparcial como se pretende», y «que éste es caprichoso, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que lo componen», y «que prefiere sin razón, y se decide sin motivo fundado; que se deja llevar por impresiones pasajeras», y «que es maligno y mal pensado, y se recrea con la mordacidad; que por lo regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular; que suele ser su favorita la medianía intrigante y charlatana.» Que han pasado nada menos que 185 años desde que escribiese estas palabras: «Con gran sinrazón queremos confundirle con la posteridad» y seguimos erre que erre.

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De mataderos y teatros

Esta vez, Mateo Feijóo ha tenido la suerte y la desgracia de que Manuela Carmena sea alcaldesa de Madrid: al programador lo ha nombrado director de las naves del Matadero, recién desligado del Teatro Español, una comisión «podemita». Su suerte y su desgracia son que una rueda de prensa como la de esta semana era todo lo necesario para una buena bulla contra él, Carmena y las consabidas Celia Mayer y Rita Maestre, que ahora se encuentran en el brete de reconducir la situación y apagar fuegos por muchos frentes: ellas, y su partido, se están llevando la peor parte. Los principales problemas tienen que ver con las fundaciones de Max Aub y Fernando Arrabal, agraviadas por la propuesta de suprimir sus nombres de un par de salas del recinto; con los gestores culturales, que estiman un error inevitable quebrar el lazo entre el Teatro Español y esta sucursal; y con el sector teatral capitalino y patrio, prácticamente ausente en la propuesta de Feijóo.
No es la primera vez que ocurre algo parecido, y por eso la comunidad creativa madrileña hará bien en ponerse en guardia: Feijóo dirigió durante tres años el Teatro de la Laboral, entre 2007 y 2010. También en Gijón hizo una propuesta rompedora y vanguardista, amplia, que incomodó a la comunidad teatral de la región; también en Gijón contó con el suficiente respaldo político como para llevar a cabo su propuesta; y también en Gijón ha ocurrido que todo su trabajo se lo ha llevado el viento. No se ha aprovechado nada: se piense lo que se piense de su propuesta, un desperdicio a todas luces.
Concretamente, la relectura de la nota de prensa en la que se le despedía en julio de 2010 provoca sonrojo desde nuestro tiempo. Allí se dice de él que había creado «una línea artística que ha sabido complementar la programación de los teatros de nuestra región y posicionar al Teatro [de la Laboral] en los más destacados circuitos de creación escénica contemporánea europea», y también que había sabido «tender un puente que nos conecta con la cultura como centro de experimentación y como plataforma para desarrollar e investigar la cultura de frontera, la que genera avances, cambios, nuevos conceptos y nuevas miras, y la que podrá ser capaz de atraer y crear nuevos espectadores».
Son palabras que suenan (que sonaban) muy bien, pero que con el peso del tiempo encima se presentan vacías, huecas: de aquello no queda absolutamente nada, nada más que un teatro apetecible, poco aprovechado y sin dirección efectiva. Podrían haber quedado rescoldos, haberse aprovechado algo —o no, ese no es el asunto— de haber asumido las palabras sobre Feijóo y transformarlas en un hecho, en un plan a dos, cinco, diez, veinte años vista que nos consolidase como el Avignon de la Cornisa Cantábrica. No ocurrió.
Así que a lo mejor la preocupación de los creadores madrileños no es tan corporativista y ciega como para estar implorando por que les cubran de subvenciones y les cedan un espacio de primer orden gratis, sino una inquietud, verbalizada por Mario Gas entre otros, para con el hecho de que se derruya todo lo construido hasta ahora: Matadero fue un esfuerzo sostenido y para nada exento de dificultades en la construcción de una imagen y un público, que ahora no se puede desdeñar. Pero es que además (esto es lo triste) la experiencia nos ha demostrado que en España no sabemos dar giros de rumbo súbitos. En Asturias lo sabemos bien: ni un asalto, encarnado en el breve gobierno de Foro, aguantó el modelo anterior.

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Estar o no estar

El Ayuntamiento de Oviedo decidió esta semana, a las pocas horas de que fuese elegido un gerente para su Fundación Municipal de Cultura, que la ciudad «no está» para sueldos de 70.000 euros como el que iba a percibir: por eso se va a ocupar de eliminar la plaza.
Últimamente, se oye mucho en boca de nuestros líderes culturales esa frase: los mismos responsables ovetenses decían hace unos meses que la ciudad «no está» para Premios Líricos (de ahí su eliminación); del cierre de Laboral se desprende que «no está» para permanecer abierto, etcétera.

El «no está para…» conlleva un reverso curioso, que remite a la década dorada de culturas y ladrillazos: si ahora que las estrecheces aprietan «no estamos» para determinadas cosas, ¿significará que cuando la presión fiscal estatal se reduzca a la mitad, los ingresos públicos de multipliquen por siete y el paro sea del 1% abriremos, en proporción, treinta y cinco museos, doce teatros, siete cines y ocho centros de arte?

Esa lógica –la de unir dineros a culturas– es, evidentemente, peligrosa en sí misma. Lo es más en la medida en que abre la puerta a hacer cultura siempre y cuando salga barata o a lo peor rentable, como si este fuera un mérito: así es como paulatinamente se han ido infiltrando patrocinadores privados que han convertido centros de arte en anuncios enormes, cómo la cultura ha ido quedando a merced de los márgenes de beneficio que alimentaban fundaciones, cómo se ha ido asalvajando el mercado del arte. No hay nada de malo en buscar y encontrar apoyos, pero siempre hay que ponerles coto para asegurarse de que la propuesta artística, la que sea, mantiene intacta su independencia y su frescura. Para eso están los gobiernos.

Asturias, con todo, «sí está» para donaciones. Esta semana el Museo de Bellas Artes recibió una importantísima donación del empresario Plácido Arango, digna de celebrar. Bienvenidas sean siempre, para convivir con los fondos que nuestro museo va acumulando: tan bienvenidas fueron, de hecho, que el consejero de Educación y Cultura, Genaro Alonso, quiso participar del acto con el director del Museo, Alfonso Palacio, y el propio Arango.

Esta disposición y sonrisa contrastan con el hieratismo de las «malas rachas», léanse aquellas circunstancias que complican la gestión cultural en estos tiempos. En lugar de limitarnos a dar las gracias a Arango, no habría mejor pago que tener un gran discurso que contarle sobre las iniciativas que se promueven, sobre los artistas a los que se apoya, sobre todas las cosas buenas que están por venir. Pero para eso, por desgracia, no estamos.

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Menos es más

Entre vientos racheados de desmanes culturales y con riesgo de precipitaciones sobre alguna que otra infraestructura transatlántica, celebremos que escampe un poco: Este viernes terminó la vigésimo sexta edición de FETEN con récord de espectadores, cobertura mediática nacional y —todo sea dicho— una presencia de cartelería por Gijón algo más escasa que en ediciones anteriores. Pero de récord a fin de cuentas, con un nivel que supera con creces el mero divertimento infantil.

Coincide con el fin de semana en que la compañía Cheek by Jowl llenó de Shakespeare Avilés y con unas Golondrinas, de Usandizaga, que han colmado de gran ópera española el Teatro Campoamor de Oviedo. Por seguir con la racha, además, hace un par de semanas el consistorio carabayón presentaba otra envidiable iniciativa: el Teatro Filarmónica servirá, los jueves y domingos, de cine (comercial, incluso), en una oferta que se promete popular y apetecible.

Sin echar aún las campanas al vuelo, conviene aprovechar semanas como esta —en las que todo funciona, la contraprogramación entre ciudades se atenúa y la oferta atrae— para preguntarnos merced a qué milagro se ha conseguido este equilibrio, esta oferta suculenta y suficiente. La primera razón estriba, probablemente, en que estemos en temporada baja. Paradójicamente, con todos los ayuntamientos volcados en los próximos carnavales o con el ojo ya puesto en montar el enésimo festival veraniego, las semanas grises nos brindan programaciones igualmente aseadas, pero asequibles en cuanto a agenda y atractivas, gustosas. Es casi todo lo que se puede pedir. Y aún podría ser mejor: imaginemos que, al término, tuviéramos en las tres grandes ciudades sendas salas de conciertos en las que elegir un grupo, tomarnos una cerveza y comentar lo recién visto con un concierto de fondo. Con una coordinación de ordenanzas municipales, una negociación pausada, una reflexión adecuada y una obsesión algo menos acentuada por las jornadas gastronómicas de todo pelaje y condición se podría hacer. Como hace no tanto. Simplemente, con aflojar la presión y ordenar el tráfico, la oferta cultural privada estallaría por las costuras y nos saldría por las orejas. Ni siquiera tendrían que hacer nada. Solo enunciar, pensar, definir qué tenemos y qué pretendemos tener y dejar a quienes aguardan en toriles que hicieran lo suyo.

Justo en este punto se cruzan las malas noticias: una tendencia nada encubierta de amplificar, de festejar, de recrearse en nuestros presuntos grandes activos (léanse las infraestructuras transatlánticas, lo grandón) orillando la más pura esencia. Esa esencia es la que se decanta en los meses valle: en estos, en semanas parecidas a la que acabamos de dejar atrás, es cuando se nos ofrecen los espectáculos más sorprendentes, los conciertos más inopinados y cuando se descubren más cosas. También con algún que otro atracón puntual, pero mirando hacia afuera, hacia arriba y hacia delante.

Luego (parece que así volverá a ser en 2017) llega el verano, o la Semana Santa, o las Navidades. En ese momento, las miradas se vuelven hacia adentro, hacia abajo y hacia atrás: es cuando, salvo honrosísimas excepciones, se programa como pensando únicamente en señalar las grandezas, en apuntalar que «no hay nada que envidiar» a nadie, en las toneladas de pólvora quemada bajo un manto de niebla.

No se nos olvide que eso arde rápido y quema poco. Lo memorable, normalmente, se esconde en lugares insospechados y en citas indescifrables, a las que alguien con criterio nos invita a acudir. Es justo eso —no hace falta liarse con eventos enormes—, una voz clara y un criterio unívoco, todo lo que hace falta. Menos es más: con escuchar y dejar hacer, a veces, basta.

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Letra y sangre

Qué risa y qué jolgorio cuando, hace dos semanas, se publicó que el 60% de aspirantes a bombero de Burgos habían sido eliminados por la cantidad de faltas de ortografía cometidas en un examen: «Menudos zoquetes». Al cabo de unos días, se filtró la prueba y se borraron las sonrisas. Consta de cien palabras. Se pregunta si son correctas o incorrectas (es decir, no es un examen de ortografía, sino de vocabulario) y está diseñado para ser suspendido. Así de sencillo: «Apartheid» aparece como incorrecta porque no está escrita en cursiva; y junto a errores muy obvios, se deslizan otros aparentes pero que no son tales, como «adsorber» (que, por cierto, el propio corrector del ordenador me subraya en rojo).

Podríamos sumirnos en un interminable debate sobre si los bomberos burgaleses deben saber lo que es un bastetano o si existe «bribión» para realizar su tarea pero, en cambio, se antoja más procedente acordarse de los dos catedráticos que se han liado a puñetazos en los pasillos de la Universidad Rey Juan Carlos esta semana. La tensión está a flor de piel tras los casos de plagio que se le descubrieron a su rector, y la universidad está a punto de resolver quién se ocupará de dirigirla. Por debajo de la marejada fluyen viejas rencillas, conflictos académicos, encontronazos ideológicos y complejos de toda clase que, en último término, se resuelven con cuatro caballerosos tortazos o se enquistan y arrollan al sufrido alumnado. Este, poco a poco, se va impregnando de las formas y procederes de la academia: En la Universidad de Oviedo se produce algún tipo de roce cada dos años como máximo. El último, de esta misma semana, relacionado con el calendario de exámenes.

En este ensimismamiento, a veces, la academia adopta caras y hace cosas que a cualquier persona corriente le sonarían extraterrestres: los abnegados estudiantes del MIR que han pasado meses —si no años— preparando un examen que casi con total seguridad van a suspender o no les va a servir para sus propósitos; los de cualquier rama de humanidades, adheridos a la fuerza a una escuela o corriente o autoría porque en su Facultad manda quien manda; la disciplina de la investigación, consagrada a producir volquetes de texto, artículos inflados y, a veces, solo a veces, abultados plagios.

Después, cuando la academia tiene que extender sus tentáculos hacia afuera o hacia abajo y arrastra semejantes vicios, suceden cosas como las de Burgos y sus bomberos. De las que evidencian que, en los peores casos, ya no importa conocer y cultivar, sino superar la más complicada de las posibles pruebas. Mandar, imponer, arrollar, presumir, bañarse entre multitudes dispuestas a paladear la sapiencia de uno (y a aplaudirla sin más crítica o cuestión).

Toda esa inoperancia que a veces germina aquí y allá, y que por fortuna no es generalizada, se limitaría a estorbar el desarrollo de unos cuantos estudiantes desafortunados de no ser porque la academia se infiltra, afecta a toda la sociedad. Y resulta, en ese contexto, que cuando todo lo peor de las rencillas académicas y toda la verticalidad de una doctrina ferviente se vuelcan en la política, la toman al asalto, el ambiente se enrarece y el debate público se corrompe. Es, exactamente, lo que un puñado de líderes con cinco millones de votos a sus espaldas están ofreciendo este fin de semana en Vistalegre. Una exhibición, no se confundan los términos, no de disensión y de planteamientos intelectuales diferentes, sino una enconada lucha de poder por llevar la razón. Por la letra, por la sangre y por orgullo.

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Actor y político

A lo mejor el fichaje del actor Pepe Viyuela por parte de Íñigo Errejón, conocido este jueves, era lo suficientemente entretenido como para opacar que el Congreso de los Diputados ha puesto la primera piedra de un futurible Estatuto del Artista. Ese mismo día, aunque apenas haya trascendido, se aprobó la creación de una subcomisión en el seno de la Comisión de Cultura que en el plazo de un año tendrá que elaborar lo que es una necesidad urgente, destinada a reparar la precarización del sector y a facilitar una tributación justa.

En realidad, Viyuela figura el último en la posible lista de cargos dirigentes del partido morado, que se dirimirá (o no) en el Congreso de Vistalegre el próximo fin de semana. Es decir, que su relevancia parlamentaria tiende a cero de momento; no así la mediática, que se antojó divertida y caricaturizable desde que se conoció la noticia.

Lo mismo ocurrió con Toni Cantó en su día y con Felisuco en tiempos más recientes pero, chanzas aparte, estas incorporaciones deberían ser muy buenas noticias. Es evidente que algo de cosmético hay en poner a caras conocidas en primera línea de fuego, pero también que, de ponernos a debatir sobre ciertos asuntos, las voces de profesionales del sector implicados son muy de agradecer.

No es que nadie vaya a aportar soluciones definitivas a ninguno de nuestros problemas; pero sí es un pequeño grano de arena que toda vez que se abra un debate de cualquier tipo unas pocas opiniones sean informadas y conocedoras de una realidad que a sus señorías, por lo demás, les resulta completamente ajena: se pueden escuchar demandas y dormitar durante las comparecencias de personajes destacados, se puede incluso —eso parece— plantearse una rebaja del IVA a la Cultura hasta colocarlo en límites razonables. Se puede flexibilizar la contribución a la Seguridad Social, optimizar el funcionamiento de Hacienda. Se pueden parchear tantos desmanes como se quiera, que a la larga no habrá huella si no se avanza en sistemas y procesos más complejos y peliagudos.

Es el caso de un Estatuto del Artista, que se aspira a que sirva tanto a figurantes de cine a los que se paga en bocadillos hasta productores de alto nivel. Algo así abre la puerta a un reconocimiento de la intermitencia de los oficios culturales que impida prácticas extrañas, a sistemas de formación complejos y completos, a redes y garantías que conlleven la profesionalización efectiva del espectáculo. No nos pongamos nerviosos aún, no echemos las campanas al vuelo: la aprobación de la creación de una subcomisión solo conlleva su posterior tramitación, luego formación, luego trabajo, luego debate y, cuando estemos pensando en las próximas elecciones generales, alguna medida concreta.

Este solo es un paso, recoleto y secreto, en las entrañas de la maquinaria parlamentaria y ministerial. Los efectos aún quedan lejos, pero al menos nos queda que se vaya rompiendo el hielo, que quienes hace diez años se contentaban con decir cuatro cosas en los Premios Goya y desdecirse más tarde —léase «la ceja»— se planteen actuaciones más consecuentes y contundentes.
Su opción no es la única; ni siquiera es la mejor. Pero sí indica una preocupación creciente por ponerle el cascabel al gato por medios propios. Viyuela acabará por salir escaldado, si es que no se ha quemado ya; y coincidiremos en que Cantó puede dar por finiquitada su carrera como actor tal y como se había desarrollado hasta incorporarse a UPyD. Que estos sacrificios sirvan, al menos, para que puedan aportar algo a los nuevos debates, que metan aire fresco, que el Estatuto —por favor, por favor— no quede en manos de oficinistas.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.