El Comercio
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Categoría: Despedida y ciere
Dientes, dientes

Los actos en formato eléctrico —con algarabía de estrellas invitadas— de Unidos Podemos llevan por título La sonrisa de un país: así se titulaba el celebrado ayer en Málaga y el que está previsto para el martes en Canarias. Así en toda España. ¿En toda? No, en una irreductible esquina del mapa —Barcelona— donde hoy se celebra uno de estos actos ha querido la alianza que el acto se llame, en cambio, El somriure dels pobles (La sonrisa de los pueblos), una pequeña y risueña pirueta lingüística destinada a descafeinar y blanquear el discurso para no molestar en exceso a futuribles socios.

La sonrisa de la coalición del ‘sorpasso’, así, adquiere una cantidad de dientes y una amplitud forzada que dan una idea de cuán delicado es el hilo del que pende la estabilidad de esta alianza a muchas bandas. Una sonrisa nacional que se va truncando por frentes, y que en apariencia solo se mantiene por aquella posibilidad, alimentada por el CIS de anteayer, de atropellar (o someter) al PSOE y desalojar al PP.

En Asturias lo saben bien: la escalada de declaraciones, dimisiones, réplicas y contrarréplicas en torno a la ya famosa declaración en defensa del carbón ha tornado en una llaga supurante y silenciosa, sobre la cual ya nadie quiere echar más sal. Al menos de momento, habida cuenta de que Izquierda Unida en Asturias acaba de descubrir que, de cumplirse los últimos vaticinios electorales, quedará de nuevo fuera del Congreso de los Diputados. Todo ello con la papeleta añadida de que, encima, la formación está relegada a un tercer puesto en las listas por la organización podemita. No quedarán muchos motivos para exhibir su contento, entonces: no solo perderán representatividad, sino que habrá que buscarse las vueltas para dar marcha atrás al pacto sin perder la sonrisa.

Los dientes, dientes que van apareciendo por el flanco izquierdo del tablero recuerdan cada vez más a dentelladas. También a los dientes, dientes que por su lado tuvieron que exhibir Isidro Martínez Oblanca y Susana López Ares, socios en la coalición PP-Foro, para opacar los gritos de aquella septuagenaria cabreada de Avilés en el inicio de campaña el jueves.

Era de lo más significativo ver a esos cinco asistentes al acto formar, al borde del área de penalti, y aplaudir muy fuerte para evitar una foto con los dos cabezas de cartel —Oblanca hacía malabares con el corazón que Unidos Podemos lleva por emblema— y con aquella señora de fondo. Era todo una muestra de la facilidad para atacar los escándalos de corrupción, las sentencias europeas y/o el déficit de las comunidades autónomas, pero una incapacidad manifiesta para lidiar con una mujer pegando gritos: todos los populares mantuvieron los dientes cuando, en pleno Parque del Retiro, un activista irrumpió a voces en la foto de familia de los candidatos. No obstante, en el siguiente acto del mismo corte —la presentación de candidatos por Madrid, el martes pasado— no se corrieron riesgos parecidos: se celebró en una azotea convenientemente cerrada al público.

Son sonrisas bien entrenadas. Dientes, dientes, plas, plas, pero sonrisas que empiezan a parecerse en exceso entre sí. Quizás no sea posible hacer política sin usarlas, tan opacas como elocuentes. Quizás sea cierto que estemos abocados a otras elecciones, detrás de estas. O que, simplemente, todos estén tan contentos que no puedan contener la sonrisa.

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El candidato mantequilla

Mariano Rajoy ya entendió, avistando los bigotes de los langostinos navideños allá por diciembre de 2015, que hay cosas que nunca cambiarán: consuelos del alma aparte, donde haya una generosa nuez de mantequilla se pueden ir apartando las acelgas al vapor de la austera y sobria nueva política.

Entonces el Partido Popular lo entendió, lo entendió tan bien que no tuvo más que basar su campaña en encaramar a su candidato a bancos (de los de sentarse), en añadir caldo bien caliente al arroz de los pactos para que se socarrase al gusto y, mientras tanto, recostarse con un buen puro y un ribeiro helado.

Funcionó mejor de lo esperado: ahora, ha vuelto a la carga con el puchero recontracocinado, rebosante de manteca y tropezones. Los programas son idénticos; los contendientes, los mismos que hace medio año y la estrategia, calcada: a fin de cuentas, el Partido Popular ganó las elecciones de diciembre de 2015 tras una legislatura bronca, difícil y abonada para terminarla con todo el electorado en contra. Y sin embargo, hoy Rajoy tiene papeletas para quedarse en la Moncloa hasta 2020.

No ha necesitado aludir a ninguna pinza para que calase el mensaje de los peligros de un posible bloqueo —que fue el error que le costó a Foro el gobierno asturiano en 2012—: solo había que proponer identidad, ruralidad y linaje ibérico con unas gotas de flema gallega para vencer a los cantos de cambio que proponían Podemos primero, el PSOE después y, en última instancia, Ciudadanos.

Todos ellos han competido hasta ahora por arrogarse la voluntad de «la gente» desde graves y exaltadas intervenciones televisadas, mientras que Rajoy abría mejillones con Bertín Osborne y dejaba a la tropa el trabajo mediático sucio. Repite jugada y envida a la grande codeándose con entrañables niños (como este miércoles), en próximos mega actos de campaña en Torrevieja, Madrid, Valencia y Málaga —allá donde pueda rascar algún diputado extra— y frente a una competencia a la que mira con condescendencia con ese «ahora más que nunca» que exhibe como mantra infalible.

Es el candidato mantequilla, el que prefiere caminar deprisa que salir a correr: la tradición, la seguridad. La seguridad de que van a subir los impuestos —esto casi nadie lo duda— y que se hará «lo que haga falta» por España. Habrá de todo lo malo, pero no habrá sorpresas.

Así, los electores parecen haber demostrado, ante todo, que prefieren la certeza de ir a ganar veinte kilos con un menú barato y contundente a los cantos de sirena de la última dieta milagro, esa que en cien días se compromete a solucionar el fracking, los problemas de vivienda o el reconocimiento del estado Palestino.

Como única pega a esta tournée de proximidad (de ahí el empeño en afianzar posiciones, no en conquistar otras nuevas), tiene el PP el problema de que con este calor no entran bien ni las gachas ni los torreznos: quizás, y solo quizás, apetezca más ese gazpacho sevillano tan presente en precampaña.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.