El Comercio
img
A salvo de Trump
img
Alejandro Carantoña | 14-12-2015 | 08:29| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

A veces es importante no olvidar que el mundo no se ha acabado. Hace exactamente cuatro años, la prima de riesgo española comenzaba su escalada hasta aquellas cotas dignas de rescate que hoy parecen un chiste que nadie quiere recordar. El apocalipsis se cernía sobre nuestras cabezas, y el IVA a la Cultura ni siquiera había sobrepasado aquel 10% en el que entonces dormitaba tan afable y tranquilo. Hoy, pincha y muerde en el 21% y aquí seguimos, más mal que bien.

El argumento conocido como «de la pendiente resbaladiza» implica tomar una afirmación o situación y proyectar sus consecuencias hasta el infinito, como si de Donald Trump, el magnate estadounidense metido a candidato a la presidencia de Estados Unidos, se tratase. Trump ha encerado la pendiente él solo: por lo pronto, le va a prender fuego al Corán y va a bombardear cualquier cosa a más de veinte metros de Estados Unidos que se le antoje. En el país hermano, igual que nosotros cuando Rajoy intentaba tranquilizarnos en su momento, se están empezando a poner nerviosos al respecto.

En Francia asistimos a un ataque de pánico similar, también en torno a 2011, cuando el fascista Jean-Marie Le Pen decidió no morirse y, en su lugar, encasquetarle al pueblo francés a su hija para que mantuviese la llama del odio candente. Y al final, ni la Península se ha hundido ni Francia ha dejado de ser lo que era —para bien y para mal, y ahora más que nunca—; sino todo lo contrario.

Con Trump, «esa pelurcia», que dice un buen amigo, ocurre tres cuartas de lo mismo: que ni va a ser presidente de los Estados Unidos de América ni va a conseguir nada que pueda afectarnos a nosotros, occidentales, más que en subidas y bajadas de céntimos al echarle gasolina al coche. Es decir, que no va a pasar nada.

Lo mismo ocurre si hablamos de nuestras elecciones del fin de semana que viene, que entroncan con los últimos cuatro (movidos) años que hemos vivido los culturetas españoles. Cuando nació la posibilidad de una hecatombe cósmica en forma de maldición bíblica (o presupuestaria, incluso), todos parecían afirmar que era algo inevitable y que iba a suceder; pero ahora, a las puertas de unos comicios reñidos y más multitudinarios que una fiesta de prao, parecen empezar a desearlo simplemente para haber acertado en sus pronósticos. Es decir, no ha pasado nada.

Algo ocurrió en los años 90, y en los 2000, en los Balcanes, en Oriente Próximo y en Europa del Este para que efectivamente se produjese una explosión. Algo, efectivamente, cultural. Algo que se supone que nos iba a ocurrir a nosotros ahora. Y que no. Aquí, parapetados tras una frontera invisible —y cultural, otra vez—, no es tan probable que nos arrase una ola de aquella magnitud o de la que hoy padece Siria, pero hemos llegado al punto de vivir en perpetua alerta, llámese la supuesta amenaza como se llame. Que el New Yorker tema a Trump hasta el extremo de hacer una campaña contra él solo significa que alguien cree posible que semejante mentecato corone su trayectoria empresarial con la presidencia de los Estados Unidos, cuando estados —que no culturas— tan dispares como Venezuela, Colombia, Uruguay o Cuba han sabido reconducirse y adaptarse a este mapa que baila sin parar.

En la madurez de las culturas (y de eso sabemos un rato los españoles: no digamos ya los asturianos) está la clave del cambio tranquilo. Curiosamente, la clave está en esa Cultura de la que nadie habla en campaña: Trump, desde luego, no lo hace. ¿Por qué será?

Ver Post >
En sus pantallas
img
Alejandro Carantoña | 07-12-2015 | 09:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Primero, el ingeniero de las noches de España frente al televisor fue José Luis Moreno. Quizás Ramón García, o Chiquito. Murcia, qué hermosa eres. Luego, se dieron cuenta de que aquello era demasiado caro, y que podían obtenerse los mismos resultados —si no mejores— con fórmulas más simples: Gran Hermano, Operación Triunfo, algún saborcillo rosa al fondo. Más tarde vino Sálvame; y Belén Esteban, el más lucrativo invento en lo que llevamos de siglo XXI en España.

Han pasado dos décadas desde aquel momento en que se coló, entre gala y gala, un adusto cara a cara entre Felipe González y José María Aznar. Y ¿quién nos iba a decir que el señor que cantaba rancheras en la tele de al lado, ese, sí, Bertín, acabaría por entrevistar (o charlar, o merendar) con los sucesores de ambos?

A dos semanas de las elecciones generales, y con la campaña electoral empezada hace mucho tiempo, ya hemos tenido ocasión de ver a Pedro Sánchez subirse al carro de la política espectáculo para regocijo de los militantes del PP. Tan solo unos meses después de que esos mismos despedazasen a Sánchez por llamar a Jorge Javier Vázquez en directo, tuvieron que tragarse sus palabras de vuelta: Rajoy prefiere irse con Bertín Osborne a abrir mejillones y jugar al futbolín que debatir con otros candidatos —¿qué fue de UPyD?—.

El fenómeno televisivo de moda, inaugurado por Pablo Iglesias, es la política. Los todólogos de barra de bar ya no son solo un público potencial, sino un peligrosísimo público en formación construido a base de soflamas, argumentos sesgados y una falsa apariencia de debate: en realidad, lo que cambia esta nueva manera de comunicar política es una pervertida manera de hacerla, contaminándola y viciándola igual que en su día Operación Triunfo vició el mercado musical y que, poco después, los ‘megashows’ deportivos y rosas viciaron el periodismo. Ahora, ay, le ha tocado el turno a la política de altos vuelos.

Como damiselas desmayadas, casi todos los medios han salido en tromba contra esta forma de espectáculo —especialmente aquellos que se han sentido agraviados porque este o aquel candidato no llena sus cuotas de pantalla—. Y no han querido darse cuenta, hasta ahora que ya es demasiado tarde, de que son ellos quienes han alimentado esta forma pachanguera y gritona de discutir.

De todos ellos, posiblemente Rajoy haya sido el más listo y posiblemente por eso tenga tantísimas papeletas para ganar las elecciones de dentro de dos semanas: si algo hemos aprendido de los fenómenos televisivos es que atraen a un público hambriento de espectáculo y ávido de consumo gratuito, pero que a la hora de gastarse el dinero —extrapolemos: poner un papel en la urna— se vuelve reacio y tacaño.

Así, Rajoy se dosifica y juega, por desesperación o cálculo, a escapar al ruido blanco de las tertulias de sábado noche y a los debates-descuartizamiento. En su lugar prefiere subirse a bancos, patearse pueblos y comer mejillones con el cuñado de España, Bertín, en pos de proyectar una imagen de tipo atareado, tímido y cumplidor.

Sea como fuere, los programas electorales han dejado paso a los programas en hora punta. Esa, se le endilguen las siglas que se le endilguen, es la nueva manera de hacer política. O al menos, de hacer campaña. Pero ¿es la nueva manera de gobernar? Veamos: ¿Es Gran Hermano la nueva manera de relacionarse? ¿El Precio Justo de gestionar la economía? Pues eso.

Ver Post >
Cultura corrupta
img
Alejandro Carantoña | 30-11-2015 | 09:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Hagamos un esfuerzo por creérnoslo: es una manzana podrida. El último corrupto, en el sentido que se quiera, del partido que se quiera, es una manzana podrida. Pero algo habrá en el aire cuando la tasa de podredumbre atañe a todos —antes o después— y tiñe del desagradable color de lo «poco ejemplar», como gustan de decir en círculos institucionales, a más frutas de las que debería.
La Cultura y su relación con lo público han sido siempre uno de los mejores caldos de cultivo para ese tipo de corrupción que no se ve y de la que no se habla, por aquello de que, total, es cultura y tampoco importa demasiado.

Así, pelotazos aparte, que esta semana haya salido a la luz —merced a una investigación de El País el caso de los taquillazos inopinados en el cine español viene a tocar uno de los pocos palos culturales que aún quedaban a salvo. Presuntamente, un nutrido grupo de productores y exhibidores se conchabaron para inflar artificialmente el número de espectadores que tenían sus películas, y así tener acceso a las subvenciones concedidas para producciones con determinada cantidad de público.
«Son manzanas podridas», dicen unos —otra vez—. «No podemos criminalizar a la industria del cine», le contaba a Azahara Villacorta J.A. Bayona en estas páginas durante el Festival Internacional de Cine de Gión.

No, claro que no, pero es inevitable que cualquiera de dentro o de fuera del mundillo de la cultura se acuerde, de un solo fogonazo, de Teddy Bautista saliendo detenido de la SGAE en el verano de 2011 por un delito societario, otro de apropiación indebida y otro más de administración fraudulenta; es inevitable acordarse de la hiperturbia salida de Helga Schmidt del Palau de les Arts este mismo año, acusada de prevaricación, malversación de fondos públicos y falsedad documental; es inevitable acordarse de Ciudad de la Luz —aquí mismo nos acordábamos la semana pasada—, de la Ciudad de la Cultura de Santiago…

Claro que no es justo o que no podemos criminalizar a toda la industria, pero el hecho es que el cine español —y más, ejem, cierto cine español— acaba de cavar con maquinaria pesada y bien de dinamita un pozo del que le va a resultar complicado salir: no olvidemos que hasta hace pocos meses Enrique González-Macho, acusado ahora de defraudar más de 700.000 euros en subvenciones a través de sus empresas, era el presidente de la Academia del Cine.

Puede que pronto escampe —judicialmente hablando— pero todos los artistas y creadores podemos estar agradecidos, ya, a estas manzanas podridas de llevar colgado el sambenito de hipersubvencionados y chupasangres durante unos años más. Solo se quiere hacer cultura para robar o para forrarse: si es de manera legítima, pues bien; y si no, una buena subvención, que no amarga a nadie.

El mundo no funciona así. El arte no funciona así. Precisamente Bayona, en su entrevista, aporta otra clave hablando de un tema distinto que resulta fundamental para entender qué ocurre y qué debe ocurrir: «Las cosas que se hacen por dinero, normalmente, no salen bien. Si las haces por dinero, no las hagas».

Quizás entonces el problema no resida en nombres propios o comportamientos reprochables, sino, otra vez (y van…) en la mentalidad, en la insistencia en repetir que no pasa nada porque «son pocos». Pero son. Y mientras quede uno, significa que algo en el ambiente flota que no debería existir.

Ver Post >
Ochocientos apellidos
img
Alejandro Carantoña | 23-11-2015 | 12:14| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Haría falta prácticamente la recaudación íntegra del cine español durante los tres últimos años para pagar los estudios de Ciudad de la Luz de Valencia. 333 millones de euros presupuestados —de los cuales el gobierno valenciano debe 200 diez años después de la apertura del complejo, según datos publicados esta semana—, frente a una recaudación, en 2014, de 131,79 millones del cine patrio. Algo falla cuando con el coste de ese proyecto podría financiarse el Festival Internacional de Cine de Gijón, que empezó el viernes, durante unos tres siglos y medio. Los actuales responsables valencianos se llevan las manos a la cabeza y se preguntan qué hacer con semejante mamotreto, que se hunde lentamente y que parece muy complicado reflotar.

Estos últimos años han servido para demostrar que España se ha hecho un daño irreparable al orillar la cultura de lo pequeño, de lo próximo, que viene a ser la base de una industria sólida y duradera: de los transatlánticos hipertrofiados ya no queda casi nada; mientras que de lo próximo, lo prestigioso, lo querido, sí. Eso es perenne.

No obstante, entre los años 2002 y 2014, el número de cines en nuestro país se redujo desde 1.223 a 710 mientras que el número de pantallas solo decreció de 4.039 a 3.700. Es decir, que la «industria» ha favorecido el cierre de cines pequeños —recordemos que en Asturias ya han sido exterminados por completo— para priorizar los multicines.

Estos no se alimentan precisamente del cine mal llamado independiente, sino, de nuevo, de pelotazos. De pelotazos como Ocho apellidos vascos y de su secuela, estrenada el pasado viernes —también—. Eso no es más que un espejismo inflado por un puñado de títulos y por producciones acaparadas por dos gigantes audiovisuales: récords como ese son dignos de celebrar, pero no de tomar como referencia de lo que debería ser el cine en este país. Es absurdo que se nos pinte el símbolo del euro en las pupilas pensando en que, de seguir así, dentro de unos veinte años todo nuestro cine arrojará un margen de beneficio del tres mil por cien.

Ese tipo de razonamiento, el de la hipereficiencia antes que la cultura, es el que ha llevado a catástrofes como la de Valencia.
De hecho, quizás la comparación más procedente sea otra: con el dinero triturado en la Ciudad de la Luz se hubieran podido producir más de cien veces los ocho apellidos. Y de esas cien, quizás una hubiera resultado un éxito comercial como el que se buscaba; quizás un enorme porcentaje de las demás hubiesen sido fracasos de taquilla pero éxitos morales; y quizás, con todo ello, se hubiese podido tejer una red sólida, industrial y sectorial que alumbrase a creadores cinematográficos por cientos en nuestro país. Competitivos, creativos, sanos, buenos y entregados.

Para eso, hay que celebrar y preservar caiga quien caiga festivales como el de Gijón, que reabre los Cines Centro y que nunca ha pretendido —ni esperemos que llegue a pretenderlo— competir con estrenos ultracomerciales y con grandes estructuras.
Estamos a un paso, en fines de semana como este, de conseguir que la gente vaya a ver a Bond, Han Solo y Borja Cobeaga (!) y que a continuación acudan a ver ese cine recóndito, espeso, minoritario, diferente y tan necesario para acercar a los creadores a su público. Ese público, el día de mañana, será el mismo que dirija, ruede e impulse nuestro cine por encima de los nombres y siglas políticas que estén detrás del certamen. Festivales como este, que ya no pertenecen a nadie más que a su público, solo se hacen indestructibles con tiempo y mimo: ese es un esfuerzo continuado, largo y colectivo. Más o menos, como ocho apellidos por cien.

Ver Post >
Un factótum parisino
img
Alejandro Carantoña | 15-11-2015 | 15:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Hay quien culpa a Mozart de la Revolución Francesa, aunque fuese en parte, por haber concebido algo tan provocador como Las bodas de Figaro en los albores del fin de la monarquía gala: en mitad de una comedia ligera, Figaro y Susanna mandan y ordenan sobre la vida de sus señores. Demasiado para 1786.

Ha querido la casualidad que este viernes, 13 de noviembre de 2015, estuviésemos llevando a cabo el ensayo general de esa ópera en el teatro Campoamor en la temporada de Ópera de Oviedo, y que justo mientras que Europa se partía por la mitad nosotros estuviésemos a diez minutos de enfilar el tercer acto. Mientras que el público que nos rodeaba reía en tiempo y forma, y con ganas, con el Mozart más acerado, más picante y emblemático de esta Europa nuestra, ocurría lo impensable.

Durante la hora y media siguiente, más o menos, todos los presentes vivimos en una realidad paralela, en una de criados que saltan por ventanas para no ser tomados por amantes y de arias maravillosas. Estábamos en el teatro, encerrados, ausentes e inconscientes a la cicatriz que nos estaban haciendo en la cara de París: había algo que importaba más, había una música maravillosa que tronaba por encima del ruido.

A medida que íbamos saliendo del teatro adoptátabamos de nuevo el traje de viernes por la noche —y quizás celebrábamos que justo entonces era el aniversario de la muerte de Rossini, ínclito vecino de París y muñidor de la «precuela» de las bodas mozartianas: ¡El barbero!—. Consultábamos distraídamente nuestros móviles, aprendíamos que ya nada volvería a ser igual, nos quedábamos de piedra.

El primer sentimiento para cualquiera que tenga una mínima vinculación con París es de dolor, dolor inmenso e indescriptible. Pero el segundo, que quizás sea más importante que el primero, es el retumbar de esas risas ociosas y ajenas a todo lo que aún no había ocurrido, a todo lo que aún no sabíamos, a todo lo que estaba por venir.

Somos muchos los que en este teatro y en todos, en los cines, salas de exposiciones, editoriales, mesas de trabajo y estudios nos levantamos cada mañana con un fin mucho más efímero y tonto que cambiar el mundo, que es preservar lo que somos: en el fondo de las catacumbas del teatro de la Ópera de París, en el Palais Garnier, justo debajo del escenario, hay un refugio antibombardeos de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial para recordárselo a todo el mundo.

Esa misión —la del búnker de subsistencia— se nos olvida con frecuencia, cuando el día a día llama a la puerta con sus tonterías y las insignificancias del cotidiano empiezan a enturbiar el auténtico sentido de lo que hacemos y del por qué lo hacemos. Por eso es terrible que, desde ayer, permanezcan cerrados todos recintos culturales parisinos: porque han ido a golpear donde más nos duele, que es en la identidad y en la cultura.

Funciones como la de este viernes, que al menos durante unas horas congelan las lágrimas y excluyen el dolor, dan más sentido si cabe al compromiso que muchos tenemos con lo que somos, con nuestro arte, con el puro placer de la sonrisa cuando más falta hace y de la belleza cuando parece que está al borde de la extinción.

Nosotros, al menos, esta misma tarde podremos estrenar. Será la respuesta más contundente y necesaria a un ataque salvaje no al ocio, sino al alimento de una civilización, a aquello en lo que creemos: es aquello, aquel lugar, que tenemos que preservar porque nos habla de lo que somos: Mientras nos siga quedando un Mozart que revivir nos seguirá quedando la esperanza de que podemos con todo. Contra todo.

 

Ver Post >
Lujos
img
Alejandro Carantoña | 09-11-2015 | 09:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

El futuro ha llegado, y es un ascensor. Es un ascensor que se ha desarrollado en Gijón, para alborozo de cargos públicos de todo pelaje y rango que esta semana han visitado, con entusiasmo, el centro de investigación y desarrollo que una multinacional tiene en la ciudad. Allí, se ha repetido el guión tradicional en este tipo de acontecimientos: exaltación de la región como punta de lanza del progreso, hecho; proyección «mundial» de lo bien que lo hacemos en Asturias, hecho; recuerdo de la ingente cantidad de recursos y apoyos destinados al desarrollo tecnológico, hecho.

La víspera, a pocos kilómetros, en plena cuenca minera, podíamos presenciar otro acto de corte similar pero hechuras diferentes: digamos que la foto del ascensor gijonés es el antes —el entusiasmo, la proyección, a dónde vamos— y, la del centro Stephen Hawking de Barros, el después: la cruda realidad. El después es un centro destinado a personas dependientes —es público, y de competencia estatal— que, con suerte, abrirá sus puertas con cinco años de retraso (en 2016), tras una inversión que ya se acerca a los 15 millones de euros y un sobrecoste enjundioso. Abrirá con suerte porque, si bien en abril de este año el Gobierno eludía dar una fecha concreta de finalización y apertura, casualmente ahora, a poco más de un mes de las elecciones generales, ya se da por seguro que se abrirá en pocos meses. Veremos.

De nuevo, el guión previsto: allí donde unos ven sobrecostes, otros ven generosas inversiones; allí donde unos ven retrasos, otros ven impedimentos impuestos por las circunstancias; y allí donde se atisba una gestión dudosa, lo que queda son caras de circunspección y el compromiso de «seguir trabajando».

Cierto es que la foto del antes proviene de la empresa privada y la del después, de la pública, pero lo importante no es la comparación sino el uso del lenguaje, el planteamiento retórico. Sibilinamente, el mensaje que se transmite desde las administraciones es que todos estos proyectos son lujos: cuando se inyectan enormes recursos en desarrollo (y un centro como el de Barros lo es) o en cultura, se da a entender que es porque la región o el país gozan de buena salud. Un lujo asequible.

Así, existe una irresistible tentación, en política, de justificar los retrasos, la fuga de cerebros o el naufragio de cualquier proyecto que no sea de pura subsistencia aduciendo, implícitamente, que «no está la economía para derroches». Sin embargo, parece que logros puntuales (y ajenos) ayudan a hacer olvidar el maltrato sistemático a estos sectores: La última prueba de esta realidad paralela y preocupante se encuentra en los datos que el Instituto Nacional de Estadística publicó el pasado viernes.

Según la tabla de salarios medios brutos por profesiones, las actividades profesionales, científicas y técnicas perciben de media 2.129,6 euros y las artísticas, recreativas y de entretenimiento, 1.432,2 euros. Son salarios relativamente altos, teniendo en cuenta las situaciones de pobreza activa que se viven en otros sectores, pero son flagrantemente poco atractivos para profesiones ultracualificadas y que garantizan la supervivencia y progreso de un país: los sueldos medios de todo el sector público son más elevados que estos dos, y los del sector financiero superan con creces los 3.000 euros. Tenemos un problema, y es el enquistamiento del más ajado de los discursos: que sigue valiendo más la pena estudiar «algo de verdad» o sacar una oposición a ponerse creativos, a hacer cosas nuevas, arriesgadas, y sí, imprescindibles.

Ver Post >
Otros 30 años
img
Alejandro Carantoña | 02-11-2015 | 09:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Ferran Adriá, nadie sabe si el mejor cocinero pero desde luego sí el más conocido y catalán, ha estado en Gijón esta semana. Marifé Antuña, que le entrevistaba para este periódico, empezaba la conversación preguntándole si le gustaba lo que se está «cocinando» en Cataluña. Adriá le da un titular: «No hablo de política porque me tendría que ir del país». Y que no hable no es por miedo, llamémoslo así, a represalias, o porque no tenga una opinión formada. Ni siquiera significa que no intervenga en esta nuestra sociedad. Significa que su trabajo es otro: a veces, la mejor manera de cambiar el mundo y de tocar conciencias es hablar de butifarras y de creatividad, antes que de ideologías.

Es, por poner otro ejemplo, una prudencia similar a la que siempre ha dejado traslucir la Federación de Bancos de Alimentos, especialmente al recoger el Premio Príncipe de la Concordia en el año 2012: lo importante no es lo que piensen, decían, ni la ideología de quienes estamos aquí. Lo importante es recoger alimentos para dar de comer a más gente.

Cuando esta sensatez esencial salta por la ventana lo que suele entrar por la puerta es un debate estéril sobre quién tiene razón y quién no, sin importar que el objeto de debate sea la tortilla de patata, las familias que pasan penurias o, allá vamos, el asturiano, el bable, la llingua, la parla asturiana.

Esta misma semana, el hijo de Emilio Alarcos ha abierto en la Universidad de Oviedo con pompa y boato un telón tras el cual llevaba tiempo fraguándose un sainete repleto de personajes extravagantes, de egos desmedidos y de escenas picantes. En apariencia, el argumento de esta apasionante comedia, con trasfondo académico y hechuras de revista musical, es el debate sobre la llingua. Pero lo cierto es que, tristemente, esa no es más que la excusa para que un nutrido elenco de académicos, con sus acólitos, se enzarcen en una pelea que lleva décadas enquistada y que tiene bastante más que ver con posiciones de poder que con un debate serio sobre lenguaje, literatura, identidad y territorio.

Miguel Alarcos y su madre, Josefina, torcieron el gesto durante la presentación de la antología de poesía editada por la cátedra que lleva el nombre de Emilio Alarcos. El motivo fue que una de las autoras, Raquel F. Menéndez, leyera un poema en asturiano. Alarcos hijo dijo entonces que aquello era una «deshonra» a la memoria de su padre y, ya en casa y bien caliente, escribió sobre el asturiano que era una «puta mentira que se aprovecha de la gente de bien y beneficia a políticos y a filólogos paletos».

La madre, Josefina, reaccionó a estas palabras reconociendo que razón no le faltaba a su hijo, pero también que le iba a lavar la boca con jabón por las formas empleadas: «Están cargando sobre sus espaldas un conflicto de hace 30 años», remataba. En realidad, quien ha disparado en las redes y ha ocupado el papel de vicetiple en este espectáculo es Menéndez, la poetisa. Y nació en 1993: quizás, entonces, no es que este conflicto se produjese en los 80 y haya resucitado ahora; sino que nació, se enquistó y ha estado distrayendo a los moradores de Filología en la Universidad de Oviedo y a no pocos satélites durante todo este tiempo.

Porque toda la academia se ha visto empujada a tomar partido con unos o con otros, pero se pueden contar con los dedos de una mano los que han atacado el fondo del asunto con rigor y amplitud de miras: en la nómina de cosas dichas esta semana ni una tiene que ver con lo supuestamente tratado. ¿Habrá que esperar otros 30 años?

Ver Post >
Yo estuve allí
img
Alejandro Carantoña | 26-10-2015 | 09:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

La arruga en la chaqueta, esa arruga cincelada por horas de avión, por el jet-lag y el cansancio. Eso sí es tradición de los Premios Princesa. El campeón de este año, con un surco de dos dedos de hondo en la espalda, ha sido Francis Ford Coppola. Se bajó del coche, escuchó una gaita tocando el tema principal de El Padrino, percibió el desembarco de masas eufóricas en la entrada del hotel Reconquista y empezó a bizquear. Cuando ya iba a refugiarse a su madriguera ovetense para los siguientes días, la directora de la Fundación, Teresa Sanjurjo, le invita a hacerse unas fotos. Suspira.

Casi todos los premiados que han venido a Oviedo son lo suficientemente venerables como para que les incomoden sobremanera los tumultos improvisados: ahí han estado Lledó, Duflo, Padura o el propio Coppola, entregados a la causa en los homenajes, clases, tertulias, entrevistas o galas, pero visiblemente más encorsetados cuando la cosa iba de atender lo mejor posible a una marabunta inopinada, hambrienta de fotografías, autógrafos o guiños a cada rincón. De titulares, de frases: de motivos, de bocados que han servido para atestiguar, a lo largo de esta semana, que yo estuve allí. Yo participé, yo le toqué, yo me lo crucé en un pasillo y todos deberíais saberlo. Y lo sabréis porque me tenéis en Facebook, en Instagram y en Twitter. Yo estuve allí: no importa el qué, el cómo o el para qué; importa el quién.

Al hilo de este fenómeno, decía otro de los premiados, Jimmy Wales, el cabecilla de Wikipedia, que Internet no es el peligro en sí mismo, sino el uso que hagamos de él. «Cuando era pequeño teníamos la televisión. Mi padre me decía: “Deja la televisión y sal a jugar”». Y «padres», en este sentido, no tenemos: posiblemente, mientras que Lledó advertía del riesgo que corre este mundo nuestro de hiperpoblarse de imbéciles, estábamos demasiado ocupados grabándolo en vídeo para escucharlo después o colgarlo en Youtube.

Esta capa abusiva, mitómana, es la causante de que en Oviedo sea complicado salir a la calle sin topar con una estatua (unos extranjeros de visita, recientemente, fascinados, paseaban exclamando: «¡Un perro! ¡Mafalda! ¡Un señor con maleta! ¡Un culo!»); y de que en Gijón nos vayan creciendo símbolos, carne de estudio fotográfico, por las esquinas.

A priori todo esto no tiene nada de malo. Pero, ahora que van pasando los años con nuestras cámaras de fotos en los bolsillos, sí empieza a resultar preocupante cómo la urgencia por preservar y compartir con los más allegados ha dado paso al exhibicionismo más descerebrado e invasivo.

Por no ofender: esta misma semana, el miércoles 21 de octubre de 2015, era el día que aparecía en Regreso al futuro para el viaje en el tiempo desde 1985. Bien, pues tanto el miércoles como el martes, en que apareció el último adelanto de la nueva entrega de La guerra de las galaxias, es de suponer que muchos nos entusiasmamos con estos dos guiños «pop» de otro tiempo; disfrutamos; lo vimos. Lo recordaremos.

No obstante, miles o millones de contactos que pueblan las redes sociales han sentido una necesidad imperiosa (y no siempre entusiasta, que aún lo explicaría) de repetir el chiste, de buscar un chascarrillo, de arrogarse un triunfo reciclando el prestigio ajeno. De colgarse del cuello de un premiado, o de un rey, solo para poder decir: «Yo estuve allí». Y no escuchar nada, y no aprender nada, y apenas recordar quién es ese señor. Quizás, si les escuchásemos, no nos quedaría duda alguna de la importancia de que estén aquí.

Ver Post >
Tacto
img
Alejandro Carantoña | 19-10-2015 | 07:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Un amigo medita sobre un error valiosísimo: «Logré entender que me la di por entrar como un elefante en una cacharrería. Hay que observar primero y reaccionar después, con calma», aprendía.

Una reflexión así valdría para casi cualquier orden de la vida, pero quizás esta semana que empieza, más que nunca, haya que aplicarla a los baños de masas y a los paseíllos multitudinarios, que parecen haberse convertido en la última moda de la batalla institucional. El presunto clamor de un lado y de otro que nos ha ensordecido durante esta última legislatura, para entendernos, se han convertido en la carta blanca que parece justificar cualquier enfrentamiento, ruptura, fractura o postura incluso.

Y no va solo la cosa por el ensimismado trasiego de Artur Mas de camino a declarar ante el juez esta misma semana, sino al revuelo organizado en torno a los Premios Princesa de Asturias, que ya han comenzado y que prometen polémica a raudales —para asombro de los premiados e invitados— a lo largo de la próxima semana.

Es la primera ocasión que el tripartito de izquierdas ovetense ha tenido para tomar postura ante un acontecimiento que se pretende, ante todo, cultural, pero obviamente impregnado de connotaciones políticas, ideológicas e institucionales.

Las últimas declaraciones han sido confusas, o quizás matizadas —es donde cabe más de una interpretación donde cada cual entiende lo que quiere entender—: Ana Taboada, vicealcaldesa de Oviedo (Somos), dijo que ceder espacios a los Premios, sí, pero que entregar dinero, no: que se lo paguen. Así, ha surgido una polémica sustanciosa y se ha caldeado el ya de por sí poblado manifestódromo de La Escandalera para el próximo viernes.

El resultado de estas declaraciones (y la airada reacción de Graciano García, director emérito vitalicio de la Fundación), volviendo a la sabia lección, ha sido ante todo de ruptura, de enfrentamiento. Quizás a medio plazo sea un resultado constructivo, pero por lo pronto se ha puesto en contra a todo un sector de la sociedad que, para empezar, disfruta con los Premios y los apoya; y, para seguir, rechaza frontalmente que lo eduquen o lo reconduzcan.

No se trata aquí de evaluar si a los Premios se les deben otorgar 350.000 euros, 350 o 350 millones de subvención; ni siquiera de plantearse su existencia o su oportunidad en el tiempo en que vivimos. Simplemente, en los albores de esta revisión profunda de lo que es Oviedo y lo que se quiere que sea, toca hablar de los tiempos y del tacto. Del arraigo —o del enquistamiento—, del diagnóstico, del cálculo.

Seguro que ni Taboada ni nadie en la nueva Corporación, que tiene a gala un programa de cambios de calado en la cultura de la ciudad, quieren perder a un solo actor de los que participan de ella, se llame como se llame y sean cuales sean sus preferencias. Seguro que empezar la construcción de su Oviedo prometido no empieza por expulsar o extirpar a nadie ni a nada, sino que tiene como fundamento la conciliación, el diálogo y la toma de decisiones comunes.

Por eso, por muy cargada de razón o muy aclamada que sea una propuesta; por muy democrática y justa que sea, su implantación siempre tiene que comenzar por el principio: por la seducción. Ante todo, tacto.

Ver Post >
¿Quién es Svetlana Alexiévich?
img
Alejandro Carantoña | 12-10-2015 | 09:55| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Lunes. Prácticamente nadie en España sabe quién es Svetlana Alexiévich, pero suena fuerte en las apuestas para el Premio Nobel de Literatura 2015. Martes. Alexiévich es bielorrusa y encabeza las quinielas. Miércoles. Ya es Alexiévich, y su apellido debería sernos tan familiar como el de Murakami, el Meryl Streep de las nominaciones al Nobel —Mery Streep ha ganado el Oscar solo tres de las diecinueve veces que ha sido nominada: Murakami es el eterno casi ganador del premio Nobel de Literatura—. Jueves, Alexiévich gana el Nobel de Literatura. Y para entonces ya está consolidada como «Alexiévich» (¿se escribe así?) o, como escribía apresuradamente en Twitter un periodista cultural madrileño, «la Kapuscinski bielorrusa». Muy elocuente.

Dice Wikipedia que solo existe una traducción al español de su obra, la de Voces de Chernóbil, escrito en 1997, editado en España solo después de que recibiese el premio de la crítica en Estados Unidos, casi una década más tarde. A la hora de la concesión del Nobel, ocupaba el puesto 14.015 en el listado de libros más vendidos en Amazon.

Es muy probable, por no decir seguro, que tanto este único libro publicado en español como todo el resto de la obra de Alexiévich hayan marcado un antes y un después en la literatura universal. No en vano, es muy, muy poco habitual que el Nobel de Literatura recaiga en gentes preocupadas por escribir no-ficción antes que novela o poesía, así que algo tiene que haber en la creación de Alexiévich que valga la pena descubrir. Valga el Nobel, así, para hacerlo.

Con todo, y desde el más absoluto desconocimiento de quién es esta autora o en qué consiste su trabajo, me pregunto si hubiéramos oído o sabido de ella de no haber sido localizada y traducida por alguien en Estados Unidos, nuestro proveedor oficial de culturas exóticas. Es más, posiblemente ni siquiera la trayectoria atesorada por Alexiévich en un país tan cercano (¡y lejano!) como Francia hubiese servido para que se convirtiera en un nombre familiar para nosotros.

Hoy, domingo, ya es tarde. Porque desde el jueves es Alexiévich y es una de las cronistas más importantes de la historia del universo mundo, aupada por el jurado de un premio tremendamente prestigioso a los anaqueles del recuerdo. A las 13.03, hora española, quedó prácticamente prohibido reconocer que no se sabía quién era esta mujer y cuáles eran los focos de su trabajo: todos han corrido mucho para escamotear, bajo la alfombra, el hecho de que nadie le hubiese prestado atención hasta este momento.

La prueba fehaciente es la urgencia con la que van a empezar a aparecer traducciones de libros suyos (antes de Navidad, posiblemente, y retraducciones, casi seguro), y esto es algo que debería hacernos reflexionar a quienes hacemos, amamos y consumimos libros todos los días: ¿cómo puede ser que entre las decenas de miles de libros que se publican anualmente en España no haya habido más espacio que ese, raquítico, que ocupa un volumen de poco más de 300 páginas? ¿Cómo puede ser que el periodismo cultural y literario, tan global y cultivado, no haya tenido tiempo u oportunidad de reproducir una de sus crónicas hasta este momento?

Así, que aún hoy nos estemos preguntando quién es Svetlana Alexiévich solo puede significar dos cosas: o bien que a quienes entregan el Nobel se les ha averiado la máquina de razonar, o bien que nuestro sector editorial se ha caído con todo el equipo en su tarea de localizar, traducir y proponer excelencia. Solo lo sabremos cuando hayamos contestado a la pregunta crucial: ¿Quién es Svetlana Alexiévich?

Ver Post >
Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.