El Comercio
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Eco en un seto
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Alejandro Carantoña | 22-02-2016 | 09:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Cuando estudiábamos Traducción Literaria, derrochábamos siempre una o dos sesiones en hablar de cómo traducir una frase. Luego llegó la realidad: una hora para traducir aquello en lo que, normalmente, invertíamos días o semanas cuando estábamos estudiando. Pero no corramos tanto; aún vivíamos en el idilio de la traducción ideal: con más o menos ampulosidad, construíamos razonamientos interminables para escoger entre tipos de coche de caballo o respetar la ensoñación de la materia flaubertiana en su volcado al español (y así y todo éramos felices). Y buena parte de aquello lo habíamos aprendido, consciente o inconscientemente, de una figura extraña, espesa y que vivía muy bien de construir ese tipo de razonamientos: se llamaba Umberto Eco.

Eco inspiraba a los estudiantes de Lingüística y de Traducción con insólita facilidad, porque era un superventas pero era, también, un hombre de una sabiduría enciclopédica, teórica, capaz de apisonar al más dispuesto. En Decir casi lo mismo, que es libro de referencia para traductores en ciernes, Eco se entretiene explicándonos hasta qué punto les ha amargado la vida a sus traductores en infinidad de idiomas con un seto que aparece en el Péndulo de Foucault, con un maldito seto que es, en realidad, una referencia a Leopardi de una importancia capital para él. Y que cuando uno está estudiando le resulta fascinante, porque nunca se ha imaginado que un señor capaz de bucear en códices del medievo y urdir tramas semióticas tan complejas pueda sacar, de ahí, un oro de los quilates que tiene El nombre de la rosa y llegar con él a tantos millones de lectores. Infunde esperanzas, en la medida en que hay un mundo inaccesible y remoto en el que a los traductores se los llevan de viaje a conocer al autor; les dan tiempo, medios y referencias para producir obras redondas: existe un mundo desconocido más allá de los barrotes de la traducción para ayer y mal pagada.

En el ámbito estrictamente literario, Eco supuso un terremoto similar e igual de contradictorio: alguien dijo de él que era el hombre que había logrado convertir el aburrimiento en una cualidad literaria. Y razón no le faltaba, se pongan como se pongan los puristas, porque no hay novela de Eco que sea fácil de terminar ni hay estructura literaria que resista un análisis liviano e intuitivo; siempre ha de ser sesudo y concentrado. De esa manera, y solo de esa manera, se le puede disfrutar. Quizás cuando se es joven, que es cuando de más tiempo se dispone, uno puede consagrar dos meses de su vida a penetrar en esos setos laberínticos y eruditos.

Puede ser, entonces, que lo más importante en el legado de Umberto Eco no tenga tanto que ver con sus aportaciones académicas en en ámbito de la semiótica y de la teoría lingüística —cuya solidez ya se ha visto cuestionada—; que no resida tanto en novelas llamadas a ocupar anaqueles esenciales; sino que se encuentre en la manera de estar en el mundo, de afrontar el trabajo intelectual y de interactuar con la sociedad. Hay muchas sombras y rumores que le rodean (relativos sobre todo al trato dispensado a algunos colegas y traductores) y que son más propios de una figura mediática que de un hombre encerrado en su despacho escribiendo sobre el condenado seto leopardiano.

Lo que le hace excepcional, entonces, es no haber perdido su esencia, rigor y densidad mientras que era capaz de generar debate, acudir a fuentes insólitas y a menudo despreciadas por otros y proponer, en definitiva, una manera de acometer el trabajo intelectual que es una aspiración necesaria. Y es una aspiración, una cima, un equilibrio necesario, que se le debe a él.

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Era una excusa
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Alejandro Carantoña | 15-02-2016 | 09:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

En contra de lo que dicta el sentido común —u opinólogo, al menos— he aquí la locura de esperar una semana para escribir sobre el espectáculo de títeres que tan revuelto tiene Madrid y alrededores.

Este tiempo ha bastado para que el IBEX subiese y bajase —más bien lo segundo— lo indecible y, como ya es costumbre, para que el mundo apenas se desplazase de su eje, a pesar de aquello que están empeñados en vendernos como catarsis final.

Lo del chiringuito tiritero- madrileño-carmenero a pie de calle olía a fiasco informativo desde el minuto dos, pero eso no ha supuesto ningún inconveniente para que se organizase la mundial en portadas, tertulias e incluso prodigiosos programas televisivos muchísimo más largos de lo debido, para al final quedar en agua de borrajas.

Pasados los días, parece que ya empieza a decantarse el meollo del asunto, divido a su vez en dos partes jugosas y, como siempre, muy alejadas de donde se suponía que iba a estar el debate en un momento inicial: primera: ¿Hacían apología de algo estos anarquistas titiriteros? Segunda: ¿Es proporcionado el castigo?

La respuesta a la primera cuestión parece un rotundo no. Se trata más bien de una «boutade», tan frecuente como prescindible en el mundo artístico. Y que además gozaba, potencialmente, de un impacto irrelevante y frívolo. Pescozón por jugar con las cosas de comer pero, por lo demás, debate inexistente donde los haya. Sí conviene llamar la atención, no obstante, sobre el hecho de que buena parte del guirigay se haya organizado por la costumbre podemita de jugar a un discurso agresivo y contundente durante demasiado tiempo: tanto amenazar con que viene el lobo que, cuando uno entra disfrazado de ídem, lo muelen a palos sin preguntar.

Segunda cuestión: el castigo es desproporcionado y vacuo. Absurdo. Durante muchos años —y aquí mismo lo escribí con motivo del estupendo documental Ciutat morta hace un año— ha valido la pena evitar frivolidades en torno a ciertos asuntos, como el terrorismo o la violencia policial. Había que tomárselo muy en serio —critiqué a los autores del documental por aprovechar un premio como plataforma de reivindicación— y había que evitar, sobre todo, que las voces críticas para con lo peor del sistema abriesen la puerta a verse desautorizadas: una reflexión anulada es una reflexión perdida.

Es exactamente lo que ha ocurrido: que más que cometer un error garrafal con su espectáculo, los programadores y el Ayuntamiento de Madrid han abierto la puerta a que el establishment político que quieren combatir entre en tromba contra ellos. En concreto, han sustanciado el mensaje —que no es baladí— de que si bromas, frivolidades o reflexiones parecidas se hubiesen producido en sentido opuesto (el bebé de Bescansa) sí se hubiese exigido y justificado un acto de censura igual o mayor al que se han visto sometidos ellos.

Después de todo, de todo el ruido y las portadas y las tertulias, posiblemente este artículo no contenga nada de novedoso o de disonante con respecto a lo que alguien haya escrito ya. Nada más que esa inconsciencia, en los tiempos en que vivimos, de esperar algo más de siete días para formarse una opinión (y expresarla) sobre algo que prácticamente nadie ha visto, sobre lo que la mayoría no sabe prácticamente nada y sobre lo que, ay, pesa la sospecha clara de ser más una palanca de opinión que un asunto realmente importante. En fin: era una excusa.

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Apocalipsis sanitario
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Alejandro Carantoña | 08-02-2016 | 09:00| 0

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El tabaco mata, según la Organización Mundial de la Salud, a unos seis millones de personas al año en el mundo. Así, la OMS ha emitido un informe muy recientemente en el que localiza y ataja el auténtico núcleo del problema: Hollywood (!). Efectivamente, la solución radica en hacer presión para que las películas en las que aparece gente fumando sean recomendadas para mayores de edad: de hecho, en España ya se han hecho inmensos progresos en pro del bien común elevando su precio en torno a un 600% en los últimos 25 años, prohibiendo su consumo en bares y otros lugares públicos y pixelando «palitos de cáncer» en cualquier aparición televisiva.

Lo que la OMS calla, sin embargo, con respecto a esta terrible pandemia, es que en España por ejemplo el consumo de tabaco no solo es legal entre mayores de edad, no solo recauda mediante impuestos lo suficiente como para cubrir el presupuesto de tres ministerios, sino que —esto es lo mejor— es el propio Estado quien lo vende, en realidad. Así, con lo recaudado por un lado, financia campañas contra su consumo por el otro y elabora informes por otro más. Por el camino, se lleva un buen pellizco. Y por eso la solución pasa por que en las películas no salga gente fumando.

Cuesta entenderlo. De verdad que cuesta, y bastante: y por eso, es de suponer que de esos hiperdiplomáticos y muy políticamente correctos polvos lleguen estos extraños lodos, en forma de epidemias mundiales —estas, sí: léase zika, gripe aviar o ébola— en las que la máxima autoridad sanitaria mundial siempre y sin excepción comete errores de comunicación gravísimos.

Por ejemplo, aquellas provisiones de medicamentos para una hecatombe sanitaria que nunca se produjo, y que costó un buen dinero a las arcas españolas; por ejemplo, este zika que amenaza con mermar la demografía de un continente entero durante años; y, en otra muestra reciente de confianza y fiabilidad, el cierre en falso del brote de ébola: tras descorchar el champán por el fin del brote el 14 de enero, el día 15 se producía una nueva muerte por la enfermedad en Sierra Leona.

La profundidad y dificultad que tiene la gestión de todas estas crisis es indudable, insondable para muchos, pero se tiñe de desconfianza cuando viene combinada con estos artificios intrincados e incomprensibles: veamos, si así se pueden evitar seis millones de muertes, ¿por qué demonios la única solución posible, ambiciosa y de alcance pasa por atacar las películas en las que se ve a gente fumando? ¿Por qué la OMS jamás ha emitido una recomendación de carácter legislativo que prohíba, anule o erradique el tabaco de la faz de la Tierra?

Es un misterio. Y uno sospechoso, uno que hace creer que los focos de preocupación se desplazan en función de intereses más bien ocultos. Vaya, esos focos de inquietud siempre acaban siendo los mismos, siempre se acaban traduciendo en censura encubierta, cosmética. Sea en pro de la salud humana o de la libertad religiosa, pero censura a fin de cuentas.

Siempre según la propia OMS, las campañas antitabaco tienen una incidencia de entre el 7% y el 16%, un porcentaje de efectivad ínfimo. Eso sí, muy ruidoso, muy aparatoso, muy llamativo. Muy de hablar sobre ello en familia, en público o en prensa —como ahora— para no hablar de otras muchas cosas que seguro que tienen una importancia capital. Y que no salen en las películas.

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Rus y el mínimo
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Alejandro Carantoña | 01-02-2016 | 09:00| 0

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Hay estampas que son ejemplos significativos; y otras que son, abiertamente, estereotipos. Ocurría en aquella estupenda película, La caja 507, que empezaba a adelantarse a lo que más tarde fue Crematorio, la fabulosa serie basada en el universo corrupto-mediterráneo de Rafael Chirbes, que se adelantaba, a su vez, a lo que ahora estamos viendo y leyendo a diario. Pero esta vez, en la prensa: esta vez es real.

Está por ver si la colección de altos cargos —en este caso, del Partido Popular— que han sido detenidos esta semana en la operación Taula, y que están en estado de imputación, investigación, escrutinio o comoquiera que se llame ahora, son culpables. Pero es inevitable que a personajes como Alfonso Rus los envuelva un aura, sí, de estereotipo, de dinero a manos llenas tintado de colores oscuros: «O votáis a Arias Cañete u os pego una paliza» y ese llamamiento a celebrar una victoria con «champán y mujeres» (risas de fondo), dicho con ese tono igualmente estereotípico, son detalles de hemeroteca que harán recordar a más de uno a más de un personaje que se habrá cruzado en el camino a lo largo de su vida.

Aunque no ha llamado especialmente la atención, el Consejo de Europa ha publicado esta semana un informe, elaborado por el comité de derechos sociales, que quizás sin saberlo pone el foco sobre los miles de pequeños ruses que aún pululan por España.

Ha dicho el Consejo de Europa, en su evaluación de las condiciones laborales y salariales de menores de edad y «aprendices» —o sea, becarios– que España debe garantizar (y no lo hace) que perciban como mínimo el salario mínimo interprofesional, esto es, 655,20 euros al mes en 14 pagas. Llama también la atención sobre el hecho de que exista una diferencia salarial entre mayores y menores de edad únicamente por este motivo; y sugiere (ejem) que la remuneración vaya en aumento y que no sea inferior, jamás, al salario mínimo.

Ya solo por el baremo económico se puede intuir por dónde van los tiros: hablamos, primero, de lo interesante que sería capturar con vida para su estudio científico a un solo becario al que le hayan ofrecido esos 655,20 euros (o 764 al mes, en doce pagas) de primeras. No es muy complicado imaginar a algún pequeño rus llamándolo «chaval» —no se sabe su nombre: en cuanto acabe el contrato vendrá otro— pidiéndole café, fotocopias o algún recado; saludando con un cachete en la cara o pasando a su lado, atravesándolo con la mirada como si no existiera. Ni dinero, ni atención, ni aprendizaje —porque lo que obvia el informe es que en pocos o ningún caso se tutela efectivamente al aprendiz—.

Nuestro pequeño rus está bien situado socialmente y se percibe en cierto pedestal de intocabilidad que no tiene por qué ser impepinablemente delictivo, pero que sí lo aúpa un par de escalafones en el universo del poder: «Alfonso, te quiero, c***, te quiero», le decía «uno de Pontevedra» entre risotadas altas y un penetrante olor acolonia mezclado con aroma a puro.

Tampoco se piense que este es el único patrón por el que vienen cortados; solo es el último que ha caído en desgracia, ese al que en esta época le ha tocado la extinción por vía judicial y administrativa: antes, los pequeños ruses ofrecían ferraris a quien les ayudase a mantener la posición. Ahora, basta con ofrecer una pequeña parcelita de poder, un espacio mediático o un escaño en el Congreso. Ya ni siquiera se trata de acariciar bolsillos: ahora, basta con alimentar egos.

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Primavera Chichos
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Alejandro Carantoña | 25-01-2016 | 09:00| 0

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El día en que murió David Bowie, las reproducciones de sus canciones en el portal de música Spotify se dispararon un 2.700% y el buscador Google explotó con su nombre. Es de suponer que mi generación, que no es necesariamente la que llevaba fascinada con su música toda la vida, necesitaba algún motivo para llorarle en las redes sociales. O algún dato, al menos.

En tiempos recientes, este fenómeno ha alumbrado el término «postureo» —que la Real Academia no reconoce: remite a «costureo», quizás una sugerencia maliciosa—, que exitende sus tentáculos hacia casi cualquier orden de la vida: a ver quién nos iba a decir que para ver Gran Hermano VIP iba a haber que hacerse un máster urgente en secretos de Estado y servicios de inteligencia; o que para opinar acodados en la barra del bar sobre «los políticos» iba a haber que hacer el esfuerzo supremo de leerse la Constitución, escarbar en el funcionamiento del Congreso de los Diputados y/o, incluso, descubrir qué es la mesa que lo gobierna. Nada que objetar.

Esta semana, el famoso festival indie —por decir algo— Primavera Sound, ha anunciado su cartel para la edición de 2016, que incluye a Radiohead, a Brian Wilson y a los Chichos. Esto no es nuevo: ya en los albores del hipsterismo desaforado, allá por 2014, Raphael encabezó el cartel del Sonorama.

Y nadie dice que los Chichos no sean un supergrupo o que Raphael no sea un artista como la copa de un pino: siglos antes de que hornadas y hornadas de grupos insulsos con guitarristas prescindibles y letras huecas tomasen al asalto «la escena», como gustan de decir los anglófilos, aquellos ya estaban dando conciertos à la Johnny Cash en el penal de Ocaña y, este, arrasando continentes enteros.

Durante mucho tiempo, ni lo uno ni lo otro fueron méritos suficientes para que fuesen considerados como «serios» por un amplio sector del público joven, sino más bien como figuritas de Lladró convenientemente plantadas encima del televisor.

De nuevo, se equivoca quien dude de que el cine quinqui (del que los Chichos fueron motor esencial) es probablemente de lo mejor que se ha producido en España; y se equivoca aún más quien no sea capaz de ver que Raphael inventó (¡y la sobrevivió!) una manera de entender la música que ya querrían para sí muchos.

Así, quizás sea la crisis o quizás sea el aburrimiento de escuchar voces desafinadas y trascendencia aguada, pero hemos empezado a tomarnos en serio a nuestros mayores: ellos estaban ahí antes de que engendros antimusicales como el reggaeton nos invadiesen; y ellos estaban ahíí, hablando de droga y de maltrato y de «lo que ocurre por la noche» eones antes de que la música popular, o independiente, se empezase a recriminar a sí misma su falta de conciencia social.

Críticos como Víctor Lenore (que provocó una buena polvareda con su ensayo sobre el asunto) o Diego Manrique han detectado y comentado el fenómeno, relacionándolo a veces con la comodidad —o vagancia— en la que se ha instalado esta generación de consumidores de Cultura. Ahora, todos saben que algo queda de la faceta «figurita de Lladró» en la invitación de los Chichos al Primavera, pero también sospechan —Manrique lo ha escrito esta semana en El País— que a más de uno se le va a cambiar el gesto cuando entre en contacto con ese mundo. Y si al menos sirve para respetarlo, bienvenido postureo.

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Artista pensionista
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Alejandro Carantoña | 18-01-2016 | 09:00| 0

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Morir con las botas puestas no es una opción. No, al menos, cuando uno es Premio Nacional de Poesía, premio Cervantes y premio Reina Sofía: al llegar a la edad de jubilación, llegan también las rebajas y es prácticamente obligatorio dejar de escribir. O, al menos, se hace obligatorio dejar de cobrar por ello.

Lo supimos el pasado viernes a través de estas páginas, en una información de Vanessa Gutiérrez relativa al poeta ovetense Antonio Gamoneda. Gamoneda se plantea dejar las letras porque, al parecer, la reforma de las pensiones de 2011 impulsada por el Partido Popular le impide compatibilizar su oficio con el cobro de una jubilación, habida cuenta de que esa actividad le reporta más que el salario mínimo interprofesional (unos vergonzosos 9.000 euros anuales, a todas luces indignos para cualquier trabajador, sea calderero o violinista).

No es la primera vez. El año pasado, ocurrió algo similar con los figurantes mayores de 8 apellidos catalanes, la exitosa secuela de 8 apellidos vascos: la Seguridad Social lanzó una andanada de cartas advirtiéndoles de que se iban a revisar sus casos meticulosamente y que corrían el riesgo de que el (exiguo) estipendio de participar en un taquillazo entrase en conflicto directo con sus pensiones.

Es un acto de ceguera casi obsceno, en cualquiera de los dos casos, estimar no solo que la pensión por jubilación es suficiente, sino que queda «prohibido» completarla con las cuatro perras adicionales que puede aportar alguna tarea artística. En el caso de los figurantes, por echar unas risas; en el caso de Gamoneda, por ponerle en la tesitura de tener que elegir entre dejar de publicar (cosa que ha hecho toda la vida) y dejar de cobrar por ello (cosa insultante para cualquier profesional del ramo).

Seguramente, esta situación se da en muchas otras profesiones, aunque las nuestras tienen mucha más visibilidad. Con todo, lo sangrante de las artes en particular es que somos prácticamente el único país de la eurozona que no contempla las particularísimas circunstancias de los oficios artísticos en su legislación fiscal ni laboral. Es decir, sin hablar ya de asfaltar el camino y subvencionar hasta las cejas las actividades creativas, ni siquiera se atiende la petición de pensar en ellas durante más de veinte segundos y tratarlas con justicia.

En Francia, por ejemplo, cualquier profesional de teatro cuenta con un régimen de intermitencia que le garantiza la posibilidad de cobrar el paro en esas semanas o meses «valle» que tiene, forzosamente, una profesión estacional; en Reino Unido, la tasa de autónomos es una broma al lado de la que se paga en España. Y así en todos los países, en todos los que, de nuevo, ni siquiera han decidido apostar por la cultura, sino evitar meterle palos en la rueda.

Hablamos ahora de Gamoneda porque tiene todos los galones posibles; de los jubliados de ocho apellidos porque han participado en una película de primera magnitud, pero igual que de ellos, podríamos hablar de las hordas de chavales que pretenden poner en pie una banda y odian adaptarse a los dictados de las radiofórmulas (esto es, tocando en salas pequeñas a menudo repletas) o de los escritores con alergia crónica a los «trepidantes thrillers» urdidos a la medida del premio literario de moda.

No es cuestión, una vez más, de aportar volquetes de dinero: es solo cuestión de pensar, brevemente, que también tenemos artistas pensionistas. Y potenciales.

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Parlamento youtuber
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Alejandro Carantoña | 11-01-2016 | 09:00| 0

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Trampee y fórrese. No le llevará mucho más que un año. Merced al inefable Vasile y a 3.136.000 habitantes de esta España nuestra —unos 40 diputados de los 350 que conforman el Congreso: fuerza decisiva—, el pequeño Nicolás ha empezado esta semana a cobrar, cuentan, casi el doble que el presidente del Gobierno de España. El doble de su sueldo anual, quiero decir, al mes.

Lo ha hecho por acceder a participar en un programa que consiste en encerrar a algunas pseudoestrellas caídas en desgracia y a diversos monstruitos catódicos para que se destripen entre ellos frente a las cámaras, asunto este que ha roto las redes sociales en su estreno y que ha concitado la atención de esos tres millones largos de personas.

No es, desde luego, una masa crítica ni silenciosa ni despreciable en número, aunque sí bastante inquietante en la medida en que una, y otra, y otra vez esta gallina de los huevos de oro que ya no se molesta ni en disfrazarse de experimento sociológico sigue dando buen resultado. Ya puede estar acabándose el mundo ahí fuera que, sin embargo, Guadalix y demás sucedáneos nunca fallan. Al contrario: crecen.

Se suele cometer el error de reducir estos divertimentos al absurdo, como si fueran cosa de «otros» que no somos nosotros. Los más cínicos quieren emigrar, miran con altivez este subproducto y con condescencia a sus espectadores.

El porqué de su éxito sigue siendo un misterio, pero las consecuencias son palpables: a nadie se le escapa que algo tan accesible, tan al alcance de la mano —o de ese teléfono móvil que usan prácticamente el 85% de los menores de edad de este país— define la manera en que se relacionan con el mundo e influye, y mucho, en su manera de entenderlo.

Los personajes modélicos de esa España en ciernes son un niño estafador y un puñado largo de chavales que, provistos de una cámara y un micrófono, ganan el triple de dinero que sus padres lanzándose dardos venenosos a través de las redes sociales y de vídeos —no de blogs: escribir no vende—. Estos chicos triplican en audiencia a los de Guadalix. En efecto: el ‘youtuber’ con más seguidores de España tiene 15 millones de suscriptores. Se llama elrubius y también ha vendido 40.000 libros en pocos meses. Esos 15 millones equivaldrían a los votos cosechados por los tres primeros partidos del Congreso (255 diputados de 350: la mayor mayoría absoluta de todos los tiempos).

Y también rompió a llorar en el programa de Risto Mejide, que le entrevistó el año pasado, cuando reconoció que había estado un año encerrado en su casa cuando seguidores y detractores le localizaron y acamparon a su puerta, queriendo más rubius del que Internet les podía proporcionar (y eso que cuelga vídeos con una frecuencia prácticamente diaria), y también resultó que toda esta gloria, tan íntima, tan llena de vísceras, tan bañada en dinero rápido y tonto, es en realidad una burbuja, la primera gran burbuja que se encuentra la generación que viene detrás.

No, ni los millones de consumidores de estos productos merecen condescencia ni, como se dijo en su momento, toda esta vorágine acabaría cayendo por su propio peso: hay que empezar a asumir que hay gente que es o será decisiva que firma libros sin haber leído ni uno —¡y a mucha honra!—; hay que preguntarse, aunque solo sea por un momento: ¿Qué ocurriría si a cualquiera de ellos le diese por pedir el voto?

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El vecino francés
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Alejandro Carantoña | 04-01-2016 | 09:00| 0

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A medida que ocurría, casi en directo, él lo visualizaba. Había estado tocando en el escenario de la sala Bataclan; y tenía un buen amigo que lo había hecho la víspera de aquel viernes aciago de noviembre. Justo el día anterior. Son franceses. Por eso, aunque no quería, al cabo de unos días se autoinfligió las fotos del interior de la sala, tomadas poco después de la masacare: «Es muy doloroso, pero prefiero verlo a imaginarlo. Ça va être là toujours, siempre va a estar ahí».

Faltan tres días para que se acabe el año en el Suroccidente francés y, aunque la vida parece seguir fluyendo como el Garona, hay un algo inexplicable —y asfixiante— en las últimas bocanadas de 2015: hay un comerciante que mira de reojo a quien entra en su tienda, porque las amenazas de baja intensidad que recibió en el pasado se han hecho una realidad muy plausible en los últimos meses; hay guardias de seguridad que revisan cada bolsa, y cada bolso, para permitir el acceso a un centro comercial; y hay que bajar al aparcamiento por las escaleras porque los ascensores están condenados, en el marco de la operación Vigipirate. Toda la calle de acceso a la sinagoga está cortada y custodiada por policías y militares, a los que es fácil encontrarse tanto en la frontera —discretos, eso sí— como en las ciudades.

Aparentemente, no pasa nada; nada más que otro comerciante ha puesto un cartel manuscrito en la puerta de su tienda defendiendo con furia que haya colocado la bandera durante semanas tras los atentados de París: «Le drapeau français est le symbole le plus important de liberté», la bandera francesa es el símbolo más importante de libertad. Parece que hasta en eso hay zozobra, hay duda. Hay una pregunta —si nos atacan, ¿a quién atacan y por qué?— por responder.

Francia, ya a dos días de que acabe el año 2015 y semanas después de la cicatriz que le han hecho, da la sensación de haber optado antes por obviar el enorme dilema de identidad y de seguridad propia al que se enfrenta, como un adolescente temeroso, antes que de tirar por la calle de en medio. Sacan más fuerzas, hablan del asunto, abren con normalidad los bares y las tiendas pero hay algo, definitivamente, que no es normal: en la tarde de Nochebuena, en Ajaccio, en Córcega, se desató el caos en un barrio de inmigrantes que ha traído consigo fortísimas manifestaciones contra la inmigración por todo el país, como latidos ensimismados contra su propia naturaleza.

Camina por la cuerda floja bajo una apariencia de normalidad; nos hace temer, a quienes la queremos, de que igual ese tipo anchote y grandón que nos trataba con condescendencia a medida que nos hundíamos en una crisis de proporciones bíblicas haya recibido ahora una paliza enorme, y prefiera lamerse las heridas en un rincón cargado de orgullo y cabezonería a tendernos la mano a los convencinos del Sur.

Al volver a cruzar la frontera —y el año ya se acaba mañana: ¡ha llegado 2016!— nos descubrimos transitando las autopistas del Norte entre incendios y bajo una luna enorme. Bilbao aguarda con los brazos abiertos; Gijón, con los bares llenos. Recorres San Lorenzo, asistes a la entrañable polémica por las terrazas de Oviedo y sabes que por mucho desgobierno que haya, por todo lo que nos falte por hacer, estás en casa. Y que tenemos una suerte inmensa de que así sea. Y que, después de todo, quizás no lo hayamos hecho tan mal —como pueblo, como comunidad, como país— cuando tocaba.

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Puré de siempre
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Alejandro Carantoña | 31-12-2015 | 12:25| 0

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Como el año pasado, ¿no? Ver el discurso del Rey, aunque sea otro y en otro lugar. Criticarle entre la algarabía de los primeros fiambres; aplaudirle con los entremeses. Comer turrón, acabar de cenar pronto pero mucho, ver a los amigos. Comer puré de patata —el mismo— con la carne. Caldo en Nochebuena, solomillo en Navidad. Una foto de familia y correos para todos. Billetes de Lotería rotos. Felicitaciones y la sensación, paseando para bajar la cena, de que nada se ha movido lo más mínimo, aunque las portadas del mañana (y las de ayer) digan que el mundo se derrumba bajo nuestros pies y que vivimos una situación «insólita». España se rompe.

Están los olvidados, también, que en estas fechas se vuelven los más presentes: quizás todos hagamos un mayor esfuerzo por disfrutar la Navidad para que su ruido tape al de los que cenan solos, a los que pueblan las calles desiertas mientras que en otros sitios se encienden más luces que de costumbre: ya tras el primer plato se ponen lavavajillas para que no se amontone la basura. El equilibrio, en el fondo, es el mismo que ha preñado todo el resto del año, solo que ciertas cosas se hacen más presentes en este puñado de días.

Esta semana que termina ha sido la última (completa) de 2015. Todo apuntaba a que íbamos a sentarnos a hacer balance, a que íbamos a recordar y planificar, pero no lo hemos hecho porque ya había bastante con seguir la Lotería y que los niños abriesen el cava: ha tenido que salir el Rey sentado en su trono a hablar de lo que nos une para recordar que nada, nada esencial, es especialmente distinto que el 24 de diciembre de 2014.

Porque los letreros en una rancísima Times New Roman blanca y ese himno de tempos plomizos y ese escudo solo son el preludio de un tono monocorde, institucional que no viene a cambiar gran cosa; sino que es, más bien, como el Belén: un vestigio de identidad imborrable en el que entran y salen pastores, pero que damos por sentado tanto como damos por sentado el puré, el silencio tras la cena y la promesa de que vienen los reyes, las reinas o lo que quiera que pinte.

Quizás es que disfrutamos pensando que el año que viene habrá pescado en lugar de carne; que los langostinos congelados se van a metamorfosear en oricios; o que podemos coger el toro por los cuernos y hacer una guarnición distinta del puré de marras.
Pero no, nada cambia. Para bien o para mal —seguramente para bien: conforta saber cómo empieza un año y acaba el siguiente— todo sigue igual. Cataluña donde estaba, el Congreso con 350 sillas y un noséqué que nos sigue empujando a hacer lo mismo, en el mismo sitio, a la misma hora y el mismo día. Y eso sí que no se mueve: feliz 2016.

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La papeleta
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Alejandro Carantoña | 21-12-2015 | 09:00| 0

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Hoy hay que pensarlo bien. Nos cuentan que acabaremos el día extirpando una cultura de hacer las cosas —la del partido en el poder— o aupando otra distinta —la de los demás—. Lo único cierto es que estas elecciones son una papeleta para todos nosotros porque hay, en todas las maneras de hacer las cosas, en todos los perfiles, un nosequé que lo impregna y del que no parece que nos vayamos a librar tan fácilmente.

Esta semana, Luisito, ese personaje mallorquín que parece huido de Gran Hermano, ha sido condenado por estafar 38 millones de euros a una pareja balear a la que ha dejado en la ruina. Ni ellos, ni él, son ahora mucho más que una sombra de las socialités en las que pretendieron convertirse —à la pequeño Nicolás— a golpe de talonario.

Igual, pero a lo bíblico, sigue desarrollándose el desmantelamiento de Abengoa, esa empresa energética tan grande, tan grande cuando construíamos rotondas con fajos de billetes que no podía sino robar a manos llenas al común de los mortales —ocultando su deuda— con una pátina de legalidad. Todos, ahora, están fuera de juego.

Se supone que la «clase política», conocida como «casta» en episodios anteriores, comparte muchos de esos rasgos de carácter: la avaricia, el nulo interés por la Cultura —más que para aparentar, maquillar, disfrazar— y una doblez moral torcida. Todo ello, cuentan en la tele, nos ha dejado a desafectados y huérfanos de representantes a los que votar este domingo. El drama se completa cuando los emergentes se metamorfosean en eso mismo que venían denunciando. Y vuelta la burra al trigo: el pequeño Nicolás, presidente del Gobierno; Luisito, secretario de Estado. Etcétera.

No obstante, algo sí ha cambiado: que un chaval con el cerebro frito por una vida amodorrada, muy siglo XXI, se atreve a acercarse al presidente del Gobierno y a arrearle un guantazo, jaleado por este patio de colegio en el que (a veces) se convierte España. Este reverso tenebroso de los nicolases y los luisitos no necesitaba que le aplaudiesen en un club de campo: le bastaba con abrir Twitter para ver que había hecho lo correcto.

Ah, no, nunca, por Dios, esto es cruzar una línea roja, parecen exclamar todos aquellos (o sea, todos los demás) que muy poco tiempo antes jugueteaban con el insulto y tonteaban con la justificación de la violencia.

Rajoy es lo de menos en esa ecuación: lo importante es la generación que, con el cierre de legislatura, se ha hecho célebre en titulares y programas, y que es la generación que va a tomar las riendas de este país durante la nueva legislatura. Veamos: en el estante del talento tenemos a niños que cantan por bulerías o cocinan tartas en programas de televisión; y en el estante de la fama, a concursantes de reality, esa agencia de colocación que pronto desbancará al INEM.

Y por fin, ya en el plano de la notoriedad pública «seria», la de los periódicos y titulares, afloran «emprendedores» como los creadores de Gowex (aquella empresa tecnológica que estafó a toda España, sin excepción), el petardeo de los luisitos o los pequeños nicolases con un talento admirable para arrimarse al poder. Hay un chaval arreándole al presidente mientras que nuestro talento, el que podría fraguar una nueva cultura de hacer las cosas, huye despavorido.

Esto es solo la punta del iceberg: hay, cubiertas con el cómodo manto del anonimato o enterradas en estadísticas, un montón de víctimas, de crianzas de esta deriva extraña y rara con la que nos hemos propuesto abrir el muy glorioso siglo XXI español. Y ¿se supone que esto se arregla con una papeleta, hoy? Buena suerte, y buena ventura.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.