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Yo estuve allí
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Alejandro Carantoña | 18-04-2016 | 16:17| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

La arruga en la chaqueta, esa arruga cincelada por horas de avión, por el jet-lag y el cansancio. Eso sí es tradición de los Premios Princesa. El campeón de este año, con un surco de dos dedos de hondo en la espalda, ha sido Francis Ford Coppola. Se bajó del coche, escuchó una gaita tocando el tema principal de El Padrino, percibió el desembarco de masas eufóricas en la entrada del hotel Reconquista y empezó a bizquear. Cuando ya iba a refugiarse a su madriguera ovetense para los siguientes días, la directora de la Fundación, Teresa Sanjurjo, le invita a hacerse unas fotos. Suspira.

Casi todos los premiados que han venido a Oviedo son lo suficientemente venerables como para que les incomoden sobremanera los tumultos improvisados: ahí han estado Lledó, Duflo, Padura o el propio Coppola, entregados a la causa en los homenajes, clases, tertulias, entrevistas o galas, pero visiblemente más encorsetados cuando la cosa iba de atender lo mejor posible a una marabunta inopinada, hambrienta de fotografías, autógrafos o guiños a cada rincón. De titulares, de frases: de motivos, de bocados que han servido para atestiguar, a lo largo de esta semana, que yo estuve allí. Yo participé, yo le toqué, yo me lo crucé en un pasillo y todos deberíais saberlo. Y lo sabréis porque me tenéis en Facebook, en Instagram y en Twitter. Yo estuve allí: no importa el qué, el cómo o el para qué; importa el quién.

Al hilo de este fenómeno, decía otro de los premiados, Jimmy Wales, el cabecilla de Wikipedia, que Internet no es el peligro en sí mismo, sino el uso que hagamos de él. «Cuando era pequeño teníamos la televisión. Mi padre me decía: “Deja la televisión y sal a jugar”». Y «padres», en este sentido, no tenemos: posiblemente, mientras que Lledó advertía del riesgo que corre este mundo nuestro de hiperpoblarse de imbéciles, estábamos demasiado ocupados grabándolo en vídeo para escucharlo después o colgarlo en Youtube.

Esta capa abusiva, mitómana, es la causante de que en Oviedo sea complicado salir a la calle sin topar con una estatua (unos extranjeros de visita, recientemente, fascinados, paseaban exclamando: «¡Un perro! ¡Mafalda! ¡Un señor con maleta! ¡Un culo!»); y de que en Gijón nos vayan creciendo símbolos, carne de estudio fotográfico, por las esquinas.

A priori todo esto no tiene nada de malo. Pero, ahora que van pasando los años con nuestras cámaras de fotos en los bolsillos, sí empieza a resultar preocupante cómo la urgencia por preservar y compartir con los más allegados ha dado paso al exhibicionismo más descerebrado e invasivo.

Por no ofender: esta misma semana, el miércoles 21 de octubre de 2015, era el día que aparecía en Regreso al futuro para el viaje en el tiempo desde 1985. Bien, pues tanto el miércoles como el martes, en que apareció el último adelanto de la nueva entrega de La guerra de las galaxias, es de suponer que muchos nos entusiasmamos con estos dos guiños «pop» de otro tiempo; disfrutamos; lo vimos. Lo recordaremos.

No obstante, miles o millones de contactos que pueblan las redes sociales han sentido una necesidad imperiosa (y no siempre entusiasta, que aún lo explicaría) de repetir el chiste, de buscar un chascarrillo, de arrogarse un triunfo reciclando el prestigio ajeno. De colgarse del cuello de un premiado, o de un rey, solo para poder decir: «Yo estuve allí». Y no escuchar nada, y no aprender nada, y apenas recordar quién es ese señor. Quizás, si les escuchásemos, no nos quedaría duda alguna de la importancia de que estén aquí.

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Tacto
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Alejandro Carantoña | 18-04-2016 | 16:17| 0

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Un amigo medita sobre un error valiosísimo: «Logré entender que me la di por entrar como un elefante en una cacharrería. Hay que observar primero y reaccionar después, con calma», aprendía.

Una reflexión así valdría para casi cualquier orden de la vida, pero quizás esta semana que empieza, más que nunca, haya que aplicarla a los baños de masas y a los paseíllos multitudinarios, que parecen haberse convertido en la última moda de la batalla institucional. El presunto clamor de un lado y de otro que nos ha ensordecido durante esta última legislatura, para entendernos, se han convertido en la carta blanca que parece justificar cualquier enfrentamiento, ruptura, fractura o postura incluso.

Y no va solo la cosa por el ensimismado trasiego de Artur Mas de camino a declarar ante el juez esta misma semana, sino al revuelo organizado en torno a los Premios Princesa de Asturias, que ya han comenzado y que prometen polémica a raudales —para asombro de los premiados e invitados— a lo largo de la próxima semana.

Es la primera ocasión que el tripartito de izquierdas ovetense ha tenido para tomar postura ante un acontecimiento que se pretende, ante todo, cultural, pero obviamente impregnado de connotaciones políticas, ideológicas e institucionales.

Las últimas declaraciones han sido confusas, o quizás matizadas —es donde cabe más de una interpretación donde cada cual entiende lo que quiere entender—: Ana Taboada, vicealcaldesa de Oviedo (Somos), dijo que ceder espacios a los Premios, sí, pero que entregar dinero, no: que se lo paguen. Así, ha surgido una polémica sustanciosa y se ha caldeado el ya de por sí poblado manifestódromo de La Escandalera para el próximo viernes.

El resultado de estas declaraciones (y la airada reacción de Graciano García, director emérito vitalicio de la Fundación), volviendo a la sabia lección, ha sido ante todo de ruptura, de enfrentamiento. Quizás a medio plazo sea un resultado constructivo, pero por lo pronto se ha puesto en contra a todo un sector de la sociedad que, para empezar, disfruta con los Premios y los apoya; y, para seguir, rechaza frontalmente que lo eduquen o lo reconduzcan.

No se trata aquí de evaluar si a los Premios se les deben otorgar 350.000 euros, 350 o 350 millones de subvención; ni siquiera de plantearse su existencia o su oportunidad en el tiempo en que vivimos. Simplemente, en los albores de esta revisión profunda de lo que es Oviedo y lo que se quiere que sea, toca hablar de los tiempos y del tacto. Del arraigo —o del enquistamiento—, del diagnóstico, del cálculo.

Seguro que ni Taboada ni nadie en la nueva Corporación, que tiene a gala un programa de cambios de calado en la cultura de la ciudad, quieren perder a un solo actor de los que participan de ella, se llame como se llame y sean cuales sean sus preferencias. Seguro que empezar la construcción de su Oviedo prometido no empieza por expulsar o extirpar a nadie ni a nada, sino que tiene como fundamento la conciliación, el diálogo y la toma de decisiones comunes.

Por eso, por muy cargada de razón o muy aclamada que sea una propuesta; por muy democrática y justa que sea, su implantación siempre tiene que comenzar por el principio: por la seducción. Ante todo, tacto.

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¿Quién es Svetlana Alexiévich?
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Alejandro Carantoña | 18-04-2016 | 16:17| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Lunes. Prácticamente nadie en España sabe quién es Svetlana Alexiévich, pero suena fuerte en las apuestas para el Premio Nobel de Literatura 2015. Martes. Alexiévich es bielorrusa y encabeza las quinielas. Miércoles. Ya es Alexiévich, y su apellido debería sernos tan familiar como el de Murakami, el Meryl Streep de las nominaciones al Nobel —Mery Streep ha ganado el Oscar solo tres de las diecinueve veces que ha sido nominada: Murakami es el eterno casi ganador del premio Nobel de Literatura—. Jueves, Alexiévich gana el Nobel de Literatura. Y para entonces ya está consolidada como «Alexiévich» (¿se escribe así?) o, como escribía apresuradamente en Twitter un periodista cultural madrileño, «la Kapuscinski bielorrusa». Muy elocuente.

Dice Wikipedia que solo existe una traducción al español de su obra, la de Voces de Chernóbil, escrito en 1997, editado en España solo después de que recibiese el premio de la crítica en Estados Unidos, casi una década más tarde. A la hora de la concesión del Nobel, ocupaba el puesto 14.015 en el listado de libros más vendidos en Amazon.

Es muy probable, por no decir seguro, que tanto este único libro publicado en español como todo el resto de la obra de Alexiévich hayan marcado un antes y un después en la literatura universal. No en vano, es muy, muy poco habitual que el Nobel de Literatura recaiga en gentes preocupadas por escribir no-ficción antes que novela o poesía, así que algo tiene que haber en la creación de Alexiévich que valga la pena descubrir. Valga el Nobel, así, para hacerlo.

Con todo, y desde el más absoluto desconocimiento de quién es esta autora o en qué consiste su trabajo, me pregunto si hubiéramos oído o sabido de ella de no haber sido localizada y traducida por alguien en Estados Unidos, nuestro proveedor oficial de culturas exóticas. Es más, posiblemente ni siquiera la trayectoria atesorada por Alexiévich en un país tan cercano (¡y lejano!) como Francia hubiese servido para que se convirtiera en un nombre familiar para nosotros.

Hoy, domingo, ya es tarde. Porque desde el jueves es Alexiévich y es una de las cronistas más importantes de la historia del universo mundo, aupada por el jurado de un premio tremendamente prestigioso a los anaqueles del recuerdo. A las 13.03, hora española, quedó prácticamente prohibido reconocer que no se sabía quién era esta mujer y cuáles eran los focos de su trabajo: todos han corrido mucho para escamotear, bajo la alfombra, el hecho de que nadie le hubiese prestado atención hasta este momento.

La prueba fehaciente es la urgencia con la que van a empezar a aparecer traducciones de libros suyos (antes de Navidad, posiblemente, y retraducciones, casi seguro), y esto es algo que debería hacernos reflexionar a quienes hacemos, amamos y consumimos libros todos los días: ¿cómo puede ser que entre las decenas de miles de libros que se publican anualmente en España no haya habido más espacio que ese, raquítico, que ocupa un volumen de poco más de 300 páginas? ¿Cómo puede ser que el periodismo cultural y literario, tan global y cultivado, no haya tenido tiempo u oportunidad de reproducir una de sus crónicas hasta este momento?

Así, que aún hoy nos estemos preguntando quién es Svetlana Alexiévich solo puede significar dos cosas: o bien que a quienes entregan el Nobel se les ha averiado la máquina de razonar, o bien que nuestro sector editorial se ha caído con todo el equipo en su tarea de localizar, traducir y proponer excelencia. Solo lo sabremos cuando hayamos contestado a la pregunta crucial: ¿Quién es Svetlana Alexiévich?

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Ozores, al fin
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Alejandro Carantoña | 18-04-2016 | 16:17| 0

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Quizás haberle dado a Antonio Banderas el Goya de Honor el año pasado lo haya precipitado todo. Y quizás esa decisión —darle el premio a toda una vida a un actor de 55 años— sirviese para hacer inventario de ancianos mucho más ancianos, olvidados en el olimpo del cine español, a los que había que premiar antes de que empezasen a morirse.

Al ponerse a rebuscar, allí, en un rincón, aparece un señor de labios graciosos y característicos, muy, muy mayor: es Mariano Ozores y tiene 88 años. Si en cada año que lleva vivo hubiera rodado una película, aún le faltarían nueve (su filmografía está compuesta por 96 títulos), y por cada año que lleva vivo, un millón de personas ha ido a un cine a comprar una entrada para ver una película dirigida por él. Ahí es nada.

La noticia ha sido de esas que tienen más eco y desatan más entusiasmo entre sus propios colegas de profesión que entre el común del público: esto, este cariño entre los que hacen cine antes que entre quienes dicen ir a verlo, pone sobre el tapete dos realidades tan incómodas como injustas.

Primera, que Ozores era un genio sin cortapisas al que el tiempo no ha sabido premiar en condiciones. Un genio por el reconocimiento que le brinda toda una generación de actores, directores y creadores, y un genio por su grado de productividad, de atractivo para el público que inundaba las salas por y para sus películas.

Segunda, o bien el público no tiene memoria o bien se han vuelto unos estirados sin remedio. La crónica de cualquier periódico al día siguiente de la concesión del premio (o sea, el viernes) está teñida de una condescencia insultante, apresurándose a explicar que todo tiene un trasfondo sociológico y haciendo de menos al valor cinematográfico de la producción de Ozores.

Porque con Alfredo Landa o José Luis López Vázquez, actores ambos que también recibieron sus Goyas de Honor, se podía esgrimir aquello de la versatilidad y del alucinante contraste entre el típico papel dramático crepuscular y las comedias alocadas de juventud. Con Ozores no: Ozores siempre ha sido incómodo por esas dos verdades, porque daba al público lo que quería y nunca ha hecho daño a nadie con ello —esto es importante, porque marca la diferencia con la telebasura que facturan hoy las televisiones—.

Profundizar en las razones de su humor o ponerse a descifrar las películas de Gracita Morales desde una perspectiva histórico-social es lo único que queremos saber hacer, como niños avergonzados tras revolcarse en un charco de barro. Ozores, sencillamente, escogió un camino creativo que casa mal con la intelectualidad a marchas forzadas que venimos tratando de imponernos desde finales del siglo pasado, igual que ha ocurrido con la revista (ahora se llevan los musicales), con la zarzuela o con el entretenimiento más puro y más duro.

De esta quema de lo «popular» se ha salvado, y por los pelos, Lina Morgan; posiblemente porque el esnobismo biempensante sí podía tolerar el perfil de mujer luchadora y trabajadora. Pero Lina —«mi Lina», que dijo aquel— no abrió ni un solo suplemento cultural con su fallecimiento. ¿Cuántos, ahora, merecerá el cine de Mariano Ozores?

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Manolo, el catalán
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Alejandro Carantoña | 18-04-2016 | 16:17| 0

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Bastó con que Pemán escribiese Mis almuerzos con gente importante para que a Manuel Vázquez Montalbán, tiempo después y ya en plena democracia —en los primeros 80—, le diese por crear esa genialidad que es Mis almuerzos con gente inquietante, reverso irónico y mucho más interesante. El libro de Montalbán, que todo periodista debería leer, es un paseo gastronómico razonado por una amplia colección de personajes que le inquietan y un bofetón elegante a la escritura institucionalizada y dócil. Es decir, Bibi Andersen, el duque de Alba, Jesús Quintero, etcétera. Y es, contra todo pronóstico, fascinante. Es una foto fija (y quizás involuntaria) de la Cataluña inmediatamente posterior a la Transición.

Igual que ese libro descolla entre los demás cada cierto tiempo, resulta que también van apareciendo, desperdigadas, novelas de la serie Carvalho oportunamente: El premio, Los mares del sur… Desapercibidos, humildes pero constantes, los libros de Montalbán, como una gota malaya: la foto fija (y de involuntaria no tiene nada) de todas las cataluñas posibles, hasta llegar a esta. La de este domingo.

Cuando era realmente muy pequeño me hice una foto con Manuel Vázquez Montalbán en la Feria del Libro de Madrid. Y lo cuento solo con la reverencia de quien ha podido pasar cerca de un héroe desaparecido, y no con la intención de escribir lo que queda de esta columna refiriéndome a él como «Manolo», que es lo que hacen esos aduladores que alguna vez se lo han cruzado comprando el pan y a los que les ajustaría las cuentas, debidamente, en novelas como ‘El premio’.

El caso es que aquel señor tan grande y que siempre ha escrito tan claro y ha comido tan bien era, en aquellos tiempos y en los inmediatamente siguientes a su muerte (en 2003) el tipo de faro y referente catalán que está en vías de extinción: Josep Pla hace tiempo que calló; las viñetas de Bruguera son, como mucho, un acto de nostalgia; Marsé sigue recluido en su rincón; Vila-Matas ya ha cumplido con su deber; y así se dibuja un largo etcétera de silencios o de relevos generacionales que, puede que simbólicamente, ha culminado esta semana con la defunción de Carmen Balcells.

La colección de personajes variopintos, e inquietantes como diría Montalbán, han dejado su plaza a un paisaje de voces mucho más uniforme y superficial. Los columnistas se han vuelto cortoplacistas y despreocupados; los autores, salvo contadísimas excepciones, nos han dejado huérfanos de opiniones contundentes y transparentes, y han perdido el nervio identitario para sobreponerse al ruido.

Ocurra lo que ocurra hoy en las urnas, la cosa es esperpéntica y el grado de manipulación del discurso se ha vuelto casi insoportable. No desde una perspectiva política, ojo, ni siquiera retórica: simplemente intelectual y literaria. Hace tiempo que cuesta disentir de un punto de vista, de una línea editorial, sin perderle el respeto a quien esté detrás.

Cabía la posibilidad de que esa decencia, esa coherencia casi suicida, fuese recogida por quienes alguna vez, en su juventud, pudieron tener a Montalbán por maestro e incluso hubiesen recibido bula para llamarle Manolo. Que hubiesen sido investidos para tomar las riendas (intelectuales, se entiende) de todo lo que estaba ocurriendo y estaba por ocurrir. Pero no ha sido así: solo de este modo se explica que hayamos llegado a esas bochornosas peleas de banderas y esperpentos varios. Solo se explica por haber perdido (y hay que volver a él) a Manolo, el catalán.

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Humor o naufragio
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Alejandro Carantoña | 18-04-2016 | 16:17| 0

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Mucho se ha escrito —y demasiado se ha dibujado— sobre la fotografía del niño sirio muerto, ese que ya tiene un nombre y un apellido que se repite con demasiada familiaridad. Agotados del niño, a por lo siguiente: el refugiado de la zancadilla y la reportera húngara más famosa de la Historia.

En este juego tan banal, en este paseo de anécdota en anécdota sin entrar en el debate de fondo, no se sabe muy bien qué hace que el respetable se aburra de un tema y pida otro con voracidad. Quizás los temas se agoten cuando la cosa se empieza a complicar, esto es, cuando los periodistas rigurosos empiezan a rascar el trasfondo y toca entrar en matices. Ese es el momento elegido para cambiar de tercio.

Es lo que ocurrió con el niño: que todo estaba tan dicho que solo quedaba desmontar la foto, la foto en sí, o empezar a desbarrar. Esto último es lo que ocurrió en Francia, donde Riss firmó dos bromas utilizándolo como leitmotiv: la primera, muy gráfica, muestra al niño con un cartel de McDondald’s que reza: «Dos menús infantiles por el precio de uno»; la segunda dice: «La prueba de que Europa es cristiana: Los cristianos caminan sobre las aguas; los niños musulmanes, se hunden».

Es muy difícil leer este humor a este lado de los Pirineos, pero en Francia, aparentemente al menos, se estila mucho: Un famosete de medio pelo saludó la celebración de Sergio Ramos de la victoria española en baloncesto del jueves con una fotografía del 11-M. Ja, ja.

Pero volvamos a los dos chistes con el niño muerto. ¿Saben quién los publicó? ¿Dónde? Efectivamente, fue en Charlie Hebdo el pasado 9 de septiembre y Riss, que los firma, es el actual director del semanario tras los atentados de enero. Esta vez, aparte de cundir como reacción una solemne lluvia de amenazas legales, también parece haber prendido el eslogan opuesto al de aquel frío mes de enero: Ahora, «Je ne suis pas Charlie» se lleva más que su contrario.

Sería muy provechoso, aunque ahora no interese y estén más candentes otros temas (Cataluña, el toro de la Vega, las elecciones generales, Podemos, etcétera, ¡qué sueño!), que alguien preguntase a alguno de los millones de líderes y no tan líderes mundiales que se manifestaron en París aquel día: «¿Qué opina de esta viñeta? ¿Volvería a dar su apoyo a Charlie Hebdo

El mandatario, quien fuese, diría que la libertad de expresión es una cosa muy europea, pero a la vez —a menos que tuviese en muy poca estima su trabajo— tendría que escandalizarse un poquito. Luego empezaría a echar humo por las orejas. Finalmente, y casi con toda seguridad, le estallaría la cabeza.

Es difícil asegurar sin más contexto cuál es la intención profunda de esos dos chistes, pero posiblemente incluya, entre otras, la de volver a muchos contra el espejo. A muchos de los que hace tan solo nueve meses, que es muy poco tiempo, eran incapaces de decir bien alto que no eran Charlie pero que eran mucho menos partidarios de los matones asesinos. Posiblemente una de las intenciones —o eso espero, porque si no la cosa tiene difícil explicación—fuese que todos los millones de suscriptores que quisieron mostrar que les encantaba una revista que no conocían en absoluto sientan auténtica repulsión; que quizás asuman que es posible (y necesario) aborrecer lo mismo que se respeta. Pero como tampoco es cuestión de pararse a pensar mucho, ahora solo cambiaremos de tema. Ahora, solo, cambiaremos de canal. Y a otra cosa.

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¿Independientes?
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Alejandro Carantoña | 18-04-2016 | 16:17| 0

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Pase lo que pase dentro de dos semanas, en este mes de septiembre van a nacer más periódicos que naciones en la Península Ibérica. Con el nuevo curso, estos, aquellos y los otros retoman el esfuerzo por recomponer el panorama mediático español, con prestigiosos creadores de opinión y un discurso que repite más que el salmorejo avinagrado. Los demás se empeñan en refundar el mapa.

Igual que hace una semana se hacía urgente acudir a la Cultura o al acervo patrimonial para entender qué está pasando con la crisis migratoria siria, hoy nos encontramos con un fenómeno parecido —en lo tocante a los medios de comunicación—, pero intramuros.
La manifestación y la celebración de la Diada catalana han reavivado, este viernes, el debate sobre si tienen que quedarse o es urgente que se vayan; si hay que volver sobre la matraca constitucionalista de los referendos y elecciones plebiscitarias o si hay que tirar de código penal; si les estamos robando o nos están robando ellos a nosotros.

Pero en mitad de este enorme batiburrillo de corte ministerial, que por fortuna para muchos llena tertulias, páginas de opinión y editoriales radiofónicos, a algunos nos da por acudir no a la sección de Política, sino a la de Cultura.

Allí encontraremos, con suerte, a algún rey del exabrupto titulando barbaridades en un sentido o en otro, o quizás a alguien de talante más conciliador apelando al cariño de las civilizaciones. Con todo, será difícil encontrar un análisis punzante, una reflexión efervescente sobre lo que es una nación y para qué sirve. En el mejor de los casos, para estos asuntos se tira de catedráticos en Derecho que saben mucho de lo suyo, pero se echan en falta escritores, teatreros y autores en general que quieran o sepan proponer verdades —verdades abstractas, artísticas, en fin— para que cada cual llegue a una conclusión. Tarea, por cierto, muy distinta y harto más complicada que tomar una posición y defenderla mediante el arte.

Parece que, tanto hablando de una crisis de refugiados o de migrantes como charlando sobre la oportunidad de que un territorio se desgaje de España entra por la ventana un politólogo, un geoestratega o un experto a secas para desalojar del debate a todo el que no posea una pátina científica, por endeble que sea.

Los cálculos y ditirambos de corte palaciego resultan muy atractivos en el contexto opinador y mediático, pero les falta —a todas luces— un fondo cocinado a fuego lento que los dote de sentido, de peso, de relevancia. Vamos a ver: ¿cómo pueden quedar fuera de las discusiones, de cualquier clase, los autores, pintores, teatreros o incluso cocineros de este lado y el otro? ¿Cómo podemos rebajarlo y reducirlo todo a 1714, el 3%, la presión fiscal?

Hay un fulgor allá a lo lejos, como decía, que tiene que ver con los Boadella, Marsé, Vila-Matas, Piqué (!), Loquillo, Adriá, Mendoza, y da igual. Todo acaba reducido a tomar una posición de las que se construyen más en manifestaciones, televisiones, e indigestas retahílas mañaneras que en procesos pausados y de largo aliento.

Todos los que vivimos tan lejos —físicamente— como cerca —por trabajo y amistades— de Cataluña sabemos que este viernes pasado y el domingo de dentro de dos semanas no va a pasar nada. Nada digno de mención, nada que pase de la anécdota. Nada que, más allá de los periódicos que nacen con frenesí en este septiembre, vaya a quedar en nuestra memoria. Y mucho menos en nuestras hemerotecas.

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Europa, la insensible
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Alejandro Carantoña | 18-04-2016 | 16:17| 0

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Lo peor no es lo que nos remueve, sino que no hayamos podido dejar de sentirnos culpables. La foto, la foto que todos hemos visto esta semana, la foto del niño ahogado en la playa que ha abierto prácticamente toda la prensa y sobre cuya oportunidad hemos hablado más de la cuenta estos días.

La foto de la vergüenza, la foto que ha sacado a relucir lo insolidarios que hemos sido. Con ella, se despierta un sentimiento de culpa inmediato por no haber hecho nada hasta ahora; y también uno mayor ahora que nos movilizamos deprisa y corriendo. Ese sentimiento de culpa crecerá aún más cuando, dentro de un año, hayamos olvidado toda la voluntariedad de occidentales que estamos sacando a relucir ahora.

La pasividad política nos exaspera: cuando ocurren estas cosas, parece que nos damos cuenta de pronto de lo insensibles y cómodos que nos hemos sentido al dejar olvidada en un despacho nuestra solidaridad y, lo que es más grave, nuestra propia sensibilidad de seres humanos.

Aunque en un primer momento el cuerpo nos pida apelar a esas estructuras e instituciones —las políticas— para canalizar la ayuda, desde este rincón de las páginas de Cultura conviene recordar, más allá de todo lo dicho por quienes saben de migraciones y geopolítica, que corren muy malos tiempos para la sensibilidad y las emociones. La frivolidad, la superficialidad y la urgencia nos han sumido en un tiempo oscurísimo, en un tiempo en el que ya ni las novelas ni las sinfonías parecen tener el poder de cambiar el mundo o tener nada que ver con ese niño y con tantos otros miles.

Debería darnos la misma vergüenza, ahora, mirar atrás y ver que en tiempos mucho más lúgubres y primitivos que estos las guerras se libraban en los campos de batalla, pero también que se ganaban —en las conciencias, al menos— mediante aldabonazos que solo podían surgir de una pluma o de un cincel.

Antes, por aquel entonces, esto que hoy llamamos Cultura apenas tenía nombre, y aún estaba muy lejos de ser una cosa institucionalizada y de la que casi parece de mal gusto hablar en tiempos de penuria. Por aquel entonces casi mitológico, se daba por hecho que alguien seguiría escamoteando cuadros a un régimen asesino o seguiría, con terquedad, tratando de poner en pie una Enciclopedia de corte tan científico como intelectual, porque lo que hoy llamamos Cultura era consustancial al ser humano.
Mentar a los poetas solo se convierte en un acto de egoísmo cortoplacista cuando o bien no los tenemos buenos, o bien no sabemos apreciarlos: es lo que está ocurriendo hoy, aquí y ahora, cuando solo sabemos mirar a los periódicos, opiniones, gobiernos y púlpitos para evaluar o sentir una imagen tan estremecedora como la que nos ha encharcado los pulmones de rabia esta semana.

Antes, por aquel entonces mitológico, acudiríamos a algún otro faro, a algún faro alegórico, literario o musical para entender y repudiar la crisis que empieza a lamer nuestras fronteras. Hoy deberíamos poder acudir a esa novela que no habla necesariamente con los datos en la mano, sino que es capaz de verbalizar por nosotros la maraña de sentimientos que nos atenaza. Hoy deberíamos poder mirar un cuadro, escuchar una música que, a través de la más pura e inocente de las bellezas, nos despojase del miedo a plantarle cara lo peor de nosotros mismos. Necesitamos espejos que nos pongan contra las cuerdas: El drama, sin ellos, se hace mayor todavía.

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Aprenda quien pueda
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Alejandro Carantoña | 18-04-2016 | 16:17| 0

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Aquel viernes de diciembre de 2013, Aarón Zapico, profesor en el conservatorio de Oviedo, tenía permanencia —una jornada laboral sin clases—. Tenía que salir antes de tiempo, un par de horas antes del trabajo, en el último día antes de las vacaciones de Navidad. Se dirigió a la administración para pedir un permiso. Se lo denegaron: si salía antes, debía renunciar a su plaza como profesor de clave. ¿El motivo de los novillos? Cruzar la plaza de la Corrada del Obispo, doblar la esquina a la derecha y entrar en la catedral: Tenía que dirigir a la Orquesta Sinfónica del Principado en el Mesías de Haendel en la catedral.

Este año, Aarón —el mayor de los tres hermanos que integran el núcleo de Forma Antiqva— ni siquiera ha solicitado una plaza a la que sabe que tendrá que renunciar dentro de un mes, o de dos, en cuanto tenga que dar un concierto que interfiera con su labor docente. Y como él, tantos otros: en Asturias, quienes interpretan y enseñan tienen que hacer malabarismos, a menudo meterse en un insondable pozo administrativo y, casi siempre, acabar renunciando a la docencia reglada.

Esta misma semana, él no ha sido el único atropellado por la desidia política en la enseñanza de artes —musicales, en este caso— en el Principado: al filo de los plazos, la Consejería publicaba los destinos de los profesores interinos para este curso, recibiendo diecisiete de ellos, por error, plaza en el conservatorio de Oviedo cuando deberían cubrirse en el de Gijón. Un error lo tiene cualquiera, pero en lugar de arreglarlo con la máxima presteza, lo que ha seguido es un sainete de tintes informático-administrativos y el consiguiente anuncio, por parte de la Consejería, de que no se subsanará hasta mediados de septiembre, en segunda convocatoria. Esto significa que los diecisiete profesores no podrán realizar los exámenes de septiembre. O que el alumnado tendrá diecisiete profesores menos.

Por mucho que este proceso se ajuste punto por punto a la legalidad, el resultado es un desconcierto generalizado entre quienes quieren aprender música; unos mecanismos oxidados, y de dimensiones soviéticas, que escamotean cualquier control de calidad; y, sobre todo, una carrera de obstáculos para quien quiera y pueda enseñar: porque las plazas publicadas in extremis, a diez minutos de empezar el curso, pueden conllevar mudanzas y traslados de ciudad de la noche a la mañana.

En España, la enseñanza musical de todos los niveles es como un preadolescente entusiasta atrapado en el cuerpo de un anciano achacoso, de uno que se mueve con dificultad y que no cuenta con ayuda: no puede ser que se castigue la trayectoria profesional, o la experiencia, o la voluntad, o la juventud, o el entusiasmo, cuando son el mayor de los tesoros para un alumno que empieza: ¿Qué mayor acicate hay, para el que duda de sus capacidades, para el que no quiere practicar, que saber que algún día podrá tocar en salas de conciertos o en orquestas o en televisión? ¿Qué mejor ánimo y ejemplo que el que sale del aula, del propio conservatorio?

Lo más sangrante de todas estas situaciones es que han resultado en toda una generación —y vamos camino de la segunda, o quizás de la tercera— de músicos frustrados, si no mediocres, salvo un puñado de obstinados o afortunados que acaban por sobrevivir a un sistema tan injusto como aparatoso. Y lo más sangrante es que ellos, los que llegan a la otra orilla en una milagrosa alineación de apoyos voluntariosos, figuran en lo más alto de la lista de hitos de una política cultural, y educativa, que ya lleva demasiado sin hacer nada por ellos.

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Metaintolerancia
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Alejandro Carantoña | 18-04-2016 | 16:17| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Lo hemos visto ocurrir infinidad de veces. Es como un efecto mariposa ideológico: alguien dice —o piensa, o ambas cosas— algo y el aleteo de sus neuronas acaba por desencadenar aquello que se vende como desencuentro, pero que no tiene otro nombre más que censura; y censura, encima, de la peor clase: la ideológica.

Le ha ocurrido (y des-ocurrido) al artista estadounidense de origen israelí Matisyahu, cuya participación estaba anunciada para el festival Rototom, que se celebra este fin de semana en Castellón. La fecha se acercaba y empezaba a tomar cuerpo la presión ejercida por el grupo BDS (Boicot, desinversión y sanción a Israel) en la región. Muchas gestiones y cinco cancelaciones de otros artistas después, la organización del Rototom optó por supeditar la participación de Matisyahu a que este emitiese un comunicado condenando las acciones militares israelíes en Gaza y reconociendo el estado palestino. Matisyahu ni siquiera contestó. Fue descartado. A pocos días de empezar el festival, el Rototom se disculpó y dio marcha atrás. Al cierre de esta columna, estaba previsto que actuase en el festival, después de todo.

Lo ocurrido con Matisyahu no es nuevo —más bien frecuente en los últimos tiempos—, y precisamente en un reportaje publicado en The New Yorker esta misma semana le ponían nombre al fenómeno. Kelefa Sanneh, que firmaba la pieza, recogía el término propuesto por Kirsten Powers: quedaba bautizado como «metaintolerancia», un (peligroso) mecanismo lógico según el cual la intolerancia es aceptable cuando está dirigida contra alguna forma de intolerancia.

Es de lo más dañino porque, como relata Sanneh, se trata de un sistema de censura y condena pública que está al margen de las leyes, y que se sirve solo de la publicidad y de la acción (a veces del escarnio) para hacer valer un punto de vista determinado.
Aquí lo hemos visto en tiempos recientes: en octubre de 2013, Albert Pla dijo a ese periódico: «A mí siempre me ha dado asco ser español […]. Me gustaría que los catalanes fuéramos independientes y que en Gijón se estudiase el catalán por cojones.» A renglón seguido, el equipo de gobierno de Foro decidió rescindir el contrato de alquiler del Teatro Jovellanos (cuando Pla, encima, iba a taquilla, conque el consistorio ni siquiera se estaba jugando los dineros en la operación). Intolerancia contra el intolerante.
Pocos meses después, la Policía acabó cargando contra una manifestación convocada a las puertas del mismo teatro para boicotear a la compañía de danza israelí Sheketak. Y protestaban por el mero hecho de que los bailarines fuesen israelíes —o sea, intolerantes—, según reconoció al día siguiente de los altercados el portavoz de Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Gijón, Francisco Santianes: «No tenemos nada en contra de ese grupo, ni sabemos qué pensamientos tiene», reconocía en este periódico el 26 de julio de 2014, antes de justificar el boicot.

En los tres casos, alguien se apropia de la razón, y lo hace sin basarse en ningún precepto recogido en nuestro ordenamiento jurídico, sino en aquellas convicciones que estiman correctas. Actúan en consecuencia, siempre dentro de la legalidad, pero bordeando la frontera de la censura y poniéndole algunos palos en la rueda a la libertad de expresión de los unos, de los otros y, sin saberlo, a la suya propia.

Entre tanto ruido, al final, fue el representante de Pla quien fue a dar el clavo con el diagnóstico más preciso: «Las gentes del teatro», dijo, «tienen derecho a desvariar». Y casi, casi, tienen el deber de hacerlo. Aunque no nos guste.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.