El Comercio
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Una furtiva voz
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Alejandro Carantoña | 18-05-2015 | 07:00| 0

Dijo que en veinte años de escritura en prensa nunca había despertado semejante animosidad, como sin entender por qué: le estaban lloviendo palos de los traductores en bloque. Qué injusticia, qué suspicacia contra el protagonista —el escritor Juan Gómez-Jurado— cuando él «solo» había firmado las siguientes líneas en su columna de ABC, referentes al doblaje de las películas: «Consumiendo productos para idiotas que no quieren esforzarse, conseguimos convertirnos precisamente en eso. […] Doblar es robarle al actor su voz, al espectador miles de matices y violar el producto final. Y no creo que nadie quiera presumir de tener los mejores ladrones y violadores del mundo.»

Esto ocurrió el fin de semana pasado. Las aguas ya bajaban revueltas, en este sentido, desde el estreno de Refugiados, la nueva serie coproducida entre Antena 3 y la BBC, rodada en inglés y doblada. La crítica la ha despedazado y algunos espectadores achacan, en parte, la pobre impresión que les causó el estreno al doblaje. Conclusión: Hay que acabar con la traducción audiovisual, que es un atavismo franquista.

El runrún de que el doblaje de las películas lo inventó Franco como herramienta de control es más falso que un euro de madera —es anterior, de tiempos de la República—; igual que lo es que somos el único país en el que se doblan las películas. Se hace en toda Europa. Pero a gente como Gómez-Jurado les ocurre que de pronto ven Los Vengadores en inglés y entienden los chistes porque saben inglés y descubren el machaque de la traducción porque saben inglés y escriben artículos porque saben inglés. Es la cruz de la traducción audiovisual, que siempre hay uno en la sala que sabe inglés, italiano, alemán o francés y caza a los traductores, ignorantes, en un renuncio.

No obstante, aún oigo crujir las butacas del Campoamor cuando, durante treinta segundos, falló el sobretitulado de El castillo de Barbazul la temporada pasada, la ópera de Béla Bartók —en húngaro—, ante la perspectiva de que la siguiente hora de música se desarrollase en ese idioma tan hermoso como impenetrable.

O aquella mujer, tan entrañable, que salía emocionada de ver un Elisir d’amore sobretitulado —el enésimo de su trayectoria como espectadora, el primero traducido— epatada porque ella siempre había creído que cuando Nemorino profiere aquello de «M’ama. Si, m’ama, lo vedo» no estaba cantando al amor, sino llamando a su madre desesperadamente.

La gran injusticia de la traducción es, en realidad, esta: que no se trata de una cuestión de vagancia o de asfaltar el camino al analfabetismo lingüístico, sino una propuesta de acercamiento, una posibilidad de volcado que, en el mejor de los casos, ayuda a disfrutar de cualquier producto en nuestro idioma y en toda su amplitud —cultural, intelectual—. Quizás nos hayamos pasado —una encuesta desvelaba, hace unos años, que la mitad de los lectores creían que los libros se escribían en español, siempre—, y quizás falte educación lingüística, como nos recuerdan permanentemente nuestros líderes. Pero eso en ningún caso es culpa de la traducción o del doblaje, ni remotamente: es culpa de un hambre mal despertada y de un déficit de curiosidad palpable: porque ¿cuántos ciudadanos japoneses, australianos, alemanes o canadienses abarrotan las escuelas de español para leer a Gómez-Jurado?

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 17 de mayo de 2015.]

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De goles y huelgas
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Alejandro Carantoña | 11-05-2015 | 08:00| 0

James Petrillo tenía la mosca detrás de la oreja desde que empezó a tocar la trompeta para una gran compañía. Sabía que él y todos sus colegas estaban ganando menos dinero del que deberían —querían más derechos por las grabaciones—, conque organizaron una huelga que nadie, a priori, creyó que fuesen a tener el valor de llevar a término: Estados Unidos había entrado en la Segunda Guerra Mundial unos meses antes, en diciembre.

Pero lo hicieron. Corría el verano de 1942 cuando empezó un parón de la American Federation of Musicians que había de durar dos años, y que impedía a todos los músicos sindicalizados (la inmensa mayoría) grabar en estudios durante el tiempo que estuviesen en huelga (con la única excepción de los discos que se distribuían directamente a las Fuerzas Armadas).

El motivo de fondo era el ninguneo al que la industria los sometía: donde antes había una banda, ahora había un juke-box; donde antes las bases las ponían músicos, ahora empezaban a ser pregrabadas. Y aquello, aparte de injusto, les estaba saliendo caro.
A medida que avanzaba la huelga y que las discográficas se quedaban sin fondo de armario, empezaron a cambiar el rumbo de sus publicaciones: si no había músicos, al menos habría voces. Así que las big-bands empezaron a perder fuste frente a los cantantes; y muchos discos salieron adelante gracias a grupos vocales de acompañamiento, que suplían con la voz lo que tradicionalmente hacía un instrumento.

Al término de la huelga se empezaron a vender más discos que antes, muchos más. Las discográficas habían perdido y los músicos habían ganado en términos y condiciones, pero ya nada volvería a ser igual: donde antes se iba a ver al «jazzman» del siglo acompañado de un cantante, ahora era su cara la que aparecía en las portadas. Con tan mala suerte que además no se les daba del todo mal: Frank Sinatra, se llamaba uno que pasaba por allí.

Con esta huelga y la posterior —con la que quisieron defenderse de la irrupción de la televisión— los músicos estadounidenses lograron su objetivo. Perdieron en el imponderable plano de la relevancia mediática, pero lograron unas condiciones justas. ¿Eran unos pobres diablos o unos avaros sin remedio? ¿Ganaban poco, mucho, regular, suficiente? ¿Cómo se lo tomó el público, y cómo se lo tomaría ahora?

Posiblemente, la respuesta a esta cuestión sea la misma que entonces: que es legítimo que quien cree que algo es injusto pelee contra ello. ¿Alguien lo duda? Lo que ocurre, con los músicos y artistas, es que se tiende a pensar en nosotros como diletantes, que merecemos no ya un trato equiparable al de otras profesiones sino, quizás, ligeramente más injusto: es el peaje por disfrutar con lo que se hace, por tener casi el imperativo de satisfacer al público.

Y ahora, de pronto, aparecen por allí los futbolistas. Repentinamente, igual que Petrillo y compañía entonces, se alzan en armas porque quieren un reparto justo del pastel que producen: televisión, quinielas… Millones, siempre millones. Más millones, y espectáculo a raudales. Es ahora, en este tiempo de estrechez, cuando el público se divide: «¡Ya ganan mucho!», dicen unos; «¡Tienen razón: ¿cuántos espectadores tienen?», contestan otros. Pero a Petrillo, en fin, ya nadie le recuerda por tocar la trompeta, sino por haber ganado aquella guerra.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 10 de mayo de 2015.]

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El patrioturista
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Alejandro Carantoña | 04-05-2015 | 08:00| 0

Los terremotos entierran cosas. Cosas como el equivalente a diez germanwings, a mil charliehebdos, a barbaridades de ese calibre; al tiempo que remueven y sacan a la luz otras. Otras muchas, entre las cuales se cuenta, por ejemplo, un artículo de Arturo Pérez-Reverte firmado en 2010 sabe Dios a santo de qué en el que reprocha a los turistas accidentales o accidentados el «síndrome del coronel tapioca», esto es, irse de safari al último confín planetario para toparse con un barranco, un golpe militar o un tsunami e ir a pedirle a papá Estado, entonces, que desfaga el entuerto.

Este artículo olvidado anda bullendo estos días a cuento del terremoto de Nepal y de la movilización, por parte de familias y afectados españoles, para pedir la intervención de las autoridades y que se ponga a salvo a nuestros nacionales. Esa es la (fea, dicen) prioridad. Después, ya irá la ayuda. Quizás esté demasiado fresca la muerte de dos españoles (uno de ellos por orgullo diplomático) en Marruecos hace pocas semanas.

El caso es que Reverte, aparte de la condescendencia que le caracteriza (él estuvo en la guerra, y usted no), pone el dedo en el egoísmo occidental, ese de regusto colonial y de vergüenza tapada. Básicamente —y es una idea extendida, al parecer—, que desde el momento en que un español estaba allí se hizo acreedor del mismo trato que cualquier nepalí en caso de catástrofe.

El gran escritor es un buen ejemplo con esta reflexión, porque con ella pone sobre la mesa algo más hipócrita y profundo y que nos afecta a todos: sin ir más lejos, dos años más tarde fue uno de los más furibundos atacantes del incremento en el IVA a la cultura hasta el 21%, apelando, entre otras cosas, a la identidad nacional y al sentido de Estado para que no se nos llevasen por delante a los plumillas y pintamonas. Exacto: apelaba al mismo sentimiento para poder seguir publicando alatristes que al que ahora apelan las familias de los desaparecidos para que los salven.

Resulta excesivamente contradictorio, cuando situamos ambos problemas en el mismo plano —en el identitario, nacionalista, estadista, como se quiera llamar—, que un zurriagazo a nuestros bolsillos artísticos adquiera unas dimensiones iguales o mayores que diez mil muertos y la destrucción absoluta de un patrimonio riquísimo: ahora que los muertos están frescos, perdidos y enterrados es cuando nos acordamos de Nepal, y sacamos a pasear con gritos, con gritos que tapen la vergüenza de no saber ni ubicarlo en el mapa, una solidaridad impostada y urgente.

Fueran nuestros patrioturistas responsables o no, conscientes o no de lo que estaban haciendo al poner un solo pie en aquel país arrasado, es muy posible que lo hiciesen con la tranquilidad de que iban a tener un hogar, un país y un Estado al que volver; uno que incluso se iba a ocupar de salvarles a ellos con el IVA recaudado; uno que les garantizaría la estabilidad necesaria para ir a gastar, a ayudar o a contribuir a que la vida de los nepalíes fuese ligeramente más parecida a la nuestra.

Imperfecto, feo, colonial, viciado, turbio, corrupto, pero nuestro: quizás, y solo quizás, debamos tomarnos más como algo tranquilizador que obsceno, algo bueno, que nos inquiete más José Luis Moreno que Kim Jong-Un. O al menos, asumirlo. ¿Podemos vivir con ello? ¿Con el hecho, la condena, de ser patrioturistas?

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 3 de mayo de 2015.]

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Letras de hueso y sangre
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Alejandro Carantoña | 27-04-2015 | 08:00| 0

Tiene cinco segundos para nombrar tres obras de Cervantes. Tic, tac, tic, tac. Ahora, tres de Juan Goytisolo. Tic, tac, tic, tac. Y tres de Lorca, ¡vamos, vamos! Tic, tac, tic, tac. Si el ejercicio ha sido algo complicado no es su culpa, sino de aquellos a los que, mejor que nadie, señaló el pasado jueves el propio Juan Goytisolo en su discurso de recepción del Premio Cervantes. Decía: «En vez de empecinarse en desenterrar los pobres huesos de Cervantes y comercializarlos tal vez de cara al turismo como santas reliquias fabricadas probablemente en China, ¿no sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de su vida tras su rescate laborioso de Argel?»

Es que de los tres nombres elegidos para el ejercicio, protagonistas todos ellos —están de moda—, resulta que se habla más por motivos extraliterarios que puramente artísticos, que es seguramente lo que procedería. Así, a Goytisolo le preguntaron en la rueda de prensa previa a la entrega del Cervantes si se iba a poner chaqué, motivo de sobra para titular buscando el desencuentro con la realeza y anunciando, quizás, una especie de aquelarre violento entre un señor de 84 años con traje de pana y una reina con un peinado importantísimo.

En cuanto a Lorca, nos desayunamos el miércoles con la noticia de que ha aparecido una historia fascinante en torno a él, una delicia: resulta que una autora francesa muy persistente logró que, en 1965, la policía granadina escribiese negro sobre blanco en un informe qué, cómo y por qué habían matado a Lorca. Tuvo que ser muy pesada, pero no lo suficiente, porque nunca le llegaron a hacer entrega de ese papel, del primer reconocimiento oficial del asesinato por parte del régimen y además con nuevos datos sobre el dónde y el quién. A partir de ahí, ya está organizada: Lorca necesita más de un Indiana Jones que de lectores ávidos, porque la obsesión es encontrar sus huesos y filmar el punto exacto donde goteó su sangre, cuando es algo que, en puridad, importa bien poco y a muy pocos. No, importa más su figura y su obra imposible de desentrañar. No importa su cadáver. Él mismo lo sabía, él lo preparó. Como diciendo, igual que decimos los demás: Y ¿qué más da?

Por último Miguel, Cervantes, tan familiar e instalado en nuestras casas desde hace décadas merced a ese Quijote tan comprado como poco leído, aplaudió desde la tumba con las palabras de Goytisolo. Por fin alguien habla al menos de él, alguien le pregunta qué opina de lo que está ocurriendo en las Trinitarias de Madrid: tiene que ser tremendo que solo importasen tus huesos, y dónde hubiesen ido a caer. Que a los de tu ciudad les entrasen las prisas por que te encontrasen, porque «es bueno para el turismo». De la obra y milagros, hablaremos después de la publicidad.

Cada cual en su dimensión y tiempo, cada 23 de abril salen a pasear en una fiesta macabra —porque no habla su obra, sino sus despojos—. Está todo impregnado por la necesaria venta de libros que impone la primavera, y que además invita a recuperar viejos títulos olvidados. Así, venía a decir Goytisolo, para cerrar, que hay dos tipos de autores: los que triunfan mediáticamente y los que «cumplen consigo mismos». Rascando en sus palabras se puede llegar a entender que a él le gustaría situarse en el equipo de los segundos, de los honestos; en el mismo en el que se inscriben Lorca, Cervantes, etc. Y que el destino, en cambio, se preocupe de devolverlos al primero… es muy injusto, solo por un poco de sangre y huesos.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 26 de abril de 2015.]

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Friki come león come gamba
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Alejandro Carantoña | 20-04-2015 | 08:00| 0

Cuando algún remoto día tenga nietos, y pregunten por momentos históricos de nuestra vida, les hablaré de un león comiéndose una gamba. De aquella edición de MasterChef —el concurso de Televisión Española— en la que un chaval lampiño, torpe, entrañable y amanerado decidió, en el primer programa, que la mejor manera de epatar al jurado era cocinar una patata cruda con forma de eso, de león comiéndose a una gamba.

Los diez minutos de televisión que nos regaló Alberto el martes han tenido un eco que ha rivalizado, instantáneamente, con las alegrías de Sabrina o el gol de Iniesta, que ha entrado en la historia televisiva, nacional, absoluta —y, con él, su protagonista— hasta el punto de que dentro de uno, dos, cinco y diez años sus compañeros, el jurado incluso, estarán en otro sitio. Olvidados. Y Alberto no. Alberto estará presentando Saber vivir.

No obstante todo esto, del irrefrenable ataque de risa provocado por el plato en sí y por los montajes fotográficos que siguieron España pasó al día siguiente al más grave y políticamente correcto de los dramas. La columnista Mariola Cubells, por ejemplo, censuraba la crueldad de los creadores del programa para con el chaval: «Sé lo que es estar ante un friki y pensar, uy, va a dar un juego totaaaaaaaaal este chico, y comentarlo en plan ju ju ja ja con tus compañeros.» Y añade: «Lo único que digo es que Alberto no tiene un padre ejecutivo de televisión» —hecho que habría impedido que hiciera semejante ridículo: «Le habrían blindado contra el escarnio»—.

Con Cubells, muchos más que pusieron el grito en el cielo por la cosificación del chico en un valetodo televisivo y, ya de paso, se abalanzaban sobre MasterChef por ser un programa sobre «gente cocinando», en lugar de un programa de cocina.

Pero lo cierto es que al día siguiente de la emisión del episodio —entrañable, glorioso, sobreactuado: ¡un vórtice de adjetivos!— Alberto se plantó en el programa de Mariló Montero y aguantó el tipo, mientras que media España se afanaba por versionar el plato y, vaya, cocinaba. Parecía sanote. No daba la impresión, ni remotamente, de estar pensando en irse a vivir a Madagascar para evitar ese temido escarnio público: más bien al revés.

Alberto ha dado la cara, ha tomado sus decisiones y se ha plantado en un plató de televisión con la intención, se supone, de llegar a cocinar, de salir en la tele y de salir de su zona de confort. Eso, que es lo máximo que le puede dar un programa como MasterChef, ya lo tiene: los cien mil euros, la compra, la vitrocerámica y la palmadita de esos tres impostados personajes que le juzgan palidecen al lado de la ternura infinita que nos ha despertado el chaval, del hueco que, queriendo o sin querer, se ha ganado en la televisión.

Es difícil saber qué ha habido detrás del león come gamba efectivamente, o qué viene ahora. Quizás incluso lo gane todo en una repesca. Da igual. Vayamos al meollo, a lo central, hagamos un ejercicio: cambiar «cocina» por «elecciones municipales y autonómicas» y «concurso» por «campaña». ¿Y qué resulta? Resulta que un chaval lampiño, torpe, entrañable y amanerado ha conseguido en diez minutos lo que miles de candidatos van a intentar —sin éxito— durante un mes. ¿Es malo? Bueno, es león come gamba. Es España. Y hay que quererla, supongo.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 19 de abril de 2015.]

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Un Museo de Bellos Selfis
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Alejandro Carantoña | 13-04-2015 | 09:22| 0

A los numerosos visitantes que ya se han dejado caer en las últimas dos semanas por la flamante y ansiada ampliación del Museo de Bellas Artes de Asturias hay dos cosas que les han llamado poderosamente la atención: una, la lustrosa boca de riego roja que rompe la fachada ideada por el arquitecto Patxi Mangado, del lado de la Plaza de la Catedral; y dos, la prohibición expresa de utilizar los famosos palos para selfis, esos brazos extensibles que sirven para hacerse fotos a uno mismo con el móvil.

Pero hay más, mucho más llamativo y mucho más significativo dentro, que merece de visita y atención: a las doscientas ocho obras de la colección permanente (que cierra hoy, por tiempo indefinido, para ser recolocada) las recubre una precipitación insólita, que desprende el inconfundible aroma de la prisa electoral.

Para empezar, y tal y como señalaba algún artista, choca la instalación de la calefacción a lo largo de los zócalos del suelo, justo debajo de las obras (mirós o valles bien calentinos); para seguir, la evidente urgencia en la museografía —la mitad del espacio de la exposición temporal, dedicada a Navascués, está vacía y clausurada con un cordón; la otra mitad, en penumbra bajo el tríptico de José Ramón Zaragoza—; y, para acabar, la inexplicable yuxtaposición de salidas de emergencia, extintores, regoyos, puertas de ascensor y piñoles. El espacio de Mangado, más propio de un centro comercial que de un museo, tampoco ayuda: si por azar suben a la primera planta, no dejen de recorrer la sala principal hasta el fondo, hasta ese panel explicativo. Giren a la derecha, sorteen la pared de ángulo imposible y ahí, en un rincón, mirando hacia la Plaza de la Catedral, encontrarán el busto de Leopoldo Alas «Clarín» mirando con melancólica soledad a su Regenta.

Las dos visitas se pueden resumir con la desazón, demoledora, que provoca el hecho de que este proyecto tenga dieciséis años y que, así y todo, a la Consejería de Cultura le haya pillado el toro de las elecciones de mayo para su inauguración. Porque lo expuesto está hecho con demasiada prisa, achacable a mucha gente entre la que, con todo, no se encuentra la dirección del centro, que presumiblemente ha asumido tareas que no le corresponden por mandato político.

No, el culpable de todo es, precisamente, el condenado palo para selfis, pero en versión ampliada y extendida: es demasiada casualidad que la ampliación, manifiestamente inacabada —de ahí el cierre que se va a producir hoy—, fuese inaugurada apenas unas horas antes de la convocatoria de las elecciones municipales y autonómicas, hecho que implica la prohibición expresa de celebrar actos de este tipo.

No, no es que esta ampliación, o este museo, no fuesen necesarios ni saludados por artistas, amantes del arte y ciudadanos, que ya nos habíamos acostumbrado a pasar ante la opaca valla que ocultaba las vergüenzas de los tiempos de bonanza: es que ni el patrimonio está explotado; ni los artistas, satisfechos; ni el proyecto, acabado. De todas las posibilidades que esta apertura tenía, está claro que solo se ha aprovechado una: una foto y un titular, ambos flor de un día. O de quince.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 12 de abril de 2015.]

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El efecto Pitingo
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Alejandro Carantoña | 06-04-2015 | 09:03| 0

Las redes sociales somos todos. Unos más descerebrados que otros, pero todos: quienes sabemos quién es Pitingo, quienes no; quienes leemos El Mundo Today, quienes no. Quienes se dedican a insultar en la comodidad de lo cibernético, quienes no.

Al cantante de Huelva (Pitingo) se le ha venido Twitter encima esta santísima semana por una desafortunada cadena de hechos: primero, el diario satírico El Mundo Today publicó una noticia —falsa, como todas— titulada «Björk se retira por miedo a que la versione Pitingo», que en el cuerpo del texto incluía una nutrida sarta de declaraciones —falsas, como todas— en las que ponía a la islandesa a caer de un burro. Tras él, el diluvio: al volver de viaje, Pitingo se lo comunicó a su agencia con la intención de que el semanario aclarara que la cosa era broma. Pero su oficina remitió un escrito en el que poco menos que amenazaba a la publicación con llevarla al tribunal de La Haya por las barbaridades que se estaban diciendo en Internet del cantante. Y, obviamente, lograron todo menos lo pretendido.

En este punto, el diluvio quedó en orbayo al lado del monumental chorreo que le ha caído al onubense, que lejos de cambiar de agente siguió erre que erre: la culpa era de El Mundo Today y había que dejar claro que todo era cashondeo del bueno.

Los cuatro o cuatrocientos imbéciles que se han dedicado a insultarle no lo han hecho por una noticia satírica, sino por la imbecilidad que ya traían de casa. En cambio él, y su agencia, en su afán por ir a por el foco del problema, lo ubicaron en una página web que lleva publicando bromas —sin excepción y sin cuartel— desde que nació, en lugar de atacar la incómoda idea de que quizás la estupidez no viva en un dominio de Internet, sino en las cabezas de muchos de quienes transitan sus conciertos, su barrio o su propia vida.

Es muy violento y desagradable, para quienes han o hemos elegido ser más o menos públicos, que con un teclado y una conexión a Internet se pueda atacar nuestra pasión o simplemente nuestro sustento. Pero es: podemos obviarlo, o intentarlo, pero no se puede pretender convencer a nadie de que lo ocurrido es por culpa de semejante titular. Sería como asumir que la culpa es de Pitingo por existir.

Lo ocurrido es fruto del anonimato buscado, cobarde y que necesita pocas excusas para hacer daño. Y ese no es en absoluto el caso de El Mundo Today: sus autores son de sobra conocidos para quien quiera averiguarlo, responden de cada patochada que han hecho y, encima, tienen la guasa que muchos querrían para sí. Nada más lejos del que tira la piedra y esconde la mano.

Otra cosa es lo que muchos han hecho con lo publicado, desde quienes lo han dado por cierto hasta aquellos que han perdido el norte en sus intentos por que Pitingo pague por los estragos que ha causado en el repertorio popular con sus versiones, que son muchos y muy hondos. No hay como el confortable silencio de las redes, el timbre al que se llama para echar a correr, para que todo adquiera unas dimensiones que ni tiene ni merece.

Lo que ha ocurrido es una broma, una más —hasta que no le oí hablar yo también daba el comunicado y la amenaza por chanza—, pero oculta lo peorcito: la cobardía, la falta de respeto y el odio injustificado. Eso es más profundo, más grave, peor que una página web. Porque mientras que no nos obliguen a escucharlo, Pitingo puede hacer lo que se le ponga y mandar comunicados a quien considere. O debería.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 5 de abril de 2015.]

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No cambie de canal
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Alejandro Carantoña | 30-03-2015 | 07:00| 0

Qué bonito sería no tener que ver ciertas cosas; que fuese igual de fácil obviarlas que levantar un poco el brazo, presionar un botón y sacarlas del campo de acción, del campo de visión. Pero las hay que no, que asedian y que persiguen —y perseguirán— durante mucho tiempo. Así fue en enero, con la masacre de Charlie Hebdo; y así ha sido con el recientísimo accidente de Germanwings, ese que a partir de ahora intentamos colocar en su justo lugar, en uno que permita al mismo tiempo evitar que vuelva a ocurrir, recordar a las víctimas y que no se nos encojan las tripas al montar en un avión.

Quizás lo más acongojante sea la constatación inmediata de un efecto mariposa de enormes proporciones: un tipo, una sola persona, un hecho aislado es capaz de segar ciento cincuenta vidas, remover millones y movilizar a medio mundo con una sola decisión, con un instante. Con ocho minutos.

Lo que sigue es una suerte de embudo invertido: la tragedia, el material, el combustible está ahí y lo que se haga con él a partir de ese momento va a significar la impronta que deje en el imaginario colectivo.

Comparando los casos de medios de comunicación franceses y españoles, otra vez, igual que hace tres meses, el resultado es desolador y esa impronta, una cicatriz psicótica y enorme: en el momento en el que se produjo el accidente Le Monde, por ejemplo, instaló una línea de información directa en su página web, como es habitual. Entre otras acciones, responde a los lectores, y siempre —igual que con Charlie Hebdo— con mucha menos información de la que efectivamente posee: si entonces se decía «Sí, sabemos quiénes son los terroristas pero no vamos a publicarlo hasta no estar seguros de no entorpecer la investigación», ahora señalaba una y otra vez que «No vamos a compartir hipótesis en esta fase». Igual que el New York Times —que para más inri fue el primer medio del mundo en acceder al contenido de la caja negra—.

En España, en esta España, lo más reseñable es que un periódico se apresurase a poner una dirección de e-mail para que los lectores aportasen los datos disponibles (?); o que el primer foco informativo fuese la terminal de El Prat repleta de familiares desconcertados y rotos. Es decir, la amplificación de, precisamente, aquello que no había que amplificar.

Era imposible cambiar de canal —como percibieron los sufridos espectadores de la basura televisiva de la peor ralea aquella mañana— y por tanto, imposible ver otra cosa, pensar en otra cosa, escribir sobre otra cosa que no fuesen aquellos rostros desencajados y el miedo en su estado más puro.

Con los días las opciones se fueron ampliando, relajando quizás: el advenimiento y fin —aunque no lo sea— de Gran Hermano VIP; y la segunda oportunidad para el chusquísimo programa de José Luis Moreno. Etcétera, lo de siempre: pudimos al fin cambiar de canal, mirar hacia otro lado y, poco a poco, ver cómo la tragedia aérea iba siendo modulada o moldeada hasta ser colocada en ese mismo plano. En el del show por el show, como tantas y tan dolorosas veces hemos visto hacer en el pasado.

El fruto son los codazos poco disimulados en la manifestación posterior, es la banalización de lo tremendo y la deshumanización del horror. Es eso viscoso que lo impregna todo, todos los programas, todos los canales. Así que mejor no, no cambie de canal: solo asómese al mundo, asegúrese de que no pasa nadie por debajo y tire el televisor por la ventana.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 29 de marzo de 2015.]

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Aló subvención
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Alejandro Carantoña | 23-03-2015 | 09:00| 0

Ocurrió, en una ocasión de tantas, que en una empresa se convocó un concurso de acceso con poquísimas plazas disponibles. Uno de los participantes era familiar del director general, que desde su despacho en la planta noble levantó el teléfono y preguntó al responsable del proceso de selección con más bien poco tacto: «¿Va a a pasar las pruebas, verdad?» El examinador le dijo: «Por supuesto.» El director general ya estaba satisfecho, cuando el examinador añadió: «Pero porque es tan brillante que va a hacer las pruebas de diez». Alarma: «Pero ¿las va a pasar, verdad?»

Algo así describe el informe de la Sindicatura de Cuentas de Asturias sobre la fiscalización de subvenciones —concedidas en 2013— hecho público esta semana: el ayuntamiento de Gijón, el de Oviedo y el de Avilés incumplen sistemáticamente la Ley General de Subvenciones. ¿Por obviarla? No, sencillamente porque ninguno de los tres tiene un plan general para controlar esta herramienta. O sea que, aunque todo fuese transparente, legal, prístino y adecuado, ni lo sabemos ni lo llegaremos a saber. Sea cual sea el método elegido, las subvenciones en Asturias no tienen control.

En el de Gijón, todas las subvenciones nominativas (las directas) carecen de un informe adecuado a la ley que recoja su objeto —lo cual las convierte en dedazos a secas—, y la sindicatura denuncia que en el resto, las que salen a concurso, «en la práctica se utilizan subcriterios que no son conocidos para los potenciales beneficiarios». O sea, un examen sin baremo. En el de Oviedo, el porcentaje de subvenciones nominativas que no cumplen la normativa baja al 88%, pero se indica que el 80% del total de subvenciones son concedidas de forma directa y las restantes —a concurso—, sin un baremo claro en la concesión de puntos. En el de Avilés, lo mismo, aunque «solo» el 69 % de las nominativas incumple la normativa. El 18% que salió a concurso público, de nuevo, lo hizo «sin criterios de concesión perfectamente delimitados».

Es decir, que tecnicismos aparte, todas las subvenciones gestionadas por los tres mayores ayuntamientos de la región pasan antes por un despacho, por un telefonazo así, que por un examen. Y, visto que la inmensa mayoría de las subvenciones nominativas se conceden a instituciones o actividades conocidas, arraigadas y «populares», la imprecisión del procedimiento hace suponer que las subvenciones son consideradas en la idiosincrasia política como un bien efectivamente político. Un bien que cada gobierno tiene potestad para conceder a quien estime oportuno y en cuyo camino solo se interpone una molesta ley que genera papeleo, quebraderos de cabeza y que no hay más remedio que circunvalar allá donde sea posible.

Seguro que las intenciones son buenas y las elecciones, adecuadas, en esta región yerma en iniciativas subvencionables: igual que el brillante familiar de nuestro director general. Pero nunca llegaremos a tener la certeza total si tenemos que fiarnos del buen criterio de quien lidera un equipo o área de gobierno, de ese telefonazo: el acervo cultural, la gente conocida y en último término las sensibilidades de la concejalía de turno son, desde luego, criterios muy chatos para ayudar a que otros, los nuevos, los desconocidos, se abran camino o sencillamente para que los que ya estaban no se apoltronen.

Porque aquel chico era realmente brillante, me contaron. E hizo las pruebas muy bien… Pero no tanto como para pasar el proceso. Hoy, ni él ni el director general están en la empresa.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 22 de marzo de 2015.]

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José Luis Moreno de Whiplash
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Alejandro Carantoña | 16-03-2015 | 09:00| 0

En la televisión de hoy en día hay tres cosas aparentemente infalibles: el pasado, la cocina y los niños. Dos de los ingredientes juntos alumbran monstruos como Masterchef Junior, pero por separado pueden funcionar: a TVE le ha salido bien la jugada con Cuéntame y El ministerio del tiempo y con la versión adulta de Masterchef, por ejemplo. Ahora, sumergida en un nuevo ejercicio de arqueología televisiva para ganar audiencia, la casa ha decidido acudir a fórmulas que le permitan competir contra las tertulias políticas y el cine de fin de semana. ¿Con Estudio 1 acaso? ¿Con un refrito de La bola de cristal? No. Con José Luis Moreno y Noche de fiesta. Pura investigación y desarrollo. Seguro que La alfombra roja marca un antes y un después en la vida de los telespectadores.

La vieja excusa de que el exventrílocuo da al público «lo que quiere» ya no vale, porque aunque así fuera —los datos hablarán—, encarna desde el punto de vista cultural y profesional, en cada palo que toca, todo aquello que hay que extirpar con urgencia de nuestra forma de hacer televisión, teatro o incluso variétés. Y eso es tarea de la pública.

Siempre jugando al límite de la profesionalidad de los equipos, siempre megalómano —recordemos los experimentos líricos en Laboral—, Moreno ha obtenido de TVE alrededor de tres millones de euros para producir trece entregas de su espectáculo.
La cifra coincide, casualmente, con el presupuesto de un proyecto especialmente notable de los últimos tiempos: Whiplash, la película independiente estadounidense que logró, en un abrir y cerrar de ojos, cinco nominaciones a los últimos Oscar y llevarse tres de las estatuillas, entre otras la de mejor actor de reparto.

La historia de esta película es de lo más esclarecedora si hablamos de lo que «el público quiere»: su director, Damien Chazelle, había completado el guión hacía años y dormía el sueño de los justos porque nadie lo quería producir. Porque esta historia de un batería de jazz trufada de caras desconocidas y de ritmo extraño no era «lo que el público quiere ver». En 2012, su guión saltó a la fama en la Black List, que es una recopilación de guiones nunca rodados en Hollywood. Con la popularidad adquirida, Chazelle hizo un corto que barrió en el Festival de Sundance, acción que a su vez le brindó los escasos tres millones necesarios para rodar su película (que era la segunda, nada más). De ahí a los Oscar y de ahí, a que una multinacional adquiriese los derechos de distribución mundiales. Quizás, después de todo, sí era «lo que el público quiere ver».

El retorno de Moreno, entonces, bloquea el paso a que se produzca este milagro, que es lo que debería reinar en una cadena de televisión pública. La vanagloria con la que el cómico y productor gusta de decir que es un empresario y que emplea a nosécuántagente con sus éxitos tiene su espacio, por supuesto. Pero fuera de la pública.

La cadena está obligada, casi por imperativo de Estado, a proponer una alternativa en cada franja horaria que agite, que atraiga y que quizás no reviente los audímetros, pero que está llamada a marcar la pauta en el ecosistema televisivo. ¿Tiene sentido la batalla por la audiencia, a cualquier precio, cuando ni siquiera puede ingresar dinero por publicidad? No, no la tiene. La única guerra que TVE tiene que librar, y que ganar, es por que todos los Whiplash que duermen en cajones en este país, que seguro que son muchos, afloren. Moreno ya es de los que se van. Ahora, les toca a los que llegan.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 15 de marzo de 2015.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.