El Comercio
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Más caléxicos
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Alejandro Carantoña | 17-08-2015 | 07:00| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Aun cuando creíamos haber huido lo suficientemente lejos de la actualidad —hasta los confines de agosto—, nos seguía pisando los talones. Ni siquiera aquí, a orillas de la Costa Verde, hemos logrado sortear durante estos meses de verano la enésima y aburrídisima polémica política: primero fue la Semana Negra; y ahora, como nueva incorporación que va ganando enteros en la clasificación, las declaraciones de Carlos Zúñiga, el empresario de la plaza de toros de El Bibio, de Gijón, que fue a meterse en un berenjenal de órdago por su cuenta y sin ayuda. Muy meritorio: «Las fiestas del Orgullo Gay sí que hacen daño a la vista de los niños», dijo.

Semejante salida de tono provocó un incendio en la planta noble del Ayuntamiento de Gijón, que Zúñiga se ha ido ocupando de apagar con abundante gasolina a lo largo de la semana, hasta darle, así, dimensiones institucionales y políticas de primer orden, manifestaciones, manifiestos y enfrentamientos incluidos.

Este tipo de cosas —los toros, la Semana Negra, la franja azul de la camiseta del Sporting, etc.— parecen ser la sal y la pimienta de los meses de verano, como para no perder la forma polemista en vacaciones. Y, sin embargo, de la arena del debate ha vuelto a quedar excluida, un año más, la cuestión más central y más importante de todas: el modelo de verano que queremos, la forma y diseño que queremos darle, proyectar hacia el exterior y usar como polo de atracción o distracción estival. Nos hemos vuelto a perder en naderías que no merecen mucho más que veinte segundos de atención.

Porque en cambio el concierto de Caléxico del pasado jueves en la Plaza Mayor, abarrotada y quizás insuficiente para la magnitud del evento, dejará un regusto agradabilísimo durante años —sonido redondo, clima clemente, expectativas superadas—. Y todo con un volumen potente y una cerveza en la mano, gravísimos atentados cívicos, ambos dos, permitidos por bula municipal durante las fiestas de la ciudad, como haciendo la vista gorda en honor de la patrona.

Mientras tanto, y a pocos metros, el gobierno municipal ha vuelto a sacar la artillería administrativa para hacer cumplir los horarios de cierre de algunos bares del Centro y de Cimavilla, verificar las licencias de música amplificada y abortar la música en directo espontánea, amén de seguir posponiendo el irresoluble y esquizofrénico problema del consumo callejero de alcohol en esta tierra sidrera.

Así, la forma que adquiere la Semana Grande es la de espacio de libertad o relajación de las normas, como mucho, en el que se polemiza por cuestiones más políticas que culturales. Por lo demás, sigue sin plantearse con claridad y definición qué hacemos con quienes pretenden participar de la Semanona al margen de su programación o plantear alternativas a su oferta. En ningún caso se debe levantar la mano temporalmente con lo diferente; en cambio, está claro que en Asturias en general y en Oviedo, Gijón y Avilés en particular hay una urgencia por hablar de la noche, de los conciertos, de los bares y por llegar a soluciones algo más sutiles que el reparto de denuncias. Es de locos que en un sitio se pueda beber, gritar y corear mientras que a pocos metros y simultáneamente llueven las multas por poner discos o tocar canciones, que las odiosas y nocivas despedidas de soltero puedan campar a sus anchas mientras que la música en directo, y diferente, languidece y perdemos cantera: que los Caléxico —que en mi opinión son ejemplo de proyecto atractivo o, al menos, diferenciador con su presencia en la ciudad—, algún día, también tocaron en un bar.

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Un político en la ópera
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Alejandro Carantoña | 10-08-2015 | 09:05| 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Wenceslao López, en calidad de alcalde, eligió llevar traje, disfrutar de la ópera y luego señalar que, así y todo, ese título especial fuera de la temporada regular de ópera carbayona era demasiado caro para la ciudad de Oviedo. Ocupó, junto a Roberto Sánchez Ramos —concejal de Cultura—, el palco municipal del Teatro Campoamor, presidiendo así la primera de las dos funciones de Falstaff, de Verdi, el pasado viernes 31 de julio.

Un espectáculo, dijo a posteriori, impresionante, pero cuyo coste juzgó «excesivo» (se han publicado cifras que superan el medio millón de euros de inversión pública). Aún no se ha hecho público el balance económico definitivo ni la venta de entradas.

El sábado también había algún político en la sala. Aunque en su tiempo libre y, por ello, sin que haya trascendido el gusto (o disgusto) del diputado en cuestión con lo que ocurría sobre el escenario y en el foso, ni tampoco su opinión sobre dineros, políticas, y todo aquello sobre lo que poco o nada hay que decir desde el momento en que Muti alzó su batuta.

Nuestro diputado, vestido de polo y pantalones ligeros, escogió ocupar su asiento —en la zona intermedia del teatro— con una antelación que dejaba entrever una mezcla de ritual y de discreción: ni él ni su acompañante salieron al concurrido y muy sociable vestíbulo del teatro en las dos pausas que incluía la función.

Por eso de querer buscar la discreción, porque era en su tiempo libre y, sobre todo, porque de saber su nombre y siglas quizás el acto se cargaría de connotaciones, no diremos de quién se trataba. Solo que es de izquierdas, que ha acreditado su preocupación por asuntos de índole social y que pagó su entrada. Aplaudió al término y, hasta donde podemos sospechar, disfrutó del espectáculo.

Angela Merkel es conocida en Alemania por haber rechazado, siempre y con un rigor estereotípico, las invitaciones a los teatros de ópera de su país. Siempre paga lo que haya que pagar —es una melómana reconocida— y aguanta estoicamente el tipo en los incómodos asientos del festival de verano de Bayreuth, la meca wagneriana (en la apertura de este año, de hecho, se rompió la silla que ocupaba poco antes del descanso).

Manuela Carmena también salió del armario operístico, al poco de ser elegida alcaldesa de Madrid en las últimas elecciones municipales, tras una reunión con los responsables del Teatro Real de Madrid, en la cual les anunció que el ayuntamiento renunciaba a su palco para que la institución pudiese venderlo e incrementar sus ingresos de taquilla.

Aquí, sin embargo, en este Campoamor que sigue teniendo su palco municipal en una posición que preside más el patio de butacas, la «socialité», que el espectáculo en sí, no son muchos los cargos públicos que se han dejado ver por las lides líricas. Y quienes se han declarado culpables del «guilty pleasure» carbayón por excelencia lo han hecho, casi siempre, por motivos ideológicos o de prestigio social en determinados ámbitos. Pocos por motivos artísticos: otro célebre sindicalista ha sido avistado en butaca de general, en la última planta, entrada pagada y en la mayor de las discreciones, de nuevo.

Sería tremendamente positivo que, por encima del ruido que envuelve a la lírica, algunos de ellos —nuestro diputado, nuestro sindicalista— recogieran el guante y dieran un paso al frente; que lo dijeran, que se significasen. Que quedase claro que la ópera puede acoger a cualquiera. Que dejasen claro que esto es, ante todo, cultura, no política. Música, no ruido. Que se adueñasen de ello.

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El incendio
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Alejandro Carantoña | 03-08-2015 | 07:00| 0

Es una de las cosas a las que más derecho queremos tener, en estos tiempos digitales. Y quizás esto se deba a que se trata de la que más nos asusta. Es el incendio en general, pero no un incendio cualquiera, no son solo esas llamas que se están comiendo el suroccidente de Asturias o que se llevaron por delante a ocho personas hace unas semanas en Zaragoza. Es el incendio de la memoria, es el olvido, el abandono, el pánico a no ser recordados —o a que nos recuerden como menos queremos—.

Este tipo de miedo es el que activa, casi siempre, los resortes más emocionales. Así, sin necesidad de remontarnos al espinoso asunto de la memoria histórica, esta misma semana hemos vivido un nuevo episodio de agitación, de puro miedo al olvido, con el cierre del Café Comercial de Madrid: los unos, por pena a que dejase de existir; los otros, por celebración de que al fin cayese una empresa desagradable, poco atenta y que vivía de las rentas culturales de otro tiempo. Y todos tienen razón, al menos, en constatar que el olvido se va llevando un cierto Madrid malasañero: el del pijo Comercial, desde luego, pero también el de El Chamizo, otro cierre de esta semana; o el del Estar café, cuyo anuncio de traspaso trascendió apenas unos días antes de que Javier Krahe, que solía ir allí a jugar al ajedrez, muriese. Y sin que nadie temiese, al menos, que fuese a ser olvidado: es un alivio.

Muchas de las cosas que hacemos, tanto como individuos como ciudanos como colectivo, tienen algo de poso en el recuerdo: las ceremonias, los hitos y las celebraciones están llamadas a escribir con letras más o menos grandes líneas que no se deben olvidar, o que no queremos que se olviden. Veamos: los acontecimientos políticos de este pasado curso son «históricos», el calor o el frío también lo son —siempre—, e incluso la llegada de Riccardo Muti, estos dos pasados días, al Teatro Campoamor de Oviedo ha adquirido tintes de «histórica». A buen seguro, de «inolvidable»: por ahí no hay miedo.

Pero cabe sospechar que todos estos acontecimientos —desde el Comercial a Muti; desde los nuevos partidos a los termómetros explosivos— se ganan su inolvidabilidad por ser centrales, centrales en un contexto y un espacio muy concretos. Así, igual que los asturianos acostumbramos a formar parte del selecto club de grandes olvidados de España, madridcentrista donde las haya, incurrimos ahora en el mismo error al mirar más a la costa, y al centro, que a esos montes verdes, pulmonares y nucleares del Suroccidente que se están convirtiendo en carbón (no subvencionado) pasto de las llamas, de las llamas del incendio, y sobre todo, del incendio del olvido colectivo.

Como en esa esquina oronda del Principado no vive mucha gente y el humo no cubre nuestras ciudades, parece que asistimos con una desolación lejana a los incendios, sin mucha más afectación, cuando en dimensiones no difieren mucho al de Òdena, en Cataluña, o al de Ourense, que sí se han ganado su cuota de Historia.
Para rematar la catástrofe, tenemos a los brigadistas encargados de apagar esos incendios en pie de guerra, y todo porque consideran un abuso el trato por parte de la empresa contratante —adjudicataria del Estado— y quieren atención. ¿Por qué quieren la atención? Efectivamente: porque se consideran olvidados.

Esto del recuerdo nos resulta muy incómodo, y aparte de despertarnos ese lado emocional, también saca lo peor, el egoísmo, el deseo por ser recordados (yo, nosotros, todos) por encima de lo demás. Pero hay cosas, como esos montes apartados, que son importantes, aunque no nos parezcan ni históricas ni inolvidables.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 2 de agosto de 2015.]

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Un euro a la Semana
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Alejandro Carantoña | 27-07-2015 | 09:56| 0

Primero, la pelea. Luego, la debacle: ya con la XXVIII Semana Negra cerrada, no merece la pena tratar de escamotear un análisis urgente, y en el que hay que insistir tanto como sea necesario.

Para empezar por lo general, y saludándolo ante todo como un síntoma de la buena salud del verano cultural gijonés, observemos que hemos acabado por tener tantos festivales en verano como carreras populares el resto del año. Y bien sabrá cualquiera que haya salido a contar «runners» por el Muro que no son pocas.

Esta eclosión llegó a su culmen el año pasado cuando, por azar o por inquina, Metrópoli y la Semana Negra coincidieron en fechas. La organización del veterano festival negro, haciendo gala de su característica susceptibilidad, vio en esto un ataque frontal por parte del ayuntamiento forista (según la Semana Negra siempre hay alguien intentando destruirla). Metrópoli y el ayuntamiento lo negaron, pero la espita estaba abierta y, por no perder las buenas costumbres locales, competimos antes que hablamos.

Como las comparaciones son inevitables —aparte de odiosas—, a algunos nos dio por contraponer balances. El resultado fue que el uno no debía temer al otro, más bien al revés: Metrópoli y la Semana Negra son, por naturaleza, festivales lo suficientemente dispares como para poder coexistir, y eso que ambos ofrecen comida, bebida y conciertos. Eso nos hizo preguntarnos si no acabarían por absorberse o fusionarse, habida cuenta de que —tal y como se ha visto este año— no son pocos los hosteleros y músicos que están presentes en ambas citas.

Gracias a la brecha, el hermanamiento ni ha ocurrido ni tiene pinta de ir a ocurrir: Aceptada esta realidad ¿qué podrían, al menos aprender los unos de los otros? Aquí es donde encaja la pelea, y el largo historial de eso que la dirección de la Semana Negra llama «normalidad»: aunque se dice que por la Semana Negra han pasado cinco veces más visitantes que por Metrópoli este año, el caso es que en el festival recién llegado no hay constancia de ninguna pelea, coma, tiroteo o electrocución. Y eso ¿por qué? ¿Por los horarios, porque son más civilizados, porque hay una unidad militar en el recinto?

Sospecho que es por el euro y medio que cuesta la entrada de Metrópoli, frente a la gratuidad de la Semana. Con algo tan nimio (que además difícilmente va a dejar a nadie fuera), se ahorraría (o se reforzaría) el trabajo de toda esa legión de trabajadores desbordados, y cuya situación ha sido denunciada públicamente por varios de ellos en esta edición, como el músico Xabel Vegas, a raíz de la pelea de marras.

Además, con ese euro y medio (¡o un euro: precios populares!) la Semana podría mejorar, y renunciar tanto a los impresentables que van a montar su Vietnam particular como al dinero de algunos hosteleros y feriantes perfectamente prescindibles, por marrulleros, si no directamente por violentos.

Es lo que este incidente revela: que no es menos democrático, menos de izquierdas ni menos combativo evitar que la gentuza dinamite lo que algún día fue un buque insignia, un mascarón cultural y festivo que ha crecido con muchos de nosotros. La Semana Negra necesita alimentar el entusiasmo y la confianza de quien la ha perdido (que no son pocos) y, sobre todo, sobre todo, cerrar la fractura que desde hace años se viene abriendo entre quienes están a favor y quienes están en contra: la Semana Negra, por mucho que insistan los unos, los otros, y los de más allá, no necesita a sus enemigos para existir. Con un euro, bastará.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 26 de julio de 2015.]

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Aquí abajo (cantando)
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Alejandro Carantoña | 20-07-2015 | 07:00| 0

Lo único que trae una nube en Sevilla, hoy, es una vaharada de turistas y un viento de esos que remueven cuarenta sudorosos grados alrededor, que funden la suela de los playeros contra el adoquinado y que convierten en un insulto aquella llamada desde Asturias que dice: «Hace mucho calor aquí».

En Sevilla, hoy, hay un enorme cartel azul, en la autovía de entrada, que indica que de aquí a Gijón se llega por la siguiente salida. Previo paso por Mérida, claro, novecientos y muchos kilómetros mediante, claro: pero a Gijón se llega por allí, como si estuviera a la vuelta de la esquina.

Primero, esa natural cercanía resulta chocante. Luego, resulta perfectamente lógico que aquí, igual de lejos de Madrid que en nuestro querido Norte, Varoufakis y lo que queda de sanfermines no sean sino anécdotas lejanas, exóticas, y que la portada del diario local sea para un horrible suceso en las fiestas o ferias de turno —llámense como se llamen— y, la polémica, para los primeros días en el Ayuntamiento de las nuevas corporaciones.

Es curioso que el mismo recelo que llueve hacia los flamantes hospitales universitarios de por allí arriba se deslice hasta alguno de los de por aquí abajo, aquí donde las carrilleras son carrilladas, los cañones de cerveza son sevillanas y los bocatas de lomo son serranitos. O sea, aquí donde se toman las terrazas al salir de trabajar, como allá, con una ligera diferencia de entre 25 y 30 grados de temperatura y una perpetua guitarra flamenca (frente a una gaita perenne).

Aquí abajo —se sorprenden unos guiris de Santander (!)—nos entienden al hablar y comprendemos la carta de principio a fin; es más, nos hacemos al ritmo sevillano tan deprisa que surge una extraña complicidad nacional con los locales, una que supera en un suspiro a los vanos intentos de los franceses o los alemanes por entender qué demonios es una pringá casera. Nos miramos con un guiño: compango comemos todos, España era esto, y el director del Festival de Cine ye de Gijón.

Esta semana, allí arriba, ha estado Teresa Berganza inaugurando los cursos de verano de la Fundación Princesa de Asturias y reivindicando, entre otras cosas, que puestos a hacer concursos de televisión para cantantes (y no tanto), se haga una distinción entre los de pop y los de «clásica», decía, cantantes «interesantes» estos. La gran injusticia, el eterno esterotipo, se vería así perpetuado: que los de clásica, los que como ella han revolucionado el mundo con cierta perfección y un esfuerzo ímprobo, acaban siendo «los de arriba», mientras que quien canta como Dylan o susurra como Cohen termina por ser «el de abajo». Lo cual no siempre deja de ser verdad, si bien es cierto que asumirlo como tal, gruesamente, sería algo así como dejar a los asturianos en el lugar de los refinados guardianes de las esencias culturales —y encima, con una temperatura estable—; frente a ese estereotipo del sevillano vago, planchado por un clima obsceno, que se come más eses que aliños al cabo del día.

Luego resulta que nos entendemos casi a la primera, que un guiño y un codazo nos bastan para sentirnos primos hermanos. Luego resulta que quizás nos llamemos norteños o zureñoh, clásicos o modernos, pero sobre todo resulta que por A o por B podemos comer arroz con bugre del Cantábrico y cenar cincojotas con aceite y tomate —y desayunar cazón en adobo, y merendar ventresca a la parrilla—. Y que estamos, después de tanta frontera, en el mismo equipo: nos llamemos como nos llamemos; cantemos lo que cantemos.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 19 de julio de 2015.]

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Cines son centros
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Alejandro Carantoña | 13-07-2015 | 07:00| 0

Ha hecho falta que ocurriera lo inevitable y se confirmase lo sospechado para que, como de costumbre, nos diéramos cuenta de lo que estaba en juego. Solo con el cierre definitivo de los Cines Centro de Gijón, que se producirá esta tarde, el desconcertado director del Festival Internacional de Cine de Gijón, Nacho Carballo, y el común de los espectadores empiezan a vislumbrar la capital importancia que tenían aquellas salas recoletas, envejecidas y estrechas en la vida cultural de la ciudad y de la región. Eran el embudo: cada una de sus salas recibía el nombre de otros tantos cines gijoneses desaparecidos. El Festival, dice Carballo, está a punto de atomizarse, de «acercarse a los barrios», por llamarlo con finura, y ya avanzaba esta semana que «se acabó lo de ir andando a todo»: en Gijón, así, ya no quedan más cines que los de La Calzada.

La desaparición de los Cines Centro supone, asimismo, el cerrojazo al último de los cines que quedaba en un centro urbano en Asturias: ahora solo es posible ir a fríos y tecnologizados y carísimos establecimientos a las afueras, como si viviésemos en Los Angeles, antes que en ciudades donde hasta antesdeayer había cines de barrio, cines con encanto y a los que, cuentan los sabios, apetecía ir por algo más que por la película de turno —que es lo único que hubiera podido vencer a Internet: una experiencia, un lugar, un punto de encuentro—.

De aquellos polvos, de los polvos de la modernización postindustrial del centro de Gijón en los años 90, estos lodos: Así, allí donde la muchachada echaba la tarde en billares y bolos y maquinitas antes o después de una película, ahora hay provectos ciudadanos en un centro de mayores dependiente de la Consejería de Bienestar Social. A pocos metros, donde antes hubo un cine (el Arango), luego una fábrica de sueños que dispensaba belleza al peso, ahora solo hay rastros de carteles desvaídos y una puerta cerrada a cal y canto. Y más allá aún, se ve el colosal complejo Hernán Cortés —con su cine—, reconvertido en un Casino de altos vueltos que ha acabado siendo, por fin, una sala recreativa a medio gas y con escaso interés allende nuestra región. Y para acabar, entrando en la calle Corrida, la última re-víctima: el cine Robledo, transformado en un restaurante de comida rápida que también ha levantado el vuelo (dejando tras de sí una tienda de ropa, al parecer) para aterrizar encima del emblemático Oasis, en la playa. Tiendas, centros de mayores, restaurantes y cascarones vacíos. Y así, en toda Asturias.

La solución que ahora ha puesto encima de la mesa Carballo, igual que se hiciera en su día con el Teatro Arango, ha sido que el Ayuntamiento intervenga para garantizar que, al menos, el Festival de Cine sigue teniendo su casa. Pero con esto no basta, ni siquiera con una fórmula cuasi mixta: así fue cuando se dejó el café Dindurra en manos privadas pero con ciertas condiciones que asegurasen que no se iba a desnaturalizar del todo (y se desnaturalizó).

Así, de todos los linajudos locales de ocio de otro tiempo que algún día fueron el pulmón de Gijón, y que le daban al centro una razón de ser, un motivo para ir a visitarlos, parece que solo conservan su esencia —con todo lo que ello implica— el Teatro Jovellanos, la discoteca Dragón y, quizás, ese túnel hacia una dimensión paralela que son las galerías de la calle Asturias. Cada uno en su medida, son templos funcionales heredados de otro tiempo, supervivientes a las inclemencias del cacareado progreso. Y todo gracias a una sola cosa: personalidad, centro, encanto. ¿Lo habremos perdido para siempre?

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 12 de julio de 2015.]

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La mordaza
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Alejandro Carantoña | 06-07-2015 | 13:48| 0

Rodrigo García es uno de los más importantes directores teatrales del momento, en parte, quizás, por haber padecido algo tan común como la polémica más acerada. Y, recientemente, la censura por la peor de las vías: la administrativa.

García ocupó la atención mediática, primero, en abril de este año. Entonces estrenaba en París un espectáculo en el que un actor, debidamente adiestrado por un chef de Lastres, mataba, abría, cocinaba y degustaba un bugre en escena. Las asociaciones animalistas pusieron el grito en el cielo y García, también: «Que quede claro desde la primera línea», escribía en su página web, en letras enormes: «Sois completamente imbéciles».

El asunto quedó zanjado y la polémica, servida, mientras que el espectáculo seguía adelante: muchos espectadores no se sentían cómodos con la escena (que era precisamente lo que buscaba García, hablar de matar para comer). Esta misma semana, también, uno de los teatros de ópera londinenses (la Royal Opera House) ha vivido otro episodio de incómoda polémica, una versión actualizada del monumental follón organizado por David Alden y su Mazeppa de Chaikovski en la English National Opera en 1984 (La matanza de Mazeppa, la llamaban), del de Calixto Bieito y su sonadísima escena del descampado en Un ballo in maschera en el Liceu de Barcelona, en 2000, o de Hans Neuenfels y su Idomeneo de Mozart en la Deutsche Oper de Berlin en 2006, autocensurada temporalmente por miedo al fanatismo islámico —en la escena final aparecían las cabezas de todos los dioses, incluido Mahoma—. Ahora le ha tocado el turno a Damiano Michieletto, un jovencísimo director de escena italiano que lleva ya una buena temporada buscando su gran follón. Lo ha ido a encontrar, como digo, en la Royal Opera House con Guillermo Tell, de Rossini, donde ha insertado una escena sexualmente violenta en el tercer acto para subrayar las brutalidades de la guerra descritas en la ópera (y de la cual el público había sido previamente informado).

En estos cinco casos hubo polémica, se pidieron cabezas y, en último término, el espectáculo siguió adelante: en París, Londres, Barcelona y Berlín los responsables de los teatros salieron al paso de las críticas, algunos de ellos asumiendo el coste de dejar sus cargos por huir de la más temida de las censuras: la autocensura.

El mes pasado, García estrenaba un nuevo montaje, pero esta vez en el Madrid gobernado por los muñidores de la oficialmente llamada Ley de Seguridad Ciudadana. En esta ocasión, cuatro hámsters eran remojados en un acuario «durante diez segundos» y unas ranas chapoteaban en fango, con el fin, entre otras cosas, de «mostrar las relaciones de poder entre el hombre y la naturaleza». Una vez más, los animalistas protestaron. Pero esta vez todo acabó más deprisa, con una fulminante llamada del Área de Protección Animal de la Comunidad de Madrid al Centro Dramático Nacional, productor del espectáculo y, en teoría, blindado contra presiones externas: iban a sancionarles con entre 600 y 100.000 euros a menos que las dos escenas desaparecieran del montaje. No que se replanteasen: que desapareciesen. García las cortó.

Sirva este rodeo, puesto en otro contexto distinto del callejero, protestón y revolucionario, para que nos paremos a pensar en lo incómodo y lo irresponsable y lo innecesario y lo diferente y lo que nos estorba. En que a veces, incluso aquellas en las que hay que intervenir, no se puede hacer con trazo grueso, hechuras moralistas y holguras excesivas: al final todo eso, tan incómodo, solo puede hacernos mejores.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 5 de julio de 2015.]

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Cultura flotante
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Alejandro Carantoña | 29-06-2015 | 11:36| 0

Fue con nocturnidad y sin apenas importancia, porque a todos les supo a poco: «Limita», «Tan solo», aparecían en todas las informaciones en torno al cese de José Ignacio Wert como Ministro de Educación, Cultura y Deporte y su relevo, Íñigo Méndez de Vigo. Nuevo ministro de Educación, chimpún, y hasta las elecciones generales de este otoño o invierno. Entonces, veremos.

De este modo, José María Lassalle sigue siendo el ministro de Cultura de facto, como secretario de Estado del ramo: el Gobierno, en la escuetísima nota que informaba del relevo de Wert, tan solo aludía a su labor relativa a la LOMCE. Ni a la gestión cultural, ni al IVA, ni a nada que se le pareciera. El perfil de Méndez de Vigo, que lleva dedicándose a Asuntos Europeos desde los años 80, tampoco tiene mucho que ver con la cosa artística. Así que Cultura, a día de hoy, sigue sin contar con un ministerio propio. Solo el de Hacienda, quizás.
Es difícil atisbar por qué, y cuándo, se decidió que Educación y Cultura (¡y Deporte!) eran áreas que debían ir en el mismo saco: sería como meter Sanidad y Fomento en una sola cartera aduciendo que, al final, va todo de infraestructuras grandes y presupuestos enormes.

Así, las pocas esperanzas que podíamos albergar de que el criminal IVA del 21% a la Cultura se viese reducido prácticamente se han esfumado, salvo maniobra electoral en otoño. Y lo peor no es eso: lo peor es que, por muy competente que pueda ser el secretario de Estado de turno su capacidad de maniobra (política) es mínima.
Como consecuencia, resulta que la segunda cantera de talento más notable de España —quizás por detrás de la investigación— queda en este tipo de legislaturas, henchidas de macroeconomía y asuntos de los que se dicen importantes, relegada no a un segundo plano, sino al ostracismo más insultante. Está totalmente desprotegida y abandonada a su suerte

Por si todo este daño no fuese abundante y difícilmente reparable, a la hora de poner en pie marcas españa y operaciones cosméticas (¿cosméticas se puede decir?) para fomentar el turismo, la Cultura sigue siendo uno de los grandes bastiones, un polo de atracción innegable que va de Cervantes a la tortilla de patata y del Guggenheim al Teatro de la Zarzuela.

Como única contraprestación institucional para mantener vivo el sector existe una colección de premios y galardones de alto nivel —algunos sin dotación económica, como el Premio Nacional a la Mejor labor editorial—, que desgraciadamente poseen un impacto limitado y que ponen el foco en un sector muy concreto, muy reducido de todo el ecosistema que necesita del apoyo, atención y cariño del Ejecutivo.

Buena parte de la culpa la tienen consumidores y profesionales, que con su tesón por no dejar a la Cultura caer han (hemos) acabado por dar carta de la naturaleza al discurso subterráneo y condescendiente del Gobierno: que, al final, la Cultura siempre sale adelante. Que en tiempos de estrecheces, ahí se puede meter tijera y ocuparse de otros asuntos porque la Cultura, en efecto, es una especie de islote lujoso y autosuficiente que no necesita del Ejecutivo para nada: que flota pase lo que pase y, llegado el caso, se mueve de manera independiente. Como si ahí, al fondo, estorbase poco y produjese bastante. Como si no tuviéramos que plantearnos, en un momento concreto, que no saliese. Entonces, ¿qué ocurriría?

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 21 de junio de 2015.]

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Fin de curso
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Alejandro Carantoña | 22-06-2015 | 07:00| 0

Con los últimos rescoldos de junio, y más con todas las ventanas abiertas —hoy empieza el verano— y más con una espicha de fondo y más con San Juan a las puertas, se completa una semana más un ejercicio rutinario: preguntarse dónde estábamos hace siete días y dónde estamos ahora.

Algunos, en Asturias, están en el mismo punto aunque bajo un par de palmos de barro y otros, embarrados y en otro sitio, donde no les gustaría estar: en la oposición. Pero esta semana, esta especialmente, tras el chaparrón premonitorio e higiénico del sábado pasado, ha sido la primera de este accidentado año en la que efectivamente no ha pasado nada en España.

Es posible que se produzca un cortocircuito en el éter si una sola persona más vuelve a escribir las palabras «Twitter», «populismo» o «cambio», porque si ya de septiembre a mayo habían recibido un buen vapuleo, los (irrelevantes) acontecimientos acaecidos desde el domingo pasado con el nuevo no-concejal de Cultura del Ayuntamiento de Madrid han provocado que la prensa seria terminase de exprimirles las últimas gotas que les quedaban. Por eso ha sido la semana de abalanzarse sobre claves nuevas y frescas, como «bicicleta» y «metro» y madres limpiadoras de colegios, para hablar sobre no-pactos y alcaldes campechanos. Todo un antes y un después en nuestras vidas.

Tras el chute informativo que fueron las elecciones autonómicas y municipales, quedaba al menos la esperanza de que Mariano Rajoy diese un golpe de efecto en su gobierno el jueves pasado, un gran vuelco dramático con el que llenar unas horas más de tertulia. Y nada. Y ¿en el Consejo de Ministros del viernes? Tampoco.

Otros buscaban, al menos, nuevos patinazos públicos y cibernéticos en el ámbito político. Y más vacío: la realidad se resistía a brindar nuevos materiales, obligaba a, siempre sin levantar la vista del ordenador y la tele y la prensa, tirar de fondo de armario con pestazo a naftalina o bien meterse en osadas extrapolaciones greco-españolas.

Por fin ha llegado el momento de proponer una actualización del repertorio, de lanzar a la hoguera este curso, relevante en sí pero ya prácticamente ahogado, desahuciado. Es el momento de empezar a pensar en libros, en destinos, en terrazas y en merenderos; en sidras frescas, parrilladas, amistades desembarcadas y tardes por venir.

Porque da la impresión, desde que empezó el runrún electoral, de que veníamos esperando una montaña rusa de tal intensidad para acabar el curso que, al quedar huérfanos de auténticos sobresaltos, nos hemos sentido desorientados, ociosos y hambrientos de algo más. Así que en lugar de contar que en realidad no hay (casi) nada que contar, se llenan portadas, horas de radio e informativos enteros con acontecimientos que en menos de un año no pasarán de la anécdota.

Decía el recientemente desaparecido Santiago Castelo, poeta primero y ex subdirector de ABC después, que había que empezar a podar páginas de política de los periódicos, porque nadie acudía a las hemerotecas, al cabo de un siglo, en busca de la reacción del grupo municipal X a la decisión del grupo Y. Acudían, en cambio, en busca de crónicas de viajes, de acontecimientos pequeños, de hitos de esos que escriben la Historia fuera de estas cuatro esquinas. Apaguemos, cerremos, leamos. Salgamos: aquí ya no pasa nada.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 21 de junio de 2015.]

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Escribir con corbata
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Alejandro Carantoña | 15-06-2015 | 07:00| 0

La gente que escribe con corbata es sospechosa. O mejor, casi ningún escritor que no sea sospechoso lo hace con corbata: es algo más estadístico y visceral que científico, es un noséqué de desconfianza que nace de la imagen del opinador (que son los que más usan tan estupenda prenda) sentado en su trono, rodeado de periódicos y dando forma a sus columnas en almuerzos de alto nivel y escuetas cuartillas que aspiran a regir el devenir del mundo.

La corbata es uno de los peores enemigos de la escritura —y lo dice un fan acérrimo, uno de los que nunca acaba con ella en la cabeza cuando toca usarla: la adoro—, probablemente porque la corbata es la significación de cierta elegancia, en estos tiempos en los que su uso diario está en declive, y porque, así, la corbata implica algo totalmente opuesto a lo que debería ser la escritura: algo desordenado y caótico (como decía Leonard Cohen: «Lo tiro todo encima de la mesa y voy haciendo que emerja un orden, con muchísimo esfuerzo»), algo muscular, íntimo, algo trabajoso.

Viene esto al caso de que Mario Vargas Llosa, perdón, el nobel peruano, es de los que siempre escribe con corbata, se nota. Y no es que no deje de ser un enorme escritor y fiel retratista de su tiempo, pero ¿cuál no será la sorpresa del respetable que hace pocas semanas lo aplaudía en el Teatro Español de Madrid o que busca su guía intelectual en las páginas dominicales de la prensa nacional cuando se lo topa, el pasado miércoles, en la portada de una revista del corazón acompañado de Isabel Preysler?

La primera sorprendida fue su mujer, Patricia, que se apresuró a emitir un comunicado en el que pedía que se respetase su intimidad; luego, vinimos todos los demás: Mario Vargas Llosa, perdón, el nobel peruano, tiene aparentemente un affaire con la socialité por excelencia, con la que se dejó fotografiar y —según ha trascendido— se encontró en un acto en Buckingham Palace (¡en Buckingham Palace!) para luego mantener, juntos y solos, un almuerzo en un restaurante de Madrid.

Mientras que todo este sainete se desarrollaba con luz y taquígrafos, nos enterábamos también de que Leonardo Padura era el nuevo Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015, para alegría de los amantes de la novela negra y creyentes en el poder que aún conserva la literatura de altos vuelos.

Pero para angustia colectiva, de Padura no sabemos qué ha desayunado ayer por la mañana, con quién comparte su tiempo o su vida. Ni siquiera sabemos dónde, o cuándo, ha estado casado: tenemos que vivir con la frustración de no conocer la ciudad y el momento en que va a celebrar sus veinte, treinta o cincuenta años de casado.

De Padura solo sabemos que ha escrito un buen puñado de libros dignos de ser tenidos en cuenta, que le gusta más la conversación que otra cosa y que, dentro de mucho tiempo, será recordado por muchas cosas, pero especialmente por haber diseccionado su Cuba durante un tiempo que ya no volverá. De Padura sabemos, como escribió, que como no es Paul Auster —que como americano solo está obligado a hablar de Letras— todos le piden un análisis pormenorizado de la geoestrategia castrista y un mordisco de la situación de su país, como si llevase corbata. De Padura sabemos todo eso, y no sabemos mucho más. De Padura sabemos que es de los que escribe sin corbata: Que seguramente sea un tipo de fiar.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 14 de junio de 2015.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.