El Comercio
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José Luis Moreno de Whiplash
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Alejandro Carantoña | 16-03-2015 | 09:00| 0

En la televisión de hoy en día hay tres cosas aparentemente infalibles: el pasado, la cocina y los niños. Dos de los ingredientes juntos alumbran monstruos como Masterchef Junior, pero por separado pueden funcionar: a TVE le ha salido bien la jugada con Cuéntame y El ministerio del tiempo y con la versión adulta de Masterchef, por ejemplo. Ahora, sumergida en un nuevo ejercicio de arqueología televisiva para ganar audiencia, la casa ha decidido acudir a fórmulas que le permitan competir contra las tertulias políticas y el cine de fin de semana. ¿Con Estudio 1 acaso? ¿Con un refrito de La bola de cristal? No. Con José Luis Moreno y Noche de fiesta. Pura investigación y desarrollo. Seguro que La alfombra roja marca un antes y un después en la vida de los telespectadores.

La vieja excusa de que el exventrílocuo da al público «lo que quiere» ya no vale, porque aunque así fuera —los datos hablarán—, encarna desde el punto de vista cultural y profesional, en cada palo que toca, todo aquello que hay que extirpar con urgencia de nuestra forma de hacer televisión, teatro o incluso variétés. Y eso es tarea de la pública.

Siempre jugando al límite de la profesionalidad de los equipos, siempre megalómano —recordemos los experimentos líricos en Laboral—, Moreno ha obtenido de TVE alrededor de tres millones de euros para producir trece entregas de su espectáculo.
La cifra coincide, casualmente, con el presupuesto de un proyecto especialmente notable de los últimos tiempos: Whiplash, la película independiente estadounidense que logró, en un abrir y cerrar de ojos, cinco nominaciones a los últimos Oscar y llevarse tres de las estatuillas, entre otras la de mejor actor de reparto.

La historia de esta película es de lo más esclarecedora si hablamos de lo que «el público quiere»: su director, Damien Chazelle, había completado el guión hacía años y dormía el sueño de los justos porque nadie lo quería producir. Porque esta historia de un batería de jazz trufada de caras desconocidas y de ritmo extraño no era «lo que el público quiere ver». En 2012, su guión saltó a la fama en la Black List, que es una recopilación de guiones nunca rodados en Hollywood. Con la popularidad adquirida, Chazelle hizo un corto que barrió en el Festival de Sundance, acción que a su vez le brindó los escasos tres millones necesarios para rodar su película (que era la segunda, nada más). De ahí a los Oscar y de ahí, a que una multinacional adquiriese los derechos de distribución mundiales. Quizás, después de todo, sí era «lo que el público quiere ver».

El retorno de Moreno, entonces, bloquea el paso a que se produzca este milagro, que es lo que debería reinar en una cadena de televisión pública. La vanagloria con la que el cómico y productor gusta de decir que es un empresario y que emplea a nosécuántagente con sus éxitos tiene su espacio, por supuesto. Pero fuera de la pública.

La cadena está obligada, casi por imperativo de Estado, a proponer una alternativa en cada franja horaria que agite, que atraiga y que quizás no reviente los audímetros, pero que está llamada a marcar la pauta en el ecosistema televisivo. ¿Tiene sentido la batalla por la audiencia, a cualquier precio, cuando ni siquiera puede ingresar dinero por publicidad? No, no la tiene. La única guerra que TVE tiene que librar, y que ganar, es por que todos los Whiplash que duermen en cajones en este país, que seguro que son muchos, afloren. Moreno ya es de los que se van. Ahora, les toca a los que llegan.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 15 de marzo de 2015.]

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¡Esto no es un lujo!
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Alejandro Carantoña | 09-03-2015 | 09:00| 0

Hay escenas que repugnan en lo inmediato, en la arcada directa e instintiva. Hay otras que, en cambio, provocan una agitación algo más íntima, pero muy estremecedora, como de conciencia. Son los martillos del Estado Islámico acabando con el patrimonio milenario de Mosul, en Irak, que además permiten imaginarse con demasiada vividez la destrucción absoluta de la ciudad de Nimrud esta misma semana, excavadoras mediante.

La barbarie de estos salvajes es tal que no se contentan con apretar donde más duele, sino que se ocupan ahora de borrar todo aquello que nos convierte en humanos: esas estatuas y monumentos, que seguían en pie de casualidad —porque a nadie nos habían importado hasta ahora— simbolizaban el poso de la civilización, el peso del progreso y el paso del tiempo, tres de los pilares que conforman este mundo imperfecto aunque maravilloso.

A esta habitación de hotel, sin embargo, no llega el sonido de los martillos ni el crujir de la piedra: llega el sonido lejano y trabajoso de un violonchelo que estudia Bach a marchas forzadas para el concierto; llegan los gorgoritos de una soprano que intenta vencer al sueño antes de ir al ensayo; y respira todo él —igual que todo Bilbao— el chorreo de Bach y Händel en que se ha convertido este fin de semana, en que se celebra el festival Musika-Música en la ciudad.

Es curioso que el viernes, mientras que aquí empezaba esta celebración festiva de nuestro patrimonio musical, en Sevilla arrancase otro festival de música antigua; y en Oviedo, a su medida, otro más —el de los jóvenes musicólogos de Asturias—. Y los que habrá por el resto del continente justo ahora, justo estos días, empleando a tantos chelos y tantas sopranos y tantos músicos como estos que se afanan en hacer lo suyo, que no es más que mantener vivo lo nuestro. El poso, el peso, y el paso del tiempo.

Aquí la venta de entradas ha sido un éxito y el esfuerzo de todos, ímprobo, para brindar al público una hora, quizás dos, de auténtico disfrute, pero también para blindar eso que nunca nos van a poder arrebatar.

Porque en el silencio que separa a los Concerti grossi, o en algún pianísimo, sí se cuela el martilleo lejano de los bárbaros entre los bárbaros, recordándonos que en este rincón de la galaxia aún podemos entender —¿por cuánto tiempo?— una Oda para el día de Santa Cecilia como un acto de belleza en sí mismo y no como un acto de resistencia, como al parecer se ha convertido en otros lugares mucho menos afortunados.

No sabemos la suerte que tenemos de no tener que sortear las bombas y esperar no ser castigados por contemplar un templo de miles de años; de haber nacido y de vivir en un país, un continente donde un Museo del Prado es algo tan sagrado que algunos se atreven a pensar que es un lujo, ahora que estamos en tiempos de crisis.

Lo erróneo de esa percepción, que es todo, esconde al tiempo la tranquilidad que nos da el sentir que Bach siempre va a estar ahí, y que siempre se colará un chelo por debajo de la puerta. Pero ese martilleo lejano, esa locura enajenada y ensimismada que puede barrer en segundos el poso de una civilización entera se acerca cada vez más, como una amenaza. Y solo nos faltaba abrirle las puertas al enemigo de par en par: ¡esto no es un lujo! Hoy le ha tocado a Irak, pero mañana no puede tocarnos a nosotros. Y que siga sonando la música.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 8 de marzo de 2015.]

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Ahogados en un vaso
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Alejandro Carantoña | 02-03-2015 | 09:00| 0

Había un tuit, esta semana, que no podía decirlo mejor: «Estar más tenso que la señora de la limpieza en ARCO». Limpie una señora o un señor, limpie quien limpie, el resumen es perfecto, porque no hay edición de ARCO que no tenga su obra-chanza ganadora —este año, un vaso de agua medio lleno por 20.000 euros va en cabeza— y alguna anécdota que involucre pancartas (Óscar Murillo, de momento), polémicas y/o una gran confusión en torno a los límites del arte, materializados en la contemplación de papeleras o la pregunta, discreta, de si los apliques son parte de la instalación o no.

El caso es que, como siempre, ARCO es mucho más que eso y mucho menos de lo que cierto sector del arte querría, pero ARCO es, ante todo, un nuevo ejemplo de torpeza a la hora de comunicar qué es esto de la Cultura, por qué lo hacemos y qué sentido tiene.
La frase «arte contemporáneo» remite en la cabeza del gran público a un estereotipo muy definido, uno que tiene que ver con discursos largos, vacíos, abstrusos y carísimos. Y ¿por qué hay que darle subvenciones a esa gente?

El fracaso se extiende a otras muchas áreas, que tienen un sambenito injustificado pero arraigadísimo en el imaginario popular. Así, «cine español» sugiere desnudos integrales, historias marginales y subvenciones a raudales; y «música clásica», gente de frac, formalidad exagerada, pesadez y entradas a precio de oro.

Está más que claro que las artes tienen muchos problemas, pero que el primero de todos tiene que ver con la nomenclatura y con todos esos estereotipos. Por muchas oportunidades que se le quiera dar al arte contemporáneo, mientras que exista ese vaso de agua lo más probable es que se ahogue en él. Parece ser que el camino más corto es darle la vuelta, usarlo como reclamo, como rareza circense —que resulta ser, también, la estrategia de algunos galeristas—: es lo mismo que ocurre en las orquestas sinfónicas cuando se ponen en pie iniciativas como el ‘Concert in Jeans’ que celebrará en Madrid el próximo 13 de marzo la Hispanian Symphony Orchestra. El reclamo, aquí, no puede ser un vaso de agua, pero se le parece: los músicos usarán tabletas digitales en lugar de partituras y se animará al público asistente a usar las redes sociales.

No obstante, al pan, pan y al vino, vino: va a sonar Beethoven y va a sonar Falla. Y por muy digital que sea el soporte, la música es la que es, conque se está animando al público a acudir mediante el atajo de lo extraño, de lo singular y de lo artificioso en lugar de poner el dedo sobre la tecla precisa: ¿Por qué va a ser distinta en su enjundia, en su fondo, esta séptima de Beethoven, o este El amor brujo? Seguramente, porque el maestro va a hacer virguerías con su versión y los músicos van a brillar con luz propia.
Como aliciente, entonces, hay que aplaudir que haya pancartas retiradas, polémicas servidas y algo de diferencia en el formato, pero no hay que olvidar que esa es la guarnición y no el filete. Es ahí donde anidan los prejuicios y donde hay que incidir para que la Cultura sea asequible, comestible y digerible. Que sea, en fin, para todos.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 1 de marzo de 2015.]

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Cultura de juzgado de guardia
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Alejandro Carantoña | 23-02-2015 | 09:00| 0

Suele decirse en estos casos que no hay detrás motivos políticos, sino técnicos. Personales, en muchísimas ocasiones. Cabría añadir, también, judiciales: así, punto por punto, ha sido la cascada de explicaciones tras el enésimo cese accidentado en la cultura asturiana, el del hasta el pasado lunes (¿o el anterior?) director de Laboral Centro de Arte y Creación Industrial, Óscar Abril Ascaso.

Abril había llegado hace cosa de un año al centro gijonés, escogido por un equipo y refrendado por un gobierno que lo ha puesto en la calle aduciendo una desconcertante «falta de confianza mutua» para llevar a cabo su cometido. A renglón seguido de estos motivos técnicos, aquello de que no hay motivos políticos. Y, finalmente, el factor judicial: Abril ya ha presentado una demanda por despido improcedente.

Algo pasa no ya en Laboral —que suma, con Abril, cuatro directores en menos de ocho años de vida— sino con la cultura pública en esta región, en la que cuesta encontrar la foto del reemplazo amistoso, fluido y sereno entre directores de instituciones culturales.
Basta hacer un repaso a los ceses y nombramientos de esta accidentada legislatura que termina (contando desde las elecciones autonómicas y  municipales de 2011) para observar la inquietante coincidencia: enero de 2012, cese fulminante de José Luis Cienfuegos al frente del Festival Internacional de Cine de Gijón. Despido, bronca, juicio(s). Centro Niemeyer, por esas mismas fechas, ídem. Y con bola extra, en forma de comisión de investigación parlamentaria. Museo etnográfico de Grandas de Salime, en 2011: juicio, visto para sentencia este mismo mes. ¿Nombramiento de director para el Museo de Bellas Artes de Asturias en 2013? Bueno, un insulso intercambio de cartas y agrias discusiones más o menos públicas.

Podría argüirse que son casos muy distintos entre sí, pero el patrón se repite una y otra vez: el gestor es declarado no adecuado y la situación, entonces, toma la senda de los juzgados o tribunales en la jurisdicción más apropiada. Hay para elegir, desde lo laboral hasta lo penal, pasando por lo contencioso-administrativo.

El caso de Laboral es especialmente clamoroso porque, más que dar la impresión de que este desfile de directores no obedece al brujuleo político da la sensación de que responde, en cambio, a una doble política mucho más peligrosa: aquella que atañe a la cosa pública por un lado y otra, más opaca, que rige lo específicamente cultural.

No se trata de señalar culpables ni de sacar colores, porque esta agitación sistemática afecta a todos los partidos y a todos los niveles (municipal, autonómico y nacional, y aún agradeciendo que no haya diputaciones en medio). Así que, excluida la personificación, solo caben tres explicaciones posibles: una, los procesos de selección están mal diseñados; dos, la cultura es un imán para la incompetencia y la trapacería; o tres, aún no se ha entendido que la cultura es algo sagrado, institucional y en palabras del director de cine J.A. Bayona «cuestión de estado».

Voto por la tercera, visto que siguen siendo habituales los nombramientos y ceses de cargos técnicos (como la dirección de un museo o de un teatro o de un festival) en función de criterios de toda clase, pero que nunca, o casi nunca, se asientan en pliegos de condiciones precisos, públicos y cristalinos. Es decir, casi nunca se producen por acontecimientos o comportamientos que no fuesen conocidos en el momento de firmar el contrato inicial. Es inquietante y el remedio no es sencillo, pero sí evidente: más cultura y menos política(s). Y menos jueces, por favor.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 22 de febrero de 2015.]

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Cómo (no) recoger un premio
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Alejandro Carantoña | 16-02-2015 | 14:45| 0

Mientras que el pasado fin de semana muchos se quedaban sin sacarse el selfi más ansiado en la gala de los Goya, Xavier Artigas y Xapo Ortega, directores del documental Ciutat morta, conseguían muy lejos de allí la foto con la que habían soñado.

Es la imagen de un Xavier Trias (alcalde de Barcelona), algo sobrepasado, con el premio Ciutat de Barcelona en la mano mientras que Artigas y Ortega se alejan de él sin siquiera mirarle. Artigas no puede contener una inquietante sonrisa de satisfacción, fruto del revuelo provocado por su acto.

Ambos escogieron hacer el desplante público —aunque aceptaron los 7.000 euros con que está dotado el premio «para investigar los abusos policiales»—para darle, así, visibilidad a la misma causa que venía blandiendo Ciutat morta: la muerte de Patricia Heras.

Por hacer un rápido resumen, lo que el documental explica es demasiado fuerte para ser aceptable, o aceptado: el 4 de febrero de 2006, durante el desalojo de un local ocupado, un agente de la Guardia Urbana resulta herido de gravedad por un golpe en la cabeza y, de hecho, queda en estado vegetativo. Esa noche se detiene a varias personas (ninguna de las cuales tiene, en apariencia, nada que ver con el hecho, ya que estaban en la calle y el golpe parecía debido a la caída de una maceta desde lo alto del edificio desalojado). Ahora vienen las curvas: a una distancia considerable de allí, una achispada Patricia Heras se cae de la bici, se hace daño y es llevada al mismo hospital que los detenidos. Allí, en un batiburrillo espléndido, se la llevan a ella también y la acusan de lo mismo que al resto de detenidos. ¡Y la condenan! A raíz de lo vivido, Heras se arrojó por la ventana en abril de 2011, un año después de salir de prisión. Para todo lo demás, vean el documental. Es muy fácil de conseguir.

Pocas cosas podía haber más incómodas para Trias que entregar ese premio. El documental le deja en pésimo lugar en todo lo tocante a la gestión de la crisis que siguió a la muerte de Heras y en la extremadamente turbia política de ocultación en torno a los abusos policiales. Trias se ha limitado a repetir, desde que ‘Ciutat morta’ estalló mediáticamente en enero de este mismo año (gracias a la petición de uno de los personajes que aparecen de que se impidiese por vía judicial la exhibición de cinco minutos de metraje) que es un producto «partidista» y con «fines políticos». En la cinta se advierte, con todo, que ni el ayuntamiento ni la Guardia Urbana ni la familia del agente herido han querido participar.

Sea como fuere volvamos al premio. El documental es objetivamente bueno, está bien realizado y plantea una verdad, descubre un hecho noticiable con solidez. Plantea un debate, en fin, y suscita preguntas. Es decir que, en su propósito y alcance, es un éxito. Bien por el premio, pues.

Pero entonces, de golpe y porrazo, Ciutat morta se diluye en lo mismo que los Goya de todos los años. Se une al club de los Premios Nacionales rechazados, y lo hace con esa inquietante sonrisa ladeada de Artigas: el fuste que tiene este documental, de lo mejorcito que hay, queda herido de gravedad por el arranque de ego de sus responsables.

Lo hace porque está muy feo no recoger el premio y sí los 7.000 euros que comporta. Suena precioso esto de «investigar los abusos policiales», pero ni Artigas ni Ortega explican en qué exactamente se van a invertir: ¿en pagar sueldos? ¿En terminar de lanzar su carrera como documentalistas? ¿Dejarán pues de ser una ONG? Entonces todo lo que ellos descubran de hoy en adelante será gracias a… pues al premio que (no) rechazaron y al establishment contra el que luchan. Y eso no es luchar. Eso es un manual de cómo (no) recoger un premio. Una lástima.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 15 de febrero de 2015.]

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La quitanieves del Musel
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Alejandro Carantoña | 09-02-2015 | 09:00| 0

Hay tres frases que, aun en pleno frío, tienen el poder de hacer hervir la sangre de cualquiera, especialmente si se utilizan en el escenario de un teatro o en la redacción de un periódico: en el número tres, «Qué más dará si nadie se fija»; en segunda posición, un lucido «Pero es que a mí nadie me lo había avisado» —pronunciado fumando en una gasolinera, tostando pan en la ducha, etc.—; y, como colofón, la favorita entre todas las demás: «Esto siempre se hizo así».

Los acontecimientos que se han venido sucediendo en torno a la obra de ampliación del puerto del Musel (que prosiguen su escalada en la antología de la chapuza regional con la intervención de la Audiencia Nacional esta misma semana) quizás acaben teniendo la virtud de la legalidad, pero por lo pronto reúnen la vergüenza de esas tres posturas cada vez que un responsable abre la boca en defensa de la gestión realizada: igualito que ocurre a este otro lado de la barrera.

Ocurre con la gestión de los escándalos públicos en general —y la de los relacionados con infraestructuras en particular— que ponen de relieve, entre otras muchas cosas, una serie de tics perfectamente arraigados en nuestra sociedad, y que aún están pendientes de ser resueltos. Estos tres, en concreto: aquí hablamos de unos 700 millones de euros, el equivalente a en torno un 20% del presupuesto total del Principado para este año, pero el discurso que se oculta tras el desastroso manejo de la situación —y de su justificación— es extrapolable a cualquier otra esfera de la vida pública, privada y profesional.

Veamos: hasta la fecha, participan de este festival ni más ni menos que la Fiscalía Anticorrupción, el juzgado Central de Instrucción número 3 de la Audiencia Nacional y la Oficina Europea de Lucha Contra el Fraude de la Comisión Europea (casi nada). La respuesta de la Autoridad Porturia gijonesa es un ladrillo de 600 páginas que viene a justificar que todo está conforme a «los documentos contractuales» —o sea: «Pero es que a mí nadie me lo había avisado»—.

La trastienda, con todo, incluye el «Esto siempre se hizo así» y el «Qué más dará si nadie se fija», visto que ninguno de los implicados en aquella obra faraónica ha puesto aún el dedo sobre la tecla clave: que un sobrecoste de más de 200 millones de euros es una barbaridad (en una obra presupuestada en 579). Que la reacción, pues, se centre únicamente en la legalidad, en la letra pequeña y en escurrir el bulto es lo auténticamente grave: eso, que no es más que tratar de arreglar el entuerto y velar por no hacer más daño a las maltrechas arcas regionales, es lo secundario. Lo primero de todo es levantar la mano y asumir las culpas; reconocer, aunque sea, que si las cosas siempre se han hecho así quizás sea el momento de cambiarlas; que si ha habido que volver a planificar toda una obra quizás no estuviese bien pensada desde el primer instante; y que sí que da más porque, aunque no hubiese nadie mirando, las cosas solo pueden hacerse de dos maneras: bien y mal. Y la primera suele ser la más indicada (a la par que barata y sencilla).

Hay algo en la idiosincrasia de todos los desmanes que van cuajando en Asturias, como la nieve que acompaña este febrero gélido, que se lleva repitiendo desde hace mucho tiempo y y en muchos ámbitos. Es algo que, por desgracia, no se cura con denuncias, investigaciones ni comisiones: la nieve no se derrite con palabras candentes. Solo con sal, pala y empeño. Que es como se hizo siempre…

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 8 de febrero de 2015.]

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Comisión de agradecimiento
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Alejandro Carantoña | 04-02-2015 | 13:51| 0

Gracias, muchas gracias: Mariano Rajoy, hace hoy siete días, se paseaba (virtualmente) por las casas de todos los españoles para darnos las gracias por el esfuerzo que estamos haciendo en la salida de la crisis. Por otro lado, ayer, aunque todo sea sospechosamente ambiguo y similar, Podemos y Pablo Iglesias celebraban una no-manifestación que, en el fondo, sirve según ellos mismos para dar las gracias a todas aquellas personas cuyo apoyo ha permitido erigir en tiempo récord un no-partido en la no-oposición con un no-líder como cabeza visible, que es Iglesias.

El pobre Pedro Sánchez, último en llegar a esta orgía de agradecimientos, ha hecho suya la técnica, utilizando el «gracias» indiscriminadamente y a discreción: Sánchez agradece las propuestas, agradece los apoyos y agradece la participación de los de su partido. Así, con la lección bien aprendida, tampoco hacía mucho más que dar las gracias cuando fue mediáticamente atropellado por aquella familia catalana en el programa Salvados. «No me fío de usted», decía el patriarca con el gesto torcido. «n;Gracias», respondía el otro. Gracias, muchas gracias. Siempre gracias.

Las normas de la cortesía fijan aquello de que es de bien nacidos es ser agradecidos, puro pensamiento profundo que a buen seguro habrá calado en los gabinetes de comunicación de todo el país: primero, en el caso del PP. «Y ahora, aparte de devolver la extra por fascículos a los funcionarios, bajar un 2% el IRPF y acabar alguna autopista… ¿Qué hacemos?» Dar las gracias. Estupendo. ¿Gracias de qué, por qué? ¿Gracias porque no haya habido una guerra civil en la útlima lgislatura? ¿Gracias por haber hecho lo único posible, que era aguantar el tirón? ¿Gracias por venir? ¿Gracias? ¿”Gracias”? ¿De verdad?

Sirva Rajoy como cabeza visible, por presidente. Pero nadie se debe librar del dedo acusador del maltratado español (como idioma, digo) cuando el agradecimiento ha sido sometido a semejante vapuleo: está tan generalizado, e injustificado a un tiempo, que se ha convertido en una mera coartada para la incompetencia. Hoy, ahora, se da más las gracias de lo que se pide perdón: es como si en el centenar de casos de corrupción documentados y juzgados en democracia los acusados hubiesen dicho al juez, en un trámite vergonzante —pero aséptico y pasajero—, que gracias por haberles hecho darse cuenta de su error.

Por suerte, esta semana ha ocurrido algo por lo que creo que la mayoría de los ciudadanos, contribuyentes, jóvenes y hastiados en general sí estamos íntimamente agradecidos: es el carrusel de personalidades que está desfilando por la comisión de investigación de la fortuna de Villa en Junta General del Principado. No sabemos muy bien a quién hay que darle las gracias por tan majestuoso espectáculo, porque su auténtico valor reside en el ridículo que están haciendo algunos al negar lo evidente; otros, al tratar de esquivar lo inevitable; y los últimos, y peores, al revolverse como gato panza arriba ante lo obvio.

Es posible que pocos de ellos, al igual que la mayoría de los que hoy dan las gracias puerta por puerta o manifestación por manifestación, acaben sentados ante un juez, pero al menos habrán tenido ocasión de saber lo que se siente al no poder ampararse en el mero desgaste de la lengua, en un perdón muy poco sentido o en las lágrimas de cocodrilo. En que un «gracias» no sea bastante…

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 1 de febrero de 2015.]

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Total normalidad
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Alejandro Carantoña | 26-01-2015 | 11:24| 0

Que se halla en su estado natural, dicho de una cosa, es que se ajusta a la «normalidad». Lo dice la Real Academia en su Diccionario, ese best-seller que aún esta semana se veía obligado a defender el director de la institución, Darío Villanueva, ante algunos esfuerzos por que la RAE trampee acepciones vergonzosamente asentadas (como la de «gitano» equiparado a «trapacero»). Venía a decir Villanueva que el Diccionario es una obra descriptiva, y que por tanto ha de dar cuenta de «todas las palabras que existen» y no solo de las bonitas. De lo contrario, hablaríamos de «censura», según Villanueva. Hay que tratarlo, pues, con «normalidad».

Como planteamiento es refrescante, pero obvia que una obra como el Diccionario de ideas afines de Fernando Corripio está proscrito por muchos colegas de profesión, a pesar de su calidad general, por lindezas como las asociadas al concepto de «Homosexual», que incluyen «Invertido», «Desviado»,«Nefandario»… y «total normalidad».

O sea que no es normal. Y decir de la homosexualidad que no es «normal» no deja mucho lugar a debate: es una burrada catedralicia aunque solo sea por pura estadística. Pero habría que preguntar, en relación a este asunto, cuántos ciudadanos consideran esta opción “normal». Y posiblemente los resultados darían, como poco, miedo: puede entonces que Corripio no estuviera lanzando un órdago ideológico, sino reflejando otra vergüenza en la idiosincrasia patria.

Este ejemplo es extremo, es verdad, pero nos sirve de puerta de entrada para plantear la cuestión en todo su alcance: ¿Qué es, pues, «lo normal»? Porque en apariencia normal es casi todo y, «total normalidad”, un sintagma tan asentado (y, ejem, expresivo) como los consabidos marcos incomparables. Visto el tino de la RAE a la hora de dar una definición de lo “normal”, por lo pronto tendremos que apañárnoslas solos para dar con su contenido exacto.

Una búsqueda rápida por la prensa de los últimos días revela que lo «normal» igual no lo es tanto, porque «total normalidad» es la coletilla que sigue, rodea y recubre la salida de Bárcenas de la cárcel y todo el meollo que rodea a la causa en la que anda metido; «total normalidad» es la que reina en el Palau de les Arts de Valencia, dice la consejera de Cultura, después de que el martes pasado la Fiscalía Anticorrupción ordenase entrar a saco en el coliseo lírico y detuviese a sus máximos responsables; «total normalidad» es la que impera también en el Montepío de la Minería asturiana tras el ciclón Villa y compañía; y «total normalidad» era la que había, finalmente, en el PP de Gijón hasta antesdeayer, cuando un juez tumbó el último congreso celebrado.

La normalidad, naturalidad o como se le quiera llamar es un concepto que entre los unos y los otros se han ocupado de arrinconar en un callejón apartado y vapulearlo hasta dejarlo sin sentido. Esto, sumado a cierta mojigatería lingüística y desorientación generalizada, nos está dejando sin un punto de referencia quizás equivocado, pero bastante necesario: deberíamos decidir de una vez por todas qué es «lo normal», porque si es esto, vamos de cráneo. Otrosí, pensándolo bien, no hay que obviar que «lo normal» probablemente resulte ser sereno, plácido o tranquilo. Pausado, meditado. Aburrido, casi: y eso, se mire por donde se mire, sí que está perfectamente descartado de nuestra idiosincrasia. Será que no somos normales…

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 25 de enero de 2015.]

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Haendel desenchufado
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Alejandro Carantoña | 19-01-2015 | 09:00| 0

No, espera, suena demasiado bien. Como a disco. Pero… Sí, sí, está cantando. Un momento, esa mano, ¡esa mano! No, no está tocando. El batería sí, si no sería demasiado obsceno. ¿Cómo pueden estar sonando dos guitarras a la vez? ¡Pero si eso está desenchufado!

La escena se produjo esta semana, codo con codo con R., presenciando sin mucha atención primero y con la mandíbula por los suelos después la sublimación del show business: una de las ahora conocidas como «bandas tributo» o «de versiones» —léase imitadores de grupos conocidísimos— que, no contentos con fusilar el producto, lo estaban haciendo en playback. Absoluta fascinación, porque ni R., ni C., ni los músicos presentes en la sala podíamos dejar de preguntarnos cómo podía alguien tener tantísimo valor.

Que lo hagan Alaska, Chenoa o alguno de esos habitantes del gran escenario solo tiene como riesgo que el micrófono se les caiga, pero hacerlo a escasos centímetros del público y pendiente de un instrumento, además, requiere de un cuajo nunca visto. Hacia el tramo final del espectáculo, y a petición de un avezado espectador, sí tocaron ellos porque no tenían las pistas grabadas. Y, claro, no sonaba a disco: ni coros, ni público entregado, ni nada. Se les caía, pero algunos aplaudieron la honestidad de que, al menos, aquello no fuese enlatado.

No obstante, cuando logramos sacar la cabeza del debate y apartar la mirada de los indescriptibles triles de manos y pies, lo que había era una sala considerablemente llena y un público que se lo estaba pasando en grande bailando, coreando y jugando a su vez a ser el público de la banda emulada, ajenos al descaro con el que ponían una grabación. Felices y pasando un buen rato.

Esto fue poco después de que, también con R. y con C. y con un auditorio lleno, el martes nos estallaran en la cara todos los fuegos artificiales de Forma Antiqva, mitigados tan solo por la textura acuosa del resto del programa: esencialmente, Haendel en estado puro. Elevado, elegante, fino, macarra, sugerente, gamberro, ágil, divertido y, obviamente, en riguroso directo.

Es evidente que las emociones que provocaron en los respetables —a quien poco le importan tempos y dinámicas, y que guardan más similitudes entre sí de las que parece— son diferentes, pero no dejan de estar basadas en lo mismo: una recreación, cada cual con sus singularidades. La una, enlatada y trufada de recuerdos; la otra —la que los tres preferimos— repleta de virtud y frescura. Pero ¿qué derecho tenemos a decidir lo que está bien y lo que está mal? ¿Dónde están los límites no ya de lo culturalmente aceptable, sino de lo artísticamente potable? Siempre nos acaban endosando el sambenito de pejigueros, de perfeccionistas: Porque la respuesta era evidente para R., C. y para mí, pero no parecía quitarles el sueño a toda una tropa que solo quería los éxitos de su juventud y ver a un señor moverse en el escenario.

Que resulte obvio quizás sea una suerte para nosotros, pero da, como poco, que pensar que muy pocos se enterasen del engaño; que se considere antagónico o menos exigente o de menos valor al grupo «tributado» que al mismísimo Haendel (resulta que al primero se le puede atropellar; al segundo, no): el mismo sentido de escuchar música (siempre para disfrutar primero, para aprender después) ha empezado a perder valor merced a atajos creativos de toda clase. ¿Habrá más disfrute que la pura y simple diversión?

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 18 de enero de 2015.]

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Ahora en serio
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Alejandro Carantoña | 12-01-2015 | 09:00| 0

El terrorismo, como ese que lleva sacudiendo nuestro mundo desde el miércoles (porque no, no se ha acabado), tiene muchas cosas, pero no tiene una definición. En más de setenta años, la ONU no ha conseguido llegar a un consenso, de modo que muchos se han apropiado de él de una forma más o menos aprovechada y torticera. En España —y en Francia es prácticamente igual—, aquello que diferencia a los delitos de terrorismo de los demás es que quienes los cometan tengan como objetivo «subvertir el orden constitucional o perturbar gravemente la paz pública». Así que, ahora en serio, a pesar de lo ambigüo de la definición, el terrorismo no son las cláusulas abusivas de las hipotecas ni las leyes más restrictivas, como hemos leído en demasiadas ocasiones en los últimos dos años. Terrorismo es esto: es arrasar una redacción y sembrar el miedo, el caos y la perturbación en toda una comunidad. Terrorismo eran los GAL, y terrorismo era el de ETA. Terrorismo no es multar, condenar o incluso censurar tuits irresponsables, vídeos o portadas. Eso, por grave que sea, es otra cosa.

Ahora en serio, sin frivolidades de medio pelo: es posible e incluso necesario no estar a favor de las publicaciones de ‘Charlie Hebdo’, y decirlo alto y claro. Hoy más que nunca, hay muchos que no somos Charlie ni lo hemos sido nunca, que no compraremos ni leeremos tantas y tantas publicaciones, escritos supuestamente satíricos u opiniones que ni nos gustan ni nos suscitan la menor de las simpatías y que, a veces, nos parecen perfectamente prescindibles. Eso no justifica en ningún caso lo que ha ocurrido ni debería viciar —en ningún sentido— lo que viene ahora: casi ganaremos más demostrando una posición sana y crítica y contraria a Charlie Hebdo que suscribiéndonos. Porque lo que apoyamos no es ni lo que dice ni deja de decir, sino el hecho de que pueda hacerlo. Y poder decirlo nosotros también.

Alguien comentó con tino que la sola mención de la «provocación» que suponían las caricaturas de Mahoma es el equivalente teológico al «llevaba la falda demasiado corta». Nadie tiene derecho a arrebatar una vida ajena, en ninguna circunstancia y bajo ningún concepto. Ni siquiera aunque todo lo anterior fuera cierto; independientemente de la opinión que nos merezca Charlie: hay que sacar el contenido de sus portadas del debate.

El vídeo de ese ser que remata en el suelo a un agente bien merecería ser cortado —por respeto— pero, en cuanto a deontología periodística, bien merecería ser repetido en bucle y hasta la saciedad para dejar de trazar comparaciones ridículas: es el documento más elocuente de los últimos diez años (más o menos desde las grabaciones de las explosiones de Atocha) para dar su correcta dimensión a las cosas, para no malgastar conceptos peligrosísimos, para entender la irresponsabilidad que supone tanto coquetear con ciertos eslóganes («El miedo va a cambiar de bando») como imponer a los autores de estos penas de prisión que rivalizan con las de terroristas en prácticas.

Es decir, que sirve también y sobre todo para recordar que casi todas las batallitas periodísticas de corto alcance deberían palidecer ante lo ocurrido y sus posibles consecuencias, que repican como aquello que desgraciadamente ya conocemos pero con una escala, ahora, global, terrible y susceptible de despertar posturas más peligrosas si cabe.

Hay que aprender a disentir de nuevo, a discutir, a tomar perspectiva. A reírse, a callarse y a no hacerlo. A darnos cuenta que esta guerra —que ya lo es— es la nuestra. Y que no podemos perderla. Ni perdernos…

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 11 de enero de 2015.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.