El Comercio
img
Leer en público
img
Alejandro Carantoña | 05-08-2017 | 17:24| 0

Cuando se vean cabezas cernidas sobre algo, sujeto entre las manos, en una terraza, barra, chiringuito o toalla lo más probable es que sea un móvil. Quizás una tableta, pero rara vez un libro, una revista o un quintal de periódicos, como hace no tanto era frecuente ver.

Hay quien escoge el teléfono para leer, pero este acto no deja de ser el mismo, aproximadamente, que forrar la lectura de turno para no estropear la tapa primero y para que nadie supiese qué se estaba leyendo, después.

En las últimas semanas, en este Gijón invadido y saturado, me propuse observar y contar a personas que estuviesen leyendo un libro en público. Han sido poquísimas, pero lo más llamativo es que todas han sido (creo) extranjeras: los datos señalan que cada vez se lee más, que el sector editorial está recobrando el vuelo y que las ventas de libros electrónicos se han estancado, mientras que las de libros físicos crecen. Entonces ¿dónde están todos esos libros?

Aparentemente, en casa: es más que probable que la lectura se haya convertido en un acto privado y oculto, sin que su prestigio haya retrocedido un ápice pero, después de todo, circunscrito al ámbito doméstico. Ya no paseamos tanto los libros, ya no necesitamos un bocado de buena literatura a la hora de un almuerzo solitario o en los ratos muertos: nos basta con un vistazo al Facebook y un garbeo por la prensa digital para llenar el hueco. Solo en invierno, siguiendo con la observación, se ve el hábito entre quienes tienen que hacer trayectos tediosos a diario, y que llevan integrada la rutina de la lectura en el autobús o en el tren.

Lo ha observado un novelista, Joël Dicker, esta misma semana, aunque paradójicamente fuese a contarlo en forma de carta, en frases cortas, en un texto brevísimo orientado a orientar al lector apresurado. A ese que, a continuación, va a tuitear el artículo con una lamentación rápida de lo incultos que nos estamos volviendo.

Ese no es el caso. De nuevo, no es la lectura o la cultura lo que está en franco retroceso, sino la calma y la paz de antaño para encaramarse a novelones interminables y a textos absorbentes, de esos que si se llevan de paseo por el mundo es porque no apetece dejar de leer. Porque cualquier ocasión es buena para un párrafo, o para un atracón.

Una de las parejas que sí leía en público eran turistas de pelo cano y cena temprana. Durante los días que duraron sus vacaciones asturianas, después de comer algo, ocupaban la misma mesa del mismo sitio a la misma hora y pedían una cerveza gustosa y una copa de vino. Aquellas bebidas les duraban una eternidad, se quedaban tan quietos que nadie parecía reparar en ellos al cabo de unos minutos. Al punto, alguien los miraba con curiosidad o extrañeza, y probablemente también con envidia: «¿Cómo no se me habrá ocurrido a mí?»

El acto de leer en público no tiene nada que ver con montar el bodegón después, retratarlo y compartirlo en Instagram (y quedar más pendiente de las reacciones a la imagen que a la propia lectura), sino con encontrar islotes e incluso suscitar interés en otros. Otro experimento: dejar sobre una mesa o pasear un libro con el título y la tapa hacia afuera, y luego repetir el proceso ocultando el libro. En el primer caso, se observará que los ojos se van sin disimulo a ver qué es eso tan interesante; en el segundo, se pasa de largo. Se pierde una oportunidad, se comparte menos.

Ver Post >
Sonar en directo
img
Alejandro Carantoña | 31-07-2017 | 10:58| 0

Por la ventana abierta se cuelan los guajes jugando o la música sonando, y parece que el mundo no se ha acabado. Ya llevamos unos días con el escenario instalado en la Plaza Mayor de Gijón, con otro en la Laboral y más romerías, fiestas de prao y festivales que nadie, y el mundo sigue sin acabarse.

Incluso hemos visto cómo de Caravia a Salinas y de Gijón a Mieres la música, la folixa, el verano en definitiva se apoderaba de villas enteras sin mayores estragos. Entonces ¿por qué seguimos encallados en que en cuanto llegue el otoño se apague todo, se pare todo, se encierre en teatros y se limite a auditorios? ¿A qué ese invernal y extraordinario celo?

En las últimas semanas, los músicos asturianos han hecho un enorme esfuerzo explicativo para exponer qué piden, en qué circunstancias y lo urgente que es atajar las carencias, sangrantes, de música en directo. Así, ha quedado suficientemente claro que no se trata de blandir ideologías o de recuperar terreno conquistado a la paz vecinal, sino de encontrar el modo de que haya música (como la hay en estas fechas, y a nadie parece molestar) y surjan grupos, gaiteros, sopranos o performers por doquier.

Durante los últimos tiempos, el típico avinagrado vigilante de las esencias con tendencia a llamar a la Policía, ese que otea tras el visillo y jamás se aviene a dialogar, se ha puesto las botas. Han llovido multas en las situaciones más absurdas: denuncias por música amplificada a pocos metros de un macroconcierto, inspecciones de permisos por rencillas personales o, incluso, llamadas sistemáticas (hay documentados casos en que la Policía Municipal ha acudido, avisada por ruidos, a bares que estaban cerrados ese día).

Lo peor es que, ante estas intervenciones, la razón siempre la ha llevado quien procurase impedir un concierto. Ha sido muy complicado avanzar porque algunos de quienes consideraban injusta la normativa, con toda la razón, decidieron o tuvieron que saltársela en un momento dado, de manera que, al final, se acababan cargando de argumentos quienes se oponen tan fervientemente a acabar con esta ley seca. Y vuelta la mula al trigo: los ayuntamientos, por su lado, tampoco han hecho mucho más que levantar la mano con sus propias normativas en lugar de ajustarlas, repensarlas y adecuarlas. Ora por pereza, ora por perversidad, han postergado una solución a la ley para poder usarla cuando fuese necesario.

Hay quien ve en esta manera de proceder oscuras relaciones y tratos de favor. Presumamos que no es así, y que sencillamente se trata de una incapacidad administrativa para ponerle el cascabel al gato: incluso en ese supuesto, es muy complicado entender que de pronto se invadan barrios o se tomen las calles con la anuencia municipal y, al día siguiente, una guitarra acústica desenchufada suponga un atentado intolerable a la convivencia.

Nadie dice que sea fácil complacer a todo el mundo, dar con una solución: de hecho, es una misión imposible si no hay voluntad de ceder. Está sobradamente demostrado que, tras estos años de dique seco, el sector musical y hostelero está dispuesto a hacer ese esfuerzo, pero por el lado institucional siguen escatimando las respuestas. Siempre bajo el argumento de la contaminación y la convivencia, cuando estamos expuestos, por otras vías, a toda suerte de poluciones que afectan a los cinco sentidos. Muy especialmente al oído: el sonido y el ruido (la televisión a todo volumen, los gritos, el tráfico) siguen sin ser un fenómeno estudiado y regulado en todas sus formas, y no solo en lo tocante a la música. ¿Por qué?

Ver Post >
En el desierto
img
Alejandro Carantoña | 25-07-2017 | 15:06| 0

Es muy difícil que sesenta y ocho novelas, todas ellas, sean indignas de ser publicadas. Pero así ha sido: esta semana, los organizadores del Certamen Internacional de Novela Histórica Ciudad de Úbeda han decidido declarar desierto el premio que iban a conceder, al no considerar ninguna de ellas merecedora del galardón.

Muy grave tiene que ser el caso para llegar a este extremo: pocas veces ha ocurrido algo así. Aunque el premio carece de dotación económica, conlleva la publicación y distribución de la novela ganadora bajo el marchamo de una editorial importante (Ediciones B), así como la consabida cesión y entrega por los siglos de los siglos del libro en cuestión. Con todo, las cinco ediciones que este año se cumplen son suficiente motivo para que cualquiera se lance a enviarla o, al menos, a intentar que la vocación soñada se sustancie en libro.

Durante muchos años, los premios han significado otra cosa. Concretamente, un modo de vida: un autor de los de segunda fila, curtido en el oficio y provecto churrero literario, tenía junto al material de escritura un listado de los certámenes financiados por cajas de ahorros y ayuntamientos ociosos, y a base de relatos remozados y poesías de corto alcance logró vivir en Madrid durante al menos dos décadas. (Muy bien, por otra parte.)

Todo eso se acabó, pero las secuelas no han desaparecido. Juan Marsé denunció en 2005 que el suculento Premio Planeta estaba dado de antemano; Caballero Bonald, que solo los pequeños carecen de apaños; y según publicó un periódico nacional en una filípica empresarial en febrero de este año, fuera de nuestro país a los galardones no se les da valor alguno. Superan el millar con creces.

La pátina de prestigio para el patrocinador y para el patrocinado es evidente, pero hace muchos años que ganar un premio literario no significa lo suficiente. Ya lo contó Vázquez Montalbán en aquella entrega de Carvalho en la que un crimen retenía a la crème de la crème en una entrega, hace más de veinte años: que, al final, solo los menos mediáticos, fallados por caras conocidas para el lector más próximo o interesado, tienen un valor seguro.

Le acaba de suceder a Miguel Barrero, que con su La tinta del calamar y el mito de Rambal ha ganado el premio Rodolfo Walsh de la Semana Negra casi por sorpresa: competía con una historia también negra, también asturiana, pero firmada por Manuel Jabois (premiable a más no poder). Sin embargo, y tal y como subrayó el director del certamen Ángel de la Calle, muchos de los apoyos recibidos para aupar la historia de Rambal han venido de fuera de Gijón, de fuera de Asturias: es de suponer que de lectores entusiastas.

Así que aunque en España se lea poquísimo (más o menos el 35% de personas no lee jamás, y a mucha honra), lo mismo se lee cada ve mejor, y por tanto las maniobras publicitarias que tengan algo que ver con plantarle un enorme premio en la faja ya no sirvan de mucho.

Los últimos dos mayores éxitos editoriales de nuestro país, dicho está, han nacido y crecido a partir del boca a boca: Patria, de Fernando Aramburu, solo ha logrado el reconocimiento de los premios tiempo después de ser publicada; y el sugerente ensayo La España vacía, de Sergio del Molino, que se acerca a su décima edición, erige su base de lectores sobre un pertinaz goteo de recomendaciones.

Quizás el público, saturado en un desierto de publicaciones, busque cada vez más la guía. Ahora bien, ya sabemos que el premio por el premio no sirve. Hoy, tiene que ser merecido.

Ver Post >
Viva la diferencia
img
Alejandro Carantoña | 16-07-2017 | 11:25| 0

Barcelona nunca perderá su mar y Madrid nunca perderá su esencia, pero desde aquella llegan noticias preocupantes y, desde esta, amenazas insospechadas. Cuentan algunos corresponsales de fiar que en Barcelona, estos días, sortear turistas es misión imposible; Madrid, por su lado, recibe con un abrazo que de cálido roza el exceso, además de presentar una uniformidad inquietante en el centro otrora variado. Diferente.

Lo más fácil al mediodía es tomar asiento en algún pequeño local con mesas de madera lijada, platillos multicolores y sillas de metal gastadas. A la noche, tomar una cerveza a la luz de una barra servida por barbas impecables: el esquema se repite por doquier. El Café Comercial ha recuperado la vida, remozado en un «concepto» que recuerda demasiado al de la siguiente esquina, y al de la otra, y al de la otra.

La música se parece cada vez más la una a la otra; los barrios, sin dejar de ser irreductibles, se van nivelando. Se están fraguando dos ciudades monocromas, mecidas por tendencias, movidas por el cosmopolitismo entrepreneur y visionario.

Desde aquí, y desde allá, algunos aportan perspectiva sobre lo mucho que hay que envidiar al lejano Norte. No solo el clima ni la comida, ya se sabe, sino el buen sabor que algunos se han traído de la Semana Negra que hoy termina o de la ristra de festivales y romerías en las que ya llevamos sumidos un mes largo (y a la que le quedan otros dos).

Pasear por un Madrid grande y que no deja de respirar siempre ofrece sorpresas, como que no deje de mutar de aspecto, pero también está sometido a virajes bruscos y unívocos que a los lugareños les incomodan sobremanera. Por eso, en cierto modo, nos envidian el inmovilismo o anclaje en la tradición (según se quiera ver).

Ocurre que les fascina esto de montar una feria bulliciosa con libros en un astillero, incluso a pesar de que el invento vaya a cumplir los treinta con algún que otro achaque; admiran nuestra facilidad para invadir un prao; abrazan la sorprendente variedad de ofertas en un espacio tan reducido. Nosotros, en cambio, nos descubrimos contestando demasiado rápido que sí pero que angosta, o a lo mejor explicando todas esas rencillas que a diario nos mantienen ocupados.

A menudo los asturianos, de natural torpe para exaltar lo propio o excesivos en la celebración, necesitamos de un paseo por otras latitudes para descubrir nuestras ventajas, y también para aprender de las ajenas. De Barcelona bien podríamos importar no pocos teatros, autores, vanguardias y orgullos propios; de Madrid, la mezcla, la autenticidad, la identidad compartida y el crisol de biografías.

Todo esto no significa ni que las grandes urbes sean la meca ni que la tierrina sea la panacea; tan solo que en estas últimas semanas ya hemos asistido en Asturias a un par de conatos de boicot, a no pocas opiniones contundentes sobre una opción de divertimento o la otra o incluso a una larga lista de explicaciones —casi como pidiendo disculpas, anulando futuribles ataques— antes de inaugurar desde un festival de música hasta una corderada en un pueblo perdido.

Pero no solemos hablar de lo bueno. Y si algo bueno tenemos, precisamente, es la diferencia de poder cambiar de ambiente, de plan, de ciudad, de paisaje, ¡de música! o de chigre. Se deba a lo que se deba, es un valor que alimenta bibliotecas y llena cancioneros, y que no solemos subrayar. Así se escribe la historia, el movimiento: con esta tensión nuestra, tan incómoda a veces, tan ruidosa, se mantiene la diferencia.

Ver Post >
Viva el autor novel
img
Alejandro Carantoña | 11-07-2017 | 09:40| 0

Esta semana ha corrido como la pólvora un misterioso anuncio: por asistir a la presentación de un libro en Barcelona se ofrecían veinte euros y otros doce para comprarlo. En el paquete se incluía la condición de hacer algunas preguntas en el coloquio posterior y fotografiarse con la autora. Es decir, un trabajo de figuración.

Antes incluso de comprobar su veracidad ya era una buena historia; hechas algunas comprobaciones, es mucho mejor. En primer lugar, en el anuncio solo se indicaba el lugar aproximado, la fecha (anteayer) y la hora. Con esos datos y un mínimo de maña se podía averiguar de qué autora se trataba. No diremos quién es: ni es relevante, ni es necesario, puesto que tirando del hilo se llega a la «editorial», Letrame. En realidad no es sino una empresa que ofrece servicios a escritores noveles, desdichados o directamente malos.

En un vídeo de presentación, su fundador —que proviene, ahora sí, del sector— explica las bondades de su organización: corrigen el libro, lo maquetan y lo imprimen para empezar a hablar y por un precio módico. A este servicio se suman páginas web, entrevistas en vídeo, sesiones de fotos, productos promocionales… y presentaciones. Tanto la autora como la editorial niegan la mayor, y atribuyen el anuncio a un infundio de origen oscurísimo. La librería ha cancelado el acto y también ha puesto el grito en el cielo, aunque no deje de ser su negocio cobrar por ceder el espacio sin hacer muchas más preguntas.

A los autores que han recurrido a Letrame —igual que a tantas otras empresas de este corte— los une, en general, poseer carreras ya hechas y por otros derroteros, y que por algún motivo han encontrado que este es el momento de probar suerte con la escritura. Muchos satisfacen así una vocación tardía por contar su vida, sus ideas o sus historias; otros, los más jóvenes, tratan de abrirse camino después de no haber encontrado encaje para las obras en las que tanto creen. Legítima y libremente acuden a organizaciones como Letrame, que les cuentan todo salvo lo esencial: que es muy difícil que se profesionalicen, y que de todos los servicios que les ofrecen no necesitan ninguno más que una buena revisión, una impresión en condiciones y una palmada de ánimo. Todo lo demás (presentaciones a mansalva y promociones dignas de un best seller) sobra; aunque a algunos, como parece ser el caso de la autora, les brinda sus quince minutos de gloria. Nuestra escritora accidental ha tenido su ilusión y se ha tirado a la piscina sin pararse a pensar mucho si contenía agua (las cifras de ventas en Amazon son elocuentes), pero eso es lo de menos: ha querido publicar un libro y darse un garbeo por la gloria, y lo ha hecho.

Con el anuncio, sea real o no, algunos autores ociosos y no pocos periodistas culturales han mirado por encima del hombro a esta señora amateur que hace cosas amateurs. Con todo, callan cuántas editoriales (estas sí, editoriales) cobran a sus autores por editar sus libros o las exiguas cifras de ventas que muchos de ellos han obtenido. Sirve como excusa que la cultura no está al alcance de todos, que la crisis ha hecho estragos o que hay una conspiración de las grandes editoriales para acallar sus voces. En todo caso, reina el silencio y la condescendencia para con esta nueva forma de ilusión: su mayor delito es reconocer que «nadie» quiere editar sus obras o ir a sus presentaciones, cuando eso, lo saben bien los letraheridos de salón, es lo más frecuente.

Ver Post >
Valor añadido
img
Alejandro Carantoña | 11-07-2017 | 09:33| 0

Nadie dejó de aplaudir cuando hace una temporada se presentó el Teatro Kamikaze, una iniciativa enteramente privada que ha resucitado el madrileño teatro Pavón: sus impulsores supieron rodearse, supieron programar, llenar, vender y promocionarse. Han sabido hacerlo todo bien, todo lo bien que se pueda hacer algo así sin ayudas públicas, y por eso esta semana han presentado su nueva temporada.

Esta, sin embargo, solo llega hasta enero. El director de escena Miguel del Arco, uno de los nombres propios tras el proyecto, reconocía que es porque el proyecto «no es sostenible». Luego, añadió un eslogan que explica casi todas las iniciativas culturales racionales y duraderas: «Somos kamikazes, no gilipollas.»

Quiere decirse con esto que están dispuestos a jugar fuerte y al margen, pero que no por ello van a arruinarse ni a dejar de saltar al hueco de lo que el público busca. Es lo que se espera de un proyecto, y lo que la muy economicista y mucho economicista lógica imperante impone: en un mundo ideal, se espera de editoriales, teatros y orquestas que sean rentables, inmaculados, que no cuesten nada al contribuyente. Los kamikazes, que lo tenían todo para encajar en ese perfil, son la prueba de que ese modelo no es ni deseable ni posible: No es deseable porque de alguna forma condiciona su programación (deberán llenar con títulos sobre seguro para subsistir) y no es posible, evidentemente, porque si ellos no ganan dinero con el proyecto es que nadie o casi nadie puede hacerlo.
Al parecer, incluso el Gobierno se ha dado cuenta del problema: también esta semana ha entrado en vigor la increíble (porque nadie lo creía posible) bajada del IVA a la Cultura, del 21% al 10%, excluido el cine. Hay quien ve en el gesto una palmadita condescendiente y poco dolorosa para el orgullo fiscal, pero estos días algunos analistas han apuntado a una explicación más plausible: Montoro se ha dado cuenta de que por ahí poco iba a recaudar.

Conque, desde una perspectiva estrictamente ministerial, la creación allende lo conocido y lo establecido es un apéndice sobrante, fofo: por sí mismo no se sostiene; por la vía fiscal no es rentable para las arcas. Y entonces ¿qué futuro tiene?

No sería complicado argumentar mil y un razones por las que la Cultura es la base de nuestra civilización y el último bastión ante la barbarie, pero estos años de crisis y cuitas ya nos han enseñado que esos argumentos de poco sirven. Una vez enfangados en rescates bancarios y metidos en la harina del fin de la Sanidad, poco hay que decir sobre teatros y museos.
Sin embargo, siempre podremos subrayar algo que kamikazes e impuestos han dejado claro esta semana: que la Cultura tiene un enorme valor añadido, inconmensurable, pero que este solo sale a relucir cuando se ponen medios suficientes y se crea una base de trabajo amplia. Sin eso, limitados a exigir rentabilidad urgente, no hay nada que pueda prosperar.

Se requiere tiempo, formación (de profesionales y de público) para que todo ello aflore. De otro modo, buscando tan solo un puñado de impuestos y sometidos al dictado diario de la audiencia, la mirada se acorta y los horizontes se encogen. Cuando esto sucede, el arte se resiente y el público huye; pero sobre todo ocurre que la sostenibilidad salta por la ventana. Con ella marchan, obviamente, las probabilidades de que en el largo plazo se puedan tener instituciones solventes y profesionales de renombre. También se evapora la posibilidad de contar con grandes volúmenes de público y jugosos impuestos: no seamos gilipollas… Solo un poco kamikazes.

Ver Post >
Música y delito
img
Alejandro Carantoña | 11-07-2017 | 09:27| 0

A pocas semanas de que la cuota de autónomos vuelva a subir, reptando paulatinamente hacia los trescientos euros mensuales, y con la vendimia musical veraniega recién abierta, se ha destapado la caja de los truenos: la SGAE y la Agencia Tributaria —cuando no la Audiencia Nacional— tienen mucho que ver en el florecimiento de varios esperpentos empresario-musicales para esta temporada primavera-verano.

La primera historia empieza a escribirse hace dos años, cuando el principal promotor de orquestas de romería en Galicia y Asturias recibió una acusación formal y pública de prácticas fraudulentas en su empresa. Se le acusa de un delito fiscal de proporciones futbolísticas. La instrucción por la primera de las cuatro causas que tiene abiertas se cerró este mismo mes con la petición de doce años de prisión y multas de en torno a cincuenta millones de euros. Aún quedan otras tres.

Casi simultáneamente, y ya en Asturias, Perlora tomaba la decisión de prescindir de su romería a partir del próximo año, puesto que la SGAE le reclama doce mil euros que había dejado de ingresar en concepto de derechos de autor durante los cinco años precedentes. Los responsables, a cuya boca acudió la palabra «mafia» en la amarga despedida, denuncian la asfixia a la que la entidad de gestión los tiene sometidos (aunque no pone en tela de juicio la legitimidad de la demanda, toda vez que todo es prístino y legal).

Como una sociedad de festejos no es una televisión, no contaban con la infraestructura necesaria para paliar «legalmente» la factura de la SGAE: así llegamos a la tercera historia, también de hace pocos días. En este caso, se trata de la Operación Rueda, que desde la Audiencia Nacional ha puesto sobre la mesa las técnicas empleadas en el seno de las televisiones para recaudar derechos de autor a espuertas. Las sospechas de la Policía se centran en la emisión, en las madrugadas televisivas, de refritos musicales trabados sobre piezas libres de derechos y vueltas a registrar por misteriosos personajes, con el único fin de que generasen derechos y así produjesen ingentes cantidades de dinero. Hubo dieciocho detenidos y constancia de que altos ejecutivos de entes públicos estaban al tanto. Dos grandes grupos mediáticos, por su lado, han reconocido que es una manera «legítima» de minorar el mordisco de la Sociedad General de Autores.

Todo esto ha ocurrido en menos de tres semanas, con la campaña recién inaugurada. Nótese que nuestras tres historias no hablan de los músicos ni de los autores; que ninguna versa sobre el advenimiento de nuevas tasas ni sobre el impacto en la forma de vida: que todas giran en torno al vil metal y a la gente (casualmente, ninguno músico) que se lucra o ha lucrado con la música de maneras, ahora sí, originalísimas. Los grandes damnificados en todos los casos son intérpretes; los grandes culpables, gestores o intermediarios o representantes.

A lo mejor todos estos episodios no son sino la constatación de que el modelo musical no funciona, o que está corrompido hasta el tuétano. Ejemplifican que una regulación tan coja como la que existe en España, en cualquier nivel administrativo, solo sirve para que los más avezados busquen la trampa, y para que los menos hábiles (o más preocupados por montar un grupo, una ópera o una romería) se acaben dedicando a cualquier otra cosa.

Qué difícil dar con una receta, revertir lo presente. Qué complicado —es la gran asignatura pendiente de los ministerios implicados— hincarle el diente a las artes que escapan a la cuadrícula acostumbrada. Y qué urgente, a la vez, es darle una buena sacudida.

Ver Post >
Charlie y la fábrica de egos
img
Alejandro Carantoña | 11-07-2017 | 09:23| 0

Hace una semana que Rafa Nadal ganó Roland Garros. En estos días, como es habitual cuando obtiene un triunfo, se le han elogiado profusamente los méritos deportivos, pero sobre todo se ha repetido un adjetivo que le lleva acompañando desde que inició su carrera, desde que lo auparon al olimpo de la gente buena: es «humilde». Es algo que en el deporte manda: el prepotente, o el chulo, acabará zarandeado por la desgracia. Algo tiene de sospechoso. Y lo mismo ocurre con los autores, cineastas y artistas: ya no solo se les exige ser buenos, sino ser simpáticos.

Viene esto al hilo de un cómic muy reciente, muy bueno y muy conmovedor: acaba de editar en España Impedimenta La levedad, que es el relato de Catherine Meurisse sobre la masacre de Charlie Hebdo.
El éxito que está obteniendo no reside en su simpatía, precisamente (Meurisse, entre otras cosas, se despacha con el buenismo que siguió a la masacre); sino en el hecho de que ella se durmiese aquella mañana de enero y, así, se transformase en una suculenta y heroica figura. Aquí cuenta cómo huyó de los focos, cómo luchó para que ni su nombre ni el de sus colegas fallecidos se convirtiese en un subproducto de consumo masivo. Cómo tuvo que aferrarse, en efecto, a un ego monstruoso para poder seguir adelante y mantenerse fiel a lo que hasta entonces habían sido.

«¿Para qué destrozar?», se pregunta ante una estatua del foro romano. «¿Para qué decapitar si el tiempo ya se encarga de hacerlo de un modo más hermoso?» Le responde el fantasma de Stendhal, con las manos cruzadas en la espalda: «Probablemente el arrojo se relaciona con la vanidad, el deseo de que hablen de uno.»

Precisamente Stendhal, que fue cónsul en Roma, es alguien que legó ingentes cantidades de buena literatura: allí tradujo libérrimamente las Crónicas italianas y produjo los monumentales Paseos por Roma. Dos ejercicios a los que, vistos hoy, se les podrían haber colgado con enorme facilidad los sambenitos de ególatras y narcisistas: el primero, por haber profanado las esencias de unos textos que encontró y remozó con el fin de mejorarlos a su antojo; el segundo, por contener mucho más de él que del entorno. A Meurisse le sucede lo mismo: que no entiende por qué todo el mundo, inmediatamente después del atentado, espera de ella que se sienta de un modo determinado, que diga ciertas cosas, que exhiba emociones que le son completamente ajenas. Que se transforme, en fin, en el personaje simpático en el que toda la sociedad necesita creer: al no hacerlo (como así sucedió), la compasión para con ella y sus colegas se fue diluyendo hasta dejarlos solos de nuevo.

La nómina es larga. A Juan Goytisolo le han hecho un juicio para la historia desde que hace unos días trascendiese cómo vivió y murió sus últimos años, y por tanto se diese bula para dejar de hablar de su obra. Lo mismo a Andrés Trapiello por su trabajo sobre el Quijote, y tantos y tantos otros ejemplos en los que la condena por ego o vanidad ha conllevado el olvido para la obra.

Esta incapacidad para deslindar lo uno de lo otro es evidente en el mundo del deporte, de la política, de la cultura en general: lo bien o lo mal que caen los artistas, amén de las envidias que despiertan, nos están privando de ver el bosque. Ojalá no suceda eso con Meurisse, la última de todos ellos. Quizás ella no merezca el aplauso, pero a fe que su obra es imprescindible.

Ver Post >
Entidad y verso
img
Alejandro Carantoña | 11-07-2017 | 09:19| 0

Al poeta Adam Zagajewski le preguntaron hace dos años si le daba miedo internet, en mitad de una conversación sobre el silencio, la poesía, la infancia, el recuerdo y el fin del comunismo. Y dijo con cierta delicadeza que no, no, pero que procuraba no prestar atención a los comentarios que siguen a los artículos de los periódicos por lo «primitivos y brutales» que son algunos.

En efecto esta semana, al saberse que le habían concedido el Premio Princesa de las Letras 2017, el diario ABC publicó dos inéditos de Zagajewski: Santiago de Compostela, el primero de ellos, empieza así: «Una fina llovizna, como si el Atlántico/ hiciera examen de conciencia/ Noviembre ya ha dejado de fingir». En el campo de comentarios solo hay uno: «Vaya poeta de m…», un intercambio que viene a sustanciar la afirmación del autor de un solo vistazo.

Tiene, desde que Pre-Textos lo editó en español en 2003, un sitio cada vez más celebrado entre los lectores de poesía y ensayo —gracias sobre todo al gusto y mimo de Acantilado, su editorial habitual en España—, y seguro que el Premio sirve para expandir el número: acaba de aparecer en esa editorial un librito suyo para releer a Rilke, que seguro que sirve de puerta de acceso al poeta como lo hiciera, en su día y en la misma editorial, el de Stefan Zweig sobre los Ensayos de Montaigne.

Pero las voces como la suya son mucho más difíciles de «vender» en los tiempos que corren que las de los novelistas, o a lo mejor de los articulistas de prensa. Por eso los Premios Princesa de las Letras no acostumbran a recaer en poetas, pero también por eso aquel lector o lectriz, quienquiera que dejó el comentario al pie del inédito, encontró a su paso el texto, lo miró por encima y aún buscó tiempo para grabar su opinión en la posteridad.

Ese proceder, exactamente esa prisa y esa necesidad de valorar lo escrito (al margen del contenido, fondo o posición política de Zagajewski) se encuentra en las antípodas de su forma de hacer: los poetas como él, preocupados por la tradición y ocupados en la transparencia conceptual, suponen la última defensa ante la corrupción del lenguaje y el imperio de las prisas. Incluso a pesar de la insalvable distancia que media entre el español y el polaco, no hay verso que no tenga entidad, peso, que no valga la pena volver a leer al menos una vez. Las palabras tienen un nuevo cuerpo, igual que la peregrina ante la piedra de ese Santiago de Compostela.

Zagajewski insiste mucho, más con humildad que con pompa, en que toda esa poesía no surge del trabajo industrioso del que presumen tantos autores contemporáneos, sino de un don que se tiene o no se tiene para mirar alrededor. Añade que lo importante es «hacer algo» con ese don, y no dejarlo quieto, pero a fin de cuentas coloca el foco en una forma de mirar y no en una forma de producir adquirida.

Esto lo acerca mucho a los autores trascendentes, institucionales y «globales»: por algo vivió de niño la muerte de Stalin, el exilio le permitió palpar Europa entera y ahora conquista las Américas. Al tiempo, lo aleja del ruido en el que vivimos inmersos, y propone unas formas de escritura y de lectura de las que casi nadie se preocupa. Está dispuesto, en definitiva, a subvertir al lector y a cambiarlo no desde la posición del ideólogo inflamado que era en su juventud, sino desde una propuesta (tomar la realidad, y la palabra, y detenerse sobre ellas) que no tiene nada que ver con las velocidades y concesiones a las que nos estamos acostumbrando. Darle un Nobel parece fácil; y un Princesa, también.

Aunque hay algo de valiente, de silenciosamente combativo, en todo ello: en apostar por la entidad, el contrapeso necesario a la urgencia.

Ver Post >
Tabacalera, arroz con todo
img
Alejandro Carantoña | 11-07-2017 | 09:13| 0

Tras mucho deshojar la margarita, el Ayuntamiento de Gijón al fin ha abierto la nevera y ha mostrado, esta semana, qué ingredientes va a echar en el flamante arroz con todo de Tabacalera: algo de la Campa Torres y del Campo Valdés servirá para la base, un centro de interpretación; luego, una extensión del Centro de Cultura Antiguo Instituto dará forma al ambiguo vivero de industrias creativas y culturales; y el resto será un contenedor que sirva para suplir carencias de espacio municipales (un almacén, oficinas) y para dar acomodo al Festival Internacional de Cine (un auditorio, ¡un auditorio! y sus oficinas). Como medida de aproximación al barrio, un centro cultural «de proximidad» de tres plantas. Y una cafetería.

Con esto, por muy parapetado que quede tras el diálogo y la escucha de reclamaciones colectivas, el consistorio no se propone de mano más que aprovechar: no hay ambición ni crecimiento en la propuesta. Tampoco foco, solo parche.

Sobre el papel, no hay mala idea, pero lo cierto es que a la luz de la experiencia el proyecto tiene pocos visos de ir a tener gran recorrido: en cuanto al centro de interpretación (que no museo), viene a sumarse a la vasta colección de equipos explicativos de la ciudad en los que los lugareños pierden el interés al día siguiente de la inauguración, y que al turista le sirven para poder decir que ha visitado Gijón; en lo tocante a las industrias creativas, se vuelve a obviar el secaño del ecosistema en una ciudad y en una región envejecidas: costará llenarlo; en lo tocante al Festival Internacional de Cine, se da con un aforo intermedio, sí, pero se mantiene el problema del número de salas. Además, y dada la cantidad de cosas que se pretenden contener, no hay noticia de que el complejo vaya a contar con un puesto de dirección completo, omnipotente, necesario.

Es decir, se va a dar la circunstancia de que una parte sí se pensará de manera concreta, mientras que el resto (en todos los metros donde no se tiene muy claro qué meter) se va a acudir a la fórmula del multiusos, a posponer hasta la próxima legislatura una decisión de vital importancia.
La oposición, previsiblemente crítica con el proyecto, tampoco ha puesto encima de la mesa otra respuesta más decidida: vuelve la ambigüedad y reina la falta de ideas.

Se echa de menos, en definitiva, el puñetazo sobre la mesa que significaría renunciar a las sobras para ir al mercado y comprarlo fresco: pongamos por caso, que alguien estudiase la Cornisa Cantábrica y se diese cuenta de lo que ninguna otra ciudad del Norte tiene, y apostase todo a transformar Tabacalera en un polo de atracción, en un proyecto ambicioso y de largo alcance con la mirada puesta más allá de los reducidos confines no ya de Asturias, sino del concejo.

Podrá argumentarse que hay carencias urgentes y una falta evidente de fondos, pero no se trata, ni mucho menos, de una cuestión de dinero: hablamos de imaginación, de ambición y de determinación en políticas culturales. La ausencia de todo esto se hace patente en la falta de entusiasmo que ha seguido a la presentación del proyecto: en el mejor de los casos, ha cundido el tímido aplauso; en el peor, un decepcionado «más de lo mismo». Y esto a tres años, como mínimo, de tenerlo entre las manos. ¿Con qué fuste, orgullo y entusiasmo se van a sostener todo este tiempo los esfuerzos que van a ser necesarios para poner Tabacalera a andar?

Ver Post >
Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.