El Comercio
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Tabacalera, arroz con todo
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Alejandro Carantoña | 11-07-2017 | 09:13| 0

Tras mucho deshojar la margarita, el Ayuntamiento de Gijón al fin ha abierto la nevera y ha mostrado, esta semana, qué ingredientes va a echar en el flamante arroz con todo de Tabacalera: algo de la Campa Torres y del Campo Valdés servirá para la base, un centro de interpretación; luego, una extensión del Centro de Cultura Antiguo Instituto dará forma al ambiguo vivero de industrias creativas y culturales; y el resto será un contenedor que sirva para suplir carencias de espacio municipales (un almacén, oficinas) y para dar acomodo al Festival Internacional de Cine (un auditorio, ¡un auditorio! y sus oficinas). Como medida de aproximación al barrio, un centro cultural «de proximidad» de tres plantas. Y una cafetería.

Con esto, por muy parapetado que quede tras el diálogo y la escucha de reclamaciones colectivas, el consistorio no se propone de mano más que aprovechar: no hay ambición ni crecimiento en la propuesta. Tampoco foco, solo parche.

Sobre el papel, no hay mala idea, pero lo cierto es que a la luz de la experiencia el proyecto tiene pocos visos de ir a tener gran recorrido: en cuanto al centro de interpretación (que no museo), viene a sumarse a la vasta colección de equipos explicativos de la ciudad en los que los lugareños pierden el interés al día siguiente de la inauguración, y que al turista le sirven para poder decir que ha visitado Gijón; en lo tocante a las industrias creativas, se vuelve a obviar el secaño del ecosistema en una ciudad y en una región envejecidas: costará llenarlo; en lo tocante al Festival Internacional de Cine, se da con un aforo intermedio, sí, pero se mantiene el problema del número de salas. Además, y dada la cantidad de cosas que se pretenden contener, no hay noticia de que el complejo vaya a contar con un puesto de dirección completo, omnipotente, necesario.

Es decir, se va a dar la circunstancia de que una parte sí se pensará de manera concreta, mientras que el resto (en todos los metros donde no se tiene muy claro qué meter) se va a acudir a la fórmula del multiusos, a posponer hasta la próxima legislatura una decisión de vital importancia.
La oposición, previsiblemente crítica con el proyecto, tampoco ha puesto encima de la mesa otra respuesta más decidida: vuelve la ambigüedad y reina la falta de ideas.

Se echa de menos, en definitiva, el puñetazo sobre la mesa que significaría renunciar a las sobras para ir al mercado y comprarlo fresco: pongamos por caso, que alguien estudiase la Cornisa Cantábrica y se diese cuenta de lo que ninguna otra ciudad del Norte tiene, y apostase todo a transformar Tabacalera en un polo de atracción, en un proyecto ambicioso y de largo alcance con la mirada puesta más allá de los reducidos confines no ya de Asturias, sino del concejo.

Podrá argumentarse que hay carencias urgentes y una falta evidente de fondos, pero no se trata, ni mucho menos, de una cuestión de dinero: hablamos de imaginación, de ambición y de determinación en políticas culturales. La ausencia de todo esto se hace patente en la falta de entusiasmo que ha seguido a la presentación del proyecto: en el mejor de los casos, ha cundido el tímido aplauso; en el peor, un decepcionado «más de lo mismo». Y esto a tres años, como mínimo, de tenerlo entre las manos. ¿Con qué fuste, orgullo y entusiasmo se van a sostener todo este tiempo los esfuerzos que van a ser necesarios para poner Tabacalera a andar?

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El libro cerrado
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Alejandro Carantoña | 11-07-2017 | 09:09| 0

Mientras que el Rey y la Reina paseaban por el Retiro, en la inauguración de la Feria del Libro de Madrid, un pequeño gran terremoto sacudía Oviedo: la librería Ojanguren va a cerrar en cuanto pase el verano.

Han corrido muchos literatos y librófagos ovetenses, y asturianos, a mostrar sus condolencias de las dos maneras más frecuentes en estos casos: explicando con emoción sincera todo lo que de allí se llevaron y, además, compitiendo de alguna manera por exhibir su cercanía, su familiaridad con la tienda.

La explicación es la de siempre: la crisis económica y la del libro, si es que existen ambas cosas. Es muy difícil digerir que semejantes amenazas, de patas tan cortas y garras tan romas, hayan podido vencer a más de un siglo de historia. Entonces ¿qué ha pasado? Probablemente que se ha perpetuado el ciclo natural de los negocios que van y los que vienen, los que abren, cierran, y son sustituidos, con la salvedad de que en el caso del libro la tendencia es a la desaparición. No llega sangre nueva, o al menos no la suficiente como para garantizar la salud del sector.

Que el Rey se diese aquel paseo es importante, claro está: pero ha de quedar claro que lo es para un eslabón de la cadena (editoriales, agentes, distribuidores, mercaderes) antes que para los auténticos motores del libro: los autores.

La multiplicación de etapas entre que alguien se sienta a teclear y un librero avezado recomienda la obra a un lector curioso, hasta que se cierra el círculo, es la auténtica losa que va a acabar con los libros tal y como los conocíamos.

Hoy en día, franquicias aparte, es una tarea heroica mantener abierta una librería con unos márgenes de beneficio irrisorios, con la necesidad de vender enormes cantidades en un mundo en el que pagar por la cultura está prácticamente mal visto.

En un encuentro con algunos amigos del ramo, esta misma semana, todos decían lo mismo: nadie escribe si no le gusta lo que hace, porque ni siquiera los pesos pesados levantan el vuelo en librerías. Las cifras de ventas se han desplomado y, con ellas, los ingresos que pueden sostener el riesgo. Como único parche, quedan las subvenciones o las becas, pero es bien sabido que ese remedio solo conlleva una cosa: la corrupción y venta del autor a intereses, como poco, espurios.

El cierre de Ojanguren significa el fin de un tiempo: ir el sábado por la mañana a por una novelita, dar una vuelta por El Fontán y rematar con un vermú y una lectura agradable. ¿En qué momento dejó de ser apetecible este plan?

Quizás cuando perdimos la noción del trabajo que requiere un buen libro, o incluso uno malo. Esta cultura de la gratuidad, teñida de presunta democratización cultural, no es más que un clavo más en el ataúd de nuestras cosas importantes. El enemigo está detrás de las líneas y se llama, por desgracia, Administración Pública.

Toda vez que se instala la idea, desde la más tierna infancia, de que acudir a un museo no cuesta nada o que los conciertos que van a anegar el verano gijonés —por ejemplo— son y deben ser gratis, empieza un proceso imparable y dañino. Consiste en el paulatino recelo a entregarle 20 o 30 euros a un librero, en la progresiva pérdida de conciencia patrimonial y, en último término, en que en cuanto empiecen a aparecer novedades editoriales gratuitas en la Red, saltemos sin complejos sobre ellas. No se lee menos, en absoluto: esa batalla está ganada. Ahora, hay que lograr que además se pague por ello: el Rey se llevó medio centenar de libros… y se los regalaron.

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El fin de los mitos
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Alejandro Carantoña | 11-07-2017 | 09:03| 0

El mismo día en que a Karen Armstrong le daban el Premio Princesa de Ciencias Sociales, Donald Trump decidía sacar a los Estados Unidos del Acuerdo de París, Premio Princesa de Cooperación Internacional el año pasado: es, así, la tercera vez en menos de un año que la inefable sombra del presidente estadounidense se cuela en los galardones (o que recibe un aldabonazo por parte de los jurados).

Porque este Premio, que llega en el momento justo y entra derecho al debate candente, viene a activar la figura de Armstrong en España (no tenía página en la Wikipedia española hasta ayer), y así arroja nueva luz sobre la monumental confusión que reina en torno a las religiones y su papel en la configuración del mundo actual.

Armstrong, que forma parte de ese escogido equipo de intelectuales que han transitado el mundo de la religión desde muchos ángulos (fue monja), plantea una visión histórica y comprensiva (y empática), y que en esencia incomoda tanto a los Trump como a laicistas recalcitrantes como Bill Maher, con el que ha mantenido enfrentamientos abiertos y públicos a costa de sus críticas al judaísmo.

Su último libro, que tiene dos años se titula Fields of Blood. A History of Violence (‘Campos de sangre. Una historia de la violencia’). En él, Armstrong reflexiona sobre los puentes que unen religión y violencia desde una mirada histórica y, lo que es más apetecible, sobre el mito occidental de que la una y la otra van necesariamente ligadas.

Igual que el año pasado la concesión del Premio a Mary Beard servía para matizar y enriquecer nuestra visión del imperio (romano, en este caso), el advenimiento de Armstrong y sus ideas están llamados a servir de bálsamo al fanatismo, informar las políticas de un país tan expuesto como el nuestro al choque de civilizaciones y, lo que es más importante, atenuar la sed de venganza que cunde con cada atentado.

Que empiecen a caer los mitos, los unos y los otros; pero, ante todo, que caiga el de Trump: no hay mejor antídoto contra el odio y el griterío.

Fe de errores: En una versión anterior indicaba, erróneamente, que Fields of Blood no está publicado en España, cuando ha sido traducido y publicado por la editorial Paidós.

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Arango, vuelva usted mañana
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Alejandro Carantoña | 11-07-2017 | 08:56| 0

Hace poco más de dos meses celebrábamos la donación de Plácido Arango al Museo de Bellas Artes de Asturias: veintinueve obras maestras vaticinadas en diciembre, rubricadas con su firma y celebradas a principios de marzo (foto con los estamentos políticos incluida), y que ahora sabemos que aún tardarán en llegar unos meses. Cinco, por lo pronto.

Lo ha deslizado esta semana el director del Museo, Alfonso Palacio, que en la elegancia que viene exhibiendo desde su nombramiento ha logrado colocar el titular de que podremos verlas a partir de otoño, cuando no ha metido el dedo en la llaga de que no las estemos viendo desde hace semanas.

Palacio, concretamente, ha pintado con el positivo color de la expectativa el hecho de que la Secretaría General Técnica de la consejería del ramo vaya a tardar nueve o diez meses en trasladar las obras desde México hasta Asturias, esgrimiendo para justificar este retraso un procedimiento de concurrencia pública, un enrevesado papeleo administrativo y una complejidad técnica notable.

Probablemente, Plácido Arango ya no esté muy encima del asunto desde que dejó en un titular su alegría por la donación, pero quizás si así fuera se estaría preguntando por qué los cuadros que anunció que donaría al Principado en 2016 y que ratificó en la cesión un par de meses más tarde, de valor incalculable, no van a estar a disposición efectiva de los asturianos hasta que 2018 asome el hocico.

La respuesta oficial y oficiosa es clara: que hay una dificultad manifiesta en el proceso de hacer efectiva la donación. Pero al ciudadano de a pie le va a costar mucho comprender que tal dificultad sea tan insuperable como para tardar nueve lustrosos meses en movilizar una cantidad más bien discreta de papeles, firmas y tiempos, cuando a principios de marzo esta operación se vendía como un hecho consumado. A lo mejor es que el sistema no funciona bien, o a lo mejor se nos dice que su diseño no es óptimo.

En cualquiera de los dos casos, que un magnate se pare a las puertas, deposite un trozo significativo de sus bienes y la Administración no sepa recogerlo a tiempo (manejamos los mismos plazos con la suculenta donación de Amancio Ortega para la Consejería de Sanidad) solo denota una cuestión: ¿qué no estará ocurriendo con lo menos visible, con lo que vuela bajo el radar?

Es decir, que entre un chorro de dinero, de arte o de apoyo por la puerta es un acto que concita rápidamente las atenciones del consejero o del presidente (como fue el caso de Ortega), pero que, una vez sumido en el proceloso mar del procedimiento administrativo, queda enmarañado en una red de informes, burocracias y concursos. Todo revestido de un miedo cerval a las leyes de transparencia, todo con un ojo más puesto en la oposición política que en la consecución de lo que originalmente se pretendía: todo desprestigiado, aguado, diluido en un mar de políticas.
No obstante, la visión era simple. Un hombre llamado Plácido Arango, sospechoso de nada, acude a la región para entregarle un patrimonio que no solo es valioso, sino que por derecho ancestral o natural o atávico es suyo. Entonces, el Gobierno lo abraza, pero la Administración, llegado su turno, le muestra la palma de la mano enhiesta y le propone que antes tenga la paciencia de esperar a que resuelva sus batiburrillos internos. Espere. Vuelva usted mañana.

Por fortuna, ni Arango ni Ortega tienen intención de retractarse, y ambos poseen la generosidad suficiente como para sobreponer a estas minucias el bien superior, el objetivo que desean cumplir. Pero es bastante peligroso poner a prueba su voluntad o su determinación, tanto porque con ello se juguetea con la gasolina política que sería que retirasen sus ofertas como porque con ello se pierde la oportunidad de exhibir músculo, diligencia e interés por los asuntos que a todos nos afectan.

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Dudamel de perfil
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Alejandro Carantoña | 07-05-2017 | 13:22| 0

Existe un camino rápido —el de hacer mucho ruido— y otro muy seguro —no hacer ninguno—. El primero pasa por que cada vez que haya ocasión, y siempre escudándose en el compromiso, la claridad de ideas o la conciencia artística, se den titulares potentes. Se genera polémica, se atrae atención, se arma ruido y se acaban vendiendo libros, discos, esculturas, cuadros o poemas por palés, independientemente de su calidad.

El otro extremo abunda en la música clásica, en la ópera, en el cine, y en general en cualquier forma de producción cultural que implique a muchos agentes, muy poderosos, y que exija movilizar recursos (y dinero). Es una odiosa forma de cortesía mal entendida, de ultracorrección, que desemboca en silencios clamorosos y en existencias apacibles: así, sin pisar callos, es como se recorre el camino más seguro hacia cierto tipo de éxito.

A Gustavo Dudamel, el director de orquesta venezolano al frente del programa musical para jóvenes de El Sistema —organización estatal—, que acaba de dirigir el concierto de Año Nuevo en Viena, le ha acabado estallando en las manos la situación en su país. No es que su postura haya variado especialmente: lo han hecho las circunstancias en Venezuela. Pero Dudamel, hasta este mismo jueves, se ha empeñado en mantenerse de perfil. Ha tenido que morir uno de sus músicos para que tomase postura.

Activistas y opositores al régimen chavista lo acusan de equidistante (en el sentido más peyorativo posible) y de haber guardado silencio no por garantizar el funcionamiento de El Sistema y, de algún modo, cambiar las cosas desde dentro, sino con el fin de ordeñar su posición privilegiada mientras que fuese posible. Él siempre se ha defendido con el argumento de que lo importante eran los chavales.

Sin embargo, la situación en Venezuela se ha vuelto tan insostenible que el pasado 25 de abril Dudamel emitió un comunicado en vídeo a través de las redes. Entonces, hacía «un llamado a los líderes políticos a encontrar las vías necesarias para encontrar una salida a esta crisis». Hubo quien lo interpretó como un atrevido toletazo a Nicolás Maduro; pero, en general, ha sido interpretado más bien como un medido recurso para salir del paso.

Esta semana, con la muerte de Armando Cañizares Carrillo, han cambiado muchas cosas. El jueves, Dudamel escribía: «Hago un llamado urgente al Presidente de la República y al gobierno nacional a que se rectifique y escuche la voz del pueblo venezolano. Los tiempos no pueden estar marcados por la sangre de nuestra gente.»

Es la primera vez que se significa de un modo tan contundente. Para algunos sigue sin ser bastante; para otros, la diferencia estriba en que ya no se trata de una opinión política, sino de una crisis humanitaria. Llegados a este punto, la realidad venezolana y la confusión mediática han desplazado los hechos: todo se ha convertido en una opinión. Dudamel, que ya no está de perfil, ya es un héroe para algunos y un traidor para otros.

Algunos (muy pocos) logran recorrer carreras enteras sin verse envueltos en una situación así. Para ellos, es un éxito sortear todos estos peligros, ahorrarse la incomodidad de ser odiados, criticados, aupados, condenados, aplaudidos, examinados o condecorados. No obstante, esto suele conllevar una dejación de funciones palmaria: la crítica (que no el insulto, el odio, la furia) va en el cargo. Bien lo sabe William Kentridge, el flamante Premio Princesa de las Artes y valiosa pieza en la configuración de una Sudáfrica respirable. Sirva de ejemplo él, sirva de ejemplo lo ocurrido: por incómodo que resulte, a veces estar de perfil no es una opción.

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Incompatibles sin problema
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Alejandro Carantoña | 30-04-2017 | 14:00| 0

Hace ya tres años que saltó la liebre de las incompatibilidades entre la enseñanza y la práctica artísticas, cuando a Aarón Zapico le fue denegado el permiso para «saltarse» una clase que impartía en el conservatorio, doblar la esquina, entrar en la catedral y dirigir a la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias en el Mesías de aquel año.

Desde entonces, su situación particular no ha cambiado mucho. Por eso hace un par de semanas desató una campaña mediática y de firmas con el fin de que el consejero de Educación y Cultura, Genaro Alonso, tomara cartas en el asunto. De momento, sin éxito.
Excluida de la ecuación la obviedad de que es más que pertinente que los docentes de artes actúen, toquen y existan todo lo posible, y dejando también a un lado el prestigio o renombre del artista en cuestión (amén del ruido que pueda hacer), lo más llamativo de este caso y de todos los demás es la calma de los responsables directos. El jueves Alonso afirmó en la Junta General del Principado, preguntado al respecto, que en los últimos tres meses solo se han rechazado cuatro de las cincuenta solicitudes de compatibilidad presentadas, pero que así y todo seguirán «buscando una solución». Dicho de otro modo, afirmó que el problema no existe.
Es una forma de ver las cosas que recuerda también a los últimos avatares de Laboral, donde nada ocurre y la sentencia en contra por los despidos de sus trabajadores no es relevante y todo está encauzado y da lo mismo el cierre durante tres meses al año y tres días a semana. La lista es larga.

Previsiblemente, el siguiente discurso tendrá que ver con que existe una alianza política u oscuros intereses, cuando la realidad es que ninguna de las voces discordantes con las políticas del Principado lo hace a mala fe ni, mucho menos, alineada con algún grupo de la oposición. La prueba está en que errores se cometen siempre y en todos los estamentos, y que por tanto nunca falta la crítica respetuosa e incluso solidaria, ostente quien ostente el poder. (Harina de otro costal es la gracilidad con la que algunos personajes se han subido a estos trenes.)

Sin embargo, y en el caso concreto del área de cultura, se perpetúa una tendencia a intuir oscuros propósitos en los actos ajenos. Pero esta perspectiva no se aguanta: el consejero bien podría haber reconocido que el problema es grave y buscarle una solución (no solo anunciarlo); también está a tiempo de apearse de la defensa numantina del modo en que se han hecho las cosas. Con naturalidad y calma: esto no es Fomento, no es Empleo, no es Sanidad, no hay tantos intereses en juego ni potentísimos sindicatos afilando las armas. No le va a costar caro.

Hay que tener claro que en el ámbito cultural español en general y en el asturiano en particular lo que reina es una voluntariedad a prueba de bombas. A diferencia de otros campos, como la enseñanza, los culturetas regionales lo tienen fácil para migrar hacia aguas más cálidas: incluso la cainita Madrid es más agradecida. Sin embargo, eligen quedarse, toquen barroco o rocanrol, pinten cuadros o compongan diccionarios, y o bien nuestros líderes son tan cándidos como para creer que vivimos en la tierra de las oportunidades, o bien no se han preguntado por qué. Quizás esa respuesta se parezca mucho a la de la pregunta que nos ocupa: ¿Qué interés tienen en dar clase y conciertos a la vez? Así las cosas: ¿Quién tiene mayor interés en desfacer el entuerto?

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Rinocerose en Gijón: Guitarra y cacharro
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Alejandro Carantoña | 29-04-2017 | 09:11| 0

Y ¿por qué no? ¿Por qué no montar un concierto redondo sobre la simbiosis de guitarra y bajo y batería, madera y acero y parches, con los temidos instrumentos de la electrónica? La respuesta es Rinocerose, la banda francesa que el jueves ofreció un contundente y generoso concierto en la gijonesa sala Albéniz.

Los Rinocerose, en cuyo germen están Jean-Philippe Freu y Patou Carrié, inventaron esto hace más de veinte años. Por ahí vienen las tablas, la solidez y un sonido perfecto (con las voces de Freu algo enterradas; no así las de Bnann Watts), amén de un repertorio sólido y muy bien repartido en hora y media larga, con dos bises.

El público, en torno a tres cuartas partes de la sala, era buena muestra de lo que supone este grupo: amplio rango de edades y de expectativas. Había sitio para bailarlo, pero los de Montpellier tampoco iban a dejar con hambre a quienes aprecian, de su sonido, el fundamento «clásico» con el aderezo experimental.

El bajo de Carrié es posiblemente el mejor hallazgo, el engarce entre todas las piezas. Allá donde la mayoría de grupos tienden a sacrificar este instrumento en primer lugar en cuanto se les pone a tiro una base pregrabada o un octavador, Rinocerose apuestan por mantenerlo y potenciarlo, con una ejecución limpia y perfecta. Encima van montadas tres guitarras mimadas y precisas, sin ruido, muy limpias. Y, para rematar la tostada, programaciones equilibradas y una mezcla de percusión y batería que viste y arropa. Todo suma. Pero esto solo para abrir boca en el primer tramo del concierto.

Entonces, con las cartas sobre la mesa y un sonido definido, el recital se convirtió en una sucesión de experimentos: cuatro guitarras, ningún bajo, percusión y voz; guitarra española, dos eléctricas, bajo, batería y programaciones; y así sucesivamente. Al término, quien iba buscando los temas reconocibles o bocados de su último trabajo, Angels and Demons, se fue satisfecho; quien esperaba dejarse llevar y bailarlo sin más, también.

Sorprende que, tanto tiempo después, este grupo con una base de seguidores sólida y fiel siga sin tener el predicamento suficiente (menos aún en su país). Quizás les falten himnos o les sobre osadía a la hora de cruzar fronteras musicales, pero desde luego tienen mucho más que decir que demasiados que han intentado usar su fórmula y se han quedado en la simple sustitución de guitarras por cacharros. Ellos pueden con todo.

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Variante tabacalera
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Alejandro Carantoña | 23-04-2017 | 14:00| 0

Siguen saliendo camiones y camiones cargados, vaciando, excavando, preparando esa obra que nunca termina. Se remueve la maquinaria, cruje la piedra, se «actualizan» plazos y presupuestos y los contratiempos se suceden. Parece que esto nunca va acabar. ¿Hablamos de la Variante de Pajares o del edificio de Tabacalera en Gijón?

De cualquiera de las dos, después de que este jueves el ayuntamiento playo haya reconocido que las obras de consolidación del emblemático edificio no estarán terminadas para este mes de agosto, como se preveía, sino que tienen un nuevo horizonte en principios de 2018. Con el previsible mareo de perdiz en torno a su uso es posible que nos situemos en 2019 y, por tanto, en nuevo año electoral. Salvo que la actual corporación logre un acuerdo sobre el nuevo uso o relleno y lo deje atado —escenario improbable—, volverá a rodar la pelota, y así pasarán otros dos años que sitúen la ansiada apertura en 2021.

Es el mismo año en que estará listo el macrotúnel, siendo optimistas, según se nos contó también esta semana. La cosa está, sin embargo, en que la gran infraestructura y la recoleta fábrica de tabacos llevan sometidas a escrutinios, idas y venidas prácticamente la misma cantidad de tiempo, cuando salta a la vista que la complejidad de darle viabilidad a la primera es enorme y, en el caso de la segunda, puro trámite. Pero ahí seguimos, encallados, y viendo la grúa girar sobre una Cimavilla que languidece.
Probablemente esta sea la primera vez en décadas que el Ayuntamiento de Gijón se enfrenta al reto de erigir un equipamiento cultural en mitad de una crisis económica, y que encima Tabacalera constituya, en el ámbito asturiano, el primer reto de creación completo de los últimos diez años. Todo lo demás han sido actuaciones para tratar de mantener lo heredado de tiempos de bonanza con más o menos éxito (léase Laboral).

La respuesta al reto es una sucesión de dudas sin resolver; un peloteo en el que conviven la opción de la consulta ciudadana, cosmética y no demasiado rigurosa, y la voluntad, expresada por la alcaldesa el pasado jueves, de servirse de Tabacalera como contenedor del Festival de Cine, de un auditorio y de otras carencias de la ciudad. Pero si algo está claro, además de la falta de acuerdo, es que a día de hoy no hay prisa por concluir el equipamiento, visto que en el consistorio nadie acaba de tener clara la senda que debe tomarse.
Entre tanto, el tiempo corre, aunque no lo parezca. El balón de oxígeno que supondría un proyecto así es urgente para la ciudad y el barrio, toda vez que estuviese bien trabado, firmemente asentado en el sector cultural y convenientemente liderado por la administración. Ni siquiera es una cuestión de dinero o de política —los dos grandes males que aquejan al túnel de marras— sino de análisis, de diálogo y de entusiasmo. Lo primero se puede conseguir con profesionales; lo segundo, con calma; pero lo tercero solo puede salir de pulsar las teclas adecuadas y al alimón.

Es lo que más complicado se antoja en estos tiempos de supervivencia, de egoísmo, de falta de altura de miras: igual que una infraestructura como la variante tiene un principio y un fin, una entrada y una salida, conviene empezar a asumir que los lugares como Tabacalera solo pueden ser si son invadidos, tomados, disfrutados y exprimidos por las ciudades enteras. De otro modo, no serán: solo nos quedará, allá por 2030, otro cascarón medio ahogado para los anales del despropósito y la desproporción. Aunque, al menos, habrá un túnel por el que escapar.

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Inédito y original
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Alejandro Carantoña | 16-04-2017 | 14:00| 0

Mientras que las colas para ver el Guernica, de Picasso, inundaban el centro de Madrid para volver sobre lo infalible o conocer lo esencial, alguien encontraba otro inédito de algún autor fundamental, añadiendo otra tarea cultural a la lista. Cada semana se alternan los aniversarios, centenarios y efemérides para guardar, como la del famoso cuadro, con los hallazgos de supuestos prodigios hasta ahora desconocidos de nuestros primeras espadas: el último del que tenemos noticia, de este mismo jueves, un libro con treinta y seis poemas de Juan Ramón Jiménez que nunca habían visto la luz. Y así, semana sí y semana también: que si un velázquez por acá, que si un disco de los Beatles por allá…

Pura mercadotecnia, después de todo: apenas se han dado casos en que estas oportunas resurrecciones no hayan beneficiado a algún pariente ocioso y hayan dejado el sabor de la indiferencia en los espectadores, lectores o seguidores. Por lo general, si una obra había pasado a mejor vida o había sido olvidada había buenos motivos para ello.

Sin embargo, en todos los ámbitos de la cultura se hace cada vez más frecuente aferrarse a estos clavos ardiendo, a estos caballos de batalla: el fenómeno va desde esta necesidad por contar, recontar y volver a contar otra vez algún acontecimiento histórico sin aportar muchas novedades al respecto hasta la moda por resucitar series de televisión, cine, cómic o novela para arrastrar a sus seguidores originales y forjar nuevas generaciones detrás.

Es más, hace poco se publicitó que Pepe Carvalho, el esencial personaje del desaparecido Manuel Vázquez Montalbán, va a volver a las librerías el próximo año, pero será merced a la pluma de otro autor. Ya ni siquiera habrá un esfuerzo por maquillar el engaño, sino que se prometerá una refundación de la saga, una continuación prescindible, un reconfortante asidero al pasado,  un ejercicio de estilo que a lo mejor interesa a alguien, pero por motivos que poco tienen que ver con lo genuino y necesario.

Hay quien achaca esta corriente a la falta de ideas del tiempo en el que vivimos, pero en realidad no se debe a nada que no se haya producido siempre: a explotar el miedo (lógico y natural) a lo desconocido, a escapar del riesgo comercial y también, por qué no decirlo, a que ya hayamos aupado a la categoría de «clásicos imprescindibles» tantas cosas que casi hay que dedicarse a ellas a tiempo completo.

Si mezclamos estos tres factores, resulta que antes de poder empezar a contemplar nuevos cuadros o descubrir nuevos autores debemos descubrir y aprehender todo lo de los «clásicos», lo cual ya conlleva un trabajo notable. Si, además, la gallina de los huevos de oro sigue poniendo con un goteo de inéditos o de resurrecciones, la tarea se multiplica: ahora hay que leerse otros treinta y seis textos de Juan Ramón antes de poder permitirse olvidar Platero y yo y pasar a algo más interesante.

No se nos ofrece alternativa ni escapatoria: mientras que grandes empresas sigan copando el panorama e Internet siga suponiendo un factor de competencia añadido para las artes, el riesgo seguirá disminuyendo y esta falta de frescura seguirá ganando terreno, hasta que el refrito se instituya y domine el mundo de una vez por todas.

Son tantos defendiendo y reivindicando tantas cosas, tan diversas, y al mismo tiempo, que se nos ha arrebatado el criterio y se ha proscrito quejarse, por ejemplo, del timo que suponen las vueltas de tuerca anuales a Michael Jackson, al fondo beatle o a tantos y tantos subproductos literarios, amén del estropicio de Star Wars.

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Fuera del mundo
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Alejandro Carantoña | 09-04-2017 | 16:57| 0

Tanta es la distancia con la que vemos a ETA en el retrovisor que en el último barómetro del CIS, publicado esta semana —la de la escenificación del desarme—, la banda terrorista ni siquiera aparece. Últimamente, en el capítulo de preguntas de respuesta espontánea sobre los mayores problemas de España, del primero al tercero, obtenía unas décimas. Ya, ni eso: el sucedáneo más próximo es el terrorismo internacional y los encuestados, entre los que lo han señalado como el primer, segundo o tercer problema más grave, suman apenas el 0,6% de inquietos.

Podemos dar a ETA por derrotada, relato de su defunción incluido, merced a la insistencia de quienes nunca dejaron de contestarla, a quienes nunca perdieron el valor de narrarla y, también, a cierta capacidad adquirida para sacar su discurso de nuestro mundo: para procurarles un destierro.

Mientras, la nueva amenaza a nuestra parcela de civilización —ese yihadismo retorcido y torvo— le asestaba a Europa un nuevo hachazo el viernes, en Estocolmo. De Norte a Sur y de Este a Oeste, entre la preocupación y la furia, se le busca un antídoto a esta nueva manera de ataque, insólita y desconocida en estas dimensiones y hechuras: han cambiado las normas de circulación en el espacio Schengen esta semana, se han multiplicado los recursos policiales y militares, pero sigue faltando el relato con el que aquí se le ha dado la puntilla al terrorismo: la capacidad de sacarlos del mundo, de desterrarlos.

Existe miedo, como vemos en la estrambótica campaña electoral francesa, a dar ese paso, a ejercer ese destierro: los tambores xenófobos que recorren el continente no son sino una concesión al discurso del enemigo, a ese que pretende imponernos. Y en su terreno nunca se puede ganar: hay una diferencia sustancial entre hablar de ellos y hablar en sus mismos términos.

Este es precisamente el motivo por el que la literatura, la música, el arte y el teatro que visten y conforman Europa son tan esenciales en este momento; porque, en el plano del discurso, somos invencibles. Si desplazamos todo eso, si nos lo quitamos de debajo de los pies, nos estamos arrebatando solos el mismo suelo que nos pretenden quitar: no habría que olvidar que ETA solo tuvo atisbos de victoria y solo pudo existir mientras que consiguió que reinase el ruido o acaso imponer su silencio.

Es tan evidente que este nuevo enemigo está intentando lo mismo que por ahí hay que empezar la defensa. Basta de competir por ver quién sufre más, quién tiene una opinión más contundente sobre qué pasa y por qué pasa, basta de tratados de barra de bar sobre lo que son las religiones y la historia de los pueblos: la respuesta a esta encrucijada está en ese libro que tanta pereza nos da leer, en esa película que no vamos a ver o en ese museo que no se nos ocurre pisar si no es para colgarlo en Instagram.

Volver a esos fundamentos, volver a esa idea nuclear y primera —y no tratar de componernos una personalidad por simple oposición a la barbarie— es lo más importante que podemos hacer. No hace falta mucho más que entender qué se está atacando, sin importar el quién o el dónde o el por qué, y tener claro que eso es sagrado, y protegerlo, y abrazarlo, y reivindicarlo.

Ese ataque tiene que ver fundamentalmente —ya lo vimos con Palmira— con las vértebras de un pueblo, que vienen a ser su cultura. Por eso no es ni frívolo ni irresponsable consumirla y celebrarla hoy: es, de hecho, lo más valioso y valiente que podemos hacer.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.