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Concursos e idiomas
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Alejandro Carantoña | 04-12-2016 | 17:32| 0

Thierry Frémaux es el director del Festival de Cannes desde hace diez años. Buscando, buscando, no he logrado confirmar un extremo esencial para el buen desempeño del puesto: las certificaciones académicas de Frémaux solo alcanzan un grado en historia social. Ni rastro del certificado B2 de inglés ni del C1 de español, requisitos clave para la dirección del Festival Internacional de Cine de Gijón según las bases del concurso público que estos días dirime quién llevará las riendas del festival.

Con la esperanza de encontrar un perfil suficientemente cualificado, nos vamos un poco más cerca. José Luis Rebordinos, director del Festival Internacional de Cine de San Sebastián: este el C1 en español lo trae de serie, pero tampoco hay constancia de que se haya sacado el B2 en inglés (es licenciado en Pedagogía Especial). Quizás hubiera podido presentarse Piers Handling, al que se le supone un dominio suficiente de la lengua de Shakespeare después de veintidós años comandando el Festival Internacional de Cine de Toronto, pero no así de español. Lástima.

El otro requisito, que todos ellos cumplen, es al menos tres años de experiencia al frente de festivales y certámenes de este ámbito. Así que con un título de inglés que nadie tiene (ni siquiera quien esto escribe, a pesar de ser traductor e intérprete del idioma) y tres años de organización a las espaldas, se puede acceder a un sueldo y a un Festival relevante. Está por ver quién lo logra, previo paso (advierten las bases de la convocatoria) por una posible entrevista en inglés para acreditar los conocimientos.

Tras muchas idas y venidas, se ha tratado de revestir de criterios técnicos una decisión que, tal y como estamos, probablemente debería ser «a dedo». No porque no esté bien convocar concursos públicos y brindar oportunidades, sino por el sencillo problema que plantea que representantes políticos y hosteleros que pueden tener o no amplios conocimientos en cine (nadie se los ha exigido para ocupar el cargo que ostentan) se vean en la tesitura de seleccionar a alguien que, efectivamente, los posea. Tampoco de idiomas: ¿quién de los presentes en el tribunal de selección posee, en efecto, un B2 de inglés?

Tres años de experiencia y un sueldo elevado, pero posiblemente fuera de mercado por lo bajo (un máximo de 44.000 euros brutos), constituyen los puntales de un proceso de selección que si sale bien será por suerte.

El requisito lingüístico suena a elemento de corte destinado a excluir a algún que otro candidato en concreto, o quizás a orientar la decisión final, pero tiene un pobrísimo encaje técnico: puestos a pedir, quizás hubiera sido más importante dominar el francés. Y, desde luego, si quien supere el proceso resulta ser de otro país que no sea España, es como poco llamativo que se le requiera un dominio mayor de inglés que de español, que a fin de cuentas es la lengua oficial del lugar donde se celebra el festival.

Con todo, y siendo bien pensados, si el criterio ha sido puramente técnico también es erróneo. Es de otro tiempo que se pida un dominio acreditado y académico de inglés a la dirección del festival cuando ese no es criterio para ostentar, pongamos por caso, la concejalía de turismo o la dirección del Teatro Jovellanos, que acoge espectáculos en gira provenientes de otros países.

De hecho, a nadie más en la región se le pide que sepa hablar ningún idioma en particular: ni al director de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, ni a la directora de Laboral, ni al del Bellas Artes. ¿A partir ahora será norma?

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Fundido a negro
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Alejandro Carantoña | 27-11-2016 | 11:34| 0

Poco importan las siglas políticas cuando la armonía es total: si bien el lunes pasado se certificaba la defunción de los Premios Líricos Teatro Campoamor de Oviedo, sobre los que ya está todo dicho, este jueves se rubricaba en la otra punta de España otro desmán en la misma línea, aunque peor: el Teatro Villamarta de Jerez de la Frontera echará el cierre definitivo el 31 de diciembre, por mor de la no aprobación del presupuesto municipal. Veintisiete trabajadores a la calle y una temporada (modesta, pero temporada) de ópera menos. En Oviedo, la refrescante y horizontalizante iniciativa que democratizará la cultura local se debe al empeño de Somos y al silencio conveniente de PSOE e Izquierda Unida; allá, han sido los votos en contra de Ganemos y del PP al presupuesto municipal los que han refrendado el cerrojazo: las siglas, de nuevo, no importan. La armonía es total.

Así que, por lo pronto, los vientos de cambio que soplan acá y allá solo están sirviendo para que se multipliquen cierres y mermas, bajo toda clase de pretextos. Y vendrán más, seguro, en cuanto tengan que aprobarse unos Presupuestos Generales del Estado que ya se antojan imposibles: en la variedad está el gusto; en el debate, el enriquecimiento; y en esta cosa que se practica últimamente en el ruedo español, la catástrofe. Estas corporaciones de siete cabezas ya deberían tener claro que nuestras arcas públicas tienen mucha menos resistencia a las tomatinas constantes que a una ópera de Bellini.

Antes del «fin del bipartidismo» al Congreso se iba a quejarse y al Ayuntamiento, a empadronarse. Ahora, que se supone que iban a servir de algo más, se han convertido en núcleos de metapolítica, en los que se habla del quién, del cómo y del porqué, pero no se tratan los asuntos en cuestión. Todo esto desemboca en la inoperancia total a la hora de tomar decisiones, en una parálisis que tiene (mucha) pinta de ir a ser bastante más dolorosa que la peor de las crisis y en daños irreparables por la palmaria falta de agilidad y eficacia.

La epítome de esta deriva se produjo el miércoles. Es sintomático del momento en el que estamos que, nada más conocer la noticia del fallecimiento de Rita Barberá, muchos eligiésemos declarar un «black miércoles» de redes sociales y un periodo de ayuno informativo de al menos 24 horas. En efecto, el brevísimo garbeo por el patio a eso de las ocho de la tarde reveló derroches de odio de lado a lado de la trinchera y un debate, que llega hasta hoy, sobre minutos de silencio y culpables y formas. Sobre el fondo —si es que hay fondo en un infarto fulminante— ni una palabra.

Cualquiera con un mínimo de experiencia puede, llegados a este punto, adivinar por dónde van a ir las reacciones a esta o aquella noticia, que ya sin excepción estará sometida al imperio de lo superficial, de lo inmediato. Lejos de hablar más, gritamos más fuerte, y lo que a priori hubiera podido ser un debate fructífero acaba por producir más y más silencio. El resto, se deshecha: quizás la noticia de este viernes —en las páginas de Cultura al menos— hubiese sido que Paul Auster saca nueva novela el año que viene. En cambio, andamos enmarañados en el legado de Roberto Bolaño y en la construcción de un peloteo improductivo sobre adscripciones, afiliaciones y preferencias del universo juntaletras. Y entonces dejamos de entrar al trapo, nos retiramos con prudencia al ver los debates encenderse, lo dejamos estar. Es o eso o consagrar nuestras vidas a tener opinión sobre todo, a ser actores, a cargar de significado hasta unas rebajas de viernes. Ya no hay refugio para el silencio.

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Comisión de Cultura
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Alejandro Carantoña | 21-11-2016 | 13:49| 0

Esta semana, con el baile de «la otra» comisión en el Congreso, la de Exteriores; y con la de más allá, la de Peticiones, quizás nos haya pasado algo desapercibida otra más: la de Cultura.

Esta semana, han comparecido ante esta Comisión el escritor Lorenzo Silva; el presidente del Teatro Real, Gregorio Marañón; y Belén Herrera, representante de la Plataforma Nuevos Creadores. De los tres, probablemente el testimonio de más peso y más interesante haya sido el de Silva, por la sencilla razón de que era el único que actuaba en su propio nombre y desde la experiencia, y por tanto no estaba sujeto al guión de instituciones, patronatos o asociaciones.

A lo largo de sus veinticinco minutos, Silva se dedicó esencialmente a defender los derechos de propiedad intelectual de quien se dedica a la escritura, pero también puso sobre la mesa, en la primera mitad de su intervención, una semblanza muy valiosa de su oficio y de su situación personal.

No hubo lamentos o quejas, aunque sí dejó claros dos datos que a sus señorías posiblemente les hayan sorprendido o, a lo peor, les hayan entrado por un oído y les hayan salido por el otro: primero, que como escritor profesional lleva abonada a las arcas públicas una suma «de siete cifras» —según él, muy superior a los ahorros que ha atesorado en dos décadas de carrera—. Esto tendría algo menos de importancia de no ser por el segundo detalle: que su profesión no existe. Al menos, fiscalmente hablando.

A efectos de la Agencia Tributaria, todo juntaletras cae dentro de la conocida categoría de «pintores, alfareros y ceramistas», puesto que no existe una de «escritor». No es vaguedad legislativa —hay categorías específicas para todos los niveles de artistas de circo, toreros, actores o realizadores cinematográficos—, sino por pura vagancia del ramo cultural y la protección de las instituciones a los creadores.

Silva no se quejaba especialmente de ser un pobre, sino que ponía el dedo en la llaga por los múltiples errores de salto que hay en la estructura fiscal y tributaria de los artistas y que, anunciaba, tantos disgustos han costado a tanta gente desde que estalló la crisis. Por no hablar de lo que la Agencia Tributaria en parte y la Seguridad Social, sobre todo, dejan de ingresar con impuestos abusivos a ingresos exiguos.

El caso es que esta semana también hemos sabido que el actor Carlos Olalla (un rostro para nada extraño, para nada principiante) lleva una semana pidiendo para comer en el Metro de Madrid. Llega la noticia poco después de aquel estudio que establecía que solo el 8% de los actores profesionales viven de su profesión, y que la mitad del resto no llega a 3.000 euros anuales: es decir, poco peso tributario, poca atención legislativa.

Uniendo las dos historias, el resultado es un panorama de las grandes ciudades rebosantes de escritores en ciernes y de actores ansiosos, pero que, con muchísima probabilidad, acabarán viviendo de otra cosa: el Premio Nacional de Poesía Joven Constantino Molla (se ha fallado esta semana) trabaja en un supermercado.

La gente como Silva aún plantea que esto puede dar más de sí. Han vivido mejores años, en los que los impuestos y cotizaciones eran un mal necesario (incómodo, pero necesario). Otros, los que han venido después, empiezan a dudar que sea posible, y más en la medida en que el Gobierno descuida estos flecos o evita estudiar e informar convenientemente de qué esfuerzos exigirá en cada punto de una carrera. Seguramente, algo así gozaría de más atención en la Comisión de Peticiones…

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En defensa de los Premios Líricos
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Alejandro Carantoña | 17-11-2016 | 03:14| 0

Cierre de los Premios de este año. Foto: Mario Rojas/El Comercio

En el año 2015, la prestigiosa English National Opera perdió el favor del Arts Council, la institución que administra las subvenciones a la cultura en el Reino Unido. La ENO había perdido público a mansalva y se había convertido en una trituradora de dinero, pero el Arts Council no se limitó a cerrar el grifo. En cambio, obligó a la ENO a adoptar medidas que evitasen su cierre. Siempre estuvo claro que el problema no era la ENO, sino cómo funcionaba. Es el principio opuesto al predominante en España en general, en Asturias en particular y, ahora, en Oviedo.

La decisión del gobierno local de acabar con los Premios Líricos Teatro Campoamor, vaticinio de demoliciones de más alcance, tiene una justificación económica (260.000 euros de presupuesto) pero un trasfondo ideológico, en tanto en cuanto la pujanza del teatro lírico en Oviedo está ligada en el imaginario político y social al gabinismo y a la derecha. Son motivos demasiado endebles para arrasarlos: asignarle a la lírica una ideología o pintarla con los colores del elitismo es no tener ni la más remota idea de quiénes la habitamos y la amamos. Y que es un derroche económico por definición es un argumento que no merece siquiera comentario.

Así que, tras progresivos recortes, ha llegado el momento de saltar de 260.000 a 0, con un perjuicio que no empieza por los profesionales que dejarán de trabajar ni por los premiados y jurados: los principales damnificados serán quienes decidan emprender una de las carreras artísticas más difíciles que existen (en cualquiera de sus facetas, que son muchas) y la propia ciudad de Oviedo. Los mimbres estaban ahí: hay toda una hornada de cantantes, directores musicales y escénicos, técnicos, músicos y un interminable etcétera que hemos intentado arrancar carreras aquí poniendo sobre la mesa compromiso, esfuerzo y asumiendo costes notables, pero que al menos tuvimos la ocasión de descubrir lo que es el teatro lírico profesional porque lo teníamos en casa. Así es como nos pegamos un tiro en el pie, abundando en la negación de que Asturias críe, albergue y proyecte a profesionales y creadores como todos los (muchos) que hoy desarrollan carreras internacionales. Por no hablar del suicidio de la posibilidad, que estaba al alcance de la mano, de ser la capital del teatro lírico del cuarto noroeste de la Península todo el año y de Europa puntualmente.

Es posible —no soy gestor— que la lírica haya sufrido errores de gestión, o que haya consumido cantidades excesivas de recursos. Pero incluso aunque fuese así, el hecho es que Oviedo ofrece más de treinta funciones de ópera y zarzuela escenificadas al año y los únicos premios del sector en España, y que tiene una cantera a la que ahora le muestran la salida sin miramientos.

El debate, entonces, puede ser si el modelo de gestión es el adecuado, pero en ningún caso debería ser una opción mermar ese patrimonio. Que no se hayan agotado los esfuerzos por mantener los Premios solo es síntoma de que no existía voluntad de hacerlo (alguno se sorprendería de saber cuántos primeras espadas arrimarían el hombro de habérselo pedido); y que su futuro lo decidan políticos en un salón de plenos, de que el único error ha sido dejar a merced de las ideologías lo que debería estar en manos especializadas.

A nadie se le pasa por la cabeza demoler el Niemeyer, vender como chatarra Laboral Centro de Arte o prenderle fuego a la ampliación del Bellas Artes: no solo por lo absurdo de derruir lo construido, sino porque eso ya no tendrá remedio.

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Palabras entre los dedos (en la muerte de Leonard Cohen)
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Alejandro Carantoña | 11-11-2016 | 18:47| 0

Más allá de la textura (musical, técnica) de sus canciones, lo más prodigioso de la producción de Leonard Cohen es, precisamente, su textura literaria. Igual que ha ocurrido con Dylan, que lleva algo más de andamiaje musical, o con cualquiera de sus coetáneos, el poder reside en la palabra hablada. Es el motor a menudo, pero en otras ocasiones parece que la inercia del texto ha acabado por hacer aflorar nuevas palabras, como si se autocompletase.

La voz grave y la postura monolítica hacían que cada verbo retumbase como si no hubiese otro: exactamente, en la precisión poética y vital de Leonard Cohen hay algo de inquietante, hay una solidez a la que pocos creadores han tenido acceso. Hay un libro espléndido, ‘Conversaciones con un superviviente’, que escribió su traductor al español, Alberto Manzano, y que lo subraya en las charlas que corresponde a los años más misteriosos de Cohen, que al mismo tiempo son los que tienen más luz. La luz del Mediterráneo que alumbró a Lorca y, de rebote, a él mismo; y sobre todo, la luz de la isla griega de Hydra.

En ese contexto, en el año 1988 aparecía una conversación entre Manzano y Cohen en la revista ‘Ajoblanco’. El traductor le pregunta a bocajarro por ‘First we take Manhattan’ —concretamente sobre el verso «me guía la belleza de nuestras armas»—, y Cohen le contesta, sencillamente: «No serviría a los intereses de nuestra estrategia revelar la naturaleza de nuestras armas.»

Ese tipo de sentencia lacónica, bañada por un sentido del humor impenetrable, forman parte de un personaje al que pocos han podido acercarse. Con toda la intención, y lejos de los traumas que el propio Dylan ha exhibido siempre, en este caso Cohen se convierte en esquivo para preservar sus canciones, para «vivir para siempre», como dejó dicho hace apenas dos meses.

En el perfil que hace menos de un mes le dedicó el ‘New Yorker’, firmado por su director, David Remnick, Cohen también hablaba con serenidad (y desgarro) de la muerte de Marianne, sí, esa Marianne. Cuando este verano la musa de Cohen murió, hubo un pequeño intercambio de correos electrónicos que se hicieron inmensamente populares muy deprisa. Remnick no puede dejar de preguntarle por qué permitió que trascendiese algo tan personal: «Porque está unido a una canción», le dijo Cohen. Y por eso, le parecía bonito y necesario.

Todo lo demás es serenidad y un traje impecable: de ese perfil sobresalen dos detalles que confirman todas las intuiciones sobre el cantautor. Primera, que «tenía muy claro qué público quería» antes de tenerlo. Segunda, que ya de muy joven «aprendió a doblar los trajes para que no se arrugasen» en los viajes y giras.

Así es como se erige una figura, y una voz, puestas al servicio de la palabra. No solo con el fin de realzar los versos obsesivos (‘Hallelujah’ le costó cinco años de trabajo), sino de seducir a públicos —y al sexo opuesto en particular— de una manera insólita, pero tan honda que hoy todos le lloran.

No se trata de tristezas y melancolías, sino todo lo contrario: de hecho, él nunca se ha regodeado en la inmensa dificultad de lo escrito, leído y cantado, sino que ha barrido bajo la alfombra de sus canciones, libros y dibujos todo el «desorden» y «suciedad» —palabras suyas, en Oviedo en 2011— que escondían detrás. Eso se lo lleva con él. Quedan, pues, las palabras entre los dedos: tersas y, probablemente, inmortales.

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We are screwed
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Alejandro Carantoña | 09-11-2016 | 14:03| 0

En diciembre del año pasado, hace unas cincuenta columnas, escribí que estábamos a salvo de Trump; y que nuestros primos hermanos estadounidenses, también. Que me equivocaba lo descubrí y reconocí hace un mes, pero hasta esta madrugada no podía imaginar que me estaba equivocando tanto.

En estado de shock sigo, y en estado de shock seguiré, porque me niego a aceptar el tuiteo impenitente de los politólogos que nos han crecido esta mañana y porque no les otorgo ningún valor a los amplios «así ganó Trump las elecciones» o «por qué ganó Trump las elecciones» a toro pasado: es que esto, sencillamente, no tiene explicación. Es el silencio y la negrura más absoluta: un hortera, un mal tipo, un mentiroso, un matón, un ignorante de la peor ralea (o sea, voluntario, consciente y orgulloso) se acaba de subir a la grupa del mundo para conducirlo al abismo.

Los votantes estadounidenses son los únicos responsables del atolladero en que nos han metido, pero también son los primeros que van a sufrir las consecuencias. Por eso, no sobra algo más de silencio prudente y algo menos del insufrible paternalismo con el que los estamos tratando desde esta mañana. Ya cuando George Bush salió reelegido empezó a propagarse por España la imagen de cincuenta millones de rednecks subidos en tractores, con antorchas y capuchas del Ku-Kulx-Klan, como única explicación a lo inexplicable: que la muy informada y sabia sociedad estadounidense hubiese decidido someterse a cuatro años más de barbarie.

Nosotros deberíamos limitarnos a tomar nota: si hay algo evidente es que tras esta victoria no se esconde una decisión entusiasta, sino un «votémosle a ver qué pasa» que sí se está convirtiendo en universal y que da mucho miedo. Ese sentimiento —no es más que eso— es irracional, es peligroso y somete el rumbo de toda una civilización al primer advenedizo, cortoplacista y marchante de crecepelo al que le pongan un micrófono delante.

No hace ni una semana que Trump se pegó un espaldarazo a sí mismo aludiendo a los oscuros mecanismos del sistema, que se habían alineado para impedirle llegar a la presidencia y salvar a Estados Unidos: ya veo, ya, está clarísimo, el triunfo de la arrolladora máquina del establishment para frenar a este pobre libertario.

Pobres los que van a sufrir las consecuencias.

Pobre Estados Unidos.

No sé de quién es la culpa; no me importa. Solo espero que nos grabemos estos meses con fuego en la memoria para que, al menos, nunca nos permitamos algo similar.

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Leer por deber
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Alejandro Carantoña | 05-11-2016 | 10:31| 0

Si alguien nos hubiera dicho, en aquellos tiempos de cartabón y mochila, que los deberes llegarían a asunto de Estado no lo hubiéramos creído. Tampoco que esa misma gente encorbatada que aparecía en televisión entre anuncio y anuncio decidía lo que nos contaban frente al pupitre, pero resulta que así era.

Este fin de semana se está celebrando —el verbo no es casual— la primera huelga de deberes en España. Durará todos los fines de semana de noviembre. Una confederación de asociaciones de padres, al parecer numerosa y poderosa, estima que es el último recurso para lograr que el ministerio del ramo estudie regular al respecto. Según se ha dicho esta semana, hay niños de seis años que ya se llevan tarea para el fin de semana.

Como alternativa a esta pronta toma de contacto de nuestra gente menuda con la vida de autónomo o artista liberal (¡o futbolista!) por la tarde —alternada con la vida de oficinista por las mañanas—, los convocantes proponen llevar a los niños a un museo, comentar un asunto de actualidad o incluso, es un suponer, leer un libro.

Lo más interesante es que el asunto se ha revelado como libérrimo de ideologías y cargado, en cambio, de recuerdos personales. Lo que este profesor encomendaba a uno y lo que aquella maestra le descubrió al otro han ocupado la arena de debate: sobre esto, todos tenemos opinión y experiencia. Pero también la certeza de que, entre el monumento al destajo que fueron los años escolares —ay, si cotizaran…— se leyó o poco y mal o demasiado y peor.

También se escuchó poca música, se visitaron pocos museos y se vio insuficiente teatro: no dejan de ser actividades extraescolares. Es decir, lo que se hace en los huecos sobrantes entre importantes fórmulas matemáticas e insoslayables listados de fechas, llamados a formar a los abogados, cirujanos o ingenieros del mañana. Un horror.

En aquellos años, las mañanas eran tiempo tasado. Solo una visita al centro de salud, una salida a una fábrica de rosquillas o alguna excepcional circunstancia permitían contemplar ese hormigueo temprano de la ciudad, de las furgonetas de reparto y de la gente haciendo cosas que ocupaban las aceras, oficinas, cafeterías, almacenes y fábricas de lado a lado. Aquello en lo que nuestros mayores empleaban su tiempo, un tiempo misterioso e impenetrable en el que había que estar haciendo cosas de provecho.

Entre tanto, llovían puntuales dosis de disciplina y conocimiento olvidado a la misma velocidad a la que era memorizado, preludio de otro año igual y más intenso, y de otro igual y más intenso, y así hasta desembocar en el remoto mundo de la formación superior. Todo era, y al parecer sigue siendo, así de gris: ¿cuál era el sentido de dedicar treinta o cuarenta horas a aprender cada semana? Saber, estar preparados.

Pero ¿para qué? Seguramente, y en teoría, para aquello que ocurriría cuando la vida fuese un fin de semana sin fin por voluntad o fuerza, o cuando ya no hubiese ningún horario y repertorio de obligaciones que cumplir. Cuando hubiese que elegir un oficio, profesión o carrera y lograrlo sin que alguien lo calificase. Es decir, cuando nos tocase empezar a crecer y no a ganar un concurso.

Exactamente en ese punto, en el que la incertidumbre que les producirá a estos niños salir al mundo sustituya a la certeza de que el lunes hay cole, no estará de más que alguien les haya enseñado a rellenar sus inquietudes sin la inestimable ayuda de un ministerio. Ese es, seguro, el futuro: que lean. Y que vayan al museo. Y que eso, claro, no sean deberes, sino un placer necesario.

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Otro premio insólito
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Alejandro Carantoña | 30-10-2016 | 12:01| 0

El titular de hoy es que Bob Dylan ha aceptado su Nobel de Literatura: vamos camino del serial. Hoy, hace diecisiete días que le fue otorgado y 48 horas desde que la Academia Sueca dijo que había dicho que se había quedado sin palabras.

Vamos camino del serial porque esta semana, otra vez, está protagonizada por un premio insólito: si el de Dylan ha sido inédito en el historial de nobeles de Literatura, el del ampliamente desconocido Paul Beatty lo ha sido en el prestigioso Man Booker. Este galardón, que fundó hace 48 años una editorial británica y que es el más codiciado en el Reino Unido, ha sido concedido por primera vez a un escritor estadounidense, apenas tres años después de que las bases fueran cambiadas para incluir a todo el ámbito de las letras anglófonas y no solo a la Commonwealth y a algunas colonias británicas.

Pero es que encima —aquí viene lo más sorprendente— Paul Beatty tiene más de cincuenta años, menos de seis libros publicados (ninguno en español) y de su biografía en Wikipedia —a todas luces obra de su agente o editorial— lo que más refulge es un artículo que escribió en el New York Times hace casi dos décadas. Por todo ello, o quizás precisamente por eso, fue rechazado por dieciocho editoriales hasta recalar en un pequeño sello independiente que le ha granjeado la entrada al olimpo de las letras. Además con una novela, al parecer, «difícil de digerir», según sus propias palabras, en la que su protagonista compra esclavos en el siglo XXI.

Completemos el asombro: la no menos desconocida editorial en cuestión, Oneworld, es tan humilde que ha tenido serios problemas para satisfacer la demanda de ejemplares premiados… por segundo año consecutivo. Según contaba el Guardian ya en julio, cuando se anunció la lista de novelas finalistas, las pequeñas editoriales estaban completamente desbordadas por un repentino salto a la palestra propiciado por el Booker y hasta entonces reservado, en general, a las grandes firmas.

De todos los nombres que integraron aquella lista, al igual que la inmensa mayoría de los que han ganado el premio hasta ahora, casi todos son desconocidos para el público hispanohablante. Y para el anglosajón también: nadie se explica esta repentina huida hacia lo pequeño, lo recoleto, lo independiente, si no es por voluntad de abrir públicos y diferenciarse o de arrearles un pescozón a las grandes y conservadoras editoriales.

Cualquiera de las dos explicaciones es tan misteriosa como que la Academia Sueca se decidiese por Bob Dylan: como ya se han encargado de repetir hasta la náusea todos los opinadores habidos y por haber, no tenían ninguna necesidad de concederle un Nobel de Literatura. Y precisamente por eso, añadimos unos cuantos, es por lo que conviene ser cautos ante el fallo y respetarlo.

Que el Man Booker Prize haya elegido, en fechas recientes, renunciar a las mieles de la consolidación y a marcarse como prestigioso refrendo de los éxitos de ventas también supone un manotazo en la mesa, un cambio de paradigma. Supone que en estos tiempos que corren poco importan ya los escaparates inflados o los despliegues de prensa promovidos por una buena agencia, sino un trabajo bien hecho, resistente a los años, que brilla con luz propia y atrae a lectores despojados de prejuicios.

Por todas partes salen autores y directores que afirman haber recibido respuestas positivas acompañadas de un elegante «pero no es vendible», hasta que un premio de renombre mundial los lanza a la estratosfera. Entonces, sí, venden por palés. ¿Por qué será?

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A bofetadas
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Alejandro Carantoña | 20-10-2016 | 18:58| 0

Este jueves, Donald Trump contestó a la pregunta que le había lanzado Hillary Clinton en el debate presidencial de la víspera: ¿Aceptaría el candidato republicano los resultados de las próximas elecciones en Estados Unidos? Por supuesto, dijo. «Solo si gano», apostilló. Estruendo de aplausos y algarabía. Qué valiente: qué gracioso.

Hasta hace poco, los Estados Unidos y su ciudadanía habían sido modelo de formas en el debate y en la contestación, incluso en la protesta. Teníamos a la democracia «más avanzada del mundo» también por la más madura en este sentido, pero resultó que ellos se equivocaban en su percepción sobre sí mismos y nosotros, también.

Nos equivocamos con ellos, y últimamente parece que también nos equivocamos con respecto a nuestra propia madurez. Y empezaremos a encontrar ejemplos no en las calles, en las puertas de un aula magna de una Universidad o siquiera en la sede central del ex principal partido de la oposición, sino en la mismísima Real Academia Española de la Lengua.

Cualquiera que tenga ojos y oídos habrá notado que Francisco Rico, eminente cervantista y académico, atacó a Arturo Pérez-Reverte, eminente novelista y polemista y académico a su vez, por un artículo de este último sobre el resobado uso del masculino y el femenino en interminables frases. Muy políticamente correctas, pero interminables. Por alguna razón, Rico se dio por aludido, y entró al trapo en un artículo de respuesta. Ya que estábamos, Pérez-Reverte respondió aludiendo a los turbios manejos de Rico con sus quijotes. Este se limitió a decir que no iba a bajar al barro.

Y hasta aquí la comidilla, al menos en el mundo de las letras, de la última semana —con algún pescozón a Dolores Redondo intercalado por haber tenido la desfachatez de que le diesen el Premio Planeta—. ¡Y no hace ni una semana que creíamos finiquitada la guerra con la memoria de Bolaño, con la identidad de Elena Ferrante, con Adelaida García Morales!

Pero no había terminado la contienda, no, precisamente porque se ha establecido la costumbre de hacer del peloteo aburrido el combate del siglo y de la astracanada, espectáculo: por «peloteo aburrido» léase la discusión, más filológica que faltona, de los dos académicos (elevada sin embargo a duelo al amanecer); y, por «astracanada», las mismas palabras de Trump, del que no hay que perder de vista que será anécdota antes de Navidad.

En mitad de este clima, que algunos consideran sano pero que a quien más memoria tiene le suena a tiempos (bastante) más oscuros, prolifera con demasiada alegría el grito y el insulto y la descalificación y la insinuación atrevida y la provocación torticera, rallano todo en la división irreconciliable antes que en la protesta fructífera y sana, en el intercambio genuinamente pacífico de pareceres.

Se ha instalado, por algún motivo muy difícil de entender, la idea de que la razón es el nuevo grial, y que con ella por delante se pueden obviar todos los filtros de convivencia que con tanto esfuerzo nos habíamos impuesto. El resultado son pequeños picos de tensión que no hacen sino contribuir al ruido, a enrocarse en una posición y a buscar el aplauso de quien piensa como nosotros, antes que el contraste de ideas con el de enfrente. La serenidad ha muerto; la templanza está de vacaciones; y Bob Dylan, quizás el más listo de todos, sigue sin ponerse al teléfono.

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Rufus Wainwright, en versión original
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Alejandro Carantoña | 18-10-2016 | 13:56| 0

Bromeaba Rufus Wainwright, mediado su recital del domingo en La Laboral, con que ha escrito ópera, se ha mudado a California… Y solo le queda ganar un Nobel. No escatimó en chanzas: hubo para un masajista, para Dylan, para Cataluña («Es un placer estar oficialmente en España», rió tras haber actuado en Girona y Sant Cugat), se acordó de Victoria de los Ángeles y rindió a un público variopinto él solo, con su voz y sus letras y su gracejo. Le rieron todo, pero se adivinaba algo de desconcierto—comprensible— cuando se extendía: anunció una canción inédita y, sorprendentemente, poco público reaccionó. Quizás por las dificultades de comprensión.

Rufus Wainwright, en Gijón, el pasado domingo. Foto: Jorge Peteiro.

Candles, que casi sonó a himno, sirvió de preludio al generoso repertorio que presentó: variado, equilibrado, investido de un sonido redondo y una voz perfecta y, por suerte para unos y desgracia para otros, extraordinariamente narrativo: se antojaba difícil disfrutar de la experiencia sin un dominio suficiente del inglés y francés, sus dos lenguas de batalla. Construyó sin impactos, sin golpetazos, sin momentos que entresacar de un todo: simplemente se sentó al piano, agarró la guitarra y nos invitó a transitar estampas al modo Springsteen, «del punto A al punto B», aunque sin la pirotecnia del Jefe. Hora y media más tarde, el trayecto estaba completado.

Ni siquiera es especialmente diestro como instrumentista —plancha los acordes de guitarra con tosquedad; y su manejo del piano apenas incluye dinámicas—, pero es tan inteligente como vocalista y artista, y tan acertado componiendo, que con solo dos canciones ya logra marcar el paso y no dejarlo decaer.

Allá le echen un soneto de Shakespeare, se enzarce con Gay Messiah o proponga un fragmento de su primera ópera, Prima Donna, exhibe el vigor de los grandes: uno tan frágil e inocente como capaz de hacer callar al auditorio sin que se oiga ni una tos.

Algo había entre el público de predisposición, seguro, (¿de verdad hace falta fotografiarle constantemente?), que él supo alimentar y aprovechar (Going to a town), pero también de conexión sobre la marcha, de seducción bien trabada a base de hablar lo justo, tocar lo necesario y creer en sus canciones como si las acabase de componer. Eso, inevitablemente, traspasaba el escenario, si bien es cierto que en un formato tan desnudo era imposible vencer la mayor de las barreras: la lingüística. Ojalá vuelva con banda, vuelva con más, pero vuelva.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.