El Comercio
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Actor y político
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Alejandro Carantoña | 06-02-2017 | 18:27| 0

A lo mejor el fichaje del actor Pepe Viyuela por parte de Íñigo Errejón, conocido este jueves, era lo suficientemente entretenido como para opacar que el Congreso de los Diputados ha puesto la primera piedra de un futurible Estatuto del Artista. Ese mismo día, aunque apenas haya trascendido, se aprobó la creación de una subcomisión en el seno de la Comisión de Cultura que en el plazo de un año tendrá que elaborar lo que es una necesidad urgente, destinada a reparar la precarización del sector y a facilitar una tributación justa.

En realidad, Viyuela figura el último en la posible lista de cargos dirigentes del partido morado, que se dirimirá (o no) en el Congreso de Vistalegre el próximo fin de semana. Es decir, que su relevancia parlamentaria tiende a cero de momento; no así la mediática, que se antojó divertida y caricaturizable desde que se conoció la noticia.

Lo mismo ocurrió con Toni Cantó en su día y con Felisuco en tiempos más recientes pero, chanzas aparte, estas incorporaciones deberían ser muy buenas noticias. Es evidente que algo de cosmético hay en poner a caras conocidas en primera línea de fuego, pero también que, de ponernos a debatir sobre ciertos asuntos, las voces de profesionales del sector implicados son muy de agradecer.

No es que nadie vaya a aportar soluciones definitivas a ninguno de nuestros problemas; pero sí es un pequeño grano de arena que toda vez que se abra un debate de cualquier tipo unas pocas opiniones sean informadas y conocedoras de una realidad que a sus señorías, por lo demás, les resulta completamente ajena: se pueden escuchar demandas y dormitar durante las comparecencias de personajes destacados, se puede incluso —eso parece— plantearse una rebaja del IVA a la Cultura hasta colocarlo en límites razonables. Se puede flexibilizar la contribución a la Seguridad Social, optimizar el funcionamiento de Hacienda. Se pueden parchear tantos desmanes como se quiera, que a la larga no habrá huella si no se avanza en sistemas y procesos más complejos y peliagudos.

Es el caso de un Estatuto del Artista, que se aspira a que sirva tanto a figurantes de cine a los que se paga en bocadillos hasta productores de alto nivel. Algo así abre la puerta a un reconocimiento de la intermitencia de los oficios culturales que impida prácticas extrañas, a sistemas de formación complejos y completos, a redes y garantías que conlleven la profesionalización efectiva del espectáculo. No nos pongamos nerviosos aún, no echemos las campanas al vuelo: la aprobación de la creación de una subcomisión solo conlleva su posterior tramitación, luego formación, luego trabajo, luego debate y, cuando estemos pensando en las próximas elecciones generales, alguna medida concreta.

Este solo es un paso, recoleto y secreto, en las entrañas de la maquinaria parlamentaria y ministerial. Los efectos aún quedan lejos, pero al menos nos queda que se vaya rompiendo el hielo, que quienes hace diez años se contentaban con decir cuatro cosas en los Premios Goya y desdecirse más tarde —léase «la ceja»— se planteen actuaciones más consecuentes y contundentes.
Su opción no es la única; ni siquiera es la mejor. Pero sí indica una preocupación creciente por ponerle el cascabel al gato por medios propios. Viyuela acabará por salir escaldado, si es que no se ha quemado ya; y coincidiremos en que Cantó puede dar por finiquitada su carrera como actor tal y como se había desarrollado hasta incorporarse a UPyD. Que estos sacrificios sirvan, al menos, para que puedan aportar algo a los nuevos debates, que metan aire fresco, que el Estatuto —por favor, por favor— no quede en manos de oficinistas.

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Cerrado por silencio
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Alejandro Carantoña | 02-02-2017 | 11:47| 0

Casi más preocupante que el reciente cierre de Laboral Centro de Arte, que lleva un mes clausurado «para ahorrar», es que no haya sido noticia hasta ahora: quizás podríamos habernos plantado en marzo sin que nadie se diera cuenta. Esto, para empezar, evidencia la escasez de visitantes y la aparente falta de interés que suscita el centro. ¿Por qué?

El sábado 17 y el domingo 18 de diciembre de 2016 se celebró el mercadillo de Navidad en el Centro de Arte. El sábado, a última hora, la afluencia de público no era muy alta, pero sorprendía ver el aparcamiento adyacente a rebosar. ¿Dónde estaba toda esa gente? En el concierto de M Clan, que se celebraba en el teatro, a unos metros. Aquel mismo día soleado y hermoso, el Sporting había jugado contra el Villarreal en el Molinón: La Guía estaba llena de aficionados. Había actividad en el Jardín Botánico, y en los campos aledaños. Y un concierto en el también cercano Evaristo Valle, en Somió.

Si algo tenían en común todos estos acontecimientos, concentrados en pocas horas y en un par de kilómetros a la redonda, es que no había forma de saber del resto si se acudía a alguno de ellos. Que instituciones distintas no se hablen es poco deseable, aunque nos vayamos acostumbrando; pero que el Teatro y el Centro de Arte, que comparten paredes y gestores, no sean capaces de coordinar y retroalimentar sus actividades es una explicación elocuente a lo que está ocurriendo. ¿No se hubieran incrementado los visitantes al mercadillo (y por ende al Centro de Arte) de, por ejemplo, haberlo promocionado entre los asistentes al concierto, con la esperanza de que se asomasen un rato antes?

El problema de la contraprogramación institucionalizada y política es endémico en Asturias (afecta a orquestas, conciertos y obras de teatro, y museos por descontado). Llegó a su culmen cuando en Avilés, Oviedo, Gijón y Principado gobernaban fuerzas políticas distintas; y en las instituciones —como Laboral— en cuyo seno están condenadas a entenderse, los resultados son estos: un silencio atronador y un descontrol manifiesto de estrategias y rumbos.

Laboral, tras la traumática salida de Óscar Abril hace dos años y los juicios perdidos con varios trabajadores, se vio abocada a una larga travesía sin una cabeza visible, durante la cual optó por replegarse sobre sí misma y concentrarse en su faceta investigadora y de producción, antes que expositiva. En ese punto se encuentra ahora: con unas cifras de visitantes (que no usuarios) que no llegan a un tercio de las previsiones cuando se inauguró y una asignación presupuestaria muy mermada con respecto a sus inicios, lo preocupante no es que atraviese momentos difíciles, sino que los responsables (políticos) insistan en que todo forma parte de un cuidadoso plan, que todo está bajo control. Que este cierre ni siquiera es noticia.

Cuando se inauguró Laboral Centro de Arte, el 30 de marzo de 2007, los titulares recogían las palabras de Vicente Álvarez-Areces, que se refería al equipamiento como «palanca de la nueva política cultural». Las previsiones eran optimistas; los proyectos, abundantes; el diálogo y coordinación, una promesa cierta y transversal. Hoy, todo ha quedado reducido a una pelea por sobrevivir en el cortísimo plazo sin que se aviste un balance riguroso de esta década o se abra un debate de fondo.

Podrán argumentarse cambios de rumbo y dirección, la adaptación a un entorno económico imposible; sin embargo, esto no es más que el reconocimiento tácito de que Laboral corre el riesgo de desaparecer para siempre. Sería conveniente saber, entonces, si lo que está ocurriendo es en efecto algo medido, algo así como un plan de viabilidad, o si simplemente se están asfaltando culpas por si ocurre lo indeseable, lo irreversible.

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Especialinos
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Alejandro Carantoña | 29-01-2017 | 15:42| 0

El otro día, Carlos Alsina le preguntó a Mariano Rajoy cuál de las películas españolas nominadas a los Goya era su favorita. Rajoy dudó un instante, quizás tentado de decir un título al azar. Luego, reconoció que no veía cine («para mi desgracia»); que tenía que contentarse, en cambio, con leer novelas. Varios creadores reaccionaron, como era previsible, invitándole a que se aficionase al séptimo arte.

En las antípodas, esta misma semana a Joaquín Sabina le han caído palos a raíz de la publicación de su nuevo sencillo, Lo niego todo, entre otras cosas por su amarga queja por la voracidad del «tiburón de Hacienda». También ha sido la semana en que el editor y periodista Ramón González Férriz se preguntaba, en una columna, si los trabajadores del «mundo de la cultura» (signifique lo que signifique eso) merecen el estatus privilegiado que al parecer reclaman.

Todo ello, regado con las primeras polémicas que rodean a los premios Goya, que se entregan la semana que viene: Mediaset ha anunciado un boicot por el patrocinio de una marca, condenada, que entra en conflicto con uno de sus anunciantes; y el presentador Dani Rovira, a su vez, ha adelantado que no habrá política en la gala.

Bien agitado, el cóctel resultante da una medida precisa de la cada vez más complicada relación de Gobierno e instituciones con eso que Férriz llama «el mundo de la cultura»: Rajoy no tiene que ir a ver cine porque le guste más o menos, porque tenga más o menos tiempo, sino porque es su obligación. Igual que lo es leer libros, acudir al teatro, escuchar conciertos y visitar museos, anunciar infraestructuras o visitar ganaderías. Sí, el «mundo de la cultura» merece un trato especial.

No mejor, sino especial, distinto de todos los demás, porque se trata de un sector distinto de todos los demás, aunque igual de estratégico en la configuración de cualquier cosa. En él residen las respuestas a tantas y tantas cuestiones y, en efecto, está regido por unas normas muy particulares. Es un ámbito nivelado por lo bajo, obviado desde la fiscalidad que trata a las letras, las artes escénicas y las pictóricas exactamente igual que a la fabricación de chorizos o al cultivo de cereales; y ninguneado desde el punto de vista administrativo: se reparten ayudas y se diseñan modelos de inversión mucho más específicos, adecuados y abundantes en cualquier otro campo. ¿Por qué?

La culpa es de Sabina y del cine español, arguyen muchos. De la tribuna política, de la verborrea opinatoria de los más visibles, que han convertido al «mundo de la cultura» en una camarilla de personajes ideologizados, prescindibles, quejicas y ajenos a lo que pasa en el mundo real. Esa costra, que supone un porcentaje ínfimo de quien vive por y para la cultura, ha servido para escamotear una perspectiva total y para ahuyentar el entendimiento para con esta realidad compleja: en cambio, nos vemos sumidos en unos vaivenes insoportables según soplen los vientos políticos.

En eso, el «mundo de la cultura» sí es profundamente especial: especial porque es el único en el que no existe un suelo que ningún gobierno se atreverá a traspasar (se arrasan equipamientos e iniciativas con una alegría pasmosa), ni un techo que otros atraviesan con igual entusiasmo en los tiempos de bonanza. Es el más desorientado, el menos fijado, el más salvaje en sus subidas y bajadas. Ya que es pedir demasiado que el Ministerio de Cultura ejerza como tal, bajo cualquier circunstancia y color, que al menos no lo sea que el presidente vaya al cine. Eso no es tanto pedir.

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Libertad de charla
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Alejandro Carantoña | 22-01-2017 | 15:00| 0

Este artículo podría tratar sobre el doble rasero que se aplicó en Gijón a la hora de lamentar el veto a Albert Pla cuando se canceló su actuación en la ciudad por decir que le daba asco ser español, por un lado, y a la hora de celebrar idénticas medidas cuando se evitó la actuación de Jorge Cremades por machista, hace pocas semanas. De denostar alguno de ambos actos de censura, a lo mejor alguien propondría que la violencia machista es una lacra que no se debe fomentar y que Pla, por su lado, se pasó de la raya; a lo peor, que quien esto escribe es un machista sin remedio o un antiespañol, según la opción elegida. No tratará sobre eso: no correré ninguno de los dos riesgos.

También podría poner el grito en el cielo por los peligros para con la libertad de expresión que supone la condena reciente al cantante César Strawberry por bromear con el terrorismo en una red social, o por el contrario, podría lamentar la no menos reciente absolución de los titiriteros madrileños por pasarse de la raya, por jugar con el fuego del terrorismo ahora que parece apagado. En el primer caso unos podrían tildarme de apologeta; en el segundo, de fascista. No tratará sobre eso: no correré ninguno de los dos riesgos.
Hace poco, Lorena Maldonado le preguntó a Darío Adanti, uno de los fundadores de la irreverente revista Mongolia, si haría chistes sobre Mahoma. Claro, dijo. Pero advirtió que nunca lo dibujaría ni, mucho menos, lo pondría en la portada de la revista. ¿Por respeto al islam? No: «No quiero morir». Concretamente, hablaba de «miedo».

El sentimiento que mueve a cada vez más gente a dejar de decir según qué cosas en según qué sitios no es tan extremo, pero el hecho es que los mueve a dejar de hacer cosas. Eso se llama «autocensura». Ni siquiera es importante el fondo o el porqué; es que se ha instalado la cándida idea de que lo no dicho, lo no oído, lo no visto ha dejado de existir. La realidad, sin embargo, es que todo lo callado se enquista, y en lugar de solucionarse, se agrava: ni debería ser un acto de valentía expresar una opinión, un parecer o incluso una secuencia de hechos, ni debería ser un acto de cobardía callarlos. Pero paulatinamente callar es cada vez más cómodo, más recomendable, menos malo.

Uno escribe, compone o sube vídeos a internet con el fin de agradar cierto número de personas. Los opinadores (en especial los agitadores), suelen buscar el respaldo de unos y, como atajo hacia el estrellato, la inquina de otros tantos. Atrás, lejos, quedaron los valores de la serenidad, la persuasión o el debate; en su lugar, se ha convertido este circo en un sitio de etiquetas peligrosas y de bandos necesarios (o conmigo o contra mí).

Los mayores damnificados por esta tendencia no son ni nuestra sufrida Constitución ni quienes sufren censura de cualquier tipo a toro pasado: son todas aquellas voces que se están viendo abocadas a callar por miedo (ahora sí: miedo) a ser linchadas socialmente, a perder su trabajo o incluso a ser condenadas; son todas aquellas voces que creen que las cosas solo se pueden decir con absoluta contundencia, sin sombra de duda, arropadas por una gran masa en previsión de la tormenta que a continuación se desatará.
Si a todo ello se suma la ligereza con que se adjudican carnés o se arrogan verdades, queda un estrechísimo margen para seguir charlando. Y perder eso, la mera charla, sí es un riesgo notable.

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Quienes leen
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Alejandro Carantoña | 15-01-2017 | 16:35| 0

Un tercio de los españoles no lee nunca, según datos del CIS de hace apenas una semana. «Como si fuera noticia», comentaba un colega ligado al mundo del libro. Lo que quizás sí lo sea, o lo siga siendo, es que los dos tercios restantes leen una media de en torno a nueve libros al año, frente a los más de doscientos que se publican (diariamente). También son datos del sector editorial de 2015, recién salidos del horno: se concedieron 79.397 códigos ISBN.
En el caso asturiano, solo se otorgaron 648, conque la región no ha producido ni el 1% del total. Con todo, son cifras que tras el bajón generalizado  en lo más álgido de la crisis invitan al optimismo, igual que los datos de la OCDE, aparecidos en diciembre, que indicaban que por primera vez España había superado los estándares globales medios en comprensión lectora.
Esta es la cara. La cruz es que ante el volumen y los esfuerzos por mejorar datos objetivos, la sensación que inunda el panorama habla más bien de un silencio atronador o, a lo peor, de una tendencia generalizada a jugar sobre seguro: esta semana hemos sabido que el escritor Carlos Zanón se va a encargar de resucitar nada más y nada menos que a Pepe Carvalho, el detective de Manuel Vázquez Montalbán, tras un acuerdo alcanzado con los herederos y editorial. Conllevará, en 2017, la reedición de casi todas sus novelas, como ejercicio de asfaltado hacia la nueva entrega. La campaña navideña nos ha dejado continuaciones de series de éxito probado, como son los casos de Ildefonso Falcones y de Carlos Ruiz Zafón. Arturo Pérez Reverte ha iniciado una nueva saga y el legado completo de Roberto Bolaño, que ha cambiado de manos este año, ha sido publicado por Alfaguara y ha sido expandido mediante la aparición de un nuevo inédito, previos esfuerzos por quitar de la circulación los ejemplares de Anagrama, anterior editorial del chileno.
De los ingentes catálogos de novedades que empiezan a conocerse, destaca sobre todo la nueva novela de Paul Auster (en septiembre) e innumerables apuestas de editoriales recoletas pero consagradas, cuya fortuna iremos conociendo con el paso de los meses. Seguro que habrá sorpresas.
Sin embargo, todos estos datos y promesas no hablan tanto de una paulatina recuperación del sector como de un peligroso acercamiento a un modelo elitista en el mejor de los casos y aficionado en el peor. Lorenzo Silva, que compareció ante la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados en noviembre, lo explicaba con mucho tino: el advenimiento de lo digital no ha favorecido, como se sostenía en principio, la multiplicación de voces, sino que ha supuesto un embudo para que las editoriales solo confíen en quien saben que va a encontrarse fácilmente con los lectores.
En 2017 se cumplirá una década desde que Amazon lanzó al mercado su dispositivo de lectura electrónico, el Kindle, que hizo tambalearse los cimientos del sector e hizo vaticinar a muchos el fin del papel. Y a pesar del éxito del cacharro, y su creciente implantación, ha resultado que quienes leen siguen prefiriendo en general el objeto físico a la descarga automática; que el libro sigue sobreviviendo a los avatares de los tiempos; que lejos de ir muriendo, se va arrinconando para recuperar fuerzas.
Todos estos datos nos hablan, entonces, de unas caídas globales y de la urgencia de más esfuerzos, pero también decantan un núcleo de lectores cada vez más fiel y entusiasta. Que 2017 sirva para que sean más.

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No se lo llevará el viento
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Alejandro Carantoña | 14-01-2017 | 11:04| 0

Fuera desde Bruselas, Oviedo, Madrid, el centro del mundo solía estar en Gijón. Al otro lado de la línea estaba mi abuela, Cruz, que nos brindaba puntuales crónicas meteorológicas, ambientales de lo que ocurría en la ciudad: «Hace mucho viento», «¡La galerna!», diagnósticos totales del estado de las cosas. Del hogar, en su sentido más amplio, al que volver.

De El Comercio del 7 de septiembre de 1956.

Recuerdo a mi abuelo, Francisco Carantoña, que durante cuatro décadas dirigió El Comercio, bromeando con ella sobre el asunto: se metía piedras en los bolsillos cuando ella estimaba que íbamos «a salir volando». Era su cara socarrona, gallega, única, que quizás para los lectores se trasluciera en su monumental trabajo y que, con las reacciones exageradamente escandalizadas y cómplices de ella, significaron la ternura en su expresión más amplia.

De Gijón se es por naturaleza o por decisión. No es muy atrevido decir que Francisco Carantoña eligió quedarse en esta villa merced a aquella joven, con la que construyó una familia y fijó la mirada que compartiría con tantos gijoneses sobre su propia villa. De la mano de mi abuela, literalmente, viví la historia de su querida Granda, el Gijón cambiante que había conocido desde niña, el valor de mojar los pies por la playa, el acto de quitarse el salitre y la arena de San Lorenzo antes de comer, el sabor de una merluza de pincho, el pan recién hecho, los puestinos del mercado, El Comercio en la puerta de casa, la certeza de que, dondequiera que yo estuviera, había un sitio al que volver.
Elegante, gijonesa, cariñosa, sirvió siempre calladamente para que este fuese nuestro punto de referencia y encuentro, nuestra casa. Aunque muchos de ustedes quizás no lo sepan, también para que sea la suya: a ella es debido un amor por este lugar —celebraba su cumpleaños, en septiembre, junto con el día de Asturias— que está grabado en la piedra y el agua: con el contacto perpetuo con el Muro, adelante y atrás; con el pequeño comercio; con las ventanas abiertas sobre las hordas de estorninos que tanto ocuparon a mi abuelo y las copas de los árboles, mecidas por el nordestín, de Lequerica hasta la Lloca y de la Campa Torres hasta Deva, que tanto la ocuparon a ella. No se lo llevará el viento.

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¿Quién es Gustavo Dudamel?
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Alejandro Carantoña | 08-01-2017 | 15:00| 0

Ante esta pregunta, una más que notable cantidad de gente respondería: «ese director de orquesta venezolano» o «el de el Sistema» o «el de los rizos que baila tanto». El que el pasado domingo dirigió el concierto de Año Nuevo en Viena, en fin. No obstante, para la doble sorpresa de quienes lo conocen como músico, muchas revistas y periódicos españoles se refirieron a él como «el novio de la actriz María Valverde»: doble porque no sabíamos que tuviese una relación con la muchacha, por un lado, y por que ese fuera el más notable elemento de su biografía, por otro.

Si algo caracteriza los tiempos que vivimos es el extremo celo ante este tipo de detalles. En Internet, sobre todo, donde una barrabasada dicha a destiempo o una referencia inconsciente y desatinada puede desatar la mayor de las furias contra cualquiera. Si en lugar de esto —lo hemos visto ocurrir mucho últimamente— se hubiese deslizado un «la mujer del director de orquesta Pablo Heras-Casado presenta las campanadas en Televisión Española», por cierto que fuera (y es), la cosa hubiera acabado en demolición colectiva.
Así que supongamos que este problema, traído muy por los rizados pelos de Gustavo Dudamel, entronca con el consabido vestido de Cristina Pedroche en las mismas fechas: el tropiezo es evidente.

Pero supongamos, ahora, que la intención al titular de este modo no era otra que clarificar a los lectores quién ocupaba el podio del más prestigioso concierto del año: el problema que se revela es distinto, pero es problema en cualquier caso. En ese supuesto, lo que ocurre es que en las secciones de Cultura (como ocurrió en todos los grandes diarios, que de hecho enviaron a cronistas ex profeso a cubrir la actuación) era posible referirse al director como «Dudamel», sin más que el apellido, suponiendo que los lectores conocían quién era; mientras que dos páginas más allá, en las de sociedad, o corazón, o vida, o comoquiera que las quieran llamar, se hizo necesario unir un nombre conocido en circuitos culturales al de una cara familiar patria para hacerlo identificable.

Dudamel no es precisamente un oscuro investigador de tendencias compositivas contemporáneas, sino la cabeza visible de un extensísimo sistema de orquestas populares en su país, Venezuela, que le ha granjeado auditorios llenos por todo el mundo: en principio, el caso debería ser de sobra conocido.

Así es como recalamos en la otra cara, que ha dado pie al tercero de los desmanes en torno a la figura de Dudamel y su participación en el concierto: esas orquestas están sustentadas por el gobierno de Venezuela. Huelga decir que también por ahí le han caído pescozones, en un flagrante caso de confusión entre velocidad y tocino, entre política y cultura y, en definitiva, entre partidismos y humanidad pura.

Por si todo esto fuera poco, dicen los que más saben de esto que el concierto no fue especialmente bueno: Dudamel, habitualmente guasón y relajado en su prestación, se vio superado por la magnitud de la cita y de la orquesta que pusieron en sus manos. El resultado fue «superficial» por momentos y carente de la «chispa necesaria», como escribió el crítico Pablo Rodríguez. Así que ahí estaban el resto de lenguas afiladas para unir esto con aquello y lo otro con lo uno. El resultado, mediáticamente hablando, es un engrudo de difícil digestión. Hace suponer que algo se está haciendo rematadamente mal si estas son las fichas en el tablero: de todo menos lo supuestamente relevante. ¡La música!

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El año del suspense
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Alejandro Carantoña | 02-01-2017 | 15:00| 0

Unos meses antes de que empezase un 2016 alternativo ya habríamos oído tambores lejanos de un posible relevo en la dirección del Festival Internacional de Cine de Gijón, más o menos al término de la edición de 2015. Luego, ya en primavera, se habrían filtrado prudentemente nombres, habrían trascendido negociaciones y se habrían sometido a la opinión pública las candidaturas. Poco a poco, deslizándonos ya hacia el nuevo festival, se habría consolidado una de las posibilidades. Nacho Carballo, el aún director, habría rehusado hacer comentarios al principio; luego, toda vez que hubiese tomado cuerpo el relevo, se habría puesto a disposición del nuevo equipo y se habría publicado una cordial foto en la sede del Festival de la nueva dirección con la anterior, estrechándose la mano, entregándose carteras o rollos de celuloide o lo que quiera que se intercambie en estos casos, deseándose suerte.

Simultáneamente, durante esos meses del 2016 alternativo, en el Ayuntamiento de Oviedo se habría ido instalando la idea de que no habría Premios Líricos Teatro Campoamor en 2017; que quizás los Princesa encontrarían una reducción en su asignación presupuestaria y, al fin, que el pago de las subvenciones del corriente se retrasarían, dados los vaivenes en las arcas municipales. Esto hubiera ocurrido en julio, a pesar del ruido de las elecciones generales, porque Oviedo hubiera sido lo primero, lo más importante.

Por último, y a pesar de los conflictos, Laboral Centro de Arte habría iniciado 2016 con una nueva cabeza visible, transcurridos once meses desde la destitución de su anterior director, Óscar Abril. La paz habría vuelto, hasta el extremo de que quizás (y solo quizás) la institución hubiera desempeñado algún rol relevante, taimado y colaborador en la configuración de un plan para Tabacalera.

Pero esto ocurrió en un 2016 paralelo, no en el año del suspense: ya nos hemos plantado en 2017 y el Festival de Cine de Gijón sigue sin director —aunque ya sabemos, desde hace una semana, que seguro, seguro, seguro hablará inglés a las mil maravillas—; el Ayuntamiento de Oviedo cambió de parecer hasta en tres ocasiones sobre los diversos Premios de la ciudad, y aún esperó al viernes pasado para abonar la subvención a la Fundación Princesa; Laboral no encontró dirección casi hasta verano (año y medio de desgobierno); y Tabacalera ahí sigue, como gigante dormido que da sombra a la plaza del Lavaderu.

Parecía, hace un año, que todo lo ocurrido en consistorios, plazas y urnas iba a conllevar una mejora o al menos un cambio de rumbo. Era lo que sabíamos, el propósito con el que entramos en 2016. En lugar de eso, los últimos doce meses han tornado en algo catártico, apresurado, improvisado y lamentablemente paralizado en casi todos los estamentos. El volumen de ruido desarrollado y la demostración fehaciente de lo que cuesta ponerse de acuerdo se escenificó en una aprobación generalizada de presupuestos in extremis, la vocación de sobrevivir (y nada más que eso) hasta que escampara en 2017 y una movilización voluntariosa aunque deslavazada de plataformas y asociaciones. La Administración, en bloque, no ha movido un dedo: ni por el más cercano de sus equipamientos ni por Cervantes o Buero Vallejo.

Se ha dejado todo al azar y, así, ha quedado demostrado que con las arcas en mejor estado y los gobiernos en mayoría suficiente no es que las cosas se hicieran mejor, sino que era más fácil salvar los trastos y guardar las apariencias. La lección aprendida, el propósito pendiente, es que no se vuelva a repetir este zarandeo. Que 2017 sea un año, al menos, de certezas.

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Descreídos
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Alejandro Carantoña | 27-12-2016 | 15:00| 0

De todos los actos revolucionarios y contraculturales que nos quedaban por ver, esta semana ha nacido uno de lo más sorprendente: lo último es no comprar Lotería de Navidad y, mejor aún, insultar a quienes fían al bombo su destino. Un artículo, que ha gozado de enorme popularidad en las redes sociales estos días, adjudica los siguientes calificativos al acontecimiento del día 22 por la mañana y a los amantes de la azucarada campaña publicitaria de Loterías de este año: los jugadores padecen «anumerismo», honran un «monumento a la ignorancia», son «cuñados españoles» —despectivamente hablando—, sucumben a la «envidia social» e invierten en una «ruina». En fin, los jugadores son tontos, masa adocenada.

Tras esta pasión desatada por detectar, señalar y curar la tontería (que en este caso conlleva evitar contribuir al saqueo fiscal), tan en boga últimamente, parece esconderse una búsqueda infinita por el ser superior, por la pureza moral, científica y racional, tan dieciochesca ella. Y esto casa fatal con el espíritu navideño, que es pura superstición y chamanismo de la peor estofa para ciertos adalides del mal llamado «pensamiento crítico».

El efecto rebote de la crisis económica y sus desmanes ha conllevado una racionalización espartana de todos los aspectos de la vida: desde meticulosos argumentos para no tomar carnes rojas hasta sesudas estrategias de ahorro, pero todo, todo, envuelto con una pátina de condescendencia que por supuesto ha tenido que ir a tocar a la Navidad, la Lotería y los contundentes gastos a crédito para juntarse a chupar cabezas de langostino congelado. Es decir: son tontos, pero el más listo podrá iluminarles para hacer de sus vidas un sitio más habitable.

Este batiburrilo parece haberse propuesto cargar de ideología hasta la bandeja de los turrones. Quizás con razón —lo dice uno que no compra Lotería de Navidad, entre otros ritos personalmente orillados—, pero evidenciando, con ella, una obsesión casi enfermiza por la rectitud, la racionalidad y la pulcritud argumentativa. Resulta muy cansado este empeño por escapar a las pasiones humanas, a los pecadillos festivos, en lugar de tratar de entenderlos, integrarlos o sencillamente dejarlos existir: ¿merece condena quien elija gastarse medio sueldo en un jamón, una paga extra en el azar? Quizás no lo compartamos, pero respetarlo cuesta poco.

Supongo que ya estamos cerca de entrar a saco con los regalos esparcidos bajo el árbol por sorpresa, por constituir una práctica de riesgo para el desarrollo intelectual de los más pequeños de la casa. Que convendrá podar todo lo superfluo, todo lo humano, toda la chicha que le cuelga a diciembre y enero. Que convendrá regular lo privado, lo oculto, como se regula el tráfico, en pos de una sociedad mejor y más blanca, más estandarizada, más homogénea. Superior.

Entre todo el discurso se cuela el más sorprendente de los argumentos: que el despliegue irracional y exorbitante de las Navidades está reñido con la Cultura, la lectura —que sí son prácticas rectas, aceptables— y una correcta alimentación intelectual. Sin embargo, se trata de todo lo contrario. Los pequeños chispazos que dan sentido a la existencia también comprenden el exceso, la reconfortante espumilla de los actos incomprensibles, la locura compartida y momentánea, la enajenación pactada para luego volver al carril.
Estos son días de cerrar unas cosas y de abrir otras, de hacerse propósitos y de evaluar con calma los últimos doce meses. No está de más sucumbir un poco, entre tanta bronca y argumento certero, a un poco de mullida inconsciencia. Que no sea el rosbif, pero al menos sea la salsa: ¿podremos estar una semana sin replicar dedo en alto, barbilla enhiesta, y concedernos un mínimo respiro?

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Almodóvar
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Alejandro Carantoña | 18-12-2016 | 15:00| 0

Este viernes se supo que Julieta, la última película de Pedro Almodóvar, había quedado fuera de la carrera por los Oscar: resucitaron los papeles de Panamá y todo aquel guirigay; se filtraba la maldad en no pocas piezas que informaban del «fracaso».

Hace dos semanas, D.T. Max le dedicó un extenso perfil en el New Yorker al director manchego, más explicando por qué la película no arrasaría que como anticipación de un triunfo en los Oscar: el Almodóvar que aquí se pinta es bastante desconocido en España, porque por algún motivo muy difícil de entender (o no) a los periodistas del New Yorker se les brinda acceso a lugares que, hasta la fecha, pocos periodistas españoles han transitado. Incluso y sobre todo en lo tocante a nuestro propio país: por ejemplo, fue el primer medio en informar en condiciones sobre Monzer Al-Kassar, el mayor traficante de armas de la segunda mitad del siglo XX, y su detención en Marbella en 2010.

Quizás la mayor revelación de fondo sea que Almodóvar rechazó en 1992 dirigir Sister Act; la más curiosa, que Susan Sontag le riño por permitir que La flor de mi secreto se tradujese al español como Flower of My Secret («Pedro, la próxima vez que traduzcas un título, pregúntame, porque en inglés no puedes decir ‘El algo del algo’ porque no significa nada»); pero la más comprometedora, seguro, es la intimidad del director.

Max accede a casa de Almodóvar. Desliza que vive cerca de Malasaña, como cuando era joven, pero que ahora tiene chófer, asistente y cocinero. También le acompaña en su cumpleaños, en un restaurante del barrio de Salamanca, con buena parte de sus actores y actrices fetiche. También ve cómo le hacen fotos, cómo anda por la calle, su mesa de trabajo.

El perfil resultante, que crece por la cantidad de palabras de que dispone el reportero, muestra a un Almodóvar atribulado, pero entusiasmado con su trabajo. Ansioso incluso por compartirlo, pero con un amargor de fondo que le ha mantenido, en general, extraordinariamente prudente a la hora de conceder entrevistas o manifestarse públicamente: y es porque, como bien explica Max, esta vida más bien cómoda, este «aburguesamiento» (como escribe), choca con la imagen pública que supuestamente proyecta su cine.

No obstante, coloca esos ladrillos en el fondo de su retrato, y no en el primer plano. A pesar de que incluso explicita su falta de sintonía con Adriana Ugarte, coprotagonista de Julieta, y con Gael García Bernal, protagonista de La mala educación, y que incide mucho en el carácter «autoritario» que el propio cineasta se reconoce, el resultado tiene mucho más que ver con una lección de cine que con una semblanza maliciosa o cotilla del personaje en cuestión.

Dan ganas de ver sus películas, aunque sea para aborrecerlas, tras haberse colocado frente a un texto así: es esclarecedor, busca el entendimiento y la comprensión, los miedos, la angustia y, caramba, habla sobre cine antes que sobre Trueba, Cataluña, la ceja, patrimonios ocultos y habladurías varias.

Es posible que en esta dicotomía —la del respeto para con un cineasta de renombre internacional y la pura gana de enredar— estribe la explicación a muchos de nuestros vicios corrientes: Almodóvar podrá gustar más, menos, o regular, pero llama poderosamente la atención que tenga que ser un medio estadounidense quien se centre más en su cine que en su figura; en su proceso creativo que en su imagen pública. En explicar sus fracasos antes que en celebrarlos.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.