El Comercio
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En defensa de los Premios Líricos
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Alejandro Carantoña | 17-11-2016 | 13:00| 0

Cierre de los Premios de este año. Foto: Mario Rojas/El Comercio

En el año 2015, la prestigiosa English National Opera perdió el favor del Arts Council, la institución que administra las subvenciones a la cultura en el Reino Unido. La ENO había perdido público a mansalva y se había convertido en una trituradora de dinero, pero el Arts Council no se limitó a cerrar el grifo. En cambio, obligó a la ENO a adoptar medidas que evitasen su cierre. Siempre estuvo claro que el problema no era la ENO, sino cómo funcionaba. Es el principio opuesto al predominante en España en general, en Asturias en particular y, ahora, en Oviedo.

La decisión del gobierno local de acabar con los Premios Líricos Teatro Campoamor, vaticinio de demoliciones de más alcance, tiene una justificación económica (260.000 euros de presupuesto) pero un trasfondo ideológico, en tanto en cuanto la pujanza del teatro lírico en Oviedo está ligada en el imaginario político y social al gabinismo y a la derecha. Son motivos demasiado endebles para arrasarlos: asignarle a la lírica una ideología o pintarla con los colores del elitismo es no tener ni la más remota idea de quiénes la habitamos y la amamos. Y que es un derroche económico por definición es un argumento que no merece siquiera comentario.

Así que, tras progresivos recortes, ha llegado el momento de saltar de 260.000 a 0, con un perjuicio que no empieza por los profesionales que dejarán de trabajar ni por los premiados y jurados: los principales damnificados serán quienes decidan emprender una de las carreras artísticas más difíciles que existen (en cualquiera de sus facetas, que son muchas) y la propia ciudad de Oviedo. Los mimbres estaban ahí: hay toda una hornada de cantantes, directores musicales y escénicos, técnicos, músicos y un interminable etcétera que hemos intentado arrancar carreras aquí poniendo sobre la mesa compromiso, esfuerzo y asumiendo costes notables, pero que al menos tuvimos la ocasión de descubrir lo que es el teatro lírico profesional porque lo teníamos en casa. Así es como nos pegamos un tiro en el pie, abundando en la negación de que Asturias críe, albergue y proyecte a profesionales y creadores como todos los (muchos) que hoy desarrollan carreras internacionales. Por no hablar del suicidio de la posibilidad, que estaba al alcance de la mano, de ser la capital del teatro lírico del cuarto noroeste de la Península todo el año y de Europa puntualmente.

Es posible —no soy gestor— que la lírica haya sufrido errores de gestión, o que haya consumido cantidades excesivas de recursos. Pero incluso aunque fuese así, el hecho es que Oviedo ofrece más de treinta funciones de ópera y zarzuela escenificadas al año y los únicos premios del sector en España, y que tiene una cantera a la que ahora le muestran la salida sin miramientos.

El debate, entonces, puede ser si el modelo de gestión es el adecuado, pero en ningún caso debería ser una opción mermar ese patrimonio. Que no se hayan agotado los esfuerzos por mantener los Premios solo es síntoma de que no existía voluntad de hacerlo (alguno se sorprendería de saber cuántos primeras espadas arrimarían el hombro de habérselo pedido); y que su futuro lo decidan políticos en un salón de plenos, de que el único error ha sido dejar a merced de las ideologías lo que debería estar en manos especializadas.

A nadie se le pasa por la cabeza demoler el Niemeyer, vender como chatarra Laboral Centro de Arte o prenderle fuego a la ampliación del Bellas Artes: no solo por lo absurdo de derruir lo construido, sino porque eso ya no tendrá remedio.

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Palabras entre los dedos (en la muerte de Leonard Cohen)
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Alejandro Carantoña | 13-11-2016 | 15:00| 0

Más allá de la textura (musical, técnica) de sus canciones, lo más prodigioso de la producción de Leonard Cohen es, precisamente, su textura literaria. Igual que ha ocurrido con Dylan, que lleva algo más de andamiaje musical, o con cualquiera de sus coetáneos, el poder reside en la palabra hablada. Es el motor a menudo, pero en otras ocasiones parece que la inercia del texto ha acabado por hacer aflorar nuevas palabras, como si se autocompletase.

La voz grave y la postura monolítica hacían que cada verbo retumbase como si no hubiese otro: exactamente, en la precisión poética y vital de Leonard Cohen hay algo de inquietante, hay una solidez a la que pocos creadores han tenido acceso. Hay un libro espléndido, ‘Conversaciones con un superviviente’, que escribió su traductor al español, Alberto Manzano, y que lo subraya en las charlas que corresponde a los años más misteriosos de Cohen, que al mismo tiempo son los que tienen más luz. La luz del Mediterráneo que alumbró a Lorca y, de rebote, a él mismo; y sobre todo, la luz de la isla griega de Hydra.

En ese contexto, en el año 1988 aparecía una conversación entre Manzano y Cohen en la revista ‘Ajoblanco’. El traductor le pregunta a bocajarro por ‘First we take Manhattan’ —concretamente sobre el verso «me guía la belleza de nuestras armas»—, y Cohen le contesta, sencillamente: «No serviría a los intereses de nuestra estrategia revelar la naturaleza de nuestras armas.»

Ese tipo de sentencia lacónica, bañada por un sentido del humor impenetrable, forman parte de un personaje al que pocos han podido acercarse. Con toda la intención, y lejos de los traumas que el propio Dylan ha exhibido siempre, en este caso Cohen se convierte en esquivo para preservar sus canciones, para «vivir para siempre», como dejó dicho hace apenas dos meses.

En el perfil que hace menos de un mes le dedicó el ‘New Yorker’, firmado por su director, David Remnick, Cohen también hablaba con serenidad (y desgarro) de la muerte de Marianne, sí, esa Marianne. Cuando este verano la musa de Cohen murió, hubo un pequeño intercambio de correos electrónicos que se hicieron inmensamente populares muy deprisa. Remnick no puede dejar de preguntarle por qué permitió que trascendiese algo tan personal: «Porque está unido a una canción», le dijo Cohen. Y por eso, le parecía bonito y necesario.

Todo lo demás es serenidad y un traje impecable: de ese perfil sobresalen dos detalles que confirman todas las intuiciones sobre el cantautor. Primera, que «tenía muy claro qué público quería» antes de tenerlo. Segunda, que ya de muy joven «aprendió a doblar los trajes para que no se arrugasen» en los viajes y giras.

Así es como se erige una figura, y una voz, puestas al servicio de la palabra. No solo con el fin de realzar los versos obsesivos (‘Hallelujah’ le costó cinco años de trabajo), sino de seducir a públicos —y al sexo opuesto en particular— de una manera insólita, pero tan honda que hoy todos le lloran.

No se trata de tristezas y melancolías, sino todo lo contrario: de hecho, él nunca se ha regodeado en la inmensa dificultad de lo escrito, leído y cantado, sino que ha barrido bajo la alfombra de sus canciones, libros y dibujos todo el «desorden» y «suciedad» —palabras suyas, en Oviedo en 2011— que escondían detrás. Eso se lo lleva con él. Quedan, pues, las palabras entre los dedos: tersas y, probablemente, inmortales.

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We are screwed
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Alejandro Carantoña | 09-11-2016 | 14:03| 0

En diciembre del año pasado, hace unas cincuenta columnas, escribí que estábamos a salvo de Trump; y que nuestros primos hermanos estadounidenses, también. Que me equivocaba lo descubrí y reconocí hace un mes, pero hasta esta madrugada no podía imaginar que me estaba equivocando tanto.

En estado de shock sigo, y en estado de shock seguiré, porque me niego a aceptar el tuiteo impenitente de los politólogos que nos han crecido esta mañana y porque no les otorgo ningún valor a los amplios «así ganó Trump las elecciones» o «por qué ganó Trump las elecciones» a toro pasado: es que esto, sencillamente, no tiene explicación. Es el silencio y la negrura más absoluta: un hortera, un mal tipo, un mentiroso, un matón, un ignorante de la peor ralea (o sea, voluntario, consciente y orgulloso) se acaba de subir a la grupa del mundo para conducirlo al abismo.

Los votantes estadounidenses son los únicos responsables del atolladero en que nos han metido, pero también son los primeros que van a sufrir las consecuencias. Por eso, no sobra algo más de silencio prudente y algo menos del insufrible paternalismo con el que los estamos tratando desde esta mañana. Ya cuando George Bush salió reelegido empezó a propagarse por España la imagen de cincuenta millones de rednecks subidos en tractores, con antorchas y capuchas del Ku-Kulx-Klan, como única explicación a lo inexplicable: que la muy informada y sabia sociedad estadounidense hubiese decidido someterse a cuatro años más de barbarie.

Nosotros deberíamos limitarnos a tomar nota: si hay algo evidente es que tras esta victoria no se esconde una decisión entusiasta, sino un «votémosle a ver qué pasa» que sí se está convirtiendo en universal y que da mucho miedo. Ese sentimiento —no es más que eso— es irracional, es peligroso y somete el rumbo de toda una civilización al primer advenedizo, cortoplacista y marchante de crecepelo al que le pongan un micrófono delante.

No hace ni una semana que Trump se pegó un espaldarazo a sí mismo aludiendo a los oscuros mecanismos del sistema, que se habían alineado para impedirle llegar a la presidencia y salvar a Estados Unidos: ya veo, ya, está clarísimo, el triunfo de la arrolladora máquina del establishment para frenar a este pobre libertario.

Pobres los que van a sufrir las consecuencias.

Pobre Estados Unidos.

No sé de quién es la culpa; no me importa. Solo espero que nos grabemos estos meses con fuego en la memoria para que, al menos, nunca nos permitamos algo similar.

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Leer por deber
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Alejandro Carantoña | 06-11-2016 | 15:00| 0

Si alguien nos hubiera dicho, en aquellos tiempos de cartabón y mochila, que los deberes llegarían a asunto de Estado no lo hubiéramos creído. Tampoco que esa misma gente encorbatada que aparecía en televisión entre anuncio y anuncio decidía lo que nos contaban frente al pupitre, pero resulta que así era.

Este fin de semana se está celebrando —el verbo no es casual— la primera huelga de deberes en España. Durará todos los fines de semana de noviembre. Una confederación de asociaciones de padres, al parecer numerosa y poderosa, estima que es el último recurso para lograr que el ministerio del ramo estudie regular al respecto. Según se ha dicho esta semana, hay niños de seis años que ya se llevan tarea para el fin de semana.

Como alternativa a esta pronta toma de contacto de nuestra gente menuda con la vida de autónomo o artista liberal (¡o futbolista!) por la tarde —alternada con la vida de oficinista por las mañanas—, los convocantes proponen llevar a los niños a un museo, comentar un asunto de actualidad o incluso, es un suponer, leer un libro.

Lo más interesante es que el asunto se ha revelado como libérrimo de ideologías y cargado, en cambio, de recuerdos personales. Lo que este profesor encomendaba a uno y lo que aquella maestra le descubrió al otro han ocupado la arena de debate: sobre esto, todos tenemos opinión y experiencia. Pero también la certeza de que, entre el monumento al destajo que fueron los años escolares —ay, si cotizaran…— se leyó o poco y mal o demasiado y peor.

También se escuchó poca música, se visitaron pocos museos y se vio insuficiente teatro: no dejan de ser actividades extraescolares. Es decir, lo que se hace en los huecos sobrantes entre importantes fórmulas matemáticas e insoslayables listados de fechas, llamados a formar a los abogados, cirujanos o ingenieros del mañana. Un horror.

En aquellos años, las mañanas eran tiempo tasado. Solo una visita al centro de salud, una salida a una fábrica de rosquillas o alguna excepcional circunstancia permitían contemplar ese hormigueo temprano de la ciudad, de las furgonetas de reparto y de la gente haciendo cosas que ocupaban las aceras, oficinas, cafeterías, almacenes y fábricas de lado a lado. Aquello en lo que nuestros mayores empleaban su tiempo, un tiempo misterioso e impenetrable en el que había que estar haciendo cosas de provecho.

Entre tanto, llovían puntuales dosis de disciplina y conocimiento olvidado a la misma velocidad a la que era memorizado, preludio de otro año igual y más intenso, y de otro igual y más intenso, y así hasta desembocar en el remoto mundo de la formación superior. Todo era, y al parecer sigue siendo, así de gris: ¿cuál era el sentido de dedicar treinta o cuarenta horas a aprender cada semana? Saber, estar preparados.

Pero ¿para qué? Seguramente, y en teoría, para aquello que ocurriría cuando la vida fuese un fin de semana sin fin por voluntad o fuerza, o cuando ya no hubiese ningún horario y repertorio de obligaciones que cumplir. Cuando hubiese que elegir un oficio, profesión o carrera y lograrlo sin que alguien lo calificase. Es decir, cuando nos tocase empezar a crecer y no a ganar un concurso.

Exactamente en ese punto, en el que la incertidumbre que les producirá a estos niños salir al mundo sustituya a la certeza de que el lunes hay cole, no estará de más que alguien les haya enseñado a rellenar sus inquietudes sin la inestimable ayuda de un ministerio. Ese es, seguro, el futuro: que lean. Y que vayan al museo. Y que eso, claro, no sean deberes, sino un placer necesario.

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Otro premio insólito
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Alejandro Carantoña | 31-10-2016 | 15:00| 0

El titular de hoy es que Bob Dylan ha aceptado su Nobel de Literatura: vamos camino del serial. Hoy, hace diecisiete días que le fue otorgado y 48 horas desde que la Academia Sueca dijo que había dicho que se había quedado sin palabras.

Vamos camino del serial porque esta semana, otra vez, está protagonizada por un premio insólito: si el de Dylan ha sido inédito en el historial de nobeles de Literatura, el del ampliamente desconocido Paul Beatty lo ha sido en el prestigioso Man Booker. Este galardón, que fundó hace 48 años una editorial británica y que es el más codiciado en el Reino Unido, ha sido concedido por primera vez a un escritor estadounidense, apenas tres años después de que las bases fueran cambiadas para incluir a todo el ámbito de las letras anglófonas y no solo a la Commonwealth y a algunas colonias británicas.

Pero es que encima —aquí viene lo más sorprendente— Paul Beatty tiene más de cincuenta años, menos de seis libros publicados (ninguno en español) y de su biografía en Wikipedia —a todas luces obra de su agente o editorial— lo que más refulge es un artículo que escribió en el New York Times hace casi dos décadas. Por todo ello, o quizás precisamente por eso, fue rechazado por dieciocho editoriales hasta recalar en un pequeño sello independiente que le ha granjeado la entrada al olimpo de las letras. Además con una novela, al parecer, «difícil de digerir», según sus propias palabras, en la que su protagonista compra esclavos en el siglo XXI.

Completemos el asombro: la no menos desconocida editorial en cuestión, Oneworld, es tan humilde que ha tenido serios problemas para satisfacer la demanda de ejemplares premiados… por segundo año consecutivo. Según contaba el Guardian ya en julio, cuando se anunció la lista de novelas finalistas, las pequeñas editoriales estaban completamente desbordadas por un repentino salto a la palestra propiciado por el Booker y hasta entonces reservado, en general, a las grandes firmas.

De todos los nombres que integraron aquella lista, al igual que la inmensa mayoría de los que han ganado el premio hasta ahora, casi todos son desconocidos para el público hispanohablante. Y para el anglosajón también: nadie se explica esta repentina huida hacia lo pequeño, lo recoleto, lo independiente, si no es por voluntad de abrir públicos y diferenciarse o de arrearles un pescozón a las grandes y conservadoras editoriales.

Cualquiera de las dos explicaciones es tan misteriosa como que la Academia Sueca se decidiese por Bob Dylan: como ya se han encargado de repetir hasta la náusea todos los opinadores habidos y por haber, no tenían ninguna necesidad de concederle un Nobel de Literatura. Y precisamente por eso, añadimos unos cuantos, es por lo que conviene ser cautos ante el fallo y respetarlo.

Que el Man Booker Prize haya elegido, en fechas recientes, renunciar a las mieles de la consolidación y a marcarse como prestigioso refrendo de los éxitos de ventas también supone un manotazo en la mesa, un cambio de paradigma. Supone que en estos tiempos que corren poco importan ya los escaparates inflados o los despliegues de prensa promovidos por una buena agencia, sino un trabajo bien hecho, resistente a los años, que brilla con luz propia y atrae a lectores despojados de prejuicios.

Por todas partes salen autores y directores que afirman haber recibido respuestas positivas acompañadas de un elegante «pero no es vendible», hasta que un premio de renombre mundial los lanza a la estratosfera. Entonces, sí, venden por palés. ¿Por qué será?

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A bofetadas
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Alejandro Carantoña | 23-10-2016 | 14:00| 0

Este jueves, Donald Trump contestó a la pregunta que le había lanzado Hillary Clinton en el debate presidencial de la víspera: ¿Aceptaría el candidato republicano los resultados de las próximas elecciones en Estados Unidos? Por supuesto, dijo. «Solo si gano», apostilló. Estruendo de aplausos y algarabía. Qué valiente: qué gracioso.

Hasta hace poco, los Estados Unidos y su ciudadanía habían sido modelo de formas en el debate y en la contestación, incluso en la protesta. Teníamos a la democracia «más avanzada del mundo» también por la más madura en este sentido, pero resultó que ellos se equivocaban en su percepción sobre sí mismos y nosotros, también.

Nos equivocamos con ellos, y últimamente parece que también nos equivocamos con respecto a nuestra propia madurez. Y empezaremos a encontrar ejemplos no en las calles, en las puertas de un aula magna de una Universidad o siquiera en la sede central del ex principal partido de la oposición, sino en la mismísima Real Academia Española de la Lengua.

Cualquiera que tenga ojos y oídos habrá notado que Francisco Rico, eminente cervantista y académico, atacó a Arturo Pérez-Reverte, eminente novelista y polemista y académico a su vez, por un artículo de este último sobre el resobado uso del masculino y el femenino en interminables frases. Muy políticamente correctas, pero interminables. Por alguna razón, Rico se dio por aludido, y entró al trapo en un artículo de respuesta. Ya que estábamos, Pérez-Reverte respondió aludiendo a los turbios manejos de Rico con sus quijotes. Este se limitió a decir que no iba a bajar al barro.

Y hasta aquí la comidilla, al menos en el mundo de las letras, de la última semana —con algún pescozón a Dolores Redondo intercalado por haber tenido la desfachatez de que le diesen el Premio Planeta—. ¡Y no hace ni una semana que creíamos finiquitada la guerra con la memoria de Bolaño, con la identidad de Elena Ferrante, con Adelaida García Morales!

Pero no había terminado la contienda, no, precisamente porque se ha establecido la costumbre de hacer del peloteo aburrido el combate del siglo y de la astracanada, espectáculo: por «peloteo aburrido» léase la discusión, más filológica que faltona, de los dos académicos (elevada sin embargo a duelo al amanecer); y, por «astracanada», las mismas palabras de Trump, del que no hay que perder de vista que será anécdota antes de Navidad.

En mitad de este clima, que algunos consideran sano pero que a quien más memoria tiene le suena a tiempos (bastante) más oscuros, prolifera con demasiada alegría el grito y el insulto y la descalificación y la insinuación atrevida y la provocación torticera, rallano todo en la división irreconciliable antes que en la protesta fructífera y sana, en el intercambio genuinamente pacífico de pareceres.

Se ha instalado, por algún motivo muy difícil de entender, la idea de que la razón es el nuevo grial, y que con ella por delante se pueden obviar todos los filtros de convivencia que con tanto esfuerzo nos habíamos impuesto. El resultado son pequeños picos de tensión que no hacen sino contribuir al ruido, a enrocarse en una posición y a buscar el aplauso de quien piensa como nosotros, antes que el contraste de ideas con el de enfrente. La serenidad ha muerto; la templanza está de vacaciones; y Bob Dylan, quizás el más listo de todos, sigue sin ponerse al teléfono.

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Rufus Wainwright, en versión original
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Alejandro Carantoña | 19-10-2016 | 14:00| 0

Bromeaba Rufus Wainwright, mediado su recital del domingo en La Laboral, con que ha escrito ópera, se ha mudado a California… Y solo le queda ganar un Nobel. No escatimó en chanzas: hubo para un masajista, para Dylan, para Cataluña («Es un placer estar oficialmente en España», rió tras haber actuado en Girona y Sant Cugat), se acordó de Victoria de los Ángeles y rindió a un público variopinto él solo, con su voz y sus letras y su gracejo. Le rieron todo, pero se adivinaba algo de desconcierto—comprensible— cuando se extendía: anunció una canción inédita y, sorprendentemente, poco público reaccionó. Quizás por las dificultades de comprensión.

Rufus Wainwright, en Gijón, el pasado domingo. Foto: Jorge Peteiro.

Candles, que casi sonó a himno, sirvió de preludio al generoso repertorio que presentó: variado, equilibrado, investido de un sonido redondo y una voz perfecta y, por suerte para unos y desgracia para otros, extraordinariamente narrativo: se antojaba difícil disfrutar de la experiencia sin un dominio suficiente del inglés y francés, sus dos lenguas de batalla. Construyó sin impactos, sin golpetazos, sin momentos que entresacar de un todo: simplemente se sentó al piano, agarró la guitarra y nos invitó a transitar estampas al modo Springsteen, «del punto A al punto B», aunque sin la pirotecnia del Jefe. Hora y media más tarde, el trayecto estaba completado.

Ni siquiera es especialmente diestro como instrumentista —plancha los acordes de guitarra con tosquedad; y su manejo del piano apenas incluye dinámicas—, pero es tan inteligente como vocalista y artista, y tan acertado componiendo, que con solo dos canciones ya logra marcar el paso y no dejarlo decaer.

Allá le echen un soneto de Shakespeare, se enzarce con Gay Messiah o proponga un fragmento de su primera ópera, Prima Donna, exhibe el vigor de los grandes: uno tan frágil e inocente como capaz de hacer callar al auditorio sin que se oiga ni una tos.

Algo había entre el público de predisposición, seguro, (¿de verdad hace falta fotografiarle constantemente?), que él supo alimentar y aprovechar (Going to a town), pero también de conexión sobre la marcha, de seducción bien trabada a base de hablar lo justo, tocar lo necesario y creer en sus canciones como si las acabase de componer. Eso, inevitablemente, traspasaba el escenario, si bien es cierto que en un formato tan desnudo era imposible vencer la mayor de las barreras: la lingüística. Ojalá vuelva con banda, vuelva con más, pero vuelva.

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Hablar literatura
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Alejandro Carantoña | 16-10-2016 | 14:00| 0

Quizás en una semana como esta procedería llevarse las manos a la cabeza por el Nobel de Literatura para Bob Dylan, pero no merece la pena. Primero, porque ya está entregado. Y segundo, porque ya se ha dicho bastante más de lo que había que decir al respecto.

Sin embargo, conviene reparar en que las violentas reacciones que han seguido al fallo han venido a unirse a un coro, uniforme y cacofónico, de griteríos literarios que han marcado este principio de curso editorial. Poco se ha dicho y reseñado sobre algunos títulos estupendos, pero sí han corrido ríos de tinta con los, incluyendo el caso Dylan, cuatro culebrones librescos del último mes.

Empecemos: Alfaguara ha empezado a publicar, tras una sonada pugna de derechos, la obra completa de Roberto Bolaño, de la que se había ocupado la editorial Anagrama desde que su editor, Jorge Herralde, descubriese a Bolaño. A raíz de este acontecimiento, que al lector medio no le interesa en exceso, Ignacio Echevarría, amigo y colaborador de Bolaño, escribió un durísimo artículo en un suplemento cultural contra la viuda del autor chileno. A partir de ahí, las ascuas de una disputa que dura ya tres lustros se reavivaron, para solaz de no pocos blogueros, columnistas y colegas de profesión.

Seguimos: Ya en octubre, un periodista de investigación logró desbrozar una pila de cuentas económicas, descubrió algunos movimientos inmobiliarios y, al fin, consiguió desvelar la identidad de Elena Ferrante. Ferrante, una autora de éxito internacional, no era más que un pseudónimo hasta entonces, y un gran misterio. Con todo, en sus contadas comparecencias y declaraciones públicas había justificado su decisión escudándose en la importancia que quería dar a la obra y no a su rostro, a su nombre real. Efectivamente, como modo de protesta contra la crítica actual, a la que acusa de estar más condicionada por el nombre del autor impreso en la portada que por el contenido de las obras. Una semana más, columna hecha.

Por fin, en tercer y penúltimo lugar, prácticamente el mismo día en que estallaba el caso Ferrante, encontramos la consabida novela de Elvira Navarro sobre Adelaida García Morales. La novela, que es tal y que, se advierte por doquier, es pura ficción, lleva a la fallecida García Morales hasta en el título, lo cual provocó la furia de su ex pareja superviviente, Víctor Erice. Este escribió un texto en el que se fajaba con el libro, con Navarro y de refilón con buena parte de los medios de comunicación españoles.

Parecía que ya podíamos pasar a hablar de otros asuntos con calma cuando se destapó que quizás no haya premio Cervantes el próximo año por la torpeza administrativa y la inquina política de dos ministerios y, antes de poder volver a tomar resuello, resulta que la Academia decide concederle el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan.

Solo falta que el por lo demás prudente Ildefonso Falcones, que está promocionando su último éxito de ventas en potencia, se descuelgue con alguna frase sobre Rajoy o sobre Cataluña, o que a Donald Trump le dé por publicar unas memorias, para que nos plantemos cómodamente en Navidad hablando de literatura sin necesidad de haber abierto un solo libro: con el gusto y las alegrías que nos iban dejando en las librerías, qué ganas de enzarzarse en más debates sin fondo, en más cuchicheos sin demasiado recorrido. Algo pasa en las letras cuando, al paso al que vamos, se habla más que se escucha; se escribe (bastante) más que se lee.

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Cervantes en la ruina
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Alejandro Carantoña | 09-10-2016 | 14:00| 0

Tiene gracia que, justo en el cuarto centenario de Miguel de Cervantes, sea probable que no se falle el premio que lleva su nombre. Sería la primera vez en sus cuarenta años de historia que ocurre. Ni ese, ni el resto de Premios Nacionales: según el Ministerio de Hacienda, porque al de Cultura se le ha olvidado solicitar los fondos; según el de Cultura, porque esto nunca ha hecho falta y hay mala fe por parte de Montoro y sus secuaces.

En realidad, poco importa: nadie se va a enterar. Esta semana, también se ha publicado el último barómetro del CIS, que revelaba que a un 42% de españoles no le gusta leer. El 36 % no lo hace nunca o casi nunca. Así que ¿qué más dará que no se entreguen los premios a la Cultura más prestigiosos del país si nadie los va a consumir?

Ocurre con estas pequeñas rencillas —que han ido creciendo en intensidad a medida que crecía la incertidumbre en el seno del Gobierno en (eternas) funciones— que despojan a la Administración, al Estado y al Gobierno de cualquier clase de autoridad, ya mermada de por sí, en la cosa lectora y cultural. Es absolutamente imposible que se promueva el consumo de lo uno y de lo otro, que está por los suelos, si no es posible ofrecer una imagen monolítica, firme y autorizada sobre la relevancia que tienen los museos, teatros y librerías en nuestro día a día. Esa imagen nunca va a terminar de cuajar cuando el premio más importante de las letras españolas anda pendiente de un quítame allá ese burofax.

Por completar el panorama, a mediados de la última semana de septiembre nos llegaba otro titular no menos interesante: la mitad de los actores profesionales de España cobra menos de 3.000 euros al año por su trabajo; y solo un 8,17% vive de él —entendiendo por «vivir de él» cobrar 12.000 o más euros al año—. Estos, que tampoco son forzosamente la «gauche divine» que se deja ver por los sitios de moda de Madrid y Barcelona, viven sumidos en un vacío de atención tremendo, que es directamente proporcional a la que el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y el de Hacienda le dispensan a sus respectivos gremios y el asco que la Seguridad Social —de esto hace bien poco— les profesa a artistas jubilados o en vías de hacerlo.

Posiblemente no valga la pena siquiera preguntarse quién tiene la culpa. Cómo es posible que no uno, sino dos ministerios, con sus sedes, sus secretarías, sus boes y sus alarmas en el móvil hayan podido incurrir en semejante error. No pocos querrán achacar todo lo anterior a un Gobierno concreto o a un partido en particular, pero lo peor de todo es que la respuesta ni siquiera reside ahí: lo peor de todo es que, de momento, solo caben dos opciones posibles cuando hablamos de gestión y fomento de la cultura. Primera: recorte y orillamiento, porque no es algo ni importante, ni estratégico, ni crucial, aunque sí bastante decorativo. Segunda: ministerios solo para cultura, con profusión de altos cargos para llevar con mano firme el timón de las artes y alimentar el espíritu de toda una nación.

Ni la una ni la otra, que se acaban ensimismando ora en pequeñeces administrativas, ora en elevados debates sobre el devenir de la narrativa mundial, poseen la respuesta. Todo debería ser más tranquilo, más sencillo y por supuesto, más natural: que siquiera se siembre la duda sobre la posibilidad de que no haya Cervantes ya supone un daño irreparable.

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Buero y un colegio
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Alejandro Carantoña | 02-10-2016 | 14:00| 0

Esta semana hizo cien años que nació Antonio Buero Vallejo. La cosa no parece haber causado gran conmoción, salvo por algunos entusiastas actos organizados aquí y allá y la en extremo interesante recuperación de su discurso de ingreso en la Real Academia, publicado en su página web con pompa y boato. Hasta aquí, los fastos.

Quizás esta falta de atención institucional se deba al desconocimiento del personaje y su obra, eficazmente promovido desde los propios currículos escolares: siendo, como es, obligatorio estudiarlo, todos los esbozos biográficos que existen del autor en Internet están orientados a aprobar el examen de turno, pero no se acercan ni de lejos al tamaño de su obra y a la necesidad, acuciante, de volver a ella cada poco tiempo.

Puede que su costumbrismo esté superado, y que hoy en día el teatro quiera más sangre, pero hace más falta que nunca leerlo y representarlo desde la base, desde los principios más elementales del teatro. En los libros de texto se suele circunscribir la obra a un par de fechas y listados de datos («reproduce el habla popular», «sorteó la censura», en fin) y, sin embargo, cuando se lo toma en serio remueve conciencias.

Hace años, en el colegio Clarín de Gijón, a alguien se le ocurrió que hiciésemos una función de Historia de una escalera, precisamente. Un fulgurante reparto de niños y niñas de no más de once años interpretábamos todos los papeles (algunos, doblábamos: a servidor le tocaron Urbano y Fernando), y una voluntariosa parte del profesorado adaptó el texto y construyó una escenografía con placas de porexpán, cinta carrocera y tiras de papel que hacían las veces de puertas. La versión apenas debía de durar media hora, pero fue un reto enorme y gratificante.

Ya se había hecho alguna aproximación teatral, pero aquel era el primer texto «serio» y «adulto» a cuyo estreno fueron invitados, incluso, «los mayores», que como mucho tendrían trece años. Gustó mucho: se hicieron dos funciones y ¡vino TeleGijón!

Aquel despliegue marcó a todos los implicados, probablemente porque era la primera vez en nuestra vida que los niños no nos sentíamos tratados como tales, sino que se daba un esfuerzo por que entendiésemos que en el entorno inmediato existían las mismas cosas de las que Buero Vallejo hablaba en su texto. Fue una revelación, nunca suficientemente agradecida al profesorado que echándole cuajo y horas montó aquel acontecimiento.

Lo más probable es que aquella actividad surgiese más de la iniciativa del claustro que de algún planteamiento académico reglado, porque en cuanto salimos de allí, el teatro saltó por la ventana. Eran los mismos tiempos en que abundaban visitas a la desaparecida sala Quiquilimón, y en que la toma de contacto con las artes escénicas estaba revestida de la inteligencia, de la seducción de proponer lo más cercano e inmediato primero y los grandes clásicos, insondables en sus ediciones ajadas, después.

La semana pasada, la viuda de Buero declaraba en una entrevista a ABC que era incapaz de encontrar financiación para poner en pie sus obras. Por mucho que otros hayan afirmado que el autor está salvado del olvido, lo más probable es que poco a poco se vaya sumiendo en él, para siempre. Y que la culpa no sea de nadie más que de la blandura, institucionalizada y fofa, de una administración de las artes que lo va consintiendo: que su superviviencia dependa de la buena voluntad de unos pocos, a los que siempre estaremos agradecidos, no es ni justo ni sano.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.