img
Hablar literatura
img
Alejandro Carantoña | 14-10-2016 | 16:54| 0

Quizás en una semana como esta procedería llevarse las manos a la cabeza por el Nobel de Literatura para Bob Dylan, pero no merece la pena. Primero, porque ya está entregado. Y segundo, porque ya se ha dicho bastante más de lo que había que decir al respecto.

Sin embargo, conviene reparar en que las violentas reacciones que han seguido al fallo han venido a unirse a un coro, uniforme y cacofónico, de griteríos literarios que han marcado este principio de curso editorial. Poco se ha dicho y reseñado sobre algunos títulos estupendos, pero sí han corrido ríos de tinta con los, incluyendo el caso Dylan, cuatro culebrones librescos del último mes.

Empecemos: Alfaguara ha empezado a publicar, tras una sonada pugna de derechos, la obra completa de Roberto Bolaño, de la que se había ocupado la editorial Anagrama desde que su editor, Jorge Herralde, descubriese a Bolaño. A raíz de este acontecimiento, que al lector medio no le interesa en exceso, Ignacio Echevarría, amigo y colaborador de Bolaño, escribió un durísimo artículo en un suplemento cultural contra la viuda del autor chileno. A partir de ahí, las ascuas de una disputa que dura ya tres lustros se reavivaron, para solaz de no pocos blogueros, columnistas y colegas de profesión.

Seguimos: Ya en octubre, un periodista de investigación logró desbrozar una pila de cuentas económicas, descubrió algunos movimientos inmobiliarios y, al fin, consiguió desvelar la identidad de Elena Ferrante. Ferrante, una autora de éxito internacional, no era más que un pseudónimo hasta entonces, y un gran misterio. Con todo, en sus contadas comparecencias y declaraciones públicas había justificado su decisión escudándose en la importancia que quería dar a la obra y no a su rostro, a su nombre real. Efectivamente, como modo de protesta contra la crítica actual, a la que acusa de estar más condicionada por el nombre del autor impreso en la portada que por el contenido de las obras. Una semana más, columna hecha.

Por fin, en tercer y penúltimo lugar, prácticamente el mismo día en que estallaba el caso Ferrante, encontramos la consabida novela de Elvira Navarro sobre Adelaida García Morales. La novela, que es tal y que, se advierte por doquier, es pura ficción, lleva a la fallecida García Morales hasta en el título, lo cual provocó la furia de su ex pareja superviviente, Víctor Erice. Este escribió un texto en el que se fajaba con el libro, con Navarro y de refilón con buena parte de los medios de comunicación españoles.

Parecía que ya podíamos pasar a hablar de otros asuntos con calma cuando se destapó que quizás no haya premio Cervantes el próximo año por la torpeza administrativa y la inquina política de dos ministerios y, antes de poder volver a tomar resuello, resulta que la Academia decide concederle el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan.

Solo falta que el por lo demás prudente Ildefonso Falcones, que está promocionando su último éxito de ventas en potencia, se descuelgue con alguna frase sobre Rajoy o sobre Cataluña, o que a Donald Trump le dé por publicar unas memorias, para que nos plantemos cómodamente en Navidad hablando de literatura sin necesidad de haber abierto un solo libro: con el gusto y las alegrías que nos iban dejando en las librerías, qué ganas de enzarzarse en más debates sin fondo, en más cuchicheos sin demasiado recorrido. Algo pasa en las letras cuando, al paso al que vamos, se habla más que se escucha; se escribe (bastante) más que se lee.

Ver Post >
Cervantes en la ruina
img
Alejandro Carantoña | 07-10-2016 | 11:31| 0

Tiene gracia que, justo en el cuarto centenario de Miguel de Cervantes, sea probable que no se falle el premio que lleva su nombre. Sería la primera vez en sus cuarenta años de historia que ocurre. Ni ese, ni el resto de Premios Nacionales: según el Ministerio de Hacienda, porque al de Cultura se le ha olvidado solicitar los fondos; según el de Cultura, porque esto nunca ha hecho falta y hay mala fe por parte de Montoro y sus secuaces.

En realidad, poco importa: nadie se va a enterar. Esta semana, también se ha publicado el último barómetro del CIS, que revelaba que a un 42% de españoles no le gusta leer. El 36 % no lo hace nunca o casi nunca. Así que ¿qué más dará que no se entreguen los premios a la Cultura más prestigiosos del país si nadie los va a consumir?

Ocurre con estas pequeñas rencillas —que han ido creciendo en intensidad a medida que crecía la incertidumbre en el seno del Gobierno en (eternas) funciones— que despojan a la Administración, al Estado y al Gobierno de cualquier clase de autoridad, ya mermada de por sí, en la cosa lectora y cultural. Es absolutamente imposible que se promueva el consumo de lo uno y de lo otro, que está por los suelos, si no es posible ofrecer una imagen monolítica, firme y autorizada sobre la relevancia que tienen los museos, teatros y librerías en nuestro día a día. Esa imagen nunca va a terminar de cuajar cuando el premio más importante de las letras españolas anda pendiente de un quítame allá ese burofax.

Por completar el panorama, a mediados de la última semana de septiembre nos llegaba otro titular no menos interesante: la mitad de los actores profesionales de España cobra menos de 3.000 euros al año por su trabajo; y solo un 8,17% vive de él —entendiendo por «vivir de él» cobrar 12.000 o más euros al año—. Estos, que tampoco son forzosamente la «gauche divine» que se deja ver por los sitios de moda de Madrid y Barcelona, viven sumidos en un vacío de atención tremendo, que es directamente proporcional a la que el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y el de Hacienda le dispensan a sus respectivos gremios y el asco que la Seguridad Social —de esto hace bien poco— les profesa a artistas jubilados o en vías de hacerlo.

Posiblemente no valga la pena siquiera preguntarse quién tiene la culpa. Cómo es posible que no uno, sino dos ministerios, con sus sedes, sus secretarías, sus boes y sus alarmas en el móvil hayan podido incurrir en semejante error. No pocos querrán achacar todo lo anterior a un Gobierno concreto o a un partido en particular, pero lo peor de todo es que la respuesta ni siquiera reside ahí: lo peor de todo es que, de momento, solo caben dos opciones posibles cuando hablamos de gestión y fomento de la cultura. Primera: recorte y orillamiento, porque no es algo ni importante, ni estratégico, ni crucial, aunque sí bastante decorativo. Segunda: ministerios solo para cultura, con profusión de altos cargos para llevar con mano firme el timón de las artes y alimentar el espíritu de toda una nación.

Ni la una ni la otra, que se acaban ensimismando ora en pequeñeces administrativas, ora en elevados debates sobre el devenir de la narrativa mundial, poseen la respuesta. Todo debería ser más tranquilo, más sencillo y por supuesto, más natural: que siquiera se siembre la duda sobre la posibilidad de que no haya Cervantes ya supone un daño irreparable.

Ver Post >
Buero y un colegio
img
Alejandro Carantoña | 01-10-2016 | 13:32| 0

Esta semana hizo cien años que nació Antonio Buero Vallejo. La cosa no parece haber causado gran conmoción, salvo por algunos entusiastas actos organizados aquí y allá y la en extremo interesante recuperación de su discurso de ingreso en la Real Academia, publicado en su página web con pompa y boato. Hasta aquí, los fastos.

Quizás esta falta de atención institucional se deba al desconocimiento del personaje y su obra, eficazmente promovido desde los propios currículos escolares: siendo, como es, obligatorio estudiarlo, todos los esbozos biográficos que existen del autor en Internet están orientados a aprobar el examen de turno, pero no se acercan ni de lejos al tamaño de su obra y a la necesidad, acuciante, de volver a ella cada poco tiempo.

Puede que su costumbrismo esté superado, y que hoy en día el teatro quiera más sangre, pero hace más falta que nunca leerlo y representarlo desde la base, desde los principios más elementales del teatro. En los libros de texto se suele circunscribir la obra a un par de fechas y listados de datos («reproduce el habla popular», «sorteó la censura», en fin) y, sin embargo, cuando se lo toma en serio remueve conciencias.

Hace años, en el colegio Clarín de Gijón, a alguien se le ocurrió que hiciésemos una función de Historia de una escalera, precisamente. Un fulgurante reparto de niños y niñas de no más de once años interpretábamos todos los papeles (algunos, doblábamos: a servidor le tocaron Urbano y Fernando), y una voluntariosa parte del profesorado adaptó el texto y construyó una escenografía con placas de porexpán, cinta carrocera y tiras de papel que hacían las veces de puertas. La versión apenas debía de durar media hora, pero fue un reto enorme y gratificante.

Ya se había hecho alguna aproximación teatral, pero aquel era el primer texto «serio» y «adulto» a cuyo estreno fueron invitados, incluso, «los mayores», que como mucho tendrían trece años. Gustó mucho: se hicieron dos funciones y ¡vino TeleGijón!

Aquel despliegue marcó a todos los implicados, probablemente porque era la primera vez en nuestra vida que los niños no nos sentíamos tratados como tales, sino que se daba un esfuerzo por que entendiésemos que en el entorno inmediato existían las mismas cosas de las que Buero Vallejo hablaba en su texto. Fue una revelación, nunca suficientemente agradecida al profesorado que echándole cuajo y horas montó aquel acontecimiento.

Lo más probable es que aquella actividad surgiese más de la iniciativa del claustro que de algún planteamiento académico reglado, porque en cuanto salimos de allí, el teatro saltó por la ventana. Eran los mismos tiempos en que abundaban visitas a la desaparecida sala Quiquilimón, y en que la toma de contacto con las artes escénicas estaba revestida de la inteligencia, de la seducción de proponer lo más cercano e inmediato primero y los grandes clásicos, insondables en sus ediciones ajadas, después.

La semana pasada, la viuda de Buero declaraba en una entrevista a ABC que era incapaz de encontrar financiación para poner en pie sus obras. Por mucho que otros hayan afirmado que el autor está salvado del olvido, lo más probable es que poco a poco se vaya sumiendo en él, para siempre. Y que la culpa no sea de nadie más que de la blandura, institucionalizada y fofa, de una administración de las artes que lo va consintiendo: que su superviviencia dependa de la buena voluntad de unos pocos, a los que siempre estaremos agradecidos, no es ni justo ni sano.

Ver Post >
Vamos a contar mentiras
img
Alejandro Carantoña | 24-09-2016 | 11:50| 0

El pasado lunes, Peter Beinart certificó en The Atlantic la muerte del periodismo declarativo en Estados Unidos: el prestigioso New York Times ha abierto, por primera vez, su cobertura sobre Donald Trump con un artículo de análisis en lugar de con una pieza informativa. El titular del Times era demoledor: «Trump abandona su mentira, pero no se disculpa», contaba en referencia a la afirmación del candidato republicano a la no ciudadanía estadounidense de Barack Obama. El uso del término «mentira» va muchos pasos más allá, señala Beinart, de la tradicional cautela del periódico entre periódicos. Y lo aplaudía: jugando en el terreno de Trump, que exige el despido de informadores sistemáticamente, había que pasar a la acción y abandonar las medianías.

Al cabo de pocas horas, eran varios los periodistas españoles que compartían la pieza de Beinart celebrando, al tiempo, que la biblia de la información escrita hubiese dado barra libre al «análisis». De ahí, se rueda plácidamente hasta la opinión y, con tan solo un pequeño salto más, se abre la veda de orillar la ecuanimidad en pos de una «línea editorial definida», como se presentan cada vez más medios españoles.

En este mismo sentido, el New Yorker publicó el pasado lunes una extensa pieza firmada por Jill Lepore sobre la salud de los debates presidenciales en aquel país, ante el primer cara a cara entre Clinton y Trump que tendrá lugar mañana. El artículo contiene algunos datos que probablemente puedan replicarse aquí: «Uno de cada tres estadounidenses evita hablar de política si no es en privado; menos de uno de cada cuatro conversa con alguien de quien difiere políticamente; menos de uno de cada cinco ha participado en una reunión de solución de conflictos, siquiera en línea, con personas con puntos de vista diferentes. ¿Qué clase de democracia es esa?»

En España, que somos muy dados a entender lo que nos apetece, un gran sector de la opinión pública y de los medios de comunicación ha preferido quedarse con la parte de que la opinión es libre que con la preocupación, sincera y creciente, de que el ruido está suplantando a las buenas maneras. En el mismo artículo, Lepore advierte cómo las redes sociales se parecen cada vez menos a la vida real y cómo la vida real se parece cada vez más a las redes sociales, haciendo crecer hasta el espanto a un personaje como Trump, perfecto rey de la barrabasada.

Un ligero retorcimiento adicional nos ha conducido, a nosotros, a la situación de bloqueo político en la que nos encontramos. Y este varamiento de las cosas incluye, por supuesto y ante todo, el atasco de los discursos, que van creciendo en intensidad y ruido y tapan los problemas esenciales. Nadie da su brazo a torcer; en cambio, anega de culpa y escándalos al adversario en la medida de lo posible. Tanto ha sido así últimamente que no pocos analistas se han mostrado sorprendidos por lo limpio (léase aburrido) de las campañas gallega y vasca, casi como si perdiesen el gracejo por la ausencia de peleas, demandas o insultos velados.

En cambio, una buena dosis de aforamientos a la valenciana y de procesos andaluces sirven de recambio, aderezados con una pizca de cursos universitarios y radios podemitas. Con eso, podemos tirar una semana más, con la esperanza de que llegue mañana y, cerradas las urnas autonómicas, podamos volver a pegarnos gritos a gusto en el ruedo nacional. Si todo sigue así, tenemos bronca disfrazada de cordial intercambio de impresiones al menos hasta Navidad. Barra libre para contar mentiras.

Ver Post >
Todo nos parece bien
img
Alejandro Carantoña | 16-09-2016 | 15:33| 0

Hace tan solo unos días, cuatro osados abrieron un nuevo teatro en Madrid. No se llama como una marca de helados, ni de seguros, ni de teléfonos móviles: se llama Kamikaze. Detrás tienen el sustento de sus respectivos públicos (Miguel del Arco, uno de los fundadores, es un influyente director de teatro y, desde junio, de zarzuela: se presentó con concurrencia inusitada en Oviedo su ¡Cómo está Madriz!). Su motivación, cuentan, es más cultural que comercial. O, al menos, equilibrada.

La alegría con que esta iniciativa ha sido recibida por la prensa especializada contrasta, y bastante, con otras aventuras de corte joseluismorenesco: esto es, teatro privado sin más, tratado con la condescendencia que se le confiere al entretenimiento. La diferencia entre lo uno y lo otro, entonces, parece estribar en las intenciones: el Teatro Pavón Kamikaze ha sido planteado casi como un acto de resistencia, como un «teatro privado con vocación de teatro público», como lo definía el actor Israel Elejalde.

Este tipo de iniciativas, fuera de la esfera de lo público y de la tan cacareada subvención, han proliferado como setas en estos años de crisis y en Madrid sobre todo, desde el boom de las salas de microteatro hace poco más de un lustro. Últimamente, con el paulatino retorno de las grandes salas (ha reabierto el Teatro de la Comedia, a pocos metros del Español), han cerrado muchas de ellas.

Algunas lo han hecho entre protestas y lamentos por las trabas burocráticas al proyecto; otras, como La casa de la portera, lo han hecho en un silencio mucho más discreto: han reconocido que el modelo no era sostenible por más tiempo. Sin embargo —y esto también ha ocurrido con innumerables periódicos digitales, editoriales y salas de cine— un sector del público se ha llevado las manos a la cabeza por el rodillo que nos está dejando sin cultura, en lugar de apoyar, con dinero contante y sonante y una asistencia continuada, estos pequeños actos de rebelión.

Es como si todo nos pareciese bien, pero no estuviésemos dispuestos a mancharnos las manos, a meter el brazo hasta el codo en el esfuerzo que supone desplazarse hasta el teatro con este frío incipiente o rellenar las estanterías de lujosos y atrevidos libros. En el caso de este nuevo teatro, sus responsables cuentan que necesitan una asistencia media del 65% como mínimo, lo cual no es un exceso pero, desde luego, sí es un reto.

El aplauso, en cualquier caso, es unánime: ese público cómodo estampa su sello de aprobación en la oferta creciente; las administraciones o partidos políticos apuntan a todas las iniciativas como señal del irrefrenable vigor creativo que prospera en España a pesar de todo. Y, así, todo nos parece bien, pero los datos, cierres y estados de excepción evidentes apuntan en sentido opuesto: muestran un panorama de fragilidad en el mejor de los casos, y de precariedad manifiesta en el peor (que es la mayoría).

Estos nuevos atrevimientos merecen el aplauso al valor (a las intenciones), pero también un escrutinio serio y riguroso por parte de público, especialistas y profesionales. Esa es la única manera de saltar por encima de la odiosa frase «para ser española, no está tan mal» y de que teatros y kamikazes sirvan no solo para rellenar las aburridas tardes de fin de semana, sino para impulsar un modelo de creación y consumo nuevo, rompedor, estable, sólido, resistente a la adversidad y a prueba de manoseos políticos. Todo nos parece bien: que haya más, pero sobre todo, que lo haya mejor.

Ver Post >
Traductores y delincuentes
img
Alejandro Carantoña | 10-09-2016 | 12:28| 0

Hace casi diez años, saltó un escándalo que sigue sin ser tal para la opinión pública: el Ministerio del Interior tenía contratadas, para tareas de traducción con cierto grado de seguridad, a personas con antecedentes penales. Esta semana, al fin, la Defensora del Pueblo ha admitido a trámite una queja presentada en julio por varias asociaciones de profesionales del ramo: en muchos juzgados de España (Asturias, entre ellos) no está garantizada la prestación del servicio de traducción por personal cualificado.

Coincide esta reclamación con el retorno del curso literario, en el cual predominan, en la sombra, no pocos traductores: sin ir más lejos, Volar en círculos, las memorias de John Le Carré, han aparecido esta semana en España simultáneamente a su lanzamiento mundial —y suponen el pistoletazo de salida a una jugosa selección de títulos extranjeros—. Cualquiera de los innumerables estudios realizados sobre este ámbito en España es desolador: el precio medio de la traducción literaria se sitúa en unos 3,6 céntimos por palabra, una cantidad irrisoria. Y en el caso de la especializada —la mejor remunerada, como la de los juzgados por la que ahora se lamentan las asociaciones—, los precios finales son muy superiores pero también hiperpoblados de intermediarios, con el consiguiente perjuicio para usuarios y profesionales. Al final, resulta que apenas la mitad de los traductores profesionales de España viven exclusivamente de su trabajo. Y un número elevadísimo no declara sus ingresos, dicen que por escasos.

Muchas voces, incluyendo el Ministerio de Cultura (que en 2010 publicó un Libro Blanco de la Traducción en España), lo achacan a la falta de visibilidad del trabajo: en la crítica nunca se comentan las traducciones salvo que sean una catástrofe; y en el caso de la ópera o del teatro, tan solo el crítico Luis Gago (que es, a la sazón, traductor) desliza algún comentario sobre los sobretítulos en sus textos. En general, de nuevo, cuando contienen errores.

Como oficio, es casi tan desagradecido como el de periodista o árbitro de fútbol: la labor se da por supuesta y solo se vuelve visible cuando se cometen fallos. El grado de tolerancia a la chapuza es, sin embargo, altísimo en España, donde se aceptan resultados mediocres siempre y cuando el precio sea más bajo; y donde, no nos engañemos, la cultura crítica sobre la traducción está en pañales: un número enorme de lectores cree que muchos de sus libros favoritos fueron escritos originalmente en español.

Esta deriva, infinita, ha terminado por alcanzar a las facultades (hasta hace apenas cinco años nos «regalaban» la acreditación de traductor jurado con la Licenciatura) y ha embarrancado, inevitablemente, en juzgados y servicios públicos: tan solo algunas instituciones de primer orden cuentan con traductores propios, mientras que la inmensa mayoría subcontratan el servicio sin supervisión efectiva en el mejor de los casos; y se lo encargan al mejor postor, en el peor.

Que esta queja sea aceptada a trámite es tan solo un pequeñísimo paso, pero sin duda uno que merece ser reivindicado y destacado a bombo y platillo: solo así es posible que desde quien se compra una lavadora y necesita consultar las instrucciones hasta el inmigrante que busca reconstruir su historial médico puedan tener garantizadas cosas que, de tan básicas, se dan por hechas. Y, justo por ese motivo conviene no olvidar que su existencia y buen hacer no se deben a la intervención divina, sino a un esfuerzo perpetuo y excesivo de una generación que aún espera ser reconocida.

Ver Post >
[Un fallo lo tiene cualquiera: Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2016] Un servicio público
img
Alejandro Carantoña | 06-09-2016 | 13:14| 0


Cuando hace cuatro años los Bancos de Alimentos recibieron el Premio Príncipe de la Concordia se esforzaron en dejar muy clara una idea: ellos ayudan a la gente, no hacen política. Venía esto al hilo de que, en plena cresta de la crisis y con la mayoría del PP recién instalada, resultaba muy goloso conseguir que la organización emitiese algún titular en torno al latigazo de los recortes a los más desfavorecidos. No lo hicieron, por una sencilla razón explicitada por ellos mismos en la semana de la ceremonia de entrega: el objetivo tan solo era conseguir sumar. No querían pisar ningún callo.

Con Aldeas Infantiles, a la que ayer se otorgó el Premio Princesa de la Concordia 2016, posiblemente ocurra algo similar. El jurado ha tenido a bien otorgar el galardón a la matriz internacional, y no a la asociación española. En caso de que hubiera sido así, el foco podría desplazarse hacia un lugar bastante más espinoso que la pura celebración de la solidaridad: en España, Aldeas Infantiles es, en gran medida, un servicio público externalizado.

Presente en siete comunidades autónomas (entre las cuales no se encuentra Asturias), la organización cuenta con ocho «aldeas», esto es, enclaves en los que se crean entornos familiares para niños que, por cualquier motivo, carecen de ellos. Lo hacen siguiendo una serie de principios fundacionales y comunes a todas las Aldeas del mundo, pero lo hacen, también, siguiendo una mecánica muy particular: Aldeas Infantiles no elige a los niños a los que ayuda, sino que provienen derivados de los organismos públicos del lugar en el que trabajan. Así, como explican en su página web, son los servicios sociales de la comunidad autónoma correspondiente los que detentan la tutela de los niños, mientras que Aldeas Infantiles asume la guardia y custodia.

Esto se concreta en que la organización tiene suscritos los respectivos convenios, según los cuales el gobierno autonómico paga una cantidad determinada a cambio del «servicio» que prestan las Aldeas. De este dinero, la organización destina un 76% a su actividad directa, un 5% a su administración y el 19% restante a captación de fondos, socios, voluntarios, etc.

Es decir, la labor que aquí se premia es una espinosa, valiente y de especial relevancia en los tiempos en que vivimos —tal y como destaca el jurado—, dada la importancia del cuidado de los niños en situaciones de conflicto, catástrofe o crisis. El hecho, con todo, es que en España estas acciones se concretan tras el paso por el filtro de lo público, después de que la Administración haya priorizado y derivado a quienes más lo necesitan hacia la organización que mejor pueda atenderlos.

Igual que ocurre con otras muchas asociaciones que trabajan con otros muchos colectivos, hay que advertir (y aplaudir) el valor que tiene un trabajo en apariencia independiente y privado, pero que viene a cubrir las necesidades que el sistema no puede, no quiere o no sabe soportar. El debate está servido y, esperemos, avivado con este galardón.

Ver Post >
Leña al youtuber
img
Alejandro Carantoña | 03-09-2016 | 15:00| 0

En febrero de este año, al ya famoso usuario de Youtube ElRubius le hicieron un no menos famoso perfil en un diario nacional. Enviaron a realizar la operación a un redactor destacado que no usa las redes sociales, como explicaba en el propio texto. El resultado estaba esencialmente centrado en las percepciones personales del redactor, lo cual provocó un cabreo monumental por parte del autor de los vídeos en cuestión y, como derivada, acusaciones (reiteradas) de conspiración por parte de los medios de comunicación contra él y contra el resto de autores de estos vídeos, que atesoran millones de espectadores —muchos de ellos, dicen, jóvenes que ya no ven la televisión: es el nuevo nicho audiovisual—.

Luego llegó una madre de Tenerife y declaró que el espectáculo en directo de otro youtuber era una apología de la pederastia, con otro circo monumental. El último escándalo, en los estertores de este verano, ha sido un clamor (?) de varias empresas madereras, que acusan a dos youtubers (uno de ellos, el de Tenerife, etcétera) de azuzar unas bromas telefónicas que los tienen colapsados, debido a la proliferación de imitadores.

En la televisión pública andaluza se cubrió la noticia dando por buena la versión de algunos empresarios: que se ha promovido una campaña de acoso y derribo contra ellos, como si los adolescentes de este país fueran un lobby antimaderero de primer orden. Los youtubers, por su lado, se han defendido diciendo que en su broma original no revelaban la identidad de los empresarios; que les habían pedido permiso para publicar las bromas; y que no es su culpa que el mundo esté lleno de gente ociosa. Y, por supuesto, añaden que hay un complot de los medios de comunicación.

La teoría de la conspiración cunde sin parar entre estos nuevos ídolos digitales y entre sus seguidores, que han empezado a sustituir los medios de información convencionales que en teoría van a por ellos por otros supuestamente independientes, democráticos y horizontales (o sea, redes sociales).

Probablemente la explicación sea menos retorcida y bastante más simple: que las dos facciones viven en una confusión de dimensiones bíblicas. Aún este viernes, a la hora de la cena, al menos una televisión nacional aprovechaba que ha pasado un año de la foto del niño muerto en una playa mediterránea para repetir las imágenes hasta en cinco ocasiones y desde todos los ángulos. Podrán excusarse en que así se sensibiliza sobre el problema; pero no podrán ocultar que, a a la vez, la justificación deontológica les ayuda a trabar piezas sensacionalistas, impactantes y brutales.

Así, que ciertos programas sigan copando las parrillas y que las noticias televisadas se alimenten, bajo el epígrafe de «curiosidades», de vídeos absurdos en una calidad infame podrían ser la respuesta, en lugar de pensar que los nuevos líderes de opinión son unos terroristas catódicos. Sin embargo, el común de los informadores encuentra más cómodo hacer leña del árbol caído, y cubrir una historia que no se sostiene (que estos youtubers tienen algo contra la industria maderera) como si estos chavales fueran un demonio de cola puntiaguda. Resulta que lo más conveniente para los unos es afirmar que existe un complot informativo contra ellos y, para los otros, que ElRubius, Wismichu y demás fauna están fundando la primera gran secta del siglo XXI. Profundizar en lo uno, o en lo otro, no es una opción, al menos de momento. Y sigue la barrena.

Ver Post >
Hammett y un vermú
img
Alejandro Carantoña | 30-08-2016 | 14:17| 0

Aunque solo queden tres días para septiembre, sí queda tiempo para cumplir con algunos rituales veraniegos, si es que no se ha hecho ya: por ejemplo, volver a leer a Dashiell Hammett, volver, siempre, sobre El halcón maltés o sobre El agente de la continental en pequeñas y deliciosas dosis. No es muy recomendable para la salud salir del verano sin una buena lectura así, negra, liviana y fresca.

Puede ocurrir, sin embargo, que llevados por el hambre de misterios y aventuras nos atrevamos con los misterios de nuevo cuño. Nacionales, incluso: si te gustó La isla mínima como a mí me entusiasmó, ¿por qué no seguir explorando la producción patria? Nuevos relatos, alabados personajes y aplaudidos largometrajes. Sea Magical girl, de Carlos Vermut, por ejemplo. Dejarse mecer por ella y esperar a ver qué sucede una tarde de tormenta eléctrica de agosto.

Sin perder la compostura ni demasiado espacio en la película, baste decir que probablemente hayan sido los 127 minutos peor desperdiciados de los últimos tiempos, en una cosa aburrida, insulsa, vacía, llena de personajes sin fundamento y, lo que es peor, pretenciosa a más no poder. Pero es una opinión personal: tan personal, que tras entrar en un debate urgente sobre si la película de marras es buena o mala uno acaba viéndose obligado a consultar las críticas especializadas en busca de alguna explicación al entusiasmo de sus interlocutores.

La primera crítica, en un medio digital, trae una frase marcada en negritas, como si su autor estuviese especialmente orgulloso de ella, que reza: «Vermut planea sobre el horror cotidiano sublimando el patetismo afín a todo ser humano de forma tan certera que parece un cruce eléctrico entre Daniel Clowes y Charles Burns.» Más o menos igual que estaba, me arrastro hasta la siguiente, publicada en un diario de tirada nacional: «Con una mirada aséptica, de frialdad casi kubrickiana, Vermut dispone un laberinto, sin centro, en cuyo interior podemos observar la vulnerabilidad y la caída de sus personajes.» Definitivamente, empieza a parecer que muchas cosas se han escapado durante el visionado, por otra parte atento y meticuloso: probablemente, las sutiles referencias a Kubrick, a Kafka, a Fernán Gómez, a esos dos ilustradores antes citados y a la cultura oriental, a los juegos de referencia interiores y a todas esas cosas que los críticos han visto pero que a uno, quizás en trance por culpa del calor de agosto, se le han escapado sin remedio.

Perdidos en ese laberinto sin centro en cuyo interior observamos la vulnerabilidad de sus personajes, y todo mientras planeamos sobre el horror cotidiano sublimando nosequé, volvemos a Hammett. Sam Spade, que inevitablemente tiene cara de Bogart, acaba de recibir un guantazo, ha seducido a una mujer en apuros y se dispone a seguir atiborrándose de cócteles prefabricados, cigarrillos, y café que nunca está rico.

Aquí, en esta acción prosaica, seca y casi banal, hay algo que impide que el libro se caiga de las manos y que las películas de siempre (tampoco es mal plan recuperar a Hitchcock estos días) caduquen, por muchas décadas que hayan pasado. No hay mucho más aparataje crítico detrás que el formulado por el propio Spade minutos antes de llevarse a la muchacha al catre para poder registrar su apartamento a gusto, cuando habla de «arrojar una barra de hierro en medio de la maquinaria». Todo lo demás son golpes, enredos y gente siguiendo a otra gente. Sencillo en su encarnación, pero insuperable. Y todo, incluso, sin laberintos sin centro.

Ver Post >
Monólogo iraquí
img
Alejandro Carantoña | 30-08-2016 | 14:28| 0

Desde 1947 desafiando «lo normal», esto es, casi 70 años. Son los que lleva el Festival de Edimburgo, que se celebra anualmente durante tres semanas de agosto, recogiendo y abrochando cientos o miles de actividades culturales de toda clase. En la edición de este año hay una, que comenzó el viernes de la semana pasada, y que está previsto concluya mañana, que descolla especialmente. Se trata de una lectura continuada. No es de Shakespeare, aunque procediese, ni del Quijote, ni de nada que se le parezca: un buen puñado de aguerridos cómicos y monologuistas se han propuesto leer de cabo a rabo el informe Chilcot en su integridad.

El documento, aparecido hace poco más de un mes, es un texto oficial y exhaustivo que causó un gran revuelo por su crudeza, ya que en él se censura con datos irrefutables la intervención en Iraq patrocinada por Estados Unidos, y que contó con el conchabeo británico y la colaboración española —aunque Federico Trillo, entonces Ministro de Defensa y hoy embajador en Londres, negase este extremo con una tranquilidad pasmosa en una entrevista radiofónica el día en que se publicó—.

La organización calcula que la lectura, a un ritmo ininterrumpido de 120 palabras por minuto durante las 24 horas del día, llevaría en torno a dos semanas: el tocho contiene 2,6 millones de palabras. «¿Quién se va a leer esto?», se preguntaban: «Nosotros», se autorrespondían en un reportaje publicado por el Guardian en el que se les ve atribulados, anegados en papeles. «Nos ha costado 750 libras solo el texto.» Sirva como referencia que una novela de extensión media consta de entre sesenta mil y cien mil palabras. Moby Dick tiene algo más de doscientas mil.

No pocos comentaristas españoles apluadieron, con envidia sana, la presentación del informe y las explicaciones exigidas a resultas de su publicación. Sin embargo, estos intrépidos lectores en voz alta se han propuesto significar, con esta actuación, que igual de pernicioso es el silencio como el enterramiento de los datos relevantes en un ladrillo infumable, en un estilo administrativo impenetrable y turbio. De hecho, el informe Chilcot ya está olvidado, hasta que alguien con mucha paciencia y valor se tome la molestia de hacer una película, una obra de teatro o un musical y logre comunicarlo al público.

Hasta entonces, todo es ruido, que aunque se vista de transparencia, ruido se queda. Quizás, en España, el ejemplo más cercano sea la transmutación en obra de teatro primero, y en película después, del testimonio de Bárcenas ante el juez Ruz, palabra por palabra. Que, aunque encomiable, es solo una pequeña gota de agua en el océano de comisiones de investigación repartidas entre cámaras parlamentarias de todo el país, escándalos, chanchullos y episodios fascinantes de todo pelaje que, por alguna extraña razón, apenas encuentran acomodo en nuestra parrilla televisiva o cinematográfica. Desde Crematorio, nada más: solo La Embajada, devenida en culebrón, se aproximaba a ese tuétano.

Con motivo de las elecciones pasadas, Anna Tous-Rovirosa se planteaba esta pregunta en una columna aparecida en El País, sin conseguir responderse por qué en España no existía la ficción política. Una frase, tan demoledora como certera, ponía las cartas sobre la mesa: «Desconozco si nos merecemos el Gobierno que tenemos, pero creo que nos mereceríamos la serie». Lanzado queda el guante.

Ver Post >
Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.