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Poderoso caballero
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Alejandro Carantoña | 30-08-2016 | 14:33| 0

Cuando hace unos meses se abrió el debate, en Gijón, sobre qué usos darle al edificio de la Tabacalera, por el barrio de Cimavilla empezó a correr una hoja para que los vecinos anotasen sus sugerencias. Las dos primeras consistían en montar un hotel de cinco estrellas y en poner piscinas y pistas de pádel (?). La primera, porque con ello acudirían hidroaviones privados a dejarse los cuartos en el barrio —¿por qué no hay hoteles de cinco estrellas en Gijón?—; la segunda, por pura comodidad de algunos.

De un tiempo a esta parte, y sobre todo desde que se creó el pionero mercadillo de Laboral Centro de Arte (imitado, fotocopiado y multiplicado en diversas versiones), en la ciudad ha cundido cierta obsesión por la cuestión económica: algo parecido ha venido sucediendo con el Niemeyer y su restaurante; y con Oviedo y su mayúscula cultura, que vive en el difícil equilibrio entre justificar su rentabilidad y ser de utilidad pública.

El último episodio ha sido sonado: el conde de Revillagigedo ha puesto el grito en el cielo por los usos que se le estaban dando al palacio cedido en la Plaza del Marqués, en pleno centro de Gijón, que hace tiempo que dejó de ser estrictamente cultural. El Mercazoco, no celebrado este fin de semana por una cuestión tan administrativa y económica como ciudadana y legal, ha sido la gota que ha colmado el vaso, después de muchísimas otras: ¿según qué criterios se puede ceder un espacio de todos a unos? Nadie ha respondido a esto, ni en un sentido ni en otro.

Con esta pregunta sobre la mesa, ya de forma explícita, amigos y enemigos se cuestionan sin tapujos desde la Semana Negra hasta Metrópoli, desde el mercado de la Plaza Mayor hasta los conciertos de Arte en la Calle, desde los usos de Tabacalera hasta los de Laboral. El batiburrillo es inmenso, sin límites, monstruoso, pero ha acabado por tener un denominador común de lo más pernicioso: el poderoso caballero, don dinero. Con razón, el conde planteaba que el objetivo original de cederle a una caja, ahora banco, ese fantástico enclave no era que nadie se lucrase.

Desde que llegaron las estrecheces económicas y los presupuestos empezaron a escasear, resulta que en Asturias —sin que sea explícito, ni objetivo, ni del todo bien trabado— se aplica un turbio criterio que mezcla la rentabilidad económica con el vaporoso bienestar y cultivo de los ciudadanos. Al final, resulta que o bien se organizan cosas que atraigan, renten o conciten grandes masas o bien se permite (no sin trabas de toda clase y condición) que iniciativas más pequeñas y recoletas se organicen por su cuenta.

El resultado final es una región renqueante en lo cultural (Gijón languidece en invierno; Oviedo, en verano; los demás, hacen lo que pueden) y que termina por contraprogramarse a sí misma. En estos cuatro años hemos visto espectáculos hacer giras por un área de veinte kilómetros cuadrados y conciertos (hasta siete) coincidir en una misma ciudad un mismo día a la misma hora, cuando el público objetivo de todos ellos no supera los pocos miles.

El motivo principal es ese, el dinero y los permisos y la infraestructura deseada, pero también una dejadez absoluta por parte de quien debiera velar por la cultura en la región: se ha pasado de copar la programación a dejarla en manos de quien quiera, pueda o se proponga poner en pie cualquier iniciativa, con resultados tan irregulares como contradictorios. No estaría de más que, en lugar de apresurarse a justificar gestiones y ahogar a presuntos competidores (sean ciudades, partidos o particulares), nos sentásemos y charlásemos un rato.

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Olimpismo y Rio
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Alejandro Carantoña | 30-08-2016 | 14:35| 0

Aún con los Juegos Olímpicos recién empezados, cuesta encontrar las buenas noticias, y también las malas (aunque bien contadas). Algo ha ocurrido cuando ni la esperanza ni la fraternidad momentánea, presuntamente encarnada en la cita de Rio, ha podido sobreponerse a las pandemias, chapuzas, corruptelas, amenazas terroristas, boicots y un larguísimo etcétera que ya se antoja insuperable: estamos ante el penúltimo episodio del declive del deporte institucional.

Es difícil imaginar cómo vamos a contarnos Barcelona 92 el año que viene, cuando se cumplan 25 años de la cita Olímpica. No pocos hablaron entonces de una organización dopada en sí misma, turbia, como de burbuja: sin embargo, lo más probable es que el balance acabe siendo positivo, y que primen las consecuencias que el acontecimiento tuvo en la configuración de la actual Barcelona o de la situación de España en el mapamundi. De un tiempo a esta parte, sin embargo, parece imposible que los argumentos de las grandes citas deportivas no sean más de novela negra que de epopeya heroica: desde una UEFA sacudida por los más turbios manejos hasta la inefable sanción en falso a los atletas rusos; desde los vergonzosos problemas de los grandes futbolistas con el fisco hasta el no menos proceloso circo de la Fórmula 1, todo parece estar viciado.

Mirando atrás, lo más probable es que tras años de olimpismo moderno las instituciones hayan acabado por creer que bastaba con poner el carro, y por lógica aparecerían los bueyes. Rio encarna el fracaso de esa idea: algunas de las delegaciones se llevaron sus propios albañiles para atajar los desmanes en la construcción de la Villa Olímpica; y no pocos atletas de deportes de agua han mostrado sus recelos a la hora de meterse en la sopa de contaminación en la que, cuentan, van a disputarse las pruebas.

Quizás todo sea una operación mediática —es díficil saberlo— que tenga sus razones hundidas en la crisis política brasileña y en la escasez de voces culturales para contarla hacia afuera. Esta vez, sea cual sea la explicación, no ha sido bastante con otorgarle a un país tan prometedor como caótico unos Juegos Olímpicos para que brillase en todo su esplendor. Más bien al contrario: todo apunta a que, cuando en 2041 toque acordarse de estos Juegos, el relato sea más bien negativo. En el mejor de los casos, anecdótico.

El viernes, entrevistaban en la radio a un director de cine brasileño que estaba de promoción en España, y el locutor le preguntaba por escritores brasileños. «¿Por qué nos han llegado tan pocos?», decía él. «Bueno, está Paulo Coelho», respondía el director de cine. El locutor soltó una pequeña carcajada, sin saber a ciencia cierta si el director hablaba en serio o en broma. «Ya, ya.»

Precisamente, se supone que unos Juegos Olímpicos sirven para ofrecer del país una imagen más allá de la violencia, los mosquitos asesinos, las favelas y el guirigay político. No ha sido posible: en parte, porque el Deporte parece haber sustituido sus esencias por el mercantilismo extremo; pero en parte, también, porque faltan narradores y periodistas y poetas y contadores que pongan sobre la mesa las miserias, que ensalcen las virtudes y que ayuden a arrojar luz sobre todas estas oscuridades: aquí, falta el mismo acto de contrición del ciclismo, que cuenta desde hace dos años con dos crudísimas y sanadoras películas sobre Lance Armstrong. Que costaron sangre, sudor y lágrimas y casi veinte años de maceración pero que, seguramente, hayan salvado el Tour de su autodestrucción.

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Buscando a Buñuel
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Alejandro Carantoña | 01-08-2016 | 14:40| 0

El pasado jueves ocurrió algo, algo que en España no ha pasado de la anécdota: el festival de verano de Salzburgo ha acogido el estreno absoluto de El ángel exterminador, la ópera de Thomas Adès basada en la película homónima de Luis Buñuel. La ópera fue encargada por la Royal Opera House de Londres, que a su vez recibirá la producción, dirigida escénicamente por Tom Cairns y musicalmente por el propio Adès, la próxima primavera.

Por poner las cosas en su contexto, Thomas Adès es probablemente el compositor más relevante de su generación (ha muñido títulos tan relevantes como The tempest o la hiperrepresentada, porque ya es un clásico, Powder her face); y Cairns, en su terreno, también. Adès ha revelado, como recogían varios medios en las entrevistas que han precedido el estreno, que lleva más de diez años trabajando en este proyecto.

El equipo, por tanto, es enteramente extranjero; los comisionarios, también; y en el reparto no hay atisbo de un solo español. Tampoco se ha anunciado, de momento, que esta producción vaya a viajar a nuestro país (aunque es de suponer que las grandes casas la acojan en algún momento). ¿Qué pasa, entonces, con Buñuel? Pasa que murió hizo el viernes 33 años, en México. Que su casa de allá está desatendida, sumida en un guirigay administrativo. Que, por increíble que parezca, no existe una monografía o una biografía solvente sobre él. Pasa, también, que quizás el ejercicio más próximo a retratarlo haya sido el de Fermín Solís, que en una de esas estupendas obras gráficas editadas por Astiberri contó cómo había sido el rodaje de Las Hurdes, tierra sin pan. Y hasta aquí, los laureles.

Todo lo demás es de un silencio clamoroso e inexplicable: no se entiende que el que probablemente sea el festival de verano más prestigioso del circuito lírico, y la primera casa de ópera del Reino Unido, se unan para emprender uno de los mayores productos de la temporada (si no de la década) sin que en España nos despeinemos. Buñuel, igual que Dalí, o igual que Lorca, son tan nuestros como Cervantes, y sin embargo no se nos ha pasado por la cabeza celebrarlos como sería preceptivo: nos los están arrebatando.

Algo similar ha estado ocurriendo con el compositor Enrique Granados, de cuya muerte se cumplen cien años este 2016. Granados, que en su época llegó a triunfar en Barcelona, compuso su primera ópera con tan mala suerte el estreno en Europa se vio atropellado por la Primera Guerra Mundial. Sumidos en la contienda, el Metropolitan de Nueva York (ahí es nada) se movilizó de inmediato para llevar el estreno al otro lado del Atlántico, donde Goyescas fue un éxito arrollador. Tanto así, que Granados tuvo que postergar su retorno para tocar en la Casa Blanca. A su vuelta, por un error militar, su barco se hundió y murió antes de poder disfrutar de las mieles del éxito.

Este año, con todo, los fastos en su recuerdo están siendo de lo más discretos, por no decir que han quedado circunscritos a reservarle un hueco en la programación de teatros, auditorios y festivales. (Casi) nadie sabe de la triste historia de Granados, sepultado en los trompicones del año Cervantes y Shakespeare.

Si un siglo después de esta gesta aún no hemos podido celebrarlo, se antoja que el caso de Buñuel puede llegar a ser igual de sangrante: la incapacidad para reivindicar el patrimonio cercano, y la falta de comunicación y medios, nos abocan a vergüenzas como que sea el festival mozartiano por excelencia quien lo festeje por nosotros.

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La Reina y la tortuga
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Alejandro Carantoña | 01-08-2016 | 14:38| 0

No hay noticia de si el centenar de personas que se topó la Reina cazaban monarcas o pokémons: su Majestad, a la salida de la inauguración de los cursos de verano de la Fundación que preside con el Rey, en Oviedo, este viernes, tuvo que saludar a decenas «a pesar de la lluvia», narraba la crónica. Como si la lluvia fuese ya un impedimento para nada.

Dentro, habían hablado ella y el violonchelista Asier Polo, en una defensa encendida pero algo derrotista de la música (mal llamada) clásica ante el reguetón que barre el verano. Así, a la salida, se hacía difícil saber qué género consumían esencialmente los viandantes: ¿querían la foto o celebrar su monarquía?

Lo que propusieron, entonces, viene siendo una reivindicación casi atávica en el mundo de la lírica y de la cosa sinfónica, barroca, añeja: llegar a toda esa gente que paga 100 euros por asistir un concierto de Coldplay o de U2 para grabarlo con su teléfono inteligente, pero que encuentra prohibitivo dejarse 50 en ver un buen Verdi. Para colgarlo en Instagram, para relatarlo en Facebook o para ironizar al respecto en Twitter, pero no forzosamente para gozar del espectáculo como se concibió originalmente.

Hace diez días, el Teatro Real se lió la manta a la cabeza y propuso una función de Puritani, con Javier Camarena y Diana Damrau en los roles principales, a través de pantallas gigantes y, por primera vez, de Facebook. Las fotos eran elocuentes: de Viena a Madrid y de Sevilla a México los auditorios rebosaban espectadores quizás temerosos, quizás empobrecidos que no se atrevieron o no pudieron pagarse la butaca.

La iniciativa fue un éxito, sin duda, pero un éxito con matices. Un éxito en la medida en que, como reivindicaba Polo e imploraba la Reina, gente que vive con la cabeza metida en la inmediatez de su teléfono, enamorada del brillo de su pantalla, se detuvo durante tres largas horas a saborear las melodías de Bellini.

Puritani, con todo, es la ópera más anti 2.0 que se pueda concebir: la acción que contiene cabría en un cortometraje de 3 minutos y la parsimonia de sus arias y coros, que parecen interminables, se antoja la pesadilla de cualquier experto en redes sociales. Sin embargo, pasada la pausa, sorbido el vino, se obra el milagro de la ralentización: el cantar atento de Camarena y la teatralidad exacerbada de Damrau se apoderan del escenario, agarran por la solapa y hacen olvidar que estamos incomunicados durante horas, mecidos por partituras inmortales y seducidos por el prodigio de la voz humana.

Se oficia el elogio de lo lento, del «tortuguismo» que tanto parece amenazar a instituciones de rancio abolengo —como la propia Casa del Rey, como la institución del violonchelo— pero que en el fondo las hace imperecederas. Vivimos un tiempo en que el éxito repentino (el de los pokémons, que ha sido más instantáneo que un café soluble) hace, a veces, perder el norte a quien siempre se empeñó en tenerlo: la Reina insistía en que a los jóvenes se llega por los ojos; Polo, en que hay que buscar fórmulas para seducirlos; fuera, los móviles y cámaras enhiestas solo buscaban su souvenir. No hacía falta más: ambos parecían haber olvidado qué han defendido hasta este momento y cuáles han sido sus activos. Quizás por no creer lo suficiente en sus instituciones; quizás por sentirse amenazados por un mundo que corre hasta tropezarse consigo mismo. Quizás, porque no haya que hablar tanto de lo que no tienen como de lo que sí, de lo tangible, de lo mundano. Quizás, porque lo lento también merezca su altar.

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In absentia
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Alejandro Carantoña | 17-07-2016 | 11:05| 0

Como ahora ya no tocan setas, la gente sale a por Pokémons. La gente se ha vuelto absolutamente loca, de Sydney a Los Ángeles y de Sevilla a Estocolmo, en apenas una semana.

Resulta que hace unos días la compañía de videojuegos Nintendo ha lanzado un nuevo juego, llamado ‘Pokémon Go’ que traslada al mundo real aquel universo de bichitos entrañables (Pikachu, y eso) que vivían en las consolas portátiles a principios de siglo. El invento consiste en que, mediante el servicio de geolocalización de Google —ay— y la cámara del teléfono inteligente, es posible recorrer la ciudad buscando a las criaturas, capturándolas e interactuando con otros usuarios. Por las redes corren imágenes de hordas y hordas de gente mirando el mundo a través de sus terminales, hasta que la batería se agote, a la caza de nuevos y valiosos especímenes.

En estos días, el valor de las acciones de Nintendo se ha multiplicado por dos y la aplicación ha rebasado cualquier expectativa: parece ser que ya tiene más usuarios que Twitter. El éxito, como ya viene siendo habitual, está por tanto en su capacidad de abducción: el asunto es adictivo, el asunto está de moda y ha brindado una nueva y masiva excusa para hiperconectarse, para mirar este mundo desde una perspectiva filtrada y cómoda.

Los teléfonos inteligentes, que iban a servir para estar mejor comunicados y para seguir, sobre la marcha, un atentado terrorista en Niza sin que cundiese el pánico por el país entero o para mitigar los efectos de un potencial golpe de Estado en Turquía, se han convertido en herramientas sedantes, narcóticas.

Porque detrás de la espectacular revalorización de la compañía se encuentra una apostilla clave: «De momento». «De momento» es gratis. «De momento», y solo «de momento», es un entusiasmante y altruista proyecto para que el mundo interactúe y pase un buen rato. Una vez constituida la plataforma —cuyo potencial reconocen los mercados— vendrán las andanadas publicitarias, el ordeñamiento de la base de fieles. La monetización, que dicen los expertos en estas lides.

Pero el precio, en esta huida hacia lo fácil y a lo inmediato, ya es altísimo e irreparable: donde antes se podía encender y apagar, empezar y terminar, ahora se proponen cada vez más experiencias y sistemas inmersivos, sin fin, perpetuos. El teléfono vibra en el bolsillo cuando haya un bicho cerca, y más vale estar atentos para no perder la posibilidad de capturarlo. O sea, que donde antes se entregaban horas a la concentración, a lo lento, cada vez más nos dejamos seducir por la ambrosía de lo veloz, de lo que no requiera especial esfuerzo: por algo lo llaman «realidad aumentada».

Realidad dopada, en cambio, por poderes no necesariamente oscuros, pero sí interesados que la inmensa mayoría de usuarios no se ha parado a ponderar. No hay compañía que no busque crear una masa del tamaño de una religión, para luego exprimirla y obtener los mayores beneficios posibles de ella. Que las nuevas adicciones aún no tengan coto, que no estén del todo diagnosticadas ni claras, no significa que no lo sean: suena casi reaccionario proponer sentarse a palpar un libro, a dejarse mecer por una ópera, a asistir a un concierto y charlar con los asistentes. Los espacios van siendo invadidos y no es motivo de entusiasmo, ni de alegría: es un acto de adocenamiento.

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Francisco Primero
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Alejandro Carantoña | 10-07-2016 | 10:14| 0

Un año más, y ya van tres, Gijón organiza puntualmente su simposio anual sobre libertad de expresión, declaraciones desafortunadas y cancelaciones en el último segundo. La primera edición, en julio de 2014, se fue de las manos y acabó en los tribunales: en una pirueta arriesgada, los gestores del Teatro Jovellanos decidieron abrir los encuentros con el grupo israelí Sheketak. Churruca y Enrique López acabaron en el banquillo de los acusados, tras la protesta frente al teatro, carga policial incluida, etcétera.

En el año 2015, para la segunda entrega, el Teatro prefirió un formato algo más sencillo y cercano, menos ampuloso: fue entonces cuando nació la modalidad del telesimposio, que tuvo el honor de inaugurar Albert Pla. Consiste en decir algo en algún lugar que no sea Gijón y que a ser posible no guarde relación con la ciudad y, a continuación, y muy airadamente, el consistorio decida rescindir el contrato. La parte de llegar a las manos ha sido suprimida hasta nuevo aviso: ahora, basta con una entrevista en EL COMERCIO.

Este año, el simposio se ha dado cuenta de que aún tiene un nicho por explotar: la canción melódica, las grandes estrellas de la tonada patria. De ahí que el excepcional invitado haya sido Francisco —que uno, personalmente, no sabía que siguiese cantando ni que fuese a actuar en Gijón: la publicidad está hecha, en cualquier caso—. Francisco publicó unas cuantas barbaridades en una red social sobre Mónica Oltra, la lideresa de Compromís y vicepresidenta de la Generalitat Valenciana. Y con esto y un bizcocho ha habido suficiente para evitar que actúe. El simposio en pleno apogeo.

Como nota de color adicional, para esta edición de 2016 se han traído nuevas atracciones: en concreto, el Ayuntamiento de Gijón ha prometido «altercados» de llegar a celebrarse el concierto. Es, según el informe jurídico que sustenta la rescisión del contrato, lo que podría llegar a pasar de dejar a Francisco cantar en el Jovellanos: sillas volando, contenedores ardiendo y trozos de suelo arrancados de cuajo por hordas encendidas por el son de ‘Violetas imperiales’.

Lo curioso del asunto es que Francisco se levantó caliente, un día de estos, tecleó sus cosas y a continuación ha visto cómo la polémica cruzaba el mapa de punta a punta: en su tierra, al parecer, nadie lee su Facebook. En Gijón, en cambio, ha logrado provocar una reunión urgente del consejo de administración de Divertia.

Allí, en el encuentro excitado para organizar el simposio de este año, fue donde los consejeros descubrieron quién era Francisco y a qué se dedica. ¿Quién decidió programar su actuación? Ahora el Ayuntamiento torna en damisela desmayada por unas declaraciones de hace dos semanas, cuando el ínclito, allá por enero, ya le aconsejaba al alcalde de Valencia que no confundiese «ir de Reyes con ir de putas».

Abierta, así, la caja de las esencias, el listón ha quedado altísimo para la edición de 2017: una vez hemos transitado por el conflicto israelí-palestino, hemos tratado con mimo la cuestión catalana y la identidad española y, ahora, hemos entrado de lleno en el territorio del machismo y el insulto, ¿qué nos pueden ofrecer después? ¿Acaso hay algo, más allá? ¿Quizás calentarse entre grupos municipales e intentar censurar todo lo del color opuesto? ¿O puede que prohibir el reguetón en las orquestas de prao? ¿Quizás desterrar las despedidas de soltero? ¿O desmangar las whiskerías que proliferan por toda la ciudad? No, eso seguro que no: eso no ocurre en el escenario del Teatro Jovellanos.

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Realidad o ficción
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Alejandro Carantoña | 03-07-2016 | 09:19| 0

Se dice de Gay Talese que, a sus 84 años, sigue escribiendo reportajes en los cartones que le meten dentro de los trajes en la tintorería. Los recorta con cuidado y toma nota de todo lo que le acontece para escribir alguna cosa, como contaban con admiración, celo y orgullo quienes le entrevistaron en su última visita a España.

Fue antes de publicar su nuevo libro, que se edita la semana que viene y del que ya ha dicho que no piensa hacer promoción. Ha sido culpa de una revelación ocurrida esta semana: el libro, en el que Talese acompaña y narra las andanzas de un propietario de motel que se dedicaba a espiar a sus huéspedes, corre el riesgo de ser absolutamente falso.

Tras haber aparecido un extenso fragmento en el New Yorker, el escrutinio del libro completo ha revelado —a resultas de una investigación propia del Washington Post— que el propietario en cuestión mintió a Talese en bastantes extremos de los que aparecen relatados. Talese ha dicho, al respecto, que no debería haber creído una palabra de lo que le contó. Se apoyó en su credibilidad y, al parecer, el hombre le engañó con no se sabe qué fines. Así, toda la obra ha quedado teñida de duda.

Igual que la política ha estado tan de moda en los últimos tiempos, el periodismo y la no ficción también han gozado de salud de hierro. Es más, no son pocos los autores que han decidido abandonar por completo la creación literaria para pasarse a «lo de verdad», con resultados desiguales pero tan brillantes, a veces, como los de Javier Cercas.

Hace seis años ya que el periodista polaco Artur Domoslawski saltó a la fama por algo parecido, quizás inaugurando esta tendencia que anega las estanterías de novedades: en su biografía del eminente Ryszard Kapuscisnki demostraba que el reportero entre reporteros se había inventado diálogos enteros, en pos de una mayor eficacia narrativa pero orillando, así, el compromiso con la verdad factual que tiene la profesión. «Solo digo que hay que cambiarlo de estantería, de la no ficción a la ficción», repetía.

Al parecer Talese, la penúltima vaca sagrada del oficio de trascender las meras invenciones, acaba de ingresar en el mismo club —muy a su pesar—. Quedan huérfanos, así, los fanáticos de la exactitud de lo concreto y enemigos, o condescendientes al menos, para con el imperio del relato que transmite y transpira humanidad.

Ahora que Ramón J. Sender ha vuelto a la palestra, con la reciente reedición de La aldea del crimen, la discusión puede volver al interior de nuestras fronteras: es imposible que todo lo allí contado sea exacto, faltan fuentes y, al igual que le ocurre al no menos famoso Manuel Chaves Nogales, se intuyen ciertas licencias incompatibles con el periodismo quirúrgico, documental.

Con todo, la obra de estos cinco autores —y de otros muchísimos— tiene el valor de la verosimilitud y el poso del reflejo acerado, de la buena literatura, aunque hayan perdido la guerra de los datos. Posiblemente, esa veracidad de la que tanto se precian allende los mares y que obsesiona a cada vez más jóvenes sea sencillamente imposible: porque eso implicaría objetividad y porque la objetividad, amén de imposible, ni siquiera es sana. Anula las pulsiones, pervierte las pasiones y agua las ambiciones cuando de dar cuenta del espíritu humano se trata. Talese no pretendía más que eso con su nuevo libro, pero cometió el error de envolverlo en la fe que tenía en su fuente: ahora, que ya no queda nada —y eso que el libro ni siquiera está en las librerías— una historia insuperable ha quedado derruida.

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[Un fallo lo tiene cualquiera: Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2016] Poco cambio
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Alejandro Carantoña | 23-06-2016 | 09:21| 0

Este artículo, pertenece a la serie Un fallo lo tiene cualquiera, que gira en torno a los fallos de los respectivos Premios Princesa de Asturias 2016.

Hay que tener en cuenta que cuando se celebró la cumbre de Rio, también se celebraba la Expo en Sevilla y los Juegos Olímpicos en Barcelona. De aquello se van a cumplir 25 años en 2017. En todo este tiempo han ocurrido algunos de los acontecimientos más significativos de todos los tiempos, pero también fracasos palmarios que algunos se han empeñado en vestir de éxitos: la lucha contra el cambio climático es, probablemente, el principal de esos fracasos.

Estados Unidos es el país que más contradicciones internas ha sufrido: la lista de científicos que se han posicionado a favor y en contra de los dictámenes del IPCC (el grupo científico de la ONU de lucha contra el cambio climático) es interminable, y el grado de encarnizamiento en el debate es altísimo. Francia no ha sido menos: el ex ministro Claude Allègre es uno de los mayores azotes que existen contra el IPCC y la bienintencionada lucha contra el cambio climático. Sus argumentos son, como poco, peregrinos (que la subida del nivel de los océanos es una estupidez porque cuando se disuelve un hielo en un vaso de agua el nivel de este no sube, sino que se mantiene, le leí en un librito).

Los Premios Princesa, con todo, han decidido premiar a la ONU por haber logrado parir, a finales del año pasado, un acuerdo vinculante entre naciones para ponerle freno al cambio climático. Este es el motivo de celebración, pero uno de trayectoria excesiva: si se escruta con algo más de detenimiento qué hay detrás de los acuerdos y las biografías, resulta que apenas se ha conseguido cimentar el principio de un camino que debería haberse emprendido hace décadas. Y, sin embargo, es ahora cuando los mecanismos sancionadores y financieros empiezan a dar sus frutos en el caso de las grandes naciones y las buenas intenciones, a transformarse en hechos.

La imposibilidad que todos han exhibido para ponerse de acuerdo en nada, y menos aún en lo importante, convierte a la convención de la ONU y a los acuerdos de París en un motivo de celebración, pero no de orgullo: este es solo el foro de encuentro, el lugar en el que se entrechocan las espadas sin llegar a ninguna parte. Quizás, quien merecía más aplauso y menos cordialidad institucional es alguna de las figuras en la sombra que han posibilitado este paso, y no tanto la recua de naciones y de equipos negociadores que llevan poniéndose la zancadilla tanto tiempo.

No obstante, este Premio podría y debería servir para despojar a la lucha contra el cambio climático de todas sus implicaciones políticas, sociales, culturales e incluso de tendencias —se pone de moda, de cuando en cuando—, para auparla al lugar que siempre debió ocupar.

El debate es global y el reto, magnífico. Por eso no se puede tratar con cargas de ninguna clase. Por eso, también, ha interesado que hasta ahora hubiese poco cambio.

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[Un fallo lo tiene cualquiera: Premio Princesa de Asturias de las Letras 2016] A la americana
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Alejandro Carantoña | 16-06-2016 | 09:14| 0

 

Este artículo, pertenece a la serie Un fallo lo tiene cualquiera, que gira en torno a los fallos de los respectivos Premios Princesa de Asturias 2016.

Más o menos cada cuatro años desde que empezó este siglo, los Premios Princesa de las Letras lo vuelven a intentar: dar con la gran novela americana, con la voz unívoca y única que, desde esa tradición cada vez más arraigada, explica nuestro mundo. Siempre con el mismo patrón, ese que rige el canon narrativo anglosajón desde mediados del siglo pasado y que pretende consolidarlo en el mundo entero: historias pequeñas pero extensas, amplias pero concretas, minuciosas pero grandiosas.

Así empezó todo, con el Premio a Arthur Miller en 2002. Luego, han ido desfilando Susan Sontag (2003), Paul Auster (2006), Margaret Atwood (2008), Philip Roth (2012) y, ahora, Richard Ford. Por el camino, el jurado ha orbitado en torno a cierta manera de mirar: es el caso de Muñoz Molina, de John Banville o de Amin Maalouf, que guardan más parentesco literario del que a priori se podría suponer.

Ford es, por su lado, un heredero del «realismo sucio» que se revuelve como gato panza arriba contra la etiqueta, y hace bien: desde que hace justo ahora cuarenta años debutase como escritor (a los treinta y dos de edad), se ha ido consolidando al otro lado del Atlántico una literatura que bebe, como hizo Ford, del costumbrismo bien entendido, expansivo y grande. Hunde sus raíces en John Fante, al que siempre se le cuelga el sambenito de padre del «realismo sucio» por haber apadrinado literariamente a Charles Bukowski, cuando es, en cambio, un narrador tierno y emotivo y sin querencia alguna por la sordidez gratuita. Ford también puede servir de antecedente a otros autores mucho más pretenciosos y obsesivos, como Jonathan Franzen: su manera de explicar el mundo a través de realidades muy concretas entronca directamente con esta nueva hornada de autores.

Sin embargo, los Premios de las Letras no siempre tuvieron la mirada tan clavada en esta manera de escribir, y de entender la literatura. Hubo un tiempo, desde la institución de los galardones en 1981 hasta el fin de siglo (1999), en que nunca se le otorgó el de las Letras a ningún autor que no escribiese en lengua española. El primero fue Günter Grass, que es a su vez el primero y único de acervo lingüístico y literario netamente alemán que ha recibido el Premio.

Desde entonces, solo algunas concesiones, como Leonardo Padura en la edición anterior, han compensado la preponderancia de una mirada de calidad, precisión y relevancia, pero necesariamente ajena a la tradición latinoamericana que, al parecer, ya apenas se ocupa de premiar el Cervantes.

Richard Ford es un autor monumental, sin duda de lo más premiable, pero cuyo encuadre dentro de literaria universal de nuestro tiempo es mucho más difícil de comprender que en los casos de Philip Roth, de Amin Maalouf, de Miguel Delibes o de Franisco Umbral, por decir solo algunos nombres.

Hay, en España y en Latinoamérica, una necesidad de cimentar las voces para el siglo que entra. Esto es responsabilidad de los lectores, pero también de los premiadores: sin eso, nos vamos a quedar sin clásicos.

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De justicia y venganza
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Alejandro Carantoña | 10-06-2016 | 10:28| 0

Hace diez días que Rafael Fernández perdió un empleo, pero ganó un mordisco de fama: el escritor afincado en Asturias, que ocupaba la contraportada de este periódico el miércoles pasado, acababa de rechazar un trabajo ruinoso en Madrid.

Le habían ofrecido mil euros al mes por escribir para alguien o algo —no ha trascendido con quién mantenía la entrevista— y, siempre según él, se alzó pidiendo cinco veces esa cantidad por renunciar a sus sueños, sus libros, sus entradas en la bitácora que mantiene, etcétera. A partir de ahí, la explosión. La entrada en la que relata el episodio camina con paso firme hacia los 400.000 visionados.

Seguramente venderá algunos libros más a raíz de este relato —Fernández se autoedita—, pero lo más probable es que no tantos como gente ha aupado su historia. Porque, leyendo los comentarios y apostillas de quienes lo han compartido, el aplauso no tiene (casi) nada que ver con lo que Fernández escribe, sino con la realización de ese sueño, tan extendido, de mandar a paseo al impresentable de turno.

Es probable que, como él mismo reconocía, el fenómeno adquiera estas dimensiones precisamente por las dificultades que juntaletras en ciernes e incluso autores consagrados tienen para reunir mil euros de estipendio seguro —pelotazos aparte—. Que alguien pueda rechazarlos, quiera hacerlo y encima lo cuente es un caramelo demasiado apetitoso.

Así es como Fernández se ha convertido en el pequeño héroe del mes, en la mota de esperanza que envalentona o consuela, por turnos, a quien sueña con poder hacer lo mismo que él pero no puede, no quiere o sencillamente no se atreve (o sabe que los escándalos, a la larga, nunca son buena idea).

A Fernández se le va a apagar esta llama en breves instantes, porque la provocación no era calculada. Le ha venido de golpe y no es seguro que vaya a rentabilizarla: de hecho, no tiene mucho que ver con la esencia de su actividad. Sin embargo, también esta semana, se ha producido en el Teatro de la Zarzuela otro escándalo. Pero esta vez, es uno de esos episodios que hacen época: porque, esta vez, sí tenía que ver con el núcleo de la zarzuela a la que envolvía —que es, en sí misma, pura provocación—.

Ha sido en ¡Cómo está Madriz!, el espectáculo dirigido por Miguel del Arco, con Paco León como protagonista, que reúne y recicla La Gran Vía y El año pasado por agua. De carga política obvia (para algunos críticos, excesiva), ya desde su estreno levantó algún revuelo, pero esta semana la tensión llegó al extremo de tener que detener la función. León y Del Arco, que son bien listos, han sabido recoger la actitud matona de los espectadores que organizaron el barullo y transformarla en un impulso publicitario de los que no tienen precio. El concejal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo, que acogerá la producción dentro de unas semanas, ya se frota la manos por el éxito de público que supondrá esta agitación.

En los dos casos está al otro lado un público, el español, que de un modo u otro busca y necesita héroes así, héroes de los que pasean calle arriba y calle abajo y uno se puede encontrar en cualquier momento. Héroes de los que administran justicia por quien no sabe, puede o quiere y, de vez en cuando —y solo de vez en cuando— también un poquito de venganza, que alivia y reconduce los malos sentimientos. Eso contenía ¡Cómo está Madriz! y eso reposa en el relato de Fernández. Al parecer, eso es lo que anhelamos.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.