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20D

La papeleta
Alejandro Carantoña 21-12-2015 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Hoy hay que pensarlo bien. Nos cuentan que acabaremos el día extirpando una cultura de hacer las cosas —la del partido en el poder— o aupando otra distinta —la de los demás—. Lo único cierto es que estas elecciones son una papeleta para todos nosotros porque hay, en todas las maneras de hacer las cosas, en todos los perfiles, un nosequé que lo impregna y del que no parece que nos vayamos a librar tan fácilmente.

Esta semana, Luisito, ese personaje mallorquín que parece huido de Gran Hermano, ha sido condenado por estafar 38 millones de euros a una pareja balear a la que ha dejado en la ruina. Ni ellos, ni él, son ahora mucho más que una sombra de las socialités en las que pretendieron convertirse —à la pequeño Nicolás— a golpe de talonario.

Igual, pero a lo bíblico, sigue desarrollándose el desmantelamiento de Abengoa, esa empresa energética tan grande, tan grande cuando construíamos rotondas con fajos de billetes que no podía sino robar a manos llenas al común de los mortales —ocultando su deuda— con una pátina de legalidad. Todos, ahora, están fuera de juego.

Se supone que la «clase política», conocida como «casta» en episodios anteriores, comparte muchos de esos rasgos de carácter: la avaricia, el nulo interés por la Cultura —más que para aparentar, maquillar, disfrazar— y una doblez moral torcida. Todo ello, cuentan en la tele, nos ha dejado a desafectados y huérfanos de representantes a los que votar este domingo. El drama se completa cuando los emergentes se metamorfosean en eso mismo que venían denunciando. Y vuelta la burra al trigo: el pequeño Nicolás, presidente del Gobierno; Luisito, secretario de Estado. Etcétera.

No obstante, algo sí ha cambiado: que un chaval con el cerebro frito por una vida amodorrada, muy siglo XXI, se atreve a acercarse al presidente del Gobierno y a arrearle un guantazo, jaleado por este patio de colegio en el que (a veces) se convierte España. Este reverso tenebroso de los nicolases y los luisitos no necesitaba que le aplaudiesen en un club de campo: le bastaba con abrir Twitter para ver que había hecho lo correcto.

Ah, no, nunca, por Dios, esto es cruzar una línea roja, parecen exclamar todos aquellos (o sea, todos los demás) que muy poco tiempo antes jugueteaban con el insulto y tonteaban con la justificación de la violencia.

Rajoy es lo de menos en esa ecuación: lo importante es la generación que, con el cierre de legislatura, se ha hecho célebre en titulares y programas, y que es la generación que va a tomar las riendas de este país durante la nueva legislatura. Veamos: en el estante del talento tenemos a niños que cantan por bulerías o cocinan tartas en programas de televisión; y en el estante de la fama, a concursantes de reality, esa agencia de colocación que pronto desbancará al INEM.

Y por fin, ya en el plano de la notoriedad pública «seria», la de los periódicos y titulares, afloran «emprendedores» como los creadores de Gowex (aquella empresa tecnológica que estafó a toda España, sin excepción), el petardeo de los luisitos o los pequeños nicolases con un talento admirable para arrimarse al poder. Hay un chaval arreándole al presidente mientras que nuestro talento, el que podría fraguar una nueva cultura de hacer las cosas, huye despavorido.

Esto es solo la punta del iceberg: hay, cubiertas con el cómodo manto del anonimato o enterradas en estadísticas, un montón de víctimas, de crianzas de esta deriva extraña y rara con la que nos hemos propuesto abrir el muy glorioso siglo XXI español. Y ¿se supone que esto se arregla con una papeleta, hoy? Buena suerte, y buena ventura.

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A salvo de Trump
Alejandro Carantoña 14-12-2015 | 9:29 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

A veces es importante no olvidar que el mundo no se ha acabado. Hace exactamente cuatro años, la prima de riesgo española comenzaba su escalada hasta aquellas cotas dignas de rescate que hoy parecen un chiste que nadie quiere recordar. El apocalipsis se cernía sobre nuestras cabezas, y el IVA a la Cultura ni siquiera había sobrepasado aquel 10% en el que entonces dormitaba tan afable y tranquilo. Hoy, pincha y muerde en el 21% y aquí seguimos, más mal que bien.

El argumento conocido como «de la pendiente resbaladiza» implica tomar una afirmación o situación y proyectar sus consecuencias hasta el infinito, como si de Donald Trump, el magnate estadounidense metido a candidato a la presidencia de Estados Unidos, se tratase. Trump ha encerado la pendiente él solo: por lo pronto, le va a prender fuego al Corán y va a bombardear cualquier cosa a más de veinte metros de Estados Unidos que se le antoje. En el país hermano, igual que nosotros cuando Rajoy intentaba tranquilizarnos en su momento, se están empezando a poner nerviosos al respecto.

En Francia asistimos a un ataque de pánico similar, también en torno a 2011, cuando el fascista Jean-Marie Le Pen decidió no morirse y, en su lugar, encasquetarle al pueblo francés a su hija para que mantuviese la llama del odio candente. Y al final, ni la Península se ha hundido ni Francia ha dejado de ser lo que era —para bien y para mal, y ahora más que nunca—; sino todo lo contrario.

Con Trump, «esa pelurcia», que dice un buen amigo, ocurre tres cuartas de lo mismo: que ni va a ser presidente de los Estados Unidos de América ni va a conseguir nada que pueda afectarnos a nosotros, occidentales, más que en subidas y bajadas de céntimos al echarle gasolina al coche. Es decir, que no va a pasar nada.

Lo mismo ocurre si hablamos de nuestras elecciones del fin de semana que viene, que entroncan con los últimos cuatro (movidos) años que hemos vivido los culturetas españoles. Cuando nació la posibilidad de una hecatombe cósmica en forma de maldición bíblica (o presupuestaria, incluso), todos parecían afirmar que era algo inevitable y que iba a suceder; pero ahora, a las puertas de unos comicios reñidos y más multitudinarios que una fiesta de prao, parecen empezar a desearlo simplemente para haber acertado en sus pronósticos. Es decir, no ha pasado nada.

Algo ocurrió en los años 90, y en los 2000, en los Balcanes, en Oriente Próximo y en Europa del Este para que efectivamente se produjese una explosión. Algo, efectivamente, cultural. Algo que se supone que nos iba a ocurrir a nosotros ahora. Y que no. Aquí, parapetados tras una frontera invisible —y cultural, otra vez—, no es tan probable que nos arrase una ola de aquella magnitud o de la que hoy padece Siria, pero hemos llegado al punto de vivir en perpetua alerta, llámese la supuesta amenaza como se llame. Que el New Yorker tema a Trump hasta el extremo de hacer una campaña contra él solo significa que alguien cree posible que semejante mentecato corone su trayectoria empresarial con la presidencia de los Estados Unidos, cuando estados —que no culturas— tan dispares como Venezuela, Colombia, Uruguay o Cuba han sabido reconducirse y adaptarse a este mapa que baila sin parar.

En la madurez de las culturas (y de eso sabemos un rato los españoles: no digamos ya los asturianos) está la clave del cambio tranquilo. Curiosamente, la clave está en esa Cultura de la que nadie habla en campaña: Trump, desde luego, no lo hace. ¿Por qué será?

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En sus pantallas
Alejandro Carantoña 07-12-2015 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Primero, el ingeniero de las noches de España frente al televisor fue José Luis Moreno. Quizás Ramón García, o Chiquito. Murcia, qué hermosa eres. Luego, se dieron cuenta de que aquello era demasiado caro, y que podían obtenerse los mismos resultados —si no mejores— con fórmulas más simples: Gran Hermano, Operación Triunfo, algún saborcillo rosa al fondo. Más tarde vino Sálvame; y Belén Esteban, el más lucrativo invento en lo que llevamos de siglo XXI en España.

Han pasado dos décadas desde aquel momento en que se coló, entre gala y gala, un adusto cara a cara entre Felipe González y José María Aznar. Y ¿quién nos iba a decir que el señor que cantaba rancheras en la tele de al lado, ese, sí, Bertín, acabaría por entrevistar (o charlar, o merendar) con los sucesores de ambos?

A dos semanas de las elecciones generales, y con la campaña electoral empezada hace mucho tiempo, ya hemos tenido ocasión de ver a Pedro Sánchez subirse al carro de la política espectáculo para regocijo de los militantes del PP. Tan solo unos meses después de que esos mismos despedazasen a Sánchez por llamar a Jorge Javier Vázquez en directo, tuvieron que tragarse sus palabras de vuelta: Rajoy prefiere irse con Bertín Osborne a abrir mejillones y jugar al futbolín que debatir con otros candidatos —¿qué fue de UPyD?—.

El fenómeno televisivo de moda, inaugurado por Pablo Iglesias, es la política. Los todólogos de barra de bar ya no son solo un público potencial, sino un peligrosísimo público en formación construido a base de soflamas, argumentos sesgados y una falsa apariencia de debate: en realidad, lo que cambia esta nueva manera de comunicar política es una pervertida manera de hacerla, contaminándola y viciándola igual que en su día Operación Triunfo vició el mercado musical y que, poco después, los ‘megashows’ deportivos y rosas viciaron el periodismo. Ahora, ay, le ha tocado el turno a la política de altos vuelos.

Como damiselas desmayadas, casi todos los medios han salido en tromba contra esta forma de espectáculo —especialmente aquellos que se han sentido agraviados porque este o aquel candidato no llena sus cuotas de pantalla—. Y no han querido darse cuenta, hasta ahora que ya es demasiado tarde, de que son ellos quienes han alimentado esta forma pachanguera y gritona de discutir.

De todos ellos, posiblemente Rajoy haya sido el más listo y posiblemente por eso tenga tantísimas papeletas para ganar las elecciones de dentro de dos semanas: si algo hemos aprendido de los fenómenos televisivos es que atraen a un público hambriento de espectáculo y ávido de consumo gratuito, pero que a la hora de gastarse el dinero —extrapolemos: poner un papel en la urna— se vuelve reacio y tacaño.

Así, Rajoy se dosifica y juega, por desesperación o cálculo, a escapar al ruido blanco de las tertulias de sábado noche y a los debates-descuartizamiento. En su lugar prefiere subirse a bancos, patearse pueblos y comer mejillones con el cuñado de España, Bertín, en pos de proyectar una imagen de tipo atareado, tímido y cumplidor.

Sea como fuere, los programas electorales han dejado paso a los programas en hora punta. Esa, se le endilguen las siglas que se le endilguen, es la nueva manera de hacer política. O al menos, de hacer campaña. Pero ¿es la nueva manera de gobernar? Veamos: ¿Es Gran Hermano la nueva manera de relacionarse? ¿El Precio Justo de gestionar la economía? Pues eso.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.