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26J

Dientes, dientes
Alejandro Carantoña 11-06-2016 | 4:00 | 0

Los actos en formato eléctrico —con algarabía de estrellas invitadas— de Unidos Podemos llevan por título La sonrisa de un país: así se titulaba el celebrado ayer en Málaga y el que está previsto para el martes en Canarias. Así en toda España. ¿En toda? No, en una irreductible esquina del mapa —Barcelona— donde hoy se celebra uno de estos actos ha querido la alianza que el acto se llame, en cambio, El somriure dels pobles (La sonrisa de los pueblos), una pequeña y risueña pirueta lingüística destinada a descafeinar y blanquear el discurso para no molestar en exceso a futuribles socios.

La sonrisa de la coalición del ‘sorpasso’, así, adquiere una cantidad de dientes y una amplitud forzada que dan una idea de cuán delicado es el hilo del que pende la estabilidad de esta alianza a muchas bandas. Una sonrisa nacional que se va truncando por frentes, y que en apariencia solo se mantiene por aquella posibilidad, alimentada por el CIS de anteayer, de atropellar (o someter) al PSOE y desalojar al PP.

En Asturias lo saben bien: la escalada de declaraciones, dimisiones, réplicas y contrarréplicas en torno a la ya famosa declaración en defensa del carbón ha tornado en una llaga supurante y silenciosa, sobre la cual ya nadie quiere echar más sal. Al menos de momento, habida cuenta de que Izquierda Unida en Asturias acaba de descubrir que, de cumplirse los últimos vaticinios electorales, quedará de nuevo fuera del Congreso de los Diputados. Todo ello con la papeleta añadida de que, encima, la formación está relegada a un tercer puesto en las listas por la organización podemita. No quedarán muchos motivos para exhibir su contento, entonces: no solo perderán representatividad, sino que habrá que buscarse las vueltas para dar marcha atrás al pacto sin perder la sonrisa.

Los dientes, dientes que van apareciendo por el flanco izquierdo del tablero recuerdan cada vez más a dentelladas. También a los dientes, dientes que por su lado tuvieron que exhibir Isidro Martínez Oblanca y Susana López Ares, socios en la coalición PP-Foro, para opacar los gritos de aquella septuagenaria cabreada de Avilés en el inicio de campaña el jueves.

Era de lo más significativo ver a esos cinco asistentes al acto formar, al borde del área de penalti, y aplaudir muy fuerte para evitar una foto con los dos cabezas de cartel —Oblanca hacía malabares con el corazón que Unidos Podemos lleva por emblema— y con aquella señora de fondo. Era todo una muestra de la facilidad para atacar los escándalos de corrupción, las sentencias europeas y/o el déficit de las comunidades autónomas, pero una incapacidad manifiesta para lidiar con una mujer pegando gritos: todos los populares mantuvieron los dientes cuando, en pleno Parque del Retiro, un activista irrumpió a voces en la foto de familia de los candidatos. No obstante, en el siguiente acto del mismo corte —la presentación de candidatos por Madrid, el martes pasado— no se corrieron riesgos parecidos: se celebró en una azotea convenientemente cerrada al público.

Son sonrisas bien entrenadas. Dientes, dientes, plas, plas, pero sonrisas que empiezan a parecerse en exceso entre sí. Quizás no sea posible hacer política sin usarlas, tan opacas como elocuentes. Quizás sea cierto que estemos abocados a otras elecciones, detrás de estas. O que, simplemente, todos estén tan contentos que no puedan contener la sonrisa.

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El candidato mantequilla
Alejandro Carantoña 10-06-2016 | 4:00 | 0

Mariano Rajoy ya entendió, avistando los bigotes de los langostinos navideños allá por diciembre de 2015, que hay cosas que nunca cambiarán: consuelos del alma aparte, donde haya una generosa nuez de mantequilla se pueden ir apartando las acelgas al vapor de la austera y sobria nueva política.

Entonces el Partido Popular lo entendió, lo entendió tan bien que no tuvo más que basar su campaña en encaramar a su candidato a bancos (de los de sentarse), en añadir caldo bien caliente al arroz de los pactos para que se socarrase al gusto y, mientras tanto, recostarse con un buen puro y un ribeiro helado.

Funcionó mejor de lo esperado: ahora, ha vuelto a la carga con el puchero recontracocinado, rebosante de manteca y tropezones. Los programas son idénticos; los contendientes, los mismos que hace medio año y la estrategia, calcada: a fin de cuentas, el Partido Popular ganó las elecciones de diciembre de 2015 tras una legislatura bronca, difícil y abonada para terminarla con todo el electorado en contra. Y sin embargo, hoy Rajoy tiene papeletas para quedarse en la Moncloa hasta 2020.

No ha necesitado aludir a ninguna pinza para que calase el mensaje de los peligros de un posible bloqueo —que fue el error que le costó a Foro el gobierno asturiano en 2012—: solo había que proponer identidad, ruralidad y linaje ibérico con unas gotas de flema gallega para vencer a los cantos de cambio que proponían Podemos primero, el PSOE después y, en última instancia, Ciudadanos.

Todos ellos han competido hasta ahora por arrogarse la voluntad de «la gente» desde graves y exaltadas intervenciones televisadas, mientras que Rajoy abría mejillones con Bertín Osborne y dejaba a la tropa el trabajo mediático sucio. Repite jugada y envida a la grande codeándose con entrañables niños (como este miércoles), en próximos mega actos de campaña en Torrevieja, Madrid, Valencia y Málaga —allá donde pueda rascar algún diputado extra— y frente a una competencia a la que mira con condescendencia con ese «ahora más que nunca» que exhibe como mantra infalible.

Es el candidato mantequilla, el que prefiere caminar deprisa que salir a correr: la tradición, la seguridad. La seguridad de que van a subir los impuestos —esto casi nadie lo duda— y que se hará «lo que haga falta» por España. Habrá de todo lo malo, pero no habrá sorpresas.

Así, los electores parecen haber demostrado, ante todo, que prefieren la certeza de ir a ganar veinte kilos con un menú barato y contundente a los cantos de sirena de la última dieta milagro, esa que en cien días se compromete a solucionar el fracking, los problemas de vivienda o el reconocimiento del estado Palestino.

Como única pega a esta tournée de proximidad (de ahí el empeño en afianzar posiciones, no en conquistar otras nuevas), tiene el PP el problema de que con este calor no entran bien ni las gachas ni los torreznos: quizás, y solo quizás, apetezca más ese gazpacho sevillano tan presente en precampaña.

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Enfadados
Alejandro Carantoña 02-05-2016 | 7:00 | 0

Son demasiadas las casualidades: que hayamos traspasado hace días la barrera de unas nuevas elecciones generales; que hoy sea festivo y el día internacional del trabajo; que estemos a dos semanas de cumplir cinco años del movimiento social que iba a refundarlo todo sin que nada, en lo sustancial, haya cambiado.

Cualquiera, por muchos motivos, tiene razones para estar enfadado. Para manifestarse hoy y meditar profusamente mañana, o empezar a reflexionar a tenor de lo que viene: en Asturias estamos a punto de ir a votar ni más ni menos que por sexta vez en menos de cinco años, a introducir en total once papeletas en las urnas en tan poco tiempo. Mensaje clave, decían. Cambio necesario, insistían.

Pero no ha cambiado nada, o nada de lo sustancial. El proyecto de esta generación (no se confunda este proyecto con el político o el social) empezó a cocinarse en los años universitarios, allá por el boyante final de la década anterior. Luego cogió inercia una nueva manera de entender, de mirar, incluso de narrar el mundo con la emergencia de las redes sociales y de los nuevos canales de comunicación. Y ahora aquí estamos, sobrepasada la mitad de la década siguiente sin que las esencias se hayan visto alteradas en prácticamente nada. Solo algo más reblandecidas, distraídas.

O quizás sí: es posible que la cultura del pelotazo, la que hemos ido dejando atrás, empiece a dejarse sentir en la generación de los más jóvenes en estos últimos tiempos. Quizás nos relajásemos demasiado cuando teníamos que estar inquietos, en puro movimiento. Es decir, ahora que ya se nos supone lo suficientemente leídos, formados, informados y cuajados como para empezar a plantearnos tomar el relevo no de unos colores políticos o de los otros, no, sino de una generación y una cultura que se agota, no hemos sido capaces de hacerlo. Todavía.

Porque puede que más que agotarse, esa cultura y manera de hacer pida a gritos marcharse a descansar después de haber hecho lo suyo. Y, sin embargo, hastiada y harta, se ve en la tesitura de tener que seguir dialogando con nosotros durante unos años más. La asunción de responsabilidades nos ha venido grande, a los jóvenes, y tal vez nos haya llegado demasiado pronto. Todo parece indicar que la respuesta a nuestras cuitas se encuentra más en el 26J que en el 15M.

Apenas estamos hablando de la indignación que cunde en las calles de Francia. Posiblemente nos pille lejos o puede que, igual que ya ocurrió en movimientos precedentes, veamos sus reivindicaciones y avatares como problemas menos auténticos que los nuestros. Es posible que la brecha cultural (en cuanto a las lecturas, al desarrollo de un pensamiento genuinamente crítico) se haya agrandado porque ya casi no escribimos, porque ya hemos investido a la televisión, al cine o a la música de poderes presuntamente políticos e institucionales que nunca ha tenido hasta ahora. No es demasiado atrevido aventurar que esta desorientación que nos lleva de una urna a la siguiente tiene mucho, demasiado que ver con que la reflexión está en horas bajas. Eso no está tan de moda, no nos apetece tanto como debería agarrar algunos toros bravos por los cuernos y tomar posesión de los tiempos, en lugar de ventilar banalidades en las redes sociales como si fuesen el fin del mundo. Puede que los discursos no se hayan empapado bien de literatura; que la reivindicación y la canción no casen tan bien como decían; que nos falte relato y peso y conciencia; puede que tengamos que empezar por repensar toda esta revolución. Pero rápido: apenas tenemos dos meses.

Este artículo apareció publicado en la edición impresa de El Comercio del domingo 1 de mayo de 2016.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.