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Albert Pla

Libertad de charla
Alejandro Carantoña 22-01-2017 | 4:00 | 0

Este artículo podría tratar sobre el doble rasero que se aplicó en Gijón a la hora de lamentar el veto a Albert Pla cuando se canceló su actuación en la ciudad por decir que le daba asco ser español, por un lado, y a la hora de celebrar idénticas medidas cuando se evitó la actuación de Jorge Cremades por machista, hace pocas semanas. De denostar alguno de ambos actos de censura, a lo mejor alguien propondría que la violencia machista es una lacra que no se debe fomentar y que Pla, por su lado, se pasó de la raya; a lo peor, que quien esto escribe es un machista sin remedio o un antiespañol, según la opción elegida. No tratará sobre eso: no correré ninguno de los dos riesgos.

También podría poner el grito en el cielo por los peligros para con la libertad de expresión que supone la condena reciente al cantante César Strawberry por bromear con el terrorismo en una red social, o por el contrario, podría lamentar la no menos reciente absolución de los titiriteros madrileños por pasarse de la raya, por jugar con el fuego del terrorismo ahora que parece apagado. En el primer caso unos podrían tildarme de apologeta; en el segundo, de fascista. No tratará sobre eso: no correré ninguno de los dos riesgos.
Hace poco, Lorena Maldonado le preguntó a Darío Adanti, uno de los fundadores de la irreverente revista Mongolia, si haría chistes sobre Mahoma. Claro, dijo. Pero advirtió que nunca lo dibujaría ni, mucho menos, lo pondría en la portada de la revista. ¿Por respeto al islam? No: «No quiero morir». Concretamente, hablaba de «miedo».

El sentimiento que mueve a cada vez más gente a dejar de decir según qué cosas en según qué sitios no es tan extremo, pero el hecho es que los mueve a dejar de hacer cosas. Eso se llama «autocensura». Ni siquiera es importante el fondo o el porqué; es que se ha instalado la cándida idea de que lo no dicho, lo no oído, lo no visto ha dejado de existir. La realidad, sin embargo, es que todo lo callado se enquista, y en lugar de solucionarse, se agrava: ni debería ser un acto de valentía expresar una opinión, un parecer o incluso una secuencia de hechos, ni debería ser un acto de cobardía callarlos. Pero paulatinamente callar es cada vez más cómodo, más recomendable, menos malo.

Uno escribe, compone o sube vídeos a internet con el fin de agradar cierto número de personas. Los opinadores (en especial los agitadores), suelen buscar el respaldo de unos y, como atajo hacia el estrellato, la inquina de otros tantos. Atrás, lejos, quedaron los valores de la serenidad, la persuasión o el debate; en su lugar, se ha convertido este circo en un sitio de etiquetas peligrosas y de bandos necesarios (o conmigo o contra mí).

Los mayores damnificados por esta tendencia no son ni nuestra sufrida Constitución ni quienes sufren censura de cualquier tipo a toro pasado: son todas aquellas voces que se están viendo abocadas a callar por miedo (ahora sí: miedo) a ser linchadas socialmente, a perder su trabajo o incluso a ser condenadas; son todas aquellas voces que creen que las cosas solo se pueden decir con absoluta contundencia, sin sombra de duda, arropadas por una gran masa en previsión de la tormenta que a continuación se desatará.
Si a todo ello se suma la ligereza con que se adjudican carnés o se arrogan verdades, queda un estrechísimo margen para seguir charlando. Y perder eso, la mera charla, sí es un riesgo notable.

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Francisco Primero
Alejandro Carantoña 10-07-2016 | 4:00 | 0

Un año más, y ya van tres, Gijón organiza puntualmente su simposio anual sobre libertad de expresión, declaraciones desafortunadas y cancelaciones en el último segundo. La primera edición, en julio de 2014, se fue de las manos y acabó en los tribunales: en una pirueta arriesgada, los gestores del Teatro Jovellanos decidieron abrir los encuentros con el grupo israelí Sheketak. Churruca y Enrique López acabaron en el banquillo de los acusados, tras la protesta frente al teatro, carga policial incluida, etcétera.

En el año 2015, para la segunda entrega, el Teatro prefirió un formato algo más sencillo y cercano, menos ampuloso: fue entonces cuando nació la modalidad del telesimposio, que tuvo el honor de inaugurar Albert Pla. Consiste en decir algo en algún lugar que no sea Gijón y que a ser posible no guarde relación con la ciudad y, a continuación, y muy airadamente, el consistorio decida rescindir el contrato. La parte de llegar a las manos ha sido suprimida hasta nuevo aviso: ahora, basta con una entrevista en EL COMERCIO.

Este año, el simposio se ha dado cuenta de que aún tiene un nicho por explotar: la canción melódica, las grandes estrellas de la tonada patria. De ahí que el excepcional invitado haya sido Francisco —que uno, personalmente, no sabía que siguiese cantando ni que fuese a actuar en Gijón: la publicidad está hecha, en cualquier caso—. Francisco publicó unas cuantas barbaridades en una red social sobre Mónica Oltra, la lideresa de Compromís y vicepresidenta de la Generalitat Valenciana. Y con esto y un bizcocho ha habido suficiente para evitar que actúe. El simposio en pleno apogeo.

Como nota de color adicional, para esta edición de 2016 se han traído nuevas atracciones: en concreto, el Ayuntamiento de Gijón ha prometido «altercados» de llegar a celebrarse el concierto. Es, según el informe jurídico que sustenta la rescisión del contrato, lo que podría llegar a pasar de dejar a Francisco cantar en el Jovellanos: sillas volando, contenedores ardiendo y trozos de suelo arrancados de cuajo por hordas encendidas por el son de ‘Violetas imperiales’.

Lo curioso del asunto es que Francisco se levantó caliente, un día de estos, tecleó sus cosas y a continuación ha visto cómo la polémica cruzaba el mapa de punta a punta: en su tierra, al parecer, nadie lee su Facebook. En Gijón, en cambio, ha logrado provocar una reunión urgente del consejo de administración de Divertia.

Allí, en el encuentro excitado para organizar el simposio de este año, fue donde los consejeros descubrieron quién era Francisco y a qué se dedica. ¿Quién decidió programar su actuación? Ahora el Ayuntamiento torna en damisela desmayada por unas declaraciones de hace dos semanas, cuando el ínclito, allá por enero, ya le aconsejaba al alcalde de Valencia que no confundiese «ir de Reyes con ir de putas».

Abierta, así, la caja de las esencias, el listón ha quedado altísimo para la edición de 2017: una vez hemos transitado por el conflicto israelí-palestino, hemos tratado con mimo la cuestión catalana y la identidad española y, ahora, hemos entrado de lleno en el territorio del machismo y el insulto, ¿qué nos pueden ofrecer después? ¿Acaso hay algo, más allá? ¿Quizás calentarse entre grupos municipales e intentar censurar todo lo del color opuesto? ¿O puede que prohibir el reguetón en las orquestas de prao? ¿Quizás desterrar las despedidas de soltero? ¿O desmangar las whiskerías que proliferan por toda la ciudad? No, eso seguro que no: eso no ocurre en el escenario del Teatro Jovellanos.

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Metaintolerancia
Alejandro Carantoña 24-08-2015 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Lo hemos visto ocurrir infinidad de veces. Es como un efecto mariposa ideológico: alguien dice —o piensa, o ambas cosas— algo y el aleteo de sus neuronas acaba por desencadenar aquello que se vende como desencuentro, pero que no tiene otro nombre más que censura; y censura, encima, de la peor clase: la ideológica.

Le ha ocurrido (y des-ocurrido) al artista estadounidense de origen israelí Matisyahu, cuya participación estaba anunciada para el festival Rototom, que se celebra este fin de semana en Castellón. La fecha se acercaba y empezaba a tomar cuerpo la presión ejercida por el grupo BDS (Boicot, desinversión y sanción a Israel) en la región. Muchas gestiones y cinco cancelaciones de otros artistas después, la organización del Rototom optó por supeditar la participación de Matisyahu a que este emitiese un comunicado condenando las acciones militares israelíes en Gaza y reconociendo el estado palestino. Matisyahu ni siquiera contestó. Fue descartado. A pocos días de empezar el festival, el Rototom se disculpó y dio marcha atrás. Al cierre de esta columna, estaba previsto que actuase en el festival, después de todo.

Lo ocurrido con Matisyahu no es nuevo —más bien frecuente en los últimos tiempos—, y precisamente en un reportaje publicado en The New Yorker esta misma semana le ponían nombre al fenómeno. Kelefa Sanneh, que firmaba la pieza, recogía el término propuesto por Kirsten Powers: quedaba bautizado como «metaintolerancia», un (peligroso) mecanismo lógico según el cual la intolerancia es aceptable cuando está dirigida contra alguna forma de intolerancia.

Es de lo más dañino porque, como relata Sanneh, se trata de un sistema de censura y condena pública que está al margen de las leyes, y que se sirve solo de la publicidad y de la acción (a veces del escarnio) para hacer valer un punto de vista determinado.
Aquí lo hemos visto en tiempos recientes: en octubre de 2013, Albert Pla dijo a ese periódico: «A mí siempre me ha dado asco ser español […]. Me gustaría que los catalanes fuéramos independientes y que en Gijón se estudiase el catalán por cojones.» A renglón seguido, el equipo de gobierno de Foro decidió rescindir el contrato de alquiler del Teatro Jovellanos (cuando Pla, encima, iba a taquilla, conque el consistorio ni siquiera se estaba jugando los dineros en la operación). Intolerancia contra el intolerante.
Pocos meses después, la Policía acabó cargando contra una manifestación convocada a las puertas del mismo teatro para boicotear a la compañía de danza israelí Sheketak. Y protestaban por el mero hecho de que los bailarines fuesen israelíes —o sea, intolerantes—, según reconoció al día siguiente de los altercados el portavoz de Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Gijón, Francisco Santianes: «No tenemos nada en contra de ese grupo, ni sabemos qué pensamientos tiene», reconocía en este periódico el 26 de julio de 2014, antes de justificar el boicot.

En los tres casos, alguien se apropia de la razón, y lo hace sin basarse en ningún precepto recogido en nuestro ordenamiento jurídico, sino en aquellas convicciones que estiman correctas. Actúan en consecuencia, siempre dentro de la legalidad, pero bordeando la frontera de la censura y poniéndole algunos palos en la rueda a la libertad de expresión de los unos, de los otros y, sin saberlo, a la suya propia.

Entre tanto ruido, al final, fue el representante de Pla quien fue a dar el clavo con el diagnóstico más preciso: «Las gentes del teatro», dijo, «tienen derecho a desvariar». Y casi, casi, tienen el deber de hacerlo. Aunque no nos guste.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.