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Paseos y preguntas
Alejandro Carantoña 11-04-2016 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

No hay periodista que se precie que no tenga ganas de un buen Watergate o de irse a una guerra. En cambio, suelen darle más pereza las tareas rutinarias y pesadas, pero que acaban por volverse imprescindibles: por ejemplo, recorrer la calle Uría de Oviedo contando hidrantes. Averiguando si funcionan, cuál es el protocolo de actuación, qué puede salir mal y qué es imposible salvo negligencia palmaria. Parece que la muerte del bombero Eloy Palacio en el incendio del jueves fue perfectamente evitable. Parece, a tenor de las informaciones que van saliendo a la luz, que es muy probable que se produjesen negligencias graves.

El periodismo sirve para plantear dudas y lanzar cuestiones, y también sirve para evitar circunstancias como estas a veces: aparte de todo lo sucedido, alguien dejó de hacerse esas preguntas; el último filtro de control sobre la realidad (que es el que ejerce el periodismo) falló. Nadie dio un paseo por la calle y se hizo la pregunta oportuna en el momento concreto; a nadie, en todos estos años, se le ocurrió plantearse: «¿Y si hubiese un incendio en la calle Uría?»

Sin embargo, en estos tiempos de pactos y ordenadores destruidos, (cierto) periodismo parece estar rabioso por haberse perdido su Watergate, su guerra, su escándalo de la década. Ese periodismo de paseos y preguntas está en horas bajas, ante el mucho más seductor periodismo de datos que empezó con Wikileaks, se hizo mayor con Falciani, maduró con Snowden y ahora envida con los papeles de Panamá, revelados hace una semana tras meses de trabajo.

El equipo ahí inmerso, en la vertiente española, lleva un año encerrado en dos sedes en polígonos industriales a las afueras de Madrid, rebuscando entre datos obtenidos de una fuente anónima y proponiéndonos historias más o menos relevantes (en España, salvo para Montoro, aún no ha aflorado ninguna auténticamente escandalosa).

Tienen el continente, y el contenido, que son datos aportados por una parte interesada (no hay filtración desinteresada) y además los van a filtrar según un criterio de «protección de la fuente» y de la «privacidad de los implicados». Es decir, este nuevo periodismo obtiene once millones de documentos de un bufete de abogados panameño por vía anónima (quizás seleccionados, por tanto); los selecciona y filtra a su vez y nos los presenta como lo último en periodismo y salud democrática.

Obviamente es un trabajo necesario, relevante, y jugoso; pero también lo es que no hay que confundir el periodismo de filtraciones —esto es, que un señor misterioso te abra conversación por Internet y te envié dos terabytes de información—, que se centra en verificar, ordenar, presentar y comunicar un material bruto de proporciones gigantescas con el periodismo, insisto, de paseo y pregunta.

Ese es el periodismo más cansado, trabajoso y por ende caro: ese es el periodismo que implica tener a redactores leyendo los boletines oficiales a diario, preguntando y recontrapreguntando en registros, almacenes y parlamentos hasta hacer saltar la liebre. Es, quizás, el periodismo menos glamuroso y «global» —no es tendencia en Twitter, no derroca gobiernos— pero es una de las formas más nobles y relevantes de información: porque es la que descubre, en un momento dado, que si se produjese un incendio en un edificio de madera de la calle Uría de Oviedo no habría fuentes de agua cerca para sofocarlo. Es un suponer, uno remoto, de eso que «nunca pasa». Que no es noticia. Que no importa. Hasta que importa demasiado.

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Eco en un seto
Alejandro Carantoña 22-02-2016 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Cuando estudiábamos Traducción Literaria, derrochábamos siempre una o dos sesiones en hablar de cómo traducir una frase. Luego llegó la realidad: una hora para traducir aquello en lo que, normalmente, invertíamos días o semanas cuando estábamos estudiando. Pero no corramos tanto; aún vivíamos en el idilio de la traducción ideal: con más o menos ampulosidad, construíamos razonamientos interminables para escoger entre tipos de coche de caballo o respetar la ensoñación de la materia flaubertiana en su volcado al español (y así y todo éramos felices). Y buena parte de aquello lo habíamos aprendido, consciente o inconscientemente, de una figura extraña, espesa y que vivía muy bien de construir ese tipo de razonamientos: se llamaba Umberto Eco.

Eco inspiraba a los estudiantes de Lingüística y de Traducción con insólita facilidad, porque era un superventas pero era, también, un hombre de una sabiduría enciclopédica, teórica, capaz de apisonar al más dispuesto. En Decir casi lo mismo, que es libro de referencia para traductores en ciernes, Eco se entretiene explicándonos hasta qué punto les ha amargado la vida a sus traductores en infinidad de idiomas con un seto que aparece en el Péndulo de Foucault, con un maldito seto que es, en realidad, una referencia a Leopardi de una importancia capital para él. Y que cuando uno está estudiando le resulta fascinante, porque nunca se ha imaginado que un señor capaz de bucear en códices del medievo y urdir tramas semióticas tan complejas pueda sacar, de ahí, un oro de los quilates que tiene El nombre de la rosa y llegar con él a tantos millones de lectores. Infunde esperanzas, en la medida en que hay un mundo inaccesible y remoto en el que a los traductores se los llevan de viaje a conocer al autor; les dan tiempo, medios y referencias para producir obras redondas: existe un mundo desconocido más allá de los barrotes de la traducción para ayer y mal pagada.

En el ámbito estrictamente literario, Eco supuso un terremoto similar e igual de contradictorio: alguien dijo de él que era el hombre que había logrado convertir el aburrimiento en una cualidad literaria. Y razón no le faltaba, se pongan como se pongan los puristas, porque no hay novela de Eco que sea fácil de terminar ni hay estructura literaria que resista un análisis liviano e intuitivo; siempre ha de ser sesudo y concentrado. De esa manera, y solo de esa manera, se le puede disfrutar. Quizás cuando se es joven, que es cuando de más tiempo se dispone, uno puede consagrar dos meses de su vida a penetrar en esos setos laberínticos y eruditos.

Puede ser, entonces, que lo más importante en el legado de Umberto Eco no tenga tanto que ver con sus aportaciones académicas en en ámbito de la semiótica y de la teoría lingüística —cuya solidez ya se ha visto cuestionada—; que no resida tanto en novelas llamadas a ocupar anaqueles esenciales; sino que se encuentre en la manera de estar en el mundo, de afrontar el trabajo intelectual y de interactuar con la sociedad. Hay muchas sombras y rumores que le rodean (relativos sobre todo al trato dispensado a algunos colegas y traductores) y que son más propios de una figura mediática que de un hombre encerrado en su despacho escribiendo sobre el condenado seto leopardiano.

Lo que le hace excepcional, entonces, es no haber perdido su esencia, rigor y densidad mientras que era capaz de generar debate, acudir a fuentes insólitas y a menudo despreciadas por otros y proponer, en definitiva, una manera de acometer el trabajo intelectual que es una aspiración necesaria. Y es una aspiración, una cima, un equilibrio necesario, que se le debe a él.

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Apocalipsis sanitario
Alejandro Carantoña 08-02-2016 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

El tabaco mata, según la Organización Mundial de la Salud, a unos seis millones de personas al año en el mundo. Así, la OMS ha emitido un informe muy recientemente en el que localiza y ataja el auténtico núcleo del problema: Hollywood (!). Efectivamente, la solución radica en hacer presión para que las películas en las que aparece gente fumando sean recomendadas para mayores de edad: de hecho, en España ya se han hecho inmensos progresos en pro del bien común elevando su precio en torno a un 600% en los últimos 25 años, prohibiendo su consumo en bares y otros lugares públicos y pixelando «palitos de cáncer» en cualquier aparición televisiva.

Lo que la OMS calla, sin embargo, con respecto a esta terrible pandemia, es que en España por ejemplo el consumo de tabaco no solo es legal entre mayores de edad, no solo recauda mediante impuestos lo suficiente como para cubrir el presupuesto de tres ministerios, sino que —esto es lo mejor— es el propio Estado quien lo vende, en realidad. Así, con lo recaudado por un lado, financia campañas contra su consumo por el otro y elabora informes por otro más. Por el camino, se lleva un buen pellizco. Y por eso la solución pasa por que en las películas no salga gente fumando.

Cuesta entenderlo. De verdad que cuesta, y bastante: y por eso, es de suponer que de esos hiperdiplomáticos y muy políticamente correctos polvos lleguen estos extraños lodos, en forma de epidemias mundiales —estas, sí: léase zika, gripe aviar o ébola— en las que la máxima autoridad sanitaria mundial siempre y sin excepción comete errores de comunicación gravísimos.

Por ejemplo, aquellas provisiones de medicamentos para una hecatombe sanitaria que nunca se produjo, y que costó un buen dinero a las arcas españolas; por ejemplo, este zika que amenaza con mermar la demografía de un continente entero durante años; y, en otra muestra reciente de confianza y fiabilidad, el cierre en falso del brote de ébola: tras descorchar el champán por el fin del brote el 14 de enero, el día 15 se producía una nueva muerte por la enfermedad en Sierra Leona.

La profundidad y dificultad que tiene la gestión de todas estas crisis es indudable, insondable para muchos, pero se tiñe de desconfianza cuando viene combinada con estos artificios intrincados e incomprensibles: veamos, si así se pueden evitar seis millones de muertes, ¿por qué demonios la única solución posible, ambiciosa y de alcance pasa por atacar las películas en las que se ve a gente fumando? ¿Por qué la OMS jamás ha emitido una recomendación de carácter legislativo que prohíba, anule o erradique el tabaco de la faz de la Tierra?

Es un misterio. Y uno sospechoso, uno que hace creer que los focos de preocupación se desplazan en función de intereses más bien ocultos. Vaya, esos focos de inquietud siempre acaban siendo los mismos, siempre se acaban traduciendo en censura encubierta, cosmética. Sea en pro de la salud humana o de la libertad religiosa, pero censura a fin de cuentas.

Siempre según la propia OMS, las campañas antitabaco tienen una incidencia de entre el 7% y el 16%, un porcentaje de efectivad ínfimo. Eso sí, muy ruidoso, muy aparatoso, muy llamativo. Muy de hablar sobre ello en familia, en público o en prensa —como ahora— para no hablar de otras muchas cosas que seguro que tienen una importancia capital. Y que no salen en las películas.

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Rus y el mínimo
Alejandro Carantoña 01-02-2016 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Hay estampas que son ejemplos significativos; y otras que son, abiertamente, estereotipos. Ocurría en aquella estupenda película, La caja 507, que empezaba a adelantarse a lo que más tarde fue Crematorio, la fabulosa serie basada en el universo corrupto-mediterráneo de Rafael Chirbes, que se adelantaba, a su vez, a lo que ahora estamos viendo y leyendo a diario. Pero esta vez, en la prensa: esta vez es real.

Está por ver si la colección de altos cargos —en este caso, del Partido Popular— que han sido detenidos esta semana en la operación Taula, y que están en estado de imputación, investigación, escrutinio o comoquiera que se llame ahora, son culpables. Pero es inevitable que a personajes como Alfonso Rus los envuelva un aura, sí, de estereotipo, de dinero a manos llenas tintado de colores oscuros: «O votáis a Arias Cañete u os pego una paliza» y ese llamamiento a celebrar una victoria con «champán y mujeres» (risas de fondo), dicho con ese tono igualmente estereotípico, son detalles de hemeroteca que harán recordar a más de uno a más de un personaje que se habrá cruzado en el camino a lo largo de su vida.

Aunque no ha llamado especialmente la atención, el Consejo de Europa ha publicado esta semana un informe, elaborado por el comité de derechos sociales, que quizás sin saberlo pone el foco sobre los miles de pequeños ruses que aún pululan por España.

Ha dicho el Consejo de Europa, en su evaluación de las condiciones laborales y salariales de menores de edad y «aprendices» —o sea, becarios– que España debe garantizar (y no lo hace) que perciban como mínimo el salario mínimo interprofesional, esto es, 655,20 euros al mes en 14 pagas. Llama también la atención sobre el hecho de que exista una diferencia salarial entre mayores y menores de edad únicamente por este motivo; y sugiere (ejem) que la remuneración vaya en aumento y que no sea inferior, jamás, al salario mínimo.

Ya solo por el baremo económico se puede intuir por dónde van los tiros: hablamos, primero, de lo interesante que sería capturar con vida para su estudio científico a un solo becario al que le hayan ofrecido esos 655,20 euros (o 764 al mes, en doce pagas) de primeras. No es muy complicado imaginar a algún pequeño rus llamándolo «chaval» —no se sabe su nombre: en cuanto acabe el contrato vendrá otro— pidiéndole café, fotocopias o algún recado; saludando con un cachete en la cara o pasando a su lado, atravesándolo con la mirada como si no existiera. Ni dinero, ni atención, ni aprendizaje —porque lo que obvia el informe es que en pocos o ningún caso se tutela efectivamente al aprendiz—.

Nuestro pequeño rus está bien situado socialmente y se percibe en cierto pedestal de intocabilidad que no tiene por qué ser impepinablemente delictivo, pero que sí lo aúpa un par de escalafones en el universo del poder: «Alfonso, te quiero, c***, te quiero», le decía «uno de Pontevedra» entre risotadas altas y un penetrante olor acolonia mezclado con aroma a puro.

Tampoco se piense que este es el único patrón por el que vienen cortados; solo es el último que ha caído en desgracia, ese al que en esta época le ha tocado la extinción por vía judicial y administrativa: antes, los pequeños ruses ofrecían ferraris a quien les ayudase a mantener la posición. Ahora, basta con ofrecer una pequeña parcelita de poder, un espacio mediático o un escaño en el Congreso. Ya ni siquiera se trata de acariciar bolsillos: ahora, basta con alimentar egos.

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Primavera Chichos
Alejandro Carantoña 25-01-2016 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

El día en que murió David Bowie, las reproducciones de sus canciones en el portal de música Spotify se dispararon un 2.700% y el buscador Google explotó con su nombre. Es de suponer que mi generación, que no es necesariamente la que llevaba fascinada con su música toda la vida, necesitaba algún motivo para llorarle en las redes sociales. O algún dato, al menos.

En tiempos recientes, este fenómeno ha alumbrado el término «postureo» —que la Real Academia no reconoce: remite a «costureo», quizás una sugerencia maliciosa—, que exitende sus tentáculos hacia casi cualquier orden de la vida: a ver quién nos iba a decir que para ver Gran Hermano VIP iba a haber que hacerse un máster urgente en secretos de Estado y servicios de inteligencia; o que para opinar acodados en la barra del bar sobre «los políticos» iba a haber que hacer el esfuerzo supremo de leerse la Constitución, escarbar en el funcionamiento del Congreso de los Diputados y/o, incluso, descubrir qué es la mesa que lo gobierna. Nada que objetar.

Esta semana, el famoso festival indie —por decir algo— Primavera Sound, ha anunciado su cartel para la edición de 2016, que incluye a Radiohead, a Brian Wilson y a los Chichos. Esto no es nuevo: ya en los albores del hipsterismo desaforado, allá por 2014, Raphael encabezó el cartel del Sonorama.

Y nadie dice que los Chichos no sean un supergrupo o que Raphael no sea un artista como la copa de un pino: siglos antes de que hornadas y hornadas de grupos insulsos con guitarristas prescindibles y letras huecas tomasen al asalto «la escena», como gustan de decir los anglófilos, aquellos ya estaban dando conciertos à la Johnny Cash en el penal de Ocaña y, este, arrasando continentes enteros.

Durante mucho tiempo, ni lo uno ni lo otro fueron méritos suficientes para que fuesen considerados como «serios» por un amplio sector del público joven, sino más bien como figuritas de Lladró convenientemente plantadas encima del televisor.

De nuevo, se equivoca quien dude de que el cine quinqui (del que los Chichos fueron motor esencial) es probablemente de lo mejor que se ha producido en España; y se equivoca aún más quien no sea capaz de ver que Raphael inventó (¡y la sobrevivió!) una manera de entender la música que ya querrían para sí muchos.

Así, quizás sea la crisis o quizás sea el aburrimiento de escuchar voces desafinadas y trascendencia aguada, pero hemos empezado a tomarnos en serio a nuestros mayores: ellos estaban ahí antes de que engendros antimusicales como el reggaeton nos invadiesen; y ellos estaban ahíí, hablando de droga y de maltrato y de «lo que ocurre por la noche» eones antes de que la música popular, o independiente, se empezase a recriminar a sí misma su falta de conciencia social.

Críticos como Víctor Lenore (que provocó una buena polvareda con su ensayo sobre el asunto) o Diego Manrique han detectado y comentado el fenómeno, relacionándolo a veces con la comodidad —o vagancia— en la que se ha instalado esta generación de consumidores de Cultura. Ahora, todos saben que algo queda de la faceta «figurita de Lladró» en la invitación de los Chichos al Primavera, pero también sospechan —Manrique lo ha escrito esta semana en El País— que a más de uno se le va a cambiar el gesto cuando entre en contacto con ese mundo. Y si al menos sirve para respetarlo, bienvenido postureo.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.