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Asturias

Sonar en directo
Alejandro Carantoña 30-07-2017 | 4:00 | 0

Por la ventana abierta se cuelan los guajes jugando o la música sonando, y parece que el mundo no se ha acabado. Ya llevamos unos días con el escenario instalado en la Plaza Mayor de Gijón, con otro en la Laboral y más romerías, fiestas de prao y festivales que nadie, y el mundo sigue sin acabarse.

Incluso hemos visto cómo de Caravia a Salinas y de Gijón a Mieres la música, la folixa, el verano en definitiva se apoderaba de villas enteras sin mayores estragos. Entonces ¿por qué seguimos encallados en que en cuanto llegue el otoño se apague todo, se pare todo, se encierre en teatros y se limite a auditorios? ¿A qué ese invernal y extraordinario celo?

En las últimas semanas, los músicos asturianos han hecho un enorme esfuerzo explicativo para exponer qué piden, en qué circunstancias y lo urgente que es atajar las carencias, sangrantes, de música en directo. Así, ha quedado suficientemente claro que no se trata de blandir ideologías o de recuperar terreno conquistado a la paz vecinal, sino de encontrar el modo de que haya música (como la hay en estas fechas, y a nadie parece molestar) y surjan grupos, gaiteros, sopranos o performers por doquier.

Durante los últimos tiempos, el típico avinagrado vigilante de las esencias con tendencia a llamar a la Policía, ese que otea tras el visillo y jamás se aviene a dialogar, se ha puesto las botas. Han llovido multas en las situaciones más absurdas: denuncias por música amplificada a pocos metros de un macroconcierto, inspecciones de permisos por rencillas personales o, incluso, llamadas sistemáticas (hay documentados casos en que la Policía Municipal ha acudido, avisada por ruidos, a bares que estaban cerrados ese día).

Lo peor es que, ante estas intervenciones, la razón siempre la ha llevado quien procurase impedir un concierto. Ha sido muy complicado avanzar porque algunos de quienes consideraban injusta la normativa, con toda la razón, decidieron o tuvieron que saltársela en un momento dado, de manera que, al final, se acababan cargando de argumentos quienes se oponen tan fervientemente a acabar con esta ley seca. Y vuelta la mula al trigo: los ayuntamientos, por su lado, tampoco han hecho mucho más que levantar la mano con sus propias normativas en lugar de ajustarlas, repensarlas y adecuarlas. Ora por pereza, ora por perversidad, han postergado una solución a la ley para poder usarla cuando fuese necesario.

Hay quien ve en esta manera de proceder oscuras relaciones y tratos de favor. Presumamos que no es así, y que sencillamente se trata de una incapacidad administrativa para ponerle el cascabel al gato: incluso en ese supuesto, es muy complicado entender que de pronto se invadan barrios o se tomen las calles con la anuencia municipal y, al día siguiente, una guitarra acústica desenchufada suponga un atentado intolerable a la convivencia.

Nadie dice que sea fácil complacer a todo el mundo, dar con una solución: de hecho, es una misión imposible si no hay voluntad de ceder. Está sobradamente demostrado que, tras estos años de dique seco, el sector musical y hostelero está dispuesto a hacer ese esfuerzo, pero por el lado institucional siguen escatimando las respuestas. Siempre bajo el argumento de la contaminación y la convivencia, cuando estamos expuestos, por otras vías, a toda suerte de poluciones que afectan a los cinco sentidos. Muy especialmente al oído: el sonido y el ruido (la televisión a todo volumen, los gritos, el tráfico) siguen sin ser un fenómeno estudiado y regulado en todas sus formas, y no solo en lo tocante a la música. ¿Por qué?

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Viva la diferencia
Alejandro Carantoña 16-07-2017 | 3:00 | 0

Barcelona nunca perderá su mar y Madrid nunca perderá su esencia, pero desde aquella llegan noticias preocupantes y, desde esta, amenazas insospechadas. Cuentan algunos corresponsales de fiar que en Barcelona, estos días, sortear turistas es misión imposible; Madrid, por su lado, recibe con un abrazo que de cálido roza el exceso, además de presentar una uniformidad inquietante en el centro otrora variado. Diferente.

Lo más fácil al mediodía es tomar asiento en algún pequeño local con mesas de madera lijada, platillos multicolores y sillas de metal gastadas. A la noche, tomar una cerveza a la luz de una barra servida por barbas impecables: el esquema se repite por doquier. El Café Comercial ha recuperado la vida, remozado en un «concepto» que recuerda demasiado al de la siguiente esquina, y al de la otra, y al de la otra.

La música se parece cada vez más la una a la otra; los barrios, sin dejar de ser irreductibles, se van nivelando. Se están fraguando dos ciudades monocromas, mecidas por tendencias, movidas por el cosmopolitismo entrepreneur y visionario.

Desde aquí, y desde allá, algunos aportan perspectiva sobre lo mucho que hay que envidiar al lejano Norte. No solo el clima ni la comida, ya se sabe, sino el buen sabor que algunos se han traído de la Semana Negra que hoy termina o de la ristra de festivales y romerías en las que ya llevamos sumidos un mes largo (y a la que le quedan otros dos).

Pasear por un Madrid grande y que no deja de respirar siempre ofrece sorpresas, como que no deje de mutar de aspecto, pero también está sometido a virajes bruscos y unívocos que a los lugareños les incomodan sobremanera. Por eso, en cierto modo, nos envidian el inmovilismo o anclaje en la tradición (según se quiera ver).

Ocurre que les fascina esto de montar una feria bulliciosa con libros en un astillero, incluso a pesar de que el invento vaya a cumplir los treinta con algún que otro achaque; admiran nuestra facilidad para invadir un prao; abrazan la sorprendente variedad de ofertas en un espacio tan reducido. Nosotros, en cambio, nos descubrimos contestando demasiado rápido que sí pero que angosta, o a lo mejor explicando todas esas rencillas que a diario nos mantienen ocupados.

A menudo los asturianos, de natural torpe para exaltar lo propio o excesivos en la celebración, necesitamos de un paseo por otras latitudes para descubrir nuestras ventajas, y también para aprender de las ajenas. De Barcelona bien podríamos importar no pocos teatros, autores, vanguardias y orgullos propios; de Madrid, la mezcla, la autenticidad, la identidad compartida y el crisol de biografías.

Todo esto no significa ni que las grandes urbes sean la meca ni que la tierrina sea la panacea; tan solo que en estas últimas semanas ya hemos asistido en Asturias a un par de conatos de boicot, a no pocas opiniones contundentes sobre una opción de divertimento o la otra o incluso a una larga lista de explicaciones —casi como pidiendo disculpas, anulando futuribles ataques— antes de inaugurar desde un festival de música hasta una corderada en un pueblo perdido.

Pero no solemos hablar de lo bueno. Y si algo bueno tenemos, precisamente, es la diferencia de poder cambiar de ambiente, de plan, de ciudad, de paisaje, ¡de música! o de chigre. Se deba a lo que se deba, es un valor que alimenta bibliotecas y llena cancioneros, y que no solemos subrayar. Así se escribe la historia, el movimiento: con esta tensión nuestra, tan incómoda a veces, tan ruidosa, se mantiene la diferencia.

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Música y delito
Alejandro Carantoña 25-06-2017 | 4:00 | 0

A pocas semanas de que la cuota de autónomos vuelva a subir, reptando paulatinamente hacia los trescientos euros mensuales, y con la vendimia musical veraniega recién abierta, se ha destapado la caja de los truenos: la SGAE y la Agencia Tributaria —cuando no la Audiencia Nacional— tienen mucho que ver en el florecimiento de varios esperpentos empresario-musicales para esta temporada primavera-verano.

La primera historia empieza a escribirse hace dos años, cuando el principal promotor de orquestas de romería en Galicia y Asturias recibió una acusación formal y pública de prácticas fraudulentas en su empresa. Se le acusa de un delito fiscal de proporciones futbolísticas. La instrucción por la primera de las cuatro causas que tiene abiertas se cerró este mismo mes con la petición de doce años de prisión y multas de en torno a cincuenta millones de euros. Aún quedan otras tres.

Casi simultáneamente, y ya en Asturias, Perlora tomaba la decisión de prescindir de su romería a partir del próximo año, puesto que la SGAE le reclama doce mil euros que había dejado de ingresar en concepto de derechos de autor durante los cinco años precedentes. Los responsables, a cuya boca acudió la palabra «mafia» en la amarga despedida, denuncian la asfixia a la que la entidad de gestión los tiene sometidos (aunque no pone en tela de juicio la legitimidad de la demanda, toda vez que todo es prístino y legal).

Como una sociedad de festejos no es una televisión, no contaban con la infraestructura necesaria para paliar «legalmente» la factura de la SGAE: así llegamos a la tercera historia, también de hace pocos días. En este caso, se trata de la Operación Rueda, que desde la Audiencia Nacional ha puesto sobre la mesa las técnicas empleadas en el seno de las televisiones para recaudar derechos de autor a espuertas. Las sospechas de la Policía se centran en la emisión, en las madrugadas televisivas, de refritos musicales trabados sobre piezas libres de derechos y vueltas a registrar por misteriosos personajes, con el único fin de que generasen derechos y así produjesen ingentes cantidades de dinero. Hubo dieciocho detenidos y constancia de que altos ejecutivos de entes públicos estaban al tanto. Dos grandes grupos mediáticos, por su lado, han reconocido que es una manera «legítima» de minorar el mordisco de la Sociedad General de Autores.

Todo esto ha ocurrido en menos de tres semanas, con la campaña recién inaugurada. Nótese que nuestras tres historias no hablan de los músicos ni de los autores; que ninguna versa sobre el advenimiento de nuevas tasas ni sobre el impacto en la forma de vida: que todas giran en torno al vil metal y a la gente (casualmente, ninguno músico) que se lucra o ha lucrado con la música de maneras, ahora sí, originalísimas. Los grandes damnificados en todos los casos son intérpretes; los grandes culpables, gestores o intermediarios o representantes.

A lo mejor todos estos episodios no son sino la constatación de que el modelo musical no funciona, o que está corrompido hasta el tuétano. Ejemplifican que una regulación tan coja como la que existe en España, en cualquier nivel administrativo, solo sirve para que los más avezados busquen la trampa, y para que los menos hábiles (o más preocupados por montar un grupo, una ópera o una romería) se acaben dedicando a cualquier otra cosa.

Qué difícil dar con una receta, revertir lo presente. Qué complicado —es la gran asignatura pendiente de los ministerios implicados— hincarle el diente a las artes que escapan a la cuadrícula acostumbrada. Y qué urgente, a la vez, es darle una buena sacudida.

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Los misterios de Laboral
Alejandro Carantoña 24-03-2017 | 1:28 | 0

Qué tiempos aquellos, no tan lejanos, en los que lo importante no era tener el presupuesto más escaso, sino el equipamiento más enorme. Ahora se estila más bajar en sede parlamentaria a la factura de la luz, como hizo anteayer el viceconsejero de Cultura, Vicente Domínguez, a cuenta del cierre de Laboral durante más de la mitad del año, días en mano. Ya habrá tiempo de poner el foco en estas cosas que tiene la intendencia (qué tiempos aquellos, tampoco tan lejanos, en que era una compañía eléctrica quien pagaba actividades en el centro…), e incluso de ponerla en todos los asuntos que han inquietado al resto de fuerzas políticas: en la comparecencia de Domínguez importaron la luz (a él y a los «amigos de la nave del misterio»), el número de visitantes (a Foro y Ciudadanos), los dineros (Izquierda Unida) o la imagen (PP), con la conclusión casi unánime y nada indisimulada de que estamos a punto de asistir a su cierre definitivo. Quizás, de hecho, lo más elocuente fuese que cada vez que intentaba abrir un libro o elaborar una cita sus señorías se lo impidieran: allí, ya lo sabíamos, no se iba a hablar de Cultura sino de derecho societario y laboral, y acaso de algún poltergeist.
En este sentido, Domínguez espantó algunos espíritus con sus palabras, pero desveló que no habrá celebración por los diez años del centro y nos explicó que la ristra de sentencias en contra de Laboral por el despido de personal han constituido un ahorro. En efecto, los doscientos cincuenta mil euros que habrá de abonar el centro en este concepto son treinta mil menos de lo que hubiese costado contratar a los profesionales despedidos de manera irregular. Y si, dado que sus puestos eran «superfluos» en muchos casos, según dijo, y ellos, unos petulantes por llamarse «coordinadores» (esto solo lo insinuó), las cuentas son claras y el ahorro, un hecho. De otra manera, es un desastre.
Añade dolor a este panorama, tan beligerante como improductivo, que justo ahora se cumplan los diez primeros años de vida del centro: ahora los festejamos soplando austeras velas, redimensionando cosas; entonces, hace nada más que un lustro, rebosaba por exceso o festejaba inconsciente. Hoy llenamos páginas con facturas y balances; hace cinco años, lo hacíamos con lo único que tiene que importar a un centro de arte y creación industrial: cómo ha ocurrido, y a esta velocidad, sí es todo un misterio.

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El pentágono
Alejandro Carantoña 26-02-2017 | 4:00 | 0

Circula, con motivo de la feria de arte contemporáneo ARCO que estos días se celebra en Madrid, una nota que reza en su encabezado: «El Pentágono del Arte», con todas esas mayúsculas. El documento nos informa de que la viceconsejería de Cultura y Deporte del Principado de Asturias promovió, hace exactamente un año, la creación de una «comisión de coordinación de equipamientos artísticos del Principado de Asturias», que lleva desde entonces reuniéndose mensualmente «para tratar problemáticas comunes y promover proyectos conjuntos».

Concita, aprendemos, al propio viceconsejero y a los responsables de los cinco equipamientos artísticos que dependen «directamente o principalmente del gobierno autonómico», esto es, el Museo de Bellas Artes, la Sala Borrón, el Museo Barjola, Laboral Centro de Arte y el Centro Niemeyer. Se celebra en ARCO, así, el primer cumpleaños de esta comisión, que por otro lado lleva doce meses trabajando en una aparente clandestinidad: tirando de hemeroteca, la última referencia a su existencia data del 18 de febrero de 2016, al día siguiente de su reunión inaugural.

A partir de entonces, la nada: buscando en Internet primero y en la web del Principado después no aparecen documentos, conclusiones, fotografías, informes, actas, nada que deje rastro de los furtivos encuentros del flamante pentágono. La siguiente noticia es esta: que están en ARCO, hombro con hombro. Por lo demás, se sabe que los centros hablan entre sí (fantásticas noticias), que han coproducido o se han prestado o se han rotado algunas piezas y que en otoño de 2016 se promovió una suerte de intercambio de artistas jóvenes con la Comunidad de Madrid. Es decir, lo habitual. El resto es un misterio.

Tanto la nota como la comisión en sí —que aparentemente no tiene forma o entidad jurídica o administrativa— lo aguantan todo sobre el papel, pero se antojan más bien envoltorios refulgentes y cosméticos para los cometidos habituales de cualquier consejería. Porque ¿cuál es la diferencia de estos cónclaves de aires ministeriales con respecto a las reuniones corrientes y molientes, rutinarias, que se presuponen al día a día del gobierno? ¿Qué es el «Pentágono del Arte» sino un nombre aparente? ¿Una marca sin logo? ¿Un comité sin oficina? ¿Una oficina sin dotación? ¿Una constatación geométrica?

La redacción de la nota resulta aún más elocuente en su retorcida y catastrófica versión inglesa (¿quién la ha traducido?), en la que se informa de que la creación de la comisión procede directamente del «Viceministerio de Cultura y Deporte», así tal cual, sin aludir a su carácter autonómico. Aunque sea por error, es significativo del panorama artificial que trata de venderse.

La oposición no ha tardado en criticar a la viceconsejería por todo esto, pero no le ha quedado más remedio que hacerlo con la boca pequeña. Porque nadie en Asturias está libre de este vicio de inflar las expectativas y lustrar las vergüenzas para, toda vez que se le critica, esgrimir recortes, conspiraciones, ataques, partidismos y oscuros intereses: flaco favor nos estamos haciendo al ponerle nombres largos y abstrusos a una mera reunión; al regodearnos en lo nominal sin entrar a fondo en el fondo; al insistir en que hay un plan y en que todo está medido cuando la improvisación es la reina.

Es evidente que las intenciones son las mejores pero, por desgracia, en un sitio como ARCO las intenciones no son lo que cuenta. Cuentan la solvencia, la entidad, la garra, el colmillo incluso. Lo demás puede que tenga algún valor intramuros, que suponga un consuelo para algunos. Pero, a efectos prácticos, no sirve para nada más.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.