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Atentados

El distinto
Alejandro Carantoña 28-08-2017 | 2:24 | 0

El En tiempos no muy remotos (hace un mes) esto hubiera sido un fanal de racismo, pero hoy es la celebración de la libertad. Se trata, por supuesto, de la inconmensurable competición desatada por ver quién se ríe más y mejor del yihadista que nos amenaza desde un vídeo, y que ha dado pie a todas las chanzas posibles.

La mayoría tienen bastante gracia. Pero la mayoría, también, se apoya en imitar un acento que en cualquier otro rincón del mundo hubiera supuesto mofa intolerable, y que sin embargo aquí, desenmarañando el terrorismo, goza de carta de la naturaleza.

Es extraordinariamente difícil asimilar cómo un discurso construido solo sobre estos memes y la foto (desgarradora y preciosa) del padre abrazando al imán han bastado para digerir lo ocurrido en Barcelona anteayer, como quien dice: especialmente desconcertante, por ese motivo, es que opiniones y sentires se hayan ramificado hasta el infinito en tan poco tiempo, en un cóctel explosivo de nacionalismo, terror y almas descarriadas.

Hace una semana, cayó en la pantalla un capítulo de la serie de Larry David en el que el protagonista silba el lamento de Siegfried, de Wagner, a las puertas de un cine. «Disculpe», le dice un viandante, «¿es usted judío?» Ante la respuesta (evidentemente) afirmativa, el viandante empieza a recriminar a David que silbe melodías de uno de los «mayores antisemitas de la Historia», amén del compositor favorito de Hitler. El capítulo termina con David contratando a una orquesta para tocarle la melodía de marras bajo el balcón.

La broma es un poco enrevesada, porque a Wagner nos lo ha inscrito en la memoria Woody Allen («Me entran ganas de invadir Polonia»), pero también porque no hay muchos espíritus con hambre de escalar la catorce monstruosas horas del Anillo del Nibelungo o de buscar el grial con Parsifal o de morir de amor a largos tragos del filtro de Isolda, del acorde sin resolver.

En el festival de Bayreuth, que el compositor instauró para sí y en el que cada verano se presenta su repertorio, hay tres óperas que se evitan, excluidas por él mismo de su canon: una es La prohibición de amar y la segunda es Las hadas, por verlas como pecados de juventud; la otra, Rienzi, era la favorita de Hitler. También un pecado juvenil, pero uno que ahora está preñado de connotaciones que harían fibrilar al indignado viandante.

No obstante, bajo toda la prisa y la deslumbrante megalomanía de Wagner, superadas las cinco horas largas que durará la función de Siegfried en Oviedo con sus pausas a partir del día 6, hay unas pocas páginas de música extremadamente lentas, unas que (si sigue todo el mundo despierto) alumbran una reflexión total, conmovedora, sobre lo que es el amor y el prójimo y el otro, una reflexión que no cabe en un envase más pequeño porque ya es, de por sí, incompresible.

Esta vez, el muchacho de barba imposible ha ido a topar con la tropa de la urgencia, y en pocas horas nos había ayudado a olvidar los atentados. Vamos a pasar a otra cosa, o a lo peor algunos de nuestros intelectuales de salón nos van a proponer un ensayo tramposo erigido sobre el eje Occidente-Oriente y todo lo que hemos hecho mal.

Pero lo vamos a sortear rápido, toda vez que el problema se mitigue y septiembre arranque la semana que viene. Lo vamos a hacer sin haber entendido mucho, sin vocación de hacerlo. Wagner seguirá siendo antisemita y el ISIS, una pandilla de frikis con capacidad de grabar vídeos. Tan simple, tan falso y tan prescindible. Tan fatuo, hasta la próxima.

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Barridos y vencedores
Alejandro Carantoña 20-08-2017 | 1:09 | 0

Hemos logrado contarlo casi todo, y contarlo bien. Hemos hecho crónicas certeras, fotografías precisas (aunque excesivas) y nos hemos montado un relato aceptable de todo lo que ha ocurrido en esta España post 11M que, no tan casualmente, corre paralela a los Estados Unidos post 11S en muchos aspectos. Lo hemos hecho todo, todo menos imprimirlo en letras de oro y grabarlo en el pequeño gran mausoleo de las tragedias que forjan la Historia.

El viernes, hubo un Enric González taimado y de vuelta, cargado de oficio, que hizo las delicias de los lectores al hablar de su Rambla de un modo personal, fragante y delicioso, pero sin orillar el periodismo notarial por el que en tiempos lo amaron. No hubo mucha más poesía o literatura en los atentados del jueves, en ese puro reducto de horror que fragua héroes y desenmascara a miserables al mismo ritmo.

Hubo un nombre que a González le vino a la pluma de inmediato, que a lo mejor nos ha venido a todos: es ese Vázquez Montalbán tantas veces citado y añorado, y que quizás para diciembre ya tendría una buena novela sobre lo que acaba de ocurrir. Ibáñez, de no prodigarse tan poco, posiblemente nos brindaría un mortadelo más, que nos habría sorprendido o nos hubiera hecho descubrirnos carcajeándonos en mitad de esta molicie. Y Pijoaparte algo tendría que comentar, cigarro en ristre.

A lo mejor esto son ensoñaciones, pero preocupa que el más frío de los fríos jueves de Madrid, trece años y medio después, siga sin su historia. Andamos construyendo el relato a trompicones, sobre la marcha, añadiendo puntualizaciones prescindibles a los hechos según se van conociendo. «Lo condenamos y es horrible, pero…». «Estamos con las víctimas y compartimos su dolor, pero…». Pero, pero, pero, sin afirmación, con afectación, emergencia, trabando el relato sin ton ni son y esperando que esto solo haya sido un mal sueño.

No lo es. Tenemos una estirpe gloriosa y desnortada de autores que ya van siendo capaces de contarnos lo sucedido, pero cunde una impotencia sin nombre al ver que nos faltan ficciones que, dentro de doscientos años, contribuyan a comprender lo que hoy sentimos, vemos, callamos y gritamos a un tiempo. Tenemos todos los hechos ordenados y archivados, claro está, pero sigue sin constar en acta —cuando es lo fundamental— el fresco que habla de las bondades, de las vilezas y de los prismas que ha impreso en el siglo XXI esta nueva encarnación del horror.

Porque esto, todo esto, nos ha ido barriendo y derrotando a medida que nos minaba y nos limitábamos a tuitear una consigna, a guardar un minuto de silencio o a menear la cabeza con resignación al leer las últimas noticias. Todo esto, amén de lo que hayamos crecido o de que el independentismo haya cuajado o de que la avaricia haya derrumbado el mundo o de que ETA ya no exista o de que el arte solo pueda ser político, todo esto, carece de valor sin observaciones pausadas que puedan agitar miradas. Nada va a cambiar, ni a mejorar, ni a empeorar, mientras que sigamos en la convicción de que vivimos en una plácida balsa de aceite que de cuando en cuando se ondula por atentados como el del jueves.

Mientras sigamos librando contiendas más o menos efímeras y tontorronas entre nosotros, a cuenta de cualquier cosa, seguiremos actuando como es natural y esperable. Pero necesitamos —esto es un llamamiento— de una crónica suprema, superior, de una gran historia que dé cuenta del laberinto en el que nos hemos metido y del que no nos quieren ver salir.

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In absentia
Alejandro Carantoña 17-07-2016 | 4:00 | 0

Como ahora ya no tocan setas, la gente sale a por Pokémons. La gente se ha vuelto absolutamente loca, de Sydney a Los Ángeles y de Sevilla a Estocolmo, en apenas una semana.

Resulta que hace unos días la compañía de videojuegos Nintendo ha lanzado un nuevo juego, llamado ‘Pokémon Go’ que traslada al mundo real aquel universo de bichitos entrañables (Pikachu, y eso) que vivían en las consolas portátiles a principios de siglo. El invento consiste en que, mediante el servicio de geolocalización de Google —ay— y la cámara del teléfono inteligente, es posible recorrer la ciudad buscando a las criaturas, capturándolas e interactuando con otros usuarios. Por las redes corren imágenes de hordas y hordas de gente mirando el mundo a través de sus terminales, hasta que la batería se agote, a la caza de nuevos y valiosos especímenes.

En estos días, el valor de las acciones de Nintendo se ha multiplicado por dos y la aplicación ha rebasado cualquier expectativa: parece ser que ya tiene más usuarios que Twitter. El éxito, como ya viene siendo habitual, está por tanto en su capacidad de abducción: el asunto es adictivo, el asunto está de moda y ha brindado una nueva y masiva excusa para hiperconectarse, para mirar este mundo desde una perspectiva filtrada y cómoda.

Los teléfonos inteligentes, que iban a servir para estar mejor comunicados y para seguir, sobre la marcha, un atentado terrorista en Niza sin que cundiese el pánico por el país entero o para mitigar los efectos de un potencial golpe de Estado en Turquía, se han convertido en herramientas sedantes, narcóticas.

Porque detrás de la espectacular revalorización de la compañía se encuentra una apostilla clave: «De momento». «De momento» es gratis. «De momento», y solo «de momento», es un entusiasmante y altruista proyecto para que el mundo interactúe y pase un buen rato. Una vez constituida la plataforma —cuyo potencial reconocen los mercados— vendrán las andanadas publicitarias, el ordeñamiento de la base de fieles. La monetización, que dicen los expertos en estas lides.

Pero el precio, en esta huida hacia lo fácil y a lo inmediato, ya es altísimo e irreparable: donde antes se podía encender y apagar, empezar y terminar, ahora se proponen cada vez más experiencias y sistemas inmersivos, sin fin, perpetuos. El teléfono vibra en el bolsillo cuando haya un bicho cerca, y más vale estar atentos para no perder la posibilidad de capturarlo. O sea, que donde antes se entregaban horas a la concentración, a lo lento, cada vez más nos dejamos seducir por la ambrosía de lo veloz, de lo que no requiera especial esfuerzo: por algo lo llaman «realidad aumentada».

Realidad dopada, en cambio, por poderes no necesariamente oscuros, pero sí interesados que la inmensa mayoría de usuarios no se ha parado a ponderar. No hay compañía que no busque crear una masa del tamaño de una religión, para luego exprimirla y obtener los mayores beneficios posibles de ella. Que las nuevas adicciones aún no tengan coto, que no estén del todo diagnosticadas ni claras, no significa que no lo sean: suena casi reaccionario proponer sentarse a palpar un libro, a dejarse mecer por una ópera, a asistir a un concierto y charlar con los asistentes. Los espacios van siendo invadidos y no es motivo de entusiasmo, ni de alegría: es un acto de adocenamiento.

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Un factótum parisino
Alejandro Carantoña 15-11-2015 | 4:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Hay quien culpa a Mozart de la Revolución Francesa, aunque fuese en parte, por haber concebido algo tan provocador como Las bodas de Figaro en los albores del fin de la monarquía gala: en mitad de una comedia ligera, Figaro y Susanna mandan y ordenan sobre la vida de sus señores. Demasiado para 1786.

Ha querido la casualidad que este viernes, 13 de noviembre de 2015, estuviésemos llevando a cabo el ensayo general de esa ópera en el teatro Campoamor en la temporada de Ópera de Oviedo, y que justo mientras que Europa se partía por la mitad nosotros estuviésemos a diez minutos de enfilar el tercer acto. Mientras que el público que nos rodeaba reía en tiempo y forma, y con ganas, con el Mozart más acerado, más picante y emblemático de esta Europa nuestra, ocurría lo impensable.

Durante la hora y media siguiente, más o menos, todos los presentes vivimos en una realidad paralela, en una de criados que saltan por ventanas para no ser tomados por amantes y de arias maravillosas. Estábamos en el teatro, encerrados, ausentes e inconscientes a la cicatriz que nos estaban haciendo en la cara de París: había algo que importaba más, había una música maravillosa que tronaba por encima del ruido.

A medida que íbamos saliendo del teatro adoptátabamos de nuevo el traje de viernes por la noche —y quizás celebrábamos que justo entonces era el aniversario de la muerte de Rossini, ínclito vecino de París y muñidor de la «precuela» de las bodas mozartianas: ¡El barbero!—. Consultábamos distraídamente nuestros móviles, aprendíamos que ya nada volvería a ser igual, nos quedábamos de piedra.

El primer sentimiento para cualquiera que tenga una mínima vinculación con París es de dolor, dolor inmenso e indescriptible. Pero el segundo, que quizás sea más importante que el primero, es el retumbar de esas risas ociosas y ajenas a todo lo que aún no había ocurrido, a todo lo que aún no sabíamos, a todo lo que estaba por venir.

Somos muchos los que en este teatro y en todos, en los cines, salas de exposiciones, editoriales, mesas de trabajo y estudios nos levantamos cada mañana con un fin mucho más efímero y tonto que cambiar el mundo, que es preservar lo que somos: en el fondo de las catacumbas del teatro de la Ópera de París, en el Palais Garnier, justo debajo del escenario, hay un refugio antibombardeos de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial para recordárselo a todo el mundo.

Esa misión —la del búnker de subsistencia— se nos olvida con frecuencia, cuando el día a día llama a la puerta con sus tonterías y las insignificancias del cotidiano empiezan a enturbiar el auténtico sentido de lo que hacemos y del por qué lo hacemos. Por eso es terrible que, desde ayer, permanezcan cerrados todos recintos culturales parisinos: porque han ido a golpear donde más nos duele, que es en la identidad y en la cultura.

Funciones como la de este viernes, que al menos durante unas horas congelan las lágrimas y excluyen el dolor, dan más sentido si cabe al compromiso que muchos tenemos con lo que somos, con nuestro arte, con el puro placer de la sonrisa cuando más falta hace y de la belleza cuando parece que está al borde de la extinción.

Nosotros, al menos, esta misma tarde podremos estrenar. Será la respuesta más contundente y necesaria a un ataque salvaje no al ocio, sino al alimento de una civilización, a aquello en lo que creemos: es aquello, aquel lugar, que tenemos que preservar porque nos habla de lo que somos: Mientras nos siga quedando un Mozart que revivir nos seguirá quedando la esperanza de que podemos con todo. Contra todo.

 

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.