El Comercio
img
Etiquetas de los Posts ‘

Charlie Hebdo

Humor o naufragio
Alejandro Carantoña 21-09-2015 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Mucho se ha escrito —y demasiado se ha dibujado— sobre la fotografía del niño sirio muerto, ese que ya tiene un nombre y un apellido que se repite con demasiada familiaridad. Agotados del niño, a por lo siguiente: el refugiado de la zancadilla y la reportera húngara más famosa de la Historia.

En este juego tan banal, en este paseo de anécdota en anécdota sin entrar en el debate de fondo, no se sabe muy bien qué hace que el respetable se aburra de un tema y pida otro con voracidad. Quizás los temas se agoten cuando la cosa se empieza a complicar, esto es, cuando los periodistas rigurosos empiezan a rascar el trasfondo y toca entrar en matices. Ese es el momento elegido para cambiar de tercio.

Es lo que ocurrió con el niño: que todo estaba tan dicho que solo quedaba desmontar la foto, la foto en sí, o empezar a desbarrar. Esto último es lo que ocurrió en Francia, donde Riss firmó dos bromas utilizándolo como leitmotiv: la primera, muy gráfica, muestra al niño con un cartel de McDondald’s que reza: «Dos menús infantiles por el precio de uno»; la segunda dice: «La prueba de que Europa es cristiana: Los cristianos caminan sobre las aguas; los niños musulmanes, se hunden».

Es muy difícil leer este humor a este lado de los Pirineos, pero en Francia, aparentemente al menos, se estila mucho: Un famosete de medio pelo saludó la celebración de Sergio Ramos de la victoria española en baloncesto del jueves con una fotografía del 11-M. Ja, ja.

Pero volvamos a los dos chistes con el niño muerto. ¿Saben quién los publicó? ¿Dónde? Efectivamente, fue en Charlie Hebdo el pasado 9 de septiembre y Riss, que los firma, es el actual director del semanario tras los atentados de enero. Esta vez, aparte de cundir como reacción una solemne lluvia de amenazas legales, también parece haber prendido el eslogan opuesto al de aquel frío mes de enero: Ahora, «Je ne suis pas Charlie» se lleva más que su contrario.

Sería muy provechoso, aunque ahora no interese y estén más candentes otros temas (Cataluña, el toro de la Vega, las elecciones generales, Podemos, etcétera, ¡qué sueño!), que alguien preguntase a alguno de los millones de líderes y no tan líderes mundiales que se manifestaron en París aquel día: «¿Qué opina de esta viñeta? ¿Volvería a dar su apoyo a Charlie Hebdo

El mandatario, quien fuese, diría que la libertad de expresión es una cosa muy europea, pero a la vez —a menos que tuviese en muy poca estima su trabajo— tendría que escandalizarse un poquito. Luego empezaría a echar humo por las orejas. Finalmente, y casi con toda seguridad, le estallaría la cabeza.

Es difícil asegurar sin más contexto cuál es la intención profunda de esos dos chistes, pero posiblemente incluya, entre otras, la de volver a muchos contra el espejo. A muchos de los que hace tan solo nueve meses, que es muy poco tiempo, eran incapaces de decir bien alto que no eran Charlie pero que eran mucho menos partidarios de los matones asesinos. Posiblemente una de las intenciones —o eso espero, porque si no la cosa tiene difícil explicación—fuese que todos los millones de suscriptores que quisieron mostrar que les encantaba una revista que no conocían en absoluto sientan auténtica repulsión; que quizás asuman que es posible (y necesario) aborrecer lo mismo que se respeta. Pero como tampoco es cuestión de pararse a pensar mucho, ahora solo cambiaremos de tema. Ahora, solo, cambiaremos de canal. Y a otra cosa.

Ver Post >
No cambie de canal
Alejandro Carantoña 30-03-2015 | 9:00 | 0

Qué bonito sería no tener que ver ciertas cosas; que fuese igual de fácil obviarlas que levantar un poco el brazo, presionar un botón y sacarlas del campo de acción, del campo de visión. Pero las hay que no, que asedian y que persiguen —y perseguirán— durante mucho tiempo. Así fue en enero, con la masacre de Charlie Hebdo; y así ha sido con el recientísimo accidente de Germanwings, ese que a partir de ahora intentamos colocar en su justo lugar, en uno que permita al mismo tiempo evitar que vuelva a ocurrir, recordar a las víctimas y que no se nos encojan las tripas al montar en un avión.

Quizás lo más acongojante sea la constatación inmediata de un efecto mariposa de enormes proporciones: un tipo, una sola persona, un hecho aislado es capaz de segar ciento cincuenta vidas, remover millones y movilizar a medio mundo con una sola decisión, con un instante. Con ocho minutos.

Lo que sigue es una suerte de embudo invertido: la tragedia, el material, el combustible está ahí y lo que se haga con él a partir de ese momento va a significar la impronta que deje en el imaginario colectivo.

Comparando los casos de medios de comunicación franceses y españoles, otra vez, igual que hace tres meses, el resultado es desolador y esa impronta, una cicatriz psicótica y enorme: en el momento en el que se produjo el accidente Le Monde, por ejemplo, instaló una línea de información directa en su página web, como es habitual. Entre otras acciones, responde a los lectores, y siempre —igual que con Charlie Hebdo— con mucha menos información de la que efectivamente posee: si entonces se decía «Sí, sabemos quiénes son los terroristas pero no vamos a publicarlo hasta no estar seguros de no entorpecer la investigación», ahora señalaba una y otra vez que «No vamos a compartir hipótesis en esta fase». Igual que el New York Times —que para más inri fue el primer medio del mundo en acceder al contenido de la caja negra—.

En España, en esta España, lo más reseñable es que un periódico se apresurase a poner una dirección de e-mail para que los lectores aportasen los datos disponibles (?); o que el primer foco informativo fuese la terminal de El Prat repleta de familiares desconcertados y rotos. Es decir, la amplificación de, precisamente, aquello que no había que amplificar.

Era imposible cambiar de canal —como percibieron los sufridos espectadores de la basura televisiva de la peor ralea aquella mañana— y por tanto, imposible ver otra cosa, pensar en otra cosa, escribir sobre otra cosa que no fuesen aquellos rostros desencajados y el miedo en su estado más puro.

Con los días las opciones se fueron ampliando, relajando quizás: el advenimiento y fin —aunque no lo sea— de Gran Hermano VIP; y la segunda oportunidad para el chusquísimo programa de José Luis Moreno. Etcétera, lo de siempre: pudimos al fin cambiar de canal, mirar hacia otro lado y, poco a poco, ver cómo la tragedia aérea iba siendo modulada o moldeada hasta ser colocada en ese mismo plano. En el del show por el show, como tantas y tan dolorosas veces hemos visto hacer en el pasado.

El fruto son los codazos poco disimulados en la manifestación posterior, es la banalización de lo tremendo y la deshumanización del horror. Es eso viscoso que lo impregna todo, todos los programas, todos los canales. Así que mejor no, no cambie de canal: solo asómese al mundo, asegúrese de que no pasa nadie por debajo y tire el televisor por la ventana.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 29 de marzo de 2015.]

Ver Post >
Ahora en serio
Alejandro Carantoña 12-01-2015 | 10:00 | 0

El terrorismo, como ese que lleva sacudiendo nuestro mundo desde el miércoles (porque no, no se ha acabado), tiene muchas cosas, pero no tiene una definición. En más de setenta años, la ONU no ha conseguido llegar a un consenso, de modo que muchos se han apropiado de él de una forma más o menos aprovechada y torticera. En España —y en Francia es prácticamente igual—, aquello que diferencia a los delitos de terrorismo de los demás es que quienes los cometan tengan como objetivo «subvertir el orden constitucional o perturbar gravemente la paz pública». Así que, ahora en serio, a pesar de lo ambigüo de la definición, el terrorismo no son las cláusulas abusivas de las hipotecas ni las leyes más restrictivas, como hemos leído en demasiadas ocasiones en los últimos dos años. Terrorismo es esto: es arrasar una redacción y sembrar el miedo, el caos y la perturbación en toda una comunidad. Terrorismo eran los GAL, y terrorismo era el de ETA. Terrorismo no es multar, condenar o incluso censurar tuits irresponsables, vídeos o portadas. Eso, por grave que sea, es otra cosa.

Ahora en serio, sin frivolidades de medio pelo: es posible e incluso necesario no estar a favor de las publicaciones de ‘Charlie Hebdo’, y decirlo alto y claro. Hoy más que nunca, hay muchos que no somos Charlie ni lo hemos sido nunca, que no compraremos ni leeremos tantas y tantas publicaciones, escritos supuestamente satíricos u opiniones que ni nos gustan ni nos suscitan la menor de las simpatías y que, a veces, nos parecen perfectamente prescindibles. Eso no justifica en ningún caso lo que ha ocurrido ni debería viciar —en ningún sentido— lo que viene ahora: casi ganaremos más demostrando una posición sana y crítica y contraria a Charlie Hebdo que suscribiéndonos. Porque lo que apoyamos no es ni lo que dice ni deja de decir, sino el hecho de que pueda hacerlo. Y poder decirlo nosotros también.

Alguien comentó con tino que la sola mención de la «provocación» que suponían las caricaturas de Mahoma es el equivalente teológico al «llevaba la falda demasiado corta». Nadie tiene derecho a arrebatar una vida ajena, en ninguna circunstancia y bajo ningún concepto. Ni siquiera aunque todo lo anterior fuera cierto; independientemente de la opinión que nos merezca Charlie: hay que sacar el contenido de sus portadas del debate.

El vídeo de ese ser que remata en el suelo a un agente bien merecería ser cortado —por respeto— pero, en cuanto a deontología periodística, bien merecería ser repetido en bucle y hasta la saciedad para dejar de trazar comparaciones ridículas: es el documento más elocuente de los últimos diez años (más o menos desde las grabaciones de las explosiones de Atocha) para dar su correcta dimensión a las cosas, para no malgastar conceptos peligrosísimos, para entender la irresponsabilidad que supone tanto coquetear con ciertos eslóganes («El miedo va a cambiar de bando») como imponer a los autores de estos penas de prisión que rivalizan con las de terroristas en prácticas.

Es decir, que sirve también y sobre todo para recordar que casi todas las batallitas periodísticas de corto alcance deberían palidecer ante lo ocurrido y sus posibles consecuencias, que repican como aquello que desgraciadamente ya conocemos pero con una escala, ahora, global, terrible y susceptible de despertar posturas más peligrosas si cabe.

Hay que aprender a disentir de nuevo, a discutir, a tomar perspectiva. A reírse, a callarse y a no hacerlo. A darnos cuenta que esta guerra —que ya lo es— es la nuestra. Y que no podemos perderla. Ni perdernos…

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 11 de enero de 2015.]

Ver Post >
Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.