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Cine

Larra y los Goya
Alejandro Carantoña 19-03-2017 | 4:00 | 0

Con tanta gana y tan grande se quiere contentar al público que, desesperados en la búsqueda de fórmulas, los artistas empiezan a rendirse a la solución definitiva: que sea el propio público quien haga su trabajo por ellos. Este jueves, la Academia del Cine ha anunciado un concurso de ideas abierto para la próxima gala de entrega de los Goya, el año que viene. En lugar de hacer autocrítica y dejar de leer las redes sociales, han preferido poner en manos del mejor postor la próxima ceremonia. (Y no son los primeros: así nos luce el pelo en Eurovisión.)

Al principio, parecía que lo del concurso de ideas solo era un buzón condescendiente donde los espectadores pudieran descargar sus frustraciones; luego, al ver las bases —en las que se abre la puerta a que cualquier propio se ocupe de la ceremonia entera y verdadera—, se tiene la impresión de que es una salvaguarda para que cuando alguien critique los próximos Goya se le pueda responder: «Y ¿por qué no se presentó al concurso?»; y, finalmente, visto lo arbitrario del asunto, uno concluye que es simplemente una dejación de funciones a la desesperada.

Las bases piden abiertamente una propuesta económica —un talismán para no negociar con empresas privadas, sino para que estas presenten un proyecto de negocio provechoso—, pero no dan otra pista, más allá de «impulsar la promoción nacional e internacional del cine español». A cambio, hay que enviar un título y contenido de la propuesta, subrayar las novedades con respecto a galas anteriores e incluir un plan de financiación. Ah, y hay que tenerlo hecho para el 28 de abril, escenografía, guión y números musicales incluidos (aunque no se hayan estrenado las películas nominadas).

Obviamente, se reservan el derecho de dejar el concurso desierto. Pero, en caso de que alguien gane, se producirá la enorme injusticia de que la Academia quedará relevada de toda responsabilidad sobre los premios si salen mal (y recaerá en quien haya elaborado esa minuciosa propuesta). Si sale bien, por el contrario, la Academia siempre podrá vanagloriarse de haber elegido este sistema de producción.

Total, que lo más probable es que se lo lleve José Luis Moreno. Un absoluto especialista en producir espectáculos de horas y horas a bajo coste: es de suponer que eso es lo que se pide. O que algún telespectador se eche al monte, o que ¡ah, sorpresa! una cadena de televisión privada (¿Telecinco, quizás?) ponga a Risto Mejide a reñir a Almodóvar. Cualquier cosa, con tal de garantizarse que el público ha hablado, que Twitter estará contento.

A vueltas estamos con esa equivocada idea de que lo que diga el público estará bien, como si eso democratizara o hiciera mejor cualquier iniciativa cultural o creativa. No, eso es falso, y ya lo escribió Larra, y sigue siendo verdad: «Concluyo: que no existe un público único, invariable, juez imparcial como se pretende», y «que éste es caprichoso, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que lo componen», y «que prefiere sin razón, y se decide sin motivo fundado; que se deja llevar por impresiones pasajeras», y «que es maligno y mal pensado, y se recrea con la mordacidad; que por lo regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular; que suele ser su favorita la medianía intrigante y charlatana.» Que han pasado nada menos que 185 años desde que escribiese estas palabras: «Con gran sinrazón queremos confundirle con la posteridad» y seguimos erre que erre.

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Almodóvar
Alejandro Carantoña 18-12-2016 | 4:00 | 0

Este viernes se supo que Julieta, la última película de Pedro Almodóvar, había quedado fuera de la carrera por los Oscar: resucitaron los papeles de Panamá y todo aquel guirigay; se filtraba la maldad en no pocas piezas que informaban del «fracaso».

Hace dos semanas, D.T. Max le dedicó un extenso perfil en el New Yorker al director manchego, más explicando por qué la película no arrasaría que como anticipación de un triunfo en los Oscar: el Almodóvar que aquí se pinta es bastante desconocido en España, porque por algún motivo muy difícil de entender (o no) a los periodistas del New Yorker se les brinda acceso a lugares que, hasta la fecha, pocos periodistas españoles han transitado. Incluso y sobre todo en lo tocante a nuestro propio país: por ejemplo, fue el primer medio en informar en condiciones sobre Monzer Al-Kassar, el mayor traficante de armas de la segunda mitad del siglo XX, y su detención en Marbella en 2010.

Quizás la mayor revelación de fondo sea que Almodóvar rechazó en 1992 dirigir Sister Act; la más curiosa, que Susan Sontag le riño por permitir que La flor de mi secreto se tradujese al español como Flower of My Secret («Pedro, la próxima vez que traduzcas un título, pregúntame, porque en inglés no puedes decir ‘El algo del algo’ porque no significa nada»); pero la más comprometedora, seguro, es la intimidad del director.

Max accede a casa de Almodóvar. Desliza que vive cerca de Malasaña, como cuando era joven, pero que ahora tiene chófer, asistente y cocinero. También le acompaña en su cumpleaños, en un restaurante del barrio de Salamanca, con buena parte de sus actores y actrices fetiche. También ve cómo le hacen fotos, cómo anda por la calle, su mesa de trabajo.

El perfil resultante, que crece por la cantidad de palabras de que dispone el reportero, muestra a un Almodóvar atribulado, pero entusiasmado con su trabajo. Ansioso incluso por compartirlo, pero con un amargor de fondo que le ha mantenido, en general, extraordinariamente prudente a la hora de conceder entrevistas o manifestarse públicamente: y es porque, como bien explica Max, esta vida más bien cómoda, este «aburguesamiento» (como escribe), choca con la imagen pública que supuestamente proyecta su cine.

No obstante, coloca esos ladrillos en el fondo de su retrato, y no en el primer plano. A pesar de que incluso explicita su falta de sintonía con Adriana Ugarte, coprotagonista de Julieta, y con Gael García Bernal, protagonista de La mala educación, y que incide mucho en el carácter «autoritario» que el propio cineasta se reconoce, el resultado tiene mucho más que ver con una lección de cine que con una semblanza maliciosa o cotilla del personaje en cuestión.

Dan ganas de ver sus películas, aunque sea para aborrecerlas, tras haberse colocado frente a un texto así: es esclarecedor, busca el entendimiento y la comprensión, los miedos, la angustia y, caramba, habla sobre cine antes que sobre Trueba, Cataluña, la ceja, patrimonios ocultos y habladurías varias.

Es posible que en esta dicotomía —la del respeto para con un cineasta de renombre internacional y la pura gana de enredar— estribe la explicación a muchos de nuestros vicios corrientes: Almodóvar podrá gustar más, menos, o regular, pero llama poderosamente la atención que tenga que ser un medio estadounidense quien se centre más en su cine que en su figura; en su proceso creativo que en su imagen pública. En explicar sus fracasos antes que en celebrarlos.

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Apocalipsis sanitario
Alejandro Carantoña 08-02-2016 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

El tabaco mata, según la Organización Mundial de la Salud, a unos seis millones de personas al año en el mundo. Así, la OMS ha emitido un informe muy recientemente en el que localiza y ataja el auténtico núcleo del problema: Hollywood (!). Efectivamente, la solución radica en hacer presión para que las películas en las que aparece gente fumando sean recomendadas para mayores de edad: de hecho, en España ya se han hecho inmensos progresos en pro del bien común elevando su precio en torno a un 600% en los últimos 25 años, prohibiendo su consumo en bares y otros lugares públicos y pixelando «palitos de cáncer» en cualquier aparición televisiva.

Lo que la OMS calla, sin embargo, con respecto a esta terrible pandemia, es que en España por ejemplo el consumo de tabaco no solo es legal entre mayores de edad, no solo recauda mediante impuestos lo suficiente como para cubrir el presupuesto de tres ministerios, sino que —esto es lo mejor— es el propio Estado quien lo vende, en realidad. Así, con lo recaudado por un lado, financia campañas contra su consumo por el otro y elabora informes por otro más. Por el camino, se lleva un buen pellizco. Y por eso la solución pasa por que en las películas no salga gente fumando.

Cuesta entenderlo. De verdad que cuesta, y bastante: y por eso, es de suponer que de esos hiperdiplomáticos y muy políticamente correctos polvos lleguen estos extraños lodos, en forma de epidemias mundiales —estas, sí: léase zika, gripe aviar o ébola— en las que la máxima autoridad sanitaria mundial siempre y sin excepción comete errores de comunicación gravísimos.

Por ejemplo, aquellas provisiones de medicamentos para una hecatombe sanitaria que nunca se produjo, y que costó un buen dinero a las arcas españolas; por ejemplo, este zika que amenaza con mermar la demografía de un continente entero durante años; y, en otra muestra reciente de confianza y fiabilidad, el cierre en falso del brote de ébola: tras descorchar el champán por el fin del brote el 14 de enero, el día 15 se producía una nueva muerte por la enfermedad en Sierra Leona.

La profundidad y dificultad que tiene la gestión de todas estas crisis es indudable, insondable para muchos, pero se tiñe de desconfianza cuando viene combinada con estos artificios intrincados e incomprensibles: veamos, si así se pueden evitar seis millones de muertes, ¿por qué demonios la única solución posible, ambiciosa y de alcance pasa por atacar las películas en las que se ve a gente fumando? ¿Por qué la OMS jamás ha emitido una recomendación de carácter legislativo que prohíba, anule o erradique el tabaco de la faz de la Tierra?

Es un misterio. Y uno sospechoso, uno que hace creer que los focos de preocupación se desplazan en función de intereses más bien ocultos. Vaya, esos focos de inquietud siempre acaban siendo los mismos, siempre se acaban traduciendo en censura encubierta, cosmética. Sea en pro de la salud humana o de la libertad religiosa, pero censura a fin de cuentas.

Siempre según la propia OMS, las campañas antitabaco tienen una incidencia de entre el 7% y el 16%, un porcentaje de efectivad ínfimo. Eso sí, muy ruidoso, muy aparatoso, muy llamativo. Muy de hablar sobre ello en familia, en público o en prensa —como ahora— para no hablar de otras muchas cosas que seguro que tienen una importancia capital. Y que no salen en las películas.

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Cultura corrupta
Alejandro Carantoña 30-11-2015 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Hagamos un esfuerzo por creérnoslo: es una manzana podrida. El último corrupto, en el sentido que se quiera, del partido que se quiera, es una manzana podrida. Pero algo habrá en el aire cuando la tasa de podredumbre atañe a todos —antes o después— y tiñe del desagradable color de lo «poco ejemplar», como gustan de decir en círculos institucionales, a más frutas de las que debería.
La Cultura y su relación con lo público han sido siempre uno de los mejores caldos de cultivo para ese tipo de corrupción que no se ve y de la que no se habla, por aquello de que, total, es cultura y tampoco importa demasiado.

Así, pelotazos aparte, que esta semana haya salido a la luz —merced a una investigación de El País el caso de los taquillazos inopinados en el cine español viene a tocar uno de los pocos palos culturales que aún quedaban a salvo. Presuntamente, un nutrido grupo de productores y exhibidores se conchabaron para inflar artificialmente el número de espectadores que tenían sus películas, y así tener acceso a las subvenciones concedidas para producciones con determinada cantidad de público.
«Son manzanas podridas», dicen unos —otra vez—. «No podemos criminalizar a la industria del cine», le contaba a Azahara Villacorta J.A. Bayona en estas páginas durante el Festival Internacional de Cine de Gión.

No, claro que no, pero es inevitable que cualquiera de dentro o de fuera del mundillo de la cultura se acuerde, de un solo fogonazo, de Teddy Bautista saliendo detenido de la SGAE en el verano de 2011 por un delito societario, otro de apropiación indebida y otro más de administración fraudulenta; es inevitable acordarse de la hiperturbia salida de Helga Schmidt del Palau de les Arts este mismo año, acusada de prevaricación, malversación de fondos públicos y falsedad documental; es inevitable acordarse de Ciudad de la Luz —aquí mismo nos acordábamos la semana pasada—, de la Ciudad de la Cultura de Santiago…

Claro que no es justo o que no podemos criminalizar a toda la industria, pero el hecho es que el cine español —y más, ejem, cierto cine español— acaba de cavar con maquinaria pesada y bien de dinamita un pozo del que le va a resultar complicado salir: no olvidemos que hasta hace pocos meses Enrique González-Macho, acusado ahora de defraudar más de 700.000 euros en subvenciones a través de sus empresas, era el presidente de la Academia del Cine.

Puede que pronto escampe —judicialmente hablando— pero todos los artistas y creadores podemos estar agradecidos, ya, a estas manzanas podridas de llevar colgado el sambenito de hipersubvencionados y chupasangres durante unos años más. Solo se quiere hacer cultura para robar o para forrarse: si es de manera legítima, pues bien; y si no, una buena subvención, que no amarga a nadie.

El mundo no funciona así. El arte no funciona así. Precisamente Bayona, en su entrevista, aporta otra clave hablando de un tema distinto que resulta fundamental para entender qué ocurre y qué debe ocurrir: «Las cosas que se hacen por dinero, normalmente, no salen bien. Si las haces por dinero, no las hagas».

Quizás entonces el problema no resida en nombres propios o comportamientos reprochables, sino, otra vez (y van…) en la mentalidad, en la insistencia en repetir que no pasa nada porque «son pocos». Pero son. Y mientras quede uno, significa que algo en el ambiente flota que no debería existir.

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Ochocientos apellidos
Alejandro Carantoña 23-11-2015 | 1:14 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Haría falta prácticamente la recaudación íntegra del cine español durante los tres últimos años para pagar los estudios de Ciudad de la Luz de Valencia. 333 millones de euros presupuestados —de los cuales el gobierno valenciano debe 200 diez años después de la apertura del complejo, según datos publicados esta semana—, frente a una recaudación, en 2014, de 131,79 millones del cine patrio. Algo falla cuando con el coste de ese proyecto podría financiarse el Festival Internacional de Cine de Gijón, que empezó el viernes, durante unos tres siglos y medio. Los actuales responsables valencianos se llevan las manos a la cabeza y se preguntan qué hacer con semejante mamotreto, que se hunde lentamente y que parece muy complicado reflotar.

Estos últimos años han servido para demostrar que España se ha hecho un daño irreparable al orillar la cultura de lo pequeño, de lo próximo, que viene a ser la base de una industria sólida y duradera: de los transatlánticos hipertrofiados ya no queda casi nada; mientras que de lo próximo, lo prestigioso, lo querido, sí. Eso es perenne.

No obstante, entre los años 2002 y 2014, el número de cines en nuestro país se redujo desde 1.223 a 710 mientras que el número de pantallas solo decreció de 4.039 a 3.700. Es decir, que la «industria» ha favorecido el cierre de cines pequeños —recordemos que en Asturias ya han sido exterminados por completo— para priorizar los multicines.

Estos no se alimentan precisamente del cine mal llamado independiente, sino, de nuevo, de pelotazos. De pelotazos como Ocho apellidos vascos y de su secuela, estrenada el pasado viernes —también—. Eso no es más que un espejismo inflado por un puñado de títulos y por producciones acaparadas por dos gigantes audiovisuales: récords como ese son dignos de celebrar, pero no de tomar como referencia de lo que debería ser el cine en este país. Es absurdo que se nos pinte el símbolo del euro en las pupilas pensando en que, de seguir así, dentro de unos veinte años todo nuestro cine arrojará un margen de beneficio del tres mil por cien.

Ese tipo de razonamiento, el de la hipereficiencia antes que la cultura, es el que ha llevado a catástrofes como la de Valencia.
De hecho, quizás la comparación más procedente sea otra: con el dinero triturado en la Ciudad de la Luz se hubieran podido producir más de cien veces los ocho apellidos. Y de esas cien, quizás una hubiera resultado un éxito comercial como el que se buscaba; quizás un enorme porcentaje de las demás hubiesen sido fracasos de taquilla pero éxitos morales; y quizás, con todo ello, se hubiese podido tejer una red sólida, industrial y sectorial que alumbrase a creadores cinematográficos por cientos en nuestro país. Competitivos, creativos, sanos, buenos y entregados.

Para eso, hay que celebrar y preservar caiga quien caiga festivales como el de Gijón, que reabre los Cines Centro y que nunca ha pretendido —ni esperemos que llegue a pretenderlo— competir con estrenos ultracomerciales y con grandes estructuras.
Estamos a un paso, en fines de semana como este, de conseguir que la gente vaya a ver a Bond, Han Solo y Borja Cobeaga (!) y que a continuación acudan a ver ese cine recóndito, espeso, minoritario, diferente y tan necesario para acercar a los creadores a su público. Ese público, el día de mañana, será el mismo que dirija, ruede e impulse nuestro cine por encima de los nombres y siglas políticas que estén detrás del certamen. Festivales como este, que ya no pertenecen a nadie más que a su público, solo se hacen indestructibles con tiempo y mimo: ese es un esfuerzo continuado, largo y colectivo. Más o menos, como ocho apellidos por cien.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.