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Cine

La séptima puerta
Alejandro Carantoña 23-10-2017 | 5:37 | 0

Tenía el sanguinario Barbazul un castillo con siete puertas, que a la joven Judit le fue descubriendo de una en una. Escapa, le decía, vete, pero no te vayas: ella le preguntaba por qué lloraban las paredes, por qué estaba ensangrentado el inmenso tesoro, y por qué escondía un lago de lágrimas. Y qué necesidad tenía de un arsenal, de una cámara de torturas. Al cabo, tras la séptima puerta, el gigante Barbazul le mostró a Judit la verdad: la colección de mujeres que habían pasado por sus manos grandes, enfermas y mortales de necesidad.

Harvey Weinsten. (EFE)

Harvey Weinsten. (EFE)

En las últimas dos semanas, ha salido a la luz algo que todo el mundo sabía: que el productor Harvey Weinstein, uno de los hombres más poderosos de Hollywood, lleva al menos treinta años abusando, de muchos modos y en muy diversos grados, de actrices, colegas y subordinadas. Nadie había dicho nada —especialmente, los medios—, pero era al parecer conocido que la séptima puerta de Weinstein es multitudinaria y aterradora: ahora, que se ha abierto, tiemblan los cimientos de muchas cosas. Quizás de los mismísimos Estados Unidos.

La comparación con el gigante Barbazul no es casual. Así, como un hombre tremendo y apabullante lo han descrito muchas de sus víctimas, como la actriz Asia Argento. Cuentan que al trauma lo siguió la culpa, por haberse «rendido» en un momento dado a la potencia, al poder y a la abyección del monstruo: hay historias terroríficas que quien tenga estómago puede encontrar en el New York Times del 5 de octubre y en el New Yorker del día 10, los dos artículos que han destapado la caja de los truenos.

Cuenta el propio New Yorker que hacía años que querían publicar la historia, pero que nunca habían podido por la falta de testimonios de gente que estuviera dispuesta a dar la batalla abiertamente: tirarse a la piscina contra Weinstein apoyándose solo en fuentes anónimas era suicida. Ahora, como en un efecto dominó, se ha acabado el silencio y se han quebrado las complicidades, y todo Hollywood (y todo el mundo) se ha visto empujado a tomar postura.

Ahora bien, se queda muy corta la explicación de que este silencio era posible por el poder que tenía Weinstein —del mismo modo en que es demasiado rastrero preguntarse por qué las actrices no lo habían denunciado antes—: hay, consideraciones criminales aparte, una constatación terrible de lo que es normal, aceptable o necesario en el ámbito profesional (pero sobre todo en el artístico).

Esta es la cara oscura, turbia a más no poder, de un sector (el cultural, artístico y de entretenimiento) que se enorgullece de su secretismo bien entendido, que celebra que el público no vea las entretelas. El problema es que es justo ahí donde depredadores y villanos como Harvey Weinstein encuentran refugio, acomodo e incluso apoyo.

El pacto de silencio trasciende la excepción —este caso es la prueba— y el mero machismo sistemático —esto roza la psicopatía—: se instala, más bien, en el fascinante pero temible mundo de la máscara, y atañe a la verdad bajo la superficie de las cosas. La máscara, la mentira, el embuste tienen una cara amable y positiva; pero tienen una, negra y sangrienta, que solo se da cuando no se habla lo suficiente, no se escucha (o no se quiere escuchar) y cuando todo falla, cuando el mundo se vuelve un lugar salvaje y descontrolado.
Lo más aterrador de Barbazul no es el personaje en sí, su incapacidad patológica para cambiar: es que su presencia opaca a la de Judit, que termina, por supuesto, perdida tras la séptima puerta.

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No controles
Alejandro Carantoña 24-09-2017 | 8:36 | 0

Era noviembre de 2010 y Borja Cobeaga había desembarcado en el Festival Internacional de Cine de Gijón con No controles, aquella almibarada y estupenda comedia romántica. Entonces no había Ocho apellidos vascos, el panorama era otro (más relajado) y Cobeaga, lo contó en la rueda de prensa final, tenía un proyecto que se temía nunca iba a poder hacer: se llamaba Fe de etarras.

El cartel de la discordia.\EFE

El cartel de la discordia.\EFE

Contaba Cobeaga que poco importaba cuántos espectadores llegase a acumular. En España, reflexionaba, nadie se atrevería a financiar un proyecto como ese por el revuelo que se montaría, y con los muertos de ETA aún demasiado recientes. Puso como ejemplo de la sinrazón española una película que se había estrenado en Reino Unido dos meses antes, Four Lions. Aquella joya se reía abiertamente del terrorismo y de la paranoia post 11 S y de los inmigrantes reconvertidos al islam radical por moda: son torpes, son decididos y no dan una. El final, con todo, es amargo y deja una reflexión valiosa. Es una película recomendable, valiente y, en efecto, impensable por estos lares.

Volviendo a Cobeaga: razonaba por tanto que nadie le iba a pagar su película. Ahora, siete años después, ha encontrado en el portal Netflix su mecenas esperado. Estos, lejos de arredrarse, lo han apostado todo a una campaña publicitaria que de momento solo consta de un cartel: el cántico «Yo soy español» tachado tres veces, en pleno centro de San Sebastián.

Cobeaga está en silencio; Netflix no ha tenido que hacer más: los unos, los otros y los de más allá se han ocupado de cebar la polémica sin más ayuda y, lo que es más gracioso, sin tener ni la más remota idea sobre el argumento o el enfoque de la película. Ha sido leer la palabra «etarras» y se acabó lo que se daba, la guerra total, la fiscalía.

Pues bien, en aquel encuentro, Cobeaga nos lo contó. Había un puñado de periodistas que, al término de la explicación, tenían serias dificultades para escribir recto en sus libretas de la risa: ‘Fe de etarras’ versaba, según él, sobre un comando de ETA destinado en Madrid que tiene que quedarse en un piso franco mientras que preparan un atentado, con tan mala fortuna que les toca en suerte la presidencia de turno de la comunidad de vecinos.

Es abono, con buen gusto y talento, para una comedia negra, negrísima, que a buen seguro no va a ensalzar nada —pregúntenle a los batasunos que aún quedan circulando por ahí la gracia que les hace esta sinopsis— y que a lo mejor incluso sirve para que los más jóvenes del lugar se enteren de lo que aquí ocurrió. A lo mejor ayuda a poner en su contexto las cosas, a reírse y aprender y, de paso, dejar de frivolizar. Veremos.

Harina de otro costal es la estrategia de comunicación de Netflix, que con una mezcla de chulería y desenfado (excesivo, a veces) se ha propuesto molestar, hurgar y suscitar enfados desaforados que ayuden a su expansión. Pero con eso Cobeaga no tiene nada que ver.

Hábil, tras haberse visto expuesto con un par de éxitos inopinados, ha preferido seguir callado hasta que el propio público pueda evaluar su trabajo. A lo mejor, hasta que a más de uno se le caiga la cara de vergüenza por la algarabía que está armando sin haber visto ni un tráiler, ni una escena, ni un tratamiento de guión, nada más que una lona sin importancia. Es mucho más interesante invertir tiempo en desentrañar por qué ha tardado, al menos, siete años en ver la luz. ¿Por qué? Y ¿por qué ahora?

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Verano 2017
Alejandro Carantoña 10-09-2017 | 6:42 | 0

De entre todo lo que está ocurriendo, un nombre y un título, el hilo que zurce todo lo bueno entre la tormenta: Carla Simón y su Verano 1993, que esta semana ha sido elegida como la película para representar a España en los Oscar. Es, aparte de una película extraordinaria (según dicen quienes la han visto), una colección de buenas noticias.

La primera cuenta de la ristra completa tiene que ver con Simón: para empezar, tiene 31 años. Es, a primera vista, la directora más joven en representar a España en los galardones de la Academia, y visto el apabullante palmarés que ya atesora la cinta (entre otros seis, tiene el Premio a la Mejor Ópera Prima de la Berlinale) se intuye que es más por méritos propios que por la reivindicación gratuita de viejas glorias o por tratarse de un fenómeno de moda. Su testimonio servirá, por tanto, para promocionar y animar a los nuevos talentos, especialmente en un mundo tan complicado y convulso como es el del cine español.

La segunda buena noticia es que ha servido para desenmascarar algunas vergüenzas: por ejemplo, que a pesar de todo ese palmarés fuese relativamente complicado verla (la distribuye la independiente Avalon). Ahora, por fortuna, las copias se van a multiplicar: en la cartelera asturiana figura como estreno este fin de semana. Quizás, del mismo modo en que con poca suerte boquearon los Cines Centro de Gijón sus últimos estertores, los programadores y distribuidores de gran consumo vean abierta la senda de lo diferente, que vuelvan a poner huevos en esa cesta y, esta vez, cuaje.

Otra buena nueva más, en la misma línea: el flamante director del Festival Internacional de Cine de Gijón, Alejandro Díaz Castaño, ya supo ver antes de que saltase la primicia que Simón era una apuesta segura, y el certamen le dedicará un foco en la próxima edición de noviembre. Es un acierto pleno, por tanto, antes incluso de empezar: un saludo inmejorable.

Cuarta, y no menos importante: la película está rodada en catalán. Una vez más, se trata de una decisión genuina y sincera tanto de la directora como de la Academia del Cine que ahora la respalda: Verano 1993 cuenta una historia personal e íntima, engarzada directamente en la vida de su autora. Es decir, supone un retrato natural de un lugar natural contado con naturalidad. A lo mejor, una hermosa manera de recordar que se puede hacer cine en catalán sin que se acabe el mundo.

Todo esto, sin haberla visto, y por tanto sin entrar a valorar el contenido de la cinta. Tan solo lo que la rodea, las sensaciones que transmite y lo que supone para todo un país: el mismo día que se anunció la candidatura, el secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo, anunciaba una bajada del IVA al cine del 21% al 10%, para jolgorio de los académicos que festejaban a Simón. Al poco, el Ministerio rectificó la noticia y señaló que se trataba más de un «deseo» que de un anuncio, y se acabó la alegría: el cine sigue siendo el único sector con el tipo impositivo más alto.

Por pedir, no estaría de más que Simón pasase el corte hasta Hollywood y que en un gesto de arrojo (que se antoja imposible) ganase un Oscar, y que con todo eso en la mano y en la mente, se abriese un debate serio y profundo y una celebración honda y sincera sobre las posibilidades que tiene nuestro cine.

Esto último ya forma parte de los anhelos evanescentes, casi del cuento de la lechera, pero ¿cómo no albergar esperanzas con tan buenas noticias juntas?

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Larra y los Goya
Alejandro Carantoña 19-03-2017 | 4:00 | 0

Con tanta gana y tan grande se quiere contentar al público que, desesperados en la búsqueda de fórmulas, los artistas empiezan a rendirse a la solución definitiva: que sea el propio público quien haga su trabajo por ellos. Este jueves, la Academia del Cine ha anunciado un concurso de ideas abierto para la próxima gala de entrega de los Goya, el año que viene. En lugar de hacer autocrítica y dejar de leer las redes sociales, han preferido poner en manos del mejor postor la próxima ceremonia. (Y no son los primeros: así nos luce el pelo en Eurovisión.)

Al principio, parecía que lo del concurso de ideas solo era un buzón condescendiente donde los espectadores pudieran descargar sus frustraciones; luego, al ver las bases —en las que se abre la puerta a que cualquier propio se ocupe de la ceremonia entera y verdadera—, se tiene la impresión de que es una salvaguarda para que cuando alguien critique los próximos Goya se le pueda responder: «Y ¿por qué no se presentó al concurso?»; y, finalmente, visto lo arbitrario del asunto, uno concluye que es simplemente una dejación de funciones a la desesperada.

Las bases piden abiertamente una propuesta económica —un talismán para no negociar con empresas privadas, sino para que estas presenten un proyecto de negocio provechoso—, pero no dan otra pista, más allá de «impulsar la promoción nacional e internacional del cine español». A cambio, hay que enviar un título y contenido de la propuesta, subrayar las novedades con respecto a galas anteriores e incluir un plan de financiación. Ah, y hay que tenerlo hecho para el 28 de abril, escenografía, guión y números musicales incluidos (aunque no se hayan estrenado las películas nominadas).

Obviamente, se reservan el derecho de dejar el concurso desierto. Pero, en caso de que alguien gane, se producirá la enorme injusticia de que la Academia quedará relevada de toda responsabilidad sobre los premios si salen mal (y recaerá en quien haya elaborado esa minuciosa propuesta). Si sale bien, por el contrario, la Academia siempre podrá vanagloriarse de haber elegido este sistema de producción.

Total, que lo más probable es que se lo lleve José Luis Moreno. Un absoluto especialista en producir espectáculos de horas y horas a bajo coste: es de suponer que eso es lo que se pide. O que algún telespectador se eche al monte, o que ¡ah, sorpresa! una cadena de televisión privada (¿Telecinco, quizás?) ponga a Risto Mejide a reñir a Almodóvar. Cualquier cosa, con tal de garantizarse que el público ha hablado, que Twitter estará contento.

A vueltas estamos con esa equivocada idea de que lo que diga el público estará bien, como si eso democratizara o hiciera mejor cualquier iniciativa cultural o creativa. No, eso es falso, y ya lo escribió Larra, y sigue siendo verdad: «Concluyo: que no existe un público único, invariable, juez imparcial como se pretende», y «que éste es caprichoso, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que lo componen», y «que prefiere sin razón, y se decide sin motivo fundado; que se deja llevar por impresiones pasajeras», y «que es maligno y mal pensado, y se recrea con la mordacidad; que por lo regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular; que suele ser su favorita la medianía intrigante y charlatana.» Que han pasado nada menos que 185 años desde que escribiese estas palabras: «Con gran sinrazón queremos confundirle con la posteridad» y seguimos erre que erre.

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Almodóvar
Alejandro Carantoña 18-12-2016 | 4:00 | 0

Este viernes se supo que Julieta, la última película de Pedro Almodóvar, había quedado fuera de la carrera por los Oscar: resucitaron los papeles de Panamá y todo aquel guirigay; se filtraba la maldad en no pocas piezas que informaban del «fracaso».

Hace dos semanas, D.T. Max le dedicó un extenso perfil en el New Yorker al director manchego, más explicando por qué la película no arrasaría que como anticipación de un triunfo en los Oscar: el Almodóvar que aquí se pinta es bastante desconocido en España, porque por algún motivo muy difícil de entender (o no) a los periodistas del New Yorker se les brinda acceso a lugares que, hasta la fecha, pocos periodistas españoles han transitado. Incluso y sobre todo en lo tocante a nuestro propio país: por ejemplo, fue el primer medio en informar en condiciones sobre Monzer Al-Kassar, el mayor traficante de armas de la segunda mitad del siglo XX, y su detención en Marbella en 2010.

Quizás la mayor revelación de fondo sea que Almodóvar rechazó en 1992 dirigir Sister Act; la más curiosa, que Susan Sontag le riño por permitir que La flor de mi secreto se tradujese al español como Flower of My Secret («Pedro, la próxima vez que traduzcas un título, pregúntame, porque en inglés no puedes decir ‘El algo del algo’ porque no significa nada»); pero la más comprometedora, seguro, es la intimidad del director.

Max accede a casa de Almodóvar. Desliza que vive cerca de Malasaña, como cuando era joven, pero que ahora tiene chófer, asistente y cocinero. También le acompaña en su cumpleaños, en un restaurante del barrio de Salamanca, con buena parte de sus actores y actrices fetiche. También ve cómo le hacen fotos, cómo anda por la calle, su mesa de trabajo.

El perfil resultante, que crece por la cantidad de palabras de que dispone el reportero, muestra a un Almodóvar atribulado, pero entusiasmado con su trabajo. Ansioso incluso por compartirlo, pero con un amargor de fondo que le ha mantenido, en general, extraordinariamente prudente a la hora de conceder entrevistas o manifestarse públicamente: y es porque, como bien explica Max, esta vida más bien cómoda, este «aburguesamiento» (como escribe), choca con la imagen pública que supuestamente proyecta su cine.

No obstante, coloca esos ladrillos en el fondo de su retrato, y no en el primer plano. A pesar de que incluso explicita su falta de sintonía con Adriana Ugarte, coprotagonista de Julieta, y con Gael García Bernal, protagonista de La mala educación, y que incide mucho en el carácter «autoritario» que el propio cineasta se reconoce, el resultado tiene mucho más que ver con una lección de cine que con una semblanza maliciosa o cotilla del personaje en cuestión.

Dan ganas de ver sus películas, aunque sea para aborrecerlas, tras haberse colocado frente a un texto así: es esclarecedor, busca el entendimiento y la comprensión, los miedos, la angustia y, caramba, habla sobre cine antes que sobre Trueba, Cataluña, la ceja, patrimonios ocultos y habladurías varias.

Es posible que en esta dicotomía —la del respeto para con un cineasta de renombre internacional y la pura gana de enredar— estribe la explicación a muchos de nuestros vicios corrientes: Almodóvar podrá gustar más, menos, o regular, pero llama poderosamente la atención que tenga que ser un medio estadounidense quien se centre más en su cine que en su figura; en su proceso creativo que en su imagen pública. En explicar sus fracasos antes que en celebrarlos.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.