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Cine

No controles
Alejandro Carantoña 24-09-2017 | 8:36 | 0

Era noviembre de 2010 y Borja Cobeaga había desembarcado en el Festival Internacional de Cine de Gijón con No controles, aquella almibarada y estupenda comedia romántica. Entonces no había Ocho apellidos vascos, el panorama era otro (más relajado) y Cobeaga, lo contó en la rueda de prensa final, tenía un proyecto que se temía nunca iba a poder hacer: se llamaba Fe de etarras.

El cartel de la discordia.\EFE

El cartel de la discordia.\EFE

Contaba Cobeaga que poco importaba cuántos espectadores llegase a acumular. En España, reflexionaba, nadie se atrevería a financiar un proyecto como ese por el revuelo que se montaría, y con los muertos de ETA aún demasiado recientes. Puso como ejemplo de la sinrazón española una película que se había estrenado en Reino Unido dos meses antes, Four Lions. Aquella joya se reía abiertamente del terrorismo y de la paranoia post 11 S y de los inmigrantes reconvertidos al islam radical por moda: son torpes, son decididos y no dan una. El final, con todo, es amargo y deja una reflexión valiosa. Es una película recomendable, valiente y, en efecto, impensable por estos lares.

Volviendo a Cobeaga: razonaba por tanto que nadie le iba a pagar su película. Ahora, siete años después, ha encontrado en el portal Netflix su mecenas esperado. Estos, lejos de arredrarse, lo han apostado todo a una campaña publicitaria que de momento solo consta de un cartel: el cántico «Yo soy español» tachado tres veces, en pleno centro de San Sebastián.

Cobeaga está en silencio; Netflix no ha tenido que hacer más: los unos, los otros y los de más allá se han ocupado de cebar la polémica sin más ayuda y, lo que es más gracioso, sin tener ni la más remota idea sobre el argumento o el enfoque de la película. Ha sido leer la palabra «etarras» y se acabó lo que se daba, la guerra total, la fiscalía.

Pues bien, en aquel encuentro, Cobeaga nos lo contó. Había un puñado de periodistas que, al término de la explicación, tenían serias dificultades para escribir recto en sus libretas de la risa: ‘Fe de etarras’ versaba, según él, sobre un comando de ETA destinado en Madrid que tiene que quedarse en un piso franco mientras que preparan un atentado, con tan mala fortuna que les toca en suerte la presidencia de turno de la comunidad de vecinos.

Es abono, con buen gusto y talento, para una comedia negra, negrísima, que a buen seguro no va a ensalzar nada —pregúntenle a los batasunos que aún quedan circulando por ahí la gracia que les hace esta sinopsis— y que a lo mejor incluso sirve para que los más jóvenes del lugar se enteren de lo que aquí ocurrió. A lo mejor ayuda a poner en su contexto las cosas, a reírse y aprender y, de paso, dejar de frivolizar. Veremos.

Harina de otro costal es la estrategia de comunicación de Netflix, que con una mezcla de chulería y desenfado (excesivo, a veces) se ha propuesto molestar, hurgar y suscitar enfados desaforados que ayuden a su expansión. Pero con eso Cobeaga no tiene nada que ver.

Hábil, tras haberse visto expuesto con un par de éxitos inopinados, ha preferido seguir callado hasta que el propio público pueda evaluar su trabajo. A lo mejor, hasta que a más de uno se le caiga la cara de vergüenza por la algarabía que está armando sin haber visto ni un tráiler, ni una escena, ni un tratamiento de guión, nada más que una lona sin importancia. Es mucho más interesante invertir tiempo en desentrañar por qué ha tardado, al menos, siete años en ver la luz. ¿Por qué? Y ¿por qué ahora?

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Verano 2017
Alejandro Carantoña 10-09-2017 | 6:42 | 0

De entre todo lo que está ocurriendo, un nombre y un título, el hilo que zurce todo lo bueno entre la tormenta: Carla Simón y su Verano 1993, que esta semana ha sido elegida como la película para representar a España en los Oscar. Es, aparte de una película extraordinaria (según dicen quienes la han visto), una colección de buenas noticias.

La primera cuenta de la ristra completa tiene que ver con Simón: para empezar, tiene 31 años. Es, a primera vista, la directora más joven en representar a España en los galardones de la Academia, y visto el apabullante palmarés que ya atesora la cinta (entre otros seis, tiene el Premio a la Mejor Ópera Prima de la Berlinale) se intuye que es más por méritos propios que por la reivindicación gratuita de viejas glorias o por tratarse de un fenómeno de moda. Su testimonio servirá, por tanto, para promocionar y animar a los nuevos talentos, especialmente en un mundo tan complicado y convulso como es el del cine español.

La segunda buena noticia es que ha servido para desenmascarar algunas vergüenzas: por ejemplo, que a pesar de todo ese palmarés fuese relativamente complicado verla (la distribuye la independiente Avalon). Ahora, por fortuna, las copias se van a multiplicar: en la cartelera asturiana figura como estreno este fin de semana. Quizás, del mismo modo en que con poca suerte boquearon los Cines Centro de Gijón sus últimos estertores, los programadores y distribuidores de gran consumo vean abierta la senda de lo diferente, que vuelvan a poner huevos en esa cesta y, esta vez, cuaje.

Otra buena nueva más, en la misma línea: el flamante director del Festival Internacional de Cine de Gijón, Alejandro Díaz Castaño, ya supo ver antes de que saltase la primicia que Simón era una apuesta segura, y el certamen le dedicará un foco en la próxima edición de noviembre. Es un acierto pleno, por tanto, antes incluso de empezar: un saludo inmejorable.

Cuarta, y no menos importante: la película está rodada en catalán. Una vez más, se trata de una decisión genuina y sincera tanto de la directora como de la Academia del Cine que ahora la respalda: Verano 1993 cuenta una historia personal e íntima, engarzada directamente en la vida de su autora. Es decir, supone un retrato natural de un lugar natural contado con naturalidad. A lo mejor, una hermosa manera de recordar que se puede hacer cine en catalán sin que se acabe el mundo.

Todo esto, sin haberla visto, y por tanto sin entrar a valorar el contenido de la cinta. Tan solo lo que la rodea, las sensaciones que transmite y lo que supone para todo un país: el mismo día que se anunció la candidatura, el secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo, anunciaba una bajada del IVA al cine del 21% al 10%, para jolgorio de los académicos que festejaban a Simón. Al poco, el Ministerio rectificó la noticia y señaló que se trataba más de un «deseo» que de un anuncio, y se acabó la alegría: el cine sigue siendo el único sector con el tipo impositivo más alto.

Por pedir, no estaría de más que Simón pasase el corte hasta Hollywood y que en un gesto de arrojo (que se antoja imposible) ganase un Oscar, y que con todo eso en la mano y en la mente, se abriese un debate serio y profundo y una celebración honda y sincera sobre las posibilidades que tiene nuestro cine.

Esto último ya forma parte de los anhelos evanescentes, casi del cuento de la lechera, pero ¿cómo no albergar esperanzas con tan buenas noticias juntas?

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Larra y los Goya
Alejandro Carantoña 19-03-2017 | 4:00 | 0

Con tanta gana y tan grande se quiere contentar al público que, desesperados en la búsqueda de fórmulas, los artistas empiezan a rendirse a la solución definitiva: que sea el propio público quien haga su trabajo por ellos. Este jueves, la Academia del Cine ha anunciado un concurso de ideas abierto para la próxima gala de entrega de los Goya, el año que viene. En lugar de hacer autocrítica y dejar de leer las redes sociales, han preferido poner en manos del mejor postor la próxima ceremonia. (Y no son los primeros: así nos luce el pelo en Eurovisión.)

Al principio, parecía que lo del concurso de ideas solo era un buzón condescendiente donde los espectadores pudieran descargar sus frustraciones; luego, al ver las bases —en las que se abre la puerta a que cualquier propio se ocupe de la ceremonia entera y verdadera—, se tiene la impresión de que es una salvaguarda para que cuando alguien critique los próximos Goya se le pueda responder: «Y ¿por qué no se presentó al concurso?»; y, finalmente, visto lo arbitrario del asunto, uno concluye que es simplemente una dejación de funciones a la desesperada.

Las bases piden abiertamente una propuesta económica —un talismán para no negociar con empresas privadas, sino para que estas presenten un proyecto de negocio provechoso—, pero no dan otra pista, más allá de «impulsar la promoción nacional e internacional del cine español». A cambio, hay que enviar un título y contenido de la propuesta, subrayar las novedades con respecto a galas anteriores e incluir un plan de financiación. Ah, y hay que tenerlo hecho para el 28 de abril, escenografía, guión y números musicales incluidos (aunque no se hayan estrenado las películas nominadas).

Obviamente, se reservan el derecho de dejar el concurso desierto. Pero, en caso de que alguien gane, se producirá la enorme injusticia de que la Academia quedará relevada de toda responsabilidad sobre los premios si salen mal (y recaerá en quien haya elaborado esa minuciosa propuesta). Si sale bien, por el contrario, la Academia siempre podrá vanagloriarse de haber elegido este sistema de producción.

Total, que lo más probable es que se lo lleve José Luis Moreno. Un absoluto especialista en producir espectáculos de horas y horas a bajo coste: es de suponer que eso es lo que se pide. O que algún telespectador se eche al monte, o que ¡ah, sorpresa! una cadena de televisión privada (¿Telecinco, quizás?) ponga a Risto Mejide a reñir a Almodóvar. Cualquier cosa, con tal de garantizarse que el público ha hablado, que Twitter estará contento.

A vueltas estamos con esa equivocada idea de que lo que diga el público estará bien, como si eso democratizara o hiciera mejor cualquier iniciativa cultural o creativa. No, eso es falso, y ya lo escribió Larra, y sigue siendo verdad: «Concluyo: que no existe un público único, invariable, juez imparcial como se pretende», y «que éste es caprichoso, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que lo componen», y «que prefiere sin razón, y se decide sin motivo fundado; que se deja llevar por impresiones pasajeras», y «que es maligno y mal pensado, y se recrea con la mordacidad; que por lo regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular; que suele ser su favorita la medianía intrigante y charlatana.» Que han pasado nada menos que 185 años desde que escribiese estas palabras: «Con gran sinrazón queremos confundirle con la posteridad» y seguimos erre que erre.

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Almodóvar
Alejandro Carantoña 18-12-2016 | 4:00 | 0

Este viernes se supo que Julieta, la última película de Pedro Almodóvar, había quedado fuera de la carrera por los Oscar: resucitaron los papeles de Panamá y todo aquel guirigay; se filtraba la maldad en no pocas piezas que informaban del «fracaso».

Hace dos semanas, D.T. Max le dedicó un extenso perfil en el New Yorker al director manchego, más explicando por qué la película no arrasaría que como anticipación de un triunfo en los Oscar: el Almodóvar que aquí se pinta es bastante desconocido en España, porque por algún motivo muy difícil de entender (o no) a los periodistas del New Yorker se les brinda acceso a lugares que, hasta la fecha, pocos periodistas españoles han transitado. Incluso y sobre todo en lo tocante a nuestro propio país: por ejemplo, fue el primer medio en informar en condiciones sobre Monzer Al-Kassar, el mayor traficante de armas de la segunda mitad del siglo XX, y su detención en Marbella en 2010.

Quizás la mayor revelación de fondo sea que Almodóvar rechazó en 1992 dirigir Sister Act; la más curiosa, que Susan Sontag le riño por permitir que La flor de mi secreto se tradujese al español como Flower of My Secret («Pedro, la próxima vez que traduzcas un título, pregúntame, porque en inglés no puedes decir ‘El algo del algo’ porque no significa nada»); pero la más comprometedora, seguro, es la intimidad del director.

Max accede a casa de Almodóvar. Desliza que vive cerca de Malasaña, como cuando era joven, pero que ahora tiene chófer, asistente y cocinero. También le acompaña en su cumpleaños, en un restaurante del barrio de Salamanca, con buena parte de sus actores y actrices fetiche. También ve cómo le hacen fotos, cómo anda por la calle, su mesa de trabajo.

El perfil resultante, que crece por la cantidad de palabras de que dispone el reportero, muestra a un Almodóvar atribulado, pero entusiasmado con su trabajo. Ansioso incluso por compartirlo, pero con un amargor de fondo que le ha mantenido, en general, extraordinariamente prudente a la hora de conceder entrevistas o manifestarse públicamente: y es porque, como bien explica Max, esta vida más bien cómoda, este «aburguesamiento» (como escribe), choca con la imagen pública que supuestamente proyecta su cine.

No obstante, coloca esos ladrillos en el fondo de su retrato, y no en el primer plano. A pesar de que incluso explicita su falta de sintonía con Adriana Ugarte, coprotagonista de Julieta, y con Gael García Bernal, protagonista de La mala educación, y que incide mucho en el carácter «autoritario» que el propio cineasta se reconoce, el resultado tiene mucho más que ver con una lección de cine que con una semblanza maliciosa o cotilla del personaje en cuestión.

Dan ganas de ver sus películas, aunque sea para aborrecerlas, tras haberse colocado frente a un texto así: es esclarecedor, busca el entendimiento y la comprensión, los miedos, la angustia y, caramba, habla sobre cine antes que sobre Trueba, Cataluña, la ceja, patrimonios ocultos y habladurías varias.

Es posible que en esta dicotomía —la del respeto para con un cineasta de renombre internacional y la pura gana de enredar— estribe la explicación a muchos de nuestros vicios corrientes: Almodóvar podrá gustar más, menos, o regular, pero llama poderosamente la atención que tenga que ser un medio estadounidense quien se centre más en su cine que en su figura; en su proceso creativo que en su imagen pública. En explicar sus fracasos antes que en celebrarlos.

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Apocalipsis sanitario
Alejandro Carantoña 08-02-2016 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

El tabaco mata, según la Organización Mundial de la Salud, a unos seis millones de personas al año en el mundo. Así, la OMS ha emitido un informe muy recientemente en el que localiza y ataja el auténtico núcleo del problema: Hollywood (!). Efectivamente, la solución radica en hacer presión para que las películas en las que aparece gente fumando sean recomendadas para mayores de edad: de hecho, en España ya se han hecho inmensos progresos en pro del bien común elevando su precio en torno a un 600% en los últimos 25 años, prohibiendo su consumo en bares y otros lugares públicos y pixelando «palitos de cáncer» en cualquier aparición televisiva.

Lo que la OMS calla, sin embargo, con respecto a esta terrible pandemia, es que en España por ejemplo el consumo de tabaco no solo es legal entre mayores de edad, no solo recauda mediante impuestos lo suficiente como para cubrir el presupuesto de tres ministerios, sino que —esto es lo mejor— es el propio Estado quien lo vende, en realidad. Así, con lo recaudado por un lado, financia campañas contra su consumo por el otro y elabora informes por otro más. Por el camino, se lleva un buen pellizco. Y por eso la solución pasa por que en las películas no salga gente fumando.

Cuesta entenderlo. De verdad que cuesta, y bastante: y por eso, es de suponer que de esos hiperdiplomáticos y muy políticamente correctos polvos lleguen estos extraños lodos, en forma de epidemias mundiales —estas, sí: léase zika, gripe aviar o ébola— en las que la máxima autoridad sanitaria mundial siempre y sin excepción comete errores de comunicación gravísimos.

Por ejemplo, aquellas provisiones de medicamentos para una hecatombe sanitaria que nunca se produjo, y que costó un buen dinero a las arcas españolas; por ejemplo, este zika que amenaza con mermar la demografía de un continente entero durante años; y, en otra muestra reciente de confianza y fiabilidad, el cierre en falso del brote de ébola: tras descorchar el champán por el fin del brote el 14 de enero, el día 15 se producía una nueva muerte por la enfermedad en Sierra Leona.

La profundidad y dificultad que tiene la gestión de todas estas crisis es indudable, insondable para muchos, pero se tiñe de desconfianza cuando viene combinada con estos artificios intrincados e incomprensibles: veamos, si así se pueden evitar seis millones de muertes, ¿por qué demonios la única solución posible, ambiciosa y de alcance pasa por atacar las películas en las que se ve a gente fumando? ¿Por qué la OMS jamás ha emitido una recomendación de carácter legislativo que prohíba, anule o erradique el tabaco de la faz de la Tierra?

Es un misterio. Y uno sospechoso, uno que hace creer que los focos de preocupación se desplazan en función de intereses más bien ocultos. Vaya, esos focos de inquietud siempre acaban siendo los mismos, siempre se acaban traduciendo en censura encubierta, cosmética. Sea en pro de la salud humana o de la libertad religiosa, pero censura a fin de cuentas.

Siempre según la propia OMS, las campañas antitabaco tienen una incidencia de entre el 7% y el 16%, un porcentaje de efectivad ínfimo. Eso sí, muy ruidoso, muy aparatoso, muy llamativo. Muy de hablar sobre ello en familia, en público o en prensa —como ahora— para no hablar de otras muchas cosas que seguro que tienen una importancia capital. Y que no salen en las películas.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.