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Conciertos

Rufus Wainwright, en versión original
Alejandro Carantoña 19-10-2016 | 4:00 | 0

Bromeaba Rufus Wainwright, mediado su recital del domingo en La Laboral, con que ha escrito ópera, se ha mudado a California… Y solo le queda ganar un Nobel. No escatimó en chanzas: hubo para un masajista, para Dylan, para Cataluña («Es un placer estar oficialmente en España», rió tras haber actuado en Girona y Sant Cugat), se acordó de Victoria de los Ángeles y rindió a un público variopinto él solo, con su voz y sus letras y su gracejo. Le rieron todo, pero se adivinaba algo de desconcierto—comprensible— cuando se extendía: anunció una canción inédita y, sorprendentemente, poco público reaccionó. Quizás por las dificultades de comprensión.

Rufus Wainwright, en Gijón, el pasado domingo. Foto: Jorge Peteiro.

Candles, que casi sonó a himno, sirvió de preludio al generoso repertorio que presentó: variado, equilibrado, investido de un sonido redondo y una voz perfecta y, por suerte para unos y desgracia para otros, extraordinariamente narrativo: se antojaba difícil disfrutar de la experiencia sin un dominio suficiente del inglés y francés, sus dos lenguas de batalla. Construyó sin impactos, sin golpetazos, sin momentos que entresacar de un todo: simplemente se sentó al piano, agarró la guitarra y nos invitó a transitar estampas al modo Springsteen, «del punto A al punto B», aunque sin la pirotecnia del Jefe. Hora y media más tarde, el trayecto estaba completado.

Ni siquiera es especialmente diestro como instrumentista —plancha los acordes de guitarra con tosquedad; y su manejo del piano apenas incluye dinámicas—, pero es tan inteligente como vocalista y artista, y tan acertado componiendo, que con solo dos canciones ya logra marcar el paso y no dejarlo decaer.

Allá le echen un soneto de Shakespeare, se enzarce con Gay Messiah o proponga un fragmento de su primera ópera, Prima Donna, exhibe el vigor de los grandes: uno tan frágil e inocente como capaz de hacer callar al auditorio sin que se oiga ni una tos.

Algo había entre el público de predisposición, seguro, (¿de verdad hace falta fotografiarle constantemente?), que él supo alimentar y aprovechar (Going to a town), pero también de conexión sobre la marcha, de seducción bien trabada a base de hablar lo justo, tocar lo necesario y creer en sus canciones como si las acabase de componer. Eso, inevitablemente, traspasaba el escenario, si bien es cierto que en un formato tan desnudo era imposible vencer la mayor de las barreras: la lingüística. Ojalá vuelva con banda, vuelva con más, pero vuelva.

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Francisco Primero
Alejandro Carantoña 10-07-2016 | 4:00 | 0

Un año más, y ya van tres, Gijón organiza puntualmente su simposio anual sobre libertad de expresión, declaraciones desafortunadas y cancelaciones en el último segundo. La primera edición, en julio de 2014, se fue de las manos y acabó en los tribunales: en una pirueta arriesgada, los gestores del Teatro Jovellanos decidieron abrir los encuentros con el grupo israelí Sheketak. Churruca y Enrique López acabaron en el banquillo de los acusados, tras la protesta frente al teatro, carga policial incluida, etcétera.

En el año 2015, para la segunda entrega, el Teatro prefirió un formato algo más sencillo y cercano, menos ampuloso: fue entonces cuando nació la modalidad del telesimposio, que tuvo el honor de inaugurar Albert Pla. Consiste en decir algo en algún lugar que no sea Gijón y que a ser posible no guarde relación con la ciudad y, a continuación, y muy airadamente, el consistorio decida rescindir el contrato. La parte de llegar a las manos ha sido suprimida hasta nuevo aviso: ahora, basta con una entrevista en EL COMERCIO.

Este año, el simposio se ha dado cuenta de que aún tiene un nicho por explotar: la canción melódica, las grandes estrellas de la tonada patria. De ahí que el excepcional invitado haya sido Francisco —que uno, personalmente, no sabía que siguiese cantando ni que fuese a actuar en Gijón: la publicidad está hecha, en cualquier caso—. Francisco publicó unas cuantas barbaridades en una red social sobre Mónica Oltra, la lideresa de Compromís y vicepresidenta de la Generalitat Valenciana. Y con esto y un bizcocho ha habido suficiente para evitar que actúe. El simposio en pleno apogeo.

Como nota de color adicional, para esta edición de 2016 se han traído nuevas atracciones: en concreto, el Ayuntamiento de Gijón ha prometido «altercados» de llegar a celebrarse el concierto. Es, según el informe jurídico que sustenta la rescisión del contrato, lo que podría llegar a pasar de dejar a Francisco cantar en el Jovellanos: sillas volando, contenedores ardiendo y trozos de suelo arrancados de cuajo por hordas encendidas por el son de ‘Violetas imperiales’.

Lo curioso del asunto es que Francisco se levantó caliente, un día de estos, tecleó sus cosas y a continuación ha visto cómo la polémica cruzaba el mapa de punta a punta: en su tierra, al parecer, nadie lee su Facebook. En Gijón, en cambio, ha logrado provocar una reunión urgente del consejo de administración de Divertia.

Allí, en el encuentro excitado para organizar el simposio de este año, fue donde los consejeros descubrieron quién era Francisco y a qué se dedica. ¿Quién decidió programar su actuación? Ahora el Ayuntamiento torna en damisela desmayada por unas declaraciones de hace dos semanas, cuando el ínclito, allá por enero, ya le aconsejaba al alcalde de Valencia que no confundiese «ir de Reyes con ir de putas».

Abierta, así, la caja de las esencias, el listón ha quedado altísimo para la edición de 2017: una vez hemos transitado por el conflicto israelí-palestino, hemos tratado con mimo la cuestión catalana y la identidad española y, ahora, hemos entrado de lleno en el territorio del machismo y el insulto, ¿qué nos pueden ofrecer después? ¿Acaso hay algo, más allá? ¿Quizás calentarse entre grupos municipales e intentar censurar todo lo del color opuesto? ¿O puede que prohibir el reguetón en las orquestas de prao? ¿Quizás desterrar las despedidas de soltero? ¿O desmangar las whiskerías que proliferan por toda la ciudad? No, eso seguro que no: eso no ocurre en el escenario del Teatro Jovellanos.

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Ahogados en un vaso
Alejandro Carantoña 02-03-2015 | 10:00 | 0

Había un tuit, esta semana, que no podía decirlo mejor: «Estar más tenso que la señora de la limpieza en ARCO». Limpie una señora o un señor, limpie quien limpie, el resumen es perfecto, porque no hay edición de ARCO que no tenga su obra-chanza ganadora —este año, un vaso de agua medio lleno por 20.000 euros va en cabeza— y alguna anécdota que involucre pancartas (Óscar Murillo, de momento), polémicas y/o una gran confusión en torno a los límites del arte, materializados en la contemplación de papeleras o la pregunta, discreta, de si los apliques son parte de la instalación o no.

El caso es que, como siempre, ARCO es mucho más que eso y mucho menos de lo que cierto sector del arte querría, pero ARCO es, ante todo, un nuevo ejemplo de torpeza a la hora de comunicar qué es esto de la Cultura, por qué lo hacemos y qué sentido tiene.
La frase «arte contemporáneo» remite en la cabeza del gran público a un estereotipo muy definido, uno que tiene que ver con discursos largos, vacíos, abstrusos y carísimos. Y ¿por qué hay que darle subvenciones a esa gente?

El fracaso se extiende a otras muchas áreas, que tienen un sambenito injustificado pero arraigadísimo en el imaginario popular. Así, «cine español» sugiere desnudos integrales, historias marginales y subvenciones a raudales; y «música clásica», gente de frac, formalidad exagerada, pesadez y entradas a precio de oro.

Está más que claro que las artes tienen muchos problemas, pero que el primero de todos tiene que ver con la nomenclatura y con todos esos estereotipos. Por muchas oportunidades que se le quiera dar al arte contemporáneo, mientras que exista ese vaso de agua lo más probable es que se ahogue en él. Parece ser que el camino más corto es darle la vuelta, usarlo como reclamo, como rareza circense —que resulta ser, también, la estrategia de algunos galeristas—: es lo mismo que ocurre en las orquestas sinfónicas cuando se ponen en pie iniciativas como el ‘Concert in Jeans’ que celebrará en Madrid el próximo 13 de marzo la Hispanian Symphony Orchestra. El reclamo, aquí, no puede ser un vaso de agua, pero se le parece: los músicos usarán tabletas digitales en lugar de partituras y se animará al público asistente a usar las redes sociales.

No obstante, al pan, pan y al vino, vino: va a sonar Beethoven y va a sonar Falla. Y por muy digital que sea el soporte, la música es la que es, conque se está animando al público a acudir mediante el atajo de lo extraño, de lo singular y de lo artificioso en lugar de poner el dedo sobre la tecla precisa: ¿Por qué va a ser distinta en su enjundia, en su fondo, esta séptima de Beethoven, o este El amor brujo? Seguramente, porque el maestro va a hacer virguerías con su versión y los músicos van a brillar con luz propia.
Como aliciente, entonces, hay que aplaudir que haya pancartas retiradas, polémicas servidas y algo de diferencia en el formato, pero no hay que olvidar que esa es la guarnición y no el filete. Es ahí donde anidan los prejuicios y donde hay que incidir para que la Cultura sea asequible, comestible y digerible. Que sea, en fin, para todos.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 1 de marzo de 2015.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.