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Cultura

Fuera del mundo
Alejandro Carantoña 09-04-2017 | 6:57 | 0

Tanta es la distancia con la que vemos a ETA en el retrovisor que en el último barómetro del CIS, publicado esta semana —la de la escenificación del desarme—, la banda terrorista ni siquiera aparece. Últimamente, en el capítulo de preguntas de respuesta espontánea sobre los mayores problemas de España, del primero al tercero, obtenía unas décimas. Ya, ni eso: el sucedáneo más próximo es el terrorismo internacional y los encuestados, entre los que lo han señalado como el primer, segundo o tercer problema más grave, suman apenas el 0,6% de inquietos.

Podemos dar a ETA por derrotada, relato de su defunción incluido, merced a la insistencia de quienes nunca dejaron de contestarla, a quienes nunca perdieron el valor de narrarla y, también, a cierta capacidad adquirida para sacar su discurso de nuestro mundo: para procurarles un destierro.

Mientras, la nueva amenaza a nuestra parcela de civilización —ese yihadismo retorcido y torvo— le asestaba a Europa un nuevo hachazo el viernes, en Estocolmo. De Norte a Sur y de Este a Oeste, entre la preocupación y la furia, se le busca un antídoto a esta nueva manera de ataque, insólita y desconocida en estas dimensiones y hechuras: han cambiado las normas de circulación en el espacio Schengen esta semana, se han multiplicado los recursos policiales y militares, pero sigue faltando el relato con el que aquí se le ha dado la puntilla al terrorismo: la capacidad de sacarlos del mundo, de desterrarlos.

Existe miedo, como vemos en la estrambótica campaña electoral francesa, a dar ese paso, a ejercer ese destierro: los tambores xenófobos que recorren el continente no son sino una concesión al discurso del enemigo, a ese que pretende imponernos. Y en su terreno nunca se puede ganar: hay una diferencia sustancial entre hablar de ellos y hablar en sus mismos términos.

Este es precisamente el motivo por el que la literatura, la música, el arte y el teatro que visten y conforman Europa son tan esenciales en este momento; porque, en el plano del discurso, somos invencibles. Si desplazamos todo eso, si nos lo quitamos de debajo de los pies, nos estamos arrebatando solos el mismo suelo que nos pretenden quitar: no habría que olvidar que ETA solo tuvo atisbos de victoria y solo pudo existir mientras que consiguió que reinase el ruido o acaso imponer su silencio.

Es tan evidente que este nuevo enemigo está intentando lo mismo que por ahí hay que empezar la defensa. Basta de competir por ver quién sufre más, quién tiene una opinión más contundente sobre qué pasa y por qué pasa, basta de tratados de barra de bar sobre lo que son las religiones y la historia de los pueblos: la respuesta a esta encrucijada está en ese libro que tanta pereza nos da leer, en esa película que no vamos a ver o en ese museo que no se nos ocurre pisar si no es para colgarlo en Instagram.

Volver a esos fundamentos, volver a esa idea nuclear y primera —y no tratar de componernos una personalidad por simple oposición a la barbarie— es lo más importante que podemos hacer. No hace falta mucho más que entender qué se está atacando, sin importar el quién o el dónde o el por qué, y tener claro que eso es sagrado, y protegerlo, y abrazarlo, y reivindicarlo.

Ese ataque tiene que ver fundamentalmente —ya lo vimos con Palmira— con las vértebras de un pueblo, que vienen a ser su cultura. Por eso no es ni frívolo ni irresponsable consumirla y celebrarla hoy: es, de hecho, lo más valioso y valiente que podemos hacer.

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Por un IVA cultural del 35%
Alejandro Carantoña 26-03-2017 | 4:00 | 0

La travesía por el desierto ha terminado: cinco años después de multiplicar el IVA a la Cultura prácticamente por tres (hasta el 21%), el Gobierno ha anunciado este jueves que en 2017 lo bajará otra vez al 10%. En los presupuestos generales que verán la luz en menos de una semana ya vendrá reflejado; así como —esto aún no está confirmado— una subida en la dotación cultural.

En estos cinco años ha dado tiempo a que cayesen multitud de proyectos por la imposibilidad de absorber el pelotazo a cualquier previsión que supuso aquella subida. Los que han sobrevivido salen reforzados, y pueden celebrar, pero lo más probable es que esta reducción no se note en el bolsillo del espectador hasta que hayan recompuesto sus finanzas por completo. Y van a tardar.

La Cultura ha sido, durante estos cinco años, una vaca bastante cómoda a la que ordeñar. Ahora, se le agradecen al sector los servicios prestados con una ventaja fiscal, con algo más de dinero y con la crucial negociación de un Estatuto del Artista —que no costaba dinero, solo esfuerzo—. Cuando nuestros ojos vean todas estas contrapartidas, lo que queda de la Cultura en España estallará de júbilo, y podremos seguir con nuestras apacibles vidas de diletantismo y creación.

Sin embargo, con las ventajas van a volver también las críticas, el sambenito del privilegio y las palabras cargadas contra esta o aquella manifestación artística. En este sentido, igual que en otros muchos, casi sería más deseable que el ministro Méndez de Vigo saliese a saludar con entusiasmo no una bajada, sino una nueva subida que colocase el IVA a la Cultura en el 35%.

Bienvenido fuera el tipo impositivo más alto del mundo si con eso la Cultura se garantizase, por ejemplo, un régimen contributivo a la Seguridad Social y a Hacienda ajustado a los ingresos, respetuoso con los meses valle de cualquier ejercicio creativo, si con ello los escritores pasasen a existir en el repertorio de actividades económicas del Ministerio de Hacienda y si así quedasen cubiertas las bajas laborales del mundo de la danza. Ojalá un IVA del 35% reinvertido en parte en facilitar la educación cultural desde Primaria, y no solo en cosméticas salidas del aula y hueros programas de acercamiento; ojalá, si los conservatorios fueran templos con las ventanas abiertas de par en par y fábricas de excelencia.

Con qué gusto se recibiría el sablazo si eso garantizase, por tanto, que iba a haber público en cantidades industriales y que las artes y oficios afines podrían ser una carrera académica y profesional como cualquier otra. Que subiese el IVA al 40% si con ello se barriera la casa, escampasen las injerencias y el futuro se abriese.

En lugar de todo eso, el IVA vuelve prácticamente a su cauce previo crisis, y la Cultura respira aliviada. Podemos volver a ser quienes éramos antes porque esto no ha sido nada más que un mal sueño, un dardo lanzado por Cristóbal Montoro que ahora alguien nos quita de la espalda. El mundo se equivocaba y nosotros, artistas, teníamos razón: si esta idea cala, corremos el riesgo de volver atrás con todo lo bueno que había; también con todo lo malo. Ojalá no tenga que subir el IVA otra vez, más incluso, para que entendamos la importancia de la lección que nos han dado estos años: que toda prudencia es poca; que toda osadía es riesgo; que no hay en quien confiar; y, sobre todo, que si se quiere que esto no vuelva a ocurrir no se puede esperar al siguiente susto para cambiar.

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El pentágono
Alejandro Carantoña 26-02-2017 | 4:00 | 0

Circula, con motivo de la feria de arte contemporáneo ARCO que estos días se celebra en Madrid, una nota que reza en su encabezado: «El Pentágono del Arte», con todas esas mayúsculas. El documento nos informa de que la viceconsejería de Cultura y Deporte del Principado de Asturias promovió, hace exactamente un año, la creación de una «comisión de coordinación de equipamientos artísticos del Principado de Asturias», que lleva desde entonces reuniéndose mensualmente «para tratar problemáticas comunes y promover proyectos conjuntos».

Concita, aprendemos, al propio viceconsejero y a los responsables de los cinco equipamientos artísticos que dependen «directamente o principalmente del gobierno autonómico», esto es, el Museo de Bellas Artes, la Sala Borrón, el Museo Barjola, Laboral Centro de Arte y el Centro Niemeyer. Se celebra en ARCO, así, el primer cumpleaños de esta comisión, que por otro lado lleva doce meses trabajando en una aparente clandestinidad: tirando de hemeroteca, la última referencia a su existencia data del 18 de febrero de 2016, al día siguiente de su reunión inaugural.

A partir de entonces, la nada: buscando en Internet primero y en la web del Principado después no aparecen documentos, conclusiones, fotografías, informes, actas, nada que deje rastro de los furtivos encuentros del flamante pentágono. La siguiente noticia es esta: que están en ARCO, hombro con hombro. Por lo demás, se sabe que los centros hablan entre sí (fantásticas noticias), que han coproducido o se han prestado o se han rotado algunas piezas y que en otoño de 2016 se promovió una suerte de intercambio de artistas jóvenes con la Comunidad de Madrid. Es decir, lo habitual. El resto es un misterio.

Tanto la nota como la comisión en sí —que aparentemente no tiene forma o entidad jurídica o administrativa— lo aguantan todo sobre el papel, pero se antojan más bien envoltorios refulgentes y cosméticos para los cometidos habituales de cualquier consejería. Porque ¿cuál es la diferencia de estos cónclaves de aires ministeriales con respecto a las reuniones corrientes y molientes, rutinarias, que se presuponen al día a día del gobierno? ¿Qué es el «Pentágono del Arte» sino un nombre aparente? ¿Una marca sin logo? ¿Un comité sin oficina? ¿Una oficina sin dotación? ¿Una constatación geométrica?

La redacción de la nota resulta aún más elocuente en su retorcida y catastrófica versión inglesa (¿quién la ha traducido?), en la que se informa de que la creación de la comisión procede directamente del «Viceministerio de Cultura y Deporte», así tal cual, sin aludir a su carácter autonómico. Aunque sea por error, es significativo del panorama artificial que trata de venderse.

La oposición no ha tardado en criticar a la viceconsejería por todo esto, pero no le ha quedado más remedio que hacerlo con la boca pequeña. Porque nadie en Asturias está libre de este vicio de inflar las expectativas y lustrar las vergüenzas para, toda vez que se le critica, esgrimir recortes, conspiraciones, ataques, partidismos y oscuros intereses: flaco favor nos estamos haciendo al ponerle nombres largos y abstrusos a una mera reunión; al regodearnos en lo nominal sin entrar a fondo en el fondo; al insistir en que hay un plan y en que todo está medido cuando la improvisación es la reina.

Es evidente que las intenciones son las mejores pero, por desgracia, en un sitio como ARCO las intenciones no son lo que cuenta. Cuentan la solvencia, la entidad, la garra, el colmillo incluso. Lo demás puede que tenga algún valor intramuros, que suponga un consuelo para algunos. Pero, a efectos prácticos, no sirve para nada más.

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Leer por deber
Alejandro Carantoña 06-11-2016 | 4:00 | 0

Si alguien nos hubiera dicho, en aquellos tiempos de cartabón y mochila, que los deberes llegarían a asunto de Estado no lo hubiéramos creído. Tampoco que esa misma gente encorbatada que aparecía en televisión entre anuncio y anuncio decidía lo que nos contaban frente al pupitre, pero resulta que así era.

Este fin de semana se está celebrando —el verbo no es casual— la primera huelga de deberes en España. Durará todos los fines de semana de noviembre. Una confederación de asociaciones de padres, al parecer numerosa y poderosa, estima que es el último recurso para lograr que el ministerio del ramo estudie regular al respecto. Según se ha dicho esta semana, hay niños de seis años que ya se llevan tarea para el fin de semana.

Como alternativa a esta pronta toma de contacto de nuestra gente menuda con la vida de autónomo o artista liberal (¡o futbolista!) por la tarde —alternada con la vida de oficinista por las mañanas—, los convocantes proponen llevar a los niños a un museo, comentar un asunto de actualidad o incluso, es un suponer, leer un libro.

Lo más interesante es que el asunto se ha revelado como libérrimo de ideologías y cargado, en cambio, de recuerdos personales. Lo que este profesor encomendaba a uno y lo que aquella maestra le descubrió al otro han ocupado la arena de debate: sobre esto, todos tenemos opinión y experiencia. Pero también la certeza de que, entre el monumento al destajo que fueron los años escolares —ay, si cotizaran…— se leyó o poco y mal o demasiado y peor.

También se escuchó poca música, se visitaron pocos museos y se vio insuficiente teatro: no dejan de ser actividades extraescolares. Es decir, lo que se hace en los huecos sobrantes entre importantes fórmulas matemáticas e insoslayables listados de fechas, llamados a formar a los abogados, cirujanos o ingenieros del mañana. Un horror.

En aquellos años, las mañanas eran tiempo tasado. Solo una visita al centro de salud, una salida a una fábrica de rosquillas o alguna excepcional circunstancia permitían contemplar ese hormigueo temprano de la ciudad, de las furgonetas de reparto y de la gente haciendo cosas que ocupaban las aceras, oficinas, cafeterías, almacenes y fábricas de lado a lado. Aquello en lo que nuestros mayores empleaban su tiempo, un tiempo misterioso e impenetrable en el que había que estar haciendo cosas de provecho.

Entre tanto, llovían puntuales dosis de disciplina y conocimiento olvidado a la misma velocidad a la que era memorizado, preludio de otro año igual y más intenso, y de otro igual y más intenso, y así hasta desembocar en el remoto mundo de la formación superior. Todo era, y al parecer sigue siendo, así de gris: ¿cuál era el sentido de dedicar treinta o cuarenta horas a aprender cada semana? Saber, estar preparados.

Pero ¿para qué? Seguramente, y en teoría, para aquello que ocurriría cuando la vida fuese un fin de semana sin fin por voluntad o fuerza, o cuando ya no hubiese ningún horario y repertorio de obligaciones que cumplir. Cuando hubiese que elegir un oficio, profesión o carrera y lograrlo sin que alguien lo calificase. Es decir, cuando nos tocase empezar a crecer y no a ganar un concurso.

Exactamente en ese punto, en el que la incertidumbre que les producirá a estos niños salir al mundo sustituya a la certeza de que el lunes hay cole, no estará de más que alguien les haya enseñado a rellenar sus inquietudes sin la inestimable ayuda de un ministerio. Ese es, seguro, el futuro: que lean. Y que vayan al museo. Y que eso, claro, no sean deberes, sino un placer necesario.

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Todo nos parece bien
Alejandro Carantoña 18-09-2016 | 4:00 | 0

Hace tan solo unos días, cuatro osados abrieron un nuevo teatro en Madrid. No se llama como una marca de helados, ni de seguros, ni de teléfonos móviles: se llama Kamikaze. Detrás tienen el sustento de sus respectivos públicos (Miguel del Arco, uno de los fundadores, es un influyente director de teatro y, desde junio, de zarzuela: se presentó con concurrencia inusitada en Oviedo su ¡Cómo está Madriz!). Su motivación, cuentan, es más cultural que comercial. O, al menos, equilibrada.

La alegría con que esta iniciativa ha sido recibida por la prensa especializada contrasta, y bastante, con otras aventuras de corte joseluismorenesco: esto es, teatro privado sin más, tratado con la condescendencia que se le confiere al entretenimiento. La diferencia entre lo uno y lo otro, entonces, parece estribar en las intenciones: el Teatro Pavón Kamikaze ha sido planteado casi como un acto de resistencia, como un «teatro privado con vocación de teatro público», como lo definía el actor Israel Elejalde.

Este tipo de iniciativas, fuera de la esfera de lo público y de la tan cacareada subvención, han proliferado como setas en estos años de crisis y en Madrid sobre todo, desde el boom de las salas de microteatro hace poco más de un lustro. Últimamente, con el paulatino retorno de las grandes salas (ha reabierto el Teatro de la Comedia, a pocos metros del Español), han cerrado muchas de ellas.

Algunas lo han hecho entre protestas y lamentos por las trabas burocráticas al proyecto; otras, como La casa de la portera, lo han hecho en un silencio mucho más discreto: han reconocido que el modelo no era sostenible por más tiempo. Sin embargo —y esto también ha ocurrido con innumerables periódicos digitales, editoriales y salas de cine— un sector del público se ha llevado las manos a la cabeza por el rodillo que nos está dejando sin cultura, en lugar de apoyar, con dinero contante y sonante y una asistencia continuada, estos pequeños actos de rebelión.

Es como si todo nos pareciese bien, pero no estuviésemos dispuestos a mancharnos las manos, a meter el brazo hasta el codo en el esfuerzo que supone desplazarse hasta el teatro con este frío incipiente o rellenar las estanterías de lujosos y atrevidos libros. En el caso de este nuevo teatro, sus responsables cuentan que necesitan una asistencia media del 65% como mínimo, lo cual no es un exceso pero, desde luego, sí es un reto.

El aplauso, en cualquier caso, es unánime: ese público cómodo estampa su sello de aprobación en la oferta creciente; las administraciones o partidos políticos apuntan a todas las iniciativas como señal del irrefrenable vigor creativo que prospera en España a pesar de todo. Y, así, todo nos parece bien, pero los datos, cierres y estados de excepción evidentes apuntan en sentido opuesto: muestran un panorama de fragilidad en el mejor de los casos, y de precariedad manifiesta en el peor (que es la mayoría).

Estos nuevos atrevimientos merecen el aplauso al valor (a las intenciones), pero también un escrutinio serio y riguroso por parte de público, especialistas y profesionales. Esa es la única manera de saltar por encima de la odiosa frase «para ser española, no está tan mal» y de que teatros y kamikazes sirvan no solo para rellenar las aburridas tardes de fin de semana, sino para impulsar un modelo de creación y consumo nuevo, rompedor, estable, sólido, resistente a la adversidad y a prueba de manoseos políticos. Todo nos parece bien: que haya más, pero sobre todo, que lo haya mejor.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.