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Cultura

La hormiga y el cañón
Alejandro Carantoña 03-09-2017 | 4:00 | 0

Hace nueve días, un visitante grabó a una hormiga en la urna de la Dama de Elche, y Compromís no tardó ni una semana en exigir al Gobierno central, Senado mediante, que la devolviese a su lugar de origen. Esta desidia, decían, solo era otro síntoma de la «avaricia y desgana» del Ejecutivo, poco antes de que los conservadores del Museo Arqueológico Nacional recordasen al respetable que la efigie es de piedra caliza, tiene veintiséis siglos y una hormiga no supone una gran amenaza.

Esos mismos días de agosto, una expedición subacuática estaba consiguiendo un hallazgo de los que concitan orgullos y un sinfín de posados para la foto: habían pescado de una profundidad superior a un kilómetro dos cañones del Nuestra Señora de las Mercedes, el pecio hundido en algún lugar de la costa portuguesa. La nave, del siglo XVI, lleva dando que hablar desde hace una década, cuando fue encontrada en secreto por una empresa de cazatesoros estadounidense.

La dama de Elche, a salvo.

La dama de Elche, a salvo.

Estaba llegando el PP a la Moncloa, Wert a Cultura y los ministerios se acababan de refundir tras los años de zapaterismo, conque salvo algún que otro seguimiento exhaustivo y minoritario, pasó bastante desapercibido que el Ministerio estuviese litigando por recuperar la enorme cantidad de monedas que los cazatesoros se habían llevado a Miami.

Esto se logró en 2012. Quizás por los tintes militaristas de la hazaña, o porque tendemos a dar el patrimonio por sentado, o porque simultáneamente se estaba desenmarañando el surrealista robo del Códice Calixtino, la historia fue olvidada.

No obstante, cuando tres años después el robo de Santiago quedó visto para sentencia y aquel electricista fue condenado a diez años de cárcel, todas las miradas se volvieron hacia un hombre que se hizo tremendamente popular: no era el ladrón; era aquel señor de bigote blanco y chaleco reflectante que se hartó a conceder entrevistas tras entregarle el códice al deán de la catedral. Era Antonio Tenorio, el inspector jefe de la Brigada de Patrimonio de la Policía Nacional, que nos enseñó que teníamos semejante cosa. Y no solo eso, sino que en materia de patrimonio, trascendió, somos un país con tanto y tan abundante que tenemos una vastísima red de profesionales consagrada a él.

Todos ellos, igual que los que este mes van a emprender las obras en la Biblioteca Nacional de España o los que han resuelto el misterio de la hormiga en el aledaño Museo Arqueológico, no son políticos. Igual que tampoco lo son los responsables del Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena que acaban de pescar esos tesoros; ni siquiera los moradores del Archivo de Indias de Sevilla que han permitido entender, documentar y localizar el pecio.

Todos ellos dependen de un Ministerio voluble y maltratado por los rigores presupuestarios, de uno que se apresura a sumar tantos y que, según cómo se lleve con el responsable de Hacienda de turno, logra más o menos recursos para ese ejército callado.

Es sorprendente que aún haya dudas sobre el valor de Estado y la estatura de toda esta gente, que sin solución de continuidad da la matraca por el románico o recupera bacons hurtados y a la venta en pleno rastro madrileño. Sea pues la pelea por el arte político, crítico y puntero, pero también el brindis por la profusión de tesoros y los esfuerzos denodados de quienes se mueven por pasión. A todos esos a los que no les vemos las caras muy a menudo y que son las auténticas hormigas: están en la base de todo lo que hoy, en Cultura, es posible.

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Levy y los líos
Alejandro Carantoña 13-08-2017 | 7:00 | 0

Alguien que sabe de lo que habla dijo una vez con ironía que, en lo respectivo a cultura, prefería mil veces un Gobierno de derechas que uno de izquierdas. Según su razonamiento, era posible que a la derecha le importase menos la Cultura y más las materias «serias», pero que precisamente por eso se entrometía mucho menos en los actos de creación.

A la izquierda le atribuía un mayor interés y más dotación presupuestaria, pero también y por ese motivo un intervencionismo extremo y perjudicial.
Dijo todo esto en voz muy baja y dejó claro que era mejor no repetirlo, seguramente consciente como era de que se trata de una generalización de trazo grueso y consecuencias imprevisibles. Esta conversación se produjo hace años, cuando la cultura ya se estaba convirtiendo en un ring de límites definidos y en un terreno de juego político evidente, claro. Cuando en las secciones de Cultura de los periódicos ya se iba dejando de hablar, paulatinamente, de los lanzamientos y novedades por su calidad y se guardaba la política para la sección del ramo. Cuando se empezaron a preñar de ideología y de cargas de profundidad las reseñas y la música ya necesitaba manual de instrucciones, que es justo en lo que ahora andamos.

La cuestión es que en las últimas dos semanas, en la revista literaria Zenda han aparecido sendas entrevistas a Eduardo Madina, ex socialista desde unos días antes, y a Andrea Levy, del Partido Popular. Hablaban sobre libros y literatura con ese tono distendido que es habitual en los políticos que no sean Mariano Rajoy (envarado e incómodo en estas lides). Madina no decía demasiado, no había revelaciones más allá de que empezó leyendo a Roald Dahl y que Cortázar le gusta mucho. Hasta cierto punto, esa entrevista pasó desapercibida.

Una semana después le tocó el turno a Levy. Aquí se le ocurrió decir que Lorca la había hecho revolucionaria, literalmente, y a partir de ese punto la cosa se desmadró. La llamaron de todo, pero sobre todo caló el mensaje de que alguien del PP no podía leer a Lorca, mucho menos admirarlo y, evidentemente, carecía de la potestad para sentirse así ante sus escritos. Huelga decir que poco se habló del resto de autores, entre los cuales se encontraba John Fante, un tipo fascinante y aún no lo suficientemente leído en España.

Todo esto lo dejó dicho en una finísima columna Alberto Olmos al poco tiempo, mientras que en algún recóndito lugar de las ideologías torcidas se afilaban los cuchillos para contraatacar con otra polémica estival. Esta vez, el titular era que el Instituto Vasco de la Mujer quería prohibir ciertas canciones machistas: en apariencia, un buen chorro de gasolina a la hoguera de las ideologizaciones interesadas.

Al cabo, se descubrió que lo único que había hecho el Instituto era una lista en Spotify de canciones recomendadas: ni rastro de torvas intenciones. Sin embargo, ya había nacido una ocasión demasiado jugosa como para dejarla pasar, para asignarles planes de dominación mundial y así cimentar este ambiente de paranoia cultural.

La cuestión es que aquella frivolidad sobre las izquierdas, las derechas y la cultura ha ido adquiriendo un nuevo sentido: casi seguro que de ser un tuit se tomaría demasiado en serio e incluso le podría servir hoy de base a algún ocioso para una teoría más amplia, a una que explique quiénes somos, qué hacemos, sentimos y pretendemos por el simple y otrora inocente acto de consumir lecturas, películas, discos y obras de teatro. Incluso, qué osadía, por que nos gusten o conmuevan antes de pasarles varios algodones ideológicos. ¿Estamos en guerra?

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Viva la diferencia
Alejandro Carantoña 16-07-2017 | 3:00 | 0

Barcelona nunca perderá su mar y Madrid nunca perderá su esencia, pero desde aquella llegan noticias preocupantes y, desde esta, amenazas insospechadas. Cuentan algunos corresponsales de fiar que en Barcelona, estos días, sortear turistas es misión imposible; Madrid, por su lado, recibe con un abrazo que de cálido roza el exceso, además de presentar una uniformidad inquietante en el centro otrora variado. Diferente.

Lo más fácil al mediodía es tomar asiento en algún pequeño local con mesas de madera lijada, platillos multicolores y sillas de metal gastadas. A la noche, tomar una cerveza a la luz de una barra servida por barbas impecables: el esquema se repite por doquier. El Café Comercial ha recuperado la vida, remozado en un «concepto» que recuerda demasiado al de la siguiente esquina, y al de la otra, y al de la otra.

La música se parece cada vez más la una a la otra; los barrios, sin dejar de ser irreductibles, se van nivelando. Se están fraguando dos ciudades monocromas, mecidas por tendencias, movidas por el cosmopolitismo entrepreneur y visionario.

Desde aquí, y desde allá, algunos aportan perspectiva sobre lo mucho que hay que envidiar al lejano Norte. No solo el clima ni la comida, ya se sabe, sino el buen sabor que algunos se han traído de la Semana Negra que hoy termina o de la ristra de festivales y romerías en las que ya llevamos sumidos un mes largo (y a la que le quedan otros dos).

Pasear por un Madrid grande y que no deja de respirar siempre ofrece sorpresas, como que no deje de mutar de aspecto, pero también está sometido a virajes bruscos y unívocos que a los lugareños les incomodan sobremanera. Por eso, en cierto modo, nos envidian el inmovilismo o anclaje en la tradición (según se quiera ver).

Ocurre que les fascina esto de montar una feria bulliciosa con libros en un astillero, incluso a pesar de que el invento vaya a cumplir los treinta con algún que otro achaque; admiran nuestra facilidad para invadir un prao; abrazan la sorprendente variedad de ofertas en un espacio tan reducido. Nosotros, en cambio, nos descubrimos contestando demasiado rápido que sí pero que angosta, o a lo mejor explicando todas esas rencillas que a diario nos mantienen ocupados.

A menudo los asturianos, de natural torpe para exaltar lo propio o excesivos en la celebración, necesitamos de un paseo por otras latitudes para descubrir nuestras ventajas, y también para aprender de las ajenas. De Barcelona bien podríamos importar no pocos teatros, autores, vanguardias y orgullos propios; de Madrid, la mezcla, la autenticidad, la identidad compartida y el crisol de biografías.

Todo esto no significa ni que las grandes urbes sean la meca ni que la tierrina sea la panacea; tan solo que en estas últimas semanas ya hemos asistido en Asturias a un par de conatos de boicot, a no pocas opiniones contundentes sobre una opción de divertimento o la otra o incluso a una larga lista de explicaciones —casi como pidiendo disculpas, anulando futuribles ataques— antes de inaugurar desde un festival de música hasta una corderada en un pueblo perdido.

Pero no solemos hablar de lo bueno. Y si algo bueno tenemos, precisamente, es la diferencia de poder cambiar de ambiente, de plan, de ciudad, de paisaje, ¡de música! o de chigre. Se deba a lo que se deba, es un valor que alimenta bibliotecas y llena cancioneros, y que no solemos subrayar. Así se escribe la historia, el movimiento: con esta tensión nuestra, tan incómoda a veces, tan ruidosa, se mantiene la diferencia.

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Dudamel de perfil
Alejandro Carantoña 07-05-2017 | 3:22 | 0

Existe un camino rápido —el de hacer mucho ruido— y otro muy seguro —no hacer ninguno—. El primero pasa por que cada vez que haya ocasión, y siempre escudándose en el compromiso, la claridad de ideas o la conciencia artística, se den titulares potentes. Se genera polémica, se atrae atención, se arma ruido y se acaban vendiendo libros, discos, esculturas, cuadros o poemas por palés, independientemente de su calidad.

El otro extremo abunda en la música clásica, en la ópera, en el cine, y en general en cualquier forma de producción cultural que implique a muchos agentes, muy poderosos, y que exija movilizar recursos (y dinero). Es una odiosa forma de cortesía mal entendida, de ultracorrección, que desemboca en silencios clamorosos y en existencias apacibles: así, sin pisar callos, es como se recorre el camino más seguro hacia cierto tipo de éxito.

A Gustavo Dudamel, el director de orquesta venezolano al frente del programa musical para jóvenes de El Sistema —organización estatal—, que acaba de dirigir el concierto de Año Nuevo en Viena, le ha acabado estallando en las manos la situación en su país. No es que su postura haya variado especialmente: lo han hecho las circunstancias en Venezuela. Pero Dudamel, hasta este mismo jueves, se ha empeñado en mantenerse de perfil. Ha tenido que morir uno de sus músicos para que tomase postura.

Activistas y opositores al régimen chavista lo acusan de equidistante (en el sentido más peyorativo posible) y de haber guardado silencio no por garantizar el funcionamiento de El Sistema y, de algún modo, cambiar las cosas desde dentro, sino con el fin de ordeñar su posición privilegiada mientras que fuese posible. Él siempre se ha defendido con el argumento de que lo importante eran los chavales.

Sin embargo, la situación en Venezuela se ha vuelto tan insostenible que el pasado 25 de abril Dudamel emitió un comunicado en vídeo a través de las redes. Entonces, hacía «un llamado a los líderes políticos a encontrar las vías necesarias para encontrar una salida a esta crisis». Hubo quien lo interpretó como un atrevido toletazo a Nicolás Maduro; pero, en general, ha sido interpretado más bien como un medido recurso para salir del paso.

Esta semana, con la muerte de Armando Cañizares Carrillo, han cambiado muchas cosas. El jueves, Dudamel escribía: «Hago un llamado urgente al Presidente de la República y al gobierno nacional a que se rectifique y escuche la voz del pueblo venezolano. Los tiempos no pueden estar marcados por la sangre de nuestra gente.»

Es la primera vez que se significa de un modo tan contundente. Para algunos sigue sin ser bastante; para otros, la diferencia estriba en que ya no se trata de una opinión política, sino de una crisis humanitaria. Llegados a este punto, la realidad venezolana y la confusión mediática han desplazado los hechos: todo se ha convertido en una opinión. Dudamel, que ya no está de perfil, ya es un héroe para algunos y un traidor para otros.

Algunos (muy pocos) logran recorrer carreras enteras sin verse envueltos en una situación así. Para ellos, es un éxito sortear todos estos peligros, ahorrarse la incomodidad de ser odiados, criticados, aupados, condenados, aplaudidos, examinados o condecorados. No obstante, esto suele conllevar una dejación de funciones palmaria: la crítica (que no el insulto, el odio, la furia) va en el cargo. Bien lo sabe William Kentridge, el flamante Premio Princesa de las Artes y valiosa pieza en la configuración de una Sudáfrica respirable. Sirva de ejemplo él, sirva de ejemplo lo ocurrido: por incómodo que resulte, a veces estar de perfil no es una opción.

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Fuera del mundo
Alejandro Carantoña 09-04-2017 | 6:57 | 0

Tanta es la distancia con la que vemos a ETA en el retrovisor que en el último barómetro del CIS, publicado esta semana —la de la escenificación del desarme—, la banda terrorista ni siquiera aparece. Últimamente, en el capítulo de preguntas de respuesta espontánea sobre los mayores problemas de España, del primero al tercero, obtenía unas décimas. Ya, ni eso: el sucedáneo más próximo es el terrorismo internacional y los encuestados, entre los que lo han señalado como el primer, segundo o tercer problema más grave, suman apenas el 0,6% de inquietos.

Podemos dar a ETA por derrotada, relato de su defunción incluido, merced a la insistencia de quienes nunca dejaron de contestarla, a quienes nunca perdieron el valor de narrarla y, también, a cierta capacidad adquirida para sacar su discurso de nuestro mundo: para procurarles un destierro.

Mientras, la nueva amenaza a nuestra parcela de civilización —ese yihadismo retorcido y torvo— le asestaba a Europa un nuevo hachazo el viernes, en Estocolmo. De Norte a Sur y de Este a Oeste, entre la preocupación y la furia, se le busca un antídoto a esta nueva manera de ataque, insólita y desconocida en estas dimensiones y hechuras: han cambiado las normas de circulación en el espacio Schengen esta semana, se han multiplicado los recursos policiales y militares, pero sigue faltando el relato con el que aquí se le ha dado la puntilla al terrorismo: la capacidad de sacarlos del mundo, de desterrarlos.

Existe miedo, como vemos en la estrambótica campaña electoral francesa, a dar ese paso, a ejercer ese destierro: los tambores xenófobos que recorren el continente no son sino una concesión al discurso del enemigo, a ese que pretende imponernos. Y en su terreno nunca se puede ganar: hay una diferencia sustancial entre hablar de ellos y hablar en sus mismos términos.

Este es precisamente el motivo por el que la literatura, la música, el arte y el teatro que visten y conforman Europa son tan esenciales en este momento; porque, en el plano del discurso, somos invencibles. Si desplazamos todo eso, si nos lo quitamos de debajo de los pies, nos estamos arrebatando solos el mismo suelo que nos pretenden quitar: no habría que olvidar que ETA solo tuvo atisbos de victoria y solo pudo existir mientras que consiguió que reinase el ruido o acaso imponer su silencio.

Es tan evidente que este nuevo enemigo está intentando lo mismo que por ahí hay que empezar la defensa. Basta de competir por ver quién sufre más, quién tiene una opinión más contundente sobre qué pasa y por qué pasa, basta de tratados de barra de bar sobre lo que son las religiones y la historia de los pueblos: la respuesta a esta encrucijada está en ese libro que tanta pereza nos da leer, en esa película que no vamos a ver o en ese museo que no se nos ocurre pisar si no es para colgarlo en Instagram.

Volver a esos fundamentos, volver a esa idea nuclear y primera —y no tratar de componernos una personalidad por simple oposición a la barbarie— es lo más importante que podemos hacer. No hace falta mucho más que entender qué se está atacando, sin importar el quién o el dónde o el por qué, y tener claro que eso es sagrado, y protegerlo, y abrazarlo, y reivindicarlo.

Ese ataque tiene que ver fundamentalmente —ya lo vimos con Palmira— con las vértebras de un pueblo, que vienen a ser su cultura. Por eso no es ni frívolo ni irresponsable consumirla y celebrarla hoy: es, de hecho, lo más valioso y valiente que podemos hacer.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.