img
Etiquetas de los Posts ‘

Cultura

El pentágono
Alejandro Carantoña 26-02-2017 | 4:00 | 0

Circula, con motivo de la feria de arte contemporáneo ARCO que estos días se celebra en Madrid, una nota que reza en su encabezado: «El Pentágono del Arte», con todas esas mayúsculas. El documento nos informa de que la viceconsejería de Cultura y Deporte del Principado de Asturias promovió, hace exactamente un año, la creación de una «comisión de coordinación de equipamientos artísticos del Principado de Asturias», que lleva desde entonces reuniéndose mensualmente «para tratar problemáticas comunes y promover proyectos conjuntos».

Concita, aprendemos, al propio viceconsejero y a los responsables de los cinco equipamientos artísticos que dependen «directamente o principalmente del gobierno autonómico», esto es, el Museo de Bellas Artes, la Sala Borrón, el Museo Barjola, Laboral Centro de Arte y el Centro Niemeyer. Se celebra en ARCO, así, el primer cumpleaños de esta comisión, que por otro lado lleva doce meses trabajando en una aparente clandestinidad: tirando de hemeroteca, la última referencia a su existencia data del 18 de febrero de 2016, al día siguiente de su reunión inaugural.

A partir de entonces, la nada: buscando en Internet primero y en la web del Principado después no aparecen documentos, conclusiones, fotografías, informes, actas, nada que deje rastro de los furtivos encuentros del flamante pentágono. La siguiente noticia es esta: que están en ARCO, hombro con hombro. Por lo demás, se sabe que los centros hablan entre sí (fantásticas noticias), que han coproducido o se han prestado o se han rotado algunas piezas y que en otoño de 2016 se promovió una suerte de intercambio de artistas jóvenes con la Comunidad de Madrid. Es decir, lo habitual. El resto es un misterio.

Tanto la nota como la comisión en sí —que aparentemente no tiene forma o entidad jurídica o administrativa— lo aguantan todo sobre el papel, pero se antojan más bien envoltorios refulgentes y cosméticos para los cometidos habituales de cualquier consejería. Porque ¿cuál es la diferencia de estos cónclaves de aires ministeriales con respecto a las reuniones corrientes y molientes, rutinarias, que se presuponen al día a día del gobierno? ¿Qué es el «Pentágono del Arte» sino un nombre aparente? ¿Una marca sin logo? ¿Un comité sin oficina? ¿Una oficina sin dotación? ¿Una constatación geométrica?

La redacción de la nota resulta aún más elocuente en su retorcida y catastrófica versión inglesa (¿quién la ha traducido?), en la que se informa de que la creación de la comisión procede directamente del «Viceministerio de Cultura y Deporte», así tal cual, sin aludir a su carácter autonómico. Aunque sea por error, es significativo del panorama artificial que trata de venderse.

La oposición no ha tardado en criticar a la viceconsejería por todo esto, pero no le ha quedado más remedio que hacerlo con la boca pequeña. Porque nadie en Asturias está libre de este vicio de inflar las expectativas y lustrar las vergüenzas para, toda vez que se le critica, esgrimir recortes, conspiraciones, ataques, partidismos y oscuros intereses: flaco favor nos estamos haciendo al ponerle nombres largos y abstrusos a una mera reunión; al regodearnos en lo nominal sin entrar a fondo en el fondo; al insistir en que hay un plan y en que todo está medido cuando la improvisación es la reina.

Es evidente que las intenciones son las mejores pero, por desgracia, en un sitio como ARCO las intenciones no son lo que cuenta. Cuentan la solvencia, la entidad, la garra, el colmillo incluso. Lo demás puede que tenga algún valor intramuros, que suponga un consuelo para algunos. Pero, a efectos prácticos, no sirve para nada más.

Ver Post >
Leer por deber
Alejandro Carantoña 06-11-2016 | 4:00 | 0

Si alguien nos hubiera dicho, en aquellos tiempos de cartabón y mochila, que los deberes llegarían a asunto de Estado no lo hubiéramos creído. Tampoco que esa misma gente encorbatada que aparecía en televisión entre anuncio y anuncio decidía lo que nos contaban frente al pupitre, pero resulta que así era.

Este fin de semana se está celebrando —el verbo no es casual— la primera huelga de deberes en España. Durará todos los fines de semana de noviembre. Una confederación de asociaciones de padres, al parecer numerosa y poderosa, estima que es el último recurso para lograr que el ministerio del ramo estudie regular al respecto. Según se ha dicho esta semana, hay niños de seis años que ya se llevan tarea para el fin de semana.

Como alternativa a esta pronta toma de contacto de nuestra gente menuda con la vida de autónomo o artista liberal (¡o futbolista!) por la tarde —alternada con la vida de oficinista por las mañanas—, los convocantes proponen llevar a los niños a un museo, comentar un asunto de actualidad o incluso, es un suponer, leer un libro.

Lo más interesante es que el asunto se ha revelado como libérrimo de ideologías y cargado, en cambio, de recuerdos personales. Lo que este profesor encomendaba a uno y lo que aquella maestra le descubrió al otro han ocupado la arena de debate: sobre esto, todos tenemos opinión y experiencia. Pero también la certeza de que, entre el monumento al destajo que fueron los años escolares —ay, si cotizaran…— se leyó o poco y mal o demasiado y peor.

También se escuchó poca música, se visitaron pocos museos y se vio insuficiente teatro: no dejan de ser actividades extraescolares. Es decir, lo que se hace en los huecos sobrantes entre importantes fórmulas matemáticas e insoslayables listados de fechas, llamados a formar a los abogados, cirujanos o ingenieros del mañana. Un horror.

En aquellos años, las mañanas eran tiempo tasado. Solo una visita al centro de salud, una salida a una fábrica de rosquillas o alguna excepcional circunstancia permitían contemplar ese hormigueo temprano de la ciudad, de las furgonetas de reparto y de la gente haciendo cosas que ocupaban las aceras, oficinas, cafeterías, almacenes y fábricas de lado a lado. Aquello en lo que nuestros mayores empleaban su tiempo, un tiempo misterioso e impenetrable en el que había que estar haciendo cosas de provecho.

Entre tanto, llovían puntuales dosis de disciplina y conocimiento olvidado a la misma velocidad a la que era memorizado, preludio de otro año igual y más intenso, y de otro igual y más intenso, y así hasta desembocar en el remoto mundo de la formación superior. Todo era, y al parecer sigue siendo, así de gris: ¿cuál era el sentido de dedicar treinta o cuarenta horas a aprender cada semana? Saber, estar preparados.

Pero ¿para qué? Seguramente, y en teoría, para aquello que ocurriría cuando la vida fuese un fin de semana sin fin por voluntad o fuerza, o cuando ya no hubiese ningún horario y repertorio de obligaciones que cumplir. Cuando hubiese que elegir un oficio, profesión o carrera y lograrlo sin que alguien lo calificase. Es decir, cuando nos tocase empezar a crecer y no a ganar un concurso.

Exactamente en ese punto, en el que la incertidumbre que les producirá a estos niños salir al mundo sustituya a la certeza de que el lunes hay cole, no estará de más que alguien les haya enseñado a rellenar sus inquietudes sin la inestimable ayuda de un ministerio. Ese es, seguro, el futuro: que lean. Y que vayan al museo. Y que eso, claro, no sean deberes, sino un placer necesario.

Ver Post >
Todo nos parece bien
Alejandro Carantoña 18-09-2016 | 4:00 | 0

Hace tan solo unos días, cuatro osados abrieron un nuevo teatro en Madrid. No se llama como una marca de helados, ni de seguros, ni de teléfonos móviles: se llama Kamikaze. Detrás tienen el sustento de sus respectivos públicos (Miguel del Arco, uno de los fundadores, es un influyente director de teatro y, desde junio, de zarzuela: se presentó con concurrencia inusitada en Oviedo su ¡Cómo está Madriz!). Su motivación, cuentan, es más cultural que comercial. O, al menos, equilibrada.

La alegría con que esta iniciativa ha sido recibida por la prensa especializada contrasta, y bastante, con otras aventuras de corte joseluismorenesco: esto es, teatro privado sin más, tratado con la condescendencia que se le confiere al entretenimiento. La diferencia entre lo uno y lo otro, entonces, parece estribar en las intenciones: el Teatro Pavón Kamikaze ha sido planteado casi como un acto de resistencia, como un «teatro privado con vocación de teatro público», como lo definía el actor Israel Elejalde.

Este tipo de iniciativas, fuera de la esfera de lo público y de la tan cacareada subvención, han proliferado como setas en estos años de crisis y en Madrid sobre todo, desde el boom de las salas de microteatro hace poco más de un lustro. Últimamente, con el paulatino retorno de las grandes salas (ha reabierto el Teatro de la Comedia, a pocos metros del Español), han cerrado muchas de ellas.

Algunas lo han hecho entre protestas y lamentos por las trabas burocráticas al proyecto; otras, como La casa de la portera, lo han hecho en un silencio mucho más discreto: han reconocido que el modelo no era sostenible por más tiempo. Sin embargo —y esto también ha ocurrido con innumerables periódicos digitales, editoriales y salas de cine— un sector del público se ha llevado las manos a la cabeza por el rodillo que nos está dejando sin cultura, en lugar de apoyar, con dinero contante y sonante y una asistencia continuada, estos pequeños actos de rebelión.

Es como si todo nos pareciese bien, pero no estuviésemos dispuestos a mancharnos las manos, a meter el brazo hasta el codo en el esfuerzo que supone desplazarse hasta el teatro con este frío incipiente o rellenar las estanterías de lujosos y atrevidos libros. En el caso de este nuevo teatro, sus responsables cuentan que necesitan una asistencia media del 65% como mínimo, lo cual no es un exceso pero, desde luego, sí es un reto.

El aplauso, en cualquier caso, es unánime: ese público cómodo estampa su sello de aprobación en la oferta creciente; las administraciones o partidos políticos apuntan a todas las iniciativas como señal del irrefrenable vigor creativo que prospera en España a pesar de todo. Y, así, todo nos parece bien, pero los datos, cierres y estados de excepción evidentes apuntan en sentido opuesto: muestran un panorama de fragilidad en el mejor de los casos, y de precariedad manifiesta en el peor (que es la mayoría).

Estos nuevos atrevimientos merecen el aplauso al valor (a las intenciones), pero también un escrutinio serio y riguroso por parte de público, especialistas y profesionales. Esa es la única manera de saltar por encima de la odiosa frase «para ser española, no está tan mal» y de que teatros y kamikazes sirvan no solo para rellenar las aburridas tardes de fin de semana, sino para impulsar un modelo de creación y consumo nuevo, rompedor, estable, sólido, resistente a la adversidad y a prueba de manoseos políticos. Todo nos parece bien: que haya más, pero sobre todo, que lo haya mejor.

Ver Post >
Poderoso caballero
Alejandro Carantoña 14-08-2016 | 4:00 | 0

Cuando hace unos meses se abrió el debate, en Gijón, sobre qué usos darle al edificio de la Tabacalera, por el barrio de Cimavilla empezó a correr una hoja para que los vecinos anotasen sus sugerencias. Las dos primeras consistían en montar un hotel de cinco estrellas y en poner piscinas y pistas de pádel (?). La primera, porque con ello acudirían hidroaviones privados a dejarse los cuartos en el barrio —¿por qué no hay hoteles de cinco estrellas en Gijón?—; la segunda, por pura comodidad de algunos.

De un tiempo a esta parte, y sobre todo desde que se creó el pionero mercadillo de Laboral Centro de Arte (imitado, fotocopiado y multiplicado en diversas versiones), en la ciudad ha cundido cierta obsesión por la cuestión económica: algo parecido ha venido sucediendo con el Niemeyer y su restaurante; y con Oviedo y su mayúscula cultura, que vive en el difícil equilibrio entre justificar su rentabilidad y ser de utilidad pública.

El último episodio ha sido sonado: el conde de Revillagigedo ha puesto el grito en el cielo por los usos que se le estaban dando al palacio cedido en la Plaza del Marqués, en pleno centro de Gijón, que hace tiempo que dejó de ser estrictamente cultural. El Mercazoco, no celebrado este fin de semana por una cuestión tan administrativa y económica como ciudadana y legal, ha sido la gota que ha colmado el vaso, después de muchísimas otras: ¿según qué criterios se puede ceder un espacio de todos a unos? Nadie ha respondido a esto, ni en un sentido ni en otro.

Con esta pregunta sobre la mesa, ya de forma explícita, amigos y enemigos se cuestionan sin tapujos desde la Semana Negra hasta Metrópoli, desde el mercado de la Plaza Mayor hasta los conciertos de Arte en la Calle, desde los usos de Tabacalera hasta los de Laboral. El batiburrillo es inmenso, sin límites, monstruoso, pero ha acabado por tener un denominador común de lo más pernicioso: el poderoso caballero, don dinero. Con razón, el conde planteaba que el objetivo original de cederle a una caja, ahora banco, ese fantástico enclave no era que nadie se lucrase.

Desde que llegaron las estrecheces económicas y los presupuestos empezaron a escasear, resulta que en Asturias —sin que sea explícito, ni objetivo, ni del todo bien trabado— se aplica un turbio criterio que mezcla la rentabilidad económica con el vaporoso bienestar y cultivo de los ciudadanos. Al final, resulta que o bien se organizan cosas que atraigan, renten o conciten grandes masas o bien se permite (no sin trabas de toda clase y condición) que iniciativas más pequeñas y recoletas se organicen por su cuenta.

El resultado final es una región renqueante en lo cultural (Gijón languidece en invierno; Oviedo, en verano; los demás, hacen lo que pueden) y que termina por contraprogramarse a sí misma. En estos cuatro años hemos visto espectáculos hacer giras por un área de veinte kilómetros cuadrados y conciertos (hasta siete) coincidir en una misma ciudad un mismo día a la misma hora, cuando el público objetivo de todos ellos no supera los pocos miles.

El motivo principal es ese, el dinero y los permisos y la infraestructura deseada, pero también una dejadez absoluta por parte de quien debiera velar por la cultura en la región: se ha pasado de copar la programación a dejarla en manos de quien quiera, pueda o se proponga poner en pie cualquier iniciativa, con resultados tan irregulares como contradictorios. No estaría de más que, en lugar de apresurarse a justificar gestiones y ahogar a presuntos competidores (sean ciudades, partidos o particulares), nos sentásemos y charlásemos un rato.

Ver Post >
Un país flotante
Alejandro Carantoña 05-06-2016 | 4:00 | 0

Francia empezaba a merecerse que algo le saliera bien, después del año y medio largo que lleva sufriendo. Francia va a poder disfrutar, seis años después de su elección como sede, de la Eurocopa de fútbol: un bálsamo inopinado frente a la barbarie. Pero en lugar de enviarnos efluvios positivos, en este momento Francia sigue viviendo su faceta más turbia: la de un país paranoico, psicótico, fragmentado e incluso hostil. El Gobierno anda ensimismado en demostrar que tiene francotiradores de sobra para abatir a cualquier amenaza ante su competición de fútbol (hasta hoy hemos visto más fusiles de asalto que entrenamientos) y en poner en pie su particular reforma laboral, con medio país en pie de guerra.

Además,, una pequeña anécdota de esta semana, a pocos días de que empiece la competición futbolística del resurgir, los ha devuelto a a nuestra atención. Discretamente, como quien no quiere la cosa y mientras que ellos se arrean, el museo del Louvre ha empezado a sumergirse. O a flotar. El de Orsay, también.

Al parecer, hace ya trece años que alguien reparó en lo cerca que el Louvre está del Sena, y que por tanto no estaría de más crear un plan de evacuación de las obras del museo en caso de inundación. Así lo hicieron: se creó un plan, se le pusieron siglas (PPRI: Plan de Prevención de Riesgos de Inundación), se entrenó a un montón de personal y se inició la construcción de una nueva sede en Pas-De-Calais que usar como refugio para las obras. El problema de todo esto es que estará lista para 2018. El Sena, por su lado, ha decidido crecerse este fin de semana.

El viernes, el museo estaba cerrado. El plan, de momento, consiste en trasladar los fondos en riesgo de inmersión a la primera y a la segunda plantas, y parece que no va a salir bien: la responsable de prensa del museo, Sophie Grange, declaraba inquietante a Le Monde: «Hemos hecho todo lo posible para retrasar la llegada del agua y para evacuar el mayor número de obras.» Las autoridades estiman que hoy podría producirse la inundación y que, mientras que en el de Orsay quizás lleguen a tiempo, en el caso del Louvre es prácticamente imposible.

Es la primera vez que es necesario mover las obras desde la Segunda Guerra Mundial. En el fragor de la batalla, cabría esperar que el arte tuviese muchos enemigos, que el Louvre contase con los más avanzados sistemas de seguridad. Pero no que, ante una crecida de un río que está a escasos metros, no tuviese mucho más previsto que fregonas y gente corriendo escaleras arriba.

Viene a darse una circunstancia parecida en el otro extremo del mundo, allí donde parece que se van a celebrar unos Juegos Olímpicos: Brasil se ha preparado para el advenimiento Olímpico y un pequeño mosquito amenaza con arruinarle los planes. Ni un gobierno corrupto y desacreditado, ni ninguna crisis económica. Nada, nada sino un virus mortal que ha llevado a la Organización Mundial de la Salud a decir que no pasa nada (ay…) y, por tanto, a deportistas como Pau Gasol a preguntarse si efectivamente merece la pena.

En ambos casos, parece que la naturaleza no ha hecho mucho más que su trabajo: existir. Nosotros aquí, entretenidos en amenazas terroristas y grandes petroleras, en contar escaños y preparar urnas, en centrar las eventualidades en todo lo que los otros pueden hacer… sin pensar en lo que el mundo, sin más y sin ayuda, puede provocar. Por si nos apetece seguir discutiendo.

Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del 5 de junio de 2016.

Ver Post >
Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.