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Donald Trump

We are screwed
Alejandro Carantoña 09-11-2016 | 3:03 | 0

En diciembre del año pasado, hace unas cincuenta columnas, escribí que estábamos a salvo de Trump; y que nuestros primos hermanos estadounidenses, también. Que me equivocaba lo descubrí y reconocí hace un mes, pero hasta esta madrugada no podía imaginar que me estaba equivocando tanto.

En estado de shock sigo, y en estado de shock seguiré, porque me niego a aceptar el tuiteo impenitente de los politólogos que nos han crecido esta mañana y porque no les otorgo ningún valor a los amplios «así ganó Trump las elecciones» o «por qué ganó Trump las elecciones» a toro pasado: es que esto, sencillamente, no tiene explicación. Es el silencio y la negrura más absoluta: un hortera, un mal tipo, un mentiroso, un matón, un ignorante de la peor ralea (o sea, voluntario, consciente y orgulloso) se acaba de subir a la grupa del mundo para conducirlo al abismo.

Los votantes estadounidenses son los únicos responsables del atolladero en que nos han metido, pero también son los primeros que van a sufrir las consecuencias. Por eso, no sobra algo más de silencio prudente y algo menos del insufrible paternalismo con el que los estamos tratando desde esta mañana. Ya cuando George Bush salió reelegido empezó a propagarse por España la imagen de cincuenta millones de rednecks subidos en tractores, con antorchas y capuchas del Ku-Kulx-Klan, como única explicación a lo inexplicable: que la muy informada y sabia sociedad estadounidense hubiese decidido someterse a cuatro años más de barbarie.

Nosotros deberíamos limitarnos a tomar nota: si hay algo evidente es que tras esta victoria no se esconde una decisión entusiasta, sino un «votémosle a ver qué pasa» que sí se está convirtiendo en universal y que da mucho miedo. Ese sentimiento —no es más que eso— es irracional, es peligroso y somete el rumbo de toda una civilización al primer advenedizo, cortoplacista y marchante de crecepelo al que le pongan un micrófono delante.

No hace ni una semana que Trump se pegó un espaldarazo a sí mismo aludiendo a los oscuros mecanismos del sistema, que se habían alineado para impedirle llegar a la presidencia y salvar a Estados Unidos: ya veo, ya, está clarísimo, el triunfo de la arrolladora máquina del establishment para frenar a este pobre libertario.

Pobres los que van a sufrir las consecuencias.

Pobre Estados Unidos.

No sé de quién es la culpa; no me importa. Solo espero que nos grabemos estos meses con fuego en la memoria para que, al menos, nunca nos permitamos algo similar.

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A bofetadas
Alejandro Carantoña 23-10-2016 | 4:00 | 0

Este jueves, Donald Trump contestó a la pregunta que le había lanzado Hillary Clinton en el debate presidencial de la víspera: ¿Aceptaría el candidato republicano los resultados de las próximas elecciones en Estados Unidos? Por supuesto, dijo. «Solo si gano», apostilló. Estruendo de aplausos y algarabía. Qué valiente: qué gracioso.

Hasta hace poco, los Estados Unidos y su ciudadanía habían sido modelo de formas en el debate y en la contestación, incluso en la protesta. Teníamos a la democracia «más avanzada del mundo» también por la más madura en este sentido, pero resultó que ellos se equivocaban en su percepción sobre sí mismos y nosotros, también.

Nos equivocamos con ellos, y últimamente parece que también nos equivocamos con respecto a nuestra propia madurez. Y empezaremos a encontrar ejemplos no en las calles, en las puertas de un aula magna de una Universidad o siquiera en la sede central del ex principal partido de la oposición, sino en la mismísima Real Academia Española de la Lengua.

Cualquiera que tenga ojos y oídos habrá notado que Francisco Rico, eminente cervantista y académico, atacó a Arturo Pérez-Reverte, eminente novelista y polemista y académico a su vez, por un artículo de este último sobre el resobado uso del masculino y el femenino en interminables frases. Muy políticamente correctas, pero interminables. Por alguna razón, Rico se dio por aludido, y entró al trapo en un artículo de respuesta. Ya que estábamos, Pérez-Reverte respondió aludiendo a los turbios manejos de Rico con sus quijotes. Este se limitió a decir que no iba a bajar al barro.

Y hasta aquí la comidilla, al menos en el mundo de las letras, de la última semana —con algún pescozón a Dolores Redondo intercalado por haber tenido la desfachatez de que le diesen el Premio Planeta—. ¡Y no hace ni una semana que creíamos finiquitada la guerra con la memoria de Bolaño, con la identidad de Elena Ferrante, con Adelaida García Morales!

Pero no había terminado la contienda, no, precisamente porque se ha establecido la costumbre de hacer del peloteo aburrido el combate del siglo y de la astracanada, espectáculo: por «peloteo aburrido» léase la discusión, más filológica que faltona, de los dos académicos (elevada sin embargo a duelo al amanecer); y, por «astracanada», las mismas palabras de Trump, del que no hay que perder de vista que será anécdota antes de Navidad.

En mitad de este clima, que algunos consideran sano pero que a quien más memoria tiene le suena a tiempos (bastante) más oscuros, prolifera con demasiada alegría el grito y el insulto y la descalificación y la insinuación atrevida y la provocación torticera, rallano todo en la división irreconciliable antes que en la protesta fructífera y sana, en el intercambio genuinamente pacífico de pareceres.

Se ha instalado, por algún motivo muy difícil de entender, la idea de que la razón es el nuevo grial, y que con ella por delante se pueden obviar todos los filtros de convivencia que con tanto esfuerzo nos habíamos impuesto. El resultado son pequeños picos de tensión que no hacen sino contribuir al ruido, a enrocarse en una posición y a buscar el aplauso de quien piensa como nosotros, antes que el contraste de ideas con el de enfrente. La serenidad ha muerto; la templanza está de vacaciones; y Bob Dylan, quizás el más listo de todos, sigue sin ponerse al teléfono.

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Vamos a contar mentiras
Alejandro Carantoña 25-09-2016 | 4:00 | 0

El pasado lunes, Peter Beinart certificó en The Atlantic la muerte del periodismo declarativo en Estados Unidos: el prestigioso New York Times ha abierto, por primera vez, su cobertura sobre Donald Trump con un artículo de análisis en lugar de con una pieza informativa. El titular del Times era demoledor: «Trump abandona su mentira, pero no se disculpa», contaba en referencia a la afirmación del candidato republicano a la no ciudadanía estadounidense de Barack Obama. El uso del término «mentira» va muchos pasos más allá, señala Beinart, de la tradicional cautela del periódico entre periódicos. Y lo aplaudía: jugando en el terreno de Trump, que exige el despido de informadores sistemáticamente, había que pasar a la acción y abandonar las medianías.

Al cabo de pocas horas, eran varios los periodistas españoles que compartían la pieza de Beinart celebrando, al tiempo, que la biblia de la información escrita hubiese dado barra libre al «análisis». De ahí, se rueda plácidamente hasta la opinión y, con tan solo un pequeño salto más, se abre la veda de orillar la ecuanimidad en pos de una «línea editorial definida», como se presentan cada vez más medios españoles.

En este mismo sentido, el New Yorker publicó el pasado lunes una extensa pieza firmada por Jill Lepore sobre la salud de los debates presidenciales en aquel país, ante el primer cara a cara entre Clinton y Trump que tendrá lugar mañana. El artículo contiene algunos datos que probablemente puedan replicarse aquí: «Uno de cada tres estadounidenses evita hablar de política si no es en privado; menos de uno de cada cuatro conversa con alguien de quien difiere políticamente; menos de uno de cada cinco ha participado en una reunión de solución de conflictos, siquiera en línea, con personas con puntos de vista diferentes. ¿Qué clase de democracia es esa?»

En España, que somos muy dados a entender lo que nos apetece, un gran sector de la opinión pública y de los medios de comunicación ha preferido quedarse con la parte de que la opinión es libre que con la preocupación, sincera y creciente, de que el ruido está suplantando a las buenas maneras. En el mismo artículo, Lepore advierte cómo las redes sociales se parecen cada vez menos a la vida real y cómo la vida real se parece cada vez más a las redes sociales, haciendo crecer hasta el espanto a un personaje como Trump, perfecto rey de la barrabasada.

Un ligero retorcimiento adicional nos ha conducido, a nosotros, a la situación de bloqueo político en la que nos encontramos. Y este varamiento de las cosas incluye, por supuesto y ante todo, el atasco de los discursos, que van creciendo en intensidad y ruido y tapan los problemas esenciales. Nadie da su brazo a torcer; en cambio, anega de culpa y escándalos al adversario en la medida de lo posible. Tanto ha sido así últimamente que no pocos analistas se han mostrado sorprendidos por lo limpio (léase aburrido) de las campañas gallega y vasca, casi como si perdiesen el gracejo por la ausencia de peleas, demandas o insultos velados.

En cambio, una buena dosis de aforamientos a la valenciana y de procesos andaluces sirven de recambio, aderezados con una pizca de cursos universitarios y radios podemitas. Con eso, podemos tirar una semana más, con la esperanza de que llegue mañana y, cerradas las urnas autonómicas, podamos volver a pegarnos gritos a gusto en el ruedo nacional. Si todo sigue así, tenemos bronca disfrazada de cordial intercambio de impresiones al menos hasta Navidad. Barra libre para contar mentiras.

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A salvo de Trump
Alejandro Carantoña 14-12-2015 | 9:29 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

A veces es importante no olvidar que el mundo no se ha acabado. Hace exactamente cuatro años, la prima de riesgo española comenzaba su escalada hasta aquellas cotas dignas de rescate que hoy parecen un chiste que nadie quiere recordar. El apocalipsis se cernía sobre nuestras cabezas, y el IVA a la Cultura ni siquiera había sobrepasado aquel 10% en el que entonces dormitaba tan afable y tranquilo. Hoy, pincha y muerde en el 21% y aquí seguimos, más mal que bien.

El argumento conocido como «de la pendiente resbaladiza» implica tomar una afirmación o situación y proyectar sus consecuencias hasta el infinito, como si de Donald Trump, el magnate estadounidense metido a candidato a la presidencia de Estados Unidos, se tratase. Trump ha encerado la pendiente él solo: por lo pronto, le va a prender fuego al Corán y va a bombardear cualquier cosa a más de veinte metros de Estados Unidos que se le antoje. En el país hermano, igual que nosotros cuando Rajoy intentaba tranquilizarnos en su momento, se están empezando a poner nerviosos al respecto.

En Francia asistimos a un ataque de pánico similar, también en torno a 2011, cuando el fascista Jean-Marie Le Pen decidió no morirse y, en su lugar, encasquetarle al pueblo francés a su hija para que mantuviese la llama del odio candente. Y al final, ni la Península se ha hundido ni Francia ha dejado de ser lo que era —para bien y para mal, y ahora más que nunca—; sino todo lo contrario.

Con Trump, «esa pelurcia», que dice un buen amigo, ocurre tres cuartas de lo mismo: que ni va a ser presidente de los Estados Unidos de América ni va a conseguir nada que pueda afectarnos a nosotros, occidentales, más que en subidas y bajadas de céntimos al echarle gasolina al coche. Es decir, que no va a pasar nada.

Lo mismo ocurre si hablamos de nuestras elecciones del fin de semana que viene, que entroncan con los últimos cuatro (movidos) años que hemos vivido los culturetas españoles. Cuando nació la posibilidad de una hecatombe cósmica en forma de maldición bíblica (o presupuestaria, incluso), todos parecían afirmar que era algo inevitable y que iba a suceder; pero ahora, a las puertas de unos comicios reñidos y más multitudinarios que una fiesta de prao, parecen empezar a desearlo simplemente para haber acertado en sus pronósticos. Es decir, no ha pasado nada.

Algo ocurrió en los años 90, y en los 2000, en los Balcanes, en Oriente Próximo y en Europa del Este para que efectivamente se produjese una explosión. Algo, efectivamente, cultural. Algo que se supone que nos iba a ocurrir a nosotros ahora. Y que no. Aquí, parapetados tras una frontera invisible —y cultural, otra vez—, no es tan probable que nos arrase una ola de aquella magnitud o de la que hoy padece Siria, pero hemos llegado al punto de vivir en perpetua alerta, llámese la supuesta amenaza como se llame. Que el New Yorker tema a Trump hasta el extremo de hacer una campaña contra él solo significa que alguien cree posible que semejante mentecato corone su trayectoria empresarial con la presidencia de los Estados Unidos, cuando estados —que no culturas— tan dispares como Venezuela, Colombia, Uruguay o Cuba han sabido reconducirse y adaptarse a este mapa que baila sin parar.

En la madurez de las culturas (y de eso sabemos un rato los españoles: no digamos ya los asturianos) está la clave del cambio tranquilo. Curiosamente, la clave está en esa Cultura de la que nadie habla en campaña: Trump, desde luego, no lo hace. ¿Por qué será?

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.