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Educación

Letra y sangre
Alejandro Carantoña 12-02-2017 | 4:00 | 0

Qué risa y qué jolgorio cuando, hace dos semanas, se publicó que el 60% de aspirantes a bombero de Burgos habían sido eliminados por la cantidad de faltas de ortografía cometidas en un examen: «Menudos zoquetes». Al cabo de unos días, se filtró la prueba y se borraron las sonrisas. Consta de cien palabras. Se pregunta si son correctas o incorrectas (es decir, no es un examen de ortografía, sino de vocabulario) y está diseñado para ser suspendido. Así de sencillo: «Apartheid» aparece como incorrecta porque no está escrita en cursiva; y junto a errores muy obvios, se deslizan otros aparentes pero que no son tales, como «adsorber» (que, por cierto, el propio corrector del ordenador me subraya en rojo).

Podríamos sumirnos en un interminable debate sobre si los bomberos burgaleses deben saber lo que es un bastetano o si existe «bribión» para realizar su tarea pero, en cambio, se antoja más procedente acordarse de los dos catedráticos que se han liado a puñetazos en los pasillos de la Universidad Rey Juan Carlos esta semana. La tensión está a flor de piel tras los casos de plagio que se le descubrieron a su rector, y la universidad está a punto de resolver quién se ocupará de dirigirla. Por debajo de la marejada fluyen viejas rencillas, conflictos académicos, encontronazos ideológicos y complejos de toda clase que, en último término, se resuelven con cuatro caballerosos tortazos o se enquistan y arrollan al sufrido alumnado. Este, poco a poco, se va impregnando de las formas y procederes de la academia: En la Universidad de Oviedo se produce algún tipo de roce cada dos años como máximo. El último, de esta misma semana, relacionado con el calendario de exámenes.

En este ensimismamiento, a veces, la academia adopta caras y hace cosas que a cualquier persona corriente le sonarían extraterrestres: los abnegados estudiantes del MIR que han pasado meses —si no años— preparando un examen que casi con total seguridad van a suspender o no les va a servir para sus propósitos; los de cualquier rama de humanidades, adheridos a la fuerza a una escuela o corriente o autoría porque en su Facultad manda quien manda; la disciplina de la investigación, consagrada a producir volquetes de texto, artículos inflados y, a veces, solo a veces, abultados plagios.

Después, cuando la academia tiene que extender sus tentáculos hacia afuera o hacia abajo y arrastra semejantes vicios, suceden cosas como las de Burgos y sus bomberos. De las que evidencian que, en los peores casos, ya no importa conocer y cultivar, sino superar la más complicada de las posibles pruebas. Mandar, imponer, arrollar, presumir, bañarse entre multitudes dispuestas a paladear la sapiencia de uno (y a aplaudirla sin más crítica o cuestión).

Toda esa inoperancia que a veces germina aquí y allá, y que por fortuna no es generalizada, se limitaría a estorbar el desarrollo de unos cuantos estudiantes desafortunados de no ser porque la academia se infiltra, afecta a toda la sociedad. Y resulta, en ese contexto, que cuando todo lo peor de las rencillas académicas y toda la verticalidad de una doctrina ferviente se vuelcan en la política, la toman al asalto, el ambiente se enrarece y el debate público se corrompe. Es, exactamente, lo que un puñado de líderes con cinco millones de votos a sus espaldas están ofreciendo este fin de semana en Vistalegre. Una exhibición, no se confundan los términos, no de disensión y de planteamientos intelectuales diferentes, sino una enconada lucha de poder por llevar la razón. Por la letra, por la sangre y por orgullo.

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Aprenda quien pueda
Alejandro Carantoña 31-08-2015 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Aquel viernes de diciembre de 2013, Aarón Zapico, profesor en el conservatorio de Oviedo, tenía permanencia —una jornada laboral sin clases—. Tenía que salir antes de tiempo, un par de horas antes del trabajo, en el último día antes de las vacaciones de Navidad. Se dirigió a la administración para pedir un permiso. Se lo denegaron: si salía antes, debía renunciar a su plaza como profesor de clave. ¿El motivo de los novillos? Cruzar la plaza de la Corrada del Obispo, doblar la esquina a la derecha y entrar en la catedral: Tenía que dirigir a la Orquesta Sinfónica del Principado en el Mesías de Haendel en la catedral.

Este año, Aarón —el mayor de los tres hermanos que integran el núcleo de Forma Antiqva— ni siquiera ha solicitado una plaza a la que sabe que tendrá que renunciar dentro de un mes, o de dos, en cuanto tenga que dar un concierto que interfiera con su labor docente. Y como él, tantos otros: en Asturias, quienes interpretan y enseñan tienen que hacer malabarismos, a menudo meterse en un insondable pozo administrativo y, casi siempre, acabar renunciando a la docencia reglada.

Esta misma semana, él no ha sido el único atropellado por la desidia política en la enseñanza de artes —musicales, en este caso— en el Principado: al filo de los plazos, la Consejería publicaba los destinos de los profesores interinos para este curso, recibiendo diecisiete de ellos, por error, plaza en el conservatorio de Oviedo cuando deberían cubrirse en el de Gijón. Un error lo tiene cualquiera, pero en lugar de arreglarlo con la máxima presteza, lo que ha seguido es un sainete de tintes informático-administrativos y el consiguiente anuncio, por parte de la Consejería, de que no se subsanará hasta mediados de septiembre, en segunda convocatoria. Esto significa que los diecisiete profesores no podrán realizar los exámenes de septiembre. O que el alumnado tendrá diecisiete profesores menos.

Por mucho que este proceso se ajuste punto por punto a la legalidad, el resultado es un desconcierto generalizado entre quienes quieren aprender música; unos mecanismos oxidados, y de dimensiones soviéticas, que escamotean cualquier control de calidad; y, sobre todo, una carrera de obstáculos para quien quiera y pueda enseñar: porque las plazas publicadas in extremis, a diez minutos de empezar el curso, pueden conllevar mudanzas y traslados de ciudad de la noche a la mañana.

En España, la enseñanza musical de todos los niveles es como un preadolescente entusiasta atrapado en el cuerpo de un anciano achacoso, de uno que se mueve con dificultad y que no cuenta con ayuda: no puede ser que se castigue la trayectoria profesional, o la experiencia, o la voluntad, o la juventud, o el entusiasmo, cuando son el mayor de los tesoros para un alumno que empieza: ¿Qué mayor acicate hay, para el que duda de sus capacidades, para el que no quiere practicar, que saber que algún día podrá tocar en salas de conciertos o en orquestas o en televisión? ¿Qué mejor ánimo y ejemplo que el que sale del aula, del propio conservatorio?

Lo más sangrante de todas estas situaciones es que han resultado en toda una generación —y vamos camino de la segunda, o quizás de la tercera— de músicos frustrados, si no mediocres, salvo un puñado de obstinados o afortunados que acaban por sobrevivir a un sistema tan injusto como aparatoso. Y lo más sangrante es que ellos, los que llegan a la otra orilla en una milagrosa alineación de apoyos voluntariosos, figuran en lo más alto de la lista de hitos de una política cultural, y educativa, que ya lleva demasiado sin hacer nada por ellos.

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PAUpérrimos
Alejandro Carantoña 08-06-2015 | 9:00 | 0

Sería estupendo que al ir a pasar la ITV o a renovar la cartilla del banco nos pusieran sobre la mesa alguno de los exámenes de PAU, para elegir. Que nos obligasen a superar una de las pruebas a las que esta semana ha tenido que enfrentarse el alumnaje —como llamaba un profesor a los estudiantes— para darnos una hipoteca u obtener la licencia de caza: España se habría quedado sin propietarios y los cotos estarían a rebosar de jabalíes y liebres.

Elegiría el de Lengua castellana y Literatura, o quizás el de Literatura universal. Este año ha caído, en el primero, un texto de Belén Altuna titulado La lengua unisex, acompañado de preguntas. De este llama la atención, primero, lo específico de las cuestiones, que invitan al estudio intensivo la noche anterior más que a zambullirse en la pasión de la lectura y a empaparse de la lengua hasta el tuétano: se pide un desarrollo en unas pocas líneas sobre temas tan refrescantes como la diglosia o el patrimonio lingüístico de España y su reconocimiento constitucional.

Las pruebas de lectura son La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, y El mercado y la globalización, de José Luis Sampedro. Y para asegurarse de que los sufridos alumnos han aprehendido la lectura en toda su inmensidad —y que no volverán a tocar un libro ni con un palo, se entiende—, se pregunta: «¿En qué época del año transcurre la acción que se escenifica en La casa de Bernarda Alba?» y «Señale por qué no siempre se cumplen las condiciones para un mercado perfecto y qué consecuencias se derivan de ello para el consumidor». ¡Olé!

Con todo, lo más sangrante es que en el texto —amén de que no se emplean las comillas bajas («») que son obligatorias en español— hay un error, uno de esos que penalizan y mucho en la corrección de las pruebas: «Que haya cada vez más gente consciente de los usos y abusos sexistas, también en el lenguaje, que esté alerta ante ellos y que los evite o los denuncie, es una buena noticia.» Esa, última, coma, separa, sujeto, y, predicado. Aparte de ser una construcción extrañísima, es incorrecta. Y por si quedaban dudas, ¡es precisamente la elegida para que los alumnos reformulen su contenido! Pobres: ¿Cómo se reformula lo incomprensible?

El panorama no mejora en los dos exámenes de Literatura Universal —léase anglosajona: William Shakespeare y Henry James son los protagonistas de este año—. Los dos textos son obviamente traducciones, aunque no se indique en ninguna parte quiénes han sido los responsables de bailar un chotis sobre la tumba de ambos autores. Porque los dos tienen delito: el primero, el de Romeo y Julieta, porque a quienquiera que lo copiase le da tiempo, en solo catorce líneas (¡catorce!), a meter una exclamación que se abre y que nunca se cierra, cuando medio folio más abajo se está exigiendo al estudiante pulcritud, precisión y corrección so pena de perder unas décimas de punto que pueden marcar toda su vida académica y profesional futura. En el de James está todo aparentemente en orden, aunque, quizás por equilibrarse con el texto de Altuna, parece haberse espolvoreado por la página otro generoso saco de comas. Entienda y resuma (si puede): «Mi vela, con un chisporroteo, se apagó y, por la ventana, vi que la luz del amanecer la hacía innecesaria».

«2 puntos: Exponga brevemente cómo reacciona usted cuando la obra lo sitúa ante acontecimientos de esa naturaleza.» Pues me abrazo a un libro y lloro amargamente. ¡Pobres estudiantes!

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 7 de junio de 2015.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.