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Estar o no estar
Alejandro Carantoña 05-03-2017 | 4:13 | 0

El Ayuntamiento de Oviedo decidió esta semana, a las pocas horas de que fuese elegido un gerente para su Fundación Municipal de Cultura, que la ciudad «no está» para sueldos de 70.000 euros como el que iba a percibir: por eso se va a ocupar de eliminar la plaza.
Últimamente, se oye mucho en boca de nuestros líderes culturales esa frase: los mismos responsables ovetenses decían hace unos meses que la ciudad «no está» para Premios Líricos (de ahí su eliminación); del cierre de Laboral se desprende que «no está» para permanecer abierto, etcétera.

El «no está para…» conlleva un reverso curioso, que remite a la década dorada de culturas y ladrillazos: si ahora que las estrecheces aprietan «no estamos» para determinadas cosas, ¿significará que cuando la presión fiscal estatal se reduzca a la mitad, los ingresos públicos de multipliquen por siete y el paro sea del 1% abriremos, en proporción, treinta y cinco museos, doce teatros, siete cines y ocho centros de arte?

Esa lógica –la de unir dineros a culturas– es, evidentemente, peligrosa en sí misma. Lo es más en la medida en que abre la puerta a hacer cultura siempre y cuando salga barata o a lo peor rentable, como si este fuera un mérito: así es como paulatinamente se han ido infiltrando patrocinadores privados que han convertido centros de arte en anuncios enormes, cómo la cultura ha ido quedando a merced de los márgenes de beneficio que alimentaban fundaciones, cómo se ha ido asalvajando el mercado del arte. No hay nada de malo en buscar y encontrar apoyos, pero siempre hay que ponerles coto para asegurarse de que la propuesta artística, la que sea, mantiene intacta su independencia y su frescura. Para eso están los gobiernos.

Asturias, con todo, «sí está» para donaciones. Esta semana el Museo de Bellas Artes recibió una importantísima donación del empresario Plácido Arango, digna de celebrar. Bienvenidas sean siempre, para convivir con los fondos que nuestro museo va acumulando: tan bienvenidas fueron, de hecho, que el consejero de Educación y Cultura, Genaro Alonso, quiso participar del acto con el director del Museo, Alfonso Palacio, y el propio Arango.

Esta disposición y sonrisa contrastan con el hieratismo de las «malas rachas», léanse aquellas circunstancias que complican la gestión cultural en estos tiempos. En lugar de limitarnos a dar las gracias a Arango, no habría mejor pago que tener un gran discurso que contarle sobre las iniciativas que se promueven, sobre los artistas a los que se apoya, sobre todas las cosas buenas que están por venir. Pero para eso, por desgracia, no estamos.

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A bofetadas
Alejandro Carantoña 23-10-2016 | 4:00 | 0

Este jueves, Donald Trump contestó a la pregunta que le había lanzado Hillary Clinton en el debate presidencial de la víspera: ¿Aceptaría el candidato republicano los resultados de las próximas elecciones en Estados Unidos? Por supuesto, dijo. «Solo si gano», apostilló. Estruendo de aplausos y algarabía. Qué valiente: qué gracioso.

Hasta hace poco, los Estados Unidos y su ciudadanía habían sido modelo de formas en el debate y en la contestación, incluso en la protesta. Teníamos a la democracia «más avanzada del mundo» también por la más madura en este sentido, pero resultó que ellos se equivocaban en su percepción sobre sí mismos y nosotros, también.

Nos equivocamos con ellos, y últimamente parece que también nos equivocamos con respecto a nuestra propia madurez. Y empezaremos a encontrar ejemplos no en las calles, en las puertas de un aula magna de una Universidad o siquiera en la sede central del ex principal partido de la oposición, sino en la mismísima Real Academia Española de la Lengua.

Cualquiera que tenga ojos y oídos habrá notado que Francisco Rico, eminente cervantista y académico, atacó a Arturo Pérez-Reverte, eminente novelista y polemista y académico a su vez, por un artículo de este último sobre el resobado uso del masculino y el femenino en interminables frases. Muy políticamente correctas, pero interminables. Por alguna razón, Rico se dio por aludido, y entró al trapo en un artículo de respuesta. Ya que estábamos, Pérez-Reverte respondió aludiendo a los turbios manejos de Rico con sus quijotes. Este se limitió a decir que no iba a bajar al barro.

Y hasta aquí la comidilla, al menos en el mundo de las letras, de la última semana —con algún pescozón a Dolores Redondo intercalado por haber tenido la desfachatez de que le diesen el Premio Planeta—. ¡Y no hace ni una semana que creíamos finiquitada la guerra con la memoria de Bolaño, con la identidad de Elena Ferrante, con Adelaida García Morales!

Pero no había terminado la contienda, no, precisamente porque se ha establecido la costumbre de hacer del peloteo aburrido el combate del siglo y de la astracanada, espectáculo: por «peloteo aburrido» léase la discusión, más filológica que faltona, de los dos académicos (elevada sin embargo a duelo al amanecer); y, por «astracanada», las mismas palabras de Trump, del que no hay que perder de vista que será anécdota antes de Navidad.

En mitad de este clima, que algunos consideran sano pero que a quien más memoria tiene le suena a tiempos (bastante) más oscuros, prolifera con demasiada alegría el grito y el insulto y la descalificación y la insinuación atrevida y la provocación torticera, rallano todo en la división irreconciliable antes que en la protesta fructífera y sana, en el intercambio genuinamente pacífico de pareceres.

Se ha instalado, por algún motivo muy difícil de entender, la idea de que la razón es el nuevo grial, y que con ella por delante se pueden obviar todos los filtros de convivencia que con tanto esfuerzo nos habíamos impuesto. El resultado son pequeños picos de tensión que no hacen sino contribuir al ruido, a enrocarse en una posición y a buscar el aplauso de quien piensa como nosotros, antes que el contraste de ideas con el de enfrente. La serenidad ha muerto; la templanza está de vacaciones; y Bob Dylan, quizás el más listo de todos, sigue sin ponerse al teléfono.

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Hablar literatura
Alejandro Carantoña 16-10-2016 | 4:00 | 0

Quizás en una semana como esta procedería llevarse las manos a la cabeza por el Nobel de Literatura para Bob Dylan, pero no merece la pena. Primero, porque ya está entregado. Y segundo, porque ya se ha dicho bastante más de lo que había que decir al respecto.

Sin embargo, conviene reparar en que las violentas reacciones que han seguido al fallo han venido a unirse a un coro, uniforme y cacofónico, de griteríos literarios que han marcado este principio de curso editorial. Poco se ha dicho y reseñado sobre algunos títulos estupendos, pero sí han corrido ríos de tinta con los, incluyendo el caso Dylan, cuatro culebrones librescos del último mes.

Empecemos: Alfaguara ha empezado a publicar, tras una sonada pugna de derechos, la obra completa de Roberto Bolaño, de la que se había ocupado la editorial Anagrama desde que su editor, Jorge Herralde, descubriese a Bolaño. A raíz de este acontecimiento, que al lector medio no le interesa en exceso, Ignacio Echevarría, amigo y colaborador de Bolaño, escribió un durísimo artículo en un suplemento cultural contra la viuda del autor chileno. A partir de ahí, las ascuas de una disputa que dura ya tres lustros se reavivaron, para solaz de no pocos blogueros, columnistas y colegas de profesión.

Seguimos: Ya en octubre, un periodista de investigación logró desbrozar una pila de cuentas económicas, descubrió algunos movimientos inmobiliarios y, al fin, consiguió desvelar la identidad de Elena Ferrante. Ferrante, una autora de éxito internacional, no era más que un pseudónimo hasta entonces, y un gran misterio. Con todo, en sus contadas comparecencias y declaraciones públicas había justificado su decisión escudándose en la importancia que quería dar a la obra y no a su rostro, a su nombre real. Efectivamente, como modo de protesta contra la crítica actual, a la que acusa de estar más condicionada por el nombre del autor impreso en la portada que por el contenido de las obras. Una semana más, columna hecha.

Por fin, en tercer y penúltimo lugar, prácticamente el mismo día en que estallaba el caso Ferrante, encontramos la consabida novela de Elvira Navarro sobre Adelaida García Morales. La novela, que es tal y que, se advierte por doquier, es pura ficción, lleva a la fallecida García Morales hasta en el título, lo cual provocó la furia de su ex pareja superviviente, Víctor Erice. Este escribió un texto en el que se fajaba con el libro, con Navarro y de refilón con buena parte de los medios de comunicación españoles.

Parecía que ya podíamos pasar a hablar de otros asuntos con calma cuando se destapó que quizás no haya premio Cervantes el próximo año por la torpeza administrativa y la inquina política de dos ministerios y, antes de poder volver a tomar resuello, resulta que la Academia decide concederle el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan.

Solo falta que el por lo demás prudente Ildefonso Falcones, que está promocionando su último éxito de ventas en potencia, se descuelgue con alguna frase sobre Rajoy o sobre Cataluña, o que a Donald Trump le dé por publicar unas memorias, para que nos plantemos cómodamente en Navidad hablando de literatura sin necesidad de haber abierto un solo libro: con el gusto y las alegrías que nos iban dejando en las librerías, qué ganas de enzarzarse en más debates sin fondo, en más cuchicheos sin demasiado recorrido. Algo pasa en las letras cuando, al paso al que vamos, se habla más que se escucha; se escribe (bastante) más que se lee.

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Cervantes en la ruina
Alejandro Carantoña 09-10-2016 | 4:00 | 0

Tiene gracia que, justo en el cuarto centenario de Miguel de Cervantes, sea probable que no se falle el premio que lleva su nombre. Sería la primera vez en sus cuarenta años de historia que ocurre. Ni ese, ni el resto de Premios Nacionales: según el Ministerio de Hacienda, porque al de Cultura se le ha olvidado solicitar los fondos; según el de Cultura, porque esto nunca ha hecho falta y hay mala fe por parte de Montoro y sus secuaces.

En realidad, poco importa: nadie se va a enterar. Esta semana, también se ha publicado el último barómetro del CIS, que revelaba que a un 42% de españoles no le gusta leer. El 36 % no lo hace nunca o casi nunca. Así que ¿qué más dará que no se entreguen los premios a la Cultura más prestigiosos del país si nadie los va a consumir?

Ocurre con estas pequeñas rencillas —que han ido creciendo en intensidad a medida que crecía la incertidumbre en el seno del Gobierno en (eternas) funciones— que despojan a la Administración, al Estado y al Gobierno de cualquier clase de autoridad, ya mermada de por sí, en la cosa lectora y cultural. Es absolutamente imposible que se promueva el consumo de lo uno y de lo otro, que está por los suelos, si no es posible ofrecer una imagen monolítica, firme y autorizada sobre la relevancia que tienen los museos, teatros y librerías en nuestro día a día. Esa imagen nunca va a terminar de cuajar cuando el premio más importante de las letras españolas anda pendiente de un quítame allá ese burofax.

Por completar el panorama, a mediados de la última semana de septiembre nos llegaba otro titular no menos interesante: la mitad de los actores profesionales de España cobra menos de 3.000 euros al año por su trabajo; y solo un 8,17% vive de él —entendiendo por «vivir de él» cobrar 12.000 o más euros al año—. Estos, que tampoco son forzosamente la «gauche divine» que se deja ver por los sitios de moda de Madrid y Barcelona, viven sumidos en un vacío de atención tremendo, que es directamente proporcional a la que el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y el de Hacienda le dispensan a sus respectivos gremios y el asco que la Seguridad Social —de esto hace bien poco— les profesa a artistas jubilados o en vías de hacerlo.

Posiblemente no valga la pena siquiera preguntarse quién tiene la culpa. Cómo es posible que no uno, sino dos ministerios, con sus sedes, sus secretarías, sus boes y sus alarmas en el móvil hayan podido incurrir en semejante error. No pocos querrán achacar todo lo anterior a un Gobierno concreto o a un partido en particular, pero lo peor de todo es que la respuesta ni siquiera reside ahí: lo peor de todo es que, de momento, solo caben dos opciones posibles cuando hablamos de gestión y fomento de la cultura. Primera: recorte y orillamiento, porque no es algo ni importante, ni estratégico, ni crucial, aunque sí bastante decorativo. Segunda: ministerios solo para cultura, con profusión de altos cargos para llevar con mano firme el timón de las artes y alimentar el espíritu de toda una nación.

Ni la una ni la otra, que se acaban ensimismando ora en pequeñeces administrativas, ora en elevados debates sobre el devenir de la narrativa mundial, poseen la respuesta. Todo debería ser más tranquilo, más sencillo y por supuesto, más natural: que siquiera se siembre la duda sobre la posibilidad de que no haya Cervantes ya supone un daño irreparable.

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Todo nos parece bien
Alejandro Carantoña 18-09-2016 | 4:00 | 0

Hace tan solo unos días, cuatro osados abrieron un nuevo teatro en Madrid. No se llama como una marca de helados, ni de seguros, ni de teléfonos móviles: se llama Kamikaze. Detrás tienen el sustento de sus respectivos públicos (Miguel del Arco, uno de los fundadores, es un influyente director de teatro y, desde junio, de zarzuela: se presentó con concurrencia inusitada en Oviedo su ¡Cómo está Madriz!). Su motivación, cuentan, es más cultural que comercial. O, al menos, equilibrada.

La alegría con que esta iniciativa ha sido recibida por la prensa especializada contrasta, y bastante, con otras aventuras de corte joseluismorenesco: esto es, teatro privado sin más, tratado con la condescendencia que se le confiere al entretenimiento. La diferencia entre lo uno y lo otro, entonces, parece estribar en las intenciones: el Teatro Pavón Kamikaze ha sido planteado casi como un acto de resistencia, como un «teatro privado con vocación de teatro público», como lo definía el actor Israel Elejalde.

Este tipo de iniciativas, fuera de la esfera de lo público y de la tan cacareada subvención, han proliferado como setas en estos años de crisis y en Madrid sobre todo, desde el boom de las salas de microteatro hace poco más de un lustro. Últimamente, con el paulatino retorno de las grandes salas (ha reabierto el Teatro de la Comedia, a pocos metros del Español), han cerrado muchas de ellas.

Algunas lo han hecho entre protestas y lamentos por las trabas burocráticas al proyecto; otras, como La casa de la portera, lo han hecho en un silencio mucho más discreto: han reconocido que el modelo no era sostenible por más tiempo. Sin embargo —y esto también ha ocurrido con innumerables periódicos digitales, editoriales y salas de cine— un sector del público se ha llevado las manos a la cabeza por el rodillo que nos está dejando sin cultura, en lugar de apoyar, con dinero contante y sonante y una asistencia continuada, estos pequeños actos de rebelión.

Es como si todo nos pareciese bien, pero no estuviésemos dispuestos a mancharnos las manos, a meter el brazo hasta el codo en el esfuerzo que supone desplazarse hasta el teatro con este frío incipiente o rellenar las estanterías de lujosos y atrevidos libros. En el caso de este nuevo teatro, sus responsables cuentan que necesitan una asistencia media del 65% como mínimo, lo cual no es un exceso pero, desde luego, sí es un reto.

El aplauso, en cualquier caso, es unánime: ese público cómodo estampa su sello de aprobación en la oferta creciente; las administraciones o partidos políticos apuntan a todas las iniciativas como señal del irrefrenable vigor creativo que prospera en España a pesar de todo. Y, así, todo nos parece bien, pero los datos, cierres y estados de excepción evidentes apuntan en sentido opuesto: muestran un panorama de fragilidad en el mejor de los casos, y de precariedad manifiesta en el peor (que es la mayoría).

Estos nuevos atrevimientos merecen el aplauso al valor (a las intenciones), pero también un escrutinio serio y riguroso por parte de público, especialistas y profesionales. Esa es la única manera de saltar por encima de la odiosa frase «para ser española, no está tan mal» y de que teatros y kamikazes sirvan no solo para rellenar las aburridas tardes de fin de semana, sino para impulsar un modelo de creación y consumo nuevo, rompedor, estable, sólido, resistente a la adversidad y a prueba de manoseos políticos. Todo nos parece bien: que haya más, pero sobre todo, que lo haya mejor.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.