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Francia

Un país flotante
Alejandro Carantoña 05-06-2016 | 4:00 | 0

Francia empezaba a merecerse que algo le saliera bien, después del año y medio largo que lleva sufriendo. Francia va a poder disfrutar, seis años después de su elección como sede, de la Eurocopa de fútbol: un bálsamo inopinado frente a la barbarie. Pero en lugar de enviarnos efluvios positivos, en este momento Francia sigue viviendo su faceta más turbia: la de un país paranoico, psicótico, fragmentado e incluso hostil. El Gobierno anda ensimismado en demostrar que tiene francotiradores de sobra para abatir a cualquier amenaza ante su competición de fútbol (hasta hoy hemos visto más fusiles de asalto que entrenamientos) y en poner en pie su particular reforma laboral, con medio país en pie de guerra.

Además,, una pequeña anécdota de esta semana, a pocos días de que empiece la competición futbolística del resurgir, los ha devuelto a a nuestra atención. Discretamente, como quien no quiere la cosa y mientras que ellos se arrean, el museo del Louvre ha empezado a sumergirse. O a flotar. El de Orsay, también.

Al parecer, hace ya trece años que alguien reparó en lo cerca que el Louvre está del Sena, y que por tanto no estaría de más crear un plan de evacuación de las obras del museo en caso de inundación. Así lo hicieron: se creó un plan, se le pusieron siglas (PPRI: Plan de Prevención de Riesgos de Inundación), se entrenó a un montón de personal y se inició la construcción de una nueva sede en Pas-De-Calais que usar como refugio para las obras. El problema de todo esto es que estará lista para 2018. El Sena, por su lado, ha decidido crecerse este fin de semana.

El viernes, el museo estaba cerrado. El plan, de momento, consiste en trasladar los fondos en riesgo de inmersión a la primera y a la segunda plantas, y parece que no va a salir bien: la responsable de prensa del museo, Sophie Grange, declaraba inquietante a Le Monde: «Hemos hecho todo lo posible para retrasar la llegada del agua y para evacuar el mayor número de obras.» Las autoridades estiman que hoy podría producirse la inundación y que, mientras que en el de Orsay quizás lleguen a tiempo, en el caso del Louvre es prácticamente imposible.

Es la primera vez que es necesario mover las obras desde la Segunda Guerra Mundial. En el fragor de la batalla, cabría esperar que el arte tuviese muchos enemigos, que el Louvre contase con los más avanzados sistemas de seguridad. Pero no que, ante una crecida de un río que está a escasos metros, no tuviese mucho más previsto que fregonas y gente corriendo escaleras arriba.

Viene a darse una circunstancia parecida en el otro extremo del mundo, allí donde parece que se van a celebrar unos Juegos Olímpicos: Brasil se ha preparado para el advenimiento Olímpico y un pequeño mosquito amenaza con arruinarle los planes. Ni un gobierno corrupto y desacreditado, ni ninguna crisis económica. Nada, nada sino un virus mortal que ha llevado a la Organización Mundial de la Salud a decir que no pasa nada (ay…) y, por tanto, a deportistas como Pau Gasol a preguntarse si efectivamente merece la pena.

En ambos casos, parece que la naturaleza no ha hecho mucho más que su trabajo: existir. Nosotros aquí, entretenidos en amenazas terroristas y grandes petroleras, en contar escaños y preparar urnas, en centrar las eventualidades en todo lo que los otros pueden hacer… sin pensar en lo que el mundo, sin más y sin ayuda, puede provocar. Por si nos apetece seguir discutiendo.

Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del 5 de junio de 2016.

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El vecino francés
Alejandro Carantoña 04-01-2016 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

A medida que ocurría, casi en directo, él lo visualizaba. Había estado tocando en el escenario de la sala Bataclan; y tenía un buen amigo que lo había hecho la víspera de aquel viernes aciago de noviembre. Justo el día anterior. Son franceses. Por eso, aunque no quería, al cabo de unos días se autoinfligió las fotos del interior de la sala, tomadas poco después de la masacare: «Es muy doloroso, pero prefiero verlo a imaginarlo. Ça va être là toujours, siempre va a estar ahí».

Faltan tres días para que se acabe el año en el Suroccidente francés y, aunque la vida parece seguir fluyendo como el Garona, hay un algo inexplicable —y asfixiante— en las últimas bocanadas de 2015: hay un comerciante que mira de reojo a quien entra en su tienda, porque las amenazas de baja intensidad que recibió en el pasado se han hecho una realidad muy plausible en los últimos meses; hay guardias de seguridad que revisan cada bolsa, y cada bolso, para permitir el acceso a un centro comercial; y hay que bajar al aparcamiento por las escaleras porque los ascensores están condenados, en el marco de la operación Vigipirate. Toda la calle de acceso a la sinagoga está cortada y custodiada por policías y militares, a los que es fácil encontrarse tanto en la frontera —discretos, eso sí— como en las ciudades.

Aparentemente, no pasa nada; nada más que otro comerciante ha puesto un cartel manuscrito en la puerta de su tienda defendiendo con furia que haya colocado la bandera durante semanas tras los atentados de París: «Le drapeau français est le symbole le plus important de liberté», la bandera francesa es el símbolo más importante de libertad. Parece que hasta en eso hay zozobra, hay duda. Hay una pregunta —si nos atacan, ¿a quién atacan y por qué?— por responder.

Francia, ya a dos días de que acabe el año 2015 y semanas después de la cicatriz que le han hecho, da la sensación de haber optado antes por obviar el enorme dilema de identidad y de seguridad propia al que se enfrenta, como un adolescente temeroso, antes que de tirar por la calle de en medio. Sacan más fuerzas, hablan del asunto, abren con normalidad los bares y las tiendas pero hay algo, definitivamente, que no es normal: en la tarde de Nochebuena, en Ajaccio, en Córcega, se desató el caos en un barrio de inmigrantes que ha traído consigo fortísimas manifestaciones contra la inmigración por todo el país, como latidos ensimismados contra su propia naturaleza.

Camina por la cuerda floja bajo una apariencia de normalidad; nos hace temer, a quienes la queremos, de que igual ese tipo anchote y grandón que nos trataba con condescendencia a medida que nos hundíamos en una crisis de proporciones bíblicas haya recibido ahora una paliza enorme, y prefiera lamerse las heridas en un rincón cargado de orgullo y cabezonería a tendernos la mano a los convencinos del Sur.

Al volver a cruzar la frontera —y el año ya se acaba mañana: ¡ha llegado 2016!— nos descubrimos transitando las autopistas del Norte entre incendios y bajo una luna enorme. Bilbao aguarda con los brazos abiertos; Gijón, con los bares llenos. Recorres San Lorenzo, asistes a la entrañable polémica por las terrazas de Oviedo y sabes que por mucho desgobierno que haya, por todo lo que nos falte por hacer, estás en casa. Y que tenemos una suerte inmensa de que así sea. Y que, después de todo, quizás no lo hayamos hecho tan mal —como pueblo, como comunidad, como país— cuando tocaba.

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Pimagán
Alejandro Carantoña 08-12-2014 | 10:00 | 0

A aquella mujer Pumarín le parecía de lo más chic, porque lo leyó en un cartel de la autopista entrando en Oviedo y la velocidad se llevó la tilde: parecía francés. Así, con los labios fruncidos, ese «Pumarín» tan de aquí, con una rotunda ene final, como en «gong», venía a pronunciarse en su cabeza «Pimagán».

El ataque de risa al escuchar esta anécdota duró días, hasta que fue cortado repentinamente por el descubrimiento de que un caballero francés –Christophe Ono-dit-biot, Le Havre, 1975– ha pegado el pelotazo editorial con una picante novela ambientada en parte en Asturias, à la Pimagán. La amante del protagonista, según publicaba este periódico el jueves, lleva una Cruz de la Victoria tatuada en la nalga. Ya se han vendido 200.000 copias en Francia y le han dado dos premios importantísimos. Y no es la primera vez que ocurre en tiempos recientes: el libro más vendido en lo que llevamos de siglo XXI –unos 80 millones de copias– tiene por villano a un tipo criado en Oviedo. Sí, el de El código Da Vinci.

Situemos pues la acción de esta historia en una cálida tarde de otoño en un bar de barrio en Gijón. En el grupo, otro juntaletras que ultima las galeradas de un libro de no ficción comparte ideas sobre novelas que nunca escribiremos. Expone una frustración recurrente entre los plumillas de la región: «Me da noséqué poner “Asturias” en una novela. Y no sé cómo llamarlo, porque, en fin, es Asturias. Pero me atreveré: será Gijón o no será». Profundicemos en el trauma: ya a ciertos músicos de los 90 les daba apuro sonar españoles y a no pocos autores y cineastas, manejar un código que no fuese importado. O impostado, mejor.

Poco a poco se va curando, pero el autor en ciernes no podía evitar lamentarse de que Nacho Vegas hubiese quemado, allá por 2006, la última de las socorridas máscaras: referirse a esto con un ambiguo y elegante Norteña. Ahora, toca buscar o copiar otro alias en pos de la universalidad.

¿Por qué? Pues porque parece, concluimos, que las historias espolvoreadas con otros lugares a los que habitualmente frecuentamos tienen una mayor esperanza de vida, más fuste y mejor alcance; que, si no, se corre el riesgo de caer en una especie de trabajo etnográfico condenado a una edición fea y con algún sello institucional mayor que el propio título, a una balda de biblioteca, a un costumbrismo demasiado alejado de las mieles de los auténticamente grandes: los de fuera. Una paletada espléndida.

Parece que nos da miedo pulsar Asturias empleando una tecla que no sea la de la realidad social, la del retrato, en lugar de usarla como base o trasfondo; desistimos del empeño antes de empezar si no va a ser posible superar a Clarín, desterrar a Jovellanos o rozar la gloria de Ayesta. Para que luego llegue este caballero, plante una Cruz de la Victoria en una nalga y arrase con un exotismo que nosotros mismos desconocíamos. ¿Qué le habrá llamado tanto la atención? ¿Acaso no hay nutrias asesinas en Le Havre? ¿Trepidantes obras públicas a medio hacer? ¿Jugosísimas tramas de novela negra? ¿Buenas historias, a secas? Quizás sea que aquí nos sobran. Las historias, por supuesto; pero también, y sobre todo, los complejos. Escriban, norteños. Escriban sin miedo. Escriban bien.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 7 de diciembre de 2014.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.