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Gijón

De mataderos y teatros
Alejandro Carantoña 12-03-2017 | 4:00 | 0

Esta vez, Mateo Feijóo ha tenido la suerte y la desgracia de que Manuela Carmena sea alcaldesa de Madrid: al programador lo ha nombrado director de las naves del Matadero, recién desligado del Teatro Español, una comisión «podemita». Su suerte y su desgracia son que una rueda de prensa como la de esta semana era todo lo necesario para una buena bulla contra él, Carmena y las consabidas Celia Mayer y Rita Maestre, que ahora se encuentran en el brete de reconducir la situación y apagar fuegos por muchos frentes: ellas, y su partido, se están llevando la peor parte. Los principales problemas tienen que ver con las fundaciones de Max Aub y Fernando Arrabal, agraviadas por la propuesta de suprimir sus nombres de un par de salas del recinto; con los gestores culturales, que estiman un error inevitable quebrar el lazo entre el Teatro Español y esta sucursal; y con el sector teatral capitalino y patrio, prácticamente ausente en la propuesta de Feijóo.
No es la primera vez que ocurre algo parecido, y por eso la comunidad creativa madrileña hará bien en ponerse en guardia: Feijóo dirigió durante tres años el Teatro de la Laboral, entre 2007 y 2010. También en Gijón hizo una propuesta rompedora y vanguardista, amplia, que incomodó a la comunidad teatral de la región; también en Gijón contó con el suficiente respaldo político como para llevar a cabo su propuesta; y también en Gijón ha ocurrido que todo su trabajo se lo ha llevado el viento. No se ha aprovechado nada: se piense lo que se piense de su propuesta, un desperdicio a todas luces.
Concretamente, la relectura de la nota de prensa en la que se le despedía en julio de 2010 provoca sonrojo desde nuestro tiempo. Allí se dice de él que había creado «una línea artística que ha sabido complementar la programación de los teatros de nuestra región y posicionar al Teatro [de la Laboral] en los más destacados circuitos de creación escénica contemporánea europea», y también que había sabido «tender un puente que nos conecta con la cultura como centro de experimentación y como plataforma para desarrollar e investigar la cultura de frontera, la que genera avances, cambios, nuevos conceptos y nuevas miras, y la que podrá ser capaz de atraer y crear nuevos espectadores».
Son palabras que suenan (que sonaban) muy bien, pero que con el peso del tiempo encima se presentan vacías, huecas: de aquello no queda absolutamente nada, nada más que un teatro apetecible, poco aprovechado y sin dirección efectiva. Podrían haber quedado rescoldos, haberse aprovechado algo —o no, ese no es el asunto— de haber asumido las palabras sobre Feijóo y transformarlas en un hecho, en un plan a dos, cinco, diez, veinte años vista que nos consolidase como el Avignon de la Cornisa Cantábrica. No ocurrió.
Así que a lo mejor la preocupación de los creadores madrileños no es tan corporativista y ciega como para estar implorando por que les cubran de subvenciones y les cedan un espacio de primer orden gratis, sino una inquietud, verbalizada por Mario Gas entre otros, para con el hecho de que se derruya todo lo construido hasta ahora: Matadero fue un esfuerzo sostenido y para nada exento de dificultades en la construcción de una imagen y un público, que ahora no se puede desdeñar. Pero es que además (esto es lo triste) la experiencia nos ha demostrado que en España no sabemos dar giros de rumbo súbitos. En Asturias lo sabemos bien: ni un asalto, encarnado en el breve gobierno de Foro, aguantó el modelo anterior.

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Menos es más
Alejandro Carantoña 20-02-2017 | 11:18 | 0

Entre vientos racheados de desmanes culturales y con riesgo de precipitaciones sobre alguna que otra infraestructura transatlántica, celebremos que escampe un poco: Este viernes terminó la vigésimo sexta edición de FETEN con récord de espectadores, cobertura mediática nacional y —todo sea dicho— una presencia de cartelería por Gijón algo más escasa que en ediciones anteriores. Pero de récord a fin de cuentas, con un nivel que supera con creces el mero divertimento infantil.

Coincide con el fin de semana en que la compañía Cheek by Jowl llenó de Shakespeare Avilés y con unas Golondrinas, de Usandizaga, que han colmado de gran ópera española el Teatro Campoamor de Oviedo. Por seguir con la racha, además, hace un par de semanas el consistorio carabayón presentaba otra envidiable iniciativa: el Teatro Filarmónica servirá, los jueves y domingos, de cine (comercial, incluso), en una oferta que se promete popular y apetecible.

Sin echar aún las campanas al vuelo, conviene aprovechar semanas como esta —en las que todo funciona, la contraprogramación entre ciudades se atenúa y la oferta atrae— para preguntarnos merced a qué milagro se ha conseguido este equilibrio, esta oferta suculenta y suficiente. La primera razón estriba, probablemente, en que estemos en temporada baja. Paradójicamente, con todos los ayuntamientos volcados en los próximos carnavales o con el ojo ya puesto en montar el enésimo festival veraniego, las semanas grises nos brindan programaciones igualmente aseadas, pero asequibles en cuanto a agenda y atractivas, gustosas. Es casi todo lo que se puede pedir. Y aún podría ser mejor: imaginemos que, al término, tuviéramos en las tres grandes ciudades sendas salas de conciertos en las que elegir un grupo, tomarnos una cerveza y comentar lo recién visto con un concierto de fondo. Con una coordinación de ordenanzas municipales, una negociación pausada, una reflexión adecuada y una obsesión algo menos acentuada por las jornadas gastronómicas de todo pelaje y condición se podría hacer. Como hace no tanto. Simplemente, con aflojar la presión y ordenar el tráfico, la oferta cultural privada estallaría por las costuras y nos saldría por las orejas. Ni siquiera tendrían que hacer nada. Solo enunciar, pensar, definir qué tenemos y qué pretendemos tener y dejar a quienes aguardan en toriles que hicieran lo suyo.

Justo en este punto se cruzan las malas noticias: una tendencia nada encubierta de amplificar, de festejar, de recrearse en nuestros presuntos grandes activos (léanse las infraestructuras transatlánticas, lo grandón) orillando la más pura esencia. Esa esencia es la que se decanta en los meses valle: en estos, en semanas parecidas a la que acabamos de dejar atrás, es cuando se nos ofrecen los espectáculos más sorprendentes, los conciertos más inopinados y cuando se descubren más cosas. También con algún que otro atracón puntual, pero mirando hacia afuera, hacia arriba y hacia delante.

Luego (parece que así volverá a ser en 2017) llega el verano, o la Semana Santa, o las Navidades. En ese momento, las miradas se vuelven hacia adentro, hacia abajo y hacia atrás: es cuando, salvo honrosísimas excepciones, se programa como pensando únicamente en señalar las grandezas, en apuntalar que «no hay nada que envidiar» a nadie, en las toneladas de pólvora quemada bajo un manto de niebla.

No se nos olvide que eso arde rápido y quema poco. Lo memorable, normalmente, se esconde en lugares insospechados y en citas indescifrables, a las que alguien con criterio nos invita a acudir. Es justo eso —no hace falta liarse con eventos enormes—, una voz clara y un criterio unívoco, todo lo que hace falta. Menos es más: con escuchar y dejar hacer, a veces, basta.

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Descreídos
Alejandro Carantoña 27-12-2016 | 4:00 | 0

De todos los actos revolucionarios y contraculturales que nos quedaban por ver, esta semana ha nacido uno de lo más sorprendente: lo último es no comprar Lotería de Navidad y, mejor aún, insultar a quienes fían al bombo su destino. Un artículo, que ha gozado de enorme popularidad en las redes sociales estos días, adjudica los siguientes calificativos al acontecimiento del día 22 por la mañana y a los amantes de la azucarada campaña publicitaria de Loterías de este año: los jugadores padecen «anumerismo», honran un «monumento a la ignorancia», son «cuñados españoles» —despectivamente hablando—, sucumben a la «envidia social» e invierten en una «ruina». En fin, los jugadores son tontos, masa adocenada.

Tras esta pasión desatada por detectar, señalar y curar la tontería (que en este caso conlleva evitar contribuir al saqueo fiscal), tan en boga últimamente, parece esconderse una búsqueda infinita por el ser superior, por la pureza moral, científica y racional, tan dieciochesca ella. Y esto casa fatal con el espíritu navideño, que es pura superstición y chamanismo de la peor estofa para ciertos adalides del mal llamado «pensamiento crítico».

El efecto rebote de la crisis económica y sus desmanes ha conllevado una racionalización espartana de todos los aspectos de la vida: desde meticulosos argumentos para no tomar carnes rojas hasta sesudas estrategias de ahorro, pero todo, todo, envuelto con una pátina de condescendencia que por supuesto ha tenido que ir a tocar a la Navidad, la Lotería y los contundentes gastos a crédito para juntarse a chupar cabezas de langostino congelado. Es decir: son tontos, pero el más listo podrá iluminarles para hacer de sus vidas un sitio más habitable.

Este batiburrilo parece haberse propuesto cargar de ideología hasta la bandeja de los turrones. Quizás con razón —lo dice uno que no compra Lotería de Navidad, entre otros ritos personalmente orillados—, pero evidenciando, con ella, una obsesión casi enfermiza por la rectitud, la racionalidad y la pulcritud argumentativa. Resulta muy cansado este empeño por escapar a las pasiones humanas, a los pecadillos festivos, en lugar de tratar de entenderlos, integrarlos o sencillamente dejarlos existir: ¿merece condena quien elija gastarse medio sueldo en un jamón, una paga extra en el azar? Quizás no lo compartamos, pero respetarlo cuesta poco.

Supongo que ya estamos cerca de entrar a saco con los regalos esparcidos bajo el árbol por sorpresa, por constituir una práctica de riesgo para el desarrollo intelectual de los más pequeños de la casa. Que convendrá podar todo lo superfluo, todo lo humano, toda la chicha que le cuelga a diciembre y enero. Que convendrá regular lo privado, lo oculto, como se regula el tráfico, en pos de una sociedad mejor y más blanca, más estandarizada, más homogénea. Superior.

Entre todo el discurso se cuela el más sorprendente de los argumentos: que el despliegue irracional y exorbitante de las Navidades está reñido con la Cultura, la lectura —que sí son prácticas rectas, aceptables— y una correcta alimentación intelectual. Sin embargo, se trata de todo lo contrario. Los pequeños chispazos que dan sentido a la existencia también comprenden el exceso, la reconfortante espumilla de los actos incomprensibles, la locura compartida y momentánea, la enajenación pactada para luego volver al carril.
Estos son días de cerrar unas cosas y de abrir otras, de hacerse propósitos y de evaluar con calma los últimos doce meses. No está de más sucumbir un poco, entre tanta bronca y argumento certero, a un poco de mullida inconsciencia. Que no sea el rosbif, pero al menos sea la salsa: ¿podremos estar una semana sin replicar dedo en alto, barbilla enhiesta, y concedernos un mínimo respiro?

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Si Carantoña levantara la cabeza
Alejandro Carantoña 10-12-2016 | 3:48 | 0

Rafael Loredo me entrega los cinco últimos folios que mi abuelo escribió en el Dindurra, el pasado 8 de diciembre. Foto: Paloma Ucha

«Si Carantoña levantara la cabeza…». Esta frase, siempre bienintencionada pero seguramente falta de puntería, reúne a la vez las cualidades de la nostalgia, del respeto, de la añoranza y de la memoria viva. Todas encomiables, pero todas, a los 19 años de su muerte, merecedoras de pasar a mejor vida.

Ayer fue un día especial porque, de algún modo, la jubilamos. Repusimos en el Café Dindurra la placa que el Ateneo Jovellanos colocó en su día para recordar su oficina portátil, la mesa en la que sorbía a tragos largos y escribía con letra larga y leía con mirada más larga aún; pero lo más importante fue precisamente que despedimos y desterramos el «Si Carantoña levantara la cabeza…».

En cambio, Rafael Loredo nos entregó simbólicamente los que probablemente fueran los cinco últimos folios que mi abuelo garabateó en aquella mesa; folios que rodaron de mano en mano y que revivieron su efigie alta y taimada, casi como antorcha incandescente que pasa de quienes lo recuerdan a quienes lo descubren ahora. Si Carantoña levantara la cabeza se moriría de la risa por que medio Dindurra estuviese repleto un festivo por la mañana en torno a su mesa, por que cinco hojas escritas con urgencia removiesen tantas cosas y tan seguidas. Pero no lo hizo, no levantó la cabeza. No lo hará.

El regalo de Loredo, tan emocionante como inesperado, adquiere un valor especial en la medida en que era el preludio de su último libro, ‘La estancia de Jovellanos en Muros de Galicia’, que está dedicado casi póstumamente a Cecilia y a mí, los dos nietos que existíamos entonces de los cinco que somos actualmente, para que no nos olvidásemos de nuestras «raíces muradanas».

Es reconfortante saber, lo fue ayer al verlo y vivirlo, que ni Martín, ni Clara, ni María, nacidos los tres cuando el abuelo Carantoña ya había fallecido, han olvidado sus raíces muradanas. Ni las muradanas ni las gijonesas, la dimensión de su mirada, la condición de habitantes de esta ciudad, Gijón, y de esta tierra, Asturias, de hechuras tan personales: nunca hay que olvidar que Francisco Carantoña era un infrecuente especimen de asturiano voluntario. Es nuestra responsabilidad amplificarlo, compartirlo y hacer partícipes a todos los lectores hambrientos y, igual que nosotros huérfanos de abuelo, huérfanos de una pluma acerada.

Ayer, con la generosidad de quienes han hecho posible que esa placa volviese a su sitio, borrándose, confundiéndose en el tumultuoso acto de arrogarse méritos por reivindicar su figura, empezamos a forjar una nueva generación no de seguidores o de «recordadores» de Carantoña. Quiero pensar que ha quedado bautizada una hornada de nuevos lectores capaces de recuperar con emoción su escritura, que no conocían, pero también de exigir a los periodistas presentes y futuros su mismo valor y tino. Quiero pensar que miramos al mañana más que al ayer.

Él mismo lo quiso así, tal y como recogió Loredo en sus vibrantes palabras al entregarme este tesoro íntimo: nuestro abuelo corrió para dejar dicho lo máximo posible; para dejar plantada una mirada que sirviese más como listón alto que como espejo al que volver una y otra vez; para que quedase sembrado aquello que ahora le toca a otra generación regar. Ha sido emocionante que esos lectores ya no pertenezcan al universo de la nostalgia, sino al de quienes, cada 8 de diciembre, nos reunimos con él entre el respeto y el recogimiento y esperamos que impregne a los que vienen detrás. Gracias por eso.

(Este artículo se publicó en la edición impresa de El Comercio del 9 de diciembre de 2016, entre las páginas que cubrían la conmemoración de la muerte de Francisco Carantoña que se celebró la víspera)

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Concursos e idiomas
Alejandro Carantoña 04-12-2016 | 4:00 | 0

Thierry Frémaux es el director del Festival de Cannes desde hace diez años. Buscando, buscando, no he logrado confirmar un extremo esencial para el buen desempeño del puesto: las certificaciones académicas de Frémaux solo alcanzan un grado en historia social. Ni rastro del certificado B2 de inglés ni del C1 de español, requisitos clave para la dirección del Festival Internacional de Cine de Gijón según las bases del concurso público que estos días dirime quién llevará las riendas del festival.

Con la esperanza de encontrar un perfil suficientemente cualificado, nos vamos un poco más cerca. José Luis Rebordinos, director del Festival Internacional de Cine de San Sebastián: este el C1 en español lo trae de serie, pero tampoco hay constancia de que se haya sacado el B2 en inglés (es licenciado en Pedagogía Especial). Quizás hubiera podido presentarse Piers Handling, al que se le supone un dominio suficiente de la lengua de Shakespeare después de veintidós años comandando el Festival Internacional de Cine de Toronto, pero no así de español. Lástima.

El otro requisito, que todos ellos cumplen, es al menos tres años de experiencia al frente de festivales y certámenes de este ámbito. Así que con un título de inglés que nadie tiene (ni siquiera quien esto escribe, a pesar de ser traductor e intérprete del idioma) y tres años de organización a las espaldas, se puede acceder a un sueldo y a un Festival relevante. Está por ver quién lo logra, previo paso (advierten las bases de la convocatoria) por una posible entrevista en inglés para acreditar los conocimientos.

Tras muchas idas y venidas, se ha tratado de revestir de criterios técnicos una decisión que, tal y como estamos, probablemente debería ser «a dedo». No porque no esté bien convocar concursos públicos y brindar oportunidades, sino por el sencillo problema que plantea que representantes políticos y hosteleros que pueden tener o no amplios conocimientos en cine (nadie se los ha exigido para ocupar el cargo que ostentan) se vean en la tesitura de seleccionar a alguien que, efectivamente, los posea. Tampoco de idiomas: ¿quién de los presentes en el tribunal de selección posee, en efecto, un B2 de inglés?

Tres años de experiencia y un sueldo elevado, pero posiblemente fuera de mercado por lo bajo (un máximo de 44.000 euros brutos), constituyen los puntales de un proceso de selección que si sale bien será por suerte.

El requisito lingüístico suena a elemento de corte destinado a excluir a algún que otro candidato en concreto, o quizás a orientar la decisión final, pero tiene un pobrísimo encaje técnico: puestos a pedir, quizás hubiera sido más importante dominar el francés. Y, desde luego, si quien supere el proceso resulta ser de otro país que no sea España, es como poco llamativo que se le requiera un dominio mayor de inglés que de español, que a fin de cuentas es la lengua oficial del lugar donde se celebra el festival.

Con todo, y siendo bien pensados, si el criterio ha sido puramente técnico también es erróneo. Es de otro tiempo que se pida un dominio acreditado y académico de inglés a la dirección del festival cuando ese no es criterio para ostentar, pongamos por caso, la concejalía de turismo o la dirección del Teatro Jovellanos, que acoge espectáculos en gira provenientes de otros países.

De hecho, a nadie más en la región se le pide que sepa hablar ningún idioma en particular: ni al director de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, ni a la directora de Laboral, ni al del Bellas Artes. ¿A partir ahora será norma?

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.