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Internet

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Alejandro Carantoña 18-04-2016 | 7:00 | 0

A Jessica Valenti le gusta ser la primera. «Cuando descubres que eres la mejor en algo, habitualmente te sientes feliz», escribió en el diario británico Guardian este jueves. «Pero no creo que ese sea el caso», proseguía, «cuando en lo que sobresales es en ser la más odiada».

El periódico se ha embarcado en un ambicioso e interesantísimo proyecto sobre el acoso en Internet. Para ello, ha encargado un estudio estadístico de alrededor de 70 millones de comentarios escritos por los lectores entre los años 1999 y 2016 en su página web, de los cuales un 2% (en torno a 1,4 millones de textos) fueron eliminados o rechazados por los moderadores. Aquí viene lo interesante: al cruzar esos datos con los periodistas o autores a los que iban dirigidos insultos e invectivas, resultó que los diez menos atacados eran hombres. Y que de los diez más odiados, ocho son mujeres. Valenti, que escribe sobre cuestiones de género, la primera. Y todavía hay más: los dos hombres restantes son negros.

Con los datos en la mano, se hace algo complicado afirmar que los dardos son gratuitos o aleatorios: lo que este estudio revela, en cambio, es que la comodidad del anonimato y la distancia que provoca la pantalla sacan lo peor de alguna gente (poca en términos relativos; mucha en términos absolutos). Valenti va más allá: si a esta hoguera se suman las redes sociales, el resultado es extenuante. «Estoy harta de reírme del asunto y hacer caso omiso», dice. No es la única: en su despliegue, el periódico británico recoge otros muchos casos de periodistas, profesionales o sencillamente personas corrientes que por un motivo u otro se convierten en el blanco perfecto para las redes sociales y los comentarios hirientes.

Todo este potaje nació como una herramienta participativa, pero se ha ido deformando hasta convertirse en un instrumento que a menudo resta más valor del que aporta y que pervierte más que ilumina. Como medidas de choque, quizás las del New York Times sean las más eficaces: los hilos para dejar comentarios solo están abiertos durante 24 horas y están controlados por moderadores humanos; los comentarios más valiosos por su contenido se premian y ensalzan; y, por supuesto, el insulto o el ataque no están permitidos. Así, han conseguido dirigir y crear conversaciones.

De esta manera, lo que hace tan solo diez años era coto para algunos ociosos camuflados entre gente más serena ha ido tornando en algo extremadamente más peligroso para los jóvenes: el ciberacoso. Como recuerda el especial, en 2008 se celebró el primer juicio en Estados Unidos; en 2009 un adolescente fue condenado en Reino Unido. Etcétera: quizás no haga falta recordar lo que ocurrió hace justo ahora tres años en Gijón, con una alumna de 14 años que sufría acoso en el colegio.

Concluye Valenti que ella, al menos, tiene la fortuna de escribir sobre lo que le importa y contribuir de un modo u otro a mejorar su sociedad. Que hace tiempo que dejó de leer lo que se decía sobre ella en la sombra porque, como bien recordaba el editorial del Guardian, no hay que olvidar que la inmensa mayoría de lo que se vierte con bilis desde detrás de un teclado nunca ocurre en la vida «real». Pero poco a poco se ha ido infiltrando, se ha ido convirtiendo en moneda de cambio: en Twitter ya solo descollan los «zascas» —respuestas ingeniosas, autosuficientes y ácidas—; en Facebook casi siempre hay algo (alguien) de lo que reírse; y en los comentarios y blogs vale más un buen zurriagazo urgente («Es como hablan los jóvenes») que la calma y la mesura.

Este artículo apareció publicado en la edición impresa de El Comercio del domingo 17 de abril de 2016.

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El efecto Pitingo
Alejandro Carantoña 06-04-2015 | 11:03 | 0

Las redes sociales somos todos. Unos más descerebrados que otros, pero todos: quienes sabemos quién es Pitingo, quienes no; quienes leemos El Mundo Today, quienes no. Quienes se dedican a insultar en la comodidad de lo cibernético, quienes no.

Al cantante de Huelva (Pitingo) se le ha venido Twitter encima esta santísima semana por una desafortunada cadena de hechos: primero, el diario satírico El Mundo Today publicó una noticia —falsa, como todas— titulada «Björk se retira por miedo a que la versione Pitingo», que en el cuerpo del texto incluía una nutrida sarta de declaraciones —falsas, como todas— en las que ponía a la islandesa a caer de un burro. Tras él, el diluvio: al volver de viaje, Pitingo se lo comunicó a su agencia con la intención de que el semanario aclarara que la cosa era broma. Pero su oficina remitió un escrito en el que poco menos que amenazaba a la publicación con llevarla al tribunal de La Haya por las barbaridades que se estaban diciendo en Internet del cantante. Y, obviamente, lograron todo menos lo pretendido.

En este punto, el diluvio quedó en orbayo al lado del monumental chorreo que le ha caído al onubense, que lejos de cambiar de agente siguió erre que erre: la culpa era de El Mundo Today y había que dejar claro que todo era cashondeo del bueno.

Los cuatro o cuatrocientos imbéciles que se han dedicado a insultarle no lo han hecho por una noticia satírica, sino por la imbecilidad que ya traían de casa. En cambio él, y su agencia, en su afán por ir a por el foco del problema, lo ubicaron en una página web que lleva publicando bromas —sin excepción y sin cuartel— desde que nació, en lugar de atacar la incómoda idea de que quizás la estupidez no viva en un dominio de Internet, sino en las cabezas de muchos de quienes transitan sus conciertos, su barrio o su propia vida.

Es muy violento y desagradable, para quienes han o hemos elegido ser más o menos públicos, que con un teclado y una conexión a Internet se pueda atacar nuestra pasión o simplemente nuestro sustento. Pero es: podemos obviarlo, o intentarlo, pero no se puede pretender convencer a nadie de que lo ocurrido es por culpa de semejante titular. Sería como asumir que la culpa es de Pitingo por existir.

Lo ocurrido es fruto del anonimato buscado, cobarde y que necesita pocas excusas para hacer daño. Y ese no es en absoluto el caso de El Mundo Today: sus autores son de sobra conocidos para quien quiera averiguarlo, responden de cada patochada que han hecho y, encima, tienen la guasa que muchos querrían para sí. Nada más lejos del que tira la piedra y esconde la mano.

Otra cosa es lo que muchos han hecho con lo publicado, desde quienes lo han dado por cierto hasta aquellos que han perdido el norte en sus intentos por que Pitingo pague por los estragos que ha causado en el repertorio popular con sus versiones, que son muchos y muy hondos. No hay como el confortable silencio de las redes, el timbre al que se llama para echar a correr, para que todo adquiera unas dimensiones que ni tiene ni merece.

Lo que ha ocurrido es una broma, una más —hasta que no le oí hablar yo también daba el comunicado y la amenaza por chanza—, pero oculta lo peorcito: la cobardía, la falta de respeto y el odio injustificado. Eso es más profundo, más grave, peor que una página web. Porque mientras que no nos obliguen a escucharlo, Pitingo puede hacer lo que se le ponga y mandar comunicados a quien considere. O debería.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 5 de abril de 2015.]

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Jaimito contra Google
Alejandro Carantoña 15-12-2014 | 10:00 | 0

Las discusiones de barra sobre el año en que nació Pergolesi ya no dan para nada. Los chistes de Jaimito están de capa caída. Las discusiones –léase apuestas– sobre datos, fechas y otras hierbas se dirimen en pocos segundos con un teléfono móvil. En lugar de contar chistes, se despeja la mesa, se saca el móvil o el ordenador y cada cual aporta el último hallazgo en cuanto a vídeos graciosos. Ni nos miramos ni nos hablamos: solo nos preguntamos ocasionalmente –y por Whatsapp– cómo demonios podía regarse el árbol (¿el bonsái?) de la indignación cuando no existía Twitter.

Esta semana, una empresa privada que se llama Google ha decidido romper relaciones con un buen puñado de empresas privadas que se llaman periódicos, tasa gubernamental mediante. Los medios aducen que el amo de Internet no puede lucrarse con sus contenidos (contenidos: ¿cuándo dejaron de ser informaciones, reportajes y entrevistas?) y el amo de Internet, por su lado, que con impuestos no le interesa mantener esa parte de su negocio. Por el camino, no pocos han alimentado la paranoia cibernética en blogs y redes sociales: en el mejor de los casos, vaticinan una especie de cataclismo de la modernidad, de advenimiento de la naftalina por el portazo a Google. En el peor, que ha triunfado esa misteriosa mano negra llamada manipulación, ese lobby de orondos señores a los que nadie conoce que se encienden puros con billetes de quinientos euros.

Según datos del INE, en España hay tantos usuarios de Internet como gente que acude a votar en unas elecciones (en torno al 70% de la población). Curiosamente, ambos mundos se han sentado juntos a la mesa esta semana en dos ocasiones, y ambos banquetes han resultado de lo más revelador: la primera ocasión fue por el asunto de la tasa Google; la segunda, por el tan anunciado portal cibernético de transparencia gubernamental que nos iba a permitir a los ciudadanos saberlo todo sobre los timoneles de este caos. El primer caso ha puesto de manifiesto que hemos llegado a un punto en el que una guerra entre mercaderes digitales puede alimentar un fabuloso debate sobre la libertad de expresión, certificar aquella erradísima percepción de que todos los medios de comunicación, redes sociales o el propio Google son entes públicos. Y el segundo, que uno de los comensales en esta guerra de los mundos –el Gobierno, muchas de las instituciones– no entiende ni lo que es ni para qué sirven las páginas web.

Al ir a solicitar información al Gobierno por este «novedoso» canal transparente, lo primero que hace el navegador de Internet es advertir al usuario de que el portal es una amenaza –muy tranquilizador–. Una vez metidos en faena, la información es casi igual de accesible que si se sirviera en legajos de papel. Igual que sucede con el portal de transparencia asturiano, en el que hay contratos menores publicados que son directamente copias digitalizadas de los papeles físicos. Pura accesibilidad.

Ha llovido muy poco desde que Internet pasó de ser una herramienta a ser un estilo de vida. No lo suficiente, desde luego, para que sea colocado en la dimensión adecuada por los que lo usamos… ni por los que vamos a votar.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 14 de diciembre de 2014.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.