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Laboral Centro de Arte y Creación Industrial

Los misterios de Laboral
Alejandro Carantoña 24-03-2017 | 1:28 | 0

Qué tiempos aquellos, no tan lejanos, en los que lo importante no era tener el presupuesto más escaso, sino el equipamiento más enorme. Ahora se estila más bajar en sede parlamentaria a la factura de la luz, como hizo anteayer el viceconsejero de Cultura, Vicente Domínguez, a cuenta del cierre de Laboral durante más de la mitad del año, días en mano. Ya habrá tiempo de poner el foco en estas cosas que tiene la intendencia (qué tiempos aquellos, tampoco tan lejanos, en que era una compañía eléctrica quien pagaba actividades en el centro…), e incluso de ponerla en todos los asuntos que han inquietado al resto de fuerzas políticas: en la comparecencia de Domínguez importaron la luz (a él y a los «amigos de la nave del misterio»), el número de visitantes (a Foro y Ciudadanos), los dineros (Izquierda Unida) o la imagen (PP), con la conclusión casi unánime y nada indisimulada de que estamos a punto de asistir a su cierre definitivo. Quizás, de hecho, lo más elocuente fuese que cada vez que intentaba abrir un libro o elaborar una cita sus señorías se lo impidieran: allí, ya lo sabíamos, no se iba a hablar de Cultura sino de derecho societario y laboral, y acaso de algún poltergeist.
En este sentido, Domínguez espantó algunos espíritus con sus palabras, pero desveló que no habrá celebración por los diez años del centro y nos explicó que la ristra de sentencias en contra de Laboral por el despido de personal han constituido un ahorro. En efecto, los doscientos cincuenta mil euros que habrá de abonar el centro en este concepto son treinta mil menos de lo que hubiese costado contratar a los profesionales despedidos de manera irregular. Y si, dado que sus puestos eran «superfluos» en muchos casos, según dijo, y ellos, unos petulantes por llamarse «coordinadores» (esto solo lo insinuó), las cuentas son claras y el ahorro, un hecho. De otra manera, es un desastre.
Añade dolor a este panorama, tan beligerante como improductivo, que justo ahora se cumplan los diez primeros años de vida del centro: ahora los festejamos soplando austeras velas, redimensionando cosas; entonces, hace nada más que un lustro, rebosaba por exceso o festejaba inconsciente. Hoy llenamos páginas con facturas y balances; hace cinco años, lo hacíamos con lo único que tiene que importar a un centro de arte y creación industrial: cómo ha ocurrido, y a esta velocidad, sí es todo un misterio.

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El pentágono
Alejandro Carantoña 26-02-2017 | 4:00 | 0

Circula, con motivo de la feria de arte contemporáneo ARCO que estos días se celebra en Madrid, una nota que reza en su encabezado: «El Pentágono del Arte», con todas esas mayúsculas. El documento nos informa de que la viceconsejería de Cultura y Deporte del Principado de Asturias promovió, hace exactamente un año, la creación de una «comisión de coordinación de equipamientos artísticos del Principado de Asturias», que lleva desde entonces reuniéndose mensualmente «para tratar problemáticas comunes y promover proyectos conjuntos».

Concita, aprendemos, al propio viceconsejero y a los responsables de los cinco equipamientos artísticos que dependen «directamente o principalmente del gobierno autonómico», esto es, el Museo de Bellas Artes, la Sala Borrón, el Museo Barjola, Laboral Centro de Arte y el Centro Niemeyer. Se celebra en ARCO, así, el primer cumpleaños de esta comisión, que por otro lado lleva doce meses trabajando en una aparente clandestinidad: tirando de hemeroteca, la última referencia a su existencia data del 18 de febrero de 2016, al día siguiente de su reunión inaugural.

A partir de entonces, la nada: buscando en Internet primero y en la web del Principado después no aparecen documentos, conclusiones, fotografías, informes, actas, nada que deje rastro de los furtivos encuentros del flamante pentágono. La siguiente noticia es esta: que están en ARCO, hombro con hombro. Por lo demás, se sabe que los centros hablan entre sí (fantásticas noticias), que han coproducido o se han prestado o se han rotado algunas piezas y que en otoño de 2016 se promovió una suerte de intercambio de artistas jóvenes con la Comunidad de Madrid. Es decir, lo habitual. El resto es un misterio.

Tanto la nota como la comisión en sí —que aparentemente no tiene forma o entidad jurídica o administrativa— lo aguantan todo sobre el papel, pero se antojan más bien envoltorios refulgentes y cosméticos para los cometidos habituales de cualquier consejería. Porque ¿cuál es la diferencia de estos cónclaves de aires ministeriales con respecto a las reuniones corrientes y molientes, rutinarias, que se presuponen al día a día del gobierno? ¿Qué es el «Pentágono del Arte» sino un nombre aparente? ¿Una marca sin logo? ¿Un comité sin oficina? ¿Una oficina sin dotación? ¿Una constatación geométrica?

La redacción de la nota resulta aún más elocuente en su retorcida y catastrófica versión inglesa (¿quién la ha traducido?), en la que se informa de que la creación de la comisión procede directamente del «Viceministerio de Cultura y Deporte», así tal cual, sin aludir a su carácter autonómico. Aunque sea por error, es significativo del panorama artificial que trata de venderse.

La oposición no ha tardado en criticar a la viceconsejería por todo esto, pero no le ha quedado más remedio que hacerlo con la boca pequeña. Porque nadie en Asturias está libre de este vicio de inflar las expectativas y lustrar las vergüenzas para, toda vez que se le critica, esgrimir recortes, conspiraciones, ataques, partidismos y oscuros intereses: flaco favor nos estamos haciendo al ponerle nombres largos y abstrusos a una mera reunión; al regodearnos en lo nominal sin entrar a fondo en el fondo; al insistir en que hay un plan y en que todo está medido cuando la improvisación es la reina.

Es evidente que las intenciones son las mejores pero, por desgracia, en un sitio como ARCO las intenciones no son lo que cuenta. Cuentan la solvencia, la entidad, la garra, el colmillo incluso. Lo demás puede que tenga algún valor intramuros, que suponga un consuelo para algunos. Pero, a efectos prácticos, no sirve para nada más.

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Cerrado por silencio
Alejandro Carantoña 02-02-2017 | 12:47 | 0

Casi más preocupante que el reciente cierre de Laboral Centro de Arte, que lleva un mes clausurado «para ahorrar», es que no haya sido noticia hasta ahora: quizás podríamos habernos plantado en marzo sin que nadie se diera cuenta. Esto, para empezar, evidencia la escasez de visitantes y la aparente falta de interés que suscita el centro. ¿Por qué?

El sábado 17 y el domingo 18 de diciembre de 2016 se celebró el mercadillo de Navidad en el Centro de Arte. El sábado, a última hora, la afluencia de público no era muy alta, pero sorprendía ver el aparcamiento adyacente a rebosar. ¿Dónde estaba toda esa gente? En el concierto de M Clan, que se celebraba en el teatro, a unos metros. Aquel mismo día soleado y hermoso, el Sporting había jugado contra el Villarreal en el Molinón: La Guía estaba llena de aficionados. Había actividad en el Jardín Botánico, y en los campos aledaños. Y un concierto en el también cercano Evaristo Valle, en Somió.

Si algo tenían en común todos estos acontecimientos, concentrados en pocas horas y en un par de kilómetros a la redonda, es que no había forma de saber del resto si se acudía a alguno de ellos. Que instituciones distintas no se hablen es poco deseable, aunque nos vayamos acostumbrando; pero que el Teatro y el Centro de Arte, que comparten paredes y gestores, no sean capaces de coordinar y retroalimentar sus actividades es una explicación elocuente a lo que está ocurriendo. ¿No se hubieran incrementado los visitantes al mercadillo (y por ende al Centro de Arte) de, por ejemplo, haberlo promocionado entre los asistentes al concierto, con la esperanza de que se asomasen un rato antes?

El problema de la contraprogramación institucionalizada y política es endémico en Asturias (afecta a orquestas, conciertos y obras de teatro, y museos por descontado). Llegó a su culmen cuando en Avilés, Oviedo, Gijón y Principado gobernaban fuerzas políticas distintas; y en las instituciones —como Laboral— en cuyo seno están condenadas a entenderse, los resultados son estos: un silencio atronador y un descontrol manifiesto de estrategias y rumbos.

Laboral, tras la traumática salida de Óscar Abril hace dos años y los juicios perdidos con varios trabajadores, se vio abocada a una larga travesía sin una cabeza visible, durante la cual optó por replegarse sobre sí misma y concentrarse en su faceta investigadora y de producción, antes que expositiva. En ese punto se encuentra ahora: con unas cifras de visitantes (que no usuarios) que no llegan a un tercio de las previsiones cuando se inauguró y una asignación presupuestaria muy mermada con respecto a sus inicios, lo preocupante no es que atraviese momentos difíciles, sino que los responsables (políticos) insistan en que todo forma parte de un cuidadoso plan, que todo está bajo control. Que este cierre ni siquiera es noticia.

Cuando se inauguró Laboral Centro de Arte, el 30 de marzo de 2007, los titulares recogían las palabras de Vicente Álvarez-Areces, que se refería al equipamiento como «palanca de la nueva política cultural». Las previsiones eran optimistas; los proyectos, abundantes; el diálogo y coordinación, una promesa cierta y transversal. Hoy, todo ha quedado reducido a una pelea por sobrevivir en el cortísimo plazo sin que se aviste un balance riguroso de esta década o se abra un debate de fondo.

Podrán argumentarse cambios de rumbo y dirección, la adaptación a un entorno económico imposible; sin embargo, esto no es más que el reconocimiento tácito de que Laboral corre el riesgo de desaparecer para siempre. Sería conveniente saber, entonces, si lo que está ocurriendo es en efecto algo medido, algo así como un plan de viabilidad, o si simplemente se están asfaltando culpas por si ocurre lo indeseable, lo irreversible.

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Cultura de juzgado de guardia
Alejandro Carantoña 23-02-2015 | 10:00 | 0

Suele decirse en estos casos que no hay detrás motivos políticos, sino técnicos. Personales, en muchísimas ocasiones. Cabría añadir, también, judiciales: así, punto por punto, ha sido la cascada de explicaciones tras el enésimo cese accidentado en la cultura asturiana, el del hasta el pasado lunes (¿o el anterior?) director de Laboral Centro de Arte y Creación Industrial, Óscar Abril Ascaso.

Abril había llegado hace cosa de un año al centro gijonés, escogido por un equipo y refrendado por un gobierno que lo ha puesto en la calle aduciendo una desconcertante «falta de confianza mutua» para llevar a cabo su cometido. A renglón seguido de estos motivos técnicos, aquello de que no hay motivos políticos. Y, finalmente, el factor judicial: Abril ya ha presentado una demanda por despido improcedente.

Algo pasa no ya en Laboral —que suma, con Abril, cuatro directores en menos de ocho años de vida— sino con la cultura pública en esta región, en la que cuesta encontrar la foto del reemplazo amistoso, fluido y sereno entre directores de instituciones culturales.
Basta hacer un repaso a los ceses y nombramientos de esta accidentada legislatura que termina (contando desde las elecciones autonómicas y  municipales de 2011) para observar la inquietante coincidencia: enero de 2012, cese fulminante de José Luis Cienfuegos al frente del Festival Internacional de Cine de Gijón. Despido, bronca, juicio(s). Centro Niemeyer, por esas mismas fechas, ídem. Y con bola extra, en forma de comisión de investigación parlamentaria. Museo etnográfico de Grandas de Salime, en 2011: juicio, visto para sentencia este mismo mes. ¿Nombramiento de director para el Museo de Bellas Artes de Asturias en 2013? Bueno, un insulso intercambio de cartas y agrias discusiones más o menos públicas.

Podría argüirse que son casos muy distintos entre sí, pero el patrón se repite una y otra vez: el gestor es declarado no adecuado y la situación, entonces, toma la senda de los juzgados o tribunales en la jurisdicción más apropiada. Hay para elegir, desde lo laboral hasta lo penal, pasando por lo contencioso-administrativo.

El caso de Laboral es especialmente clamoroso porque, más que dar la impresión de que este desfile de directores no obedece al brujuleo político da la sensación de que responde, en cambio, a una doble política mucho más peligrosa: aquella que atañe a la cosa pública por un lado y otra, más opaca, que rige lo específicamente cultural.

No se trata de señalar culpables ni de sacar colores, porque esta agitación sistemática afecta a todos los partidos y a todos los niveles (municipal, autonómico y nacional, y aún agradeciendo que no haya diputaciones en medio). Así que, excluida la personificación, solo caben tres explicaciones posibles: una, los procesos de selección están mal diseñados; dos, la cultura es un imán para la incompetencia y la trapacería; o tres, aún no se ha entendido que la cultura es algo sagrado, institucional y en palabras del director de cine J.A. Bayona «cuestión de estado».

Voto por la tercera, visto que siguen siendo habituales los nombramientos y ceses de cargos técnicos (como la dirección de un museo o de un teatro o de un festival) en función de criterios de toda clase, pero que nunca, o casi nunca, se asientan en pliegos de condiciones precisos, públicos y cristalinos. Es decir, casi nunca se producen por acontecimientos o comportamientos que no fuesen conocidos en el momento de firmar el contrato inicial. Es inquietante y el remedio no es sencillo, pero sí evidente: más cultura y menos política(s). Y menos jueces, por favor.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 22 de febrero de 2015.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.